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Octubre 22, 2018, 07:29:32 am

Autor Tema: Telaraña [31/52 + Omake 3/7]  (Leído 22533 veces)

Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [09/?]
« Respuesta #30 en: Febrero 02, 2011, 02:48:59 pm »
me encanto el capitulo!! bell
disculpa por no leerlo antes pero estaba en una finca
y como veras no habia coneccion, pero sigo fielmente aqui!
espero tu proximo cap con ancias  :kawai:


 

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Re:Telaraña [10/?]
« Respuesta #31 en: Febrero 02, 2011, 04:12:53 pm »
Diez: La sorpresa.

La preparatoria Akiai le dio la bienvenida a todo visitante el viernes, ostentando a la entrada un gran letrero anunciando su festival, el Yuri–Hime. Se veía actividad en todas partes y las personas que acudían se entretenían mucho, pues había mucho qué ver.

El Festival Yuri–Hime es muy divertido, si es que uno puede pasearse por ahí para admirar todo lo que ofrece. Este año a mi grupo, el 1–C, le tocó un puesto de comida, y preparamos onabe. Y al parecer está gustando mucho, porque hemos tenido muchos clientes. O tal vez eso sea porque…

—¡Nada de fotos! —gritó Gakusha de repente, persiguiendo junto con sus amigas a unos chicos de segundo año, que reían sosteniendo cámaras en las manos —¿Quién les dijo que pueden venir y tomar fotos, eh?

—¡Ay, pero es un lindo recuerdo! —dijo Gin de pronto, conteniendo la risa y con una cámara roja en las manos —Si yo ya tengo mi propia foto…

Miraba con ternura fingida el puesto, decorado con esas hojas de árbol de papel que había hecho, y casi enseguida desvió la vista, para no soltarse a reír.

—No hagas caso, Hoshi–san —le dijo Fuji a Saragi —No es importante.

Y es que los vestuarios que Chiba había hecho para Fuji y Saragi eran muy… originales. Aunque lo más que se distinguía en ellos eran hojas de árbol artificiales, del color que adquieren cuando es otoño (o sea, varias gamas de amarillo, rojo y café) y en el caso de Saragi, en la cabeza lucía varios lirios amarillos, que por cierto, se veían raros entre la cascada azul plateada que era el cabello de la chica.

—De haberlo sabido, me habría negado —susurró Saragi con frialdad.

—Ah, ¿en serio? —Fuji ya no sabía qué más decirle para animarla.

Saragi suspiró.

—Bueno, ya que estoy aquí, lo haré lo mejor que pueda —se resignó.

—¡Así se habla! —alentó Fuji —Además hay que reconocer que la idea de Gakusha–san fue buena, ¡han venido muchos clientes!

Saragi no pareció más contenta por eso, pero se quedó callada.

—Hola —saludó Mezuki, acercándose al puesto —¿Sabes qué, Saragi? Andan diciendo que el puesto del onabe es muy gracioso, ¡todos quieren verlo!

—No me digas —susurró Saragi con sarcasmo.

—En ese caso, vendrán clientes —pensó Fuji en voz baja —Veré si quedan platos.

Se dio la vuelta y atravesó una tela que les servía de telón, tras la cual tenían todo lo necesario para vender el onabe.

—No eres de ayuda, Mezuki —le soltó Saragi de pronto —Hasta Kinokaze dice cosas más amables que tú. ¿Dónde has estado, por cierto?

—Viendo las representaciones —Mezuki sonrió, encogiéndose de hombros —Es mucho más entretenido que estar viendo cómo le sirves comida a otros. Por cierto, Saragi, aclárame algo, ¿porqué te ofreciste a hacerlo?

Saragi no respondió, sino que desvió la vista hacia la entrada del salón de clases.

—¿Saragi? —llamó Mezuki —¿Porqué no contestas?

La aludida la miró con indiferencia.

—No es tu asunto, Mezuki —espetó sin más —Ahora por favor, hazte a un lado.

Mezuki, molesta, se marchó, justo cuando Fuji volvía con unos cuantos tazones y palillos.

—¿Y Mezuki? —preguntó —¿Ya se fue?

—Sí, iba a ver las representaciones —Saragi asintió.

—Ah, pude llegar —dijo una voz seria de pronto —¿Me dan un plato, por favor?

Los dos chicos se volvieron para encontrarse con un conocido joven de porte formal y cabellos azul oscuro.

