FOROS

Septiembre 22, 2018, 02:59:31 am

Autor Tema: Telaraña [31/52 + Omake 3/7]  (Leído 22452 veces)

Desconectado THB Potter

  • CABO
  • *
  • Mensajes: 106
  • KI: 1
  • Sexo: Femenino
  • ... Los que destacan son los bichos raros.
    • Mi blog, ¡bienvenidos sean!
Re:Telaraña [24/52]
« Respuesta #90 en: Abril 08, 2011, 11:32:17 pm »
Veinticuatro: La enfermedad.

Pasaron los días. Saragi se dirigía a su primera reunión veraniega del concejo escolar, pensando en que no era un buen momento para tardarse en ello.

Desde la publicación póstuma del libro de Fuyuno Okami, la casa de las Hoshi era una especie de templo budista, por lo silenciosa que estaba. Incluso Wodaka había dejado de lado sus habituales comentarios risueños para ponerse de lleno a trabajar.

Fuji era el que le preocupaba. El joven había vuelto a su trabajo hacía dos días, y como eran vacaciones de verano, salía de la casa muy temprano para volver justo a la hora de la cena. Comía de manera normal, pero casi no hablaba. No es que Fuji fuera muy comunicativo, pero echaba de menos sus escasos despistes.

Llegó a la Akiai y desmontó de su bicicleta, llevándola al estacionamiento correspondiente. Siendo temporada vacacional, se sacudió el pantalón deportivo color azul grisáceo que lucía y se pasó una mano por la cola de caballo en la que había recogido su cabello. Miró a su alrededor y comprobó que había llegado relativamente temprano. El presidente Motoyoshi había dicho que la reunión sería a las dos de la tarde y apenas era la una. Suspiró con resignación y acomodándose una pequeña mochila azul a la espalda, pensó en pasar el tiempo recorriendo la escuela.

A pesar de llevar ahí varios meses, no conocía la totalidad de sus instalaciones. Por lo tanto, en su paseo Saragi descubrió los sitios donde varios de los clubes tenían sus reuniones. Cuando vio que faltaban diez minutos para el comienzo de la junta, entró al edificio principal y se encaminó a la sala de reuniones del concejo, y para eso, pasó junto a un salón con la puerta semicerrada del que procedía una inquietante melodía.

Saragi se detuvo, oyendo con atención. Sabía qué melodía era, la conocía de sobra. Era una composición clásica que a ella le parecía sumamente bella, aunque melancólica. Se trataba de Sonata Claro de Luna, de Ludwing van Beethoven.

La joven se asomó con discreción por la rendija de la puerta, por la que afortunadamente podía contemplarse la totalidad del salón sin tener que abrir la puerta por completo. Saragi reconoció el aula, era la de Música. Y en un rincón, un sencillo piano negro estaba abierto, y de espaldas a la puerta, un joven de ropas marrones se encontraba sentado en el banquillo, tocando la melodía mientras su cabeza se balanceaba ligeramente hacia delante y hacia atrás, siguiendo el ritmo. Y fue viendo el color de cabello del chico que Saragi creyó saber quién era. Más cuando el chico estaba por terminar la melodía y una voz femenina le soltó.

—Excelente. Seguro que todos se quedan con la boca abierta.

La voz sonaba sincera, pero hizo que el chico dejara de tocar y golpeara con un puño las teclas, provocando un sonido nada armonioso. Saragi escuchó con atención, porque la voz femenina le parecía familiar.

—Muchas gracias, hermana —dijo el chico, girándose en el banquillo y dejando ver sus ojos grises entrecerrados como gesto de frialdad —A propósito, ¿qué harás tú?

Hubo un segundo de silencio.

—Nada, como siempre —la voz de chica volvió a oírse, ahora con acento impasible —Tengo una cita esta noche, luego del trabajo. Además, sabes que no me interesan mucho esas fiestas.

El joven asintió y regresó su vista a las teclas del piano.

—Pero no creas que no me daré una vuelta por ahí —agregó de pronto la voz de chica —Al menos quiero ver las caras de todos cuando toques el piano, se quedarán pasmados.

El chico asintió con la cabeza, se puso de pie y comenzó a cerrar el piano. Pero entonces, en el campo de visión de Saragi apareció una chica, que se acercó al joven y lo detuvo. El cabello de esa chica era del mismo color que el de él, de un tono castaño cenizo, y era largo con un corte muy moderno. Ella lucía una blusa blanca y una falda azul a la altura de la rodilla.

—Espera, déjame mostrarte lo que tocaré en caso de que papá me obligue —pidió —Anda, Do–chan. No tardo, como ya va a ser la reunión…

El joven asintió, se apartó del piano y le dejó espacio. La joven se sentó al banquillo, estiró los brazos con los dedos entrelazados y se colocó en posición.

La música comenzó, y denotó que también era lenta y aparentemente triste, como la sonata que había interpretado el joven. Pero Saragi sabía que esa canción no era un clásico, sino que provenía de la banda sonora de una película. Y es más, creía saber de qué filme se trataba. Si no le fallaba la memoria, pertenecía a la cinta francesa “Amélie”. A ella le había encantado la música, por lo que se había comprado el CD con la banda sonora, y podía decir que el tema que escuchaba ahora era Sur le Fil.

El ritmo cambió, volviéndose más rápido aún, lo cual podía considerarse como la parte difícil de la canción. Luego se relajó, haciéndose un poco más lenta que antes, y Saragi no pudo evitar pensar que la chica tocaba maravillosamente. Tanto como el chico, o quizá más. Y se veía que disfrutaba con ello, porque al igual que el muchacho en su momento, no dejaba de balancear la cabeza siguiendo el ritmo.

La melodía terminó y la muchacha se volvió hacia el chico, sonriendo de oreja a oreja. Él le dedicó una mueca que se asemejaba a una sonrisa.

—Como siempre, les llevas la contraria a todos —soltó —Papá dijo que quería un clásico.

La joven sonrió aún más.

—Pues debería saber que nunca le haré caso —retó, levantándose del banquillo —Detesto los clásicos a menos que los toques tú.

El joven se encogió de hombros, volviendo a adoptar un semblante imperturbable. En ese momento, sonó un timbre con una melodía bastante alegre. La chica se llevó una mano al bolsillo de su falda y sacó un celular azul.

—¡Válgame, ya es hora! Hay que irnos a la reunión.

Los dos jóvenes se encaminaron a la puerta, así que Saragi se apartó rápidamente y avanzó unos pasos, queriendo aparentar que había pasado por ahí sin interesarse por la música. A los pocos minutos, la voz de la chica la saludó.

—¡Buenas tardes, Hoshi–san!

Saragi dio media vuelta y devolvió el saludo.

—Buenas tardes, Sei.

Mako Sei le sonrió ampliamente.

—Puedes llamarme por mi nombre, no hay problema —aseguró, para luego ver al chico que la acompañaba —Endo, conoces a Hoshi–san, ¿verdad?

Endo Sei, observando a Saragi con cuidado, asintió.

—No sé si sepas, pero somos hermanos —continuó hablando Mako —La gente no lo cree, porque en carácter no nos parecemos en nada, pero…

—Sí, Gin me dijo algo —la cortó Saragi, pensativa.

—¿Conoces a Hoshi–kun? —se sorprendió Mako —Sé que son parientes, pero… Por lo que he oído, no se llevan muy bien.

Saragi se sorprendió, pero no lo demostró. Sí que Mako parecía bien informada.

—Bueno, casi no nos tratamos, si a eso te refieres —se limitó a responder.

Mako asintió en señal de comprensión.

—Llegamos —anunció la voz seria de Endo.

Entraron a la sala de reuniones en silencio. Los hermanos se sentaron uno junto al otro, mientras que Saragi no sabía qué sitio ocupar. Estaba por decidirse cuando Mako la llamó.

—Aquí, Hoshi–san —indicó la silla a la derecha de la suya.

A Saragi no le pareció mala idea obedecer, más cuando vio que los restantes miembros del concejo escolar iban llegando. Pero lo que no le hizo gracia fue que Suzume Soho se sentara a su derecha, sonriendo tontamente y soltándole sin miramientos a Mako.

—Hola, Mako–kun, ¿cómo te fue en tu cita de ayer?

Mako se echó a reír en voz baja.

—No te lo voy a contar ahora, Suzume–san. Espera a que termine la reunión.

Saragi se impresionó. Le parecía que Mako llamaba de manera muy formal a Soho.

—Buenas tardes a todos —saludó el todavía presidente, Motoyoshi —Esta reunión es más que nada para darles a conocer a cada quién sus futuras funciones —recorrió la sala con la mirada y frunció el ceño —¿Dónde está Omori–kun?

Se refería al nuevo secretario de tercer año, que entró en ese momento corriendo como si la vida le fuera en ello.

—Lo siento, Motoyoshi–kun —se disculpó enseguida, y fue a ocupar la única silla vacía que quedaba, entre Endo y Shinju Kihara, la nueva tesorera —Tuve que arreglar un asunto y…

—Bueno, ya —lo cortó Motoyoshi con malos modos —Bien, como decía, vamos a darles a conocer sus futuras funciones. Comencemos con los secretarios…

Tal como había pensado Saragi en un principio, aquello fue una verdadera lata. El discurso de Motoyoshi fue de lo más largo y aburrido, aunque le pareció detectar una pizca de desagrado al explicarle a Endo sus funciones como secretario de primer año. Aunque lo que realmente pareció enfadarlo fue que cuando se dirigió a Mako, ella lo observara con evidente desinterés.

—¿No te tomas esto en serio, Sei–san? —quiso saber.

La chica se encogió de hombros.

—Sí, por supuesto, pero es que me estoy durmiendo —dijo, sonriendo maliciosamente.

Una breve risita se dejó escuchar en la sala, destacando la de Soho. Motoyoshi no hizo más que resoplar con disgusto y seguir con su explicación.

La reunión duró en total dos horas, luego de las cuales los asistentes fueron por fin puestos en libertad tras una frase severa de Motoyoshi sobre que hicieran bien su trabajo. Todos se pusieron de pie con agrado en cuanto el tipo se largó, y Mako estiró los brazos.

—Este chico sí que cansa —soltó, refiriéndose a Motoyoshi, para luego sacar su celular azul cuando se escuchó una melodía rápida —¡Válgame, es tarde! Si no me apuro, no llego al trabajo.

—Mako–kun, ¿no me ibas a contar lo de tu cita? —le recordó Soho.

Mako sonrió a modo de disculpa, pero Saragi pudo ver algo de ironía en el gesto. Como si desde un principio hubiera planeado no contarle nada a Soho.

—Lo siento, pero debo irme —se levantó y miró a Endo —Nos veremos en casa —le avisó, antes de pasarle una mano por el cabello —Te lo prometo.

El joven asintió, sin expresión alguna, y Mako hizo una mueca contrariada al ver eso. Pero no le duró mucho, porque casi enseguida se giró hacia Saragi.

—Nos veremos luego, Hoshi–san —se despidió —¡Me alegra mucho que seas mi mano derecha! Estoy segura que lo haremos muy bien.

Saragi sonrió levemente ante tanto optimismo. Y también porque había visto que quería mucho a su hermano. Alguien así no podía caerle mal.

—Hasta luego, Mako–kun —se despidió.

Mako, al oírla, le regaló una radiante sonrisa, para poco después desaparecer por la puerta.

&&&

Saragi llegó a casa cansada, aunque con la cabeza despejada. En el camino, había repasado mentalmente todo lo que se suponía debía hacer como vicepresidenta, y ahora lo tenía aprendido casi de memoria. Pero dejó de lado todo eso cuando vio una moto roja y plateada a la entrada de la casa, una que le pareció bastante conocida por un alacrán negro pintado en su carrocería. Fue a dejar la bicicleta a la cochera y entró a la casa apresuradamente.

—¡Ya llegué! —dijo casi gritando, quitándose los zapatos —¿Hay alguien?

Desde la sala, la rubia cabeza de Wodaka se dejó ver.

—Hola, Saragi. Ven, hay junta.

Ver a Wodaka tan seria no presagiaba nada bueno, así que Saragi obedeció enseguida. En la sala se encontró con Zukure, Gin y el dueño de la moto roja y plateada con el alacrán: Shigu.

—¿Qué pasa? —quiso saber, tomando asiento junto a Shigu, frente a las otras tres chicas.

—Me llamaron hace como media hora —respondió el joven, frunciendo sus negras cejas, y con un tono profesional en la voz —Parece ser que regresaron del trabajo a Kinokaze–san hace una hora. Está enfermo.

Saragi negó con la cabeza, triste. Ya lo veía venir, sobre todo porque le pareció que esa mañana, Fuji estaba algo pálido.

—¿Y qué tiene? —se decidió a preguntar.

Shigu suspiró.

—Algo de fiebre y debilidad, causadas por un resfriado de los fuertes y porque parece que no ha comido bien —miró a Zukure —Zukure–san, ¿aquí come?

—Sí, lo hace —asintió Zukure enseguida —Antes de irse a trabajar desayuna con todas, y como llega a la hora de cenar, igualmente se sienta a la mesa.

Shigu asintió.

—Por lo tanto, el problema está cuando no come aquí —dedujo con semblante serio —De momento lo que puedo recomendarles es que lo atiendan, que coma bien y que procuren que le baje la fiebre. Con eso estará bien en un par de días. ¿Entendido?

Las chicas asintieron. Shigu las miró a todas, y detuvo sus oscuros y rojizos ojos en Gin. La pelirroja no veía a nadie, estaba sentada con la cabeza agachada, sumida en sus reflexiones.

—En ese caso, me marcho —el joven se puso de pie —Tengo guardia nocturna en el Akishiro. Por cualquier cosa, pueden llamarme al celular, ¿de acuerdo?

Las chicas volvieron a asentir y se quedaron en la sala, desde donde oyeron cómo su primo se marchaba. Gin, entonces, se puso de pie de golpe, y salió de la habitación. Cuando oyeron pasos en las escaleras, sus primas supieron de inmediato a dónde iba.

—Espero que no se sienta culpable —susurró Zukure, meditabunda.

No había que ser genio para saber de quién hablaba.

&&&

Gin llamó a la puerta de Fuji suavemente, antes de atreverse a asomarse. Encontró al chico acostado de lado, dándole la espalda a la puerta, por lo que venciendo la timidez, la muchacha entró al dormitorio, queriendo verle la cara.

Aún recordaba lo ocurrido hacía casi hora y media. Wodaka estaba trabajando en su dormitorio, Zukure preparaba la cena y ella se dedicaba a hacer sus tareas de verano en la sala cuando llamaron a la puerta principal. Como era la más cercana a ella, fue a abrir y se llevó un buen susto al ver a Nagase Haraki con Fuji apoyado en él. El segundo tenía la cara roja.

—¿Qué pasa? —inquirió con desasosiego.

Haraki no había sido muy específico. Sólo dijo que cuando Fuji se disponía a hacer su cuarta entrega del día, casi se cae de la bicicleta, y fue él quien se dio cuenta que tenía fiebre y arregló que se fuera a casa. Luego pidió que lo dejaran entrar y Gin se apartó de la puerta, siguiendo de cerca de Haraki, quien llevó a su amigo hasta su dormitorio. Ya ahí, Gin tuvo que quedarse afuera mientras el rubio ayudaba a Fuji a cambiarse y acostarse. Cuando salió, no hizo más que pedir que llamaran a un doctor y despedirse. Él no podía quedarse porque debía volver al restaurante y luego, ir a casa con sus hermanas. Gin asintió, pero permaneció paralizada unos segundos, antes de reaccionar e ir corriendo con Zukure y Wodaka, que cuando vieron salir a Nagase de la casa, quisieron saber qué sucedía. Gin se los contó con prisa, pidiéndoles a las chicas que llamaran a un médico, y Zukure tuvo el buen tino de llamar a Shigu. Por fortuna, el joven no estaba ocupado, así que pudo ir de inmediato a casa de sus primas.

Gin se acercó a la cama de Fuji, y se estiró sobre ella, queriendo verle la cara al chico, que dormía profundamente. Ya no se veía tan roja como antes, pero la frente estaba sudorosa. La pelirroja tomó una silla y se sentó a un lado de la cama, vigilando al muchacho y pensando una y otra vez cómo era posible que se hubiera enfermado. Se veía siempre con tanto ánimo…

—Ojalá te cures pronto —le susurró con cierta angustia —No es agradable verte así.

Pasados unos minutos, Fuji cambió de posición, dejando ver mejor su cara. Gin aprovechó eso para sacar un pañuelo de su bolsillo y pasárselo por la frente. Luego volvió a la silla, pero apenas se sentó, lo escuchó quejarse. Se puso de pie de un salto.

—¿Fuji? —llamó suavemente —¿Me oyes? Soy Gin.

El chico hizo una mueca, frunciendo el ceño, para luego abrir los ojos a medias.

—¿Gin… san? —susurró con voz ronca.

—¿Cómo estás? —quiso saber Gin.

—Yo… —Fuji se calló de pronto, y alzó la cabeza —¿Cómo llegué aquí?

—Te trajo Haraki. Dijo que casi te caes de la bicicleta al irte a una entrega. Ahora vengo —avisó, dando media vuelta —Le diré a Zukure que…

Pero sintió un tirón en una mano. Fuji la había sujetado.

—Espera —le pidió —No te vayas.

—Pero si vuelvo enseguida —aclaró Gin —Le diré a Zukure que suba algo de comer.

Fuji pareció pensarlo por un segundo y finalmente, fue soltando a Gin lentamente.

—Lo siento —se disculpó suavemente.

Gin negó en silencio y abriendo la puerta, solamente sacó la cabeza.

—¡Zukure! —gritó con ganas, mirando hacia las escaleras.

Se oyeron pasos apresurados y una Zukure un tanto sofocada se dejó ver

—¿Qué pasa? —inquirió sobresaltada.

Gin le pidió con un gesto que se acercara y a prudente distancia, le informó que Fuji estaba despierto y si podía subirle comida. Zukure, algo aliviada, asintió y bajó, sin hacerle a Gin ninguna pregunta. Estaba casi segura de que su prima no abandonaría esa habitación.

&&&

Salió el sol, anunciando un nuevo día. Fuji sintió la cabeza pesada, pero al menos no notaba tanto calor en la cara como el día anterior. Hizo un gesto de contrariedad al recordar lo sucedido.

Se sentía perfectamente al llegar al trabajo, saludó a sus compañeros como si nada y charló un poco con Nagase antes de que surgiera la primera entrega. Pero conforme transcurrió el día, fue sintiéndose acalorado y cansado. Quizá era porque se había brincado su descanso para hacer una entrega de emergencia y luego nadie se preocupó por saber si había comido algo. Y el hecho de venir haciendo algo parecido los últimos días solamente denotaba lo triste que estaba.

Fuji era extraño. Tal vez no se notara que estuviera desanimado de alguna forma, pero cuando nadie se daba cuenta, procuraba escaparse en cualquier actividad con tal de no pensar en aquello que lo tenía triste o preocupado. Lo malo es que cuando hacía eso, el tomar alimentos a sus horas lo dejaba de lado, a menos que hubiera algo que se lo recordara. Era por eso que en casa de las Hoshi, durante los últimos días, había desayunado y cenado, porque cuando quería evitarlo, encontraba a las chicas a la mesa, y le parecía una grosería no acompañarlas. Pero nada más por eso comía. Por lo demás, ni siquiera lo tomaba en cuenta.

Lo que le llevó a recordar el día anterior, cuando se dio cuenta que estaba en casa. Lo primero que había visto al despertar fue la cara de Gin, en cuyos plateados ojos se leía una intensa preocupación. Para Fuji había sido agradable tenerla cerca sintiéndose tan mal, por lo que supuso que eso lo hizo detenerla cuando quiso salir de la habitación. Pero ella al parecer había comprendido, puesto que se quedó ahí haciéndole compañía y cuando Zukure había subido algo para que él comiera, Gin no se marchó. Al contrario, le ayudó a incorporarse y a sentarse a su pequeña mesa a comer, mientras ella ocupó la cama un rato, limitándose a contemplarlo.

Ahora que lo pensaba, se había quedado dormido con Gin sentada en una silla, junto a su cama, leyendo la autobiografía de su padre en voz baja para él, comentando de vez en cuando cuál parte le gustaba y cuál no. Giró lentamente la cabeza hacia donde recordaba haberla contemplado antes de dormirse y la encontró en el mismo sitio, con la cabeza inclinada hacia un lado y las manos en el regazo, sujetando débilmente el libro rojo para no dejarlo caer.

Fuji sintió pena. Gin se había quedado ahí, sentada en esa incómoda silla en la cual se quedó dormida, y todo por él. No sentía merecer una acción tan simple y que en Gin, resultaba casi tierna. Más cuando llevaba mintiéndole desde su cumpleaños.

Porque para él, no había diferencia entre mentir y ocultar. El que no le dijera a la pelirroja lo ocurrido el primero de junio, para él era un gran peso en su conciencia. Pero lo aliviaba a medias repitiéndose una y otra vez que lo hacía por ella. Por Gin, esa chica enfurruñada y algo brusca, pero que en realidad tenía un buen corazón maltratado por las circunstancias. Y si lo pensaba bien, en eso ella y él se parecían: a fin de cuentas, la vida no los había tratado muy bien.

Dejó esos pensamientos de lado e intentó incorporarse, pero casi enseguida un ligero mareo lo hizo desistir, y reposó la cabeza en la almohada otra vez. Así que prefirió fijar la vista en Gin, preguntándose si despertaría pronto. Ella siempre era madrugadora.

Y como si la hubiera llamado, Gin comenzó a moverse levemente, abriendo los ojos a medias. Bajó la vista, para comprobar que siguiera sujetando el libro, para luego voltear con lentitud hacia la cama de Fuji. Sintió algo muy extraño al hallarlo despierto, con sus castaños ojos clavados en ella, y sintió que las mejillas se le enrojecían.

—Buenos días —saludó, haciendo una mueca —¿Acabas de despertar?

Él asintió en silencio.

—Pues habrá que traerte el desayuno —Gin se puso de pie haciendo una mueca —Creo que dormí algo torcida —susurró con algo de fastidio.

—Lo siento —dijo Fuji de inmediato, al mismo volumen de voz.

Creyó que Gin no lo había escuchado, pero lo hizo y lo miró con incredulidad.

—¿Bromeas? —le soltó —Para una vez que puedo hacer algo por ti… —se interrumpió y de nuevo sintió que se sonrojaba, así que concluyó la frase espetando —Olvídalo. Ahora vengo.

Salió del dormitorio y Fuji pudo oír sus pasos alejándose. Solamente entonces se permitió soltar un suspiro y reconocer que estaba en una situación difícil.

&&&

Gin bajó la escalera y no esperaba encontrar aquella escena.

—¿A dónde vas, Zukure?

La nombrada, de pie en el vestíbulo y hablando por un teléfono celular delgado de color rosa, tenía los pies rodeados de bolsas de viaje y un par de maletas grandes, además del largo tubo rosa que solía llevarse a clases. Se quitó el celular de la oreja y miró a Gin.

—Hoy me voy de viaje de veraneo con mis padres, ¿no recuerdas? —quiso saber Zukure.

Gin frunció el ceño, haciendo memoria. De pronto, le vino a la mente la mención de dicho viaje. Zukure contó algo de un vuelo a Harusumi… Iría con sus padres… Incluso se les uniría Fumihi, quien quería pasearse por aquella ciudad y ver a sus propios padres…

—Ah, ya —soltó Gin después de un momento —En ese caso, que tengas buen viaje —y se marchó directo a la cocina.

Esperaba que, con lo considerada que era Zukure, hubiera preparado el desayuno, pero se encontró con una cocina inmaculada y sin nada de comida a la vista. Eso hizo que Gin frunciera el ceño, para luego salir y encarar a la chica casi pelirrosa. Sin embargo, vio que ésta ya había salido. Y por el sonido del auto en el exterior, acababa de partir.

Eso era genial, ahora Gin se enfrentaba al hecho de tener que cocinar. Aunque mejor fue a la habitación de Wodaka y llamó. Al no recibir respuesta, abrió de golpe la puerta, dispuesta a desquitar su tensión con alguien, pero se halló con una recámara vacía. La laptop de Wodaka no estaba, lo cual era raro. Y una nota encima de la cama escrita en tinta verde no era nada alentadora. Gin la tomó y la leyó con rapidez, sintiendo que su enfado crecía.

Me voy a Etsujinja de investigación para mi próximo artículo en el vuelo de medianoche. Dejo dinero en el lugar de siempre por si se ofrece. Despídanme del niño y que mejore pronto.

Besos,


Wodaka.

—La virgen loca no hace más que complicarle la vida a los demás —soltó Gin con enfado, arrugando la nota en su mano antes de guardársela en un bolsillo.

Sin más remedio, Gin fue a encerrarse en la cocina, se puso un delantal blanco que encontró por ahí y se puso a pensar en lo mala que se ponía su actual situación.

&&&

—Siento la tardanza.

Fuji levantó la cabeza de la almohada al oír cómo Gin se disculpaba y abría la puerta con torpeza, pues tenía las manos ocupadas con una charola.

—Creí que Zukure–san te ayudaría —comentó, viendo cómo la pelirroja avanzaba a paso lento a la mesa de la habitación, donde depositó la charola con sumo cuidado.

—Olvidé que se iba a Harusumi —replicó Gin con una vaga contrariedad en su voz —Y para colmo, la virgen loca se fue en un vuelo de medianoche a Etsu–no–sé–qué…

—¿Etsujinja? —inquirió Fuji tímidamente.

—¡Eso! —Gin pareció animarse un poco y volteó a verlo —En fin, como el pececito nunca se levanta temprano en vacaciones, tuve que cocinar yo. Así que espero que no…

Se interrumpió cuando vio a Fuji intentando ponerse de pie para ir hacia la mesa, pero a medio intento dejó caer la cabeza en la almohada.

—¿Estás bien? —inquirió preocupada.

El joven asintió vagamente.

—Es que… —comenzó con dificultad —Quiero pararme, pero…

Gin frunció el ceño, como si meditara algo, hasta que con paso decidido, se acercó a la cama y tendió un brazo.

—Puedes apoyarte en mí —dijo sin rodeos —Sólo no me tomes la mano.

Fuji sonrió a medias ante semejante advertencia. La conocía de sobra, y aún así Gin seguía recordándosela de vez en cuanto. Estiró una mano y sujetó el brazo que Gin le ofrecía, procurando no ejercer mucha fuerza en el agarre. Gin lo jaló suavemente para incorporarlo y aunque él sintió que se mareaba de nuevo, al menos ahora podía mantenerse erguido. Gin le dio un leve tirón y comprendió que esperaba que abandonara la cama del todo. Sonrió un poco más y obedeció.

—Gracias —susurró, caminando hacia la mesa sujeto aún al brazo de la chica —¿Me decías que tú cocinaste?

Gin titubeó en responder al tiempo que lo dejaba en la silla, frente a la mesa. Cuando lo vio sostener los palillos con firmeza, fue que pudo hablar.

—Ah… Sí, cociné yo. No es que lo haga seguido, pero sensei me enseñó y…

Dejó de hablar otra vez, pero ahora porque Fuji acababa de probar el arroz con curry y hacía un gesto de concentración. Gin se quedó expectante.

—Está sabroso —soltó el muchacho por fin, sonriendo lentamente —Gracias, Gin–san.

—Comparado con lo que tú cocinas, no creo que sea la gran cosa —musitó ella, indiferente pero a la vez halagada por el comentario.

—Pues a mí me parece que está muy sabroso —sentenció Fuji con terquedad y siguió desayunando, saboreando cada bocado —A propósito, Gin–san, ¿ya desayunaste?

Un gruñido del estómago de la joven contestó por ella, haciéndola sonrojar mucho.

—Ve —indicó Fuji con amabilidad —No tienes que acompañarme. Ya me siento mejor.

Pero Gin, incrédula, se limitó a negar con la cabeza y tomar asiento en el borde de la cama más cercano a la mesa.

—No tengo prisa —declaró.

Fuji negó con la cabeza, resignado.

—¿Se puede saber porqué eres tan terca? —preguntó con aire divertido.

La hábil respuesta de Gin no se hizo esperar.

—Supongo que porque quiero hacerte competencia y ver si por fin te gano.

Fuji no pudo evitar soltar una carcajada, que fue cortada por el timbre del teléfono de la casa. Tanto él como Gin se miraron, preguntándose en silencio quién llamaría. Justo ella iba a salir y contestar cuando se escucharon pasos rápidos bajar la escalera.

—Supongo que el pececito se levantó temprano —dijo Gin con una mueca.

Unos minutos después, cuando Fuji hubo terminado su desayuno y charlaba de cosas sin importancia con Gin, llamaron a la puerta. Saragi asomó la cabeza poco después.

—Gin, llamó Kin —informó Saragi, con un gesto de contrariedad que desvaneció antes de agregar —Quiere que vayas a verla la próxima semana.

Fuji arqueó una ceja, mientras que Gin abría los ojos con sorpresa.

—Me pregunto qué querrá —susurró la pelirroja, sinceramente curiosa.

—Quién sabe, no dijo gran cosa —Saragi se encogió de hombros y antes de sacar la cabeza del dormitorio, recordó algo —¡Ah! Y dijo que podías llevar a quien quisieras.

No fue sino cinco segundos después, cuando captó el significado de esa frase, que Gin enrojeció hasta las orejas.

Desconectado tsukune

  • Sargento Primero
  • *
  • Mensajes: 413
  • KI: 12
  • Sexo: Masculino
  • entre 2 mundos sin saber cual escojer
Re:Telaraña [24/52]
« Respuesta #91 en: Abril 09, 2011, 03:11:52 pm »
waaa ke linda gin kedarse dormida al lado de fuji y leyendo un libro komo si fuera peke y ke sera eso ke kiere kin ?? y eso de ke lleve a kien kiera sip o sip se referia a fuji ke estara planeando kin ??


la vida pasa y pasa y se hace kada vez mas dificil T-T

Desconectado Kari

  • Soldado de Primera
  • *
  • Mensajes: 57
  • KI: 0
  • Sexo: Femenino
Re:Telaraña [24/52]
« Respuesta #92 en: Abril 15, 2011, 10:18:27 pm »
Gracias por el cap ^^ al fin tuve tiempo de leerlo..
Que tierna Gin!!
Me gustó mucho, espero la continuación

Desconectado tsukune

  • Sargento Primero
  • *
  • Mensajes: 413
  • KI: 12
  • Sexo: Masculino
  • entre 2 mundos sin saber cual escojer
Re:Telaraña [24/52]
« Respuesta #93 en: Abril 22, 2011, 03:35:59 pm »
ahh bell por onde andas asip nu da ganas de cumplir el deseo (ia ke kerias ke vuelva kon too eso de los atentados suicidas y toa esas cosas XD) bueno espero ke te valla de lo mejor en el trabajo poe kuando publikes estare para leer XD


la vida pasa y pasa y se hace kada vez mas dificil T-T

Desconectado THB Potter

  • CABO
  • *
  • Mensajes: 106
  • KI: 1
  • Sexo: Femenino
  • ... Los que destacan son los bichos raros.
    • Mi blog, ¡bienvenidos sean!
Re:Telaraña [25/52]
« Respuesta #94 en: Abril 22, 2011, 04:45:46 pm »
Veinticinco: La separación.

El número 12 de la avenida Akimori era una propiedad extensa y fácilmente confundible con una sola mansión. Pocos habían atravesado su portón para enterarse que ese terreno oculto por una alta muralla, estaba dividido en varios edificios, todos de una sola familia lo suficientemente rica para que sus visitantes habituales fueran muy distintos a los que se acercaron a la propiedad un día a mediados de julio, luciendo pulcros pero desgastados conjuntos deportivos rojos.

—Karasu–dono… ¿Vive aquí?

La pregunta venía de uno de los visitantes, un joven de cabello castaño rojizo, ojos castaño y claro semblante de convaleciente.

Hola de nuevo, soy Kinokaze Fuji. Por fin, luego de una semana en cama, me recuperé y Gin–san me invitó a acompañarla en la visita que le hará a Karasu–dono, una mujer muy hermosa que a mi parecer, es inteligente y amable. Pero me está llamando la atención una cosa…

—Gin–san, la entrada principal está por allá —indica Fuji de pronto.

Quien lo acompañaba, una chica de cabello rojo castaño y ojos plateados, lo miró por encima de su hombro, pues le llevaba un par de pasos de ventaja.

—Ya lo sé —afirmó la joven —Pero si me anuncio allá, no me dejarán entrar. Yo sé lo que hago, tú sólo sígueme.

A Fuji no le quedó más que obedecerla, yéndose por una calle lateral. Luego de varios metros de ver la interminable cerca de la Casa Grande (como se le conocía a esa propiedad entre la familia Hoshi), Gin se detuvo lentamente, para poner a Fuji sobre aviso.

—Llegamos —avisó.

Señaló la barda, concretamente en un trozo cubierto de enredaderas verdes y frondosas. Fuji se preguntó qué quería decir la chica con eso.

—Debe estar bajo todo esto… —oyó que musitaba Gin, acercándose a las enredaderas y apartándolas de la pared, hasta que éstas parecieron abrirse por sí solas y le dieron un buen susto —¡Pero qué rayos…! —exclamó, molesta.

Fuji vio con sorpresa que una especie de puerta, tras las enredaderas, acababa de abrirse lentamente, dejando ver una cabeza de cabello azul oscuro asomándose, como comprobando que no hubiera moros en la costa. Rápidamente reconoció a aquella persona.

—¿Hatsu–san? —susurró, confundido.

—Tenía que ser el aguador raro… —masculló Gin antes de dejar que Hatsu Hoshi terminara de salir por la puerta de las enredaderas —¿Qué estás haciendo?

—Ah, estaban aquí —dijo el aludido, viendo a la pareja de jóvenes como si apenas se diera cuenta de su presencia —Lo siento, no sabía que alguien más conociera la Puerta de Deméter. Tengo una cita y como mis padres no me dejaron salir, me escapé.

Gin arqueó las cejas.

—Lo dicho, eres raro —soltó por fin —Anda, déjanos pasar. Sensei me está esperando.

—Ah, saluda a Kin de mi parte —Hatsu se despidió con un gesto de mano.

Cuando el chico peliazul se perdió de vista, Fuji se decidió a preguntarle a Gin.

—¿Cómo le llamó Hatsu–san a la puerta?

—La puerta de Deméter —respondió ella, mirando a ambos lados de la calle para confirmar que nadie los descubriera —Es una puerta en la Casa Grande que pocos saben que existe. Sirve, por ejemplo, para que algunos se escapen sin que los demás se den cuenta.

Los dos penetraron cuidadosamente por la puerta, cerrándola tras sí, y Fuji se quedó un instante maravillado ante el panorama que había al otro lado: el de uno de los jardines más hermosos que había visto, cuyos árboles estaban cuajados de hojas verdes y algunos, de coloridas flores. Un pequeño estanque y varios macizos de flores en el césped completaban el cuadro.

—Esto es muy bonito —murmuró con sinceridad.

Gin sonrió sutilmente, pero Fuji no lo notó porque ella le dio la espalda.

—Era el jardín de Midori–dono —recordó la joven con voz pausada —Me sorprende que siga así. Ella murió hace mucho tiempo…

—¿Quién era… Midori? —se interesó Fuji.

Gin suspiró y comenzó a andar antes de poder responder.

—Era… la representante de Deméter. La última que ha habido.

Deméter… Fuji hizo memoria. Ese nombre le pertenecía a la diosa de la vegetación, lo que podía explicar el bellísimo jardín. Pero eso de que la fallecida Midori hubiera sido la última Deméter en la familia no le cuadraba mucho.

—Ahí está la casa de sensei —anunció Gin de repente.

La construcción que la chica señalaba era de dos plantas, con una fachada pintada de manera extraña, pintada en blanco y negro. A Fuji eso le pareció inusual, aunque creyó hallarle sentido al estar ante la puerta, donde había un símbolo chino que era mundialmente conocido: el del equilibrio entre el yin y el yang.

—Gin–san… —llamó de pronto, al recordar algo que había querido preguntar hace tiempo.

Pero ella no lo escuchó, puesto que tocó el timbre con decisión y mientras esperaba que le abrieran, se pasó una mano por el cabello. De pronto, la puerta se abrió, y Gin sonrió automáticamente, para al segundo siguiente fruncir el ceño con verdadera impaciencia.

—Ya decía yo que la moto la conocía —comentó, viendo de reojo hacia atrás, donde cerca de la entrada, apoyada contra un árbol, había una moto que tenía pintado un llamativo alacrán.

—Hola, Gin —saludó educadamente la persona en la puerta, un chico alto y serio, de cabello y ojos negros con un brillo rojizo —A mí también me alegra verte —agregó con sarcasmo.

—Buenas tardes, Shigu–san —intervino entonces Fuji.

Shigu Hoshi, al escuchar eso, lo miró y esbozó una débil sonrisa.

—Buenas tardes, Kinokaze–san —saludó, dedicándole una inclinación de cabeza —¿Ya te sientes bien? No quisiera que un paciente se me muriera.

—¡No digas tonterías! —se molestó Gin, haciendo una mueca. Luego, al ver a Shigu con su maletín médico en una mano, arqueó las cejas —¿Alguien está enfermo? —inquirió.

—No precisamente —Shigu se encogió de hombros —Mejor que Kin te lo explique. Tengo que retirarme. Con su permiso.

Inclinó la cabeza nuevamente y se marchó, en dirección a su motocicleta.

—¿Sensei? —llamó Gin desde la puerta en voz muy alta —¡Ya llegué! Traje a Fuji.

El nombrado la siguió al interior de la casa. Todo estaba decorado de manera sencilla y colores neutros, sin nada fuera de lugar. Al menos eso pensó el chico hasta llegar a la sala, donde sobre la mesa de centro, había una montaña de papeles desparramada como si nada.

—Pasen, Gin —pidió entonces Karasu, sorprendiendo a ambos jóvenes al aparecer a sus espaldas, secándose las manos en el delantal que portaba —Pero tengan cuidado con los papeles de las chicas. Son sus apuntes para el examen de admisión.

—¿Las chicas? —preguntó Gin con cierto nerviosismo —¿Acaso andan por aquí? Sensei, tienes que estar bromeando… ¿Y de qué examen hablas? —agregó, poniendo cara de susto.

Pero Karasu se limitó a sonreír y señalar los sillones con una mano, invitándolos claramente a sentarse. Ella misma los imitó segundos después, quedando frente a ellos.

—Yendo por orden, Gin: sí, las chicas andan por aquí. Y el examen de admisión que mencioné es para la preparatoria. Estudiarán en el país a partir del próximo trimestre.

Gin se dejó caer hacia atrás en el sillón, aparentemente incapaz de procesar aquellos datos, lo que aprovechó Fuji para aclararse la garganta.

—Karasu–dono… Si no es indiscreción, ¿puedo hacerle una pregunta?

—Por supuesto, Kinokaze–san —accedió la aludida.

—¿Porqué todos la llama Kin? —quiso saber.

Karasu rió suavemente.

—Es por mi familia materna —explicó —Proviene de China. Y mis padres acordaron que si nacía allá, me llamarían Kin y si nacía en Japón, Karasu. Pero mi madre, aunque nací aquí, me llama Kin desde pequeña. Los demás creen que simplemente es un apodo.

—¿Y no lo es? —inquirió Fuji, confundido.

Eso solamente causó la carcajada limpia de Karasu.

—Para la familia sí, pero para las chicas y para mí, es como mi segundo nombre —se encogió de hombros —Ah, lo que me recuerda… Kinokaze–san, te presentaré a las chicas. Claro, eso cuando dejen a Takeshi–san en paz…

—¿Al fortachón? —se extrañó Gin —¿Está aquí?

—De hecho, él es la razón principal para que te llamara —Karasu suspiró con cierto pesar, pero de repente se puso de pie —Pero antes… ¿Gustan una taza de té?

Los dos jóvenes asintieron y observaron cómo la mujer se encaminaba al pasillo.

—Gin–san, ¿quiénes son las chicas? —quiso saber Fuji.

Ante eso, la pelirroja soltó un bufido de fastidio, pero no tuvo oportunidad de contestar por el pequeño alboroto que se escuchó en las escaleras que conducían al piso superior, que incluía un diálogo poco usual.

—¿Vamos a dejar a Take–san así?

—Kara–nesan dijo que no podíamos estar mucho tiempo con él. Además, ya se durmió.

—¿Acabaremos de bajar algún día? Comeré sin ustedes en ese caso…

En pocos segundos, tres chicas de poco más de quince años aparecieron en la entrada de la sala, charlando aún entre sí, pero se detuvieron a un tiempo al ver que había visitas. Una de ellas, rubia y de ojos rosados, sonrió débilmente.

—Buenas tardes —saludó —¿Llegaron hace poco?

Fuji asintió, mientras que Gin veía a las muchachas con cierta molestia.

—¡Miren, es Gin! —señaló otra de las chicas, de cabello rojo intenso y ojos azules —Nos alegra verte, ¿sabes?

—Ah, vaya —fue todo lo que Gin fue capaz de musitar.

—Nos presentaremos ahora, chicas —indicó la tercera, una joven de cabello oscuro y ojos de un tono azul medianoche, señalando a Fuji con una mirada —Comeremos después.

Las otras dos asintieron y durante un segundo de silencio de su parte, Fuji las observó a detalle. Y descubrió que a excepción del color del cabello y el de los ojos, eran idénticas.

—¡Yo lo hago, yo lo hago! —ofreció con alegría la pelirroja —Ella es Hoshi Itoya —señaló a la chica rubia, quien inclinó la cabeza con serenidad —Ella es Hoshi Kyouseitekina —indicó con la cabeza a la morena, que hizo un gesto de cabeza con ademán severo mientras Fuji se quedaba pensando que tenía un nombre inusual y sumamente largo —Y yo soy Hoshi Umei. Mucho gusto.

—Igualmente. Soy Kinokaze…

—Lo sabemos —interrumpió Umei, haciendo una mueca —¿Te molesta si te llamamos por tu nombre, Kinokaze–san?

Al ver la negativa de cabeza del joven, Itoya carraspeó.

—Les dije que no le importaría —comentó.

—Te callarás y serás cortés con nuestro invitado —pidió autoritariamente Kyouseitekina.

—Kina–nesan, no seas así —rogó Umei, haciendo pucheros.

—Sí, no hice nada malo —reprochó Itoya.

—Las acusaré con Kara–nesan —fue toda la respuesta de la morena.

Las otras dos hicieron gestos de cerrarse los labios como si tuvieran en ellos una cremallera, para al minuto siguiente sonreír.

—¡Kara–nesan! —exclamaron junto con Kyouseitekina.

Karasu entraba a la sala entonces, cargando una charola llena de tazas de té.

—Chicas, qué bueno que vienen —indicó la mujer, depositando la charola en un trozo de la mesa de centro que no tenía papeles encima —¿Podrían recoger sus apuntes, por favor?

Las tres asintieron y se pusieron a ordenar sus cosas, mientras Karasu les tendía a Gin y Fuji sendas tazas de té.

—Disculpa a las chicas, Kinokaze–san, pero son bastante entusiastas —comenzó Karasu —Ahora, Gin, respecto a nuestro asunto… Como mencioné, tiene que ver con Takeshi–san…

Fuji se puso a recordar. Takeshi debía ser ese castaño de ojos negros que había llegado a ver en el taller Aki–Hoshi una vez.

—¿Qué hizo el fortachón esta vez? —inquirió Gin con cierto desdén.

—Oh, lo normal —Karasu se encogió de hombros levemente —Vio algo que no le gustó, quiso quejarse, pero no obtuvo respuesta. El problema es que se enfrentó con Yami–san y…

—¿Yami–dono? —se sorprendió Gin, irguiéndose más en su asiento.

Karasu asintió un par de veces con la cabeza, antes de seguir.

—Takeshi–san no ha querido darme muchos detalles, pero el punto es que Yami–san se metió en una charla que sostenían él e Inuko–san y como le hizo frente… —Karasu suspiró —Digamos que ninguno de los dos salió bien librado. Por eso y porque Terasu–sama y Kamitsuki–sama están enfadados con Takeshi–san, él se quedará una temporada aquí.

Gin arqueó las cejas un poco.

—Pero… ¿qué hay con las chicas? —quiso saber, titubeante.

—Ah, no hay problema. Que mis hermanitas sean hiperactivas no quiere decir que no sepan comportarse. Incluso se han ofrecido a cuidarlo de vez en cuando.

Hubo un segundo de silencio antes que Fuji exclamara por lo bajo.

—¿De verdad son hermanas?

Gin resopló con fingida impaciencia.

—¿No se nota? —ironizó.

—Lo siento, Kinokaze–san, debí decírtelo antes —Karasu sonrió con suavidad, a modo de disculpa —Toya–chan, U–chan y Kina–chan son mis hermanas menores. Son trillizas.

Fuji asintió vagamente, dando a entender que comprendía.

Adivinas latosas… —soltó Gin por lo bajo.

—¿Adivinas? —preguntó Fuji, que alcanzó a oírla.

Gin y Karasu parecieron ignorarlo. Unos pasos lentos en las escaleras hizo que ambas y Fuji se giraran hacia la entrada de la sala, por la que segundos después, apoyándose con cuidado en las paredes, Takeshi hiciera su aparición.

A pesar de haber visto cosas peores, Fuji y Gin no esperaban ver al joven castaño con el brazo izquierdo en cabestrillo, un abultado vendaje envolviendo su cabeza (y cubriendo su ojo derecho, de paso) y la mejilla derecha amoratada. La pelirroja se llevó una mano a la boca.

—Lo siento, acabo de enterarme que hay visitas —comenzó Takeshi, caminando a paso lento hacia el sillón más cercano y tomando asiento en él —Las chicas me lo dijeron.

—Deberías estar en la cama —sentenció Karasu severamente —Lo ordenó Shigu–san.

Takeshi se encogió de hombros.

—No soporto estar en cama mucho tiempo —se quejó, sonriendo débilmente —Además, no pensaba en hacer algo peligroso, Kin. Solamente quería saludar.

Karasu hizo una mueca de resignación.

—Buenas tardes, Kinokaze–san —continuó Takeshi, dirigiéndose a Fuji.

—Igualmente, Takeshi–san —correspondió el aludido —¿Cómo has estado?

Takeshi sonrió con aire divertido.

—Peor que algunas veces, mejor que otras tantas —se decidió a responder.

—Tú siempre haciendo cosas locas, fortachón —le dijo Gin de pronto.

—Es un placer —bromeó Takeshi, conteniendo la risa —Por cierto, ¿te enteraste de la que Gurazu casi arma en la universidad? Me lo contó Shigu.

—¿Qué hizo el atrabancado? —Gin sonaba entre quejumbrosa y curiosa.

—Estaba platicando con una chica en el campus y entre un chiste y otro, sin querer, ella le tomó la mano. Claro, se transformó, y como estaban cerca de un calentador de agua, Gurazu dijo que el fuego de su torbellino venía de allí. Así corrió a la chica antes que ella lo viera.

—¿Y nadie lo vio? —se asombró Gin.

—No que sepamos —Takeshi negó con la cabeza —Pero Shigu se enojó bastante con él por no tener cuidado. Bueno, por eso y por dejar huellas de herraduras en la alfombra del departamento cuando llegó. ¿Creerás que logró entrar sin que lo descubrieran?

Gin arqueó las cejas, incrédula, mientras que Karasu reía con alegría. Mientras tanto, Fuji sonreía sutilmente, pues ahora sabía que Gurazu era miembro del Zodiaco. Ahora solamente faltaba que supiera su signo.

—Kinokaze–san —llamó entonces Karasu —¿Serías tan amable de ayudarme en la cocina?

Fuji asintió en silencio y dejó a Gin escuchando atentamente a Takeshi para seguir a Karasu a la cocina, que tenía un diseño muy moderno, al menos comparado con el del resto de la casa. Karasu, que llevaba en las manos la charola, la depositó en un mostrador cercano antes de acercarse a la estufa, donde el contenido de una olla borboteaba suavemente.

—Si no te importa, iré directo al grano —comenzó sorpresivamente la atractiva mujer, acomodándose un mechón de negro cabello tras la oreja —Lo de Takeshi–san ha causado una especie de cisma en la familia, ¿sabes? Y si te lo preguntas, esto sí tiene que ver contigo.

El muchacho arqueó las cejas con asombro.

—El altercado con Yami–san fue porque trató de convencer a Inuko–san de conseguirle una cita con los jefes de familia. Quería preguntar algo sobre el primero de junio. Y tú y yo sabemos qué pasó ese día aquí, en la Casa Grande.

Fuji desvió la vista al oír eso. Recordar que el primero de junio había ido a la Casa Grande no era algo que hiciera con frecuencia.

—¿Cómo… como sabe que estuve aquí? —se decidió a preguntar en voz baja.

—Ah, eso. Iba a visitar a Sango–san cuando vi que salías de la casa de Terasu–sama y Kamitsuki–sama. Al otro lado del camino, Takeshi–san te alcanzó a distinguir. Y creo que incluso Hatsu–san pudo verte.

—¿Hatsu–san? —se extrañó Fuji —Acabamos de verlo en la…

Estuvo a punto de decir la puerta de Deméter, pero como Gin le había contado que pocos sabían que esa puerta existía, se contuvo.

—Si ibas a mencionar la puerta de Deméter, no hay problema —afirmó Karasu leyéndole el pensamiento, al tiempo que removía el contenido de la olla de la estufa —Sabía que Gin entraría por allí. No le queda de otra, puesto que tiene la entrada prohibida a la Casa Grande.

—¿Qué cosa?

Gin, al oír eso, se asomó a la cocina.

—¿Pasa algo? —quiso saber.

—No, nada —respondió Karasu —Kinokaze–san se sorprendió de que el platillo de hoy sean okonomiyakis… Lo que pasa es que vio la olla de la salsa para el estilo modan y…

Gin asintió en señal de comprensión y se retiró.

—Gin tiene prohibido entrar a la Casa Grande por lo ocurrido el día que la conociste —procedió a explicar Karasu, apagando el fuego —Ella sabía perfectamente que si salía de aquí, aunque fuera una sola vez, no se le permitiría volver. Pero claro, vio la oportunidad de estar afuera y no la desaprovechó. Se ofreció a acompañar a Mezuki–san a casa de Wodaka–san y el resto es historia: aquí se enteraron, Kamitsuki–sama dio orden de que Gin no volviera y Hitomi–san la cambió de escuela e hizo que Wodaka–san la hospedara junto con Mezuki–san.

Así que por eso Gin ahora vivía con Wodaka y estudiaba en la Akiai. Fuji frunció el ceño, reflexionando en todo eso, y llegó a la conclusión de que Gin estaba mejor afuera. Además, de no haber salido… Él no la hubiera conocido.

—¿Y Mezuki? —inquirió de pronto —¿Porqué ella tiene que vivir con Wodaka–san?

Karasu suspiró con cierta melancolía.

—Por la simple y ridícula razón de que los Gemelos siempre deben vivir bajo el mismo techo —respondió con una mueca —Es una regla ancestral en esta familia. Eso es porque luego viene el Encierro y se les separa.

