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Junio 19, 2018, 04:35:03 pm

Autor Tema: 23 Bar Café  (Leído 1976 veces)

Desconectado Aylen Wolf Harribel

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23 Bar Café
« en: Abril 14, 2011, 08:48:22 am »
Esto es un relato corto que escribí para un concurso literario en mi instituto y que no salió premiado porque los profesores dijeron que carecía de "coherencia".
Así que aquí lo traigo para que opineis sobre él y me digais si carece de coherencia o no, porque yo salí de muy mal humor esta mañana y totalmente ofendida xDDD.



23 Bar Café


El viento no hizo nada más que aullar y aullar durante toda la noche. A través de los grandes ventanales del café, las gotas de lluvia parecían agujas que amenazaban con atravesarte si les intentabas hacerle frente. Menuda ruina de noche.

Pero mientras yo maldecía al clima en todos los tiempos y modos del verbo, una hermosa melodía comenzó a sonar, expandiéndose por todo el lugar. Las notas del piano y el olor de mi cappuccino hicieron que ignorara los lamentos del cielo para centrar mi atención en aquella pieza que ahora sonaba.

Era una melodía que contaba una historia. Era melancólica, triste, ligera como las gotas de agua que saltaban al entrar en contacto con los charcos que se formaban a lo largo de la calle de los Mártires. Invitaba a dormir, a cerrar los ojos y a tener un sueño que te intentara convencer de que estabas en otro sitio, en otra realidad. La música puede susurrar mentiras en tu oído y, no sé tú, pero… yo soy muy ingenuo.

Una mujer era la culpable de mis ensoñaciones, era ella la que estaba tocando a la vez que acariciaba suavemente cada una de las teclas. Mi mirada se escurría hacia ella, fijándose en su menuda figura, en los dedos finos con los que interpretaba aquella melodía, en el cabello negro que hacía las veces de telón para su espectáculo. Era, de lejos, la imagen más hermosa que había visto últimamente por las calles de París.

Y es que el 23 Bar Café era famoso por eso mismo, por la maravillosa artista que habían contratado, Agnès Bergeron. Los que frecuentaban el local decían que era como escuchar todo tipo de promesas al oído, promesas de amor y de futuros sueños cumplidos. Agnès poseía demasiado talento como para estar encerrada en ese lugar para siempre, ella era un cisne cuyas hermosas alas no podían extenderse del todo por culpa de los barrotes de una jaula demasiado estrecha. Supongo que creen que pueden mantener a semejante pianista como ella en el café eternamente, como una mariposa conservada en resina.

Aquella melodía seguía empapándome de dulces susurros, embriagándome, haciéndome olvidar lo que hasta ahora iba carcomiéndome la cabeza. Y es que la vida da muchas vueltas, tal vez demasiadas, y yo me mareo con facilidad. Soy un chico con muchas preguntas sin responder, preguntas que nadie ha querido nunca escuchar, preguntas que sólo Dios sería capaz de contestar. Y creo que, si tuviera la oportunidad de sentarme cara a cara frente a él, no me atrevería a preguntarle nada. Simplemente no tendría el valor suficiente como para oír sus respuestas.

Y entonces la dulce canción finalizó. Los aplausos llenaban el aire del local a la vez que la gente lanzaba piropos entre los vítores. Agnès, el cisne de cabellos color azabache, se levantó del taburete y acto seguido hizo una reverencia y sonrió a todo el mundo mientras saludaba con la mano. Se retiró momentos después, silenciosamente, al terminar de recoger sus partituras.

De nuevo volvieron los amenazantes sonidos de la lluvia, que para colmo, había traído consigo unos tenebrosos truenos cuyos bramidos me quitaron las ganas de abandonar aquel lugar. Así que sin más, pedí otra taza de café al camarero, para matar el tiempo mientras me disponía a escuchar a los Sex Pistols en mi reproductor de música, cuya pantalla amenazaba con rajarse de norte a sur. Si es que estos aparatos no duran nada, sólo tenía seis meses y ya estaba medio moribundo.

El símbolo de la batería empezó a parpadear minutos después de haberlo encendido. ¡Bueh! encima en breves me quedaba sin música con la que entretenerme, menuda nochecita estaba teniendo.
Mientras daba un sorbo al cappuccino el reproductor dejó de sonar y se apagó. Estaba maldiciendo a todo ser viviente mientras comprobaba que ya no daba señales de vida, cuando me di cuenta de que alguien me daba toques en el hombro para atraer mi atención.

 - ¿Sí?- pregunté mientras me daba la vuelta. Me topé con un vestido granate brillante con encajes negros cuya dueña reconocí al alzar la cabeza.

Agnès Bergeron se inclinó hacia mí con una sonrisa marcada en sus labios rojizos. Me dio tanta impresión que pegué un brinco en el sillón en el que me encontraba, al que ella respondió con una risita disimulada.

 - ¿Puedo sentarme aquí? –preguntó ella con voz melosa- es el único sitio libre que queda al lado
de los ventanales.
 - ¡Ah! claro… no hay problema – respondí. Me sentí como un verdadero estúpido.