—¿Hatsu? —se extrañó Saragi, sonriendo levemente —¿Qué haces por aquí?

—Wodaka me contó y vine a ver —respondió Hatsu de manera directa —Aprovechamos que no tenemos clases hasta dentro de un par de horas. ¿Verdad, chicos?

Vio por encima de su hombro, donde un par de jovenes apenas si lo escucharon porque estaban rodeados de chicas.

—¡Qué guapos! —exclamaban todas —¿Cómo se llaman?

A uno de los chicos Fuji logró reconocerlo: era Gurazu Hoshi, el que le había reparado la bicicleta. El otro, en cambio, le era desconocido. Lo supo porque nunca en su vida había visto en un chico un cabello de ese color, un tono blanco ligeramente gris. Además, el cabello se veía esponjado, como una peluca de algodón o algo parecido. Cuando logró verlo mejor, Fuji notó que sus ojos eran de un agradable tono entre castaño y miel, y de brillo amable.

—Chicos, vengan acá, ¿quieren? —pidió Hatsu con voz grave.

Los dos muchachos, como pudieron, se libraron de las chicas que los rodeaban y se acercaron, luciendo sonrisas divertidas.

—Esto es agradable —comentó Gurazu —Qué bueno que quisiste venir, Hatsu.

—Sí, claro —asintió el peliazul con un gesto de cabeza —Por cierto, creo que a ti no te conocen, Kuren —se dirigió al del cabello blanco grisáceo —Él es Kinokaze–san.

Y señaló a Fuji, quien dio un respingo.

—Vaya, es cierto —el chico del cabello casi blanco miró por un momento a Fuji antes de inclinarse ante él con cortesía —Soy Hoshi Kuren. Mucho gusto.

—Igualmente, soy Kinokaze Fuji —el joven correspondió al saludo como era debido.

—¿Y tú porqué vienes, Kuren? —interrogó de pronto Saragi.

—Sabes que me gusta algo de diversión —Kuren sonrió y Fuji pudo verle cierto parecido con Wodaka y Gurazu —Y además, es raro que Hatsu venga a este tipo de cosas Quería verlo con mis propios ojos. Por cierto —miró a la chica —¿Porqué te vestiste así, primita?

Saragi le dedicó una de sus miradas frías intimidantes, pero Kuren no retrocedió.

—De acuerdo, mensaje captado —Kuren se rió —¿Y qué venden, eh?

—Onabe —respondió Fuji, sonriendo —Ahora te sirvo tu orden, Hatsu–san —y se puso manos a la obra.

—Oye, ya que estás en eso, dame a mí también —pidió Gurazu.

—Sí, creo que yo también quiero —añadió Kuren.

—¡A la orden! —Fuji sonrió aún más y sirvió las órdenes con destreza.

Mientras Fuji tendía los tazones, Saragi cobraba, y los tres chicos se rebuscaron el dinero en los bolsillos. Cuando pagaron, saborearon el onabe, poniendo idénticas caras de júbilo.

—¡Esto está delicioso! —soltó Gurazu en voz algo alta, pues muchos voltearon a verlo.

—Sí, está rico —Kuren prefirió ahorrarse las palabras para seguir comiendo.

—Nada mal —reconoció Hatsu, mirando a Saragi —¿Quién lo hizo?

—Kinokaze —respondió ella, señalando a Fuji con un gesto de cabeza.

—Oye, amigo, eres bueno —afirmó Gurazu —¡Serás un buen esposo!

Fuji sonrió nerviosamente, recordando que algo parecido decía Aishi.

—Gurazu, ¿has hablado con Aishi últimamente? —quiso saber Saragi.

—No, he estado ocupado con las clases y el trabajo —respondió el chico, comiendo un bocado más —Además, sabes que ya no voy mucho a la Casa Grande. Creo que quien lo ha visto es Kuren, ¿verdad? —se volvió hacia el chico.

—Sí, lo he visto —recordó Kuren —Tan activo como siempre, aunque un poco más considerado que antes. Kokoro–dono dice que ya no ha tenido que llamar a los decoradores de interiores para arreglar algún destrozo del niño.

Al oír eso, Fuji sonrió con un poco más de inquietud, ¿entonces a él le había tocado tratar a un Aishi tranquilo?