Ante la palabra Encierro, Fuji se estremeció involuntariamente. Él sabía a qué se refería Karasu, Terasu y Kamitsuki se lo contaron a detalle, y aún así no quería aceptarlo. Le parecía un destino demasiado cruel para Gin.

—Karasu–dono… —comenzó.

La mujer, con la vista fija en la estufa, donde colocó lo necesario para preparar el primer okonomiyaki, asintió vagamente en señal de que lo escuchaba.

Pero Fuji no llegó a expresar lo que realmente pensaba. En lugar de eso, preguntó.

—¿Quiere que le ayude con eso?

Karasu lo miró con cierta sorpresa, para enseguida sonreír y asentir.

Y así, Fuji se separó una vez más del hecho de decir la verdad.

&&&

Hatsu, en cuanto se les perdió de vista a Gin y Fuji, comenzó a correr. Con eso, perdía su habitual aire de indiferente serenidad para dar paso a una mueca de contrariedad cada vez que consultaba su reloj. Iba retrasado y lo sabía.

—Genial —masculló por lo bajo con sorna.

Sus padres lo habían visto queriendo salir de la Casa Grande y como él no quiso decirles a dónde iba, le habían prohibido abandonar la propiedad. Con lo que no contaban era con que Hatsu conociera la puerta de Deméter y la usara para irse.

Llegó a una parada de autobús apenas a tiempo, pues un vehículo estaba por irse. Le hizo la parada y trepó a él fácilmente, pagando su pasaje a un desconcertado chofer. Fue al fondo a tomar asiento y respiró profundamente, recuperando el aliento.

Como el trayecto sería largo, se dedicó a ver las calles por la ventanilla. Hatsu era de ese tipo de personas que ante un viaje prolongado, se dedica a reflexionar profundamente. Y eso hizo hasta que de repente, el autobús hizo una de sus paradas y alcanzó a ver a una pareja tomada de la mano y sonriéndose mutuamente.

Esbozó una media sonrisa y desvió la mirada. Él sabía que el romance era un sueño remoto para un miembro del Zodiaco. Le pesaba la maldición que cargaba a cuestas, por la que siempre se retiraba del sexo opuesto… Por mucho que su carácter fuera solitario, a Hatsu no le agradaba tomar esa actitud. Sin embargo, no le quedaba de otra.

De repente, vio unos cuantos edificios familiares del centro de Akiyuri y suspirando nuevamente, se puso de pie. En una parada tres cuadras adelante, se bajó y observando a ambos lados con precaución, cruzó la avenida Akiyuri, la más importante de la ciudad. Divisó la entrada de un pequeño café, cubierta del sol por una lona de vivos colores, y entró.

Siendo vacaciones de verano, abundaban los jóvenes despreocupados y las bebidas frías en el lugar. Hatsu buscó con sus azules ojos, deteniéndose de vez en cuando en alguna mesa al creer que ya había dado con su cita, pero al no reconocer a nadie, dio media vuelta.

Lo que le granjeó chocar de lleno con alguien que entraba.

—¡Lo siento mucho! —se disculpó una chica velozmente, inclinándose a recoger el bolso azul que había tirado —Es que voy tarde y… —alzó la vista y se encontró con Hatsu observándola con una vaga sonrisa —¡Hatsu–san! Perdona, sé que llego tarde…

—No te preocupes, yo también acabo de llegar —confesó él, inclinando la cabeza en señal de asentimiento —Vamos.

La condujo a la mesa vacía más cercana, una con vista a la calle, y tomaron asiento. Pronto llegó un mesero a tomarles la orden y cuando se alejó, la joven sonrió nerviosamente.

—Estuve a punto de llamarte para cancelar, ¿sabes? —soltó —Mi padre descubrió que ando trabajando en la tienda de mascotas de Matano–san y… ¡Lo hubieras visto! Dijo que una persona de nuestra clase no debía rebajarse así —rió suavemente, realmente divertida ante lo que contaba —Pero ni loca dejaré el trabajo. Es divertido y… ¿qué pasa?

La muchacha había detenido su anécdota al percatarse que Hatsu no parecía prestarle atención. El joven, al escuchar la pregunta, sonrió de manera pícara.

—Acabo de escapármeles a mis padres para venir aquí —respondió —Me llamas y me quitas mi alegría del día.

La chica se quedó en silencio por un momento, antes de soltarse a reír.

—¡Me encantan tus comentarios! —exclamó.

Hatsu sonrió un poco más. Una de las cosas por las que esa joven le gustaba tanto era porque no salía con alguna burla respecto a su forma de hablar. En parte, que Hatsu dijera ese tipo de cosas, sin venir a cuento, era una de las razones para que casi no conviviera con la gente, pero con ella era completamente diferente. Quizá porque ella se le parecía en ese aspecto.

—Una mariposa —comentó la muchacha de repente.

Por la ventana abierta que tenían cerca, se estaba colando una pequeña mariposa amarilla.

—Dicen que si se te posa una mariposa en el hombro, es de buena suerte —prosiguió, siguiendo detenidamente el vuelo de aquel delicado insecto —¿Crees en eso, Hatsu–san?

—En la suerte… Puede ser —Hatsu notó entonces cómo la mariposa se posaba un segundo en su hombro, para luego revolotear un par de veces alrededor de la cabeza de su acompañante —Aunque he de decir que las mariposas siempre son atraídas por las flores más hermosas y exóticas del mundo. Creo que conmigo se equivocó.

La chica, riendo, se sonrojó un poco ante eso. Sabía reconocer un halago que Hatsu le hiciera, lo que tal vez se debiera a que llevaba saliendo con él poco más de un año. Y eso que cuando se conocieron, lo había considerado de lo más extraño.

***Inicio de remembranza***

Estaba en la tienda de mascotas donde trabajaba cuando ese chico de curioso cabello azul entró y se puso a observar cuanto animal había. Después de verlo recorrer la tienda entera dos ocasiones, se decidió a hablarle.

—Buenos días —saludó educadamente —¿Busca algo en especial?

—Necesito una araña horrible —respondió Hatsu con total seriedad —Quiero que Mezuki grite hasta quedarse afónica.

Como siempre, Hatsu esperaba algún gesto de desagrado ante sus palabras, pero se sorprendió mucho al ver que la joven dependienta se reía.

—¡Buena broma! —comentó, para morderse luego el labio inferior, intentando contener la carcajada —Para eso, recomiendo una tarántula. Son tan grandes y peludas…

A partir de ahí, la chica pensaba que Hatsu era muy peculiar, pues volvía a la tienda para llevarse los animales más variados, desde pequeños sapos hasta una imponente serpiente. Un día, que el joven se llevó una pareja de carpas doradas, se decidió a preguntarle algo.

—Disculpe, ¿qué hace con tanto animal que compra?

Hatsu, entonces, le dedicó una sonrisa breve, pero al mismo tiempo tierna. Sintió de pronto una sacudida en el estómago que no tenía nada que ver con que fuera hora de comer.

—Este sábado a las cuatro en el Akishiro —fue todo lo que él dijo, antes de pagarle y darse media vuelta para irse —Sección de Pediatría.

A la chica le pareció una frase ilógica, pero la curiosidad le ganó y el día señalado, fue al reconocido hospital. Preguntó por la Sección de Pediatría, se encaminó a ella sin ninguna prisa y a la entrada, vio una tierna escena.

Hatsu estaba de pie, mostrando en las manos la tarántula que había comprado el día que lo conoció. Sin ningún temor, la deslizaba entre sus dedos, aparentemente entreteniendo a la pequeña pálida y calva que permanecía postrada en una cama.

—No hay que tenerle miedo a los animales como éste —decía el muchacho —Se ven más malos de lo que son, ¿te das cuenta? Así es el tratamiento. Tiene un nombre horrible, pero te acabará ayudando.

La pequeña, cuyas delgadas cejas mostraban algo de cabello castaño, asintió con una sonrisa cansada. De pronto, volteó hacia la puerta.

—Hola —saludó en un susurro.

Hatsu se giró y se encontró con la simpática empleada de la tienda de mascotas.

—Ah, viniste —comentó —Creí que no entenderías el mensaje.

—No era tan difícil —afirmó la muchacha, encogiéndose de hombros.

—Ahora vienen por ti, Minako —le informó Hatsu a la niña, antes de despedirse con un gesto de mano y abandonar la habitación, cerrando la puerta tras sí —Los niños deberían sonreír siempre —soltó de pronto con aire nostálgico —No preocuparse por la muerte.

La joven se quedó un segundo en silencio, ladeando la cabeza hacia un lado.

—Entiendo —susurró.

Hatsu la miró con cierta confusión.

—Eso de que un niño se preocupe por la muerte —se explicó la chica —Eso sí lo entiendo.

—Pues bienvenida al club —bromeó Hatsu, esbozando una media sonrisa.

La muchacha no pudo hacer otra cosa que reír.


***Fin de remembranza***

A partir de ese día, empezaron a conocerse y salían a todas partes. En ocasiones no eran más que simples caminatas por la calle, pero en otras elegían un sitio, se acomodaban y dejaban pasar el tiempo charlando de cualquier cosa. Y en el transcurso de los meses, habían logrado descubrir el mayor rasgo que tenían en común: ejercer rebeldía pasiva contra sus progenitores.

—Mis padres quieren que vaya a una cena mañana —dijo de pronto la chica, sacando a Hatsu del ensimismamiento que había adoptado tras la llegada de sus bebidas —Algo sumamente aburrido, si quieres mi opinión. Me zafaría, pero la última vez me escapé inventándoles que estaba con una amiga y mi madre me atrapó. Así que…

—No nos veremos mañana —completó Hatsu por ella.

—De verdad lo siento —se disculpó su compañera.

—No importa —aseguró Hatsu con amabilidad —Ahora que recuerdo, tengo que visitar a un primo que está algo mal de salud. Si mañana no nos vemos, lo visito a él.

La joven le sonrió y lentamente, estiró una mano sobre la mesa. Hatsu, detectando el movimiento, apartó las suyas para sujetar su bebida y darle un largo sorbo. La mano de la chica se detuvo en su trayectoria y lentamente, se posó en la mesa.

—Hatsu–san, tal vez no me concierne, pero… ¿Porqué siempre haces eso?

—¿Hacer qué? —se extrañó el muchacho, depositando su bebida en la mesa.

Ella inclinó la cabeza, negando con la misma.

—No, nada —musitó, algo decepcionada.

Hatsu la observó por un momento, enseguida agarró de nuevo su bebida, se la terminó de un trago y le hizo una seña al mesero para que le llevara la cuenta.

—Ah, ya, comprendo —dijo con seriedad —Pero antes que todo, salgamos de aquí.

La muchacha lo miró con asombro, para acto seguido imitarlo y acabarse su bebida. Cinco minutos después, ambos caminaban por la calle.

—Aquí está bien —indicó Hatsu de pronto.

Hizo un gesto de mano hacia la entrada de un callejón solitario. La joven arqueó las cejas.

—¿Qué estás tramando? —quiso saber.

—Simplemente dar explicaciones —respondió el chico tranquilamente, tendiéndole la mano —Anda, pronto lo entenderás.

La muchacha observó aquel ofrecimiento sin poder creerlo. Y es que si mal no recordaba, era la primera vez que le tomaría la mano a Hatsu. Siguiendo sus impulsos, la sujetó con fuerza.

Un torbellino de aire envolvió al muchacho de cabello azul, sorprendiendo tanto a su acompañante que ésta le soltó la mano. Miró el torbellino totalmente paralizada, para luego quedarse literalmente con la boca abierta.

Frente a ella, donde estaba Hatsu, se hallaba un niño de unos diez años sosteniendo un cántaro lleno de agua y vistiendo una toga blanca. Lo más increíble es que su cabello y sus ojos, de un tono azul profundo, no dejaban lugar a dudas sobre quién era.

—¿Hatsu… san? —tartamudeó, anonadada.

—Sí, soy yo —respondió el niño, con voz aguda y mirada un tanto atemorizada.

A la joven se le llenaron los ojos de lágrimas, pero Hatsu vio, con sorpresa, que sonreía.

—¡Te ves muy lindo! —murmuró con voz ahogada, enternecida.

Hatsu estuvo a punto de hacerle segunda en llorar al escucharla decir eso. Alargó su ahora pequeña mano y la entrelazó con una de ella, dándole un leve pero cálido apretón.

—Muchas gracias, Mako–san.

Y Mako Sei no tuvo que preguntarle a Hatsu a qué se refería. Se lo distinguía en los ojos.

Desconectado tsukune

  • Sargento Primero
  • *
  • Mensajes: 413
  • KI: 12
  • Sexo: Masculino
  • entre 2 mundos sin saber cual escojer
Re:Telaraña [25/52]
« Respuesta #95 en: Abril 23, 2011, 03:49:43 pm »
O_O QUE !!! mako y hatsu son novios(enamorados o komo se les diga XD) se me parecia por la remembranza peo ke sorpresa bueno bell ke bien ke kolgaste este capi gracias y espero verte mas segido por aki sip se puede XD

edito:
bueno bell para komunicarte ke daniela va a leer el fic mas tarde ia ke kon toos los problemas climatologicos en colombia (lluvias tipo diluvio aunke un poko exagerado por ahi va XD) nu se puede konectar muxo poe bueno luego pasara a leer
« Última modificación: Mayo 01, 2011, 11:54:40 pm por tsukune »


la vida pasa y pasa y se hace kada vez mas dificil T-T

Desconectado Daniela

  • Sargento Segundo
  • *
  • Mensajes: 283
  • KI: 7
  • Sexo: Femenino
  • Desciende sobre mi como la brisa
Re:Telaraña [25/52]
« Respuesta #96 en: Mayo 06, 2011, 04:48:28 pm »
Awwww que linda gin al cuidar de fuji

con que novios  mako y hatsu jajaja bno
estuvieron muy bnos los capitulos
gracias por el cap Bell xD


 

Desconectado THB Potter

  • CABO
  • *
  • Mensajes: 106
  • KI: 1
  • Sexo: Femenino
  • ... Los que destacan son los bichos raros.
    • Mi blog, ¡bienvenidos sean!
Re:Telaraña [26/52]
« Respuesta #97 en: Mayo 06, 2011, 08:19:29 pm »
Veintiséis: A ver a la Cabra–pez.

Las vacaciones de verano estaban por terminar. La casa Hoshi ubicada en Akigaoka disfrutaba de una calma algo inusual, puesto que no había peleas ni gritos constantes. Aunque claro, eso no podía durar para siempre.

—¡Dime una buena razón por la que tenga que hacerte caso y te juro que lo hago!

Eso se oyó una mañana de inicios de agosto, en el comedor. Wodaka, quien presidía la mesa (había vuelto de Etsujinja hacía tres días, y no estaba de buen humor), frunció el ceño.

—Saragi, no le sueltes esas frases a Gin sin explicárselas antes —rogó con tono impaciente —No quiero escuchar reclamos tan temprano.

Saragi, suspirando de tal forma que parecía que imploraba paciencia divina, miró a Gin con los ojos entrecerrados.

—Bien, lo haré —accedió, dedicándole una mueca a Wodaka —La única razón por la que te pido que asistas a la junta es porque eres la capitana del equipo. Eso te convierte en la responsable del club. ¿Qué, nadie te lo dijo?

Gin, por toda respuesta, se quedó inmóvil, con aspecto enfadado.

—No, nadie lo hizo —renegó —De haberlo sabido, no acepto la capitanía.

Saragi volvió a suspirar, para después regresar su atención al desayuno. El tema debió tratarlo antes con Gin, pero no había tenido oportunidad.

A finales de julio, había ido de visita a la Casa Grande a visitar a su madre. Charló con ella de cosas sin importancia, pero con su padre fue distinto. A través de él se enteró que su madre, temporalmente, estaba en remisión. Eso le permitía respirar tranquila.

Sin embargo, su padre también le contó sobre un altercado entre Takeshi y Yami, cosa que no se esperaba. Conocía de sobra a Takeshi y sabía que era de carácter pacífico, por lo que debió haber una poderosa razón para que hubiera acabado en cama y como huésped de Kin. La respuesta la encontró a medias: según su padre, a la hora de la pelea, Takeshi se encontraba conversando con Inuko, y trataba de convencerla de algo. Y por las fechas, eso había ocurrido poco antes que Gin y Fuji fueran a visitar a Kin.

Visita que no podía mencionarle a sus padres, obviamente. Sabía perfectamente que Gin tenía prohibida la entrada a la Casa Grande, y si alguien llegaba a enterarse del asunto y se lo informaba a los jefes, seguro la pelirroja de ojos plateados recibiría un castigo. No podía descubrir porqué, pero Gin ahora la preocupaba. Tal vez era porque ahora la conocía más.

—¿Qué pasa? —quiso saber Fuji, saliendo de la cocina en ese momento.

—Gin no quiere ir a la junta del concejo escolar y los responsables de los clubes —respondió Saragi con indiferencia —Es que no sabía que tenía que ir.

—¿De verdad tengo que ir? —soltó Gin, quejumbrosa.

—Ah, vaya —Fuji se quedó pensativo un segundo, antes de abrir los ojos con sorpresa —¡Wodaka–san, lo olvidaba! No te he preguntado cómo te fue en Etsujinja.

Al oír eso, la rubia respiró profundamente, borrando cualquier rastro de enfado que pudiera tener, para sonreírle al chico con calma.

—No me fue tan bien como hubiera querido, pero volví con el artículo que iba a buscar.

Fuji frunció el ceño, confundido.

Virgen loca —soltó Gin en un susurro.

—Como sea, les aviso que hoy estaré fuera todo el día —continuó Wodaka, terminando entonces su desayuno —Así que esta tarde, se encargarán de recibir a Juniga.

Ante eso, Saragi y Gin la miraron como si no dieran crédito a sus oídos.

—¿Juniga? —se extrañó la primera —¿Va a venir?

Wodaka asintió.

—Y ni me pregunten a qué, porque no tengo idea —se puso de pie —Iré a arreglarme. Me voy en diez minutos.

Y sin decir más, se retiró, dejando a dos chicas entre sorprendidas y enfadadas.

—Ah, disculpen —llamó Fuji —¿Quién es… Juniga?

Las chicas lo miraron un segundo antes que Saragi se pusiera de pie rápidamente.

—Lo siento, Fuji–kun, pero tendrá que contestarte Gin —indicó, dirigiéndose a la puerta —Yo tengo un asunto qué atender y estaré fuera casi toda la mañana. Iba a avisarle a Wodaka, pero como tiene prisa…

Se encogió de hombros sin demostrar nada de molestia y salió del comedor.

—¿¡Pero qué te pasa, pececito!? —soltó Gin con enfado —Encima que me harás ir a una de esas juntas, ¿tengo que explicarlo todo?

Pero Saragi, haciendo gala de una indiferencia suprema, ni siquiera le contestó.

—Ese pececito… —masculló Gin mientras terminaba su desayuno.

—Ah, Gin–san… —llamó Fuji, un tanto dudoso —¿Quién es… Juniga?

La pelirroja reaccionó al llamado de Fuji arqueando las cejas y apoyando un codo en la mesa, comiendo lo último de su desayuno.

—Ah, pues… El fenómeno es un niño raro —comenzó, haciendo que Fuji se extrañara por lo de fenómeno —Es un año menor que la vaquita tímida, entró a secundaria en primavera. Es listo, sorprende a cualquiera —sonrió levemente antes de agregar con una mueca —Pero casi no habla.

—¿Casi no habla? —Fuji se sorprendió —¿Por qué?

Gin se mordió el labio inferior, como dudando en contestar, pero en eso Wodaka pasó corriendo hacia la puerta principal.

—¡Ay, no, se me hace tarde! —gritaba totalmente impaciente —¡
Niño
, Gin, pórtense bien mientras no estoy! —agregó en tono pícaro.

—¿Cómo se le ocurre decirnos eso? —se ofendió Gin, ruborizándose, mientras Fuji sonreía nerviosamente y se oía la puerta principal cerrarse de golpe.

Miró a Fuji, con el ceño fruncido, pero se encontró al muchacho con una expresión extraña, un tanto pensativa. Lo llamó quedamente.

—¿Fuji? ¿Estás bien?

Él asintió sin mirarla siquiera y moviendo la cabeza, como despabilándose, sonrió.

—Iré de compras —anunció como si nada, haciendo que Gin lo viera con extrañeza —Necesitaré cosas para la comida si tendremos visitas. Gin–san, ¿quieres venir conmigo?

La chica, que aún no perdía el tono carmesí de las mejillas, asintió en silencio, de lo apenada que se sentía. Pero logró ver que Fuji sonreía un poco más.

—En ese caso, arreglaré la cocina para poder irnos en paz —el muchacho le dio la espalda y abandonó la habitación.

Gin lo vio salir y sin querer, dejó escapar un suspiro. Sentía que su vida se complicaba más de lo que ya estaba.

&&&

Saragi sacó su bicicleta de la cochera y se retiró. Iba a la mitad del camino de salida cuando escuchó tras ella el motor de un auto y segundos después, Wodaka la rebasó en su convertible amarillo. Saragi negó con la cabeza y siguió andando, disfrutando el apacible día de verano.

Simplemente sentía que tenía que salir de la casa. El ambiente, en su opinión, estaba algo tenso, sobre todo cuando estaba con Fuji y Gin. Sentía que cada uno ocultaba algo, aunque el chico era el que le preocupaba más.

—Cualquiera diría que me gusta —murmuró con ironía.

Sonrió al tiempo que negaba con la cabeza, lo que ocasionó que su cabello se agitara al viento. Al tiempo que salía de Akigaoka y tomaba el rumbo de una avenida transitada, meditó bien en sus propios sentimientos. Más que nada, agradecía a sus padres por enésima vez que la hubieran sacado de la Casa Grande y que la enviaran a la Akiai y a la casa de Wodaka. Ahora veía con claridad la razón que habían tenido.

—¡Hola, Hoshi–san!

El saludo la desconcertó, más por venir de un sitio muy cercano a su derecha. Giró la cabeza un poco para ver de quién se trataba.

—¿Mako–kun? —se extrañó.

Mako Sei, montada en una bicicleta todo terreno de color azul, le sonrió.

—Lo siento, no quería distraerte —se disculpó Mako enseguida —Sólo te encontré y pensé que no estaría mal saludarte. ¿Qué haces aquí? Uso este camino seguido y nunca te había visto.

—Solamente estoy paseando —Saragi se encogió de hombros ligeramente —¿Y tú?

—Voy al trabajo —Mako miró al frente antes de regresarle la vista —Aunque si mis padres me oyeran, me matan. Se supone que estoy yendo a mis clases de piano.

Piano… Saragi fingió extrañarse ante ese dato.

—¿Tocas el piano? —inquirió.

—No parece, ¿verdad? —comentó Mako, sin darle importancia —Mis padres hicieron que tomara las clases desde que tenía cinco años. Tocar me gusta, pero no que me obliguen. Además, es algo de lo poco que compartimos Do–chan y yo.

Saragi arqueó una ceja, confundida, hasta que exclamó por lo bajo.

—¡Ah, ya!

—¿Qué cosa? —preguntó Mako, sin comprender.

—Es que… No sabía a quién te referías. Do–chan… Es tu hermano, ¿verdad?

Mako asintió, sonriendo de forma orgullosa.

—A Endo ya no le gusta mucho que lo llame así, creo que porque creció —se encogió de hombros —Pero no logro quitarme la costumbre.

—Tú… Lo quieres mucho, ¿no?

Mako le dirigió una mirada de sorpresa.

—¿Por qué no habría de quererlo? —indagó a su vez —Es mi hermano.

—No me malentiendas —se defendió Saragi en el acto —Es sólo que… He visto a algunos hermanos que no se llevan muy bien y pensé que… Siendo tú y él tan distintos…

—Sí, lo sé. Pero no es el caso. Cierto, somos diferentes, pero nos entendemos. Él me apacigua de vez en cuando y yo me encargo de que sonría. Aunque…

Se calló, suspiró con tristeza y luego agitó su cabeza, pero a diferencia de Saragi, su cabello castaño cenizo no se revolvió con el viento, pues lo llevaba recogido en dos largas coletas. Hizo una mueca y en segundos, retomó su expresión alegre de costumbre.

—No voy a molestarte con mis problemas —afirmó, sonriendo —Ya tengo suficiente con Hatsu–san…

Saragi paró tan de golpe, que casi se cae de la bicicleta. Mako no se dio cuenta hasta que escuchó el rechinar de las llantas, por lo que se detuvo un par de metros adelante y dio media vuelta para acercarse.

—¿Estás bien, Hoshi–san? —preguntó con inquietud.

Saragi asintió vagamente, acomodándose en la bicicleta para volver a andar.

—Sí, disculpa —dijo, caminando un par de pasos antes de pedalear con fuerza.

—¡Qué bien! Pensé que había dicho algo malo —Mako sacó la punta de la lengua en forma juguetona, guiñando un ojo —Endo dice que no puedo evitarlo…

Saragi le sonrió débilmente, como estando de acuerdo con eso.

Llegaron al cruce de una avenida transitada, y se detuvieron con presteza.

—Bueno, me voy hacia allá —Mako señaló a su derecha —¡Nos veremos, Hoshi–san!

Agitó una mano en señal de despedida y se marchó, silbando una melodía que Saragi no supo identificar. La chica del cabello azul plateado, en tanto, viró en dirección contraria y concentrada en lo que la hizo parar tan bruscamente al charlar con Mako: la mención de alguien llamado Hatsu.

&&&

Alrededor de la una de la tarde, el sonido de pasos en el exterior alertó a Fuji, que recién terminaba la comida y estaba a punto de subir la escalera para llamar a Gin. Un segundo después, llamaron a la puerta, lo que le confirmó al muchacho que alguien había llegado.

—Buenas tardes —saludó al abrir —¿Qué se le ofrece?

No pudo evitar sonreír débilmente al observar con más detenimiento del usual al visitante. Era un niño de entre doce y trece años, de cara ovalada e infantil, mirada penetrante y cabello lacio de dos colores: raíces de color azul plateado oscuro, casi gris, y el resto de un tono gris opaco. Sus ojos, color azul grisáceo, tenían una mirada profunda, pero algo melancólica. En general, el aspecto del chiquillo era frágil.

—Tú debes ser Juniga–kun —comentó Fuji, sonriendo —Pasa, por favor. Wodaka–san avisó que vendrías. A propósito, soy Kinokaze Fuji, mucho gusto.

Se inclinó levemente ante él, a lo que el niño respondió con una inclinación similar.

—¿Ya llegó el fenómeno? —se oyó preguntar a Gin desde la escalera.

La pelirroja asomó la cabeza desde la escalera y al ver al visitante, esbozó una media sonrisa, la cual fue correspondida.

—Es bueno verte —le dijo al niño —¿Cómo estás, fenómeno?

Fuji creyó que cualquiera se ofendería con semejante saludo, pero se llevó una sorpresa al notar cómo el niño, en cuanto vio a Gin, sonrió y contestó asintiendo enérgicamente con la cabeza.

—Tan callado como siempre —soltó Gin, sin darle importancia —Fuji, tengo hambre.

El aludido dio un respingo.

—Pues la comida está lista —anunció, caminando delante del niño —Juniga–kun, sígueme, acá está el comedor.

El niño asintió y obedeció, con Gin a su espalda. Fueron a sentarse a la mesa y en pocos minutos, estaban comiendo. Fuji se sentía algo incómodo, puesto que Juniga no hacía más que degustar el arroz, mirar de reojo a Gin y seguir comiendo. Aunque en algunas ocasiones lo descubrió viéndolo a él.

—Dime, fenómeno, ¿estás en la misma secundaria de la vaquita tímida?

Juniga respondió afirmativamente con la cabeza.

—Dicen que la Akiaka es buena escuela —siguió hablando Gin, con la vista perdida —Me hubiera gustado ir allí…

—¿En qué secundaria estudiaste, Gin–san? —inquirió Fuji

La pelirroja hizo una mueca de contrariedad.

—Nunca dije que haya ido a la secundaria —apuntó con frialdad.

—Y entonces… ¿Dónde estudiaste?

—Onesan… Estudió con Kin.

Aquella vocecita, suave pero con un timbre sutilmente grave, sobresaltó a Fuji. Aunque no le costó trabajo adivinar de dónde provenía.

—Muchas gracias, fenómeno —masculló Gin —Si vas a hablar, hazlo para cosas más interesantes. Y ya te he dicho que no seas tan formal conmigo ni me llames así.

El niño asintió, un tanto decaído, en tanto Fuji se quedaba pensativo. ¿Porqué Juniga llamaría a Gin onesan? Pero dejó eso de lado al darse cuenta de algo.

—¡Ah, claro! —exclamó, dejando caer los palillos —Por eso llamas sensei a Karasu–dono, ¿cierto, Gin–san?

—Ah… sí, es por eso —reconoció Gin, ruborizándose un poco —Como no podía salir de la Casa Grande, sensei se ofreció a enseñarme de todo. Lo que por cierto, incluyó el póker —rió un poco —Sensei me contó que le enseñó a jugar un antiguo novio, ¿puedes creerlo?

Fuji rió con ganas, pero no le pasó desapercibido el dato de que la chica no podía salir de la Casa Grande ni siquiera para ir a la escuela. Pensar en eso le producía mucho coraje, así que lo dejó de lado y se concentró en lo que la joven decía, ahora dirigiéndose al silencioso pero atento Juniga.

—Así que, pequeño fenómeno, ya que hablaste, ¿podrías decirme por qué viniste?

Juniga pareció pensárselo por un buen rato, hasta que hizo a un lado su tazón de arroz, ya vacío, y miró a Gin directamente a la cara.

—Onesan… ¿Has ido a la Casa Grande?

Gin frunció el ceño.

—No, claro que no —mintió en el acto —Desde que salí el año pasado, tengo prohibido entrar ahí. Seguro te lo dijeron en el solsticio hiemal.

Juniga asintió, no muy convencido. Sorpresivamente, se volvió hacia Fuji.

—Kinokaze–san… Tú sí has ido, ¿verdad?

Al muchacho la pregunta lo tomó por sorpresa.

—Ah, yo… ¿por qué iría yo a la Casa Grande? —preguntó a su vez, evasivo.

Juniga ladeó la cabeza, analizando sus palabras.

—Yo te vi —dijo sencillamente.

—Seguro fue en Navidad —recordó Gin —Cuando llevamos los regalos.

Fuji asintió vigorosamente, pero captó los ojos de Juniga fijos en él de manera desaprobatoria, como si no le creyera.

—¿Eso es todo? —se sorprendió Gin de repente —¿Querías saber si fui o no recientemente a la Casa Grande?

Juniga no respondió, ni siquiera con un gesto. Se limitó a ponerse de pie.

—¿Puedo hablarte en privado… onesan?

Gin arqueó las cejas, pero asintió. Se levantó y salió tras el niño, mientras Fuji se ocupaba de limpiar la mesa recordando la última miradita que le había dedicado Juniga.

Definitivamente, ese niño era el más misterioso de los Hoshi que había conocido.

&&&

—¿Qué cosa?

Gin casi se levanta de golpe por la sorpresa. Lo que acababa de decirle Juniga no era precisamente agradable, lo que unido al hecho de que el chiquillo casi ni hablara, lo hacía doblemente impactante.

—Debes estar bromeando —dijo finalmente, algo suplicante.

Pero Juniga negó con la cabeza firmemente, destruyéndole la esperanza. La chica inclinó la cabeza, apesadumbrada.

—¿Tú… cómo te enteraste? —quiso saber.

—Ya lo dije —respondió Juniga con seriedad —Lo vi.

Gin hizo una mueca. Si esa mañana creía que su vida se complicaba, ahora no hacía más que confirmarlo. Observó a Juniga, que tenía las manos apoyadas en la pequeña mesa de la sala, y jugueteaba con sus pulgares.

—No sé qué podría significar eso —comenzó de repente el jovencito, para sorpresa de Gin, quien no esperaba que hablara mucho más por ese día —Ni estoy por completo seguro que sea algo malo. Lo que sí sé es que no me agrada, onesan… Y menos desde que lo conozco en persona. ¿Sabes a lo que me refiero?

Gin asintió silenciosamente, sin poder articular palabra.

—Por otra parte, me gustaría charlar con Takeshi–san —continuó, alzando un poco la vista —Tal vez sepa más que yo. En ese caso, se lo sacaría y…

—Deja de meterte en lo que no te importa —le espetó Gin de repente —No tienes que andarte preocupando por mí, ¿de acuerdo? Y menos tú, un signo del Zodiaco de los más importantes. ¡Déjame en paz, fenómeno!

Juniga la observó profundamente, pero no parecía en absoluto molesto. Al contrario, tenía cara de esperar todas aquellas frases.

—No lo haré, onesan —rebatió con determinación —Yo no olvido.

Gin le retiró la mirada, haciendo una mueca de fastidio pero ligeramente roja. Juniga aprovechó eso para levantarse y salir de ahí.

—Me voy a casa —anunció —¿Dónde está Kinokaze–san? Quisiera despedirme.

Gin dio un respingo y se puso de pie también.

—Ah… En su habitación —respondió —Arriba, a la izquierda. Última puerta a la izquierda.

Juniga asintió y subió la escalera. Pronto llegó a la puerta indicada y llamó.

—Adelante —concedió una voz desde el interior.

Juniga abrió y asomó la cabeza, encontrando a Fuji sentado a su pequeña mesa, escribiendo con rapidez en una libreta de pastas rojas.

—Kinokaze–san… Me marcho —avisó.

Fuji se giró en su silla, arqueando una ceja.

—¿Tan pronto? —se extrañó —Pensé que esperarías un poco, por si llegaban Wodaka–san o Saragi–san. ¿No quieres saludarlas?

Juniga negó con la cabeza.

—Vine a… saludar a onesan —respondió —Hace mucho que no la veía.

—Juniga–kun… ¿Por qué llamas así a Gin–san?

El nombrado sonrió levemente, con orgullo, antes de atreverse a entrar a la habitación y cerrar la puerta tras sí, como queriendo que nadie lo oyera.

—Una vez, cuando tenía siete años, me transformé por culpa de un catarro terrible —contó en voz baja, acercándose a Fuji lo suficiente para que éste lo escuchara con claridad —Estaba a punto de llegar a casa de la escuela, pero transformado, ya no podía caminar…

Fuji frunció el ceño.

—Juniga–kun, ¿eres miembro del Zodiaco?

El niño asintió.

—Y… ¿qué signo eres?

Juniga tragó saliva antes de responder.

Capricornio.

—¿Y en qué te conviertes?

Juniga lo miró como si estuviera loco.

—En… en una cabra gris con cola de pez azul. Por eso tengo el cabello así.

Se llevó una mano a la cabeza, pasándosela por el cabello, y Fuji creyó recordar algo acerca del signo. Su símbolo era la Cabra–pez porque representaba a Pan, un dios griego, sumergido de la cintura para abajo en el río Nilo. Su parte superior tomó la forma de una cabra, pero la de abajo, estando en el agua, adquirió la de un pez. Era un símbolo tan raro que supuso que por eso Gin lo llamaba fenómeno.

—Como sea, la que me encontró ese día fue onesan —siguió Juniga como si no lo hubieran interrumpido —Había escuchado tantas cosas malas sobre ella que sentí miedo sólo con verla, pero se me acercó, me miró un buen rato, y antes que dijera algo, me cargó y me llevó a casa. Nunca supe qué hacía afuera, porque nunca salía, pero lo agradecí mucho. Desde entonces, la veo como la hermana mayor que siempre quise. Fue amable conmigo a pesar de que nadie lo ha sido con ella… Bueno, casi nadie —rectificó, esbozando una efímera sonrisa —Kin la trató bien cuando nadie más lo hacía. Algunos de los otros signos creen, como yo, que no debería ser apartada del Zodiaco sólo por ser la treceava, pero contra Terasu–sama y Kamitsuki–sama no puede hacerse gran cosa.

A la mención de los jefes de la familia Hoshi, Fuji apretó los puños. Siendo consciente que no debía demostrar sus emociones al respecto, respiró profundamente.

—Me retiro —soltó Juniga inesperadamente —Kinokaze–san… ¿puedo venir a ver a onesan otro día?

—Sí, claro —accedió el aludido —Seguro a Gin–san le agradaría verte.

Juniga sonrió otra vez, ahora con ironía.

—Lo dudo, se molestó conmigo por andarme preocupando —confesó, pero no aclaró qué quiso decir aunque Fuji adquirió una expresión de confusión —Buenas tardes, Kinokaze–san, me dio gusto conocerte. ¡Ah, una cosa! —agregó de repente.

Fuji le dedicó un gesto interrogante cuando el niño ya había abierto la puerta.

—Onesan es bonita, ¿verdad? —comentó, alegre.

Antes que pudiera darse cuenta, Fuji estaba asintiendo, de lo que se percató hasta que vio el ademán de triunfo que Juniga hizo improvisadamente al levantar un puño en el aire.

—Era todo lo que quería saber —afirmó antes de abandonar la habitación.

Ante semejante confesión espontánea de su parte, Fuji no pudo evitar darse un par de topes contra su mesa, deseando que Juniga no fuera a decírselo a Gin.

Lo que no sabía era que Juniga, por mucho que apreciara a Gin, se callaba lo que averiguaba hasta que creía momento de soltarlo. Y esa respuesta que acababa de arrancarle a Fuji era una de esas averiguaciones.

&&&

En la Casa Grande, casi al atardecer, Konoha salía de su hogar, con una cesta en las manos, la cual contenía algo de comida recién hecha que su madre le enviaba especialmente a la madre de Saragi, expresándole en una nota adjunta lo contenta que estaba por su recuperación. Iba por el sendero principal cuando vio que el portón principal se abría, dando paso a un niño. Lo reconoció por el cabello y levantó una mano para saludarlo, procurando sujetar bien la cesta con la otra.

—¡Juni–san!

El niño levantó la mirada y sonriendo, correspondió al gesto con uno propio.

—Hola, Kono–san —saludó Juniga en cuanto estuvo a unos pasos de la niña —¿A dónde vas con eso? —señaló la cesta.

—Mi madre se lo envía a Umiko–dono, es un poco de onabe y pan casero —Konoha sonrió débilmente, sujetando la cesta con ambas manos —Umiko–dono está mejor.

Juniga se limitó a asentir, dando a entender que lo sabía.

—Juni–san, ¿tú de dónde vienes? —inquirió de pronto Konoha.

El niño se encogió de hombros.

—Solamente fui a dar una vuelta —respondió, indiferente —Me aburría mucho.

Konoha asintió en señal de comprensión y junto con Juniga, siguió caminando. Comenzaron a charlar de cosas sin importancia y pronto llegaron ante la puerta de la casa de los padres de Saragi. Konoha estaba por llamar cuando una voz tras ellos la detuvo.

—Vaya, vaya, vaya… ¿Dónde has estado, Juniga?

Los dos chiquillos contuvieron un escalofrío y dieron media vuelta. Ahí, de pie ante ellos luciendo un impecable vestido de verano blanco y un sombrero de paja en la cabeza, se encontraba Kamitsuki, lo que en primera les sorprendió. La jefa de familia no era muy conocida por salir de su casa aparentemente a pasear. Ambos jovencitos se pusieron en guardia.

—Salí a pasear, Kamitsuki–sama —respondió Juniga cortésmente, inclinándose ante la mujer como signo de respeto —Aquí no tenía gran cosa qué hacer.

Kamitsuki ladeó la cabeza, pensativa, pero una cínica sonrisa comenzó a formarse en sus finos labios. Entrecerró sus azules ojos, enderezándose, para luego ver a Konoha.

—Entra —ordenó, indicando la puerta de la casa con un gesto de mano —Tengo que hablar un poco con este niño.

A Konoha le dio muy mala espina eso, pero Juniga le dedicó un gesto de cabeza para que obedeciera. Konoha asintió imperceptiblemente y llamó a la puerta. Por eso, al darle la espalda a Kamitsuki y Juniga, no pudo distinguir la expresión triunfante de ella.

&&&

Al estar ante la puerta de su residencia, Kamitsuki tenía bien sujeto a Juniga por un brazo con increíble brusquedad. Juniga no tenía le valor para quejarse, menos cuando la jefa de familia le había preguntado minutos antes a dónde había ido, sin recibir respuesta.

—Bienvenida, señora —saludó una sirvienta en cuanto Kamitsuki entró en la casa, con Juniga a su lado —¿Desea que prepare té para Juniga–kun?

Kamitsuki negó con la cabeza, en absoluto silencio.

—Avísale al señor que estoy en el salón principal —indicó secamente.

La sirvienta asintió en el acto y se retiró.

—Juniga, no quisiera ponerme de malas —señaló Kamitsuki, abriendo poco después las puertas dobles de un salón muy amplio de piso de duelas y con vista a un jardín tradicional —Así que te recomiendo que hables antes que llegue mi marido. Él es menos paciente que yo y lo sabes perfectamente.

Pero Juniga se limitó a adoptar una expresión reflexiva, meditando cuál sería la mejor respuesta para lo que la mujer quería saber.

Kamitsuki, luego de unos segundos, resopló con fastidio.

—No me agrada para nada tener que tratar con el signo más raro del Zodiaco —masculló —Eso, Juniga, me pone de pésimo humor. Y tú, en la situación en la que estás, no deberías olvidarlo.

Juniga frunció levemente el entrecejo, pero no habló.

—Ahora, siéntate —Kamitsuki por fin lo soltó, arrojándolo a un cojín deslucido que había en el suelo, con lo que lo hizo caer —Y responde de una buena vez, ¿dónde estuviste toda la tarde?
Juniga se levantó un poco y a gatas, anduvo hasta el cojín, donde tomó asiento pausadamente, como si no hubiera nada de qué preocuparse. En ese momento, la puerta de la estancia volvió a abrirse, para dar paso a un severo Terasu.

—Ah, regresó Juniga —comentó con fingida ligereza, haciéndose a un lado un mechón rubio que le cubría los ojos —Bien, veamos… ¿Dónde has estado?

La pregunta la hizo mirando directamente al niño, quien inclinó la cabeza, con los labios apretados y pensando a toda velocidad. Mil respuestas pasaron por su mente, pero no sabía cuál dar. Cuando una le parecía adecuada, inmediatamente descubría algún detalle que acabaría delatándolo.

—Juniga, no tenemos tiempo —dijo de pronto Terasu, con increíble serenidad —A Kamitsuki y a mí nos esperan en una cena, así que no nos hagas perder el tiempo. Sólo queremos saber dónde pasaste la mayor parte de la tarde. Que no te extrañe tanto —agregó, como si la idea se le hubiera ocurrido de repente —Nos preocupamos por ti porque nadie más lo hace, ¿recuerdas?

Juniga asintió lentamente, muy a su pesar, pero en absoluto silencio. Al percatarse de ello, Kamitsuki se acercó y le posó una mano en la cabeza delicadamente, para al segundo siguiente aferrar su cabellera con fiereza.

—Ya basta de darnos largas —susurró con furia contenida —No nos hemos ocupado de un chiquillo raro al que sus padres no quisieron para que ahora nos venga con tonterías. Dinos de una buena vez dónde estabas, ¡anda!

El niño cerró los ojos con fuerza, conteniendo un quejido, y siguió pensando. De pronto, una idea acudió a su mente.

—Estaba… siguiendo a mis padres —murmuró con un dejo de dolor, abriendo a medias uno de sus ojos —Quería saber… qué hacían… y se me hizo tarde…

Kamitsuki lo vio con los ojos entrecerrados, para luego darle un tirón de cabello más brusco que el anterior.

—No te creo —sentenció con firmeza —Ya nos has mentido en otras ocasiones, no creas que no nos hemos enterado. Somos los representantes de Helios y Selene, ¿recuerdas? Somos los encargados de su maldición, de mantenerlos así. Ustedes y nosotros tenemos una conexión que se ha hecho más fuerte con cada miembro del Zodiaco que nace y ahora que por fin están todos juntos, ¿crees que los dejaremos en paz? Al contrario —esbozó una sonrisa cruel mientras presionaba su mano contra la cabeza del chico, causándole daño —Será mucho más divertido tenerlos cerca.

Al cabo de unos segundos, lo soltó con rudeza al suelo, haciendo que cayera pesadamente. Terasu, desde su posición, simplemente se limitó a sonreír de la misma manera que su esposa. Se acercó a Juniga, mientras Kamitsuki se retiraba del niño.

—Añadiré algo más, si no te importa —comenzó, poniéndose en cuclillas ante Juniga, que se incorporaba en ese momento —Les hemos dado a los demás signos del Zodiaco y a ti demasiadas libertades, pero eso se acabará pronto. Ustedes solamente están aquí para sernos útiles y eso no cambiará nunca. Y si sigues así, tendrás el mismo destino que la treceava —su sonrisa adquirió un matiz malévolo antes de agregar —¿Sabes lo que le espera a la treceava, verdad?

Con pesar y tragando saliva, Juniga asintió lentamente. Terasu agregó satisfacción a su sonrisa al enderezarse y reunirse con Kamitsuki.

—Antes nadie ha osado ponerse en nuestra contra —comentó el rubio entre desdeñoso y molesto —Y no serán ustedes, los del Zodiaco, los primeros que lo hagan. Ahora, querida —se dirigió a su esposa —¿Nos vamos ya?

Ella asintió y miró por encima de su hombro a Juniga, que se ponía de pie con lentitud.

—Ah, por cierto —le indicó en cuanto el chico estuvo totalmente erguido —No saldrás de la Casa Grande en lo que queda del verano —se le acercó unos pasos e inclinándose para mirarlo directo a los ojos, le posó una de sus blancas manos en una mejilla —Y eso será porque estarás en el Tártaro.

Juniga abrió tanto los ojos a causa de la sorpresa, que apenas pudo ver el siguiente movimiento de Kamitsuki: con la mano que tenía en la mejilla del niño, le propinó una bofetada que lo tiró de nueva cuenta al piso. Al sentarse y llevarse una mano a la mejilla, Juniga descubrió que le salía un hilo de sangre por la comisura de los labios.

—Eso te enseñará a no engañarnos —Kamitsuki ahora estaba tomada del brazo de su marido con una sonrisa complacida —Nos veremos al final del verano, querido Juniga.

Al salir del salón, el matrimonio le indicó a la primera sirvienta que encontró que llamara a Inuko, cosa que hizo en el acto. Minutos después, Inuko estaba frente a los jefes de familia con su habitual aire de formalidad, inclinándose ante ellos servilmente y preguntándoles qué se les ofrecía.

—Llevarás a Juniga al Tártaro —ordenó Terasu sin expresión alguna, y añadió al ver la expresión interrogante de Inuko —Se ha portado mal y merece un castigo. Haz que le lleven alimentos, pero por lo demás, no queremos verlo afuera en lo que resta de sus vacaciones de verano, ¿queda claro?

Inuko, por toda respuesta, hizo una nueva inclinación.

—Como ustedes digan, señor —confirmó.

El matrimonio se retiró a paso tranquilo, en tanto Inuko entraba al salón y encontraba a Juniga sentado donde lo habían dejado los jefes de familia, como en trance. Por un breve instante, Inuko tuvo el impulso de hablarle con amabilidad, pero en lugar de eso, se acercó para ayudarlo a levantarse y conducirlo a donde le habían ordenado.

El Tártaro no era más que una cabaña aislada dentro de la Casa Grande, con una cerca de bambú y listones negros, los cuales advertían que nadie debía acercarse sin autorización. De cualquier forma, la soledad que rodeaba dicha cabaña era tal que a nadie le agradaba mucho la idea de estar ni a cinco metros de ella. La rodeaban árboles frondosos y arbustos espinosos, y a unos metros de ella, una pequeña casa común y corriente de dos plantas parecía decir que era de una especie de vigía.

Inuko abrió la sencilla cerca de bambú y caminó por el camino de piedras que conducía a la puerta de la cabaña, intentando no acercarse demasiado a los arbustos espinosos. Juniga, por otra parte, conducido allí casi a rastras por la joven, no pudo evitar que las espinas lo rasguñaran. Solamente se calmó un poco cuando llegaron a la puerta de madera, que Inuko se encargó de abrir con facilidad.

—Adentro —mandó la joven, mirándolo fríamente —Yo que tú no estaría tan tranquilo. Te cerraré con llave y no saldrás en mucho tiempo.

Juniga le devolvió la mirada, asintiendo, y entró. La cabaña, a falta de luz, apenas mostraba algo de mobiliario en su interior. Inuko, en cuanto cumplió con su deber, le dio la espalda, pero entonces lo escuchó decir.

—¿Podrías… visitar a Takeshi–san por mi, Inuko–san?

La chica se quedó estática unos segundos, y de no ser porque le daba la espalda, Juniga hubiera podido ver algo de miedo y culpa en sus ojos.

—No puedo —respondió ella finalmente, viéndolo de reojo —Está prohibido.

Juniga asintió, dando a entender que lo sabía.

—Está en casa de Kin —dijo pausadamente —Creo que para estas fechas… ya le quitaron los vendajes de su ojo. Le dará gusto verte.

Inuko contuvo un escalofrío antes de tomar la perilla de la puerta.

—Lo pensaré —prometió débilmente antes de cerrar.

Juniga suspiró y recorrió la cabaña con la mirada. Era de una sola habitación, por lo que había escuchado, pero había una puerta en el fondo cerrada con un candado a la que nadie había entrado nunca. Junto a esa puerta encontró enrollado un futón, así que sintiéndose más cansado que nunca, fue a acomodarlo para dormir. Ya se preocuparía más tarde.

A la vez, Inuko había ido a meterse a la casita cercana, y fue directo a la diminuta cocina a prepararse algo de té. Por eso no se dio cuenta que tenía visitas hasta que con una taza humeante en la mano, entró a la sala y encontró uno de los sillones ocupado por un ser de lo más extraño. Un potro de cabello rojizo con la cola completamente castaña estaba echado en el mueble, pero lo más increíble era la parte donde se suponía que debía estar la cabeza: ahí sobresalía el dorso desnudo de un niño de unos diez años, con el cabello castaño rojizo muy parecido al cuerpo del caballo, ojos del mismo tono, por el pecho le cruzaban la cuerda de un arco dorado y la correa de carcaj lleno de flechas también doradas. Y, lo más preocupante de todo, el niño–caballo tenía aspecto decaído.

—¿Qué haces aquí, Gura–chan?

La pregunta de Inuko hizo que el niño–caballo le dirigiera la mirada.

—Perdón, sister, pero tuve un accidente cuando venía a visitar a papá —respondió él con una leve sonrisa nerviosa, al tiempo que se enderezaba —No sabía dónde meterme, y como tenía a la mano la puerta de Deméter…

Inuko hizo un gesto de resignación con la cabeza.

—Como sea, ya no debo tardar en regresar a la normalidad —continuó el niño, pisando con cuidado la sencilla alfombra de la sala, procurando no marcar sus pezuñas en ella —Así que en cuanto lo haga…

—Espera un momento, Gurazu.

El niño–caballo se paró en seco y fijó sus ojos en ella con incredulidad.

—¿Cómo me llamaste, onesan? —quiso saber.

Pero Inuko no contestó, sino que fue directo a un escritorio pequeño cercano a la ventana de la habitación, tomó una hoja en blanco y un bolígrafo y escribió rápidamente. Al terminar, metió la hoja en un sobre que rotuló con cuidado, para luego cerrarlo y tendérselo con gesto suplicante.