Ella volvió a sonreírme en señal de agradecimiento y se sentó elegantemente en el sillón de enfrente mientras sacaba su pitillera y se encendía un cigarro. Llamó al camarero y pidió un Domaine de Pietri, un vino ni muy caro ni muy barato, también pidió un cenicero al darse cuenta de que el de aquella mesa había sido sustraído por los de la mesa vecina, cuyos pulmones deberían de estar tan negros como el carbón por la cantidad de colillas que se iban acumulando.

Cuando le trajeron su encargo dio un pequeño sorbo y se acomodó mejor en su asiento, dándole una larga calada al cigarro cuyo humo más tarde se abría paso a través de sus labios. No pude evitar toser e inevitablemente llamé su atención y apartó su cigarrillo colocándolo a una distancia prudencial.

 - Lo siento, ¿te molesta el humo? –preguntó ella mientras pedía perdón con la mirada.
 - No, no pasa nada, tranquila. Es sólo que creo que he pillado un catarro por culpa de esta lluvia -respondí en seguida. Sentimiento de estúpido número dos, ¿a ella que le importaba si cogía un catarro?
 - Eso no es bueno, deberías abrigarte más. Mírate, en media manga y con este tiempo –dijo ella riéndose- dime chico, ¿cómo te llamas?
 - Alan Rousseau, encantado de conocerte señorita Bergeron –respondí, encantado por su interés, aunque fuera mínimo.
 - ¡Oh, ya veo que me conoces entonces! Bueno, de todas formas, llámame Agnès, déjate de tantas cortesías, me harás sentir mayor de lo que soy –rió ella.

Se hizo el silencio después de este intento de conversación, que ni siquiera creo que se le pueda llamar conversación. Más bien fue como cuando te presentan a alguien, que os saludáis, os preguntáis que tal estáis y acto seguido no sabes qué hacer o decir y optas por callarte y mirar a todas partes mientras esperas a que alguien inicie un tema o simplemente proponga ir a algún lado. Pues era ese tipo de situación. Se había creado un ambiente frío, y no digo silencioso porque los truenos no estaban por la labor de crear dicha atmósfera.

El olor del cigarrillo de Agnès se mezclaba con el de mi cappuccino, creando un aroma que me remontaba a unos cuantos meses atrás. Cuando podía soltar alegremente: “Soy el tío más feliz del mundo”. Cuando los problemas eran mínimos y las oportunidades estaban al alcance de mi mano. Una novia que me quería, unos amigos que estaban para todo, una buena racha en la universidad… Ah… tiempos felices, pero también efímeros.

Todas esas personas que un día me prometieron que estarían siempre a mi lado, que estarían pasase lo que pasase, han ido desapareciendo conforme pasaron los días. Sobre todo ella, la que un día me amó, me reemplazó a la primera de cambio por otro. Y ahora la veo y su sonrisa me hace daño. Sus palabras me golpean en la cara, en el estómago, aprietan mi corazón. Y es que aún no acepto que las personas puedan marcharse así sin más, olvidando a otras que en su día fueron importantes.
Esa es una de las preguntas sin responder que me corroen. ¿Por qué prometemos y juramos tan fácilmente cosas que seguramente nunca podamos cumplir? ¿Por qué es tan fácil quedarse al lado de la gente cuando están felices y tan difícil cuando pasan por un mal momento? ¿Por qué somos tan sumamente egoístas y no apreciamos lo que en verdad tenemos hasta que lo perdemos? Demasiadas preguntas y nadie sabe contestarlas.

 - ¿Te ocurre algo? –me inquirió Agnès de pronto. Me sobresalté al escuchar su voz tan de repente – Es que no has parado de fruncir el ceño todo este tiempo.
 - Ah, no es nada, sólo estaba pensando en algunos asuntos –respondí.
 - Mmm… si te puedo ser de ayuda, dímelo ¿eh? – preguntó ella sonriéndome ampliamente.

Me quedé mirándola sin saber si preguntarle todas mis dudas sobre esta vida injusta, o callarme y asumir que ella tampoco sabría responderme.
Pero decidí no huir. Decidí que quedarme con estas dudas era peor que si ella se quedaba en silencio sin saber cómo contestarme. Al menos, si me decía lo que quería oír, como todos los demás, yo no la iba a culpar. Al fin y al cabo, todos son iguales, y debería de aceptar ya este hecho.

 - ¿Alguna vez has creído en algo que dure para siempre?- le pregunté después un corto periodo de silencio. Sabía que creería que era una extraña pregunta, pero no podía detener las palabras que se derramaban de mis labios más rápido que el líquido ambarino que contenía su copa de vino. La miré mientras tomaba unos sorbos de la bebida, sólo se detuvo para encender otro cigarrillo.

 - Lo hice una vez. Fue hace mucho tiempo, sin embargo... –contestó ella. Dejó escapar una bocanada de humo con una sonrisa en sus labios mientras entornaba sus ojos. Pude ver claramente el delineador de ojos negro posado sobre sus largas pestañas.