—Como sea, ¿podemos decirte algo, Saragi? —intervino de repente Hatsu, dejando su tazón ya vacío en el mostrador del puesto —Mejor dicho, que Gurazu te lo diga.

—De acuerdo, ¿qué quieres? —Saragi miró a Gurazu con seriedad.

—Pues… —Gurazu dudó —Fuji–kun, ¿te importaría… retirarte? Es algo privado.

—No hay problema —Fuji sonrió levemente —De todas formas, tengo que ir por palillos.

Fuji se quitó el vestuario con facilidad y se retiró, encontrándose con Gin y Mezuki en la entrada del salón. Les avisó rápidamente que sus primos estaban en el puesto, que él iba por palillos y se fue. Las gemelas, arqueando las cejas, vieron el puesto y efectivamente, distinguieron a los tres chicos. Se acercaron de inmediato.

—No sabía que te gustaran las multitudes, Hatsu —soltó Mezuki a modo de saludo.

—Buenas —dijo simplemente Gin, mirando a los tres jóvenes por turnos.

—Ah, sí, ustedes se cambiaron aquí —recordó de pronto Hatsu —Mejor aún que estén presentes. Gurazu, habla de una vez.

—Sí, voy, ¡qué carácter! —Gurazu no se veía cómodo con el tema, pero tomando aire, se decidió —Como dije, Saragi, ya no voy mucho a la Casa Grande, y más desde… La intervención de Kokoro–dono en el caso de Fuji–kun. Mi padre… dijo que intervendría y no me pareció.

A la mención del padre de Gurazu, las tres chicas se paralizaron.

—¿Shimizu–dono? —murmuró Saragi —¿Estás seguro, Gurazu?

—No lo diría si no me constara —Gurazu hizo un gesto afirmativo de cabeza.

—Incluso Inuko–san lo confirmó — terció Kuren de improviso —Takeshi se lo dijo a Hatsu. Y no es tanto porque Shimizu–dono quiera intervenir, aunque se muere de ganas. Más bien es… orden de arriba —y señaló hacia el techo con un pulgar, confirmando sus palabras.

Ante eso, las chicas se quedaron aún más impresionadas.

—Así que manténganse alertas —señaló Hatsu, cortante —Conocemos a Shimizu–dono, sabemos de lo que es capaz. Aunque me alegra que él intervenga antes que Yami–dono.

El nombre pronunciado al final por Hatsu les provocó una mueca de repulsión a todos los Hoshi presentes, Hatsu incluido.

—Estaremos alertas, entonces —aceptó Gin, de mala gana, para luego salir de allí con aparente serenidad.

—Pues a mí me da igual —Mezuki se encogió de hombros y también se fue.

Saragi contempló un momento la puerta por donde habían salido sus primas antes de girarse a sus primos.

—¿Hay algo más que deba saber? —los interrogó.

—De hecho, sí —Kuren hizo una mueca —Es en serio lo de la orden de arriba. Los jefes parecen muy interesados en que Kinokaze–san pierda la memoria. Y no me preguntes por qué, porque no lo sé. Eso es todo lo que Takeshi logró sacarle a Inuko–san.

Saragi asintió.

—Bien, yo vine a ver el puesto y a avisarles, y ya lo hice —Hatsu sonrió levemente —Así que me retiro. Me daré una vuelta por el hospital. ¡Ah, lo olvidaba! —metió la mano a un bolsillo de su chaqueta azul oscuro y sacó un sobre —Es para Kinokaze–san —dijo, dándoselo a Saragi —¿Podrías entregárselo?

—Sí, claro —la joven tomó el sobre y se lo guardó en un bolsillo.

Los tres chicos se despidieron un poco menos animados que como habían llegado, cruzándose en el camino con Fuji.

—¿Ya se van? —les preguntó Fuji, extrañado —¿No gustan pasearse por el festival?

—Lo siento, pero no podemos —se disculpó Hatsu —Gracias por el onabe.

—Sí, gracias, estuvo sabroso —aseguró Gurazu.

—Algún día tendré que ir a comer a casa de Wodaka–kun cuando cocines —aventuró Kuren, sonriendo —Gusto en conocerte, Kinokaze–san. Nos veremos.

Y los tres se perdieron de vista hacia la entrada principal de la preparatoria.

—¿Se la pasaron bien tus primos? —le preguntó Fuji a Saragi, recién llegado al puesto y colocándose de nuevo el vestuario.