—Quiero que lleves esto a casa de Kin —dijo simplemente.

El niño estiró la mano para tomar el sobre, pero entonces un repentino torbellino de fuego lo envolvió, para momentos después mostrar a un joven un par de años menor que Inuko, idéntico al niño–caballo hasta el último detalle.

—No te entiendo, onesan —afirmó el joven, con voz más ronca que la del niño–caballo y apropiándose del sobre que le ofrecía Inuko —Por cierto, te vi salir del Tártaro, ¿qué hacía allí?

—Fui a llevar a Juniga.

Ante semejante respuesta, Gurazu Hoshi se escandalizó sobremanera.

—¿Estás loca? —exclamó con furia —Sabes que ese sitio es deprimente, ¿qué paso?

Por toda respuesta, Inuko se encogió de hombros.

—A veces desearía no ser parte de esta familia —espetó Gurazu con odio, acomodándose el cuello de su chaqueta roja y encaminándose a la puerta —Y no solamente por estar maldito, onesan. Esta familia será muy rica, tendrá mucha clase y distintos privilegios que otros envidian, pero está podrida hasta las entrañas.

—¡Gura–chan! —reprochó Inuko, sorprendida.

Gurazu le sonrió levemente, a punto de salir.

—Sabes que no lo digo por ti ni por papá ni por algunos de nuestros primos —aclaró —Lo digo por esta maldición que no nos deja vivir.

Y acto seguido, abandonó la casita, guiando sus pasos a casa de Kin y sonriendo entre burlón y enternecido al mirar el sobre que su hermana mayor acababa de entregarle.

En él, con caligrafía fina y esmerada, podía leerse claramente Takeshi.

Desconectado Daniela

  • Sargento Segundo
  • *
  • Mensajes: 283
  • KI: 7
  • Sexo: Femenino
  • Desciende sobre mi como la brisa
Re:Telaraña [26/52]
« Respuesta #98 en: Mayo 25, 2011, 06:20:01 pm »
porecito Juniga como lo van a metar en esa cabaña avandonada

como Kamitsuki y  terasu  se atrevan a pegarle aunque no se puede esperar otra cosa de ellos

y que abra en ese lugar con candado?


bell perdon por no harlo leido antes. te quedo genial

espero la conti y gracias  :becho:


 

Desconectado THB Potter

  • CABO
  • *
  • Mensajes: 106
  • KI: 1
  • Sexo: Femenino
  • ... Los que destacan son los bichos raros.
    • Mi blog, ¡bienvenidos sean!
Re:Telaraña [26/52]
« Respuesta #99 en: Mayo 25, 2011, 10:55:06 pm »
Ah, ni te preocupes, Daniela, que yo ni al pendiente estaba del foro por cosas del trabajo. Pero te agradezco que sigas leyendo.

A Juniga le fue mal, tengo que reconocerlo. Porque otra cosa no podía esperarse de Terasu y Kamitsuki. Lo sé, a veces soy mala y cruel.

Lo que hay en ese lugar con candado nunca se sabe, no de manera directa. Se ha insinuado (y se insinuará) en la historia, pero hasta allí. Supongo que algún lector fijado lo habrá notado.

Cuídate mucho y nos leemos a la próxima.

P.D. Hemos llegado al punto donde haremos un receso. Próximo episodio (aunque no sé si llamarlo así): Omake 1.

Desconectado Daniela

  • Sargento Segundo
  • *
  • Mensajes: 283
  • KI: 7
  • Sexo: Femenino
  • Desciende sobre mi como la brisa
Re:Telaraña [26/52]
« Respuesta #100 en: Mayo 28, 2011, 02:20:10 pm »
jajajaj pro eso hac q sea mas interesant la historia xD


 

Desconectado THB Potter

  • CABO
  • *
  • Mensajes: 106
  • KI: 1
  • Sexo: Femenino
  • ... Los que destacan son los bichos raros.
    • Mi blog, ¡bienvenidos sean!
Re:Telaraña [26/52 + Omake 1/7]
« Respuesta #101 en: Junio 16, 2011, 09:31:11 pm »
Omake 1: Sobre los nombres de los personajes.

¡Hola a todos! Aquí su autora favorita (sí, claro) reportándose. Quise hacer una pequeña pausa en la historia para presentarles algunas curiosidades. En esta primera intervención, serán los nombres de los personajes.

Quien me haya leído en algún otro fic, sabrá que para mí, el significado de los nombres tiene mucha importancia, y en “Telaraña” no iba a ser la excepción. Comenzando con el nombre del protagonista, Fuji, que… Bueno, siendo sincera, se lo puse por el monte Fuji, la montaña más conocida de Japón. Pregunté qué significa a una amiga por correo que sabe japonés, pero como no supo, digamos que simplemente se quedó así. En cuanto a su apellido, Kinokaze, es por algo de su papá que en la historia no sale aún: cuando a Kenji lo encontraron, fue debajo de un árbol, en un día con mucho viento (ki=árbol, kaze=viento), y los del orfanato le inventaron ese apellido.

Ahora, respecto a los amigos de Fuji… Nagase fue algo curioso: en mis apuntes preliminares, tenía escrito Nagasa Haraki, puesto que en realidad, esas dos palabras las tomé de otras dos: harakiri, el suicidio japonés con una espada, y Nagasaki, una de las ciudades japonesas destruidas por la bomba atómica en la Segunda Guerra Mundial (sí, lo sé, pura muerte y destrucción). El caso es que pasé en limpio lo poco que había escrito del primer capítulo y supongo que por un error de dedo, tecleé Nagase en vez de Nagasa. Y como al leerlo me gustaba cómo sonaba, pues lo dejé así.

Y Shinto Kano, aunque no lo crean, fue más sencillo. Kano es una palabra que me llamaba la atención desde antes, una simple y con un sonido agradable (como pueden ver, a veces pongo los nombres nomás por como suenan, jajaja), y Shinto es la raíz de donde provienen la palabra “sintoísmo”, una de las mayores doctrinas de Oriente (algo así como una religión). Siendo este muchacho el misterioso y con esa habilidad suya de las auras, el nombre le queda perfecto.

Pasemos a la familia Hoshi. Primeramente, su apellido significa “estrella”, lo que explica su emblema familiar. Ya de ahí, podemos extendernos a los nombres de pila en sí.

Comenzaré por el Panteón, si no les importa. En orden de aparición: Kokoro=corazón, Mizu (el final de Shimizu)=agua, Yami=oscuridad, Terasu viene de Amaterasu, la diosa japonesa del sol (si Terasu–sama supiera, me cuelga) y Kamitsuki me lo inventé yo de Kami=dios y Tsuki=luna.

Ahora, los que no son del Panteón ni del Zodiaco: Takeshi=hombre fuerte, Inuko: Inu=perro y Ko=niña (nomás por eso de ser Cerbero, jajaja), Ai (el principio de Aishi)=amor, Karasu=cuervo (y nomás porque me gustó, jajaja). Y su apodo, que es una palabra china: Kin=espíritu generoso; Itoya=hilandera, Umei=destino y Kyouseitekina=inexorable.

Y damas y caballeros, vienen los del Zodiaco. Los que me dieron más dolor de cabeza, porque en particular, el de la Cabra–pez (o sea, Capricornio), no salió como yo quería. Aquí les doy los nombres de Gin (significa plata, le queda como anillo al dedo, jajaja) y los de los signos:

Hatsu=enero (Hatsuharu)

Saragi=febrero (Kisaragi)

Kuren=marzo (Kurenoharu)

Konoha=abril (Konohatorizuki)

Mezuki=mayo (Ayamezuki)

Zukure=junio (Isuzukuretsuki)

Fumihi=julio (Fumihirozuki)

Wodaka=agosto (Wodakaritsuki)

Miyizu=septiembre (Momiyizuki)

Shigu=octubre (Shigurezuki)

Gurazu=noviembre (Kagurazuki)

Juniga=doce–mes (Junigatsu)

Como ven, tomé fragmentos de los nombres de los meses en japonés para los nombres. Me fui viendo en qué mes iniciaba cada signo, agarré el nombre en japonés, tomaba un fragmento (el que más me gustaba, debo añadir) y bautizaba al personaje (parezco sacerdote, jajaja). Ay, yo y mis locuras… Supongo que en mí es clásico.

Me faltan algunos nombres… ¡Ah, ya! Kumiko y Kenji, ¿cómo olvidar al matrimonio Kinokaze? Pues sus nombres me gustaron desde que los leí (para eso, me conseguí una tabla en internet con un montón de nombres y su significado). Lo que dice Kenji en La vida que yo elegí, que a Kumiko le queda su nombre, es porque éste significa niña de eterna belleza (Kenji despistado… seguro desde que vio a Kumiko le gustó, pero ni cuenta se dio, jajaja). Y el nombre de Kenji quiere decir sano, saludable. A Kenji le queda porque siempre tenía mucha energía y aparte, por otra cosilla que no sale en la historia: como de bebé lo habían encontrado a la intemperie, temían que estuviera enfermo, pero al revisarlo lo hallaron en perfecto estado. Eso en el orfanato les pareció casi un milagro y por eso lo llamaron Kenji.

Y otros personajes que cobran importancia últimamente son los hermanos Sei: Mako y Endo. Verán, nombré primero a Endo, nomás porque la palabra me gustó de una vez que la leí (y ni me acuerdo dónde, jajaja), aparte que sonaba bien junto con el apellido (el que por cierto, saqué de una de mis lecturas de la Encarta, es de un personaje antiguo y creo que incluso era una mujer)… Endo Sei… No sé, tiene ritmo. Y Mako… pues el nombre me gusta, sonaba bien con el apellido, me recuerda una vieja caricatura y ya. Sólo que, como mencioné una vez, luego supe que Endo es un apellido japonés y no un nombre… ¡Ya ni modo! Si algún japonés lee esto, ojalá que no se ofenda.

Bueno, por el momento es todo. Si algún nombre me faltó, pues díganmelo. Cuídense mucho y nos leemos en el siguiente omake.

Desconectado tsukune

  • Sargento Primero
  • *
  • Mensajes: 413
  • KI: 12
  • Sexo: Masculino
  • entre 2 mundos sin saber cual escojer
Re:Telaraña [26/52 + Omake 1/7]
« Respuesta #102 en: Junio 30, 2011, 01:17:26 am »
aver loko lector reportandose y diskulpandose por la ausensia XD bueno me gusto el capitulo pero pogre juniga  y el omake y alfin aparecio el signo al ke pertenesco garazu (osea sagitario) jaja y sobre le omake en serio asip lo sacaste los nombres ?? io pensaba ke de otra manera bueno sin mas espero el proximo capitulo ke esta emocionante XD

PD: a pedido vuelven los actos suicidas XD
onde estara mi viejo amigo*buskando el viejo edificio utilizado antes en rilato XD* ahh lo encontre *una vez estando en el tejado sale una sonrisa algo malevola * woo era tan alto antes bueno ultimatum esperado desesperadamente el prox. capitulo XD
***************
edito:
aver biendo el caso de ke bell ia no se pasa por aki T_T mi kerido amigo gano mori a lo school days me tire de cabeza del edificio T_T 1 vida menos kedan 2 (a lo mario bross XD) 
« Última modificación: Agosto 04, 2011, 01:54:53 pm por tsukune »


la vida pasa y pasa y se hace kada vez mas dificil T-T

Desconectado THB Potter

  • CABO
  • *
  • Mensajes: 106
  • KI: 1
  • Sexo: Femenino
  • ... Los que destacan son los bichos raros.
    • Mi blog, ¡bienvenidos sean!
Re:Telaraña [27/52 + Omake 1/7]
« Respuesta #103 en: Agosto 18, 2011, 10:18:11 pm »
Veintisiete: La confesión.

Las vacaciones de verano habían terminado y las clases se reanudaron con normalidad en la preparatoria Akiai. O al menos, eso les pareció a los de segundo hasta que escucharon los rumores provenientes de los grupos de primer año.

—¿Ya oyeron todos? —dijo Gakusha, antes de que comenzaran las clases del segundo viernes del trimestre —Entraron tres chicas a primero. Y las tres se apellidan Hoshi.

Al oír eso, casi todos se giraron para verla. Los chicos, sobre todo, vieron de reojo a las tres jóvenes de apellido Hoshi de su salón antes de seguir atendiendo a Gakusha.

—Me lo acaba de contar mi prima —seguía la chica —Son trillizas, pero no se parecen en nada físicamente. Quedaron en el mismo grupo y no se separan nunca.

Al percatarse de ese detalle, Mezuki vio a Gin con gesto interrogante.

—¿No me digas que son esas trillizas? —inquirió tan alto que la oyeron varios compañeros.

—¿Cuáles? —preguntó Gin a su vez, haciendo un mohín de fastidio.

—Gin, sabes de cuáles estoy hablando —soltó Mezuki, que estaba a punto de estallar —¿Son las hermanas de Kin?

Por toda respuesta, Gin ladeó la cabeza y sonrió con ligera burla, observando cómo su gemela parecía enfurecerse. Saragi contempló el diálogo con desgano, suspirando quedamente. Se había enterado de la entrada de las trillizas a la Akiai en la última junta de verano del concejo escolar.

—Entonces, ¿son parientes suyas? —se interesó Nakada de repente.

Mientras Mezuki se reunía con Gakusha y sus amigas, enfurruñada, Saragi asintió.

—¡Pues preséntenlas! —exclamaron varios chicos a la vez.

Eso no hizo más que aumentar el mal humor de Mezuki.

—¡Silencio, jóvenes! —exigió el profesor de su primera clase al entrar al aula —Tengo un anuncio: el calendario de entrevistas está en el pasillo. A la salida vean cuándo les toca, para que les avisen a sus padres.

Hablaba de las entrevistas entre padres y profesores respecto al futuro académico y profesional de los alumnos. Antes de salir de vacaciones de verano, los estudiantes de segundo año habían entregado una carta de aspiraciones que precisamente, sería discutida en la entrevista. Hubo algunos cuchicheos ante la noticia, para luego dar paso a la clase.

Al término de la jornada, varios quisieron salir a ver el calendario, pero Esaki los detuvo.

—Oigan, les recuerdo que el sorteo del festival Yuri–hime nos concedió el escenario, así que necesito que se queden unos minutos —muchos refunfuñaron al oír eso —Vamos, luego podrán ver el calendario —les recordó Esaki.

A regañadientes, sus condiscípulos regresaron a sus asientos, mirándolo con cara de pocos amigos. Nagase miró su reloj.

—Date prisa —exigió de mala gana —Llegaré tarde al trabajo.

Esaki le dirigió una mueca antes de aclararse la garganta.

—No es gran cosa lo que debo decirles —reconoció el joven —Solamente quiero informarles que en el pasillo, junto con el calendario, también está el programa de las obras de teatro que van a presentarse. Y antes que empiecen a quejarse —añadió, pues muchos habían abierto la boca para decir algo —les diré que la obra que nos tocó es todo un honor: es el cuento de Akiyuri.

Ante esas palabras, las Hoshi observaron cómo todo el mundo olvidaba su evidente fastidio para dar paso a gritos y expresiones de alegría. Incluso Nagase dejó de consultar su reloj y con una enorme sonrisa, se dirigió a sus amigos.

—¿Oyeron eso? ¡El cuento de Akiyuri! ¿No es genial, Fuji?

A Nagase se le fue borrando la sonrisa poco a poco. Fuji, para su sorpresa, estaba callado, sentado en su banca y mirando por la ventana, aparentemente ajeno a lo que ocurría a su alrededor. El rubio intercambió una mirada preocupada con Shinto, quien se encogió de hombros al tiempo que veía de reojo, pero con insistencia, a las jóvenes Hoshi presentes.

—¿Fuji? —llamó Nagase, extrañado por el comportamiento del joven. Al ver que no contestaba, agitó una mano delante de los ojos de su amigo —¿Fuji, estás con nosotros?

La mano tuvo el efecto deseado, porque Fuji dio un respingo y desviando su atención de la ventana, clavó los ojos en Nagase.

—Lo siento —se disculpó, sonriendo a medias —¿Decías algo, Naga–kun?

—Andas en otro mundo —sentenció Nagase, soltando un bufido —En el festival nos tocó el escenario, Fuji. ¡Y presentaremos el cuento de Akiyuri!

Fuji ensanchó un poco más su sonrisa, pero Nagase arqueó una ceja.

—Ah, perfecto —comentó Fuji simplemente, regresando su vista a la ventana.

Ante eso, Nagase lo dejó por la paz y por fin se percató de a quiénes miraba Shinto. Fue de inmediato con la Hoshi que tenía más cerca, en este caso Saragi, y le increpó.

—A ver, ¿alguna de ustedes le hizo algo durante el verano?

Saragi lo miró entre molesta y confundida.

—¿De qué hablas, Haraki? —quiso saber la muchacha.

Nagase iba a continuar, pero entonces Esaki llamó a todos al orden.

—Chicos, les pondré en el pizarrón los papeles principales —avisó, al tiempo que les daba la espalda a todos con gis en mano —Tienen que ir pensando en quiénes les gustaría que los interpretaran, para votar el lunes. ¿Entendieron?

Todos asintieron e incluso algunos sacaron papel y lápiz para anotar los personajes que escribía Esaki en el pizarrón, entre los que destacaban una princesa, un rey y un campesino, que eran los primeros de la lista. Después de unas últimas indicaciones, Esaki dijo que podían irse y varios vitorearon eso, para luego salir disparados hacia el pasillo, donde en un tablón de anuncios, seguramente estaba el calendario de entrevistas.

—Rayos, no veo nada —se quejó Nagase, y algunos lo miraron con sorpresa, puesto que era increíblemente alto —¡Ah, ya! Kano, a ti te toca la semana entrante, el jueves.

—Gracias, Nagase —dijo Shinto e inquirió —¿Con qué profesor?

—Con Igarashi —el rubio hizo una mueca —Lástima, a mí no me toca con ella. Seré antes que tú, el martes, pero con Osagawa. Ese tipo es un amargado.

—Naga–kun, ¿cuándo me toca a mí? —quiso saber Fuji.

Nagase estiró un poco más el cuello, aprovechando que algunos de sus compañeros ya se estaban retirando del tablón y dejaban ver mejor.

—En dos semanas, el lunes —informó segundos después —Con Ugaki.

Fuji asintió en señal de haberlo oído, aunque no parecía muy contento.

—No hay de qué preocuparse —aseguraba Nagase al salir de la escuela con sus dos amigos —Yo tengo bien claro lo que quiero: voy a trabajar, porque me preocupan los ingresos de mi madre. Además, Akari entrará a secundaria el año entrante, y Naoko a la preparatoria.

—Hablando de hermanas… —recordó Shinto de pronto, alzando los ojos al cielo, que aquel día mostraba unas cuantas nubes grises —Hotaru también sale de la secundaria este año. Ya dijo que quiere entrar aquí y no habrá poder humano que la haga cambiar de idea.

—Eso no tiene nada de malo —se extrañó Fuji —Hotaru–san es simpática. Será muy divertido verla por aquí el año entrante.

—Sólo espero que ella y Naoko no se pongan de acuerdo —renegó Nagase, con el ceño fruncido —Creo que se nos vendría encima el fin del mundo.

—Nagase, Hotaru no es tan extraña —le recordó Shinto con una vaga sonrisa —Y Naoko es muy alegre, nada más. Creo que deberían verse más seguido.

—Chicos —dijo de pronto Fuji, viendo su reloj —Yo me voy. Estoy retrasado.

Nagase y Shinto apenas tuvieron tiempo de verlo con asombro antes que su amigo montara su bicicleta, les dedicara un gesto de mano y se alejara.

—¿No tienes la sensación de que oculta algo? —le soltó Nagase a Shinto.

—Su aura no está muy tranquila que digamos —fue la respuesta de Shinto, con lo que Nagase supo que estaba de acuerdo con él —¿Porqué no averiguamos un poco?

Al rubio le agradó la idea, sonrió ampliamente con ligera ironía y vio que se acercaban las chicas Hoshi. Al menos venían Saragi y Mezuki, porque Gin, con patines puestos, se encaminaba a la puerta principal.

—Yo con la engreída y la loca mordaz —le indicó a Shinto —Tú con la loca deportista.

Shinto asintió en silencio y se alejó, dejando a Nagase solo, de brazos cruzados, esperando a Saragi y a Mezuki.

—Eh, engreída —llamó Nagase —Me debes una respuesta.

Saragi lo miró con una ceja arqueada.

—Pues no sé de qué me hablas —aclaró, montando su bicicleta —Explícate.

—¿Le hicieron algo a Fuji durante el verano?

—Ah, es sobre Kinokaze —desdeñó Mezuki, ya arriba de su bicicleta —Pues como estuve en Mikimoto todo el verano, no tengo nada qué hacer aquí. Nos vemos, Saragi.

Acto seguido, se marchó, y no notó que Saragi le dedicaba una mirada de reproche. Nagase sí, pero no dijo nada al respecto.

—Mira, en serio que no sé de qué hablas —respondió la chica —Sí, es cierto que ha andado raro, pero no es culpa nuestra. Aunque no lo creas, a nosotras también nos preocupa.

El rubio la observó atentamente, como buscando algún signo de mentira en sus rasgos, pero al parecer no encontró nada, porque dejó escapar un suspiro.

—Me sorprende —declaró abiertamente —Hoy, por ejemplo. Esperaba que al saber lo de la obra de teatro se pusiera loco de contento, pero nada. Y eso que le encanta el cuento de Akiyuri.

Saragi entrecerró los ojos un poco.

—Si llegamos a saber algo, se los diremos a ti y a Kano —prometió —Ahora, por favor, déjame pasar. Voy a casa a comer porque tengo que regresar a una junta del concejo.

—Ah, pues pase usted, alteza —Nagase la bromeó haciendo una leve reverencia cuando ella pasó a su lado —Espero que no te toque ser la Yuri–hime de este año —susurró para sí mismo antes de ir por su motocicleta.

Saragi no comprendió eso, pero no tenía tiempo para averiguarlo. Pedaleó con rapidez, pues era cierto que tenía junta en el concejo. Pasó cerca de donde Gin seguía de pie, interceptada por Shinto, y esbozó una leve sonrisa.

—Quisiera amigos así —murmuró antes de perderse de vista.

Llegó justo a tiempo de ver a Zukure subir a su dormitorio, para cambiarse de ropa.

—Hola, Sara–chan —saludó Zukure con una sonrisa —Mezuki ya llegó, ¿y los demás?

—A Gin la entretuvo Kano, no tengo idea de para qué —respondió Saragi, camino a la sala —Y Fuji–kun se fue a trabajar.

Observó cómo Zukure fruncía el ceño con cierta sorpresa, así que se detuvo.

—Zukure, ¿pasa algo?

—Es que… Acaban de llamar del Akimomo —respondió Zukure con nerviosismo —Era para avisarle a Fuji–kun que su cheque está listo.

—¿Qué cheque?

—Su… su liquidación.

Saragi casi se queda con la boca abierta.

—¿Quieres decir que lo despidieron? —dejó escapar con incredulidad.

—¿Porqué tanto escándalo? —quiso saber Wodaka, saliendo de su habitación en ese momento, luciendo un kimono corto verde botella con cinturón color salmón. Llevaba atado su largo cabello en una cola de caballo —Quiero acabar mi artículo sobre parques.

—No sé, pero no me lo pareció —respondió Zukure, ignorando a Wodaka —Quien llamó dijo ser Taira Ryozo–san, el dueño. Lamentaba que un buen empleado se fuera, pero que no le quedaba remedio —se encogió de hombros —Fue amable de su parte hablar personalmente siendo el dueño del restaurante, ¿no te parece?

—¿De qué están hablando? —quiso saber Wodaka.

—Pues a mí me parece muy extraño —contestó Saragi —Hay que hablar con Fuji–kun.

—¿Alguna de las dos me dirá de qué demonios hablan? —se exasperó Wodaka.

Hasta ese momento, Zukure y Saragi se percataron de la presencia de la rubia.

—Parece que Fuji–kun ya no tiene trabajo —respondió Zukure.

—Renunció.

Quien había hablado era Gin, que recién había llegado y se quitaba los patines en el vestíbulo. Sus primas la miraron, atónitas.

—¿Que hizo qué? —se sorprendió Wodaka finalmente.

Gin no parecía dispuesta a decir gran cosa al respecto. Avanzó hacia ellas a paso lento y tomó aliento con ganas.

—Kano me preguntó si le habíamos hecho a algo Fuji recientemente, y le dije que no —contó con lentitud, sin mirar a nadie a la cara —Entonces preguntó si sabíamos a dónde había ido, porque Haraki y él sabían que había renunciado al trabajo antes que terminaran las vacaciones de verano. Le dije que no sabía nada, se conformó con eso y me dejó ir.

Hubo un momento de silencio, en el que ninguna de ellas se atrevió a romperlo con alguna conjetura. Fue Mezuki, que bajaba ya cambiada, que compuso una mueca y resopló con enojo.

—¿Ahora qué tontería hizo Kinokaze?

La respuesta que encontró fue cuatro pares de ojos mirándola con resentimiento, lo que la intimidó bastante.

—Bien, hagan de cuenta que no hablé —espetó de mal genio y regresó a su habitación.

En cuanto se escuchó la puerta del dormitorio de Mezuki abrirse y cerrarse, se oyó la de la entrada principal. Era Fuji, que acababa de entrar.

—Ya llegué —anunció, aunque no con el entusiasmo de siempre —¿Qué hacen todas ahí paradas, eh? —preguntó con una sonrisa.

Zukure y Wodaka intercambiaron miradas y cada una fue a sus respectivas habitaciones. Saragi vio a Gin de manera inquisitiva y la pelirroja, haciendo una mueca, levantó una ceja antes de dirigirse a Fuji, fingiendo indiferencia.

—Kano dice que renunciaste al trabajo.

El joven, llevando una mano a uno de los tirantes de su mochila, ladeó la cabeza.
—¿Ah, sí? —no sonaba muy sorprendido —Bueno, sí, lo hice. Necesito las tardes libres.

—¿Para qué? —se interesó Saragi.

Fuji no se veía con intención de contestar, puesto que se encaminó a la escalera.

—Fuji… —llamó Gin débilmente.

Pero el muchacho no respondió. Subió sin mirar atrás, y eso no hizo más que dejarles claro a las chicas que algo le había pasado.

&&&

Saragi se marchó a la junta del concejo escolar con la preocupación de la actitud de Fuji. Sacudiendo la cabeza para deshacerse de esos pensamientos temporalmente, se concentró en la temática que tratarían en la junta, que era la ultimación de detalles del festival Yuri–hime. Lo que le recordó el susurro de Nagase y se preguntó de qué estaría hablando. Llegó a la escuela apenas cinco minutos antes de la junta. Estacionó su bicicleta, se sujetó el cabello en un par de coletas y corrió apresuradamente por la explanada y luego por el edificio principal, viendo su reloj de pulsera. Esperaba no llegar tarde cuando escuchó algo proveniente de uno de los salones. Se detuvo lentamente, aguzó el oído y se dejó llevar.

Eran acordes de piano y muy entretenidos, por cierto. Parecía imposible que fueran tocados por una sola persona, pero el enigma quedó resuelto para Saragi en cuanto se asomó discretamente al salón de música, que era de donde provenía la melodía. Dos jóvenes, un chico y una chica, estaban sentados al banco del piano. Por lo corto de la canción, la repetían una y otra vez, pero no hartaba. Al contrario, transmitía belleza, destreza, entusiasmo a veces, pero también mucha tristeza.

Fue entonces que supo que la canción la conocía. Se llamaba The Piano Duet, era parte de una película llamada The Corpse Bride, de animación cuadro a cuadro, y viendo el tono castaño cenizo del cabello de los intérpretes, no le cupo dudas sobre quiénes eran.

—Gracias por ayudarme a practicar —dijo de pronto la chica, estirando los brazos por encima de su cabeza cuando acabaron la pieza por cuarta vez.

—De nada, onesan —respondió el muchacho, cerrando con cuidado el piano —Tengo que admitir que esto es más entretenido que los clásicos que le encantan a papá.

La joven rió de buena gana.

—Te lo dije —afirmó con aire de superioridad —Espero que le guste a mi novio, sé que le encanta esa película, aunque no me preguntes porqué. Estuve buscando por dos meses la melodía en internet para poder hacer la partitura.

—¿Cuándo… cuándo me lo vas a presentar? —quiso saber el muchacho.

—Él está ocupado con su voluntariado y la universidad, pero creo que pronto —contestó la chica —Y tú, Do–chan, ¿cuándo me vas a decir qué te tiene de ese ánimo?

Pero el joven no contestó, solamente se puso de pie de un salto.

—Hay que irnos a la junta —señaló.

—Algún día tendrás que decirme —canturreó la chica en son de broma —Vamos, Do–chan, no seas malo…

Saragi vio que iban hacia la puerta, así que se apartó y avanzó por el pasillo lo suficiente para que cuando los dos jóvenes salieran del aula, no sospecharan nada. Poco después, pudo oír que la llamaban a sus espaldas.

—¡Hola, Hoshi–san!

Era Mako Sei, seguida de cerca por su hermano Endo. Saragi les dedicó una leve sonrisa antes de devolver el saludo.

—Hola, Mako–kun. ¿También acaban de llegar?

—Ah, no. Dábamos una vuelta, porque llegamos demasiado temprano. ¿Verdad, Endo?

El joven asintió en silencio, y Saragi lo observó. No sabía porqué, pero le daba la sensación de que ese muchacho siempre estaba triste.

—Bueno, hora de la función —bromeó Mako, estando frente a la puerta de la sala del concejo escolar —Espero que todo salga bien, porque tengo que ir a trabajar.

Saragi notó entonces que Endo fruncía el ceño.

—¿Todavía no lo dejas? —quiso saber en un susurro.

—Mira, el día que lo deje, serás el primero en saberlo —espetó Mako, haciendo una mueca —Bueno, el segundo. El primero será…

Pero no llegó a saberse quién sería el primero, porque la puerta de la sala se abrió de golpe, para mostrar a una sonriente Suzume Soho dándoles la bienvenida.

—¡Ah, ya llegaron! —exclamó la chica, haciéndose a un lado —Pasen, pasen.

Al entrar, pudo verse a Taro Omori y a Shinju Kihara sentados en sus respectivas sillas, revisando algunos documentos y poniéndose de acuerdo en algo de vez en cuando. Mako respiró profundo, fue a ocupar su sitio y tomando una pila de papeles, se puso a leerlos. Saragi y Endo no tardaron en imitarla, pero Suzume tenía otra cosa en mente.

—Mako–kun, quisiera saber una cosa —comenzó, al sentarse al lado de la susodicha —Ese chico tan guapo con el que te vi hace tres días, ¿es con el que estás saliendo?

Saragi, por tener su asiento a la derecha de Mako, escuchaba a la perfección, pero además logró detectar un ligero temblor en las manos de la castaña.

—¿Hace tres días? —se extrañó Mako, aunque la voz le vaciló un instante —Pues no estoy segura, ¿dónde se supone que nos viste?

—Ah, fue en el centro —recordó Suzume al cabo de unos segundos —En la Akibara.

La Akibara era una famosa tienda departamental de la ciudad.

—Pues en primera, no pude ser yo —Mako dejó los papeles en la mesa con sumo cuidado, aunque Saragi vio que la mano le seguía temblando —Tenía clase de piano. Y en segunda, tendrías que describirme al chico.

—¡Ah, eso es fácil! —Suzume sonrió ampliamente, tomando algunos de los documentos que le tocaba revisar —Era alto, lucía listo y formal, muy guapo, ¡no había chica que no lo mirara! Y tenía el cabello de un color muy raro. Creo que era… Verdoso.

Mako rió con aire divertido, pero a Saragi le pareció que sonaba aliviada.

—Pues con mayor razón no era yo. El chico con el que salgo tiene el cabello oscuro, pero te aseguro que no es verde.

Suzume hizo una mueca, apartó una hoja de las muchas que revisaba y fijó su vista en Mako, quien por su parte, diligentemente revisaba papeles, firmaba algunos y otros se los pasaba a Saragi.

—No sé qué te pasa últimamente, Mako–kun —admitió —Desde que sales con tu chico misterioso, casi no hablamos. Y por cierto, ni siquiera me has dicho cómo se llama.

—No tengo porqué hacerlo —respondió Mako fríamente, sin verla —No es tu asunto.

—¡Pero somos amigas! —se sorprendió Suzume, alarmando a sus demás compañeros del concejo por lo alto que había hablado.

De un golpe, Mako dejó los documentos que examinaba y la observó con serenidad.

—No, eres espía de mis padres, que es diferente —aclaró —Sé perfectamente que cualquier cosa que te diga, se las contarás. Todavía me acuerdo cuando te escribí a Fuyutani y te comenté de mi trabajo, ¡mi padre lo supo en menos de dos semanas! Que yo sepa —se puso de pie —eso de traicionar no lo hace una amiga. Disculpen —se dirigió a los demás miembros del concejo, que la veían con cierta sorpresa, incluido Endo —Ahora vuelvo.

La chica abandonó la sala, cerrando la puerta tras sí con suavidad. Después de un incómodo silencio, los otros volvieron a sus labores, pero Saragi no. Acabó con el documento que tenía en ese momento en las manos y ante la mirada de preocupación de Endo, salió ella también. Miró a ambos lados del pasillo, extrañada por encontrarlo vacío, hasta que unos cuantos golpes lejanos la hicieron encaminarse hacia las canchas.

Ahí, dominando un balón con increíble agilidad, se encontraba Mako. A Saragi le sorprendió que pudiera controlar el esférico cuando por su cara, se veía que no se sentía muy bien. Se aclaró la garganta ruidosamente para delatar su presencia.

—¿Hoshi–san? —se extrañó Mako, dejando caer el balón.

—Hola —saludó Saragi, esbozando una breve sonrisa. Se fijó en el balón —Eres buena con eso —comentó, sin darle demasiada importancia.

Mako se encogió de hombros, atrajo la pelota hacia sí con un pie y comenzó de nuevo a dominarla. Al cabo de unos segundos, inquirió.

—Hoshi–san, ¿tu familia es rica, verdad?

—Ah, sí —Saragi no entendía el porqué de la pregunta.

—La mía también —declaró Mako, haciendo un bote de balón muy fuerte para llevarlo de su rodilla a su cabeza —Seguro has oído de ella. O tal vez no, no estoy segura —regresó el balón a su rodilla y de ahí, lo mandó a un pie —El caso es que, como soy la mayor, mis padres están convencidos que algún día me haré cargo del negocio familiar.

Saragi se concentró un momento, intentando recordar si había oído de algún Sei antes. Pronto dio con la respuesta al acordarse de que la última vez que visitó a su madre, le contó sobre ciertos contratos que había mandado revisar a una reconocida firma de abogados mercantiles. Y había mencionado a un Sei como el principal socio de la firma.

—Pero a mí no me interesan las leyes en absoluto —continuó Mako, lo que le confirmó a Saragi sus suposiciones —Yo… aún no sé bien lo que quiero. Me gustan los deportes, los animales y la música, así que pensé en carreras relacionadas con esas cosas al hacer mi carta de aspiraciones, pero… —suspiró y dejó caer el balón, posando sobre él un pie al instante siguiente —Mis padres se pondrán como locos al venir a la entrevista. Y por otra parte, está Do–chan —quitó el pie de la pelota y repentinamente, la pateó con fuerza, lanzándola hasta la malla metálica del otro extremo, donde rebotó con estrépito —Él, como el único hijo varón, tendría que hacerse cargo del negocio si yo me niego, y no se me antoja hacerle eso. No sé porqué, pero creo que no es lo que quiere. Además, por como se ha estado portando… Francamente no sé qué más hacer —caminó hacia una banca cercana, tomó asiento e inclinó la cabeza, abatida —Ya no sé cómo preguntarle qué le sucede. Desde el año pasado está así, casi sin hablar, sin amigos y haciendo lo que le mandan sin protestar. Me preocupa —confesó con la voz un tanto quebrada, cerrando los ojos con fuerza —Ya no sé qué hacer por él…

Mako parecía al borde del llanto, lo que no concordaba mucho con su habitual alegría. Saragi la observó atentamente por unos segundos, hasta que se animó a preguntarle.

—Tu hermano… ¿no siempre ha sido así?

Mako negó con la cabeza.

—Bueno, lo de su carácter callado no es la gran cosa, así ha sido desde que recuerdo —reconoció —Pero antes solía platicar más conmigo. Tenía algunos amigos. Cuando teníamos las clases de piano juntos, nos divertíamos. Sonreía más —hizo un vago gesto de nostalgia y suspiró —Pero no sé qué tiene ahora. Incluso le pregunté si yo tenía la culpa por mi rebeldía pasiva, pero aseguró que no y…

—¿Rebeldía pasiva? —la cortó Saragi de repente, arqueando las cejas.

—Así le llamo a lo que hago —Mako logró sonreír un poco —Es que… a los ojos de mis padres hago todo lo que quieren, pero en realidad no tanto. Como lo de mi trabajo: soy dependienta en una tienda de animales, pero mis padres creen que esas tardes estoy en clases de piano o paseando con amigas. De lo poco bueno de tener dinero es callar a los chismosos. ¿Segura que no conoces a mis padres? —preguntó de repente.

—Yo no —respondió Saragi con sinceridad —Pero mi madre me mencionó a tu padre una vez, de paso.

—Lo siento, es que no me gustaría que mi padre se enterara que estoy trabajando —Mako se encogió de hombros —Cree que su adorada hijita no tiene necesidad de hacerlo.

—Un primo mío opina exactamente lo mismo —afirmó Saragi, que quería confirmar cierta sospecha con respecto a Mako —Está en la universidad, pero hace algunos trabajos por su cuenta, y sus padres siempre reniegan de las locuras que se le ocurren. ¿Sabes? Cuando dijiste lo de rebeldía pasiva, me acordé de él. Suele soltar que eso…le permite ser libre.

Mako le sonrió, y Saragi creyó detectar cierto nerviosismo en ese gesto.

—Me encantaría conocerlo —dijo Mako con serenidad, levantando la vista al cielo, que ya no lucía tantas nubes grises —Seguro nos llevaríamos bien. ¿Cómo se llama?

—Hatsu.

Mako frunció ligeramente el ceño al escuchar el nombre, pero no hizo más que cerrar los ojos con lentitud y respirar profundamente. Parecía mucho más tranquila que antes.

—Hoshi–san, eres buena escuchando —concedió —Y ahora que recuerdo, ¿puedo… puedo llamarte por tu nombre?

Saragi fingió pensarlo por un momento.

—Vamos, Hoshi–san —rogó Mako con las manos en actitud de plegaria, aunque sonreía —Sé buena, ¿sí? ¡Estamos en el mismo equipo!

Eso le arrancó a Saragi una carcajada.

—Está bien, está bien —consintió finalmente —Puedes hacerlo. Aunque reconozco que por lo general, cuando yo llamo a alguien por su nombre, el otro se toma la confianza solo.

—Eso no me gusta mucho —Mako hizo una mueca de desagrado —Aún no puedo librarme de la última persona antipática que se tomó esa confiancita.

—¿Quién?

—Soho.

Saragi volvió a reír.

—A mí tampoco me cae muy bien. Siempre anda molestando a Fuji–kun y…

—¿Quién? —se extrañó Mako, para exclamar a continuación —¡Ah, ya! Kinokaze–san, ¿verdad? Hoy lo vi.

Saragi la miró como si no creyera lo que oía.

—¿Dónde lo viste? —quiso saber.

—Cerca de mi casa —Mako hizo ademán de estarse concentrando en recordar —Do–chan y yo salíamos para acá, y a unas calles lo vimos salir de la Akitensai. Supongo que como no había podido ir en toda la semana y hoy era el último día de inscripciones…

—¿Inscripciones a qué?

—A los cursos de idiomas que ofrece la Akitensai. Son estupendos, Do–chan y yo fuimos a uno cuando estábamos en secundaria, aprendimos inglés muy bien. ¡Ay, no! —Mako revisó su reloj y se sobresaltó —Se nos hace tarde para terminar las tareas de hoy, y yo tengo una cita después del trabajo. Hay que regresar a la reunión.

Las dos echaron a correr hacia la sala del concejo escolar, que quedaba algo retirada, y Mako preguntó mientras corrían.

—Por cierto, Saragi–san, ¿te llevas bien con Kinokaze–san, verdad?

La aludida asintió, pues estaba casi sin aliento.

—Si no es mucha molestia, ¿podrías darle un recado de mi parte?

Saragi volvió a asentir.

—Dile que… —Mako se detuvo ante la puerta de la sala, luego de frenar bruscamente —Los libros de su padre son geniales. Y que espero que no lo estén molestando mucho por lo del último libro, no creo que lo merezca.

Saragi asintió, sonriendo con gratitud ante el comentario. Y tomando en cuenta cómo habían sido los días para Fuji desde que recomenzaron las clases, el joven se sentiría mejor.

Mientras entraba a la sala tras Mako, poniéndose a trabajar al instante, recordó una cena en su casa días antes de regresar a la escuela. Para entonces, Mezuki y Zukure habían vuelto y la primera, que de hecho había regresado ese mismo día, comenzó la conversación.

—Kinokaze, ¿puedo preguntarte algo?

—Sí, claro —respondió Fuji, que recién terminaba de ayudar a Zukure a servir la cena.

—¿Tienes algo qué ver con Okami Fuyuno–sensei?

La mesa se quedó en silencio. Mientras que Fuji, que apenas se había sentado, abría los ojos con sorpresa, las demás miraban a Mezuki como si se hubiera vuelto loca.

—¿Porqué preguntas semejante cosa? —quiso saber Gin, con cara de pocos amigos.

—Considerando que en el país no se habla de otra cosa… —Mezuki, le dedicó un ademán desdeñoso a su gemela —Fue una bomba cuando se publicó el último libro. Mamá vio las noticias, captó el verdadero apellido de Okami–sensei y me lo contó.

—Cosa obvia, dado que a ti no te gusta leer —masculló Gin de mala gana.

—Pues para que lo sepas, enana, me compré un ejemplar de La vida que yo elegí —rebatió Mezuki con aires de suficiencia —Lo leí de cabo a rabo. Y solamente quiero confirmar algunas cosas. Kinokaze —clavó los ojos en Fuji —¿Tu padre era Okami Fuyuno–sensei?

Para sorpresa de las Hoshi, Fuji hizo su plato a un lado y se puso de pie.

—Quiero que les quede clara una cosa —empezó, y aunque hablaba en plural, tenía su castaña mirada fija exclusivamente en Mezuki, quien lo veía con una mezcla de nervios y desafío —No pretendo que se me trate como una mina de información acerca de papá. Èl ya murió, ¿de acuerdo? Todo lo que él quiso que supiera el público lo escribió en su biografía. Así que ni se les ocurra saber de mi padre a través de mí o peor aún, no se les ocurra querer obtener fama conmigo, porque en ese caso, preferiría que me borraran la memoria.

Acto seguido, salió del comedor como huracán, oyéndose poco después que se azotaba la puerta de su dormitorio. La primera que recuperó el habla fue Wodaka.

—Pues para mí eso estaba clarísimo —susurró con cierto pasmo, sin recuperarse aún de la impresión por lo ocurrido.

—Claro, por eso decías que querías entrevistarlo —le recordó Saragi.

—¡Pero era una broma! —soltó la rubia con indignación —Nunca se me hubiera ocurrido pedirle una entrevista. Antes que el hijo de un escritor famoso, es un niño al que estimo. No estoy tan loca como piensas.

—Tiene sentido todo lo que dijo —comentó Zukure de repente.

Las otras le prestaron toda su atención.

—Es su temor, ¿no se dan cuenta? —explicó Zukure —Que la gente empiece a tratarlo diferente. Quiso que nosotras lo supiéramos porque vivimos con él y necesita nuestro apoyo.

Todas reflexionaron un momento en eso, pero Mezuki demostró una vez más porqué Fuji y Gin la consideraban una egoísta al ponerse a cenar como si nada.

—No sé porqué te aguanto —farfulló Wodaka de muy mal genio.

—No vale la pena —había afirmado Saragi, tomando los palillos —Creo que mejor hay que cenar y meditar este asunto con calma. Lo que me preocupa es la recibida que le darán en la escuela.

Y tuvo razón. En cuanto puso un pie en la preparatoria, Fuji fue abordado por un montón de personas que querían hacerle preguntas. La mayoría eran sobre su fallecido padre, pero una que otra tenían que ver con su madre y con sí mismo. El chico casi no respondía otra cosa que no fuera lean el libro o no diré nada. Sin embargo, solamente había tres personas a las que les reveló algo. Una de ellas era Haraki. La otra era Kano. Y la tercera era…

—Muy bien, todo por hoy. ¡Hasta mañana!

La orden de Mako sacó a Saragi de sus recuerdos. Acomodó sus papeles, vio cómo los demás miembros del concejo se despedían entre sí y captó cómo Soho se iba sin dirigirle la palabra a nadie. Mako, por su parte, charló con Endo un par de minutos antes de hacer un gesto de mano hacia Taro y Shinju a modo de despedida y caminar hacia la puerta.

—Adiós, Saragi–san —se despidió finalmente, antes de abandonar la sala.

Saragi la despidió con la mano y terminó de ordenar sus papeles antes de ponerse de pie. Salió de la sala, vio que Mako se alejaba trotando por el pasillo rumbo a la entrada principal y la imitó, aunque a paso lento. Pronto Taro y Shinju, risueños, la adelantaron, y cuando recién los había despedido, oyó una voz a su espalda.

—¿Cómo está… onesan?

Miró por encima del hombro a Endo, que con los bolsillos en su pantalón gris oscuro, la veía con suma atención. Su semblante era imperturbable, pero sus ojos mostraban tristeza.

—¿Mako–kun? —preguntó Saragi a su vez, a lo que Endo asintió —Creo que bien —vio cómo Endo parecía animarse un poco y decidió arriesgarse —Está preocupada por ti.

Endo arqueó una ceja, un tanto sorprendido.

—No soy quién para meterme en asuntos que no me importan —se defendió Saragi, llegando en ese momento a la puerta principal —Pero me agrada Mako–kun, y no es muy bueno verla… Sin sonreír —concluyó, aunque sintió que había señalado algo extraño.

El chico no supo qué decir ante eso. Bajó la vista, aparentemente avergonzado.

—Supongo que… me toca a mí resolverlo —susurró, pero Saragi alcanzó a oírlo con claridad —Hoshi–sempai —levantó la cabeza de golpe, asustando a la joven —Quisiera… necesito… —tragó saliva antes de poder soltar en un siseo apresurado lo que quería —¡Debo hablar con Kinokaze–sempai!

A Saragi le sorprendió eso, pero más el tono que Endo usó. Hasta ese momento, cuando lo había oído hablar (y habían sido muy contadas ocasiones) era con una voz grave, seria y casi sin emoción. Sin embargo, ahora sentía cierta desesperación en sus palabras. Y no supo exactamente porqué, pero la expresión ansiosa en su rostro, aparte de parecerle enternecedora por revelar lo mucho que le importaba aquello, lo hacían verse… guapo.

Saragi sacudió la cabeza ante tal ocurrencia, lo cual fue malinterpretado por Endo.

—Lo siento —se disculpó el muchacho —Pensé que… como conocía a Kinokaze–sempai, pues… No importa —hizo una inclinación ante Saragi y se dispuso a irse.

Pero no dio ni un paso porque sintió que le sujetaban un brazo. Era Saragi.

—No sé para qué quieres hablarle, pero… —la muchacha titubeó, soltándolo en ese momento —Le pasaré el recado. ¿Dónde y cuándo?

Endo sonrió débilmente, lo que le causó a Saragi una gran impresión. Era la primera vez que lo veía sonreír. Y se veía muy bien.

—Ah… Mañana —respondió Endo, dudoso —En… en la entrada del Akisora.

Semejante sitio era muy extraño, pero Saragi no hizo preguntas. Revolvió en sus bolsillos hasta encontrar su teléfono celular.

—¿Tienes un número telefónico donde pueda encontrarte? —inquirió, luego de apretar algunos botones del aparato —Para confirmar la cita.

Endo asintió y le dio un número que ella identificó de inmediato como el de un celular. Lo guardó en la memoria de su aparato, luego de lo cual se lo guardó en el bolsillo.

—Veré qué puedo hacer —afirmó, ladeando la cabeza —Sei…

El muchacho la miró con gesto interrogativo.

—¿Puedo saber… por qué quieres hablar con Fuji–kun?

—Aún no —contestó Endo con seriedad, saliendo del edificio —Pero… Hoshi–sempai, si todo sale bien, espero… espero poder contártelo algún día.

Y sin más, se retiró, dejando a Saragi sumamente intrigada.

&&&

El algún día pronunciado por Endo resultó no estar tan lejano como Saragi pensaba. Fue a la semana siguiente, el mismo día que le tocaba la entrevista, a la hora del receso. Decir que el asunto la tenía en ascuas era quedarse corta, porque a sabiendas que Fuji y Endo sí se habían visto, quería conocer los detalles. No se había atrevido a preguntarle directamente a Fuji pues el día en cuestión lo había visto regresar de la calle con semblante abatido y se había encerrado en su habitación.

Ese día estaba en uno de los jardines, paseando. No soportaba el tenso ambiente de la mesa del comedor, donde Nagase había comenzado a quejarse de cómo había resultado su entrevista el día anterior con el amargado profesor Osagawa, Shinto sonreía con indulgencia, Mezuki se quejaba en voz alta de que la entrevista era una pérdida de tiempo y Gin le hacía compañía a Fuji guardando un mutismo glacial. Saragi decidió tomar un descanso sentándose en una banca cercana, donde podía ver sin dificultad los árboles perdiendo sus hojas, cuando vio a Endo pasar frente a ella, totalmente ensimismado.

—¡Sei! —lo llamó, levantando una mano —¡Oye, Sei!

Endo la escuchó y dando un respingo, se giró hacia ella. Luego de un leve titubeo, avanzó unos pasos y se quedó de pie, mirándola.

—Hola —saludó con su tono imperturbable de siempre —¿Gusta… gusta algo de almorzar, Hoshi–sempai? —y le mostró una caja de almuerzo envuelta en un pañuelo gris.

Saragi negaba con la cabeza justo cuando su estómago, rugiendo, la delató. Eso hizo que Endo sonriera levemente.

—Lo siento —se disculpó Saragi.

Por toda respuesta, Endo negó con la cabeza, se sentó a su lado en la banca y con cuidado, desenvolvió la caja de almuerzo.

—Pasé… pasé por el comedor —informó Endo al tener la caja al descubierto y luego que Saragi aceptara (luego de algo de insistencia de él) un mochi —Su mesa de siempre… tiene un ambiente raro. Por lo general, oigo… muchas risas ahí.

—Sí, por eso salí —admitió Saragi, mordiendo su mochi y saboreándolo, prosiguió —Ese ambiente está tenso y no lo soporto. Últimamente así están las cosas, ¿sabes?

Trató de decirlo sin darle importancia, pero Endo se quedó serio. Tenía en la mano una onigiri a medio acabar, pero la dejó en la caja y suspiró.