Su sonrisa era misteriosa y sus ojos verdes lo más profundo que jamás había visto, enmarcados por esas espesas pestañas negras. Pero bajo esa apariencia  llena de fingida felicidad había algo más. Un sentimiento real. Era una emoción que conocía demasiado bien.

Tristeza.

 - ¿Qué pasó? -le pregunté, lleno de curiosidad.

Ella inhaló de nuevo más humo y poco a poco lo dejó escapar otra vez, cerrando los ojos brevemente. Parecía que dormía placenteramente por un momento, pero cuando abrió sus ojos verdes de nuevo, vi su expresión de profunda melancolía.

 - Se terminó –se limitó a responder.

Ninguno de los dos abrió de nuevo la boca para comentar nada. Esas dos palabras fueron suficientes para mí. Aunque en parte era lo que quería oír, me dolió darme cuenta de toda la verdad que cargaban esas palabras. Lo que se fue ya no volverá. Lo que se marchitó, ya no renacerá. No puedes seguir atrapado en los problemas del pasado, hay que hacerle frente al futuro y vivir plenamente el día a día.

Terminé mi café, recogí mis bártulos, le dediqué una sonrisa de despedida a aquella pianista que me abrió los ojos con dos simples palabras y me dispuse a regresar a mi casa con la mente un poco más despejada que el cielo de esa noche en París.

Desconectado JB2010

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Re:23 Bar Café
« Respuesta #1 en: Abril 14, 2011, 10:53:59 am »
Uyh que Gran Relato, Opinion personal:

1. personajes bien definidos.
2. introducion sencilla pero interesante, nudo desgarrador y descenlace positivo.
3. el argumento es real, a todos nos pasa, siempre hay un momento donde todos pisamos fondo en esta vida, pero no sabemos que hay otras personas que han llegado mas a fondo y a resurgido entre sus cenizas.
4. la tristeza es unos de los sentimientos que la gente le da mas importancia en la vida. saberla manejar es lo importante. eso es lo que me enseño esta historia.

oyeme que parte de la historia es Incoherente? si todo esta bien definido. no hay nada raro ni fuera de lugar. oyeme yo no soy experto pero creo que entendi mucho y me dio gran enseñanza.

ahora si te confirmo la dudosa procedencia del titulo de maestro a sus tutores. me parece falta de respeto que te salga con un argumento tan malo como "incoherente" a un relato tan bien armado.

muchas gracias me hizo recordar viejos momentos de mi vida los cuales me motivaron a seguir adelante.. XD.

pds. AW animate, siempre encontraras gente envidiosa que no reconocera tu talento y ha esa gente son los que menos debe importa su opinion ya que ellos no te ayudaron con argumento para mejorar, solo te hicieron a un lado.

definitivamente llevaba tiempo que no intervenia asi, pero esto se merece grandes elogios. XDDD saludos.



Solo Creer en la Fantasia da un paso a la creatividad.. la locura solamente es por dar mas de un paso por cada fantasia.

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Desconectado tsukune

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Re:23 Bar Café
« Respuesta #2 en: Abril 14, 2011, 03:00:01 pm »
toy deacuerdo kon JB dios ke gran istoria y tovia ke te puede pasar nu encontrarte kon una pianista sinu ke kada kien se siente triste en un momento de su vida y se pregunta esas kosa
 dios kienes son tus profes ke nu saben ni lo ke es bueno nu kreo ek la istoria ke gano sea tan buena komo esta
bueno animas AW ke algunos nu saben apreciar lo bueno XD


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Desconectado su_92

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Re:23 Bar Café
« Respuesta #3 en: Abril 14, 2011, 03:02:25 pm »
Es muy buen relato Alyen tus profesores no tienen ni idea :)
¿Sabes el chiste de la puta y el sordo?

Desconectado Kari

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Re:23 Bar Café
« Respuesta #4 en: Abril 14, 2011, 04:31:38 pm »
Pues a mí me gustó mucho ^^, es algo muy realista que a todos en la vida nos puede pasar, perder algo y sentirnos tristes.. y para mi opinión sí tiene toda la coherencia del mundo..

Desconectado tsukune

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Re:23 Bar Café
« Respuesta #5 en: Abril 14, 2011, 06:08:22 pm »
komo dije antes estoy kon toos los demas ^^ y vuelvo a repetir kienes son tus profes ke nu saben apreciar algo tan bueno U_U


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Re:23 Bar Café
« Respuesta #6 en: Abril 27, 2011, 11:30:48 am »
"Incoherente"? no encuentro ningúna caracteristica de este relato que se puede describir así, al contrario. creo que esta genial la historia, nos habla de cosas reales, cosas que de un momento a otro entran en nuetra vida y no sabemos como afrontalas y la mayoría de las veces se necesita un empujón para avanzar.

la verdad creo que que tus profesores  no saben identificar una bueno historia . es verdad que no sabemos nada del personaje principal excepto su nombre y que tiene problemas pero eso no lo hace una historia incoherente. es obvio que tus profesores no entendieron el mensaje de esta historia.
no te desanimes y sigue adelante!!!