—Sí, les gustó el onabe —respondió Saragi, con una expresión de duda —Oye, Kinokaze…

—¿Sí?

Saragi, por toda respuesta, le tendió el sobre que su primo peliazul le había dado.

—Hatsu lo dejó para ti —explicó.

Fuji tomó el sobre, reconociendo la caligrafía en la cara frontal. Lo abrió con dedos ligeramente temblorosos y extrajo una carta. La leyó con rapidez, sonriendo a cada línea.

—¿Buenas noticias? —inquirió Saragi al ver que Fuji guardaba la carta en su sobre.

—Sí, de la abuela —Fuji asintió con entusiasmo —Parece que en unos días saldrá del hospital y volverá a casa —hizo una mueca de tristeza —Quisiera ir a verla…

Saragi iba a preguntar porqué no visitaba a su abuela y ya, pero algunos gritos del exterior la distrajeron completamente. Observó, por la puerta del salón, que varios jóvenes iban y venían, para luego ver cómo Gakusha y sus amigas entraban precipitadamente.

—¿Qué pasa? —interrogó Fuji.

—Un… viene un… —dijo Chiba entrecortadamente, pero sin poder terminar la frase.

—¡Un animal salvaje! —soltó Gakusha con impaciencia —¡Se coló a la escuela!

Fuji la miró sin poder creerse eso, mientras que Saragi suspiraba.

—Con que no sea… —empezó, pero de pronto un fuerte golpe la calló.

En la puerta del salón (que por cierto, parecía haber sido derribaba por ese golpe que se había escuchado antes), se veía a un animal de cuatro patas, de pelaje esponjado color blanco grisáceo y unos ¿cuernos? Sí, eran cuernos esas formas enroscadas que salían de ambos lados de su cabeza, y se veían peligrosos.

—Tenía que ser Kuren… —susurró Saragi con voz cansina.

—¿Kuren? —inquirió Fuji en un susurro.

Pero Saragi, en vez de contestar, se libró de la mayoría del vestuario y salió del puesto, acercándose al animal.

—¡Ten cuidado, Saragi–san! —le advirtió un chico de cabello negro de su mismo grupo.

Saragi asintió y con expresión neutra, se acercó al animal, lo miró a los ojos un largo minuto y luego, inesperadamente, lo tomó de uno de los cuernos y lo sacó sin ninguna dificultado del salón y luego, del edificio principal. Fuji, presintiendo que tal vez Saragi necesitara ayuda, se libró de su vestuario, le encargó apresuradamente el puesto a Shinto (que iba entrando con un plato lleno de onigiris) y la siguió.

Sin darse cuenta, su salida atrajo la atención de Mezuki y Gin, que volvían en ese instante al salón, y ambas pelirrojas se fueron tras él.

&&&

—Eres un tonto. Agradece que nadie vaya a creer esto.

Saragi había llevado al animal a la parte trasera más oculta de la escuela, donde las miradas curiosas no podían distinguir gran cosa debido a varios árboles. Fuji llegó minutos después, sofocado, y detrás suyo venían Gin y Mezuki.

—No es cierto —soltó Mezuki, al ver al animal que Saragi sujetaba por un cuerno.

—¡Carnero torpe! —exclamó Gin con enfado —¿Pues con qué te distrajiste?

Sí, el animal era un carnero, y con cuernos bastante impresionantes. Era por eso que varios alumnos se habían quedado admirados al ver cómo Saragi lo sacaba mansamente, sin recibir alguna embestida a cambio.

—No fue su culpa —dijo la voz de Hatsu de improviso.

Él y Gurazu acababan de encontrarlas y caminaban hacia ellas con calma. Entonces, si ellos estaban normales, el carnero era…

—Es verdad —oyó Fuji que decía la voz de Kuren y se asombró al verla salir del hocico del carnero al que Saragi no había dejado de sujetar por un cuerno —Unas chicas nos venían siguiendo y una de ellas le dio la mano para regalarme un dango, así que…

—Vamos, Saragi, no te enfades —pidió Gurazu —Admite que hubiera sido peor que el afectado fuera yo.

¿Gurazu–san dijo eso? Eso significa que… ¿Gurazu–san también es miembro del Zodiaco? Vaya, me pregunto cuál será su signo para que esté diciendo semejante cosa.