—Supongo… que Kinokaze–sempai tiene mucho en qué pensar. Aunque le agradezco… le agradezco que se portara bien conmigo.

Saragi le dio otro mordisco a su mochi, como excusa para no interrumpir a Endo.

—La charla con él resultó mejor de lo que creí —continuó el muchacho, para enseguida tomar la onigiri de nuevo y contemplarla por un segundo —Hoshi–sempai, ¿quisiera saber de qué hablamos Kinokaze–sempai y yo?

—Pues… no quisiera entrometerme —reconoció ella.

—Está bien —aseguró Endo, negando con la cabeza —Además, necesito… necesito practicar. Quiero que… al contárselo a onesan… pueda hacerlo bien.

No entendía muy bien a qué se refería el chico, pero Saragi comprendió que necesitaba contarle el asunto a alguien más antes de intentarlo con su propia hermana. Tomó aire.

—Está bien —concedió —Puedes contarme.

Endo se lo agradeció con un gesto de cabeza.

***Inicio de remembranza***

Aquel sábado era frío y soplaba un fuerte viento de vez en cuando. Endo Sei había llegado a las puertas del Akisora a temprana hora, con un grueso abrigo gris cubriendo la mayor parte de su atuendo y miraba a ambos lados de la calle. La noche anterior, había recibido una llamada de Saragi Hoshi, la vicepresidenta del concejo escolar de la preparatoria Akiai (del cual él también era parte), confirmándole el encuentro solicitado con Fuji Kinokaze para el mediodía. Estaba muy nervioso, lo que se demostraba en su cuerpo tembloroso a pesar de su abrigo. Por fin, justo a la hora convenida, vislumbró un joven de cabello castaño rojizo y un gastado abrigo rojo montado en una bicicleta también roja, que se acercaba. Lo miró detenerse ante él, bajar de la bicicleta y observarlo con interés.

—Hola —saludó el recién llegado —Soy Kinokaze Fuji, mucho gusto. Tú debes ser… —le tendió la mano, dejando en suspenso la frase.

—Sei Endo —hizo una inclinación respetuosa ante Fuji antes de darle la mano —Perdón por mandarte llamar tan de repente, aquí y sin conocernos…

—No hay problema —aseguró Fuji, sonriendo —Saragi–san dijo que era importante. Dime, ¿qué se te ofrece?

El muchacho se veía de tan buen humor que Endo temió comenzar.

—Kinokaze–sempai, seguramente te informó la policía… Cuando murieron tus padres…

Al instante, el semblante de Fuji cambió, tornándose duro.

—Oye, si quieres que empiece a hablar de eso… —comenzó en son de queja.

Pero Endo negó con la cabeza. No tenía esa intención.

—Kinokaze–sempai, no quiero que me lo cuentes —afirmó, cortando a Fuji —No hace falta. Yo… estuve ahí.

Eso sí que Fuji no se lo esperaba. Abrió los ojos desmesuradamente.

—¿Qué cosa? —logró musitar.

Endo cerró las manos, apretando tanto los puños que sintió cómo se clavaba las uñas en las palmas. Inclinó la cabeza, incapaz de mirar a Fuji a la cara.

—Yo… había salido de mi casa ese día con prisa —contó, con toda la seguridad de la que era capaz en ese instante —Había reñido con mis padres por ponerme del lado de onesan… Conoces a onesan, ¿verdad? —preguntó de repente —Es la presidenta del concejo.

—Ah… sí, claro —contestó Fuji, confuso —Gin–san me lo contó.

Endo asintió.

—Onesan… estaba haciendo algo que a mis padres no les parecía y me puse de su parte. Discutimos y salí de la casa. Estaba furioso, corría sin rumbo y no quería saber más de nada. Sentía que… estaba llegando a un límite. No sé cuánto tiempo estuve dando vueltas, pero comencé a calmarme, pensando en regresar a casa. Era… era día de San Valentín y quería darle a onesan un chocolate hecho a mano, como todos los años. Pero creo que seguía muy ofuscado, porque crucé una calle transitada sin fijarme y… un manchón rojo pasó junto a mí, junto con un rechinido de llantas. Me asusté. Miré alrededor y poco después, escuché el choque. El auto había dado un giro brusco para no atropellarme y había ido a dar contra el muro de contención.

Endo hizo una pausa, sin atreverse a levantar la vista.

—No podía creer lo que había pasado —prosiguió en voz un poco más baja y trémula —Ese pobre auto… estaba hecho pedazos y no quería imaginar cómo estarían sus ocupantes. Recé para que estuvieran bien, para que al menos siguieran vivos, y como pude corrí hacia el auto. Todo estaba retorcido, no se veía gran cosa, y entonces logré verlos… Una pareja que parecía inconsciente. Ella iba al volante… él sujetaba algo en el asiento del copiloto… No se movían, estaban llenos de sangre… La mente se me quedó en blanco…

En ese punto, Endo tuvo que detenerse puesto que sentía un nudo en la garganta. Se llevó una mano al pecho, como queriendo arrancarse aquello que lo aquejaba, pero sabía que debía continuar. A eso había ido, incluso se lo mencionó a Saragi Hoshi, aunque de forma indirecta,
… me toca a mí resolverlo…

—Yo… grité como pude que pidieran ayuda… había muchos curiosos —logró seguir después de unos segundos. Aún no podía ver a Fuji a la cara —Me acerqué al auto, llamé a los ocupantes, quería saber si seguían vivos… Fue cuando ella abrió los ojos a medias… Me vio y me… me sorprendió que sonriera. Murmuró algo, así que me acerqué más para oírla, y lo que distinguí fue… “No lo atropellé”. Estaba… estaba más preocupada por mí que por sí misma… No podía creerlo… Y entonces vi que el hombre se movía, aferrando algo en su regazo… Era un regalo, tenía un moño rojo enorme… El hombre también estaba hablando, así que rodeé el coche como pude… Quería oír lo que fuera que tuviera que decir… Tal vez fuera un nombre, alguien a quién avisarle… Y lo escuché decir…
el libro…el libro para Fuu…

Endo tragó saliva de nuevo, respirando entrecortadamente. Sintió una mano en su hombro y supo que Fuji, calladamente, lo estaba alentando. Sin embargo, todavía no se atrevía a mirarlo. Se sentía tan culpable…

—No… no alcanzó a decir tu nombre completo, Kinokaze–sempai —confesó Endo con los ojos entrecerrados —Se desmayó… tu padre… y casi suelta el regalo. Yo lo tomé y traté de abrir la portezuela, pero… Llegó la ambulancia, me hicieron a un lado… De repente me di cuenta de todo… De que todo eso era culpa mía… Yo me había atravesado en su camino, yo causé el choque… Así que me eché a correr, corrí como nunca… Ni siquiera sabía a dónde… Solamente me di cuenta de dónde estaba cuando llegué a la puerta de mi casa… Entré, me colé por atrás y fui directamente a mi cuarto… Y hasta ese momento, tampoco vi que me había llevado el regalo. Yo… yo no sabía qué hacer… Ni sabía a quién acudir… Y cuando vi las noticias en los periódicos… Me sentí muy triste… —en ese punto, Endo ya estaba llorando, no había podido evitarlo —Yo no quise dejarte sin familia, Kinokaze–sempai, yo no… Yo no quise que nada de eso sucediera… Yo no he podido perdonarme semejante cosa… Yo

—No importa.

Aquellas palabras hicieron que Endo por fin levantara la cabeza. Fuji no le había quitado la mano del hombro y sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero increíblemente, sonreía. Endo entonces pudo relacionar al muchacho que tenía enfrente con la imagen borrosa y aterradora que conservaba en la memoria de Kumiko Kinokaze.

—Los accidentes pasan, Sei–san —dijo Fuji con suavidad, sin abandonar del todo su sonrisa, una sonrisa a medias que también transmitía melancolía —Tú no querías que eso sucediera, mamá y papá tampoco lo querían, y yo… Yo menos que nadie quería perderlos —tomó aliento, le quitó la mano del hombro a Endo y apuntó —Nadie pide hallarse en esas circunstancias, y no tengo nada qué perdonarte, Sei–san… Porque no te culpo de nada.

Endo se sintió aliviado al escuchar eso. Había esperado muchas cosas, desde una mirada de odio hasta el más terrible de los insultos o un golpe bien dado, pero no eso. Bueno, en el fondo lo había llegado a imaginar, porque en la preparatoria, Kinokaze parecía una persona amable, pero tenía sus dudas… Todas ellas sembradas por su sentimiento de culpa.

—Gracias… —fue todo lo que pudo musitar, cerrando los ojos con fuerza, en un intento por cortar el llanto —Gracias… Kinokaze–sempai…

—Puedes llamarme por mi nombre —permitió Fuji, pasándose una mano por los ojos y ampliando un poquito más su sonrisa —Y… muchas gracias por decirme todo eso.

Endo asintió vagamente, secándose el rostro, y de pronto, recordando algo, se quitó la pequeña mochila café que llevaba a la espalda y revolvió su contenido.

—¿Qué pasa? —quiso saber Fuji.

—Ah… es que… aquí lo traigo —dijo Endo con prisa —Lo estaba olvidando… Disculpa que no tenga la envoltura —sacó algo que parecía un libro —Pero pensé… Pensé que con lo sucedido… Toda esa sangre… En fin, aquí tienes.

Le tendió el libro, de pastas mayoritariamente rojas, y notó cómo Fuji lo veía con asombro y parpadeaba rápidamente, como si quisiera evitar llorar otra vez. No podía echarle en cara que se pusiera sentimental nuevamente, pues sabía bien de qué libro se trataba: era un ejemplar de “La vida que yo elegí”, el último libro que Kenji Kinokaze logró terminar y publicar. La diferencia era que ese libro no ostentaba un moño negro, ni una explicación complementaria acerca de su autor. Era el primer ejemplar, la muestra de cómo habría salido a la venta si el reconocido Fuyuno Okami no hubiera muerto.

—Muchas gracias, Sei–san —susurró Fuji con sinceridad, abrazando el libro con firmeza —Yo… No creí que tendría este libro en las manos. Creí… creí que se había perdido.

Ante eso, Endo no pudo evitar pensar que algo bueno había salido de su terrible experiencia. Sí, definitivamente, algo bueno había hecho aquel día, a pesar del resultado.


***Fin de remembranza***

Endo Sei terminó su relato rodeado por un silencio casi absoluto, pues a lo lejos se oían algunas conversaciones de alumnos que terminaban de almorzar y se entretenían de diversas formas en el tiempo que les quedaba de recreo. El joven inhaló profundamente, como si lo recién revelado le hubiera quitado el aliento, y se animó a ojear a su interlocutora, imaginando que había sido demasiado para ella.

Y tuvo razón. Saragi Hoshi tenía la cabeza ligeramente agachada, con una mano sobre la boca, y le surcaban por las mejillas lágrimas silenciosas. Tal era la impresión que le había ocasionado enterarse de la razón por la cual, según Mako, Endo había cambiado tanto. Además, estaba el hecho de que no solamente lo involucraba a él, sino a Fuji, a quien ella apreciaba muchísimo por todo lo que le había enseñado. Ahora comprendía el silencio de Fuji, ese semblante abatido, y podría jurar que aunque era verdad que no culpaba a Endo en absoluto, no podía dejar de sentirse afligido por lo que había descubierto.

Sin previo aviso, un pañuelo blanco con algunas rayas grises en los bordes apareció ante ella. Se despabiló todo lo que pudo y vio que era Endo quien se lo alargaba, por lo que también se dio cuenta que había llorado. Sonrió levemente, en señal de agradecimiento por el gesto, y con sumo cuidado, tomó el pañuelo de mano del muchacho.

—Gracias —murmuró, secándose las lágrimas —Y perdona que me pusiera así.

—No hay problema —respondió Endo con suavidad —Y gracias a ti por escucharme, Hoshi–sempai. ¿Tú crees que…?

—Saragi —dijo ella de repente.

El chico no comprendió qué quería decirle con eso.

—¿Perdón? —se le escapó decir.

La joven, pasándose el pañuelo por los ojos una última vez, sonrió.

—Saragi —repitió —Mi nombre es Saragi… Endo–kun.

Sonriendo, Endo por fin lo comprendió.
« Última modificación: Noviembre 28, 2011, 10:14:30 pm por THB Potter »

Desconectado THB Potter

  • CABO
  • *
  • Mensajes: 106
  • KI: 1
  • Sexo: Femenino
  • ... Los que destacan son los bichos raros.
    • Mi blog, ¡bienvenidos sean!
Re:Telaraña [28/52 + Omake 1/7]
« Respuesta #104 en: Noviembre 28, 2011, 10:54:23 pm »
Veintiocho: La posibilidad.

El almuerzo había resultado un completo desastre. Mezuki había abandonado la mesa del comedor poco después que Saragi, dispuesta a irse con ésta a donde fuera para librarse de la compañía, pero no lo consiguió, puesto que su prima se perdió de vista con increíble rapidez. El recreo acabó y la pelirroja, haciendo una mueca, fue directo al salón de clases tan metida en su mal humor que en la puerta casi choca con su gemela, que iba saliendo del aula a toda prisa con una carpeta en la mano.

—¡Ve por dónde vas! —reprendió Gin —Y ponte lista, que te toca después que a mí.

A Mezuki le hizo gracia que Gin le recordara que le tocaba la entrevista después que a ella, pero enseguida se puso a pensar en otra cosa. Su madre iría a su entrevista, pero nunca dijo nada de asistir a la de su hija menor. En ese caso, ¿quién estaría con Gin en la entrevista?

La respuesta le llegó sola a los cinco minutos. Varios chicos habían abandonado sus aulas (todo el segundo año estaba sin clases, pues los profesores atendían las entrevistas y ellos se ocupaban de los preparativos para el festival Yuri–hime) y vieron pasar rumbo a una de las oficinas a una mujer pálida, de buen cuerpo y largo cabello negro. Lucía un vestido color vino y por joyería portaba una cadena de oro y aretes del mismo material en forma de estrellas. Sus tacones resonaban en el pasillo, aunque apenas se notaba su sonido por los cuchicheos de los improvisados admiradores de la mujer.

—¡Válgame! —soltó Funaki al asomarse al pasillo por una de las ventanas del salón.

—¿Quién es esa mujer tan fascinante? —quiso saber Nakada, sonriendo bobamente.

—Qué aura tan interesante tiene —fue el comentario de Shinto.

Nagase lo vio como si de repente se hubiera vuelto… normal.

—Bueno, admito que está guapa —espetó, viéndola de reojo —¿Quién será, eh?

En eso, la mujer volteó hacia el salón del 2–C y logró vislumbrar una cara conocida.

—Buenas tardes, Kinokaze–san.

Todos en el aula miraron a Fuji, las chicas (a excepción de Saragi y Mezuki) con pasmo y los jóvenes (menos Nagase y Shinto) con envidia. Fuji apenas si se fijó.

—Buenas tardes, Karasu–dono —devolvió el saludo —¿Qué hace por aquí? ¿Algún asunto con sus hermanas?

—¿Hermanas? —exclamaron por lo bajo los compañeros de Fuji, y las chicas bufaron.

—No, por fortuna no —Karasu Hoshi sonrió, taciturna —Vengo a la entrevista de Gin.

La sonrisa que Fuji compuso al verla se borró un poco, y por desgracia, parecía que Mezuki se la estaba adueñando, pues comenzó a verse muy satisfecha por algo.

—Ah, en ese caso… Que le vaya bien —deseó Fuji.

Karasu hizo una inclinación de cabeza a modo de despedida y siguió su camino.

—¡Qué mujer! —soltó Esaki, perdiendo su habitual seriedad —Kinokaze, ¿la conoces?

—Ah… Sí, claro —respondió Fuji, algo cohibido —Es… pariente de Saragi–san.

Toda la atención se fue con Saragi, quien arqueó las cejas con elegante frialdad, dando a entender que el primero que le preguntara algo de Karasu no saldría bien librado. Así que mejor se giraron hacia la otra Hoshi presente.

—Ah, no, ni lo piensen —reclamó Mezuki de mala gana —No les diré nada sobre ella.

Sus compañeros, decepcionados, regresaron a sus bancos, y algunos, como Nagase y Shinto, tomaron lo que parecían libretos y los leyeron a conciencia.

El pasado lunes habían realizado las votaciones para los personajes de la obra que representarían en el festival, el cuento de Akiyuri. Si todos estaban emocionados, era porque dicho relato narraba cómo se había fundado la ciudad en la antigüedad. Por si fuera poco, en la preparatoria Akiai había una especie de mito al respecto: la chica que interpretara al personaje femenino principal conquistaría al amor de su vida antes de graduarse. Muchos decían que no podía ser posible, pero había chicas que se lo tomaban muy en serio. Para evitar desavenencias entre sus compañeras, Esaki había organizado que los chicos votaran por los personajes femeninos y viceversa. Los resultados fueron sorpresivos en cuanto a los personajes principales, pues el protagónico masculino se lo había llevado…

—Naga–kun, ¿quieres que te ayude a aprenderte el guión?

Fuji vio cómo Nagase, con aspecto concentrado, negaba con la cabeza.

—No sé porqué me tocará hablar tanto —se quejó, sin despegar los ojos del libreto.

—Nagase, eres el protagonista —le recordó Shinto con voz algo cansina.

—¡Y no comprendo porqué! —exclamó, indignado, haciendo a un lado el libreto.

—Ah… parece que les caes bien a las chicas —sugirió Fuji, algo temeroso.

Nagase suspiró, resignado, viendo de reojo a varias de las jóvenes de su clase (que a su vez lo miraban con cierto anhelo) y tomó de nuevo el guión, mascullando cosas sin sentido.

—Vaya, creo que aún no se hace a la idea —comentó Saragi de pronto.

Ella también aprovechaba la falta de clases en leer su libreto, aunque su personaje no era tan importante como el de Nagase.

—Y no entiendo qué tiene de malo su personaje.

—Naga–kun quería ser un soldado —respondió Fuji con tranquilidad —Seguramente porque los soldados llevarán espadas.

A Saragi esa razón se le hacía un tanto extraña, pero no comentó nada al respecto.

—Fuji, ¿podrías ayudarme con mi papel? —inquirió Shinto, sin mucha convicción.

El nombrado asintió y se puso a repasar en voz baja los diálogos de diversos personajes que interactuaban con el que interpretaría Shinto. Saragi los escuchó por un momento antes de darse media vuelta, y captar por el rabillo del ojo que Chiba y sus amigas discutían acerca de unos bosquejos esparcidos sobre una banca. Seguramente eran los vestuarios para la obra. Como no quería pasar por lo mismo del año pasado, pensó en echar un vistazo, pero en eso Mezuki la abordó.

—Saragi, ¿a dónde fuiste cuando saliste del comedor?

La aludida suspiró con hartazgo.

—Mezuki, no quieras saberlo todo —rezongó con su tono cansino característico.

—Sólo me dio curiosidad —mintió la pelirroja.

—Ajá. Y yo soy la emperatriz de Japón.

Mezuki hizo una mueca. Decidió mejor ir directo al grano, sonriendo con burla.

—¿Viste que Kin vino a la entrevista de Gin? —hizo notar.

—En realidad, eso me tiene sin cuidado —interrumpió Saragi de mal talante, abriendo su libreto y buscando la página donde se leía la primera intervención de su personaje —Por si no te has dado cuenta, Mezuki, Kin prácticamente es la madre de Gin. Además…

Las palabras de Saragi quedaron ahogadas por exclamaciones ahogadas de un sinfín de chicas, pues por el pasillo se veía caminar con lentitud a un hombre increíblemente apuesto. Sus cabellos y ojos, de un negro azabache brillante, hacían juego con el traje negro que lucía, lo que era un detalle inexplicable a finales de verano. Su porte elegante y a la vez frío no pasó desapercibido por Saragi, quien fue a la ventana más próxima para confirmar lo que veían sus ojos. Pero fue Mezuki quien la sacó de dudas.

—¿Qué hace Yami–dono aquí? —inquirió, estupefacta.

El hombre, como si hubiera oído la pregunta, se volvió hacia el salón del 2–C, y al igual que Karasu Hoshi, vislumbró un rostro conocido al cual saludar.

—Buenas tardes, Kinokaze.

De nueva cuenta, todos miraron a Fuji, y él esta vez sí lo notó, cohibido.

—Ah… Buenas tardes, Yami–dono. ¿Qué hace aquí?

Yami Hoshi sonrió levemente, entre presuntuoso y extrañamente afectuoso.

—Supongo que pronto sabrás —se limitó a responder y siguió andando.

—¿De dónde conoces a ese bombón, Kinokaze–kun? —quiso saber Chiba.

 —Pues…

—Es pariente nuestro —respondió Saragi por él —Y a la primera que me pregunte algo sobre él, la acusaré con su hijo. Tiene muy mal carácter.

Eso pareció calmar a las muchachas, y sonrió con satisfacción, sin fijarse en la cara de sorpresa de Fuji ante la mención de un hijo de Yami. Ahora lo que la intrigaba era la razón para que uno de los Hoshi más ocupados de la familia, se hallara en la preparatoria Akiai.

&&&

Gin corrió hacia la pequeña oficina donde se llevaría a cabo su entrevista, llamó a la puerta y entró apresuradamente.

—Lamento la tardanza, Igarashi–sensei.

La mujer castaña y de semblante amable sentada a una sencilla mesa le dedicó una sonrisa, y la invitó con un gesto a tomar asiento frente a ella.

—No hay problema, Hoshi–san —rebatió la mujer con suavidad —Por cierto, no tengo noticia acerca de su madre, ¿a qué hora vendrá?

Gin tragó saliva. Estaba completamente segura que su madre no iría, y temía que sin ella, no le concedieran la entrevista. Había abierto la boca para explicarse cuando llamaron a la puerta con suavidad. La profesora Igarashi sonrió un poco más.

—Esa debe ser su madre —apuntó, sin notar la cara que ponía Gin —Adelante.

La puerta se abrió y Karasu Hoshi apareció en el umbral.

—Lo siento, pero Hitomi–san… La madre de Gin, no podrá venir —explicó, sentándose a la derecha de la pelirroja, quien la veía entre sorprendida y agradecida —Si no le importa, tomaré su lugar. No creo que haya inconveniente, dado que soy de la familia.

Le tendió una identificación a la profesora, quien luego de leerla rápidamente, se la devolvió con una sonrisa indulgente.

—Sí, no hay problema —concedió —¿Podemos comenzar?

—Cuando quiera.

La maestra Igarashi asintió y tomó una de las carpetas que había en la mesa.

—Hoshi Gin… —musitó, abriendo la carpeta —El expediente académico es bueno y en actividades extracurriculares, tiene actualmente el club de fútbol. Pero la carta de aspiraciones no es muy elocuente —frunció el ceño y miró a Karasu —Dice que quiere graduarse, pero nada más. No habla de trabajar o seguir estudiando. ¿Qué sabe usted al respecto?

Karasu vio un instante a Gin, quien parecía algo nerviosa.

—Es algo distraída, seguramente no lo había pensado seriamente cuando entregó la carta —se limitó a contestar —Sin embargo, lo que ella elija, estará bien.

La profesora ladeó la cabeza, algo contrariada, para luego observar a Gin.

—¿Hoshi–san? —llamó, interrogante.

Gin tragó saliva nuevamente, tomó aliento y apretó un poco la carpeta que llevaba.

—Yo… he estado pensando… —tartamudeaba, cosa que no era común en ella, y colocó su carpeta en la mesa, en dirección a la profesora —No sé, quizá… Pueda ir a la universidad.

Karasu alzó una ceja con discreta sorpresa, mientras que la profesora Igarashi tomaba la carpeta que Gin le tendía. La abrió y se fijó en los papeles que contenía.

—Ah, sí —musitó con agrado —Se ha informado bien, Hoshi–san. Esta carrera la ofrece la Universidad Akitensai, no tendría que salir de Akiyuri. Incluso obtuvo los datos acerca de las becas… Pero tengo entendido que su familia es… pudiente —dudó, notando cómo Gin se sonrojaba —¿Para qué le interesaría una beca?

—Ah, pues… Quisiera pagar la universidad yo misma —explicó la chica nerviosamente, retorciéndose las manos —Más con la carrera que me gusta. Para ser sincera… —inclinó la cabeza —No creo que mi madre esté muy de acuerdo con ella.

La profesora negó lentamente, dando a entender que eso ya lo había escuchado antes. Cerró la carpeta de Gin y la posó con cuidado en la mesa.

—En ese caso, debo advertirle que necesita calificaciones más altas. Además, estoy segura que también investigó que los alumnos que solicitan una beca en la Akitensai necesitan un aval… Un pariente que responda por usted en caso de perder la beca.

Gin asintió silenciosamente.

—Yo podría hacerlo —intervino Karasu entonces.

—No quiero causarte problemas, sensei —murmuró Gin, avergonzada.

Karasu iba a replicar, pero entonces llamaron a la puerta y sin esperar respuesta, ésta se abrió y mostró el semblante elegante y frío de Yami Hoshi. Karasu y Gin lo vieron con asombro, en tanto la profesora mostraba por primera vez signos de impaciencia.

—Disculpe, señor, ¿quién es usted? —quiso saber.

Yami, sonriendo con disimulada burla, fue a tomar asiento al otro lado de Gin, quien no le quitaba los ojos de encima.

—Ah, perdone, no me presenté. Hoshi Yami, a sus órdenes —le tendió la mano a la profesora, quien se la estrechó con gesto de extrañeza —Soy tío de Gin, supe que hoy era su entrevista y que su madre no vendría. Así que quise venir a ver de qué se trataba.

—Pero Yami–dono… —balbuceó Gin, sorprendida.

—Hablaban de becas cuando entré, ¿no? —siguió Yami, ignorando la mirada inquisitiva de Karasu —Si Gin quiere ir a la universidad, no es necesario que pida una. Yo puedo hacerme cargo de pagar sus estudios.

—Hoshi–san decía que quiere pagar la carrera ella misma —indicó la profesora Igarashi con cautela, pues el hombre era atractivo, pero intimidante —¿Acaso usted lo sabía?

—Siendo honesto, es la primera noticia que tengo —Yami adoptó un comportamiento relajado y bromista, que Gin pensó que no le quedaba para nada —Pero es propio de ella, es muy independiente. Así era su padre, ¿sabe? Él era mi hermano. El buen Tetsuya… —sonrió con nostalgia —En fin, creo que me desvío del tema. Si Gin piensa ir a la universidad y si está terca en pedir una beca, pues yo seré su aval.

—Yami–san, es una responsabilidad muy grande —advirtió Karasu con seriedad.

—Kin, estoy consciente de ello —asintió Yami de lo más tranquilo —No me sermonees.

—Yami–dono… —llamó Gin, sin mucho éxito.

El hombre fijó la vista directamente en la profesora con determinación.

—¿Hay alguna cosa que quede pendiente? —inquirió con educación.

La profesora Igarashi revisó la carpeta que contenía la información de Gin y negó.

—En ese caso, me disculpan, pero tengo que irme —Yami se puso de pie —El trabajo me llama. Algo sobre un ladrón en serie que… Ah, lo siento, es que soy criminalista —expuso a la desconcertada profesora —Así que… con su permiso.

Salió de la oficina tan repentinamente como había entrado, siendo secundado por Gin.

—Gin —la llamó Karasu.

—Eh… Ahora vuelvo —se disculpó la chica.

Apenas se acordó de cerrar la puerta, pues ya corría por el pasillo tras la espalda ancha de Yami. Por las ventanas de los salones aledaños, se asomaron algunas chicas.

—¡Yami–dono!

El hombre esperó a dar vuelta en el extremo del pasillo, quedando fuera de la vista de los curiosos, para detenerse y poder dar media vuelta. Gin logró alcanzarlo y recuperando el aliento, lo miró con curiosidad.

—Yami–dono… No tenía porqué venir. Lo de la universidad… Sólo fue una finta.

El aludido sonrió, como si ya se esperara ese argumento.

—Sí, lo supuse —reconoció, con las manos en los bolsillos —No querías que la escuela comenzara a hacer demasiadas preguntas, ¿verdad? —Gin asintió, por lo que Yami continuó —Pero Gin… Lo que dije ahí dentro… Ahora es parte de la finta.

La chica lo miró, confusa.

—Significa que si deja de ser una finta, no me voy a retractar —aclaró Yami, para luego agregar ante la atónica cara de la pelirroja —No quiero seguir sintiendo que le fallé a Tetsuya.

La joven asintió, inclinando la cabeza. Por alguna razón, se esperaba eso.

—Y por cierto —el hombre se giró, dispuesto a marcharse —Eso del fútbol no hace nada bueno por tu vocabulario. Pero te sirve perfectamente para vencer a Miyizu, ¿verdad?

Gin sonrió levemente al tiempo que alzaba la vista. Logró vislumbrar a Yami sonreír levemente, antes que se llevara una mano al costado izquierdo.

—¿Se siente bien? —inquirió, algo preocupada.

—Por supuesto que sí —respondió él con desdén —Sólo es una punzada… Ese Takeshi sí que pega fuerte —masculló entre dientes, esperando que Gin no lo oyera —Tengo que irme. Incluso lo del caso que atiendo es real, así que… Nos vemos en otra ocasión.

Comenzó a andar y Gin notó algo extraño: sus pasos eran lentos, como si cada uno le causara dolor. No sabía si seguirlo para asegurarse que estaba bien o regresar a la entrevista, cuando Yami dio vuelta al final del pasillo, hizo ademán de saludar a alguien y se perdió de vista. La chica supo a quién había saludado cuando tuvo de frente a una persona de cabello rojo vestida elegantemente de gris, así que decidió volver con Karasu. Su madre acababa de llegar.

&&&

Hitomi Hoshi había tenido que aplazar una importante reunión de negocios para ir a la entrevista de Mezuki, y eso la fastidiaba. Procurando que su molestia no fuera evidente, entró a la preparatoria Akiai y luego de pedir indicaciones a un joven de primer año, subió al piso de segundo año. Casi recién llegaba ahí cuando una figura conocida le habló con voz grave.

—Hola, Hitomi. Que tengas buen día.

Era Yami, su cuñado, al que observó con las cejas arqueadas. Él era una persona más ocupado que ella, ¿qué hacía allí? Antes que pudiera preguntárselo, Yami se retiró. Ella negó con la cabeza, dio vuelta en el pasillo y al otro lado distinguió la delgada figura de Gin. La chica, en cuanto la vio, se perdió de vista, obviamente porque la veía venir, lo que era mejor para ella. Ahora el problema sería que la escuela preguntara porqué se presentaba únicamente a la entrevista de una de sus hijas. En fin, pensaría en una excusa en cuanto se lo hicieran notar. Lo primero era acabar de recorrer esos pasillos hasta el sitio de la entrevista, el cual localizó al instante al ver que de una pequeña puerta salían Gin y Karasu, haciendo corteses inclinaciones ante una mujer castaña con aspecto indiscutible de profesora.

—Muchas gracias por todo —decía Karasu con una leve sonrisa.

—Gracias a usted —respondió la mujer castaña —Hoshi–san —miró a Gin —Llame a su hermana. En un momento vendrá Osagawa–san.

Gin asintió y en dirección a su aula, alcanzó a ver a su madre, que avanzaba a paso firme hacia la oficina. Después de dedicarle una inclinación de cabeza a modo de saludo, Gin entró a su salón, donde se encontró acosada a preguntas de los chicos acerca de Karasu, que para entonces, pasaba frente al salón con semblante animado.

—Vamos, Gin–kun, dinos cómo se llama esa belleza —rogó descaradamente Nakada.

La pelirroja le dedicó tal mirada amenazante, que el joven tuvo que retroceder.

—Te toca —le avisó a su gemela, entretenida en debatir los vestuarios para la obra de teatro con Chiba y compañía —Ya llegó nuestra madre.

Mezuki hizo una mueca, asintió vagamente y despidiéndose de las chicas con las que conversaba, salió del aula. Varios la vieron reunirse con una mujer pelirroja cuyos anteojos tenían un ojo cubierto por completo, como parche de pirata, antes que ambas fueran a la oficina de las entrevistas. Con varios cuchicheos a su alrededor, Gin fue a desplomarse sobre su banca, dejando su carpeta distraídamente sobre su copia del libreto.

—¿Cómo te fue en la entrevista, Gin?

La joven, haciendo una mueca y sin volverse a quien le hablaba, se encogió de hombros.

—Bien por ti —le respondió la misma voz de antes.

Ahora sí Gin giró la cabeza. Saragi, de pie a su lado, la veía con seriedad, sosteniendo en una mano su copia del libreto y en la otra, una carpeta azul.

—¿Hablas en serio, pececito? —susurró la chica de ojos plateados con incredulidad.

—¿Porqué no lo haría? —inquirió Saragi a su vez, arqueando las cejas —Aunque no lo creas, no te odio, Gin. Sólo que eres muy tonta.

—¿Debo considerar eso como un cumplido? —quiso saber Gin.

—Tómalo como quieras. A propósito, deberías ponerte a ensayar.

Ante eso, Gin puso cara de tragedia.

—No sé porqué tuvo que tocarme semejante personaje —se quejó, poniéndose de pie y tomando el libreto de debajo de su carpeta —Ni siquiera sé actuar.

Saragi la miró con ligero desdén.

—Pues Juniga no opina lo mismo de la vez que le ayudaste con…

—¡De acuerdo, de acuerdo, ya entendí! —la cortó Gin con enfado, para recordar algo al segundo siguiente —¿Has ido a la Casa Grande últimamente?

—La semana antes de entrar a clases, luego de una junta del concejo, ¿porqué?

—Es que… —Gin no sabía cómo explicarse, y todo porque una conversación pacífica con Saragi no la tenía a menudo —¿Sabes cómo… cómo sigue el fortachón?

—¿Takeshi? —al recibir respuesta afirmativa de Gin, Saragi movió afirmativamente la cabeza —Shigu me comentó algo. Ha mejorado bastante, ya casi no tiene vendajes. Y cuando le pregunté por Yami–dono, hizo tal mueca que comprendí que estaba molesto con él.

—¿Y eso?

—Ya sabes cómo es Shigu: quiere que sus órdenes médicas se sigan al pie de la letra. Conociendo a Yami–dono, seguramente ha andando paseando por ahí sin que le sanaran del todo las costillas rotas…

—¿Qué cosa? —se sorprendió Gin.

—… Puesto que trabaja como loco —siguió Saragi, ignorando a su prima —Agrégale a eso que Shigu andaba indignado por lo de Juniga y…

—¿El fenómeno? —volvió a sorprenderse Gin —¿Qué le pasó a él?

Saragi titubeó, pero decidió que no valía la pena callarse.

—Pensé que Kin te lo había contado. Juniga estuvo todo el verano —bajó la voz hasta convertirla en un susurro casi inaudible —en el Tártaro.

Gin se quedó de piedra ante la revelación, dejándose caer en su silla de nuevo, pero esta vez con pesadumbre. El sentimiento de inferioridad que los jefes de familia se habían encargado de implantarle la estaba haciendo suponer que ella tenía algo qué ver.

—Pero… —balbuceó —Pero eso, ¿porqué fue?

Saragi se encogió de hombros, negando. Ahora creía que debía cerrar la boca, aún si con ello estaba mintiendo.

—¡Eh, loca deportista! —la llamó Nagase en ese momento. Detrás del rubio, Fuji y Shinto seguían repasando el libreto —Ven acá, que tenemos que ensayar.

Gin miró a Saragi, como preguntando si tenía algo más que informarle, pero al percibir un gesto de su prima para que se uniera a Nagase, obedeció sin mucha convicción. Desde donde se quedó, Saragi llegó a verle una ligera mueca de preocupación a Fuji, y se preguntó si seguía pensando en lo ocurrido con Endo Sei o era algo más.

&&&

Los días siguientes se sintieron más o menos normales. La preparatoria Akiai estaba sumergida en febril actividad previa al festival Yuri–Hime, lo que por cierto, al concejo escolar le daba mucho más trabajo de lo usual.

—¡Ya quiero irme a casa!

Esa exclamación, soltada por Mako Sei, no parecía propia de la presidenta del concejo, pero fue recibida por una risita baja y divertida de su hermano Endo. Eso animó muchísimo a la chica, y encogiéndose de hombros, como resignándose a la montaña de papeles que tenía que ordenar, tomó un par con ademán trágico. Eso solamente aumentó la risita de Endo.

—Deberías dejarte de bromas, Sei–san —reconvino Taro Omori amablemente.

—Lo siento, pero es que estoy muy aburrida —se defendió Mako —Como ya terminé la mayoría del papeleo, quedarían pendientes algunos pequeños deberes. Por cierto —se volvió hacia Suzume Soho, sentada en una orilla de la mesa revisando el contenido de una carpeta de argollas —Suzume–san, ¿cómo van los segundos en sus cosas?

La nombrada esbozó una sonrisa torcida, y levantó un pulgar en señal de afirmación.

—Genial —concordó Mako, sin hacer caso a la evidente indiferencia que Suzume le demostraba desde su última conversación —Saragi–san, a tu grupo le tocó el escenario, ¿no?

Saragi asintió, dejando de lado unas cuentas que Shinju Kihara acababa de pasarle.

—El cuento de Akiyuri nos está dando muchos problemas —comentó con desgano —Haraki sigue sin entender cómo es que le dieron el papel principal.

—Lo mismo podría decirse de Gin–kun —le recordó Mako hábilmente —En el club me dijeron que ella será la Yuri–hime de este año, ¡qué honor! —rio brevemente —¿Sabes lo del mito, verdad? ¿Tú crees que Gin–kun consiga al amor de su vida antes de graduarse?

Saragi se encogió de hombros, pero dibujó una sutil sonrisa.

—Muchas locas creen que eso es cierto —continuó Mako, arqueando las cejas.

—Ha resultado cierto antes —intervino Shinju con un suave gesto de cabeza —¿Leíste la biografía de Okami–sensei? Su esposa fue Yuri–hime y antes de graduarse, estaban juntos.

—De eso hablo —rebatió Mako, frunciendo el ceño —Se están creyendo más ese mito porque se supone que se hizo realidad con una persona famosa. Pero te aseguro que no con todas las que han interpretado a la Yuri–hime el mito ha resultado verdad absoluta.

—¿Hablas por ti? —quiso saber Suzume, sonriendo con malicia —Tú fuiste la Yuri–hime del año pasado. Y a propósito, ¿no vino tu chico misterioso a verte?

Mako le dedicó un vago gesto de cabeza.

—¿Qué te hace pensar eso? —inquirió, aunque Saragi vio que fijaba los ojos en un punto muerto, con cierto aire reflexivo.

—Pues que cuando terminó la representación, tú cargabas un ramo de flores por todas partes, sonriendo como boba —a Suzume le hizo gracia la cara de sorpresa que puso Mako, así que continuó —Y no hacías más que decir “¡sí vino, sí vino!”.

—¡Ah, sí! —recordó Mako de pronto —Mi novio vino a verme y me dio esas flores. Estaba muy contenta porque me había dicho que tendría clases y al final, pudo darse tiempo de ver la obra —sonrió y tanto Saragi como Endo la vieron completamente feliz ante aquella remembranza.

—Entonces, Sei–sempai —llamó Shinju, que de pie a su izquierda, le tendía algunos documentos —El mito contigo sí se cumplió, ¿no?

Mako sonrió, pero a pesar de parecer segura de lo que afirmó a continuación, sonó algo insegura, como si temiera que en cualquier momento, se le escaparía el motivo de su dicha.

—Claro. Quiero estar con mi novio todo el tiempo que se pueda. ¡Lo quiero mucho!

A Suzume no pareció agradarle eso, porque se puso a trabajar y no volvió a abrir la boca más que para despedirse, cuando todos concluyeron con las actividades del día.

—Creo que Soho quiere un novio como el tuyo —le hizo ver Saragi a Mako al dejar la sala del concejo escolar.

—Tal vez, pero es muy… insistente —meditó Mako al cabo de unos segundos —Si se comportara como una chica cuerda, Kinokaze–san ya le habría hecho caso, ¿no te parece?

—Estoy completamente de acuerdo. Pero ya que tocamos el tema, aún no puedo creer que haya un chico que te aguante el paso.

Mako la observó con cierto asombro, para luego echarse a reír.

—Pues yo creo que lo extraordinario es que yo le siga el paso a él —confesó —Tiene muchas cosas qué hacer y a veces sólo nos vemos los fines de semana. Es penoso —sentenció, encogiéndose de hombros.

—En ese caso, son el uno para el otro —opinó Saragi, arqueando una ceja.

—Yo creo que sí. Y me gusta pensar que él cree lo mismo. Por cierto —la castaña vio con una sonrisa alejarse a Taro, que las adelantaba mascullando entre dientes algo sobre una cita —¿Cómo te fue en la entrevista?

—Ah, creo que bien —Saragi se encogió de hombros, indiferente —Para mí no era ningún problema: quiero ir a la universidad en el extranjero. Mis padres ya lo sabían.

—¿Quieres estudiar en el extranjero? —se sorprendió gratamente Mako —¡Qué genial! ¿Y dónde te gustaría estudiar?

—En Europa o América. Es que estoy dudando entre Oxford y Harvard.

Mako soltó un silbido de admiración.

—Son universidades muy competidas —declaró —Ojalá la tuviera tan fácil como tú. Temo que cuando mis padres vengan a la entrevista, ni siquiera les agrade la idea de que vaya a la Harutensai a estudiar Veterinaria.

—¿Por fin te decidiste? —quiso saber Saragi.

Mako asintió.

—No fue tan difícil —admitió —Es que me puse a pensar que trabajando con animales, haría mucho ejercicio —rió un poco —Además, quisiera hacer investigaciones de cómo les afecta la música. ¿No es genial? Encontré en qué aplicar todo lo que me gusta.

—Bien por ti.

—Onesan…

Las dos jóvenes se volvieron. Endo caminaba tras ellas y por su cara, se veía que había escuchado gran parte de la conversación.

—Sí, ¿qué pasa? —inquirió Mako con tono suave.

—Quisiera… hablar contigo —el joven se veía algo nervioso, pero decidido —Te invito… te invito un helado.

—¡Vaya, extrañaba eso! —se entusiasmó Mako, acercándose a Endo y tomándolo de un brazo —No se diga más, ¿vamos al lugar de siempre?

Endo asintió silenciosamente, algo cohibido porque su hermana anduviera tan efusiva delante de Saragi, quien contemplaba la escena con aire melancólico.

—Muy bien, vámonos —Mako apenas había dado dos pasos cuando sonó una alarma proveniente de su bolsillo. Rebuscó en él, sacó su celular azul y revisó la pantalla —¡Ay, qué lindo! —exclamó por lo bajo, antes de guardarse el aparato —Vamos, Do–chan. Si nos damos prisa, tal vez pueda presentarte a mi novio hoy mismo. ¡Nos vemos, Saragi–san!

Saragi agitó una mano, despidiéndose de los hermanos Sei, sintiendo una pizca de envidia por ellos. Ella no tenía hermanos y en ocasiones como ésa, deseaba haberlos tenido. Encaminándose a donde se hallaba estacionada su bicicleta, se consoló con la idea de que cerca de ella, existía alguien que supliera con creces esa carencia. Aún cuando esa persona ni siquiera lo supiera.

&&&

La semana siguiente, comenzó el Aki–Michi, dando como lugar mucha más actividad en la preparatoria Akiai. En esos días, todos los alumnos trajinaban libremente por toda la escuela. Además, algunos de segundo debían atender sus entrevistas.

—No la tengo complicada —contaba Shinto cuando su entrevista (al día siguiente que las de las chicas Hoshi) concluyó, ya de vuelta en el salón de clases y habiéndose despedido de sus padres, un delgado hombre castaño y una mujer pequeña de larga melena negra —Mis padres quieren que al menos me gradúe.

—¡Qué gran consuelo! —se burló Nagase.

—No quiero ir a la universidad —declaró Shinto con firmeza —Me pondré a trabajar y a investigar cuanta aura se me ponga enfrente.

—Sí que eres extraño, Kano —declaró Funaki, arqueando las cejas.

—No tanto como el que quiere estudiar Diseño de Interiores —soltó Shinto, mirándolo a los ojos penetrantemente, al tiempo que agregaba —Qué aura tan creativa la tuya, Funaki–kun.

A partir de entonces, nadie se atrevió a burlarse de los planes de Shinto.

Muchos de segundo año murmuraron sobre la entrevista de Fuji durante todo el lunes. Y es que desde que supieron que su padre había sido un famoso escritor, les interesaba mucho lo que quería para su futuro. Sin embargo, ademanes bruscos de Nagase y miradas penetrantes de Shinto hacían que se abstuvieran de preguntarle algo al respecto. Parecían los guardaespaldas del castaño.

—Sí que son molestos cuando quieren —rezongó Mezuki el lunes, luego del almuerzo, al estar ayudando a Chiba y Gakusha a coser algunas cosas necesarias para la obra.

Observaba con enfado a Nagase y Shinto, que uno a cada lado de Fuji, procuraban que nadie se acercara con expresión curiosa.

—Deja de meterte donde no te llaman —advirtió Saragi, sentada en una banca a su derecha, ojeando el libreto sin mucho ánimo.

Mezuki iba a replicar, cuando de pronto llamaron a la puerta del aula, abierta de par en par puesto que los estudiantes entraban y salían a cada rato. Antes que alguien supiera quién tocaba, una cabecita rubia se asomó, y su propietario, un niño de ojos castaños y amplia sonrisa, soltó una exclamación de alegría.

—¡Hola a todos! —saludó el niño, que portaba un uniforme escolar marrón con líneas amarillas —¡Hola, Saragi–san! Mezuki–san, ¿estás cosiendo?

—¿Tú qué diantres haces aquí? —soltó de repente Mezuki, indignada.

—Hola, travieso —saludó de pronto Gin, contentísima porque su gemela se molestara —¿Qué haces por aquí?

El niño, ofendido por el tono de Mezuki, se volvió hacia Gin de mejor talante.

—Mi madre y yo venimos a ayudar —respondió.

—¿Qué cosa? —exclamaron las tres muchachas de apellido Hoshi.

—Aishi, no adelantes nada.

Quien pronunciaba aquella orden con voz casi marcial, pero afectuosa, no era otra que Kokoro Hoshi, que aquel día vestía por completo de amarillo pálido, lo que hacía resaltar el color de su cabello. Sus azules ojos recorrieron el salón, donde la mayor parte de los chicos se habían quedado con la boca abierta al verla (incluso se oyó un descarado ¡qué monumento! de parte de Nakada) para finalmente posarse en Mezuki, Saragi y Gin.

—Buenos días —saludó con corrección, inclinando su rubia cabeza —Wodaka nos contó acerca de su obra teatral y quisiera contribuir en algo con sus vestuarios.

—Tenía que ser Wodaka… —suspiró Saragi por lo bajo.

—¡Hola, Fuji–san! —saludó entonces Aishi.

—¡Hola, Aishi–kun! —respondió Fuji, sonriente.

—¿Los conoces? —quiso saber Nagase, estupefacto.

—Sí, claro. Ella es Kokoro–dono, la madre de Wodaka–san, y Aishi–kun es su hermano.

—¿Ella es la madre de la periodista? —se asombro Nagase, recorriendo con la mirada el porte serio y elegante de Kokoro —Pues no parece —declaró al cabo de unos segundos.

—¿Porqué querrá ayudar con el vestuario? —se interesó Shinto, notando cómo Kokoro examinaba los bosquejos y los disfraces confeccionados hasta el momento, dando algunas recomendaciones en el proceso.

—Es su pasatiempo —respondió Aishi, contento —Mi madre diseña ropa cuando no está en la oficina. Una vez hizo un vestido muy lindo que le compró Leonor de Todos los Santos.

—¿Quién? —se le escapó a Nagase.

—¿Hablas en serio? —se sorprendió una chica que estaba cerca de ellos, de cortísimo cabello castaño claro —¡Ella es la actual heredera al trono de España!

—O sea, ¿una princesa? —quiso asegurarse Nagase —¿Hablas en serio, Komori?

La chica asintió, antes de correr con Chiba y sus amigas a contarles aquel chisme.

—Pues sí que cada Hoshi tiene algo interesante, aparte del aura inestable —comentó Shinto, esbozando una sonrisita misteriosa.

—Sí, eso creo —reconoció Fuji.

—¡Eh, Kinokaze–kun! —un chico de cabello negro y lacio lo llamaba desde la puerta. —Te toca la entrevista, ya llegó tu familiar —avisó, antes de retirarse.

Fuji dejó su libreto en su banca, tomó una carpeta roja y salió como vendaval del aula. Ya en el pasillo, fue hacia la oficina correspondiente. Respiró profundamente para acto seguido, llamar a la puerta y abrirla en cuanto oyó que le otorgaban el paso. Había llegado el momento de la verdad.

&&&

—Estás decidido, ¿verdad?

La pregunta de aquel profesor de rostro amable, abundante cabello oscuro y anteojos de armazón delgado no tomó desprevenido a Fuji. Simplemente lo hizo sentirse algo torpe. La entrevista estaba por terminar. Shizuka Shimura, nada alterada por lo que su nieto quería hacer al terminar la preparatoria, contemplaba el desarrollo de ese último diálogo sin intención de intervenir. De hecho, casi ni había hablado más que para dar una breve opinión.

—Ah… Sí —respondió Fuji después de un largo silencio —He estado preparándome, en serio. Cuando llegue el momento… sé que lograré pasar el examen de admisión a la carrera que me interesa. ¿Pasa algo malo, Ugaki–sensei?

El profesor negó con la cabeza, dándole un último vistazo al contenido de la carpeta del expediente de Fuji antes de cerrarla.

—Debes aplicarte un poco más para alcanzar el promedio requerido —contestó sin inmutarse —Además de que… la carrera que tienes en mente es una elección interesante.

—¿Interesante? —se extrañó Fuji. El profesor Ugaki suspiró con aire taciturno.

—No quisiera sacarlo a colación, pero tuviste un padre célebre —comenzó —Me temo que muchos preguntarán porqué su hijo estudia algo que a simple vista, tiene poca aplicación práctica. No obstante —añadió, viendo que Fuji iba a replicar —eso no tiene importancia. Lo que importa es lo que tú quieres, Kinokaze–kun. Tu padre y tu madre no permitirían que fuera de otra forma.

Ante la ligera sonrisa del profesor, el muchacho sólo pudo corresponder con una propia bastante temblorosa, mientras que su abuela miraba al profesor con interés.

—¿Cómo ha estado su padre? —le preguntó.

—Muy bien, Shimura–san, trabajando duro en la editorial —respondió el halagado profesor —Bueno, creo que hemos terminado. Que tengan buen día.

El profesor se puso de pie, siendo imitado al poco rato por Fuji y la señora Shimura. Los tres abandonaron la oficina y luego que el hombre le indicara al muchacho que fuera a su grupo a llamar a Komori, se retiró. Fuji y su abuela se quedaron un momento quietos, sin saber qué decir, pero fue la buena señora quien rompió el silencio.

—Cariño, qué bueno que piensas en el futuro —felicitó.

—Abuela… —tartamudeó el joven, con la cabeza agachada —¿No crees que… debería estudiar otra cosa? ¿O ponerme a trabajar?

—Claro que no —contestó la mujer con cierto aire divertido —Fuji, me sorprendes. Para ser hijo de Kumiko, dudas fácilmente de tus sueños.

—No dudo —rebatió el chico lentamente —Pero es que… No quisiera decepcionarte.

—Yo no tengo porqué preocuparte —sentenció la señora Shizuka, con una débil sonrisa —Y si alguien llega a decirte que haces mal en seguir tu vocación, ¿recuerdas lo que decía tu padre? Que quien ignora lo que quiere…

—… Se ignora a sí mismo —completó Fuji, alentado —Gracias, abuela —susurró al darle un cariñoso abrazo.

—De nada, me agrada ser útil. A propósito, expedí el cheque que me pediste y compré todo lo de la lista que me llevaste la semana pasada. Puedes pasar a recoger tus cosas cuando quieras.

—Iré hoy mismo —avisó Fuji, para luego llevarse una mano a la frente —¡Lo olvidaba! Tengo que llamar a Komori–san. Espera un momento, abuela, así te acompaño a la salida.

—No hace falta, cariño. Puedo ir sola.

—Pero es que…

—Fuji, ¿terminaste?

Gin caminaba por el pasillo, cargada de varios pliegos de papel de diversos colores.

—Sí, voy a llamar a Komori–san —contestó, para enseguida volverse hacia su abuela —Nos veremos esta tarde, ¿de acuerdo?

La señora asintió y Fuji corrió a su salón, pasando a un lado de Gin, quien lo siguió con el ceño fruncido y acomodándose los pliegos en los brazos. La señora Shimura sonrió, pero al segundo siguiente su rostro se ensombreció, antes de emprender la marcha hacia el exterior.

&&&

Los ensayos del grupo 2–C terminaron temprano y cada alumno se retiró pensando que todo saldría perfectamente el día de la representación. En tanto Mezuki se quedaba charlando con algunas amigas, Saragi consultó su reloj y se fue anunciando que iría a visitar a sus padres. Gin se colgaba la mochila al hombro cuando escuchó que Fuji la llamaba.

—Gin–san, ¿estás libre?

—¿Perdón? —se sorprendió la pelirroja, mirándolo con ojos muy abiertos.

—Es que… quisiera que habláramos camino a casa —se excusó Fuji con una sonrisa —Quería saber si tenías práctica del club o no.

—No tengo prácticas durante el Aki–Michi —le recordó Gin.

—Ah, bien. En ese caso, vámonos.

La joven asintió, se ajustó un tirante de la mochila y comenzó a andar. Fuji, tras ella, soltó un imperceptible suspiro de alivio antes de seguirla. Pasados unos minutos, estando ya en la calle, el chico hacía numerosos esfuerzos por iniciar la conversación y aunque Gin se dio cuenta de ello, no dijo nada. Siguió patinando a paso lento, fijándose de vez en cuando en algún detalle insignificante del camino, hasta que escuchó la voz de Fuji que decía.

—Iré a la Akitensai a estudiar Historia.

—¿De verdad? —se interesó Gin sinceramente, aligerando el paso un poco más.

Fuji asintió, pero no se giró a verla para no desviar su bicicleta del camino.

—Quiero saber la historia del mundo para enseñarla algún día —continuó con seriedad —Me gustaría ser profesor.

—Suena interesante —admitió Gin, que imaginó a un Fuji vestido de traje y corbata ante un montón de personas, explicando el pasado de distintas culturas.

—Pero el examen de admisión de esa carrera requiere saber un segundo idioma. Así que renuncié al trabajo para tomar un curso de inglés intensivo y estar preparado.

Vaya, al menos ahora Gin ya sabía porqué había dejado el Akimomo.

—Es que la carrera da la opción de un intercambio estudiantil un año antes de graduarte.

La visión de Fuji dando una clase fue reemplazada en la mente de Gin por una de él agitando una mano con vigor, diciéndole adiós. Eso la hizo sentirse tan triste…

—El intercambio es a alguno de los países que se consideran cuna de la civilización —seguía contando Fuji, ahora con acento ilusionado —Quisiera ir a Grecia, ¿sabes? Conocer el Partenón, Atenas, la… ¿Gin–san?

Fuji detuvo su bicicleta, confundido. Gin se había quedado parada un par de metros atrás, sin que él lo notara, con una mano estrujándose el nudo de la corbata.

—¿Gin–san? —llamó Fuji, preocupado —¿Te sientes bien?

Ella asintió un par de veces con la cabeza, sin verlo a la cara.

—¿Segura? —insistió el muchacho.

—Yo… también quisiera ir a la universidad —murmuró la joven con congoja —Lo dije en la entrevista, incluso le mostré a Igarashi–sensei los datos de la carrera que me interesa, pero… —tragó saliva —Nunca podré hacerlo. Sólo lo dije para que no hicieran preguntas incómodas. Es que… Terminando la preparatoria… Yo no tengo nada qué hacer.

—¿Nada qué hacer? —Fuji arqueó las cejas, presintiendo el rumbo que tomaría aquella plática —¿A qué te refieres?

—Yo… soy la segunda de Géminis, ¿correcto? —espetó Gin, desesperada —¡No tengo opciones! Sólo soy un monstruo que merece estar aislado, y eso me espera: una vida de encierro para que… para que jamás vuelva a dañar a nadie.

Fuji observó cómo los ojos de Gin se llenaban de lágrimas que ella intentaba ocultar y se sintió sumamente mal. Apretó los puños, furioso por lo que querían hacerle, y casi sin pensar en lo que hacía, le tomó una mano con delicadeza.

El torbellino de viento no tardó en hacerse presente, por lo que Fuji echó una rodilla en tierra para quedar a la nueva altura de Gin. La ahora niña lo veía con asombro, y más al sentir la manita que él le sostenía y pegaba a una de sus mejillas.

—Mírame —pidió Fuji con los ojos cerrados, disfrutando el contacto de la mano de Gin —A mí no me haces daño, Gin–san.

Ella lloró más, pero ahora sus labios se curvaban de manera entrecortada en una débil sonrisa. Inclinó la cabeza, queriendo ocultar sus enrojecidos ojos, pero Fuji le tomó la barbilla con la mano libre y la obligó a mirarlo.

—Gin–san, no importa lo que otros digan —le dijo con una sonrisa afectuosa —Aún si mañana te murieras, debes luchar por tus sueños ahora. Si no, te arrepentirás por siempre.

—Pero… —intentó replicar.

Fuji negó con la cabeza.

—Nada de peros —ordenó él —Papá decía que quien ignora lo que quiere, se ignora a sí mismo. Y mamá decía que si querías algo y no luchabas por conseguirlo, eras un completo idiota. Yo les hago caso y no me ha ido tan mal.

Gin no pudo evitar reír por lo bajo por semejante filosofía, cosa que sin saberlo, hizo que a Fuji se le ensanchara el corazón. Él quería lo mejor para Gin, que ella fuera feliz, libre de vivir como quisiera, de convivir con las personas… Y pensó, con una pizca de dolor, que si llegaba a lograrlo sin él, de todas formas se alegraría.

—Gracias —oyó que decía la vocecita de Gin —¿Sabes qué carrera quisiera…?

—Quieres —corrigió Fuji, sosteniéndole la manita ahora con las dos propias.

—Quiero… Quiero estudiar Literatura —reveló con gesto nervioso —Suena bien para alguien que se libra de esa materia siempre que puede, ¿no?

Fuji se echó a reír y antes que Gin lo viera venir, el muchacho la alzó en brazos.

—Sólo por eso mereces un helado —le dijo con entusiasmo —Vamos por él y después te invito a ver a mi abuela. Le caíste bien.

Gin, sonrojada pero dichosa, asintió vigorosamente. Con Fuji, hubiera ido hasta ese país, Grecia, que a él lo ilusionaba tanto.

Quien ignora lo que quiere, se ignora a sí mismo. Y en mi futuro… te quiero a ti. Así que si no lucho por conseguir tu amor, seré completamente idiota.

Desconectado Daniela

  • Sargento Segundo
  • *
  • Mensajes: 283
  • KI: 7
  • Sexo: Femenino
  • Desciende sobre mi como la brisa
Re:Telaraña [28/52 + Omake 1/7]
« Respuesta #105 en: Enero 19, 2012, 11:15:49 am »
guaaaaaa tengo que ponerme al dia
muchas gracias


 

Desconectado BYFO

  • CLUB DE CABALLEROS
  • ***
  • Mensajes: 359
  • KI: 2
  • Sexo: Masculino
  • Lo único q puedo brindar es mi amistad sincera :)
    • Lineage Varka
Re:Telaraña [28/52 + Omake 1/7]
« Respuesta #106 en: Enero 19, 2012, 12:21:45 pm »
Uffff esta muy buena  me toco ponerme al dia de las nuevas cosas que estan
apostando todos :) :H:


Quisiera vivir en un mundo en donde la vida fuese un juego. "Sword Art Online"

 

Desconectado THB Potter

  • CABO
  • *
  • Mensajes: 106
  • KI: 1
  • Sexo: Femenino
  • ... Los que destacan son los bichos raros.
    • Mi blog, ¡bienvenidos sean!
Re:Telaraña [29/52 + Omake 1/7]
« Respuesta #107 en: Enero 19, 2012, 10:13:12 pm »
Veintinueve: La representación.

El Festival Yuri–Hime por fin llegó, y muchísimas personas acudieron a la Akiai para pasárselo en grande. Lo primero que llamaba la atención era la manta que colgaba en la entrada, a modo de letrero, donde se leía Bienvenidos al Festival Yuri–Hime. Prepárense para lo que sea.

—Eso… me da miedo.

El comentario surgió de Konoha, que leía la manta no muy convencida de querer entrar. Iba de la mano de su hermano Kuren, quien sonrió conciliadoramente.

—No te preocupes, Kono–chan —la animó —Nosotros nos aparecimos por aquí el año pasado y no estuvo tan mal, ¿verdad, chicos?

Se volvió hacia Gurazu, al que halló haciéndose el interesante ante un grupito de chicas de primer año, y hacia Hatsu, que mostraba su habitual aire indiferente.

—Esto es genial —elogió Aishi, observando a su alrededor y sosteniendo en las manos una pequeña cámara de video —Y ya verán la obra de las chicas, sobre todo con los disfraces que les hizo mi madre, son…

—¿Kokoro–dono ayudó en eso? —Fumihi, que ese día parecía guardaespaldas de Aishi, dio un respingo, acomodándose una bufanda anaranjada que traía enrollada en el cuello —Entonces no podemos perdérnoslo, ¡vamos a buscar un asiento, antes de que nos ganen!

—Cálmate, Fumi–chan —rogó Zukure, ataviada de manera pulcra con un vestido rosa claro que le llegaba por debajo de las rodillas, casi oculto por un grueso abrigo rojo de orillas blancas. Se llevó una mano a la cabeza, se quitó el gorro rojo que lucía en ella y sonrió —Iremos todos juntos, para no perdernos.

—Zukure, ¿no va a venir Wodaka? —intervino Hatsu de pronto, luego de admirar hasta hartarse lo que exponía de mercancía un puesto de recuerdos alusivos al mar.

—Tenía un compromiso con un periódico, pero quedó de darse una vuelta cuando se desocupaba. Por cierto, Hat–kun, ¿cómo está Shi–kun?

—Bien, cree llegar a tiempo a ver la obra, si es que no surge una emergencia en el Akishiro.

—¡Miren, miren! —exclamaron Fumihi y Aishi, que ya los habían adelantado —¡Es el puesto de las trillizas!

Suspirando con resignación, los demás Hoshi los siguieron. Al pasar, causaban suspiros y murmullos emocionados, especialmente los chicos, pero algunas personas se sobresaltaban por los arrebatos de Aishi, que era secundado por una alegre Fumihi. Kuren y Konoha eran los más tranquilos, aunque también reían de vez en cuando por las ocurrencias del niño rubio y su pecosa acompañante. Así las cosas, entraron a un aula de la planta baja, donde el grupo de Itoya, Umei y Kyouseitekina se encargaba ese año de vender onigiris de todos los sabores y formas imaginables. Las trillizas, vestidas de manera idéntica con un vestidito blanco y delantal negro, recordaban unas extrañas onigiris vivientes.

—¡Pasen, por favor, pasen por aquí! —pedía Umei, agitando su rojo cabello, recogido en ese momento en una alta cola de caballo.

—¡Cocinamos toda clase de onigiris especialmente para ustedes! —siguió Itoya, riendo gentilmente y mostrando un elaborado chongo rubio cada vez que movía la cabeza en dirección a los posibles compradores.

—Y se llevarán una onigiri de sabor sorpresa en la compra de las dos primeras —afirmó Kyouseitekina, haciendo zigzaguear a su espalda su oscuro cabello recogido en una larga trenza —¿Sobrevivirás o morirás? ¡Eso lo sabrás al comprar!

—Hola, chicas —las saludó Kuren, llevando a Konoha con él. La niña, algo cohibida, admiró respetuosamente a las trillizas —¿Cómo les va, eh?

—¡De maravilla! —respondió Umei.

—Hicimos las onigiris y los uniformes con muchas ganas —contó Itoya.

—Será un gran día para las onigiris, ¡más con los sabores sorpresa! —agregó Kyouseitekina, encogiéndose de hombros.

—Quiero tres.

La orden vino de Nagase Haraki, que para susto de Konoha, portaba un atuendo bastante extraño: unos harapos que semejaban ropas campesinas de varios siglos atrás. Pero resultaba un anacronismo que el joven no se hubiera quitado la corbata del uniforme y que mostrara una cartera en dirección a Kyouseitekina.

—Por favor, de prisa, que tengo que irme —pidió Nagase lo más amable que pudo —Mi grupo presentará su obra en media hora y no desayuné. ¡Demonios, tengo hambre! —rugió, llevándose una mano al estómago y con cara de golpear al primero que se le pusiera enfrente.

—Esperarás un minuto, tendré que surtir tu pedido —advirtió Kyouseitekina, sin intimidarse ante el rubio —¿De qué querrás tus onigiris?

—Ah… Una de salmón, una de umeboshi y…

—Y la tercera, será sorpresa por nuestra promoción —concluyó Kyouseitekina por él —Vendré en unos minutos —y acto seguido, se retiró.

—Qué chica tan loca —masculló Nagase, malhumorado, aunque la siguió con la vista hasta que desapareció tras el mostrador del puesto.

—¡Haraki, deja la comida! —le soltó de pronto Esaki, entrando al salón en ese momento, él también vestido como campesino antiguo —Necesitamos ayuda con la escenografía.

Nagase frunció el ceño y estaba por mandar al diablo a Esaki y sus quejas cuando Kyouseitekina regresó, con tres onigiris perfectamente envueltas.

—Deberás pagar ahora, por favor —le recordó, al ver que Nagase estaba por irse sin haberle dado nada de dinero.

—Lo siento, se me olvidaba —el rubio abrió la cartera, sacó un par de billetes y se los entregó —¿Así está bien? —inquirió.

—Ahora te buscaré el cambio —asintió la chica, dando media vuelta.

—No, quédatelo, será tu propina —ofreció Nagase —Y por cierto, ¿no quieres ir a ver la obra sobre el cuento de Akiyuri? Ahí salgo yo.

Kyouseitekina lo observó con detenimiento, para acto seguido sonreírle.

—Veré si podré —prometió, para acto seguido marcharse con sus hermanas.

Nagase sonrió satisfecho y abandonó el salón.

—Le gustaste a ese chico, Kina–nesan —afirmó Itoya.

—Se ve simpático —apuntó Umei, sonriendo ampliamente.

—No tendré novio por el momento —sentenció severamente Koyouseitekina.

Las otras dos estallaron en carcajadas.

En tanto, en donde se había montado el escenario para las representaciones, había mucho movimiento. Los Hoshi, luego de saludar a las trillizas y comprar algunas onigiris, habían ido a ocupar casi toda la primera fila. Aishi revisaba que su cámara no fallara auxiliado por Fumihi, Kuren y Konoha leían un programa que les habían entregado al llegar a la estancia, Gurazu saludaba galantemente a un par de chicas que lo miraban con admiración y poco después, las trillizas se les unieron, seguidas de Hatsu y sorpresivamente, Juniga, que con las mejillas rojas, respiraba sofocadamente.

—Acabo… de llegar —se excusó Juniga, sentándose en el asiento libre que quedaba entre Konoha y Gurazu —Hola, Gura–san… Kono–san… Ku–san…

Mientras que Gurazu le pasó una mano por el cabello juguetonamente y Kuren le dedicó un simple gesto de cabeza, Konoha le sonrió amablemente.

—Ah, hasta que te veo —comentó Hatsu, al tomar asiento justo tras Kuren —¿Cómo has estado, Juniga?

El niño asintió, al tiempo que levantaba un pulgar en señal de aprobación. Se escuchó una voz, que tras bambalinas, hacía la segunda llamada, y fue el momento justo para que varios murmullos masculinos captaran la atención hacia la entrada de la sala, por donde entraban en ese momento Kokoro y su hija mayor, Wodaka.

Las dos llevaban sus largos cabellos rubios completamente sueltos, pero en atuendo diferían enormemente: Kokoro portaba un discreto conjunto de pantalón y saco color verde olivo, combinado con una blusa color crema y joyería sencilla de oro. En cambio, Wodaka llevaba una minifalda roja, una entallada blusa negra y una chaqueta roja de un material lustroso y llamativo, con joyería negra de fantasía por accesorios. Ambas mujeres, a pesar de ser altas, llevaban tacones: Kokoro en unos zapatos clásicos de tacón de aguja y Wodaka, en unas botas negras de tubo largo.

—¡Madre! —llamó Aishi en cuanto las vio, provocando varias miradas de envidia en los varones presentes —¡Onesan! —más miradas envidiosas —¡Por acá!

Las dos rubias sonrieron y fueron a acomodarse en la misma fila que Hatsu, quien las observaba con ojo crítico.

—Sí que son madre e hija —comentó —Se parecen bastante.

—No empieces, Hatsu —recriminó suavemente Wodaka, dedicándole una sonrisa —A propósito, supe que te gradúas esta primavera, ¡felicidades!

Hatsu inclinó la cabeza en señal de agradecimiento.

—Ya quiero ver cómo quedaron los trajes —dijo en ese momento Kokoro.

—Seguro quedaron bien, madre —tranquilizó Wodaka —El niño estuvo dos días sin dormir terminando el vestuario de…

—Qué amables —soltó una voz ligeramente dolida tras ellos, mezclada con sarcasmo —Gracias por avisarme, en serio. Si no fuera por Shi–kun…

Los Hoshi de la segunda fila se volvieron para encontrarse con Miyizu, que los miraba de brazos cruzados, junto a Shigu, que se encogía de hombros y se sentaba con toda calma. Por el hecho de que traía puesta su bata blanca, se veía que recién había salido del hospital.

—Ah, hola, Miyizu —saludó Hatsu, sin darse por enterado del enfado de su primo —Creí que no vendrías.

—No iba a venir porque no estaba enterado —rezongó Miyizu, tomando asiento —Pasé al Akishiro acompañando a un compañero del club que se lesionó una rodilla y cuando vi a Shi–kun, él me habló de esto. Así que vinimos juntos.

—No hay de qué —dijo Shigu entonces, uniéndose a la conversación —Yo lo que quiero es ver qué tal se le da actuar a las chicas. Estará para reírse.

—Tú sí eres de los míos —Gurazu, desde la primera fila, acababa de ver a sus primos de la tercera y se giró para proseguir —Shigu, ¿ya está lista nuestra excursión de invierno?

Shigu le guiñó un ojo

—Un fin de semana esquiando en los Alpes suizos, a la orden —respondió.

—Espero que no olviden el solsticio hiemal —intervino severamente Kokoro.

—Descuide, Kokoro–dono. Estaremos de vuelta justo a tiempo —prometió Gurazu con una sonrisa muy grande —Será antes del solsticio, así que…

—¡Miyi–kun! —exclamó efusivamente Fumihi, que había torcido el cuello para saber con quién hablaba Gurazu —¡Qué gusto verte! Creí que tenías práctica del club.

—Tuvimos que suspenderla, un compañero casi se rompe la pierna —contó Miyizu, dedicándole a la castaña una tierna sonrisa —¡Hola a todos! —agregó, cuando sus demás parientes se percataron de su presencia.

—Hola, Miyi–kun —saludó verbalmente Zukure, la única que le correspondió de esa forma —Hola, Shi–kun.

Shigu inclinó la cabeza amablemente, sonriendo apenas ante Zukure. Gurazu y Aishi notaron eso, y al igual que Fumihi, rieron a carcajadas.

—¿A ustedes qué les pasa? —quiso saber Umei, arqueando una ceja.

Itoya no se enteró porque leía un programa, y Kyouseitekina estaba muy ocupada en examinar el escenario, esperando que iniciara la obra de una vez.

En ese momento, las luces disminuyeron su intensidad y los pocos murmullos existentes empezaron a apagarse. A continuación, la voz tras bambalinas anunció.

—Tercera llamada, tercera. Tercera llamada, ¡comenzamos!

Unos breves aplausos se dejaron oír cuando una luz intensa cayó sobre el centro del telón, la cual dejaba ver un curioso letrero: El 2–C presenta: Érase una vez en Akiyuri, provocando que algunos cuchichearan qué clase de título era ése. Después, el telón se abrió, dejando ver el escenario casi a oscuras, decorado como un campo de trigo.

—Había una vez, en una lejana era —habló Chiba, con micrófono en mano. Un reflector la iluminó y pudieron ver su vestimenta, un sencillo kimono marrón con dibujos de hojas verdes —Cuando los árboles cambiaban del frondoso verde al mustio marrón, un rey avisó a sus sirvientes que iría a presenciar la cosecha de sus campos acompañado de su única hija. Los campesinos, que amaban a su rey, se pusieron contentos con la noticia e iniciaron la cosecha con todas sus ganas…

Señaló con una mano el campo de trigo del escenario, ahora iluminado, y pudo verse a algunos chicos vestidos de campesinos antiguos haciendo amago de levantar la cosecha.

—¡Vamos, vamos, que no tenemos todo el día!

La exclamación, autoritaria pero animada, provino de Nagase, con mucho el más alto de sus compañeros campesinos que segaban. Estaba de pie en el extremo del escenario contrario al de Chiba, haciéndola de capataz.

—Deberías ayudarnos —masculló con hastío Esaki, uno de los que segaban.

—Deja de decir bobadas y trabaja —espetó Nagase.

Muchos que conocían el cuento de Akiyuri sabían que eso no era parte original de la historia y pensaron que tal vez, ese año verían una representación completamente distinta a las acostumbradas en la preparatoria Akiai.

—¡Miren, se acerca el rey! —exclamó de repente Nakada, otro campesino.

Poco después, detrás de Chiba, surgió algo que pretendía ser una especie de carruaje, elegantemente decorado con infinidad de telas que dejaban un hueco que presumía ser la ventanilla, a través de la cual se podía observar a un joven de cabello negro y ojos violetas. Su aire indiferente hizo que el público arqueara con escepticismo una ceja.

—Vaya, qué buenas auras tienen mis sirvientes —fue la primera frase de Shinto Kano en su papel del rey, lo que dejó con la boca abierta a la mitad de la concurrencia —Mira, hija mía, cómo se afanan en hacer sus labores.

Por la ventanilla se esperó ver otro rostro, pero los segundos transcurrieron sin que nada pasara. Enseguida, Shinto sonrió maliciosamente y dijo.

—Hija, saluda a los campesinos o te enfrío el aura.

¿Está amenazando a su hija?, se preguntaron los asistentes con incredulidad.

—Ya voy, ya voy —se escuchó la voz resignada de una joven, para luego dar paso en la ventanilla a una pelirroja de ojos plateados cuyo cabello estaba recogido en un chongo adornado con una peineta de lirios blancos y rojos —Sí, me doy cuenta. Te complacen bien, padre —dijo la pelirroja, sonriendo levemente y con acento cariñoso, bien metida en su papel.

Los Hoshi del público, a excepción de Juniga, se quedaron impresionados ante la actuación de Gin. Y más considerando que tenía el papel de la protagonista contra su voluntad, como no tardó en hacerles saber Wodaka, enterada del detalle por las múltiples charlas sobre la obra que había escuchado en casa.

—Ahora bajemos a saludarlos —ofreció Shinto.

Gin asintió y se vio cómo los dos bajaron elegantemente del carruaje para andar entre el trigo, haciéndoles gestos benevolentes a los campesinos. Y antes que quedaran ocultos a medias entre las espigas falsas del escenario, varios espectadores masculinos silbaron de gusto ante el aspecto de Gin.

La pelirroja lucía un kimono bastante recargado, como le correspondía a la hija de un rey, de color rojo y flores doradas bordadas. Al cuello, un collar de cuentas blancas combinaba perfectamente con algunos detalles del cinturón y los diminutos destellos de sus aretes rojos de lirios, que se negó en redondo a quitarse a pesar de que resultaba un anacronismo para la obra. En una mano, sostenía un abanico de papel con el dibujo de unos lirios rojos con el que se cubría parte del rostro, maquillado acorde con la ocasión, con la cara casi blanca, los labios muy rojos y los ojos bien delineados de negro. Los chicos del público no dejaban de lanzarle piropos, lo que hizo que Gin usara el abanico para cubrirse la cara, que por el maquillaje, apenas podía notarse que se había puesto roja de vergüenza.

Shinto, ajeno a los comentarios de extrañeza sobre su kimono negro con bordados dorados, siguió metido en su personaje, hasta llegar con Nagase, que lo veía pensando que nunca cambiaría.

—Buenos días, mis buenos sirvientes —el rey (Shinto) se inclinó levemente ante ellos —Están haciendo un buen trabajo, ¿saben? Y por eso quiero que conozcan a mi hija Yuri, a la que llegarán a servir algún día.

—Buenos días tenga usted, Yuri–hime —saludaron los campesinos al unísono y se inclinaron atentamente, incluso Nagase, que había quedado de verdad sorprendido de lo cambiada que lucía Gin ya caracterizada.

La chica asintió, bajando un poco su abanico para que alcanzaran a verse sus ojos, los cuales dirigió a Nagase, que en ese momento levantaba la vista.

—Y en ese momento, el más respetado de los campesinos y la sencilla princesa quedaron irremediablemente enamorados —narró Chiba, adoptando un tono cursi que provocó muecas entre la audiencia —Les bastó una mirada para sentir algo especial el uno por el otro.

—A sus pies, princesa —dijo Nagase, adelantándose y arrodillándose ante Gin, para luego mascullar con fastidio —Porque no me queda más remedio.

Lo último fue audible para todos, quienes ya estaban viendo que el campesino principal no era como decía originalmente la historia.

—Gracias —siguió Gin, ocultando con el abanico la mueca de disgusto que le surgió porque Nagase se saliera del libreto —Sean bienvenidos usted y sus compañeros al palacio cuando quieran.

Nagase asintió, haciendo ademán de tomarle una mano a Gin, pero ésta sujetó su abanico con ambas manos, aparentando un ataque de pudor.

—No debería intentar tocar a una princesa sin su consentimiento —advirtió Gin con toda la amabilidad que pudo, sonriendo socarronamente —Ahora, padre, hay que irnos. Tenemos más campos qué visitar.

Y dio media vuelta, dejando desairado a Nagase y a los asistentes esperando una romántica prueba de cariño.

—Onesan… es lista —susurró Juniga con admiración

—Cualquiera pudo hacer eso —apuntó Kuren.

Nagase se levantó, se sacudió el pantalón del traje y masculló.

—No vuelvo a ponerme a los pies de una chica.

Eso dejó helado a todo el mundo.

—Mi hija es buena —reconvino Shinto, sonriendo —Pero un poco loca.

Eso también dejó sin palabras a los demás.

—Su Majestad, le llevaremos la cosecha la próxima semana —avisó Esaki con prisa.

Era evidente que intentaba salvar la escena.

—Muy bien —aceptó el rey —Los veré en palacio en una semana.

Se despidió de todos con la mano derecha, que mostró su muñequera azul de costumbre (sí, tampoco hubo forma de convencer a Shinto de quitársela), “subió” a su carruaje con Gin y ambos se marcharon, dejando a los campesinos seguir con su trabajo. Chiba se aclaró la garganta (había quedado nerviosa por aquellos desvaríos de los actores).

—La semana transcurrió y los campesinos se prepararon para llevarle su cosecha al rey —contó, mientras caía el telón —Mientras, éste le comunicaba a su hija que el día de la fiesta de las recolecciones, le sería presentado un joven caballero que se convertiría en su esposo. La princesa, como era obvio, no estuvo muy de acuerdo.

El telón volvió a abrirse, mostrando esta vez lo que parecía el salón principal de un espléndido palacio, con lámparas de papel en el techo y en un extremo, el trono del rey, al cual estaba sentado Shinto, con un kimono distinto al anterior pero igual de negro (cosa que los espectadores encontraron un tanto escalofriante), y a cuyos pies, en actitud de súplica, se encontraba Gin, sin maquillaje, con un kimono blanco más sencillo que el primero, de bordados rojos. Su peineta de lirios y sus aretes seguían en sus sitios, igual que el abanico en su mano.

—Padre, no puedes hacerme esto —rogaba la princesa, juntando las manos con gestos de tristeza —¿Cómo puedes querer que me case con alguien que ni siquiera conozco? ¡No es justo! —increpó, inclinando la cabeza.

—Ese caballero es rico y generoso —explicó el rey sin inmutarse —Serás muy feliz con él, hija. Al menos espera a tratarlo.

—Pues lo trataré, pero no lo querré —espetó la joven con furia y salió de escena con toda la rapidez que le permitía su kimono, no sin antes arrojarle su abanico al rey a la cara, para sorpresa tanto del público como de los compañeros de grupo de Gin.

Se vio al rey negar pesadamente con la cabeza antes que el telón lo cubriera.

—La princesa no quería casarse obligada, y menos después de conocer a aquel apuesto campesino —narró Chiba, a manera de aclaratorio para la escena recién vista —Se fue a sus aposentos a desahogar su frustración y lamentando su suerte.

El telón ahora mostró al correrse una recámara lujosa de antaño, y sentada a un tocador que supuestamente era de oro (pero que se notaba a leguas su forro de papel metálico dorado), la princesa contemplaba su reflejo en un espejo ovalado, iracunda.

—No voy a decirle “muérase” a mi padre, ¡pero que se vaya al infierno!

Unas risitas se escucharon desde la segunda fila del público al oír tal frase.

—Muy amable de su padre, Alteza —elogió con voz seria una figura en la esquina, que salió a la luz y dejó ver una joven de kimono de sirvienta azul, cinturón gris y larga melena color azul plateado atada en una coleta baja.

Su frase causó revuelo entre la concurrencia, ¿eso era ser amable?

—Sin embargo, enfadarse no soluciona nada. ¿Qué hará con ese compromiso? —prosiguió la joven sirvienta.

—¡Es Sara–chan! —reconoció Fumihi, asombrada.

—No lo sé —confesó Gin, dedicándole una mueca a Saragi, la chica de kimono azul —A veces detesto ser una princesa, siempre viendo por los demás. Seguramente has oído algo de porqué mi padre quiere casarme con ese fulano al que ni siquiera he visto.

La expresión fulano sonó extraña en el contexto de la historia, pero el público la dejó pasar. Sobre todo los hombres presentes, que le silbaban zalameramente a Saragi.

—El pueblo ha tenido mala suerte —respondió la sirvienta con gesto melancólico —Sus mercancías ya no se venden como antes. Si no fuera por las buenas cosechas, no tendrían ni qué comer este año.

La princesa bufó de indignación, abandonó su tocador y dio vueltas por la habitación, con expresión meditabunda.

—Sé que debo velar por mi pueblo —afirmó, sin dejar de caminar en círculos —Pero me niego a un matrimonio por conveniencia.

—Pero si así se ha hecho siempre —se sorprendió la joven de azul.

—Me importa un bledo —renegó la princesa, cosa que los asistentes advirtieron como palabras no muy propias de la realeza.

La sirvienta de azul negó con la cabeza, resignada.

Se cerró el telón y Chiba volvió a intervenir.

—La fiesta de las recolecciones por fin llegó, el palacio fue engalanado para la ocasión y el rey recibió a sus invitados en compañía de su hija, que sentada a un lado de su padre, veía todo con indiferencia. Su fiel sirvienta la acompañaba, intentando animarla, pero ella seguía sin ánimo. Por fin, luego del sonido de un tambor, se anunció que el caballero elegido para la princesa había hecho acto de presencia.

Volvió a aparecer el escenario del salón real, y se vislumbró a Shinto en el trono del rey, sentado con serenidad, y con su tercer kimono negro de la obra (los asistentes ya iban notando que ese chico no era muy normal), esta vez con más adornos que nunca y bordados dorados, y en un cojín a su lado, Gin se veía sentada con corrección, maquillada como en la primera escena, con un kimono marrón bordado de rojo y dorado. Y la peineta y los aretes seguían ahí, aunque el abanico había vuelto a su mano algo maltratado. Saragi iba peinada con un chongo alto y luciendo un kimono azul claro muy elegante, que daba a entender que era el uniforme de gala de la servidumbre.

En ese momento, por detrás de Chiba, entró a escena un joven ataviado con un traje a la vieja usanza de un hombre rico que ha sido guerrero toda su vida, incluyendo una espada al cinto de empuñadura plateada y funda negra. La mayoría de su atuendo era gris, con adornos blancos, igual que la cinta que tenía atada a la frente. Muchos creyeron que esos colores desentonaban con el color de cabello del muchacho, un castaño rojizo medio raro, pero no dejaron de admirar su porte, que no perdió ni cuando se arrodilló humildemente ante el rey.

—Como prometí, señor, vengo a conocer a su hija —saludó con toda formalidad.

El rey sonrió, complacido, mientras que la princesa recorría de arriba abajo al recién llegado con ojos muy abiertos, tapándose la mayor parte del rostro con su abanico. Y no era para menos, pues Gin se había quedado boquiabierta al ver a…

—¡Miren, ya salió Fuji–san! —se emocionó Aishi, hablando en voz muy baja, enfocando su cámara lo mejor que podía.

—¡Kinokaze–san, qué guapo estás! —exclamó Fumihi lo suficientemente alto como para ganarse que la callaran desde las filas traseras.

—¡Así se hace, Kinokaze–san! —animó Gurazu, que fue acallado igual que Fumihi.

—Se ve realmente bien —alabó Zukure, sonriendo.

—El traje quedó perfectamente —se congració Kokoro —¿Qué opinas, Wodaka?

—Madre, ahora sí te luciste con el diseño —aseguró la rubia aludida.

—Kinokaze–san… se ve muy bien —admitió tímidamente Konoha, sonrojada.

—A mí me agrada más ver la expresión de Gin —le musitó Hatsu a una chica a su izquierda, puesto que a su derecha, Kokoro y Wodaka se habían enfrascado en una queda disertación sobre ropa —De seguir así, se le notará lo enamorada que está.

La joven rió lo más bajo que pudo, con una agradable sonrisa dedicada a Hatsu, quien le correspondió con una propia.

—Aquí la tiene, Michi–san —el rey señaló a su hija, quien todavía no parecía recobrarse de la impresión, así que añadió —Y discúlpela por no saludar. Es la emoción por la boda.

La palabra “boda” le recordó a Gin dónde estaba y qué hacía, por lo que creó un gesto desdeñoso dedicado a Fuji, que en su personaje, debía mostrarse confundido, para luego ponerse de pie y avanzar hacia ella como si nada.

—A sus pies, Yuri–hime —le dijo, extendiendo una mano y tomando, sin que nadie lo notara, la muñeca de Gin en vez de su mano, para acto seguido depositar un beso en ésta —Estoy seguro que seremos felices.

Gin se puso roja, pero disimulándolo con su abanico, frunció el ceño y retiró su mano del contacto de Fuji.

—Pues yo no, señor, porque no consiento que se me trate como mercancía.

—Princesa, ni se me pasaría por la cabeza tratarla así —replicó el caballero.

—Pues así lo siento, por lo que me disculpo si lo ofendí con mi comentario.

El caballero negó con la cabeza y estaba por hablar cuando el mismo que había anunciado su llegada (Funaki, vestido de soldado), avisó que los campesinos entraban a la explanada del palacio con la cosecha prometida. Sabiendo que era su señal, Gin se levantó del cojín que ocupaba y se volvió hacia su sirvienta, que había observado aquella escena con expresión suspicaz.

—Anda, quisiera ver la entrega de la cosecha —ordenó la princesa.

A la sirvienta no pudo más que seguir a su señora, imitadas por el rey y el caballero al poco rato. Cerraron la marcha Funaki y otro compañero, también vestido de soldado antiguo.

El telón se corrió de nuevo, dejando a Chiba relatar lo que seguía.

—La princesa reaccionó rápidamente ante la presencia de los campesinos, deseando que quien rondaba sus pensamientos estuviera entre los que habían llegado. Y efectivamente, la chica lo encontró en cuanto lo vio, y se las arregló para que su sirvienta le llevara un mensaje.

El telón dejó ver una explanada, rodeada de edificios antiguos y majestuosos (pintados cuidadosamente en el fondo) y mientras la princesa y su padre saludaban a los campesinos en una esquina, en otra medio escondida Saragi, que con gesto cansino, charlaba con Nagase.

—Su Alteza desea que sepa sus sentimientos —decía —Que siente por usted un cariño profundo y no aceptará la propuesta de matrimonio de Michi–san. Así que quiere saber cuáles son sus sentimientos, y si puede albergar alguna esperanza.

—En primer lugar, eso no creo que le importe de verdad —dijo el campesino, entre incrédulo y pasmado —Y en segundo lugar, ¿cómo puedo yo, un simple trabajador de la tierra, aspirar a semejante persona como lo es la Yuri–hime? Ella es demasiado para mí —agregó, llevándose una mano al pecho en actitud de sufrido enamorado, pero con movimientos tan exagerados y ademanes tan melodramáticos que causó algunas risas entre la multitud.

—En ese caso, si de verdad le corresponde —prosiguió la sirvienta —su Alteza solicita que esta noche, cuando termine la fiesta, vaya al pie de su ventana. Le está solicitando que se la lleve y la haga su esposa.

Al campesino se le descompuso el semblante, para acto seguido, sonreír.

—¡Muchísimas gracias! —impulsivamente, abrazó a la sirvienta, que lo veía como si se hubiera vuelto loco —¡Al fin algo de acción!

—Sí, claro —convino la sirvienta, dedicándole un gesto desdeñoso por salirse del diálogo de nueva cuenta —Entonces recuerde, al término de la fiesta, al pie de la ventana de su Alteza. La reconocerá por las flores del balcón.

El campesino asintió y ambos se incorporaron a la fiesta con sigilo.

—Así las cosas, todos disfrutaron de la fiesta, en la cual el rey equitativamente repartía entre su pueblo lo recolectado en las distintas regiones, y al término, cada quien se retiró a descansar —al caer esta vez el telón, Chiba se mordió el labio inferior, sin saber con qué nueva ocurrencia saldrían sus compañeros que actuaban y que les estaban poniendo los nervios de punta a los que se encontraban tras bambalinas, ayudando con los vestuarios y los escenarios —La noche llegó, la luna y las estrellas se asomaron como faroles nocturnos y fue cuando la princesa, luego de escribir una nota para su padre, se preparó para su fuga, salió al balcón y preparó lo único que pensaba llevar consigo: una ramillete de sus amadas flores, todas ellas lirios de diferentes colores, recuerdo de su difunta madre.

Ahora el escenario estaba decorado con una pared en un extremo, de la cual sobresalía un balcón lleno de lirios multicolores de papel que Gin quitaba de sus macetas con cuidado. Por el otro lado del escenario, salió Nagase envuelto en una capa oscura que lo disimulaba en las sombras. Se detuvo al pie de la ventana, vio a Gin en ella y la llamó de manera… no muy convencional.

—¡Oye, princesita mía! ¿Ya estás lista o vas a seguir cortando florecitas?

El público abrió los ojos con pasmo, sabiendo que no olvidaría aquello en años.

—Sí, amor, buenas noches —ironizó Gin, que para deleite de la concurrencia le hacía segunda a su tierno enamorado —Estoy bien, gracias por preguntar. Ahora bajo, ¿puedes esperar?

El campesino asintió y vio, con recelo, que una escalera de cuerda salía del balcón, se enganchaba a éste y la princesa lo usaba para descender. Lo que no había tomado en cuenta el campesino es que la princesa se había ataviado como varón, con pantalones desgastados y camisa, con lo que parecía uno de los suyos. Su cabello rojo, sin embargo, seguía recogido y con la peineta de lirios adornándolo. Al concluir su descenso, ella se quedó de pie un momento ante el campesino, inhalando profundamente para recuperar el aliento, perdido por el enorme esfuerzo al que (supuestamente) no estaba acostumbrada.

—Sólo quiero que sepas —dijo entre jadeos la princesa —Que esto es lo más loco que he hecho en mi vida. Pero siento que es lo correcto.

El campesino asintió y la tomó entre sus brazos, y durante un segundo, reinó una atmósfera de calma y ternura que hizo que el público suspirara, conmovido.

La pareja se separó al poco rato y se disponían a salir de escena cuando salió el caballero, seguido por algunos soldados del rey. Llevaban las espadas en alto.

—Si por eso quería ser soldado —dejó escapar Nagase en voz alta, para luego seguir con la escena —¿Quiénes son ustedes? —inquirió a la defensiva.

—Soy el prometido de la Yuri–hime —respondió el caballero, frunciendo el ceño y apuntándole con su arma —¿A dónde pretendes llevártela a la fuerza?

—No me lleva —aclaró la princesa en el acto —Me voy con él por mi voluntad.

—No se casará por obligación para ser infeliz —secundó el campesino —¿Acaso quiere, noble señor, que ella se quede atrapada en algo que no le agrada, donde morirá de tristeza? ¿Cree que lo hará solamente porque se lo ordenan? Por mucho que ame a su padre y yo lo respete como mi rey, eso no es nada justo.

Fue como si una alarma sonara en la cabeza de Fuji, y abrió desmesuradamente los ojos como si notara algo. O más bien, como si recordara algo.

—No lo permitiré —murmuró, agachando la cabeza, bajando la espada y apretando los puños, para luego mirar al campesino y a la princesa con rabia y dolor y casi gritar —No, ¡no lo permitiré! Yo quiero que ella…

Pero de repente, una especie de exclamación ahogada del auditorio lo regresó a la realidad, por lo que sacudió la cabeza.

—Lo siento, en serio —se disculpó apresuradamente, esbozando una sonrisa nerviosa y agitando de tal manera su espada, que de haber sido verdadera le hubiera sacado un ojo a Funaki, que estaba muy cerca de él —¿Dónde iba? ¡Ah, sí! —volvió a apuntarle al campesino con expresión seria —Si es verdad lo que dices, no voy a detenerte, aunque me gane el repudio del rey. Pero si ella llega a ser infeliz —agregó, arrugando la frente —Lo lamentarás.

El campesino sonrió, tendiéndole la mano al caballero para sellar el pacto, pero la princesa se había hecho a un lado, con una mirada atónita en sus plateados ojos. Aquello que había soltado Fuji a la mención del último diálogo de Nagase… No recordaba que estuviera en el guión y además, había sonado tan real…

Volvió de sus pensamientos cuando Nagase se colocó a su lado, ofreciéndole el brazo, y ella lo aceptó con cuidado (por aquello de la mano) para salir de escena observados por el caballero y los soldados. El telón cayó de nuevo.

—Así, al día siguiente el rey se puso furioso al descubrir la fuga de su hija, pero al leer su carta comprendió el error que iba a cometer, pues ella aseguraba que estaría bien, que sería feliz y que esperaba que algún día la perdonara, porque consideraba que de haber obedecido, salvando así a su pueblo de la ruina, ¿de qué serviría, si después no los gobernaría con agrado? El rey se disculpó con el caballero, quien aseguró que no había nada qué lamentar, y luego de un año de larga espera, el rey se decidió a buscar a su hija con ayuda de los datos que le había dejado el caballero antes de marcharse a su tierra. La encontró en sus propios campos de trigo, donde a un lado ahora existía un prado lleno de lirios de todos colores, que eran la sensación del pueblo y su llave a la recuperación.

Esa intervención de Chiba fue recibida con aplausos, al descorrerse el telón y dejar ver el campo de trigo de nueva cuenta, junto al cual había ahora un montón de lirios multicolores, que eran recolectados afanosamente para su próxima venta, al igual que el trigo. Supervisando todo con semblante apacible, se encontraba la princesa, vestida de aldeana, aún con aretes y peineta de lirios, prendida del brazo de su campesino, que sonriente, la contemplaba con afecto. La obra terminó oficialmente cuando el rey entró a escena, se acercó a la pareja e hizo ademán de bendecir la unión con su consentimiento, ante la felicidad de los otros campesinos.

—Y a partir de ahí, el campesino pasó a ser príncipe, llegando a ser un gobernante justo y preocupado por su gente junto con la princesa, viviendo ambos felices para siempre. ¡Ah! —recordó Chiba de pronto, puesto que estaba a punto de dar un paso fuera de la vista —Y el lirio se convirtió en un símbolo tal, que al florecer en la época en que las hojas de los árboles pasaban del verde al marrón, le dio al pueblo el nombre de Akiyuri. Y ahora sí, colorín colorado, este cuento se ha acabado —y haciendo una reverencia, se marchó.

Los aplausos no se hicieron esperar, al igual que los vítores y los silbidos. Se abrió una última vez el telón para que Chiba, animadísima, nombrara a los actores participantes uno a uno, para que pasaran a agradecer los aplausos con una reverencia, y se oyeron especiales piropos de parte de los varones cuando Gin y Saragi fueron mencionadas, así como las jovencitas lanzaron gritos al ver a Nagase y a Fuji.

—Estuvo muy divertido —celebró Aishi, sin dejar de grabar hasta que el último actor fue presentado y el telón cayó finalmente.

—Fue de lo más entretenido —admitió Kuren, sonriente.

Gurazu y Shigu hablaban con las cabezas juntas algo relacionado con montañas y esquís, Konoha y Juniga alababan con entusiasmo las actuaciones de Fuji y Gin, respectivamente; Kokoro, Wodaka y Zukure admiraban lo bien que había resultado todo. Miyizu fue a saludar a Fumihi y ayudarle a controlar al inquieto Aishi (que alegaba algo de ir tras bambalinas a saludar a Fuji), las trillizas habían prácticamente desaparecido de regreso a su puesto de onigiris y entre tanta confusión, Hatsu aprovechó para salir discretamente, seguido por la chica sentada a su izquierda.

—Fue muy esclarecedor —comentó en primera instancia, luego de entrar a un salón vacío acompañado por la chica —¿Tú qué opinas?

La joven, de largo cabello castaño cenizo de corte moderno, sonrió levemente.

—Si no me lo cuentas, no lo noto, Hatsu–san —reconoció.

El peliazul le dedicó un gesto de comprensión.

—¿Y qué te pareció la familia, Mako–san? —inquirió.

—Todos parecen simpáticos —respondió Mako Sei con sinceridad, quitándose de la frente un mechón de cabello —Pero faltaron, ¿cierto?

—Cierto. Yo esperaba que vinieran unos cuantos más, pero supongo que no tuvieron la oportunidad. Ya llegará la hora en que los veas. Aunque si no los ves a todos, mejor. Hay algunos que no valen la pena.

Mako asintió, aunque inclinó la cabeza algo decaída.

—¿Pasa algo? —quiso saber Hatsu, algo preocupado.

—No me gusta esconderme —contestó ella en un murmullo, avergonzada.

—Ah, pues ya somos dos —Hatsu le alzó la cara, tomándola de la barbilla —Pero temo por ti. Todo lo que hemos vivido juntos… sé que ha sido real y no quisiera que lo olvidaras.

Mako asintió, levantando una mano cuando sintió la de Hatsu en su mejilla, pero parando el ademán justo a tiempo.

—Quisiera tomarte de la mano —dijo, dejando escapar unas lágrimas —Hatsu–san, quisiera hacer algo por ti.

El muchacho le tomó el rostro con ambas manos.

—Estás conmigo —le hizo ver —Para mí es suficiente.

Ella logró sonreír, aunque las lágrimas recorrían sus mejillas, y aceptó gustosa el beso que Hatsu depositó en sus labios con delicadeza.

&&&

—Por fin terminó, ¡qué fastidio!

Gin no paraba de refunfuñar al quitarse el disfraz, doblarlo cuidadosamente y ponerse el uniforme. Las demás chicas trataban de convencerla de que había estado estupenda, pero la pelirroja no escuchaba gran cosa.

—Deja tu mal genio de lado, ¿quieres hacernos el favor? —pidió cansinamente Saragi, que por haber usado un disfraz más sencillo, ya estaba cambiada —Te salió muy bien, así que no te andes quejando.

—Pues… gracias —la nombrada, algo cohibida, terminó de anudarse la corbata para acto seguido, mirar a Saragi —¿Puedo preguntarte una cosa, pececito?

Saragi respondió encogiéndose de hombros.

—¿Porqué me tratas así últimamente?

—Digamos que me haces un favor —se limitó a responder Saragi, y para evitar alguna pregunta, arqueó una ceja al ver la entrada de los camerinos de las chicas —Vaya, es Kin.

Gin se giró rápidamente y comprobó que en efecto, Karasu había entrado, vestida de azul marino y sosteniendo un abrigo negro en un brazo, buscando algo con la mirada. Mezuki, que andaba por ahí recogiendo disfraces, se le acercó.

—Qué gusto verla por aquí, Kin —saludó.

—Ah, hola, Mezuki–san —Karasu correspondió a la frase antes de inquirir —¿Y Gin?

—Por aquí, Kin —llamó entonces Saragi, caminando hacia ella seguida por la citada pelirroja, que no salía de su asombro.

—Hola, Saragi–san. Debo decirles a ambas —sonrió tiernamente al ver a Gin —que fue una obra estupenda.

—Sensei, ¿la viste?

—Sí, las chicas me contaron de ella toda la semana, así que organicé mis asuntos para poder venir. Por cierto, tengo que ir a ver el puesto de esas hermanitas mías antes de irme. ¡Ah! Gin, hay alguien afuera que quiere saludarte.

Dicho eso, Karasu inclinó la cabeza en dirección a Saragi, le dedicó una leve mueca a Mezuki y salió de los vestuarios.

—¿Alguien quiere saludarte a ti? —se mofó Mezuki.

—No me extraña —intervino Saragi, en actitud reflexiva —Según he oído durante la última semana, ser la Yuri–hime en el cuento de Akiyuri es un privilegio. Muchos chicos querrán salir con ella ahora, ¿verdad, Gin?

—Déjame en paz —masculló ésta por lo bajo, apresurándose a dejar los camerinos.

—Saragi, sí que estás rara —sentenció Mezuki, alejándose de ella.

La joven de melena azul se encogió de hombros, dando a entender que no le importaba.

&&&

Gin cerró tras sí la puerta de los camerinos bruscamente. Se estaba preguntando a qué había venido la inesperada defensa de Saragi cuando escuchó que la llamaban.

—Ah… Onesan…

Dio un respingo y encontró frente a ella, de pie y con aspecto de estar bien, a Juniga.

—¿Fenómeno? —susurró, incrédula.

El niño asintió, dando un paso al frente, pero no se esperó que Gin se pusiera a su altura, echando una rodilla en tierra, para darle un abrazo.

—¡Estás bien! —la escuchó exclamar de forma ahogada.

—Onesan… Te veías bonita —logró decir Juniga tras la sorpresa, cuando Gin se separó.

La pelirroja sonrió, negando con la cabeza.

—No digas tonterías —pidió, fingiendo enfado.

—No son tonterías —dijo alguien a espaldas de Gin.

Por la expresión de Juniga, la chica podía darse una idea de quién era, pero no la confirmó hasta que se dio la vuelta. La voz ronca y ligeramente fría que había llegado no era de otro más que de Yami Hoshi, vestido como siempre completamente de negro.

—Hola —saludó el hombre, sonriendo levemente. Tanto Gin como Juniga se quedaron pasmados ante aquel gesto —Vaya obra, ¿eh? Aunque te saliste del guión varias veces, Gin.

—Yami–dono, ¿la vio? —quiso saber Gin, abriendo mucho los ojos.

—No estoy aquí por otra cosa —el hombre se encogió de hombros —Y claro, para llevar a Juniga de vuelta a la Casa Grande. No creerás que llegó a tiempo para ver la obra con sólo echarse a correr… Aunque eso ayudó bastante.

Gin todavía no podía creerse lo que estaba oyendo, ¿que Yami había llevado a Juniga a la Akiai precisamente para verla… a ella? Eso sí que era digno de recordarse por siglos.

—Onesan… —llamó Juniga de pronto, extendiéndole una mano —¿Me llevarías… a saludar a Kinokaze–san?

En eso, la expresión de Gin cambió por completo, enfriándosele el semblante.

—Ah, es que… —titubeó por un segundo, antes de contestar —No sé dónde…

—Ahí está la estrella —señaló de repente Gurazu, avanzando por el pasillo seguido de gran parte de los Hoshi que habían visto la representación —¡Nihao!

—No demuestres tus idiomas conmigo, potro atrabancado —espetó Gin, mirándolo con recelo, sin darse cuenta que Yami se hacía a un lado, dispuesto a retirarse sin que lo vieran.

—Pues lo siento, pero te aguantas —Gurazu se echó a reír.

—Ah, qué animada reunión familiar —comentó vagamente Hatsu

—¿Y tú dónde te habías metido? —inquirió Kuren, que llevaba de la mano a Konoha.

—Ah… pues por ahí —respondió simplemente el peliazul, sin querer entrar en detalles.

—¡Estuvo divertidísimo! —celebró de pronto Fumihi, alzando una mano —¿Puedo decir algo sin que te ofendas, Gin?

La aludida asintió.

—¡Te veías genial con esos kimonos! ¿Me los prestas?

—No seas ridícula, leona eufórica.

—Vaya, vaya…

Saragi había salido de los vestuarios, queriendo averiguar el porqué de tanto alboroto.

—Sí que parece uno de los solsticios —comentó, ladeando la cabeza —¿Cómo están?

Cada Hoshi presente saludó a su estilo, resaltando la llegada del efusivo Aishi, seguido de cerca por su madre.

—¡Saragi–san! ¡Tengo la obra grabada! —dijo en cuanto la tuvo cerca.

—¿Grabaste la obra? —se asustó Gin.

Aishi asintió, feliz.

—¡Te mato! —Gin se lanzó sobre el pequeño rubio, quien huyó graciosamente por todo el pasillo —¡Dame esa cámara, travieso! ¿Para qué grabaste la obra? —quería saber.

—Tenía que ser Gin… —suspiró Saragi.

—Sara–chan, estuviste muy bien —comentó Fumihi —Zuku–chan me pidió que te lo dijera, porque tuvo que irse a la universidad. Mencionó algo de un proyecto de titulación…

—Pero Zukure no se gradúa hasta un año después que yo —recordó Hatsu.

—Sí, lo sé, pero eso escuché. Se lo comentó a Shi–kun antes que Woda–chan la llevara.

—Por cierto, Hatsu, ¿qué acordó el grupo para la fiesta de graduación? —se interesó Kuren —Yo no estuve por arreglar unos papeles a las oficinas principales.

Hatsu asintió y le respondió con detalle, mientras Gin seguía persiguiendo a Aishi para diversión de los parientes que los contemplaban. Kokoro se percató de repente de la presencia silenciosa de Yami, y se acercó a hablarle.

—Yami, cuánto tiempo sin verte.

El hombre, luego de observarla de reojo, se quedó impasible.

—Es cierto, Kokoro. Hay mucho trabajo qué hacer —comentó.

—Ajá. Pero dime, ¿qué te trae a la Akiai? Supe que viniste hace poco.

—¿Cómo te enteraste de semejante tontería?

—Hitomi —nombró Kokoro simplemente, encogiéndose de hombros.

—Esa cuñada mía… —susurró Yami con aborrecimiento —Pues sí, me di una vuelta, pero no creo que sea nada del otro mundo. Tú viniste a ayudar con los vestuarios, ¿no?

Kokoro asintió, consciente de que Yami quería voltear las circunstancias.

—En todo caso, a ninguno de los dos nos conviene andar comentando esas cosas tan a la ligera —reconvino Yami —Los jefes no son muy tolerantes con lo que hacemos en nuestro tiempo libre. Cosa que sinceramente no entiendo.

—Pues ya somos dos.

Los dos miembros del Panteón se miraron por un segundo, sonriendo discretamente. No sabían porqué, pero interiormente, sentían que algo en su vida estaba cambiando.

Y desearon que fuera para bien.

&&&

Fuji salió de los camerinos masculinos luego de que lo agobiaran a preguntas sobre la obra. Sobre todo Esaki, que parecía extrañadísimo de que hubiera podido memorizar el guión.

—Se nota que eres despistado —le dijo Esaki por último —¿A qué vino eso de querer sacarle un ojo a Funaki–kun con tu espada, eh?

Antes que Fuji pudiera contestar, Nagase había hecho su aparición, amenazando a Esaki con el puño, mientras que tras el rubio, Shinto observaba la escena con aparente apatía.

—Qué pensarías… —susurró, pensativo, sin fijarse bien por dónde iba —Qué pensarías, Gin–san, si te dijera que…

—¡Ven acá, travieso! ¡Dame esa cámara!

La exigencia era clarísima, pero Fuji no le prestó atención hasta que sintió que alguien lo tomaba de las ropas, escondiéndose a su espalda.

—¡Auxilio, Fuji–san! —rogó una vocecita.

—¿Aishi–kun? —se extrañó Fuji.

—No uses a Fuji de escudo —renegó Gin, llegando en ese momento y sofocada por completo por correr tanto —Ahora, dame la cámara.

Fuji observó entonces que Aishi cargaba con una cámara de video.

—Aishi–kun, ¿grabaste la obra? —quiso saber.

—¡Claro, Fuji–san! —respondió el niño con alegría —Si quieres, te paso una copia.

—Me gustaría mucho —aceptó Fuji —Así podré estrenar mi laptop.

—¿Tienes una laptop? —Aishi abrió los ojos desmesuradamente.

Fuji asintió, lo que hizo que Gin recordara el día de la entrevista del muchacho, que éste le había invitado un helado y luego a casa de su abuela. Ahí, para extrañeza suya, recogió algunos libros de texto nuevos junto con una computadora portátil roja de las más modernas; incluso llegó a pensar que era mejor que la de Wodaka. El muchacho explicó que necesitaba todo eso en sus nuevas clases de inglés.

Sin embargo, acordarse de lo que ambos hablaron antes de que ella volviera a la normalidad, pues se había convertido, la hacía ponerse bastante nerviosa.

—¿Quién más vino a vernos? —inquirió Fuji entonces.

Mientras Aishi recitaba los nombres de todos los Hoshi que estuvieron entre el público, Gin sonrió con nostalgia. Presentía que ese día se le quedaría grabado de manera agradable en la memoria, siendo un consuelo para cuando se encerrara. De pronto, se acordó de algo.

—¡El fenómeno! —exclamó, preocupada, golpeándose la frente con una mano —Lo dejé solo, ¡y todo por culpa tuya! —reclamó, estirando un brazo para tomar por una oreja al pequeño rubio —Vamos, que seguramente estará asustado.

Y así, con Gin arrastrando a Aishi, Fuji los siguió. Quería saludar a los Hoshi y de paso, tener más tiempo para pensar en su dilema.

Gin–san, ¿qué pensarías si te dijera que… estoy enamorado de ti?

Desconectado Daniela

  • Sargento Segundo
  • *
  • Mensajes: 283
  • KI: 7
  • Sexo: Femenino
  • Desciende sobre mi como la brisa
Re:Telaraña [29/52 + Omake 1/7]
« Respuesta #108 en: Abril 29, 2012, 08:17:28 pm »
siiii que me ehh perdido por estos lares....
porfa sigue subiéndolo :D Me gusta mucho esta historia


 

Desconectado THB Potter

  • CABO
  • *
  • Mensajes: 106
  • KI: 1
  • Sexo: Femenino
  • ... Los que destacan son los bichos raros.
    • Mi blog, ¡bienvenidos sean!
Re:Telaraña [30/52 + Omake 1/7]
« Respuesta #109 en: Junio 30, 2012, 12:09:09 am »
Treinta: La confusión.

Terminó el Aki–Michi, los exámenes pasaron y en la preparatoria Akiai se respiraba un poco de tranquilidad. Aunque solamente en apariencia. Algunas cosas nunca cambiaban.

—Oh, por favor, díganme que es una pesadilla.

El reclamo de Nagase a la hora del almuerzo tenía su razón de ser. Por la puerta del comedor, de manera totalmente desenfadada, entraba Suzume Soho, y como era habitual en la chica, se había lanzado hacia un objetivo en particular.

—¡Fu–chan!

Fuji, que después de todo se estaba acostumbrando a tales sobresaltos, no hizo más que suspirar pesadamente al tiempo que sentía que la chica le echaba los brazos al cuello.

—Tú sí que no entiendes, ¿verdad, Soho? —espetó Nagase de mala gana.

Como siempre, Suzume ni caso le hizo.

—Fu–chan, ¿podríamos hablar un minuto? —pidió, pero con un tono que era menos efusivo que de costumbre. Como si de repente hubiera decidido ser más cuerda.

—Ah… claro —a Fuji no le quedó de otra más que aceptar. Interiormente, esperaba que con eso, Suzume lo dejara en paz de una buena vez.

—Soho–san, ¿no pensarás aprovecharte de él, verdad? —inquirió Shinto de repente, con los ojos violetas entrecerrados amenazadoramente.

La chica compuso una sonrisita nerviosa antes de negar con la cabeza, tomar de la mano a Fuji y llevárselo a rastras fuera del comedor.

—Esa loca sí que no aprende —oyeron los amigos de Fuji que comentaba Saragi Hoshi con desdén —Vaya que Mako–kun tiene razón con ella… Si fuera un poco más cuerda…

Dejó la frase en suspenso, encogiéndose de hombros y haciendo que tanto Nagase como Shinto se quedaran sumamente sorprendidos.

—¿Estás hablando en serio? —se decidió a decir Nagase finalmente.

—No sé de qué hables tú, pero yo hablo en serio —se limitó a responder Saragi con toda la calma del mundo —A almorzar, que tengo una junta del concejo.

—Por eso no te preocupas —Shinto no preguntaba aquello. Lo estaba afirmando.

Saragi asintió.

—Soho es la secretaria de segundo año, tiene que estar en la junta —sonrió sutilmente —Y nunca ha llegado tarde.

Shinto asintió de manera mecánica, pero satisfecha, en tanto Nagase se quedaba con la boca abierta, de la impresión que sentía.

—Hasta parece que conoces a todo el mundo, engreída.

Ante esa frase, que viniendo de Nagase Haraki era casi un cumplido, Saragi solamente pudo hacer una inclinación de cabeza.

—Gracias —musitó, yendo a sentarse a una mesa.

&&&

Mezuki Hoshi rondaba por los salones vacíos a la hora del almuerzo. Desde hacía semanas, y más específicamente, desde el festival Yuri–Hime, lo de almorzar con su prima, su gemela, Fuji y los amigos de éste, era cosa pasada. Ahora tomaba sus alimentos en el exterior, rodeada de algunas de las chicas de la clase y unos cuantos admiradores que la rondaban. Pero para su mala suerte, en pocos segundos los admiradores se iban decepcionados, después de fijarse en ella durante un rato. ¡Rayos! ¿Acaso tenía algo de malo? Desde que se acordaba, los chicos la seguían como abejas a un ramo de olorosas y coloridas flores. Pero de un tiempo a la fecha, ya no tenía tantos pretendientes como antes. Y no dejaba de preguntarse la razón.

Su respuesta llegó justo ese día de mediados de octubre, cuando un cielo gris plomo anunciaba que se avecinaba una buena tormenta. Iba por un salón del piso de primer año, absorta por completo en su mal genio, cuando un ruido sutil pero claro, de bancas arrastrándose, le llamó la atención. Aguzó el oído y pronto el ruido se repitió, pero de manera más intensa y brusca.

—Vamos, es sólo una cita —se escuchó que murmuraban.

Era la voz de un muchacho, grave y con un tono entre desesperado y presuntuoso. Mezuki arrugó el ceño, tratando de concentrarse, ¿dónde había escuchado esa voz antes?

—Olvídalo.

La rotunda palabra de negativa de parte de una voz de chica, entre enfurruñada y hastiada, a Mezuki no le costó identificarla. Era nada menos que la voz de Gin, ¿quién lo diría?

—No sé porqué te niegas —dijo la voz del chico con un dejo de impaciencia, pero también de determinación —Me gustas mucho, Gin–kun, así que solamente pido una oportunidad.

—¿Y desde cuándo, eh? —inquirió Gin con ese tono suyo tan característico de cuando no creía ni una palabra de lo que le decían —¿Desde que me viste en el cuento de Akiyuri?

Mezuki bufó por lo bajo, para no delatar su presencia. A pesar de todo, su gemela era lista.

Y es que la suposición que había hecho Saragi después de presentar el cuento de Akiyuri en el festival había sido de lo más acertada. Ahora unos pocos chicos se habían atrevido a acercársele a Gin al menos para saludarla, causando que ella los mirara extrañada, preguntándose el porqué de sus atenciones. Si hasta la fecha los chicos que se habían arriesgado a acercársele a la pelirroja eran máximos unos diez, era por la actitud de ella, se la pasaba huyendo de todos y dando lo mejor de sí en las prácticas del club de fútbol.

Prácticas que habían dejado de ser sagradas para la chica.

Mezuki lo sabía, porque ella y las demás habían tenido que aguantar en casa sus quejas sobre la manada de chicos que ahora daban incesantes vueltas por las canchas deportivas cuando el club tenía sus prácticas. Gin, incluso, había amenazado con renunciar, pero no había cumplido con su palabra porque aunque no lo admitiera, el club era una de las cosas que más le gustaban.

—Bueno, la obra de teatro ayudó un poco —bromeó el chico, riendo brevemente.

¡Ah, claro! Mezuki ahora reconocía la voz. Era de un joven de tercer año, que por cierto, era considerado como de los más guapos de su grado. Si no mal recordaba, se apellidaba Tanaka y era capitán del equipo de kendo.

—Pues a mí no —espetó Gin con lo que Mezuki reconoció un dejo de su inestable genio —Contigo, ya van cinco citas que rechazo en lo que va del mes, ¡si hasta me buscan en la cancha de fútbol! Y ya estoy harta.

Ahora sí que Mezuki casi se va de espaldas. ¿Cinco citas? ¿Quiénes habían sido los lanzados en pedírselas a Gin? Y peor aún, ¿porqué no se las pedían a ella? Estaba más que disponible.

Fue así como Mezuki llegó a la conclusión de porqué los chicos que la veían en los últimos días, al poco rato la dejaban en paz. ¡Esperaban ver a Gin! Maldita la hora en que habían nacido gemelas, renegó entonces. Mejor dicho, maldita la hora en que nació Gin.

—Pues en ese caso, te recomiendo aceptar una cita —sugirió Tanaka con tono de sabelotodo —Así, si los demás ven que andas con alguien, te dejarán en paz.

—Pero yo no quiero salir con nadie —espetó Gin de mala gana, y algunos pasos delataban que iba hacia la puerta del aula —Y si fueras tan amable de pasar el recado, me evitarías muchos corajes. Con permiso y buenos días.

Mezuki apenas si tuvo tiempo de retirarse de la puerta, ocultándose en el salón de junto, para ver cómo Gin salía del aula, seguida de cerca por un alto y fornido castaño, que antes que la pelirroja le cerrara la puerta en la cara, la sujetó por el antebrazo con cierta brusquedad.

—¡Oye! —se quejó Gin, frunciendo el ceño —¿Ahora qué quieres?

—Vamos, Gin–kun, concédeme una cita —insistió Tanaka.

—¡Rayos! ¿Cuántas veces deberé decirte que no para que entiendas?

Pero Mezuki se quedó atónita por lo que Tanaka hizo.

Intentó robarle un beso a Gin.

Gin, sorprendiéndose por la acción de Tanaka, ladeó la cabeza en el acto, evitando que el chico consiguiera lo que quería, pero lo único que logró fue que él se enfadara bastante, apretándole tanto el antebrazo que seguramente algunos moretones aparecerían más tarde.

—¡Oye! —volvió a quejarse Gin, pero ahora con algo más que enojo en la voz —¿Quieres hacer el favor de soltarme? Por culpa tuya, me perderé el almuerzo. ¡Me duele!

Lo último lo había dicho con voz ahogada, reprimiendo un quejido, pero Tanaka no hizo el intento por obedecerla. Es más, Mezuki observó que el joven intensificaba su agarre.

—Ésta me la pagas —masculló Tanaka con voz ronca y baja, antes de soltar a Gin de golpe y alejarse por el pasillo.

Gin y Mezuki, cada una desde sus respectivas posiciones, vieron a Tanaka perderse de vista, y sin saberlo, llegaron a la misma conclusión: nada era lo que parecía.

—Idiota —murmuraron al mismo tiempo, una adolorida físicamente y la otra, anímicamente.

Pero a Mezuki se le pasó el enfado cuando oyó, del otro lado del pasillo, que alguien venía bajando las escaleras. Frunciendo el ceño, molesta porque tenía la intención de fastidiar a su gemela un rato, se ocultó del todo y fijó la vista en el extremo del pasillo opuesto al que Tanaka había usado para marcharse. Poco a poco, comenzaban a llegarle voces. Y a Gin también.

—… Y así se dieron las cosas. ¿Podrías ayudarme?

La frase, dicha por una voz femenina entre serena y entusiasta, parecía de una conversación que hubiera iniciado desde mucho antes que la dueña de la voz comenzara a bajar la escalera.

—Ah… no creo que sea la persona más adecuada para ello.

La respuesta, titubeante y con timbre masculino, hizo que las gemelas arquearan las cejas de manera idéntica y estupefacta. ¿Cómo no hacerlo, si conocían al dueño de esa voz?

—¡Vamos, Fu–chan! No te lo pediría si no fuera importante. Tú lo conoces…

Los pasos se detuvieron en la escalera y eso, como pudo apreciar Mezuki, fue aprovechado por Gin para acercarse más al sitio donde se desarrollaba esa plática.

—No creo ser el indicado —se defendió el chico con una seriedad inusitada en él —Y por favor, Soho–san, deja de rondarme. Si fueras un poco más cuerda, tal vez te habría hecho caso desde antes que te marcharas a Fuyutani, pero…

Un suspiro cortó aquel discurso.

—Tú y Mako–kun deberían conocerse, ¿sabes? —alegó la voz femenina —Ella me dijo exactamente lo mismo. ¿Qué, son amigos en secreto y no me había enterado? —preguntó en tono bromista, soltándose a reír al segundo siguiente.

Para sorpresa de las pelirrojas, el chico dejó escapar una carcajada. No muy fuerte ni animada, pero carcajada al fin y al cabo. Y eso, descubrió Mezuki, le dibujó una leve sonrisa a Gin.

—Solamente conozco a Sei–san de lejos —respondió el muchacho por fin, ya tranquilo —Y he hablado con su hermano un par de veces. Pero nada más.

—Sí, claro, no lo decía en serio. Pero volviendo a lo nuestro…

—No, Soho–san, no lo vuelvas a pedir. No lo haré.

Un bufido casi infantil se dejó oír.

—De acuerdo, Fu–chan. Gracias por escucharme de todas formas.

Los pasos se intensificaron, señal de que los dos conversadores terminarían de bajar pronto, así que Mezuki inclinó la cabeza, en un intento por no hacerse notar desde el pasillo, mientras que Gin miraba a ambos lados, sin saber dónde meterse. Al final, no pudo evitar que quienes bajaban la descubrieran ahí, con clara expresión de vergüenza.

—¡Gin–san! —saludó Fuji Kinokaze con una sincera sonrisa —Así que estabas aquí, ¿porqué no fuiste a almorzar?

Gin abrió la boca, dispuesta a contestar, cuando tras ella surgió alguien que Mezuki no esperaba que salvara la situación.

—¡Gin–kun! —llamó una joven de largo cabello castaño cenizo, de corte muy moderno, agitando una mano en alto —¡Por fin te encentro! Vi al idiota de Tanaka–sempai hace un rato y estaba muy enojado, ¿por fin te dejó en paz?

Gin se encogió de hombros, torciendo la boca, mientras que Mezuki notaba que Fuji alzaba una ceja, observado de cerca por su acompañante.

—Ah, Mako–kun… —llamó la chica que iba con Fuji —¿Dices que acabas de ver a Tanaka–sempai? —la chica de melena castaña ceniza, Mako Sei, la miró de reojo antes de asentir —¿Y por dónde anda ahora?

Mako señaló a su espalda con un pulgar.

—Creo que por los jardines, Suzume–san —contestó.

Suzume Soho asintió, se despidió de Fuji con un gesto de mano y se perdió con paso firme en la dirección que le había indicado Mako.

—Sí que es rara —comentó de pronto Mako —Bueno, te dejo, Gin–kun, que todavía no almuerzo y tengo junta del concejo en… —consultó un reloj de pulsera mayormente azul —¡Válgame, en diez minutos! ¡Nos vemos! —y sin más, la chica se fue, en dirección a las escaleras.

Gin y Fuji la vieron alejarse, hasta quedar solos en esa parte del pasillo. Justo iba la chica a inventarse una excusa para marcharse cuando el muchacho habló.

—Gin–san, vamos a almorzar.

La pelirroja hizo un mohín de fastidio, llevándose sin querer una mano al sitio donde Tanaka la había lastimado, frotándoselo con suavidad.

—No tengo ganas —masculló.

—Vamos, Gin–san —Fuji se le acercó, conciliador, y la tomó de una muñeca —Seguro tienes hambre. Hay que llegar al comedor antes que Naga–kun acabe con los panes al vapor…

—Pero… —trató de resistirse Gin, con las mejillas ligeramente rojas.

—Rápido —insistió Fuji, sin soltarla.

Pronto, los dos anduvieron por el mismo camino que Mako, dejando atrás, sin saberlo, a una pelirroja que quería venganza a como diera lugar por algo que consideraba una injusticia.

Y que aparentemente, había encontrado la forma de obtener lo que quería.

&&&

La universidad Akitensai, la mayor de la ciudad de Akiyuri, contaba con una enorme variedad de recursos para sus alumnos, profesores e investigadores. Cualquiera que fuera el área profesional que alguien eligiera, siempre encontraba apoyo en ese acogedor plantel.

Los alumnos de Arquitectura, por ejemplo, estaban entusiasmados por la oportunidad que se les daba ese año: presentar un proyecto de titulación para una construcción de beneficencia que además, les permitiría graduarse sin presentar el molesto y difícil examen de egreso. Era un trabajo tedioso, había que dedicarle varias horas de investigación, trazado y cálculos, pero valía la pena.

Al menos así lo pensaban los pocos alumnos que habían optado por esa posibilidad para graduarse. A sus demás compañeros no les sorprendió que uno de ellos fuera Zukure Hoshi; la chica era lo suficientemente inteligente y creativa para hacer algo del agrado de los catedráticos que calificarían el proyecto. Lo único que le preocupaba a la joven era, además de que el proyecto fuera el adecuado, lo que dirían en la familia si se enteraban de qué se trataba.

Por el momento no le preocupaba. Estaba demasiado concentrada en lograr que el proyecto se diera de buena forma en papel, antes de translucirlo en una descripción escrita y un presupuesto. Aquel día, luego de las clases regulares de la mañana, Zukure había almorzado apresuradamente para poder regresar a uno de los salones, donde las mesas de dibujo la esperaban para que por fin terminara los planos del edificio que tenía en mente. Cargaba con su tubo rosa y un montón de libros por el pasillo cuando sintió que chocaba con alguien.

—¡Lo siento! —se disculpó en el acto —No puedo ver por dónde voy con todo esto.

Revisó con la mirada lo que llevaba en brazos, y se percató que le faltaba un libro. Contrariada, agachó la cabeza, para encontrar el libro a sus pies, junto a los relucientes zapatos negros de un hombre.

—Disculpe, ¿me daría ese libro? —pidió, un tanto apenada.

Los zapatos dieron un paso atrás antes que una voz ronca y seria respondiera.

—Por supuesto, Zukure–san.

La joven reconoció a la persona no porque supiera su nombre, sino por la voz. Y confirmó quién era cuando el joven hombre se inclinó, dejando a la vista su cabeza cubierta de cabello negro rojizo, y al enderezarse, mostró un rostro sereno con ojos del mismo color que el cabello. Su atuendo, consistente en una camisa negra y un pantalón de mezclilla, era cubierto a medias por una bata blanca que en un bolsillo superior, mostraba el nombre del hospital Akishiro.

—Ah, gracias… Shi–kun.

Shigu Hoshi se encogió de hombros, con el mencionado libro en la mano.

—¿Porqué vas tan cargada, Zukure–san? —quiso saber, al parecer genuinamente interesado.

Zukure suspiró levemente, acomodándose de nueva cuenta los libros que sostenía, y dio una breve explicación a modo de respuesta.

—Algo escuché de ese proyecto —recordó Shigu —Bueno, si quieres, puedo ayudarte a…

—No, gracias, Shi–kun. Solamente dame el libro. Tengo que irme.

Shigu la miró con las cejas ligeramente alzadas, extrañado. Al cabo de unos segundos, le tendió el libro con una mueca triste adornando su rostro, generalmente rebosante de seriedad y calma. A Zukure le dio un vuelco el corazón.

—En ese caso, nos veremos pronto —el joven comenzó a girarse —Que tengas buen día y…

Un destello proveniente del exterior los sobresaltó. En el caso de Zukure, lo suficiente para echar por tierra sus cosas, lo que la obligó a inclinarse y juntarlo todo. Cuando un trueno resonó afuera, Shigu ya estaba junto a Zukure, ayudándole.

—Supongo que los relámpagos espantan a cualquiera —opinó él, tomando un par de libros de pastas duras —Ya sea la luz o el sonido. Será por lo repentinos que resultan.

—Shi–kun —intervino Zukure —Sé cómo son los relámpagos.

—Claro que lo sabes, pero lo que quiero decir es que…

—Nada, nada. Dame esos libros, que tengo que ordenarlos todos… otra vez.

La muchacha sonaba impaciente. Shigu, que la conocía bastante bien, la obedeció al instante. En menos de diez segundos, Zukure había colocado los libros uno encima de otro, luego de fijarse en los títulos, y empezó a levantarlos.

—Espera —pidió Shigu —No podrás. Se te caerán de nuevo.

—Claro que no —rebatió Zukure con voz cansina —Vas a ver que…

La torre de libros comenzó a tambalearse.

—Permíteme —Shigu, en un abrir y cerrar de ojos, tomó los libros y los levantó sin ninguna dificultad —¿A dónde los llevo? —inquirió tranquilamente.

Zukure, suspirando, se quitó un mechón rojo rosáceo de los ojos.

—Sígueme —indicó por toda respuesta.

El muchacho obedeció y por unos minutos, no hubo problemas: Zukure iba al frente y él la seguía. Pero pronto notó que los libros eran pesados y los brazos se le acalambraban. Deseó que llegaran pronto cuando Zukure abrió una puerta a su izquierda.

—Ponlos en donde puedas —pidió ella.

Shigu no se hizo del rogar. Depositó la torre de libros en una larga mesa junto a la puerta.

—Ahora, veamos dónde estará bien trazar lo que me falta… —oyó que musitaba Zukure, a unos pasos de él —La luz cambió, así que…

Se oyó otro trueno. Zukure giró la cabeza hacia la ventana que tenía más cerca, contemplando un trozo de cielo gris plomo llena de destellos, antes de negar con la cabeza.

—Será mejor que deje el plano para después y me vaya a casa —resolvió —No quiero regresar a Akigaoka en medio de una tormenta. Shi–kun, ¿podrías ayudarme con los…?

No terminó la pregunta. Otro relámpago iluminó de golpe el ambiente, luego se oyó el trueno y a continuación, algo dando contra el suelo. La chica se volvió y encontró que aparentemente, Shigu había tirado uno de los libros.

—Lo siento —se disculpó el muchacho enseguida, inclinándose.

Zukure iba a hablar, pero otro relámpago cayó y ahora fue testigo de un temblor en las manos de Shigu, más evidente aún cuando tomó el libro y lo dejó en su lugar. Caminó hacia él.

—¿Shi–kun? —llamó, dudosa.

El trueno se dejó oír, y Shigu cerró los ojos con fuerza, apretando los labios. Tenía la expresión de un niño asustado.

Entonces vino a la mente de Zukure una especie de recuerdo, de hacía muchos años, donde un Shigu más pequeño y sonriente tenía la misma expresión. Y era, precisamente, en un día como ése, con una tempestad en puerta. Se mordió el labio inferior, y aunque se había prometido no hacerlo otra vez, se preocupó por Shigu, acercándose a él y posándole una mano en el hombro.

—Shi–kun —llamó con suavidad, intentando sonreír —No pasa nada. No estás solo.

Al contrario de lo que esperaba, Shigu apretó más los ojos al oír esa frase.

—Te irás —le aseguró con frialdad, sin cambiar de postura —La última vez, así pasó.

Zukure suspiró de nuevo, lo que la llevó a pensar cuántas veces lo había hecho ese día ya. Si por algo estaba en esas condiciones, era precisamente por él. Aunque, para ser exacta, la idea se le había ocurrido por algo que le había dicho Kamitsuki, la jefa de la familia. ¿Debería contárselo, liberando así su conciencia? ¿O debería seguir callando, para mantenerlo a salvo? En cualquiera de los dos casos, se suponía que ella era feliz. Se suponía…

—¿Zukure–san? —escuchó que Shigu la llamaba.

Sacudió la cabeza y se encontró con los ojos del muchacho abiertos y fijos en ella, totalmente desconcertado. Como si de repente, con tan solo observarla, hubiera podido vislumbrar algo en sus más profundos pensamientos.

—Shi–kun, si no es mucha molestia, necesito llevarme los libros a casa —soltó sin más la joven, esperando que no hiciera preguntas de ningún tipo —Allá tomaré algunos apuntes, para terminar la parte escrita de mi proyecto. ¿Me ayudarías a…?

—¿Porqué?

La inesperada y corta pregunta le pareció a Zukure totalmente fuera de contexto.

—¿Qué cosa? —inquirió a su vez ella, en un susurro.

Hasta ese momento, fue consciente que una de sus manos seguía en uno de los hombros de Shigu, así que quiso apartarla. Sin embargo, él tenía rápidos reflejos y se lo impidió.

—¿Porqué? —repitió Shigu, sin inmutarse ni demostrar emociones más que en los ojos, que con el tono negro rojizo que poseían, recordaban carbones ardientes —¿Porqué me tratas así? ¿Es que acaso te hice algo… Zukure–san?

La chica deseó como nunca que Shigu no le hubiera hecho precisamente esa pregunta. Porque la respuesta, aunque simple, implicaría más preguntas. Y no se sentía en libertad de contestar.

Libertad… Ahora que lo pensaba, la libertad era un concepto muy ambiguo en la familia Hoshi, sobre todo para los miembros del Zodiaco. Por razones obvias, quien lo tenía menos claro era Gin, pero ella era un caso aparte. Para un miembro normal del Zodiaco, la libertad podía incluso no conseguirse nunca, a pesar de vivir una vida tan ordinaria como fuera posible.

—Shi–kun, no te entiendo —musitó Zukure finalmente, suspirando cansinamente —Pero puedes estar seguro de que no me hiciste nada.

Shigu dejó que la chica retirara la mano de su hombro, con gesto abatido. En silencio, se acercó a la montaña de libros y los cargó.

—Entonces no lo comprendo —murmuró —En verdad, no lo comprendo.

—No hay nada qué comprender, Shi–kun. Ahora por favor, sígueme.

Shigu entrecerró los ojos, ofreciendo un aspecto intimidante.

—No.

La rotunda negativa del muchacho sobresaltó a Zukure, que a pesar de todo, logró mantener la compostura, transformando su semblante sereno en una imitación de frialdad.

—Bien, en ese caso, permíteme llevarme mis libros.

La joven estiró las manos, pero Shigu se le interpuso.

—Por favor, Shi–kun —rogó Zukure —Quiero volver a casa antes que empiece a llover. ¿Sabes lo que es conducir una motoneta en Akigaoka cuando está lloviendo? —se quejó.

—No, pero sé lo que es conducir una motocicleta cuando está lloviendo.

—Muy gracioso, Shi–kun, en serio. Mira, déjame llevarme mis cosas, que si no…

Zukure intentó llevarse de nuevo los libros, pero en un rápido y brusco movimiento, de pronto se encontró apoyada contra la pared más cercana. Cerró los ojos debido al ligero golpe que se llevó, pero tardó en abrirlos. Temía lo que iba a encontrar.

—Contesta, Zukure–san —pidió Shigu con voz inexpresiva —¿Porqué?

La chica tragó en seco.

—No sé de qué me hablas —musitó débilmente, atreviéndose a abrir los ojos.

Shigu la observaba con intensidad, queriendo leer hasta su más mínimo gesto, habiendo colocado ambos brazos a sus costados, encerrándola. Y siendo más alto, debía inclinarse unos centímetros para que sus rostros quedaran frente a frente, casi juntos.

—Por favor —imploró Shigu y Zukure notó que un doloroso nudo se le formaba en la garganta al escucharlo. Shigu nunca suplicaba —Zukure–san… Sabes que yo… —suspiró —Quiero que seas feliz —confesó al cabo de un momento —Pero yo… no podré serlo si no estás conmigo.

La joven negó con la cabeza.

—Te equivocas —rebatió con todo el aplomo que pudo reunir —Conmigo nunca serás feliz, Shi–kun. ¿Me escuchaste? —subió un poco el volumen de su voz, sonando casi furiosa —Nunca.

Pero Shigu no le creía. Mejor dicho, no quería creerle. Más que nada porque ella no lo miraba a la cara y recordaba perfectamente que era un signo indiscutible de que estaba asustada.

—Yo decido eso —declaró finalmente el muchacho, bajando los brazos —Pero respeto tu deseo —aclaró, dejando caer los hombros con semblante abatido —No puedo obligarte a algo que no quieres. Sería cruel. Y sabes de sobra que no soy esa clase de persona.

Con una mano, señaló la puerta.

—Perdona… que me pusiera algo brusco —susurró —Puedes marcharte.

Zukure no podía creerlo. Después de todo aquello, Shigu la estaba dejando ir así, en clara actitud de darse por vencido. Controlándose en extremo, recogió su montaña de libros, dispuesta a tomarle la palabra, pero apenas dio unos pasos cuando otro relámpago iluminó a medias el aula, seguido de cerca por su trueno, lo que hizo que instintivamente girara la cabeza.

Shigu seguía de pie donde lo había dejado, pero ahora tenía los ojos fuertemente cerrados. Los labios le temblaban casi tanto como el cuerpo entero y cuando otro relámpago hizo su aparición, se llevó desesperadamente las manos a la cabeza, tapándose los oídos.

Estaba aterrado, y Zukure lo sabía. No podía dejarlo de esa manera… No como la última vez.

—Shi–kun… —llamó de manera suave, casi inaudible.

—No te preocupes —logró decir él al oírla —En serio, puedes irte, Zukure–san. Seguramente en casa de Wodaka–kun te están esperando.

Zukure no dudó ni por un segundo. Dejó los libros en la mesa nuevamente, caminó con firmeza hacia Shigu y antes de darle a su mente la oportunidad de reflexionarlo, lo abrazó.

—No puedo —murmuró, con la cara refugiada en el pecho de él —Shi–kun, ya no puedo…

El muchacho no comprendía, pero no dejó pasar la oportunidad. Con lentitud, casi con miedo, rodeó la cintura de Zukure con los brazos, tratando de no agobiarla. Pero un relámpago inesperado hizo que inclinara la cabeza con brusquedad, colocándola en un hombro de ella, al tiempo que la aferraba con fuerza. Estaba temblando de pies a cabeza.

—Está bien —le aseguró Zukure —Aquí estoy.

Sí, ahí estaba, ¿pero por cuánto tiempo?

Shigu no podía olvidar lo ocurrido precisamente cuando ella comenzaba la universidad. Él ya llevaba un año estudiando medicina, ganándose la admiración de sus profesores por su dedicación y empeño. Hasta ese momento, él y Zukure se habían llevado maravillosamente, porque desde pequeños, habían sentido una gran afinidad. En la Casa Grande, era raro cuando se veía a uno sin el otro, siempre paseando, charlando y riendo. Luego, lentamente, las cosas comenzaron a cambiar. Claro que él no lo veía, no tenía porqué.

Zukure era la maldita por Cáncer, el signo más cercano a la Luna, según la leyenda. Los malditos por el signo del cangrejo siempre estaban muy unidos a quien representara a Selene, pasara lo que pasara. Incluso compartían una fina y casi infalible intuición. Si decían que algo pasaría, no había porqué dudarlo. Era como si pudieran adivinar el futuro o algo semejante.

Para Shigu, las cosas con Zukure fueron normales hasta que a ella le llegó la hora de estudiar una carrera. Sabía que su ambición era crear lugares donde la gente se sintiera a gusto viviendo, trabajando y estudiando. Shigu le decía que era un sueño muy bonito y que la apoyaría, pero…

Sí, poco después de eso, el muchacho se enteró que los padres de ella se habían enfadado mucho con su decisión. Le dieron un ultimátum: estudiaba otra cosa o se marchaba de la casa. La chica lloró y rogó, pero no sirvió de nada. Luego intervino la jefa de familia y…

Hasta ese momento, Shigu había tenido los ojos cerrados, pero súbitamente los abrió con incredulidad. Claro, ¿cómo no lo había pensado antes? Debió parecerle sospechoso antes que Zukure hubiera podido marcharse tan fácilmente de la Casa Grande para ingresar a la universidad, sin reclamos por parte de los jefes de familia, y que poco después, sus padres se hubieran reconciliado con ella. Y además, de buenas a primeras, ya no le hablaba cuando estaban a solas. Ya no le sonreía. Ya no le confiaba nada.

—Zukure–san —musitó con voz ronca —¿Qué pasó con Kamitsuki–sama?

Había dado en el clavo. Lo supo en cuanto ella se quedó muy quieta, conteniendo la respiración, y lo estrujó un poco más.

—No sé… Shi–kun, ¿de qué estás…?

Shigu se separó de ella con delicadeza, la tomó de la barbilla y la obligó a mirarlo.

—Algo pasó con Kamitsuki–sama —ahora él no lo preguntaba: lo estaba afirmando —¿No es así, Zukure–san? ¿Algo te dijo ella que te ha tenido así conmigo?

Ella se mordió el labio inferior.

—No me hagas hablar de ello.

Bueno, que Zukure no negara nada, era buena señal.

—De acuerdo —Shigu le soltó la barbilla, dedicándole una efímera sonrisa —Pero sabes que eso no cambiará nada, ¿verdad? Yo… soy muy terco —dijo finalmente.

Zukure, por primera vez en varios minutos, compuso una mueca de fastidio.

—Sí, eres muy terco, como digas —ironizó.

—Pues aunque no lo creas, lo soy —Shigu inclinó la cabeza, quedando sus ojos a la par de los de Zukure, para susurrarle —¿Cuándo has visto lo contrario?

La chica tragó saliva, reprimiendo un escalofrío, hasta que otro relámpago traspasó el firmamento en el exterior y dejó ver esa faceta de Shigu que casi nadie conocía: la de un joven aterrorizado. El muchacho se aferró a ella como si de eso dependiera su vida, tiritando sin poder contenerse, respirando con dificultad…

—Shi–kun… —llamó suavemente Zukure —Yo… tengo que…

—Por favor —oyó que le susurraba él —No te vayas. No otra vez.

¿Cómo negarse cuando se lo pedía así?

—Zukure–san —musitó de pronto Shigu, tras un largo rato —Por favor, cuéntame. Cuéntame porqué nos ha pasado todo esto.

La muchacha no pudo contenerse más y dejó escapar un sollozo.

—¿Zukure–san? —se sobresaltó el chico.

—Shi–kun… —llamó ella con tono suplicante —Por favor, no me preguntes. Por favor…

—Es que necesito saber.

—No, no necesitas saber.

Se separaron, con los rostros contraídos por el enojo.

—Eso no puedes saberlo.

—Claro que puedo saberlo.

Ahora mostraban una terquedad infinita en demostrar que tenían razón.

—¿Y se puede saber porqué?

—¡Porque sé que no te haré feliz!

Los dos se quedaron atónitos ante la frase. Él por las palabras en sí (a pesar de haberlas oído antes) y ella, por darse cuenta de lo que había dejado escapar. Zukure se tapó la boca con una mano, aparentemente sin poder creer lo que acababa de soltar.

—¿De dónde sacaste semejante estupidez?

La pregunta de Shigu estaba hecha con el más claro tono de incredulidad e indignación.

—No es una estupidez —se defendió Zukure en el acto —Es la verdad.

—¿Según quien? ¿Según tú o según Kamitsuki–sama?

—¿Eso qué más da? —espetó la chica con un dejo de desesperación —Lo importante es que me dejes en paz, Shi–kun, ¿me escuchaste? Hazme caso y déjame en paz.

—¿Porqué?

Y la repetición de aquella pregunta, serena y a la vez ansiosa, pareció derrumbar las pocas barreras que le quedaban a la chica.

—¡Porque no quiero que te tengan lástima! ¿De acuerdo? ¿Crees que no sé lo que dice la familia de mí a mis espaldas? Soy demasiado extraña para que se me comprenda, así que hace mucho que dejé de desearlo, ¿pero qué hiciste tú, eh? ¿Te acuerdas acaso?

Entre toda esa perorata, Shigu creyó comprender el meollo del asunto. Sin embargo, no habló, dejando que Zukure sacara todo lo que se había estado guardando.

—Llegaste un día y de buenas a primeras, me diste a entender que querías conocerme. ¿Qué estaba pasando? Nadie, absolutamente nadie, se había tomado la molestia de saber cómo era yo. Daban por hecho que era Cáncer, el compañero eterno de Kamitsuki–sama, que siempre le sería leal… Pero me conoces, Shi–kun, me conoces muy bien: no le doy mi lealtad a quien no me ha dado la suya. Así que, cuando Kamitsuki–sama me dijo que apoyaría que estudiara lo que quisiera siempre y cuando me fuera de la Casa Grande, ¿crees que acepté enseguida? Ah, no, por supuesto que no. Ella, para lograrlo, tuvo que ponerte en la ecuación y ya.

Shigu no pudo evitar desviarse un poco de sus deducciones al percatarse de que Zukure había empleado un término algebraico en su discurso. A la chica siempre la había fascinado el álgebra.

—Me lo dijo… Me dijo que solamente te causaba problemas… Que por culpa mía, los demás te hacían a un lado… Que ella y Terasu–sama acabarían castigándote… ¿Qué esperabas que hiciera, Shi–kun? —inquirió con rabia, pero con las mejillas empapadas en llanto —¿Querías que los dejara hacerte lo que se les diera la gana? ¡He visto cómo tratan a Juni–kun! —exclamó, ligeramente asustada —No quería lo mismo para ti… Tenía que irme… Y sin despedirme… Yo… lamento haberte abandonado de esa forma, pero es que… Sentí que no tenía de otra…

Para entonces, la chica se tapó la cara con las manos, en un vano intento por contener las lágrimas, con gesto cansado y derrotado. ¿De verdad lo había hecho? ¿Le había dicho todo a Shigu? ¿Y qué sucedería ahora? Meneó la cabeza de un lado a otro con pesadumbre, queriendo librarse de esos pensamientos, pero sabía que de una forma u otra, debía enfrentar las cosas.

—Sigo en lo dicho —soltó Shigu de repente, cortando el tenso silencio que se había formado entre ellos —Es una estupidez.

—¡Pero Shi–kun…!

Zukure intentó replicarle, hacerle ver lo mismo que ella, pero no pudo hacerlo.

Y es que cuando Shigu la calló de esa forma, besándola de golpe y con una inusitada ternura, ¿qué otro remedio le quedaba, sino dejarse llevar por la emoción? Fue en ese momento que se dio cuenta de cuánto había extrañado tenerlo cerca, que la abrazara y le dedicara algún gesto de afecto… Pero con asombro, notó que aquel era el primer beso que recibía en su vida. Y por alguna razón, estaba encantada por ser Shigu quien se lo diera.

Un relámpago con su respectivo trueno rompió parte del encanto, justo cuando Zukure empezaba a recuperarse de la impresión y disfrutaba ese breve instante de inconsciencia del mundo exterior. Shigu, al escuchar el trueno, había temblado, desconcertándola.

—Lo siento… —musitó él, ligeramente avergonzado, separándose unos centímetros.

—No importa —aseguró Zukure suavemente —La tormenta…

Vio con extrañeza que Shigu negaba con la cabeza.

—Lo siento —repitió él —Yo… no debí… besarte sin más. Creo que me dejé llevar y…

—¿Oíste que me quejara, acaso?

El muchacho la observó totalmente atónito. Zukure le dirigía una mirada profunda acompañada de una sincera sonrisa.

—Shi–kun, no me he quejado en absoluto —le hizo notar ella con un tono cargado de afecto —Fue algo sorpresivo, sí, pero… Llevaba tiempo deseándolo. Sólo espero… que lo hayas hecho… por la razón que estoy pensando y no por un arranque tuyo.

—¿Por quién me tomas? —repuso Shigu, serio —Nunca me atrevería a burlarme de ti, Zukure–san. Yo… —tragó saliva, se acercó al oído de ella y susurró —Yo te amo.

La chica se estremeció, tanto por sentir el aliento de él en su oído como por la frase en sí. Se mordió el labio inferior con nerviosismo y lo abrazó con fuerza.

—Por eso lo hice —murmuró de manera un tanto incoherente —Shi–kun, ¡por eso lo hice, por eso me fui! Porque te amo tanto que a veces duele.

La leve risa de Shigu al estrecharla la calmó un poco.

—Deberíamos ahorrarnos estos malentendidos en el futuro, ¿no te parece? —pidió él amablemente —Por un momento creí… Bueno, llegué a pensar que estabas enojada conmigo.

—¡Nunca! —exclamó Zukure, separándose de golpe y con una expresión molesta en la cara —Shi–kun, yo nunca podría enfadarme contigo, ¡nunca me has dado motivos!

—Es bueno saberlo, aunque…

Otro relámpago cortó la frase del muchacho, y el trueno subsiguiente lo hizo cerrar los ojos con ganas. Zukure le tomó una mano con las propias.

—Aquí estoy —le recordó con suavidad —Aunque no parezca, aquí estoy.

Shigu asintió silenciosamente.

—Vámonos —dijo ella entonces —Anda, Shi–kun, ayúdame con mis libros y vámonos.

Él la obedeció en el acto.

En menos de diez minutos, cada uno estaba ataviado con impermeables, a bordo de su respectivo transporte, camino al exterior del campus. La lluvia arreciaba, pero al menos el viento no era un peligro. Con un ademán, Shigu le indicó a Zukure que lo siguiera y ella asintió. Transitaron por las calles cercanas a la universidad un rato hasta llegar a un edificio de departamentos.

—Anda —Shigu llegó primero, y luego de estacionarse, desmontó su motocicleta y se acercó a Zukure —Aquí podrás esperar a que pase la tormenta. Akigaoka debe estar muy peligroso.

Zukure, observando de reojo lo gris y oscuro que se ponía el cielo, no pudo más que darle la razón. Desmontó la motoneta, miró por un segundo la fachada del edificio y siguió al joven.

Después de un breve viaje en ascensor, llegaron ante la puerta de madera que Shigu se apresuró a abrir con una llave plateada. Zukure tuvo una fugaz vista de una sala con la mesa de centro llena de papeles antes de que Shigu cerrara la puerta, a causa de otro trueno.

—Ven —lo invitó Zukure con ternura, tendiéndole una mano.

Shigu no se lo hizo repetir, sujetó la mano de la chica con fuerza, pero a la vez con delicadeza, como a un objeto de cristal sumamente valioso. Ella lo llevó al sofá, aunque antes de sentarse, tuvo que quitarse el empapado impermeable y hacer a un lado algunos diccionarios de idiomas extranjeros.

—Gura–kun no es muy ordenado —observó Zukure al tomar asiento.

—No, sobre todo cuando está en exámenes finales —reconoció Shigu, sentándose junto a Zukure luego de quitarse el impermeable —Ha estado como loco, recitando frases en todos los idiomas que puedas imaginarte. Aún me pregunto cómo se me ocurrió invitarlo a vivir conmigo.

—Necesitabas compañía.

—Eso también.

Los dos se quedaron callados, tomados de la mano y reclinados en el sofá. Ahora, a pesar de que el agua no dejaba de golpear los cristales y los relámpagos eran cada vez más constantes, Shigu no temblaba. Se limitaba a darle un apretón a la mano de Zukure cuando el cielo tronaba.

—¿Dónde está Gura–kun ahora? —inquirió la pelirroja, rompiendo el silencio.

—Dijo algo de dar una vuelta al terminar su examen de Gramática Alemana —Shigu se encogió de hombros —Que estaba harto de encerrarse aquí a estudiar.

—Cualquiera se hartaría de estudiar solamente —reconoció Zukure.

—Mira quién lo dice, la chica tengo memoria fotográfica para lo que sea.

Zukure rió sin poder evitarlo, pero se cortó en cuanto un trueno especialmente potente se dejó escuchar, porque Shigu la jaló hacia sí, abrazándola fuerte.

—¿Quisieras… quedarte conmigo hoy? —inquirió él en su oído con cierta timidez.

Zukure no supo qué contestarle, al menos no al principio. Acabó por asentir silenciosamente, con las mejillas rojas.

—Gracias.

&&&

—¡Ya llegué!

Gurazu Hoshi entró al departamento donde vivía a eso de las siete. La tarde moría, la tormenta de horas atrás se había convertido en una llovizna y podía vislumbrarse un trozo de cielo estrellado al este. El joven de ojos casi rojos, luego de arrojar su mochila a un rincón, se quitó el impermeable rojo que lo cubría, colgándolo distraídamente en un perchero junto a la puerta. Al segundo siguiente dio un paso al interior del departamento, cuando algo llamó su atención.

En el perchero, además de un impermeable negro que él conocía de sobra, había otro, uno rosa. ¿Acaso había visitas? Gurazu arqueó una ceja, extrañado. Shigu no solía invitar a nadie, al contrario: siempre lo regañaba a él por llevar gente sin ton ni son al departamento. Pero de pronto se le vino una idea a la mente, porque solamente recordaba a una persona que usara un impermeable rosa y que además, Shigu no tendría ningún inconveniente en invitar…

A paso rápido, fue a la sala, pero no encontró a nadie allí. Resoplando, se encaminó a los dormitorios y pasando de largo el suyo, fue a llamar a la última puerta del pasillo. Al no recibir respuesta, se atrevió a abrir la puerta unos centímetros.

Shigu estaba dormido, gran novedad. Gurazu sabía que cuando había tormenta, Shigu hacía lo que fuera por dormir y no escucharla, simplemente le daba miedo el sonido de los relámpagos. Lo que sí desconcertó a Gurazu un momento fue ver a su amigo y primo con la cabeza recostada en el pecho de alguien que por cierto, también dormía. Y ese alguien era Zukure.

El muchacho no pudo contener una risita, acompañada de una sonrisa. Ese par sí que los estaban preocupando a todos, pero tal parecía que las cosas entre ellos se habían arreglado. Ofrecían una imagen enternecedora en esa postura, además que Shigu rodeaba la cintura de Zukure con los brazos, como a un muñeco de peluche al que no quisiera soltar. En tanto ella, con gesto de lo más apacible, tenía una mano sobre la cabeza de Shigu, en ademán protector. Ninguno de los dos dio muestras de haber oído el anterior grito de Gurazu, anunciando su llegada, y mucho menos que éste abría la puerta para espiarlos. Sin dejar de sonreír, Gurazu cerró la puerta de nuevo, encaminándose a la cocina y de paso, tomando el teléfono inalámbrico de una mesita de la sala.

Tenía que avisar que Zukure llegaría tarde a casa.

Desconectado THB Potter

  • CABO
  • *
  • Mensajes: 106
  • KI: 1
  • Sexo: Femenino
  • ... Los que destacan son los bichos raros.
    • Mi blog, ¡bienvenidos sean!
Re:Telaraña [31/52 + Omake 1/7]
« Respuesta #110 en: Agosto 17, 2013, 12:08:35 am »
Treinta y uno: A enamorarse.

Las vacaciones de invierno se aproximaban, lo que en la familia Hoshi significaba que se venía encima la celebración del solsticio hiemal. Los miembros del Zodiaco y el Panteón en pleno se preparaban para pasar esos días juntos, pero no todos se mostraban tan entusiastas.

—Ah, me temo que tendré que fugarme.

Hatsu soltó aquella frase en los últimos días de noviembre, paseando por un centro comercial que poseía por techo un domo de cristal preciosamente decorado, entre otras cosas, con varias rosas amarillas: era la tienda departamental Akibara, en el centro de Akiyuri. El amarillo del domo le daba a Hatsu un brillo verdoso a su cabello, lo que atraía numerosas miradas.

—¿De qué estás hablando? —quiso saber Kuren, que lo acompañaba aquel día.

Hatsu, frunciendo el ceño, no contestó, sino que distraídamente posó sus ojos en el escaparate de una tienda que ya lucía adornos navideños. Al cabo de unos segundos, bufó, cosa que extrañó a Kuren. El peliazul no bufaba de esa forma, entre resignado y frustrado, así como así.

—Digamos que no me atrae la idea de estar encerrado por casi dos semanas —se decidió a contestar Hatsu al cabo de unos segundos —Es lo único malo que le encuentro a los solsticios.

—No te entiendo —renegó Kuren de repente —Es la única ocasión en la que nos reunimos todos los del Zodiaco y tú te andas quejando…

—No estamos todos —rebatió Hatsu sin inmutarse.

Kuren dejó escapar un suspiro. Sabía lo que Hatsu opinaba sobre Gin y aunque compartía su punto de vista, lo cansaba discutir el tema. No era algo que ellos pudieran arreglar, así que ¿porqué debería preocuparles?

—¡Oye, tú, el del cabello verde!

El llamado, hecho con una voz femenina muy alta, no llamó la atención de los dos primos. Al contrario, se pusieron a divagar sobre quién estaba tan loco como para traer el cabello verde. Pero su charla se acabó cuando una figura se colocó frente a ellos de golpe.

—Disculpa, te estoy hablando.

La figura, perteneciente a una chica de larga melena castaña, ojos azules y piel muy clara, señaló a Hatsu con un fino índice, al tiempo que fruncía el ceño con firmeza.

—¿A mí? —se extrañó Hatsu, viendo de reojo a Kuren —¿Tú la conoces? —inquirió.

El peliblanco se encogió de hombros, negando con la cabeza.

—Pues yo menos —Hatsu dio un paso al frente —Con su permiso, señorita. No sé quién es usted, así que no sé para qué me detiene.

—Te conozco —afirmó la chica —¿No eres tú el que sale con Mako–kun?

Kuren observó a su primo, quien pese a su habitual apatía, mostró una ligerísima sorpresa.

—¿Que salgo con quién? —preguntó el peliazul con fingida indiferencia.

—Con Mako–kun. Sei Mako–kun. ¡Estoy segura! Te vi con ella hace semanas, aquí mismo en la Akibara. Y como ella siempre anda presumiendo del buen novio que tiene…

Hatsu la adelantó sin decir palabra, lo cual a Kuren le extrañó tanto que también dejó a la chica con la palabra en la boca, con tal de seguir al peliazul.

—Hatsu, me sorprendes —fue lo primero que pudo decirle Kuren al alcanzarlo, cosa que le costó trabajo entre la multitud —Normalmente, ante algo como eso —señaló con el pulgar a su espalda —hubieras soltado uno de tus comentarios raros. Y ahora simplemente…

—Ah, es que no valía la pena. Además, de seguir con la conversación, hubiera visto mejor el color de mi cabello.

—¿Y eso qué?

—Digamos que no me conviene.

Kuren iba a preguntar algo más cuando el sonido de un piano interrumpió el ambiente. Poco tardó en darse cuenta que provenía del bolsillo de su primo. En concreto, de su celular, un modelo delgado, azul cobalto y muy reciente.

—¿Cuándo te compraste ese? —quiso saber Kuren, mientras su pariente revisaba la pantalla del aparato con seriedad, obviamente refiriéndose al celular.

Y es que Hatsu, con los ocasionales trabajos que realizaba arreglando cosas electrónicas, recibía buenos pagos, los que empleaba para comprar artículos de primera generación.

—Ah, es que no lo compré. Lo recibí por hacer que un niño entrara a quimioterapia. No quería aceptarlo, pero el padre fue muy insistente —arqueó una ceja con los ojos fijos en la pantalla, antes de presionar algunas teclas y luego, guardarse el celular —Bien, tengo que irme. Nos vemos en la puerta principal de este lugar en dos horas.

—¿Era en serio? —se quejó Kuren —¿De verdad me usaste para escaparte?

La respuesta de Hatsu, concisa y sin pizca de remordimiento, no se hizo esperar.

—Sí.

Kuren negó con la cabeza y agitó una mano en señal de despedida al verlo alejarse. En verdad que le caía bien Hatsu, pero no siempre lo comprendía. Encogiéndose de hombros, dio media vuelta, pensando que quizá podría matar las dos horas de espera entrando al cine de aquel enorme centro comercial, cuando inesperadamente, chocó con alguien.

—¡Disculpe! —musitó con algo de fastidio —¿Está bien?

Vio cómo una cabeza castaña asentía a la vez que su dueña lo veía con atención.

—¡Tú! —exclamó la chica, la misma que segundos antes había detenido a los dos Hoshi, aunque extrañamente lucía más serena —Oye, ¿y tu amigo? Quiero hablar con él, es importante.

—En primera, no sé quién eres —comenzó Kuren, impaciente —En segunda, no soy tan tonto como para decirte dónde está mi amigo. Y en tercera, ¿no podrías ser un poco más cuerda?

Ante lo último, la chica no pudo evitar soltar una carcajada.

—En serio, ¿cómo es posible que me hayan dicho eso tres personas diferentes? —soltó la joven con el semblante divertido —Supongo que eso significa que es la verdad —suspiró, cansada de tanto reír, para volver a ponerse terca —Pero dejando eso a un lado, necesito hablar con tu amigo, es importante. Estoy seguro que es el novio de Mako–kun, pero…

—Mi amigo nunca sale con nadie —la cortó de pronto Kuren, hartándose de la situación y girándose hacia su izquierda —Está demasiado ocupado como para eso. Así que por favor, no insistas, que no te diré a dónde se fue.

—Entonces, ¿le podrías pasar un recado?

—¡Por última vez, cállate! —espetó Kuren de mal humor, fulminando a la chica con la castaña mirada, que a la luz amarillenta del domo, destacaba con un brillo miel casi dorado.

Varias personas se les quedaron viendo, pero Kuren no se dio por enterado. Estaba por marcharse cuando un muchacho más o menos de su edad pero con muy mala cara, se acercó con gesto falsamente galante.

—Oiga, señorita, ¿el tipo la está molestando? —preguntó.

La chica, barriendo con la mirada al sujeto, hizo una mueca.

—No, para nada —respondió, encogiéndose de hombros —En realidad yo…

—Ah, en ese caso, ¿no quiere venir a tomar algo? —el muchacho la tomó de una muñeca y tiró de ella un poco —Es muy guapa, ¿sabe? No ande perdiendo su tiempo —y meneó la cabeza hacia Kuren, que los veía con una ceja arqueada.

—No, gracias, en serio —la chica quiso zafarse, pero con contrariedad, descubrió que no podía —Estoy ocupada, ¿me puede soltar?

El muchacho le dio un jalón demasiado brusco, puesto que ocasionó que ella dejara escapar un grito asustado. Aunque fue lo último que aquel muchacho oyó, porque de repente, sintió un fuerte impacto en una mejilla y cayó al suelo, noqueado.

—Hay tanta gente rara en el mundo… —comentó Kuren, observando al caído con desprecio y un puño en alto —¿Estás bien? —le preguntó a la castaña.

—Ah, sí, claro —contestó ella, turbada, frotándose la muñeca —Gracias —susurró al segundo siguiente, inclinándose ante el peliblanco.

—No fue nada —desdeñó Kuren con seriedad —Me recordaste a mi hermana pequeña.

La chica lo miró entre sorprendida y ofendida.

—No pienses mal, es que… —el chico Hoshi se defendió al sentirse acorralado.

—Ya, ya —la chica movió una mano delante de su cara con indiferencia —Supongo que es por la diferencia de edades, ¿no? Yo curso el segundo año de preparatoria. Y tú te ves mayor que yo. ¿Qué, estás en tercero, acaso?

—En realidad… la próxima primavera me gradúo de la universidad.

La castaña se quedó con la boca abierta. Había pensado que el peliblanco no le llevaba más de un año por su estatura, que apenas sobrepasaba la propia por unos quince centímetros.

—Lo siento, no debería andar preguntando ese tipo de cosas. Vas a pensar que soy una entrometida, pero me llama la atención. Para tu edad no eres muy alto, ¿cierto?

—Ahora sí que me largo.

—¡No, por favor! Al menos dime tu nombre. Me acuerdo que tu apellido es Hoshi, pero…

Eso hizo que Kuren la viera con una ceja arqueada, interrogante.

—¿De dónde sacaste mi apellido? —quiso saber.

—Ah, bueno… En el festival, estabas con los demás parientes de la vicepresidenta, viendo el cuento de Akiyuri, así que pensé… Además, ¿no fuiste el año pasado?

Kuren asintió.

—Así que eres de la Akiai, ¿eh? —hizo notar el chico, ladeando la cabeza —¿Te he visto antes? Porque me da la impresión de que sí.

La chica no contestó, sino que retorció las manos, con las que sujetaba la correa de un bolso marrón, y agitó la cabeza de un lado a otro.

—Ya decía yo… No te recuerdo de nada. Bueno, quedamos en paz, así que me voy.

—¡No, espera! —la joven lo tomó de una muñeca —Es que… yo quisiera…

Pero se detuvo al notar la mirada que Kuren le dedicaba. Parecía asombrado.

—¿Qué? —quiso saber él.

—Es que yo… ¿Cuál es tu nombre?

—¿Otra vez con eso?

—Nunca contestaste.

Kuren suspiró, resignado. ¿Le haría algún daño decirle su nombre?

—Si quieres, diré el mío primero, si te hace sentir mejor.

Eso hizo que el muchacho abriera los ojos desmesuradamente, viendo por primera vez a la chica con atención. Ésta, luego de soltarle la muñeca, hacía una nueva inclinación ante él.

—Mucho gusto —decía —Soy Soho Suzume.

—¿Suzume? —se extrañó Kuren —Normalmente es nombre de chico, ¿no?

—La verdad es que no tengo idea —Suzume se echó a reír —Creo que a mis padres les gustó solamente porque es el nombre de un ave.

—Al menos es un nombre común —se quejó el muchacho —Yo me llamo Kuren.

—¿Kuren? —repitió Suzume lentamente —Suena bonito.

El chico se sonrojó ligeramente.

—¿En serio? —quiso saber,

Por toda respuesta, Suzume asintió con la cabeza.

—Oye —llamó de pronto —Ya que podemos hablar en paz… ¿Puedo preguntar algo?

Kuren, distraídamente, asintió.

—¿Tú… tú eras… eras el carnero, verdad?

El muchacho la vio como si no creyera lo que oía.

—¿Verdad que sí? —insistió ella, con un dejo de súplica —Es que… desde ese día… Me quedé pensando que me había vuelto loca… Lo que vi no era normal, pero ahí estaba… Y después traté de hacer como que no era cierto, pero no pude… ¡Ah, qué tonterías! —soltó con desesperación —Voy a darle la razón a todo el mundo, eso es seguro —rió de nuevo, pero de manera breve, para finalmente musitar —No estoy muy cuerda.

—Deberías explicarte mejor —pidió Kuren, tratando de mantenerse sereno —No te estoy comprendiendo nada, en serio.

Suzume negó con la cabeza.

—Mejor olvídalo. Y si de verdad tu amigo es el novio de Mako–kun —Kuren hizo un gesto de contrariedad —Dile que… está enferma. Que si la ve en estos días, la haga volver a casa.

Y sin más, Suzume se dio al vuelta y echó a correr, dejando a Kuren sumamente extrañado. Y también preocupado, para qué negarlo. No podía quedarse con la duda, era demasiado arriesgado. Suficiente tensión tenía con su último año en la universidad, la enfermedad de Konoha… Siendo miembro del Zodiaco. No, las cosas no se podían quedar así con esa chica tan loca.

Así que la siguió.

&&&

Hatsu dejó a Kuren con toda la tranquilidad del mundo en la segunda planta de la Akibara, pensando en el mensaje que acababa de leer en su celular. Su semblante, al reflexionar cada vez más, se fue endureciendo, hasta que llegó a su destino: la fuente de la planta baja.

En esa planta de la tienda departamental había una especie de plaza circular a la que podía accederse en cuanto se entraba, cuyos locales a su alrededor eran de comida. Las mesas en el exterior de los locales abundaban, pero no tanto como para restarle espacio a la hermosa fuente circular que con sus delicados chorros de agua, daba un sonido agradable al sitio. Era el punto de encuentro por excelencia en la Akibara: desde ahí, podía irse a cualquier sección de la tienda.

—Ah, aquí estás.

Hatsu se colocó detrás de la chica de melena castaña ceniza que, de pie junto a la fuente y enfundada en un largo abrigo gris azulado, ladeaba la cabeza de vez en cuando, pensativa. Ésta se sobresaltó y se dio la vuelta, mostrando una radiante sonrisa.

—¡Hatsu–san! Me alegra que pudieras venir. Estuve a punto de cancelar, pero no supe si era buena idea porque…

Se interrumpió al sentir una mano en su frente.

—Ah, es cierto —comentó Hatsu, retirando la mano de su frente —Estás enferma. Ve a casa.

—¡Tienes que estar bromeando! —se molestó la joven, sonrojándose un poco más de lo que ya estaba —Oye, ¿sabes lo que me costó que…?

—Quiero estar contigo —la interrumpió Hatsu con la seriedad de siempre —Pero también quiero que estés bien, ¿de acuerdo? —esbozó una débil sonrisa —Te acompaño a casa, Mako–san.

Mako Sei le dedicó un mohín de fastidio que la hacía lucir muy graciosa.

—Sabes que si nos ven juntos, puede haber problemas —le hizo notar ella.

—Ahora eso no es prioridad. Vámonos.

Encogiéndose de hombros, Mako dio unos pasos delante de Hatsu, sonriendo tiernamente.

—Por cierto, quiero saber una cosa —la chica, al salir a la calle, se alzó el cuello del abrigo, dado que hacía mucho viento —¿Cómo te enteraste que estoy enferma?

—Ah, nada del otro mundo. Endo–san ya tiene mi número de celular, así que me envió un mensaje. Como ves, no soy el único que se preocupa por ti.

Mako se sonrojó más, aunque esta vez sintió mucho calor, lo que era raro puesto que el otoño estaba por terminar. Entrecerró los ojos, para luego agitar levemente la cabeza, despabilándose. Miró a Hatsu, que la veía con atención, y le dedicó un gesto tranquilizador.

—Estoy bien —aseguró.

—Si sigues mintiendo, te dejo de ver hasta después de mi graduación —amenazó el peliazul, procurando que no se notara lo que le dolían sus propias palabras.

—No serias capaz —afirmó Mako con seguridad —Y en cuanto a que esté mintiendo…

No pudo terminar, porque se tambaleó un poco y fue a apoyarse en Hatsu, quien abandonó su expresión molesta para adoptar una preocupada.

—Suficiente, te llevaré a casa aunque sea a rastras —el chico la tomó de un brazo —Anda, tomaremos un taxi. Si no quieres que nos vean tus padres…

—Mis padres no están. Y Do–chan tampoco, tenía que comprar algunas cosas de la escuela.

Hatsu arqueó una ceja, mas no hizo comentarios. Se dedicó a detener un taxi, hacer subir a Mako y dejar que la chica le indicara la dirección al conductor, luego de lo cual ella recargó la cabeza en su hombro, agotada.

—Lo lamento. ¿Estás enojado conmigo?

Hatsu negó con la cabeza. Las palabras, por alguna razón, no le salían.

—Gracias.

Hicieron el trayecto en silencio, el cual duró alrededor de diez minutos. Finalmente, el conductor se detuvo frente a una mansión de estilo occidental, donde ambos jóvenes se apearon, siendo Hatsu quien pagó el servicio. Mako se separó del muchacho para abrir la puerta, girándose hacia él cuando lo consiguió.

—Gracias por acompañarme —dijo, inclinándose levemente —Ya arreglaré cuentas con ese hermano mío —comentó en son de broma, antes de sonreír —Hatsu–san, espero que podamos vernos pronto, porque…

Sin previo aviso, el joven la encerró en un fuerte abrazo.

—Cuídate —le susurró al oído —No quiero que te pase nada.

Mako no tuvo de otra más que asentir con la cabeza, correspondiendo torpemente al abrazo por unos segundos, antes de separarse y entrar a la casa.

Al ver eso, Hatsu se quedó ante la puerta de la mansión unos segundos, con semblante reflexivo, luego de lo cual emprendió el camino de regreso a la Akibara. Recordaba que tenía que encontrarse con Kuren ahí, para volver juntos a la Casa Grande. No podía llegar solo allá, luego de haberles dicho a sus padres que saldría con el peliblanco a hacer unas compras navideñas.

En ese momento, sonó su celular, lo que interrumpió sus pensamientos. Miró la pantalla del aparato y luego de identificar el número, respondió a la llamada.

—¿Kuren? —pronunció, extrañado —¿Qué sucede? Tuve que alejarme un poco de la Akibara, pero ya voy de regreso, si quieres que…

—Olvídate de eso —le espetó la voz de su primo al otro lado de la línea —Nos vemos en tres horas. Yo también tuve que salir de la Akibara y me tardaré en regresar.

Y sin más, le colgó. Hatsu se quedó mirando el celular un tanto impresionado, pues Kuren no solía ser así de brusco, después de lo cual guardó el aparato, se encogió de hombros y decidió tomarse su tiempo para volver a la tienda departamental. Ahora estaba más tranquilo.

&&&

La Akibara se llenaba a medida que la tarde avanzaba, dado que la mayoría de los estudiantes de secundaria y preparatoria aprovechaban el final de sus actividades para ir allí a distraerse. Eso o cumplían con algunas obligaciones.

—Sí, ya lo tengo todo.

Nagase Haraki cargaba un par de bolsas de plástico al tiempo que consultaba un pedazo de papel que, de manera apresurada, su madre le había entregado esa mañana.

—Necesito que compres esto en la Akibara después de clases —le había pedido la señora Haraki antes de verlo salir disparado a la preparatoria —Son cosas de las niñas.

—¿Y porqué tengo que ir yo? —se había alcanzado a quejar el rubio.

—Porque tienes que ir de todas formas por tus cosas del viaje, ¿no? —recordó la señora Haraki —Además, eres el mayor y no mandaré a tus hermanas solas, ¿comprendes?

Nagase se había resignado a cumplir con la tarea, pasando por la vergüenza de entrar incluso a una tienda de ropa para adquirir un par de faldas y unas blusas. Lo peor era que las dependientas, en vez de burlarse de él, intentaban ligárselo.

—No vuelvo a hacer esto —renegó Nagase por lo bajo, guardándose la lista de su madre en un bolsillo —Que a la próxima, venga Naoko. Ya es lo bastante grandecita como para…

Se interrumpió de golpe, pues frente a él habían pasado un trío de chicas muy peculiar. Y una de ellas llamó poderosamente su atención, haciendo que la siguiera con pasos apresurados. Cuando estuvo lo bastante cerca, logró escuchar la conversación.

—¿Y si las cosas no avanzan como creemos? —decía una de las jóvenes, pelirroja.

—Te dije que no fueras pesimista —recriminó otra, rubia y un poco más baja.

—¿Las dos podrán enmudecer por los próximos cinco minutos? —inquirió con fastidio la tercera chica, de cabello oscuro —Me volverán loca en caso contrario.

Las otras dos, al oír eso, asintieron con la cabeza, un tanto apenadas.

—No eres nada paciente, Kina–nesan —renegó la pelirroja.

—Tenías mejor carácter en Beijing —recordó la rubia.

La de cabello oscuro negó con la cabeza, en actitud resignada.

—Iremos a casa ahora —ordenó de pronto —Tendremos que hablar con Kara–nesan de todo esto. Será una larga noche, ¿cierto?

—Tú siempre tan estricta —ironizó la rubia —Ya le advertimos a Kara–nesan, pero no nos escuchó la primera vez, ¿porqué ahora sí?

—Tal vez porque no perderemos nada probando de nuevo. ¡U–chan!

La pelirroja, que se había adelantado unos pasos para contemplar el escaparate de una tienda, dio un respingo y sonrió a modo de disculpa.

—Perdón, es que veo que ya promocionan los regalos de Navidad.

Las otras dos se miraron y adquiriendo una idéntica expresión entusiasmada, se reunieron con la pelirroja, admirando por varios minutos los diferentes juguetes y muñecos que exhibía.

—Son muy bonitos, ¿verdad? —declaró la pelirroja.

Las otras dos asintieron de inmediato.

—¿Y si apartamos algunas cosas? —sugirió la pelirroja.

—Ni hablar —se negó la morena —Gastaremos nuestro dinero en balde. No estaremos en Japón en Navidad, U–chan.

—¿Cómo se te olvidó, U–nesan? —reprochó la rubia.

—No sé, en serio. Supongo que los asuntos que arreglamos últimamente ocupan casi todo mi tiempo y mi cerebro. Ya, no me regañen tanto —pidió, sonriendo a modo de disculpa —¿Qué dicen, Toya–chan, Kina–nesan?

Las otras dos, suspirando, asintieron.

—Ahora, vámonos —indicó la pelirroja, sonriente —Kara–nesan puede enfadarse mucho si tardamos demasiado.

—Como siempre —suspiró la rubia.

—Hoy no —repuso la morena —Estará demasiado ocupada para eso.

—¿Segura? —inquirieron las otras dos.

—Ajá. Le daremos mucho en qué pensar.

La rubia compuso una sonrisa melancólica, en tanto la pelirroja hacía una mueca.

—Oye…

Las tres jóvenes dieron un respingo, mirando por encima de su hombro. Se encontraron con Nagase, que las veía con el ceño fruncido, al parecer concentrado en algo.

—Le hablaba a ella —Nagase señaló a la morena, quien arqueó una ceja —Te llamas… ¿Kina, cierto? ¿Hoshi Kina?

—Hoshi, sí. Kina, no.

—No entiendo.

—Te conozco —declaró la pelirroja entonces —Eres el campesino del cuento de Akiyuri, ¿verdad? —cuando Nagase asintió, la pelirroja exclamó, al tiempo que le tendía la diestra —¡Mucho gusto! Soy Umei —se presentó —Ella es mi hermana menor, Itoya —señaló a la rubia —y ella es mi hermana mayor, Kyouseitekina —indicó a la morena.

—¿Cómo puede ser eso? —inquirió Nagase, luego de estrecharle la mano y dedicarles a las otras dos un gesto de cabeza a modo de saludo.

—Fácil: somos trillizas —soltó Umei a modo de explicación.

Nagase asintió en señal de comprensión.

—¿Para qué quieres hablar con Kina–nesan? —quiso saber Umei, curiosa.

—Por nada del otro mundo. Es que… la recordé del puesto de onigiri del festival Yuri–hime. Ella fue la que me atendió.

—¡Ah, sí! —exclamó Itoya —Y fuiste tú el muchacho que le dio propina, ¿cierto? Eso fue un lindo detalle de tu parte.

—Toya–chan… —musitó Kyouseitekina a modo de advertencia.

—No quiero molestar —se apresuró a decir el muchacho —Solamente quería… asegurarme de que eras la misma. Y si de paso conseguía tu nombre, mejor —les guiñó un ojo a las trillizas, pero se fijó solamente en Kyouseitekina al agregar —Traeré un regalo del viaje. Nos veremos.

Nagase se dio media vuelta, sonriendo alegremente, dejando a las tres chicas mirándose entre sí con una mezcla de desconcierto y diversión.

—Esto es lo mejor de todo —comentó Umei de repente —Que precisamente a nosotras, nos sucedan cosas inesperadas. ¿No lo crees, Kina–nesan?

La aludida reprimió una queja, porque internamente, estaba de acuerdo con su hermana pequeña. Dadas sus circunstancias, las cosas inesperadas eran las más divertidas.

—¿Qué opinas? —preguntó de pronto Umei, dirigiéndose a Kyouseitekina —¿Quieres o no que ese muchacho te dé un regalo de su viaje?

—Lo veremos cuando vuelva —dijo enigmáticamente la morena.

Itoya y Umei se sonrieron, triunfantes. Sabían que, si una de ellas merecía un romance, era Kyouseitekina. Le resultaría un gran alivio para el peso que cargaba, siendo la mayor.

Y aunque no lo admitiera, sabían que a Kyouseitekina también le había gustado el muchacho.

Desconectado Tifa!

  • LIDER FANSUB/COLABORADORA
  • MASTER
  • *
  • Mensajes: 3861
  • KI: 60
  • Sexo: Femenino
  • Vivere senza rimpianti
Re:Telaraña [31/52 + Omake 1/7]
« Respuesta #111 en: Agosto 19, 2013, 11:54:51 am »
Genial... te digo lo mismo que con Rilato, en cuanto pueda te hago el review completo, mientras comento para q lo puedas actualizar *-*
La capacidad de imaginar es el mayor recurso del ser humano.


Desconectado THB Potter

  • CABO
  • *
  • Mensajes: 106
  • KI: 1
  • Sexo: Femenino
  • ... Los que destacan son los bichos raros.
    • Mi blog, ¡bienvenidos sean!
Re:Telaraña [31/52 + Omake 2/7]
« Respuesta #112 en: Agosto 19, 2013, 10:08:12 pm »
Omake 2: Sobre cómo Nagase conoció a Fuji.

Sí, aquí ando de nuevo, interrumpiendo la secuencia normal de la historia. Pues bien, creí que era necesario, pues muchos deben habérselo preguntado más de una vez, ¿cómo fue que Nagase Haraki acabó siendo amigo de Fuji? Bueno, para eso, primero tenía que conocerlo, ¿no? Y para conocerlo… Nos remontaremos en el tiempo, jajaja. Unos cuantos añitos, a cuando nuestro protagonista no tenía ni idea de que conocería a las Hoshi (y todo lo que eso implica) y estudiaba la secundaria feliz de la vida. ¡Comenzamos!

ººººººººººººº

La secundaria Akiaka es una institución pequeña, en comparación con un par de colegios privados cerca de ella. Sin embargo, goza de buena reputación, con un alumnado bien portado… mayoritariamente. Siempre hay excepciones a la regla, y la Akiaka no podía hacer nada al respecto con una de ellas porque… en sí, no hacía nada malo.

—¡Nos vemos mañana!

Un joven castaño agitaba una mano en señal de despedida desde la puerta abierta del gimnasio de la secundaria. Se dirigía a un jovencito alto y de cabellos teñidos de un tono verde sucio que cargaba algunas cosas necesarias en las prácticas de kendo, que ladeó la cabeza pero no le respondió. El castaño bajó la mano y se volvió al interior del gimnasio, donde algunos chicos más recogían cosas de kendo.

—¿Y a ése qué le pasa? —espetó con desdén —¿Se cree muy importante sólo porque nadie le gana o qué?

—Sí que te informas, Urawa —se burló un joven de cabello negro —Haraki no anda de humor para tus comentarios. ¿No sabes que su padre murió hace tres semanas?

El castaño tragó saliva y negó con la cabeza.

—Desde entonces, casi no habla y de las clases, ni se diga —continuó el de cabello negro —No entra a menos que sepa que habrá algo importante. Sí que es listo —escupió con rencor.

El castaño se encogió de hombros y mejor fue a ayudar con las cosas de la recién finalizada práctica de kendo.

El chico de cabellos verdes, mirando enfurruñado en todas direcciones luego de depositar su material de kendo (a excepción de la espada) en el lugar correspondiente, originaba murmullos entre los diversos alumnos de la Akiaka que todavía quedaban por ahí. No era para menos, pues el comportamiento de Nagase Haraki, que de por sí nunca fue muy amistoso, ahora estaba peor. Nagase era bien conocido por su mal genio, que afloraba fácilmente cuando lo irritaban o… cuando no comía a sus horas. Eso y el reciente suceso familiar; Kanaye Haraki había perecido debido a un accidente de trabajo, sobreviviéndole su esposa, Kohaku, y sus cinco hijos. Nagase era el mayor, y le seguían Naoko, Kiku, Akari y Arisa. Era difícil para Nagase adaptarse a esa vida, sin el padre al que tanto admiraba y por quien había entrado al club de kendo en primer lugar (el señor Haraki siempre llevaba su arma como protección en sus largas jornadas como transportista), pero su carácter nato no ayudaba en nada. Lo único que podían hacer los extraños al ver a ese chico increíblemente alto, con el cabello de un color raro y casi siempre cargando una espada, era mirarlo de reojo e ignorarlo olímpicamente.

Al menos, eso era lo que muchos hacían.

Nagase, al ir por las canchas de la escuela, a punto de retirarse, sintió algo viniendo hacia él a gran velocidad. Con los reflejos que tenía, alzó la espada y golpeó a ese algo, que luego de unos segundos, descubrió que se trataba de un balón de fútbol. Estaba a punto de soltar injurias contra el que fuera que además, lo estaba retrasando para irse a comer, cuando divisó a un joven que corría hacia él. Lucía el uniforme de la Akiaka, rojo con detalles amarillos, aunque traía la corbata floja y el cabello, de un tono castaño rojizo, muy despeinado.

—¡Lo siento! —se disculpó enseguida el chico, que miró a Nagase con sus castaños ojos sin gesto de extrañeza ante su aspecto —Creo que pateé demasiado fuerte, ¿no te lastimaste?

Nagase negó con la cabeza, fulminándolo con la mirada.

—En ese caso, me retiro —el joven castaño se inclinó, recogió el balón y acto seguido, se marchó al tiempo que decía —¡Nos vemos mañana, Haraki–kun!

—¿Y éste de dónde me conoce? —se preguntó Nagase, sumamente confundido, para luego encogerse de hombros —A lo mejor está en mi clase y no me había dado cuenta. Con eso de que no he entrado casi desde que inició el curso…

Nagase se fue a su casa, con la espada al hombro y preguntándose qué habría de comer. Al día siguiente, informado de que les asignarían una tarea en equipos, planeaba asistir. Eso desviaba la atención de la escuela del hecho de que faltara mucho y no le avisarían a su madre. Ella ya tenía suficientes problemas. Su hogar no era más que un departamento situado en las cercanías de la zona comercial de la ciudad, por lo que las calles del rumbo eran muy transitadas. Arribó pronto, sin preocuparse mucho por anunciarse, pero casi al instante una chiquilla de unos diez años, de cabello castaño dorado y ojos negros, se asomó desde la entrada de la cocina para saludarlo.

—¡Onisan! —sonrió la niña, mostrando un uniforme azul claro con detalles amarillos bajo un delantal rosa —¿Cómo te fue?

—Bien —respondió escuetamente Nagase, quitándose los zapatos —¿Qué haces con ese delantal, Naoko?

—Calentando la comida —respondió la niña con una sonrisa, para acto seguido exclamar —¡Adivina qué! Me aceptaron en el club de…

—¿Y las demás? —la cortó Nagase, mirando hacia la pequeña sala del departamento sin encontrar a nadie allí.

—Ah… —la pequeña hizo una mueca de tristeza por la interrupción, pero contestó —Fueron con mamá a recoger a Ari–chan de la guardería.

Nagase torció la boca en un gesto de contrariedad.

—Le dije a mamá que yo iría en cuanto terminara mi práctica —se quejó.

—Pero la guardería cierra a las cuatro y… —comenzó Naoko.

—Ya, olvídalo —Nagase la vio con un mohín de fastidio —Voy a mi cuarto.

Naoko asintió, algo contrariada, al tiempo que su hermano la pasaba de largo, dirigiéndose al fondo del departamento, donde estaba su habitación. Nagase entró en aquel pequeño cuarto, donde no abundaba el mobiliario, para luego ir a sentarse al pie de una cuadrada y diminuta ventana, cerca de un futón enrollado. Inclinó la cabeza, maldiciendo mentalmente.

Claro, él por su práctica, había olvidado por completo que había prometido recoger a la pequeña Arisa en la guardería. Había preferido desahogar su frustración derrotando uno por uno a todos sus compañeros del club que ir por su hermanita. Arisa no tenía la culpa de lo perdido que se sentía, apenas iba a cumplir un año… Y ahora que lo pensaba, tampoco Naoko tenía porqué tolerar su mal genio. El asunto estaba en que Nagase, al ser el único hijo varón, estaba muy unido a su padre. Y de pronto, éste se había ido, dejándolo con la carga moral de velar por su madre y sus hermanas de la mejor manera posible. Estaba consciente de que debía hacer algo por ellas, pero tal parecía que su pena le estaba ganando la batalla. No se había cumplido ni un mes desde la muerte de su padre y ya sentía que le estaba fallando.

—Al menos iré a clases mañana —se reconfortó en voz baja, aunque sin mucha convicción, antes de oír cómo la puerta principal del departamento se abría —Y hoy puedo enmendarme.

Se puso de pie, salió del dormitorio y vio en el pasillo a su madre, una mujer sumamente delgada de lacio cabello castaño dorado y ojos castaños, que cargaba a una pequeña de cabello y ojos castaños, vestida con un conjuntito verde pálido muy bonito. La mujer le daba la mano a otra niña, ésta de unos siete años, rubia y de ojos grises, con un uniforme similar al de Naoko. Igual vestía otra niña, de cabello castaño dorado y ojos grises, que aparentaba unos seis años.

—¡Naoko, regresamos! —avisó la mujer, soltando en ese momento a la pequeña rubia —¡Nagase! —llamó, con una débil sonrisa —¿Podrías ayudarme?

El joven asintió, acercándose a la mujer para quitarle suavemente a la bebita de los brazos.

—Hola, Arisa —saludó Nagase a la pequeñita, quien al sentirse lejos de su madre, empezó a hacer pucheros —Vamos, pulga, soy yo —siguió hablando el chico, pasándole un dedo por la mejilla a la niña, quien sintiendo aquel familiar contacto, gorjeó débilmente —Eso es —felicitó Nagase, esbozando una levísima sonrisa.

—Onisan, ¿cómo te fue hoy? —quiso saber la pequeña castaña de ojos grises.

—Bien, Akari —respondió Nagase, mirándola con gesto tranquilo —¿Y a ustedes, pulgas?

—¡No nos llames así, onisan! —protestó la rubia de ojos grises, frunciendo el ceño.

—Lo siento, Kiku, pero son unas pulgas —Nagase la observó detenidamente y añadió —Y además, soy tu hermano mayor, puedo decirte como quiera.

—¡Mamá! —gimió Kiku, contrariada.

—Nagase, deja en paz a tus hermanas —ordenó enseguida la señora Haraki —Kiku, Akari, ayuden a Naoko con la comida.

—Yo lo hago —ofreció Nagase, aparentando una pizca de inconformidad —Por Akari no hay problema, pero si Kiku se mete a la cocina, no comeremos hoy.

—¡Oye! —se quejó la aludida.

—En ese caso, lleva a Arisa a su cuna.

Nagase obedeció, llevando a su hermanita en brazos y contemplándola dulcemente. La señora Haraki, a sabiendas de cómo estaba su hijo últimamente, no hacía más que confiar en que todo saldría bien y poco a poco, ese jovencito volvería a ser el de antes.

&&&

Al día siguiente, Nagase fue sabedor de las miradas y comentarios que su entrada al aula provocaba. Fue a su banca, refundida en una de las esquinas traseras, arrojando sobre la misma su mochila, de color verde y amarillo, frunciendo el entrecejo y tomando asiento. Cómo deseaba que lo dejaran en paz…

—Buenos días, jóvenes —dijo el profesor de la primera clase del día, un hombre de aspecto jovial y carácter de los mil demonios —Hoy asigno las parejas para su proyecto del trimestre, así que espero que no haya contratiempos, ¿entendido?

—¡Sí, señor! —respondieron casi todos al unísono.

—Ahora recuerdo porqué odiaba esta clase —masculló Nagase entre dientes.

El profesor, luego de dar algunas indicaciones sobre el proyecto del trimestre, pasó lista, sorprendiéndose al escuchar respuesta al nombrar a Haraki Nagase.

—Hasta que te dignaste a aparecer —le comentó el profesor de mal talante —¿Qué esperas aprender del proyecto, Haraki, si ni siquiera debes comprender el tema?

El aludido lo miró con suma indiferencia, para luego desviar la vista hacia la ventana que tenía a un lado. El maestro, claramente ofendido, decidió darle una lección.

—Ya que estás tan deseoso de estudiar, Haraki, serás el primero que tendrá compañero de proyecto —eso ocasionó susurros entre los estudiantes —Veamos, ¿quién será el afortunado?

Varios de los condiscípulos de Nagase dieron a entender con diversos gestos que preferían reprobar la materia que ser compañero del irascible muchacho, pero experimentaron pena ajena al oír de boca del profesor al afortunado.

—Kinokaze, tú serás el compañero de Haraki.

Nagase giró los ojos hacia el profesor, que veía a un muchacho cuya banca quedaba casi al centro del aula. Una desordenada mata de cabello castaño rojizo hizo que recordara algo.

—De acuerdo, sensei —aceptó el citado Kinokaze sin asomo de miedo, e incluso Nagase le llegó a detectar una sonrisa.

—Debe ser tonto —siseó Nagase con aburrimiento.

Al terminar la cátedra de aquel profesor, algunos valientes rodearon a Nagase rápidamente.

—Haraki, ¿de verdad harás el proyecto? —quiso saber el mismo castaño que lo había despedido el día anterior.

—¿Te importa acaso, Hanabusa? —quiso saber Nagase, sacando un libro de su mochila —Es parte de la calificación del trimestre, ¿no?

Los chicos que lo rodeaban se miraron unos a otros, extrañados.

—Ah, disculpa, Haraki–kun… —se oyó que alguien nombraba tímidamente.

Como Nagase estaba ocupado en rebuscar un bolígrafo decente en el interior de su mochila (el que había sacado en primer lugar ya no tenía tinta), no sabía de quién se trataba, así que pensando que sería algún otro como Hanabusa, espetó.

—Sólo porque no entre a clases, no significa que no sepa los temas, grandísimo…

—Haraki–kun… Sólo quiero ponerme de acuerdo contigo… Para el proyecto…

Nagase alzó la vista. Aquellos que lo rodeaban segundos antes se habían esfumado, dejando en su lugar al joven de cabello castaño rojizo al que el profesor había llamado Kinokaze.

—Ah, eres tú —reconoció en el acto —Casi me das un pelotazo ayer.

—Sí, es cierto —Kinokaze se encogió de hombros, apenado —Pero fue sin querer. Por cierto, ¿qué te parece si nos reunimos mañana para decidir nuestro tema?

—¿Disculpa? —se extrañó Nagase.

—Bueno, es que mañana es domingo, por eso pensé que tendrías tiempo libre —pareció lamentarse Kinokaze —Perdona si me equivoqué.

—No, mañana está bien —rectificó Nagase —Le avisaré a mi madre. ¿Dónde nos vemos?

—Puede ser en mi casa. Es que me toca cocinar, ¿sabes? Es el día libre de mamá y papá tendrá trabajo en la tarde, así que…

—Oye, no te pedí detalles —lo interrumpió Nagase de mal genio, sin comprender la mayor parte del argumento de Kinokaze —Solamente dame la dirección —y le tendió un pedazo de papel y una pluma que recién había encontrado en el fondo de su mochila.

Kinokaze obedeció, anotó la dirección y se la tendió poco después. En ese momento, llegó la profesora de la siguiente asignatura, por lo que Kinokaze regresó a su banco. Y sí, Nagase lo vio sonreír de nueva cuenta. ¿Porqué no me verá raro, como todo el mundo?, se preguntó con curiosidad. Estaba a punto de averiguarlo.

&&&

El domingo llegó sin novedades, salvo que Nagase se sintió extrañamente impaciente. De repente, saber la razón por la que Kinokaze lo trataba como a cualquier persona le causaba un extraño interés en conocerlo a fondo… Como si lo estudiara. En ese momento, al dirigirse a la dirección que indicaba el papel y luego de reflexionar qué podría pasar, llegó a un edificio de departamentos mucho más sencillo que el suyo, con la fachada, algo destartalada pintada de blanco y marrón. Nagase negó con la cabeza, fue a las escaleras y comenzó a subir. Tenía que llegar al tercero de cinco pisos antes de localizar el número correcto, pintarrajeado en color rojo en una puerta gris. Llamó al timbre, pasándose luego una mano por el verdoso cabello, suspirando y preguntándose si los padres de Kinokaze se escandalizarían por su aspecto, que parecía el de un verdadero pandillero con los pantalones de mezclilla rotos en varios sitios, combinados con una chaqueta de cuero negro, playera roja y tenis del mismo color.

—Buenas tardes —oyó que lo saludaban desde el umbral de la puerta a la que había llamado. No pudo menos que admirarse al descubrir a una mujer castaña muy bonita, cuyos ojos castaños se parecían bastante a los de Kinokaze. Llevaba un vestido rojo con flores blancas estampadas, sin mangas, y pantuflas blancas —Pasa, por favor.

La mujer se hizo a un lado y Nagase, cohibido, entró. El departamento se veía más chico que el suyo, pero por alguna razón, no fue eso lo que le llamó la atención. En la mesa de centro de la sala, abierto de par en par, se encontraba un periódico mostrando la sección de economía, y desde la cocina llegaban ruidos de alguien cocinando.

—¡Fuji, llegó tu amigo! —dijo la mujer en voz muy alta.

—Oiga, no soy su amigo —corrigió Nagase en el acto.

La mujer lo miró con las cejas arqueadas.

—¿En serio? —se sorprendió —¡Pero si Fuji es muy amable!

—¿Y eso qué tiene que ver? —Nagase estaba realmente confundido.

—¡Hola, Haraki–kun! —exclamó Kinokaze, sacándolo del apuro al salir de una puerta a la derecha. Vestía una playera blanca, pantalón de mezclilla y sobre eso, un delantal azul —Si gustas esperarme unos minutos, casi termino. Mamá —se dirigió a la mujer castaña —Te presento a Haraki Nagase–kun. Es mi compañero para el proyecto de Ciencias Sociales del trimestre.

—Mucho gusto —dijo la mujer con una inclinación de cabeza —Soy Kinokaze Kumiko.

—Ah, pues… Igualmente —a Nagase no le quedó de otra más que retribuir la inclinación de Kumiko con una propia.

—Fuji cocina sabroso, así que no temas enfermarte del estómago.

Nagase se sorprendió por aquella frase tan extraña, más viniendo de la madre de Kinokaze, a los pocos minutos de haberse sentado en un sillón color tinto muy desgastado, poco después que ella dejara a un lado el periódico con una mueca de concentración.

—¿Disculpe? —se le escapó.

—Sé lo que muchos llegan a pensar de mi hijo —Kumiko sonrió con melancolía —Que es muy despistado. Pero cuando se concentra en algo, es brillante.

En ese momento, el sonido de unas llaves indicó que la puerta principal del departamento volvía a abrirse, dando paso a un hombre alto y delgado, que cargaba muchas bolsas de víveres. Su cabello, rojo como cerezas en almíbar, llamaba poderosamente la atención, así como sus ojos, entre verdes y marrones, de brillo afectuoso.

—¡Ya llegué! —anunció el hombre, sonriendo alegremente y depositando las bolsas en el suelo —Hola, Kumiko —saludó a la castaña, quien le correspondió con un guiño vivaz —¿Y quién es él? —inquirió al descubrir a Nagase.

—Es Haraki Nagase–kun —respondió Kumiko pausadamente, abandonando el sillón que ocupaba —Es el compañero de Fuji en ese proyecto que nos contó ayer en la cena.

—¡Ah, sí! —recordó el pelirrojo, antes de inclinarse —Kinokaze Kenji, a tus órdenes.

—Ah… Igual —contestó Nagase, incómodo con tanta formalidad de Kenji.

—¡Fuji, llegué! —llamó el hombre, luego de sonreírle levemente a Nagase y volver a cargar con las bolsas de víveres —Ayúdame con la despensa, por favor.

—¡Ahora voy, papá! —respondió Fuji, saliendo de la cocina y limpiándose las manos con un trapo viejo —¿Trajiste todo?

—Al menos todo lo de la lista de tu madre —asintió Kenji —Por cierto, Kumiko, ¿encontraste la información que querías? —y señaló con un gesto de cabeza el periódico que reposaba en la mesita de centro.

—Pues sí, y el cliente se pondrá furioso —Kumiko se encogió de hombros —Las acciones en las que quería invertir parecen estar bajando de precio. Y respecto a esa familia tan rara que tiene la mayor casa de la ciudad, abrirá próximamente su división farmacéutica.

La charla, que siguió al sentarse a la mesa (después que Fuji y sus padres acomodaron la despensa) pronto derivó a temas bastante extraños, aunque la esencia de los diálogos de Kumiko eran las finanzas, mientras que su marido mencionaba de vez en cuando algo que tenía que ver con bodegas, cajas y ropa. Fuji no hacía más que escuchar a sus padres con una sonrisa y de vez en cuando, acordarse de algún asunto escolar importante. Nagase, oyéndolos y observándolos, no pudo evitar sentirse incómodo. El ambiente, las sonrisas, las charlas sin importancia… Todo hacía que se acordara de cómo eran las cosas en su casa hasta antes que muriera su padre. Claro que el señor Haraki pasaba poco tiempo en casa al viajar por todo el país entregando cargas, pero cuando estaba en su hogar, se desvivía por sus hijos. Adoraba a su esposa, se divertía siendo el blanco de las inocentes bromas de sus pequeñas, arrullaba a Arisa con ternura, practicaba movimientos de kendo con él… De repente, se puso de pie, sobresaltando a la familia Kinokaze, que se quedó callada.

—¿Haraki–kun? —llamó Fuji, desconcertado.

—Lo siento, pero me largo —espetó Nagase de mala gana, encaminándose a la salida.

—Haraki–kun, ¿te molestó algo? —insistió Fuji, alcanzándolo en la puerta.

Tras él, a prudente distancia, Kumiko y Kenji observaban la escena.

—Mira, mientras menos nos hablemos, mejor —empezó Nagase con una expresión sombría —El proyecto es cosa escolar, así que en la escuela lo arreglamos, ¿de acuerdo? ¡No quiero volver a ver cómo presumes de tener familia!

Y sin más se marchó, cerrando la puerta tras sí de un golpe.

Estaba enfadado, vaya que lo estaba, ¿pues quién se creía Kinokaze que era? Estando ahí, mostrándole a todo el mundo los buenos padres que tenía… Aunque a medida que avanzaba por las calles repletas de paseantes en ese soleado domingo, su ánimo se calmó y comenzó a llenarse de remordimientos. ¿Quién era él para suponer que Kinokaze había hecho eso a propósito? Su misma madre lo había dicho, Fuji era despistado… Probablemente no sabía siquiera que Nagase había perdido a su padre hacía poco.

Al llegar a su edificio, estaba convencido de que tenía que disculparse con Kinokaze en cuanto se lo encontrara. Su departamento estaba sumamente silencioso cuando entró en él. El chico supuso que era porque sus hermanas estaban encerradas en sus dormitorios, las tres mayores haciendo tareas y la más joven, durmiendo su siesta. Nagase iba a pasar de largo cuando notó que en uno de los sillones, su madre se había quedado dormida revisando un montón de papeles. Silenciosamente, el jovencito se le acercó a la autora de sus días. La señora Haraki tenía entre las manos algunos documentos de aspecto oficial, con el emblema de una famosa aseguradora, mezclados con estados de cuenta bancarios recientes. Con un rápido vistazo, Nagase supo que su madre estaba contemplando su medio de sustento.

No le extrañaba que la mujer se viera preocupada en los últimos días. No había podido encontrar un trabajo ni consiguiéndole guardería a Arisa, así que había tenido que ir gastando poco a poco el importe del seguro de vida de su marido. Y si las cosas seguían así, lo siguiente sería que tanto Nagase como las niñas tuvieran que salirse de la escuela, y Arisa de la guardería, por falta de recursos, y ayudarse unos a otros mientras su madre buscaba empleo.

El muchacho se sintió como un grandísimo tonto en ese momento. Tenía que ayudar. Debía dejar a un lado su apatía y sus sentimientos confusos respecto a la muerte de su padre si quería serle de utilidad a su familia. De seguir como estaba, el primer perjudicado sería él y nadie más. Y eso, comprendió con abatimiento, sí que habría disgustado a Kanaye Haraki.

&&&

En las semanas siguientes, la Akiaka era un hervidero de rumores respecto a Nagase Haraki. En primer lugar, sus compañeros de clase lo vieron aparecer al día siguiente de asignarse las parejas para el proyecto del trimestre de Ciencias Sociales, acomodarse en su banca y en cuanto vio entrar a Fuji Kinokaze, llamarlo al tiempo que agitaba una mano en alto.

—¡Eh, Kinokaze! ¿Tienes un minuto?

El aludido, arqueando una ceja, asintió, dejó su mochila en su banca y se le acercó.

—¿Qué se te ofrece, Haraki–kun? —quiso saber Fuji, un tanto frío.

Haraki respiró profundo y luego de echarles miradas furibundas a los curiosos que vagaban cerca de ellos, comenzó una especie de discurso.

—Kinokaze, vamos por partes: en primera, discúlpame por lo de ayer, no andaba de humor —Fuji hizo ademán de hablar, pero como Nagase no había terminado, se contuvo —En segunda, no importa dónde nos reunamos para hablar del proyecto, pero que no sea con moros en la costa —lanzó más miradas furibundas a su alrededor —Y en tercera… ¿se puede saber porqué eres tan formal con todo el mundo?

Fuji parpadeó un par de veces, sorprendido, para enseguida esbozar una ligera sonrisa.

—Supongo que es por papá —se decidió a contestar —Mamá dice que él es muy formal y seguramente se me pegó eso. ¿Qué, es molesto? —quiso saber.

—Pues para mí es raro —se explayó Nagase, encogiéndose de hombros.

Fuji no hizo más que sonreír otro poco, antes que entrara el profesor de la primera clase.

Todo continuó extraño con Nagase, al menos para los demás: asistió a clases regularmente, respondía más o menos de buena gana a los maestros (era una excepción el profesor de Ciencias Sociales; además, nadie se quejó) y para sorpresa de muchos, renunció al club de kendo.

—¡Las competencias locales son la próxima semana! —espetó el encargado del club, un profesor sumamente delgado —Haraki–kun, eres de los mejores en el club, ¿porqué renuncias?

—Necesito el tiempo —fue todo lo que explicó, antes de abandonar el gimnasio para no volver a él más que para las clases obligatorias de Deportes.

Poco después alumnos y profesores de la Akiaka se enteraron que había obtenido empleo de medio tiempo en un pequeño café cercano a la escuela, lo que hizo que muchos se quedaran con la boca abierta.

Durante esos días, se le hizo costumbre ir algunas tardes a comer al departamento de los Kinokaze, con la excusa de preparar el proyecto de Ciencias Sociales. Sin embargo, resultó que se llevaba de maravilla con los padres de Fuji, quienes lo escuchaban como si fuera un hijo más.

—Así que eso es una inversión a largo plazo —se maravilló Nagase un domingo, sentado a la sala de los Kinokaze, luego de oír atentamente la explicación de Kumiko sobre una noticia sobre el mercado de valores en televisión.

—Sí, parece cosa del otro mundo, ¿verdad? —Kumiko rió brevemente —Pero suele ser un recurso muy bueno para obtener dinero. Y mucho más seguro que invertir en la bolsa, claro —y dicho eso, volvió a reír.

—Y eso de las inversiones, ¿puede hacerlo cualquiera? —se interesó Nagase de repente.

—Ah, claro, siempre que tenga el capital. Hay diferentes planes, dependiendo del tiempo de la inversión y el monto de la misma, pero… —se detuvo, adoptando una expresión neutra —¿En qué estás pensando, Haraki–kun?

—Pues… —Nagase titubeó, sin saber cómo explicarse —Como sabe, he estado trabajando, ahorrado mi sueldo y… Una parte se la doy a mamá, y aún así me queda, así que… Pensaba en comprarme una motocicleta.

—¿Una motocicleta? —se extrañó Kumiko.

—Sí, mamá, debiste verla —Fuji intervino en ese momento en la conversación, procedente de la cocina —Era genial, aunque un poco vieja, y dejaron que Haraki–kun la probara. La muestran en una agencia de autos usados camino a la escuela.

—Ah, sí, creo que sé cuál —dijo lentamente Kumiko —Pues mira, no estoy muy segura —se dirigió a Nagase —pero lo que te conté de las inversiones podría ayudarte. Solamente consultaré los detalles con mis fuentes de información y…

—Si Kumiko lo dice, se hace —apuntó de repente Kenji, desde el pasillo que conducía a las recámaras —¡Vaya camiseta! —comentó de pronto, viendo la que Nagase lucía ese día: una negra, con una ilustración atrás de una criatura mitad hombre y mitad serpiente. Casi todo su cuerpo era entre verde y dorado —¿Te gustan los nagas, Haraki–kun?

—¿Perdón? —soltó Nagase.

—Eso en tu espalda es un naga —procedió a explicar Kenji —Una criatura de la mitología hindú, con poderes mágicos y habilidades para engatusar a la gente —sonrió con aire divertido —Aunque casi todas las historias sobre nagas dicen que son criaturas y mitad mujer mitad serpiente.

—¿Cómo sabe eso, Kenji–san? —se interesó Nagase, llamando por su nombre al padre de Fuji sin reparos. Él mismo se lo había pedido la segunda vez que lo vio, igual que Kumiko.

—Leo mucho, sobre todo curiosidades de otras culturas como ésa. Kumiko dice que soy una enciclopedia andante —y al decir eso, Kenji le dedicó a su esposa una encantadora sonrisa.

Sabishi Okami, eres un encanto —correspondió Kumiko, guiñándole un ojo.

—Pues yo me la compré porque me llamó la atención —reconoció Nagase, para entonces acostumbrado al apodo de Kenji —Eso y porque Kiku puso una cara de susto tan divertida…

—¿Quién es… Kiku? —inquirió Fuji, curioso.

—Es una de mis hermanas. Son cuatro: ella, Naoko, Akari y Arisa.

—¿Tienes cuatro hermanas? —se asombró Fuji —¡Vaya!

—No lo dirías con esa cara si conocieras a esas pulgas —refunfuñó Nagase.

—Pero seguramente las quieres mucho, ¿no? —se inmiscuyó Kenji.

Nagase lo observó como si no hubiera comprendido sus palabras.

—Eso ni dudarlo —respondió con firmeza.

—¿Sabes? Los nagas también son conocidos por serles fieles a los suyos hasta la muerte —comentó de pronto Kenji —Y creo que el apodo te queda: Naga–kun… Suena bien.

—Pues a mí me gusta —aprobó Kumiko.

—¿Qué te parece? —Fuji se dirigió directamente a Nagase.

—Si así dejas de ser tan formal… —suspiró el aludido, aunque interiormente aquello le parecía sumamente divertido.

—Decidido, ¡ahora eres Naga–kun! —celebró Fuji, arrojando sin querer un trapo de cocina bastante feo a lo alto.

Fue a parar a la cabeza de su madre, lo que provocó las risas de todos.

Así las cosas, el proyecto en el que Fuji y Nagase trabajaban avanzó a las mil maravillas, y aunque el club de kendo de la Akiaka lamentaba la renuncia de Nagase (y sus miembros lo veían con rabia cada vez que se lo encontraban), los demás en la secundaria agradecían lo que fuera que hubiera hecho cambiar a ese muchacho. Hasta el profesor de Ciencias Sociales, terminando el trimestre, tuvo que tragarse sus palabras al decir que su proyecto en equipo había sido de los mejores presentados, lo que hizo que Nagase se granjeara la admiración de varios compañeros, que como él, aborrecían a aquel catedrático.

Lo mejor para el joven vino en las vacaciones inmediatas a la entrega del proyecto, cuando él y su familia se fueron a Fuyutani a visitar a los abuelos Haraki, pues sus hermanas estaban encantadas con la motocicleta que el chico había logrado comprarse a través de una modesta inversión que Kumiko le ayudó a abrir. Al final, luego de mucho rogarle, la señora Haraki había dado la autorización a su hijo de obtenerla, siempre y cuando llevara casco cuando la usara.

—¿Cómo va ese muchacho? —quiso saber la abuela Haraki, luego que sus nietos y nuera llegaran a la sencilla casa, se instalaran y Nagase se llevara a sus hermanas (menos a Arisa) a dar una vuelta en su motocicleta.

—Ahí va —respondió la señora Haraki —Sé que todavía le duele que Kanaye se haya ido, pero al menos está haciendo progresos.

—Deberías mandarlo a un internado —gruñó el abuelo Haraki —Con las fachas que trae y ese armatoste… Es un rebelde sin causa.

—No lo creo —rebatió suavemente la señora Haraki —Será rebelde, suegro, pero con causa. Así era Kanaye también.

El abuelo gruñó otra vez, pero no dijo más.

—¡Llegamos! —anunció Nagase, agitando la cabeza (que por cierto, ya sólo tenía un débil rastro de tinte verde en el cabello) para librarse de la nieve y dejando que delante de él, entraran sus hermanas —Mamá, ¿despertó Arisa?

La señora Haraki negó con la cabeza, llamándolo con un gesto de cabeza.

—Estoy orgullosa de ti —le susurró cuando el muchacho se inclinó para que su madre le acomodara el cuello de la camisa azul claro que llevaba bajo el abrigo verde —Y Kanaye también.

Eso era, para Nagase, la mejor recompensa.

&&&

Nagase, al reflexionar sobre lo que le pasó en esos días, tenía que admitir que de alguna forma, tocó fondo. Supo que la muerte es algo que llega a quitarnos lo que más apreciamos sin consultarnos primero, pero no por eso debe odiársele. Simplemente hay que aceptarla, resignarse y seguir andando. Mucho más si hay alguien todavía vivo que te necesita. A esa conclusión llegó un día, visitando a los Kinokaze, y hablando del tema de manera casual con Kenji.

—Sí, siempre sentirás que te hace falta —dijo Kenji, haciendo alusión al sentimiento de pérdida que Nagase decía tener respecto a su padre —Pero las personas queridas nunca se van del todo. Siempre veremos algo suyo en nosotros, aunque a veces no con los ojos. En ocasiones, lo que los seres queridos nos dejan al marcharse para siempre, son cosas que únicamente se ven con el corazón. Y si no las sabemos descubrir, no somos dignos de ellas.

Nagase no le encontró mucho sentido a esa frase en ese momento, solamente sintió que le debía algo a la memoria de su padre, y trataría por ello de ser bueno para su familia. Sin embargo, al enfrentarse a la muerte de Kumiko y Kenji, viendo cómo Fuji ponía todo de su parte para salir adelante, no pudo menos que comprender a Kenji. Por su parte, sabía qué le habían dejado los Kinokaze: Kenji, un ejemplo de tenacidad y triunfo contra la adversidad; en tanto, Kumiko le mostró lo que podía conseguir alguien si se daba cuenta que no era vergonzoso pedir ayuda a las personas adecuadas. Una muestra de humildad y un golpe a su orgullo fue lo que Nagase sintió cada vez que el matrimonio Kinokaze le daba un consejo y no se sentía mal por ello. En cuanto a Fuji, él no se parecía mucho físicamente a su padre, pero había heredado varias de sus cualidades y las mostraba con orgullo. Una de ellas, y la que a Nagase le agradaba más, era la de poder ser amable con los demás, aunque no los conociera para nada.

—Todos somos humanos —había afirmado Kumiko alguna vez —No debería importar si eres hombre o mujer a la hora de ser amables. Kenji y Fuji lo saben, por eso son así.

Sí, seguro que ellos lo sabían. Y al irse Kenji del mundo junto con su adorada Kumiko, ambos le dejaron tan claro a su hijo lo bueno y lo malo de la vida, que él no necesitaba mayores ejemplos para vivir en paz. Además, por cualquier cosa, Fuji Kinokaze no estaba solo. Nagase Haraki, eternamente agradecido, estaría a su lado mientras su amigo lo quisiera.

ººººººººººººº

Bueno, como ven, es un omake breve, porque no siento que haya mucho qué agregar acerca de la historia de Nagase. Tal vez más adelante salgan las preguntas, pero en ese caso, las contestaré con gusto. Aunque no lo crean, mentalmente tengo las historias de cada personaje que me invento, aunque siendo sincera, las de los personajes principales ocupan más espacio, jajaja. Digamos que son las que a mí más me interesan, porque las de personajes que salen de pasada, como que ni vienen al caso. Espero que me haga entender.

En fin, me despido, no sin antes darles un adelanto del siguiente omake: Shinto. Ajá, damas y caballeros, a la próxima hablaré sobre este joven tan misterioso. Sabrán cosas que quizá les pongan los pelos de punta, jajaja. Aunque espero que lo disfruten.

Cuídense mucho y nos leemos pronto.

Desconectado Alicia0893

  • Soldado
  • *
  • Mensajes: 25
  • KI: 0
  • Sexo: Femenino
  • Nos vemos :D
Re:Telaraña [31/52 + Omake 2/7]
« Respuesta #113 en: Octubre 28, 2014, 07:38:05 pm »
Bien, llevo tres días aquí metida leyendo como una posesa, ¡me encanta!
Oye, oye Bell, ¿ya no actualizas? Espero que la continues porque me está gustando mucho la historia  :wah

Desconectado THB Potter

  • CABO
  • *
  • Mensajes: 106
  • KI: 1
  • Sexo: Femenino
  • ... Los que destacan son los bichos raros.
    • Mi blog, ¡bienvenidos sean!
Re:Telaraña [31/52 + Omake 3/7]
« Respuesta #114 en: Enero 30, 2015, 08:50:43 pm »
Omake 3: Sobre cómo Shinto conoció a Fuji.

¡Hola, gente! Sean bienvenidos(as) al tercer corte comercial… ¡No, no es cierto! Al tercer omake de esta historia. Para serles sincera, no sabría explicar de dónde salió exactamente la idea de realizar los omakes. Supongo que leer tanto Fru Ba me hizo daño, jajaja. Por cierto, acá en México terminó de publicarse en agosto de este 2007, y debo decir que quedé satisfecha, aunque sentí que el final dejó los huecos que los fan’s luego llenamos con nuestras fic’s, jajaja.

Pero bueno, eso fue un flash informativo, que no tiene que ver con lo que nos atañe y que en el anterior omake (espero que ya lo hayan leído,
Sobre cómo Nagase conoció a Fuji) di un avance, ¿cómo fue que Shinto conoció a Fuji? Desde ahora lo aviso, no es muy bonito conocer la historia del “misterio andante”, pero creo que debe aparecer publicada, para que lo comprendan un poco mejor. Así que, damas y caballeros, ¡comenzamos!

---***---

Desde que Shinto Kano podía recordar, la gente siempre ha estado rodeada de colores. Halos de colores que se movían y cambiaban dependiendo de la persona y su ánimo, que además las hacía verse peculiares.

—Qué loca debe estar —dijo una vez, al tener cinco años, esperando el autobús para ir al jardín de niños, tomado de la mano de su madre —Mamá, esa señora tiene un color verde que no combina con su vestido.

La madre de Shinto, una mujer pequeña y delgada, de larga melena negra, se inclinó hacia su hijo para preguntarle de qué hablaba, en tanto la señora aludida por el niño lo veía con aversión.

Y eso no era todo. Shinto no podía salir a la calle sin dejar de ver colores en la gente, como un manto ligero ondeando a su alrededor; además poco a poco comenzó a oír voces que según muchos, no venían de ninguna parte, pero que el niño decía que eran de personas que a veces lo visitaban, pidiéndole algo que no podía precisar. Su familia no sabía qué hacer al respecto, y más cuando Shinto estuvo a punto de entrar a primaria.

—Pues no podemos llevarlo a un doctor —comentó la abuela Kano, una señora mayor de cabello gris por las canas y arrugas en las comisuras de los labios —No está resfriado, ni le duele nada. Tampoco está loco, ni triste.

—No, lo que tiene es un don —comentó el abuelo Kano, un hombre de coronilla calva que conservaba un poco de cabello castaño oscuro —Lo malo es que no sabe manejarlo.

—¿Se refiere a controlarlo, suegro? —inquirió algo nerviosa la madre de Shinto, sosteniendo en brazos a su hija menor, Hotaru, una pequeña castaña de tez clara que dormía profundamente.

—Sí, a eso me refiero, Kaiya. Si lo controlara, ya no le pesaría tanto.

—Padre, es una buena idea —aprobó el padre de Shinto —Le ayudaremos en lo que sea. Lo malo es que no podemos hacer mucho.

—No te desanimes, Kisho —rogó débilmente la abuela Kano —Ya verás que todo irá bien.

Sin que lo supieran, Shinto percibía que no era una persona normal. El simple hecho de ver cosas que otros consideraban inexistentes lo hizo volverse taciturno en cuanto entró a la primaria, creyendo que si dejaba de hablar del tema, éste se olvidaría. Sus padres, atendiendo a Hotaru, en ocasiones se daban por satisfechos al escuchar de boca de su hijo mayor que le había ido bien en clases. Pero sin querer, empezaron a descuidarlo.

La escuela no hizo más que aumentar la percepción de Shinto a los colores de las personas y a aquellas voces que nadie más oía. Pronto pudo ver con claridad a los propietarios de dichas voces: siluetas parecidas a sombras, fugaces y en penumbra, que mostraban muy distintos grados de transparencia. Al correr de los años, leyendo infinidad de textos extraños, no le cupo ninguna duda de que esas personas que otros no distinguían eran verdaderos fantasmas.

—¿Ves auras, onisan? —se interesó Hotaru cuando apenas iba a entrar a primaria —¿Y fantasmas? ¿Cómo son los fantasmas, eh?

—No creo que quieras saber —le había respondido Shinto en diversas ocasiones, queriendo que no se preocupara por el tema.

—Por favor, onisan… —rogaba Hotaru, mordiéndose el labio inferior.

Hotaru, en cuanto supo andar y hablar por sí misma, había mostrado un carácter introvertido, muy similar al de su hermano Shinto. Pero así como ella era de cabello castaño y ojos grises y él, de cabello negro y ojos violetas, así ella no tenía el don de su hermano mayor.

—Mejor así —suspiró la señora Kano en cuanto comprobó, con algunas sencillas preguntas, que su hija estaba cerca de ser una niña normal —No quisiera que ella tuviera más problemas.

Y es que Hotaru había desarrollado una inusual atracción por todo lo que fuera misterioso o paranormal. En cuanto aprendió a leer, buscó la misma clase de libros que su hermano leía para informarse acerca de su don, sólo que ella lo hacía para entretenerse y para conocerlo bien.

—¿De verdad te gusta esto, onisan? —le preguntó en una ocasión, estando ella en segundo de primaria y él, en cuarto. Miraba un volumen desgastado sobre auras.

—No es que me guste —había contestado Shinto secamente —Quiero aprender.

¿Qué quería aprender? Nadie lo sabía. Sus padres y abuelos esperaban que se interesara en cómo hacer que esa habilidad suya no le causara problemas, pero Hotaru opinaba que lo único que necesitaba era comprenderla.

—Si conoces algo, aprovechas lo bueno y lo malo de ese algo —había comentado una vez.

A Shinto no le interesaba conocer lo bueno ni lo malo de las cosas, solamente seguir. Eso quedaba patente en la escuela, donde no se relacionaba con nadie, pues mejor observaba los colores en los demás que a quien intentaba hablarle. Un día, por desgracia, ese don tan raro le trajo más soledad de la que él mismo se había impuesto.

—¿Porqué siempre estás sentado, sin platicar? —quiso saber una de sus compañeras, una niña conocida por ser extremadamente parlanchina —Kano–kun, te estoy preguntando algo…

Pero Shinto, entretenido en uno de sus libros, no le prestaba atención.

—¡Voltea cuando te estoy hablando, Kano–kun!

Luego de esa exclamación, un objeto puntiagudo lo golpeó en la nuca. En tanto varios compañeros se reían sin poder evitarlo, Shinto dejó su libro y se giró hacia su repentina agresora.

—¡Hasta que por fin! —soltó la niña, acercándose a recoger el libro que había golpeado a Shinto —¿Porqué siempre andas solo? ¿Porqué no dejas de leer por un día, eh? ¿Porqué…?

—Te vas a morir.

La repentina exclamación de Shinto hizo que las risas se apagaran casi de golpe.

—¿Qué dices? —se extrañó la niña.

Sin cambiar la expresión de su rostro, Shinto repitió la frase.

—Te vas a morir.

—¡No me hagas reír! —se burló la niña, que a todas luces se veía de lo más saludable —Antes te atropella un camión a ti.

Shinto ladeó la cabeza un poco, observándola detalladamente con sus ojos violetas. Eso le dio escalofríos a la niña, que dio media vuelta para ir a sentarse a su banca. Por eso no pudo ver la mirada compasiva que Shinto le dedicó, ni tampoco le dio la oportunidad de contar que cuando veía lo que ahora vislumbraba en ella, que los colores de una persona se veían apagados, casi inexistentes, y además eran seguidos por una sombra sin rostro, era porque iban a morir pronto.

Por eso, cuando la semana siguiente el profesor llegó una mañana informando que su compañera había muerto por una enfermedad, los demás no dejaban de echarle la culpa a Shinto.

—¡No te me acerques! —le dijo un niño ese mismo día en el almuerzo —¡Tu quisiste que Junko–chan se muriera! ¡No te me acerques!

Así fue corriéndose la voz. Shinto no se sintió diferente, sino que tomó plena conciencia de algo que antes había solamente sospechado: que diciendo lo que podía hacer, atraía la desgracia. Prometió jamás volver a revelar lo que veía y oía, deseando con todas sus fuerzas librarse de aquel sello distintivo algún día. Un sello que parecía una maldición.

&&&

Los Kano no sabían qué más hacer cuando Shinto terminó la primaria con buenas notas y admirable conducta, pero ningún amigo. Siempre desearon verlo como los demás niños, jugando y sonriendo despreocupado, pero lo más que habían conseguido era que saliera a ratos a la calle sin que regresara temblando de frío por las personas transparentes que según él, se le aproximaban a cada momento para susurrarle cosas que no entendía. Ya casi sin esperanzas, decidieron tener una charla familiar poco antes que el chico entrara a la secundaria.

—Shinto, queremos que nos digas si podrás con lo que viene —comenzó diciéndole su padre con voz firme —No queremos obligarte a nada.

—Sé cuidarme solo —alegó el jovencito con serenidad —No sé qué les preocupa.

—Queremos lo mejor para ti —aclaró su madre.

—Y yo quiero que dejen de preocuparse. A mí no me engañan, se les nota en las auras tan grises que se cargan.

—¡Shinto! —se sobresaltó la abuela Kano, que le había escuchado un inusitado dejo de desafío a la voz de su nieto.

—Tranquila, Sayaka —el abuelo Kano la abrazó con afecto.

—Sólo queremos ayudarte —dijo su madre en tono conciliador —Queremos que confíes en ti mismo. Y que sepas que cuentas con nosotros.

Shinto arqueó las cejas, perspicaz. El aura de su madre, de estar casi todo el tiempo de un triste tono gris azulado, se había aclarado un poco, mostrando destellos blancos. ¿Es que acaso había algo que la animara un poco en todo ese asunto?

—Estamos contigo, onisan —le dijo Hotaru entonces —Y sé que en algún lugar, debe haber alguien que va a estar contigo sin importarle nada.

El joven no comprendió el significado de esas palabras, pero se las agradeció con una sonrisa a su hermanita al percatarse que su aura, casi siempre verde, se coloreaba poco a poco de amarillo al mirarlo, como si el solo hecho de tenerlo cerca la pusiera contenta. No aceptaba del todo que su presencia fuera grata a los demás, así que eso fue una especie de alarma.

Se prometió trabajar en su don por ellos, por los seres que más lo querían. Lo que le faltaba por saber es si valdría la pena el esfuerzo de relacionarse con los demás.

&&&

Shinto no tuvo dificultades en entrar a la secundaria Akiaka, una de las más demandadas de la ciudad de Akiyuri. Sus calificaciones eran óptimas y su presentación personal, impecable. Pero eso no evitó que pronto su “rareza” comenzara a notarse.

En esa secundaria abundaban las personas. Personas de todo tipo, a veces tan enfrascadas en sus problemas que su ánimo es fácilmente percibido exteriormente. Sin embargo, a Shinto no le hacía nada bien. Su don con las auras había aumentado, pues además de verlas, ahora hasta podía sentirlas: si veía un aura amarilla, percibía la alegría de la persona y si por el contrario, el aura que observaba era gris, lo acometía una tristeza desconocida. A menudo tuvo que dejar de prestar atención a las clases, cerrar los ojos con fuerza y cerrarse a todo lo externo, lo que hacía que los profesores creyeran que era un desobligado.

Pero eso no era nada comparado con las voces. Por fin empezaba a distinguir sus frases, y sus propietarios no parecían querer otra cosa más que comunicarse con alguien que los atendiera. Había de todos tipos, desde los pequeños muertos por enfermedades y accidentes hasta aquellos asesinados cruelmente, sin motivo alguno. Shinto no les hacía el menor caso, solamente los miraba de soslayo y daba a entender que no quería que lo siguieran, pero no le funcionaba del todo. Al contrario, parecía que el desaire del joven enfurecía a los espíritus y lo perseguían con mayor ahínco que antes. Fueron contados los que comprendieron el mensaje del muchacho y lo dejaron por la paz, pensando que tenían mejores cosas qué hacer en su no–vida.

Así las cosas, Shinto a duras penas lograba concentrarse en las cosas cotidianas. Se exigía en la escuela, en su casa, pero simplemente sentía que no podía con todo. Necesitaba escapar, huir permanentemente de todo lo que lo aquejaba, ¿pero cómo hacerlo?

—Quítate del camino, tenemos prisa —exigió un día un joven increíblemente alto, en un pasillo de la escuela.

Shinto lo vio alejarse, seguido de cerca por un joven de cabello castaño rojizo intenso, y frunció el ceño al distinguir una mata de cabello entre rubia y verdosa, lo que era tan común como él mismo. Se encogió de hombros y siguió su camino.

Eran principios de trimestre, después de las vacaciones de invierno. La animación por las pasadas fiestas y las conversaciones banales no eran del interés de Shinto, simplemente porque no podía enterarse del contenido. Las voces espectrales y los múltiples sentimientos desprendidos de las auras en su entorno lo tenían muy ocupado.

Transcurrieron semanas sin ninguna novedad. Pero un día, en clases, intentando atender una tediosa clase de Matemáticas, sintió un escalofrío intenso a su espalda.

Suspiró resignado. Los escalofríos siempre eran anuncio de que algún fantasma tenía ganas de charlar. Sin mucho ánimo, deseando que lo dejara en paz, se giró levemente. Cuál va siendo su sorpresa cuando vio de pie, semitransparente, a la misma niña a la que en primaria, le había vaticinado su muerte. Se veía seria, sus ojos estaban vacíos y fijos en él.

—Kano–kun… —lo llamó en un susurro insistente.

Shinto se puso de pie de un salto, haciendo que la clase entera lo mirara con estupor.

—Kano–kun, ¿se le ofrece algo? —quiso saber la profesora.

Pero Shinto no respondió. Tenía puesta toda su atención en la niña, que no dejaba de verlo y poco a poco, se le acercaba.

—Kano–kun… —seguía llamándolo. Para el muchacho, sonaba una voz lejana, con eco, y que parecía que le susurraran al oído directamente —Kano–kun… ¿porqué…?

Trastrabillando, Shinto se alejó de la niña, aterrorizado. Después de ver espíritus cubiertos de sangre, con el rostro desfigurado, e incluso con miembros cercenados, una simple niña de su pasado había logrado asustarlo.

—Kano–kun, haga el favor de sentarse —exigió la maestra, dejando su libro de texto en el escritorio y controlando su exasperación.

Pero Shinto, lejos de obedecerla, salió corriendo del aula, sin que hubiera poder humano que pudiera detenerlo. No paró hasta que llegó a un baño de hombres, donde se encerró con la tonta idea de librarse de aquella aparición.

Respirando con dificultad, Shinto se sentó en el suelo, para luego agarrarse la cabeza y revolverse el cabello. Aquello no podía estarle pasando, no era real…

—Kano–kun… ¿porqué…?

De un sobresalto, el joven levantó la vista. Frente a él, como en una pesadilla, se encontraba la niña, pero ahora se veía un poco menos transparente y sus ojos emitían un diminuto destello.

—¡Aléjate de mí! —rogó Shinto, revolviendo en sus bolsillos buscando algo que lo ayudara, pero sin encontrar otra cosa que una navaja que solía usar para afilar sus lápices —Junko–chan, por favor… —murmuró, sin muchas fuerzas.

Se había rendido. Eso era más de lo que podía aguantar. No sabía para qué vivía si lo único que hacía era ver de cerca el dolor y la muerte. Nunca podía ocuparse de sí mismo porque pesaba sobre sí la carga de deshacerse de ese “don” que no pidió. Enfureciendo de improviso, y ante la pasmada y fantasmal mirada de la niña, Shinto sacó la hoja retráctil de la navaja, se la acercó a la muñeca derecha y comenzó a cortar.

—¡Kano–kun…! —oyó que exclamaba la fantasma.

El aludido no reaccionó. Al primer corte, se había quedado como hipnotizado ante el chorro de sangre que le escurría de la muñeca, como si la conciencia de su propio sufrimiento por fin apagara la inusual habilidad con la que había nacido. Sonrió débilmente, con un dejo de histeria, y siguió cortando al tiempo que varias lágrimas de alivio surcaban sus mejillas.

—… Y entonces le dije a Hanabusa que me importaba un bledo —contaba minutos después un chico que entraba a ese mismo baño —Y como se enojó, no me siguió fastidiando. Como si él…

—¡Naga–kun! ¡Mira eso! —cortó de tajo una segunda voz, con timbre sobrecogido.

Shinto dio un leve respingo, casi sin fuerzas. Llevaba tirado en el suelo del baño el tiempo suficiente como para que la pérdida de sangre le hubiera afectado, lo que al menos impidió que se cortara la otra muñeca, como quería. Confusamente, vio que dos muchachos de su edad lo rodeaban y uno de ellos, al notar que débilmente se llevaba la navaja a la muñeca ilesa, lo detuvo.

—Ni se te ocurra —amenazó con voz enérgica, y Shinto creyó ver cabello entre castaño y rojo —Naga–kun, ve por alguien, ¡rápido!

Shinto ladeó la cabeza y logró vislumbrar a una cabeza entre verde y rubia salir a toda velocidad del baño, perdiéndose de vista en cuanto la puerta se cerró. Cerró los ojos lentamente.

—Ya… no puedo… más… —susurró, pensando que no lo escucharían.

Pero pronto supo que se equivocó.

—Sí puedes —animó el joven que seguía reteniéndole la mano armada —¡No te rindas!

Antes de perder el conocimiento, Shinto creyó ver un aura limpia, llena a la vez de calidez y pena. Pensó, irónicamente, ya era demasiado tarde para darse cuenta de matices así.

&&&

Luz… era la primera vez que veía una luz tan intensa sin que lo deslumbrara. Se sentía tan pacífica que quiso acercarse a ella, pero algo lo detuvo. La silueta de una niña pequeña, parada frente a él, lo detuvo en su sitio.

—Kano–kun… —murmuró la niña, sin atisbo de eco en la voz —¿Por qué… no eres feliz?

La pregunta lo tomó por sorpresa.

—Yo… soy feliz —siguió la niña, esbozando una sonrisa —Fui feliz estando viva, mi familia me amaba… Y ahora soy feliz porque no me olvidan… Y tú, Kano–kun… tienes mucho que agradecer… Por favor, perdóname por aventarte ese libro a la cabeza… Sé feliz… No te rindas…

La última petición le sonó conocida, al tiempo que la luz comenzaba a cegarlo. Cerró los ojos fuertemente, incapaz de comprender lo que ocurría, hasta que pudo abrir los ojos perezosamente. Observó a su alrededor.

Estaba en un cuarto inmaculado, mayoritariamente blanco, con vagos detalles amarillos apenas visibles ante la escasa luz proveniente de una lámpara. Una ventana cubierta a medias por pesadas cortinas amarillentas dejaba ver que era de noche, haciéndolo pensar por primera vez en lo ocurrido en la escuela. ¿Pero qué había provocado todo eso? Ah, ya lo recordaba. Junko–chan sí que le había dado un buen susto.

Como si la hubiera llamado, la niña que lo había hecho entrar en pánico antes apareció ante él, observándolo con detenimiento, como si esperara algo.

—Kano–kun… —llamó en un susurro.

—Yo… —comenzó Shinto, sintiéndose cansado al instante, pero recordando el insólito sueño que había tenido —Junko–chan… Te perdono.

La niña esbozó una sonrisa radiante, sus ojos dejaron de estar vacíos para emitir un bello destello y comenzó a evaporarse, al tiempo que decía.

—Hazle caso —señaló algo a la derecha de Shinto y finalmente, se despidió con la mano y recomendando —No te rindas.

Shinto no entendió hasta que miró a su derecha con agotamiento. Un chico con el uniforme de la Akiai, de cabello entre castaño y rojo, se hallaba dormido en la cama de junto. Pudo verle las manos manchadas de sangre, por lo que supo que debía ser el muchacho que lo había estado deteniendo para que no se cortara la otra muñeca.

Al recordar eso, se miró la muñeca dañada. Estaba envuelta en vendas y sentía piquetes en ella. Seguramente habían tenido que suturarla. Suspiró con pesadumbre. No quería ni imaginar lo que dirían sus padres cuando se enteraran…

Un minuto, ¿porqué no estaban ellos ahí? ¿Acaso se habrían enfadado tanto que no querían verlo? Por la hora, esperaba que hubiera alguno de ellos allí, pero…

El chico en la cama de junto se movió, y pudo verle el antebrazo izquierdo. Tenía insertado una aguja conectada a un delgado tubo que iba a parar a una bolsa llena de sangre que a su vez, estaba conectada a otra bolsa. Esa segunda bolsa, por medio de su respectivo tubo con aguja, le administraba sangre a Shinto, quien no podía salir de su asombro. Por lo visto, aquel desconocido le estaba transfundiendo sangre.

La puerta de la habitación se abrió lentamente, dando paso a una mujer menuda y de larga melena oscura. Era seguida de cerca por un hombre muy alto y delgado y una niña.

—¿Shinto? —llamó suavemente la mujer.

—Mamá… —dijo el muchacho, al reconocerla.

La mujer, al escucharlo, sonrió ampliamente y entró, seguida por el hombre y la niña. Se acercaron a la cama con todo el sigilo posible, al ver de reojo al otro inquilino de la habitación.

—Shinto, ¡no vuelvas a hacernos esto! —exclamó la mujer sin más, frunciendo el ceño y con los ojos llenos de lágrimas —¿En qué estabas pensando?

El joven no supo qué contestar. En realidad, no sabía exactamente en qué había pensado.

—¿Estás oyendo a tu madre, Shinto? —inquirió el hombre autoritariamente.

El aludido asintió, para luego llevarse una gran sorpresa al mirarlo. El hombre, por lo general ecuánime, también estaba llorando.

—Lo… lo prometo –susurró el muchacho –No… volveré a hacerlo.

Eso logró arrancarles a sus padres una vaga sonrisa.

—Onisan —llamó la niña, apenada —Te traje esto —y le tendió un pequeño ramo de flores.

—Violetas —reconoció Shinto, sonriendo levemente —Gracias, Hotaru.

La niña sonrió, complacida.

—¿Quién es él? —se decidió a preguntar Shinto al cabo de unos segundos, cuando sus padres dejaron de regañarlo y él por fin había podido explicarles brevemente lo ocurrido.

Indicaba con un gesto al joven acostado a su derecha.

—Kinokaze–san fue muy amable —dijo la señora Kano a modo de respuesta —Él y su amigo Haraki–san te encontraron. Prácticamente te salvaron la vida.

—Kinokaze–san se ofreció para la transfusión porque al traerte aquí, supieron que tu tipo de sangre es raro y no tenían reservas —siguió contando el señor Kano —Kaiya y yo le estamos muy agradecidos… Por cierto —recordó de pronto, volviéndose hacia su hija —Hotaru, ve si Haraki–san sigue aquí para que pase a ver a tu hermano. Nosotros te dejaremos a solas con él, ¿está bien?

Se había dirigido a Shinto, quien asintió lentamente. A decir verdad, necesitaba hablar con uno de esos muchachos que le habían ayudado.

A los pocos minutos, un jovencito increíblemente alto entró a la habitación. Traía también el uniforme de la Akiaka, pero la corbata estaba desanudada y el cabello, entre rubio y verde, muy revuelto. El recién llegado lo miró con suspicacia.

—Qué onda —saludó fríamente —¿Cómo te sientes?

—He estado mejor —respondió Shinto —¿Cómo te llamas?

—Haraki Nagase. Y si me permites, déjame decirte que casi cometes una estupidez.

—Quieres darme un puñetazo, ¿verdad?

Nagase arqueó una ceja, sorprendido.

—Pues sí, tengo muchas ganas de hacer eso —reconoció —Pero Fuji me diría que para no meterme en problemas, mejor calme mis ánimos.

—¿Fuji?

Nagase, por toda respuesta, señaló al chico en la cama de junto.

—Ah, vaya… —Shinto se quedó un segundo callado, reflexionando, antes de seguir —Es un tanto extraño, ¿sabes?

—¿A qué te refieres? —Nagase se veía molesto.

—Es bueno, pero despistado.

Ante eso, el joven entre rubio y peliverde soltó una carcajada.

—Eso cualquiera lo nota —repuso —Dime algo que no sepa.

—Sufre.

Nagase no le creyó, porque enseguida se encogió de hombros.

—Es tu imaginación —aseveró.

—Si tú no lo notas, no me extraña. Pero créeme, sé de lo que hablo.

—Tal vez sí sufra, ¿quién no? —tuvo que admitir Nagase al fin —Pero si te soy sincero, con Fuji es difícil saberlo. Siempre está de buen humor.

Shinto asintió. Eso le quedaba más que claro y sin necesidad de percibir su aura.

—Espero poder agradecerle pronto —comentó con una ligera sonrisa —Parece que duerme bien, por eso no quiero despertarlo.

—Y haces bien —sentenció Nagase, defendiendo claramente al durmiente —Últimamente tiene insomnio, por los exámenes.

Aclarado ese punto, y tras despedirse en forma, Nagase se retiró, murmurando algo de avisarles a los padres de Fuji sobre cómo seguían las cosas. Shinto lo vio irse, no sin antes echarle un vistazo a su aura, la cual le pareció sumamente interesante, y decidió que tenía que charlar con él más seguido. Y claro, también con quien dormía en la cama de junto.

&&&

Kano despertó temprano a la mañana siguiente, sintiéndose mejor. Como cuando abrió los ojos apenas amanecía, permaneció postrado largo rato, reflexionando, hasta que se hartó y se sentó en la cama, con mucho cuidado con su brazo derecho, todavía conectado a la bolsa de la transfusión. Se le quedó mirando a su muñeca derecha, como hipnotizado, por lo que no se dio cuenta que Fuji se movía para despertar finalmente.

—Kano–kun –llamó tímidamente –¿Estás bien?

Shinto apenas atendió a ese llamado. En cambio, con suma delicadeza, se quitó las vendas que cubrían su muñeca.

—No deberías hacer eso –recomendó Fuji, un tanto preocupado.

Shinto lo ignoró, y al verse libre del vendaje, clavó los ojos en las puntadas que adornaban su piel en ese momento.

—Atentar contra la vida… Es un delito.

El comentario repentino de Shinto hizo que Fuji se quedara muy sorprendido.

—Atentar contra la vida de cualquier ser es delito –siguió Shinto, con la vista fija en su muñeca, como si de ella estuviera sacando todo su argumento –Y atentar contra la propia… Lo es todavía más. Así que deberían castigarme.

Suspiró y antes que Fuji pudiera decir algo en contra, prosiguió.

—Sin embargo, se me ha dado una nueva oportunidad. La usaré al máximo. ¿Y sabes porqué? —dice de pronto, girándose hacia un perplejo Fuji —Porque sí podré. No me voy a rendir.

Fuji sonrió al oírle eso a Shinto, luego de haberlo visto al borde de la muerte, tan seguro de que no quedaba más en su existencia. Y Shinto, por su parte, sabe que ha encontrado a una persona que tal vez, sólo tal vez, pueda aceptarlo sin más.

… En algún lugar, debe haber alguien que va a estar contigo sin importarle nada…

&&&

Transcurrieron los días. Fuji se marchó del hospital al día siguiente, un poco débil pero en perfectas condiciones. Él y Nagase volvieron varias veces, llevándole las tareas y contándole sobre los acontecimientos más relevantes de la Akiaka. Y es que desde que Shinto se había “confesado” con ellos el día que Fuji fue dado de alta, los tres se habían convertido en amigos.

Al principio, Nagase no pareció muy convencido de que Shinto estuviera diciendo la verdad, le parecía demasiado increíble que una persona pudiera ver auras y espíritus como quien ve el cielo de la mañana. Pero Fuji lo tomó con mucha más calma. Para él, todo tenía sentido ahora.

—Kano–kun, las habilidades pueden ser una carga, pero no deben dominarnos —había asentado con firmeza —Son nuestras, ¿no? Así que hay que dominarlas nosotros.

—Ajá. Por eso todos los clubes deportivos quieren reclutarte —se burló Nagase.

Fuji sonrió nerviosamente, en tanto Shinto observaba a aquel par con esmero. Sus auras le decían que cada uno lidiaba con alegrías y tristezas, pero que no dejaban que los hicieran caer. Simplemente tomaban la experiencia y trataban de superarla no por sí mismo, sino por los que los rodeaban. Eso sí que fue una confirmación de que debía trabajar en su “don”. Si no por sí mismo, al menos por su familia… Y por sus nuevos amigos.

Aunque algo memorable fue conocer a los padres de Fuji. Fueron a visitarlo a la semana siguiente y le sorprendió sentir un aura fuerte en Kumiko y una llena de manchas en Kenji. llegó a percibir alegría y determinación en Kumiko, mientras que la de Kenji tenía una profunda gratitud a la vida. No sabía exactamente porqué, pero era como si Kenji Kinokaze ocultara muchas cosas.

—¿Cómo está el Shin–kun (1)? —quiso saber Kumiko en cuanto entró, sonriendo a más no poder y cargando con un gran ramo de lirios violetas.

Shinto arqueó las cejas al oírla. ¿Shin–kun? ¿Qué quería decir esa señora?

—Mucho gusto —saludó entonces Kenji —Somos los Kinokaze. Los padres de Fuji.

—Me lo suponía —reconoció el chico, observando a la pareja a detalle —Si se mezclan sus colores, salen los de… Fuji.

El matrimonio sonrió vagamente.

—Sí, Fuji ya nos había comentado eso de ti —reconoció Kumiko —Pero estás bien, ¿no?

Shinto no supo qué contestar a eso. Se limitó a encogerse de hombros.

—Para mí luces bastante bien —dijo Kenji entonces —Esperamos que vuelvas pronto a la escuela, porque Fuji se preocupa por ti.

El jovencito ladeó la cabeza, perspicaz. Todavía no acababa de creerse que unos perfectos desconocidos estuvieran al pendiente de él.

—Fuji te traerá las tareas junto con Naga–kun —recordó Kumiko entonces, llevándose una mano a la frente —Y harás los exámenes finales en las vacaciones de primavera.

—Eso sí que es alentador —susurró el chico con indecible sarcasmo.

Ante eso, el matrimonio Kinokaze soltó una carcajada.

La hospitalización de Shinto duró más de lo que él esperaba, por lo que no pudo asistir a la ceremonia de fin de cursos, pero en el hospital, Fuji y Nagase le ayudaron a estudiar todo lo que pudieron. Así, cuando lo dieron de alta, el joven de las auras estaba listo para presentar sus exámenes finales, los cuales luego supo que pasó con creces.

—Eso sí que es para celebrar —había dicho Kenji en cuanto Shinto llegó al departamento de los Kinokaze a finales de las vacaciones de primavera, comunicándoles la buena nueva. Estaba sentado a la pequeña mesa de la sala, rodeado de manuscritos.

—¿Qué hace, Kenji–san? —se interesó Shinto.

—Ah, reviso algunas cosas que tenía guardadas —respondió el pelirrojo, frunciendo el ceño ante una hoja que sostenía, para luego dejarla a un lado —Hace tiempo que quiero dejar mi empleo, pero necesito algún otro. Haciendo limpieza general del departamento, Fuji y Naga–kun encontraron mis viejos apuntes y pienso probar suerte como escritor.

Shinto asintió, dando a entender que comprendía, percibiendo que su aura se desmanchaba un poco. Tal parecía que eso de ser escritor era un deseo secreto de Kenji.

—El único problema es que no quisiera publicar con mi verdadero nombre —dijo de pronto Kenji —Ya me imagino la cara que pondrían mis conocidos de Fuyutani si apareciera un libro mío… No sé, tengo que pensar un buen seudónimo…

—¡Sabishi Okami! —llamó entonces Kumiko, desde la cocina —¿Ya casi terminas?

—Sí, Kumiko —respondió Kenji, conciliador.

—¿Ha estado en Fuyutani? —quiso saber Shinto.

El semblante de Kenji, igual que su aura, se ensombreció ligeramente.

—Digamos que nací allí —se limitó a contestar.

Shinto, que encontraba muy divertido el apodo que Kumiko usaba con su marido, tuvo de pronto una loca idea.

—Para el seudónimo… —comenzó, titubeante —… Para no usar su nombre real, ¿qué le parece Okami Fuyuno? O Fuyuno Okami, como prefiera leerlo.

Y acto seguido, tomó un lápiz cercano y una hoja arrugada del suelo y escribió lo que decía.

—¡Suena muy bien! —exclamó Kenji, sonriendo de oreja a oreja —Une mucho dos partes de mi vida… —se quedó distraído un instante, hasta que sacudió la cabeza y se puso de pie —¡Kumiko! Mira lo que Shin–kun me sugirió —y con la hoja de papel, salió disparado a la cocina.

—Sí que se parece a Fuji —musitó Shinto con una de sus escasas sonrisas.

La verdad es que después de su arrebato, sonreía un poco más que antes. Ya no pensaba tanto en lo que percibía y oía, para mejor dedicarse a las atenciones que su familia y sus nuevos amigos le prodigaban. Durante esas vacaciones, conoció a la madre y las hermanas de Nagase, a la abuela de Fuji y paseó por muchos lugares. Con Nagase y Fuji se la pasaban muy bien y era imposible aburrirse. Casi lamentaba que el nuevo curso empezara, pues no los vería tan seguido.

—Seguiremos en la misma escuela —había señalado Fuji con alegría —Quizá podamos reunirnos a la hora del almuerzo.

Pero no fue necesario. Al comenzar el segundo año, Shinto se topó con que la Akiaka había reasignado a algunos alumnos y a él, lo habían puesto en el grupo de Nagase y Fuji. La mayoría de los presentes lo miraban raro, pero se le pasó en cuanto Fuji llegó, lo vio y lo saludó.

—¡Buenos días, Shin–kun! Oye, tengo algo para ti.

Y acercándosele, le tendió un pequeño paquete azul marino.

Shinto lo tomó, frunciendo el ceño, y comenzó a abrirlo. Mientras lo hacía, Nagase entraba al aula y con unas cuantas miradas amenazantes, alejó a los curiosos.

—Qué onda, Kano —saludó —¿Así que ahora estarás cono nosotros?

El aludido asintió, terminando de desenvolver su paquete. Lo que estaba adentro era una muñequera de tela suave, color azul oscuro.

El detalle lo hizo sonreír y recordar una charla con sus amigos en días pasados, luego de ir al hospital a revisarse la muñeca. Todavía la llevaba vendada, pero ya le habían retirado parte de los puntos y no era una visión agradable. Shinto se había quejado de que las cicatrices se verían espantosas cuando por fin le quitaran el resto de las puntadas.

—Es por volver al mundo —dijo Fuji, un tanto nervioso —¿Te gusta?

Shinto, por toda respuesta, asintió y sonrió al tiempo que se la guardaba en un bolsillo. Ya tendría oportunidad de estrenarla cuando le quitaran las vendas.

&&&

Desde entonces, el joven de ojos violetas porta esa muñequera, en parte para no mostrar esas cicatrices que con el paso del tiempo, se fueron haciendo menos horribles, y por otro lado, para recordarse que ahora podía ser un poco normal. Y se decía que un poco por lo que le había dicho Kumiko una vez, entre risas.

—¿Quién en este mundo es completamente normal? Lo único verdaderamente normal es el cambio y que nadie te convenza de lo contrario.

Sí, Kumiko tenía razón: el cambio sí que era normal. Él había cambiado poco a poco y estaba satisfecho por el resultado. No dejaba de agradecer el instante que fueron Fuji y Nagase, y no otros, quienes lo encontraran después de su arrebato. Se estremecía al pensar que si hubieran sido otras personas, ahora no estaría tan bien.

Con el paso del tiempo, Shinto logró ver más allá de colores y fantasmas. Para él fue una sorpresa que en las vacaciones de verano, al ir con sus amigos a dar una vuelta a la playa, viera a la gente así, tal cual, sin ningún extra que le dañara los sentidos. Quiso decírselos, pero en ese instante, Fuji había encontrado un caracol de tonos rosados y anaranjados, y se lo mostraba a Nagase con un entusiasmo increíble, acercándolo a su oído.

Sí, era bueno fijarse en otras cosas. Así era como las que tanto lo atormentaban habían pasado a segundo plano y por fin podrían serle de utilidad.

Nunca acabaría de agradecerles a todos: sus padres, sus abuelos, Hotaru, Nagase, Fuji, Kumiko y Kenji… Todos, sin saberlo, habían puesto su granito de arena en lo que lo impulsaba a cumplir con aquello que le había dicho a Fuji en el hospital: … Sí podré. No me voy a rendir…

Lástima que Kumiko y Kenji se hubieran marchado. Fue doloroso perder a esos dos adultos llenos de energía de manera tan brusca, y Shinto sintió el sufrimiento de Fuji sin dificultad. Él también había apreciado mucho al matrimonio Kinokaze, le había enseñado tanto… Pero se alegró de no verlos de manera posterior a su funeral. Eso significaba que estaban en paz, sin temores, confiando ciegamente en que la persona más importante en su mundo no estaría sola y que sería feliz pese a las circunstancias.
Y Shinto Kano, por supuesto, pensaba colaborar para ello.

---***---

Bueno, al fin está terminado este omake. No creí tardar tanto porque tanto para éste como para el de Nagase hice apuntes previos, pero bueno… Una nunca sabe lo que saldrá, jajaja. Como les advertí, hubo algunos momentos dramáticos y poco agradables, pero que dan una mejor idea de porqué Shinto es así de… pues de misterioso, jajaja.

Bueno, me despido. Dudas, comentarios, críticas constructivas… Todo se recibe por el medio habitual, jajaja. Cuídense mucho, denle la bienvenida al otoño y nos leemos pronto.


(1) Uno de los significados de la palabra shin es nuevo. Sumado al sufijo empleado, significaría literalmente chico nuevo.

***

Nota al 30 de enero de 2015: Menuda novedad es que me pase por aquí, ¿verdad? Pero por un manga que me fui a descargar, me acordé de que les debía este fic, así que aquí tienen. El siguiente post de actualización será un capítulo, así que atentos (si es que queda alguien al pendiente de esta historia). Cuídense y nos leemos a la próxima.