—Sí, supongo que tienes razón —Saragi por fin le soltó el cuerno al carnero.

—Gracias —dijo el animal, sacudiendo la cabeza un poco, procurando no golpear a nadie con sus cuernos —Y disculpa la molestia, Saragi.

La chica se encogió de hombros.

—Supongo que tendremos que esperar a que se le pase —Hatsu consultó su reloj —Ya no voy a alcanzar a llegar al hospital… —musitó. Sacó un teléfono celular de su bolsillo —Mejor avisaré —y alejándose unos pasos, marcó unos números.

—¡Hatsu! —llamó Kuren, pero sin éxito. Hatsu no le hizo caso —No me gusta causarle molestias —masculló en tono molesto.

—Pues si no te gusta, presta más atención —reprendió Mezuki.

Kuren inclinó la cabeza.

—No creo que sea molestia —intervino Fuji de repente —Es decir, no creo que para Hatsu–san sea molestia, Kuren–san. Él simplemente… se preocupa por ti. Significa que le importas, ¿no? Que son amigos.

Kuren lo miró un momento y Fuji pudo ver que sus ojos, a pesar de ser ahora los de un animal, no habían cambiado en nada.

—Supongo que sí —admitió.

Y de repente, un torbellino de fuego lo rodeó, espantando a Fuji.

—¡Kuren–san! —exclamó, intentando aproximarse.

—Déjalo —Gin lo detuvo con un brazo —Estará bien.

En efecto, en cuanto el torbellino de fuego se disipó, pudo verse a Kuren, que había regresado a su forma humana. Hatsu, que de lejos había visto eso, dijo unas cuantas palabras al celular y luego colgó, para acercarse.

—Eso fue rápido —comentó con seriedad —Vámonos, ¿sí? Me informan que uno de los niños no quiere entrar a quirófano hasta que yo llegue, ¿alguno entiende algo? —se encogió de hombros y comenzó a andar.

—Adiós, chicas —se despidió Gurazu agitando una mano.

—Gusto en saludarlas —Kuren sonrió —Y gusto en conocerte, Kinokaze–san.

—Igualmente, Kuren–san —Fuji le sonrió al despedirlo.

—Ahora, a volver a la tortura —dijo Saragi con sorna.

De repente, una carcajada se dejó escuchar. Poco tardaron en darse cuenta que pertenecía a Gin, que se abrazaba a sí misma, sin poder contenerse.

—¿Ya viste la facha que traes, pececito? —logró decir entre risas.

Saragi la miró con el ceño fruncido, y se volvió hacia Mezuki pidiendo explicaciones con un ademán. Pero Mezuki, sin poder evitarlo, también se estaba riendo.

—Necesito un espejo —soltó Saragi, enfurecida —¡Lo necesito ahora!

Y echó a correr al interior del edificio principal, para entrar al primer baño que encontró y contemplar, con sus propios ojos, lo que había causado la risa de las gemelas.

En tanto, Fuji había seguido a Saragi con intención de calmarla, ya que había notado que la chica, cuando se enfadaba, no controlaba muy bien lo que hacía. La vio entrar a un baño de chicas, y se quedó de pie cerca de la puerta, esperando a que saliera. Su sorpresa fue mayúscula cuando Saragi salió, riendo. No enfadada, sino riendo.

—¡Esto… esto sí que es gracioso! —musitó la joven , tapándose la boca con una mano —¡Al fin algo bueno en todo esto!

Su cabello, normalmente de aspecto impecable, estaba algo alborotado a causa de los lirios amarillos, que a lo largo de la jornada se habían resbalado y ahora estaban enganchados en la orilla de su melena. Además, Saragi había olvidado quitarse una parte del vestuario: un sombrero de ala ancha cubierto de hojas secas artificiales y que en la cima, traía un nido artificial con unos cuantos pajarillos de plástico. Sin lugar a dudas, ofrecía un aspecto muy distinto al de la chica seria y pulcra que mostraba a diario.

—¿No estás molesta, Hoshi–san? —preguntó Fuji con cautela.

Saragi calmó un poco su risa.

—Admito que no me agradaba estar vestida de esa forma, pero nunca me había reído tanto en mi vida —la chica paró de reír poco a poco, y sonrió —Es la primera cosa buena que la Gorgona tonta hace por mí. Pero si le mencionas que dije eso… —agregó, advirtiendo a Fuji con la mirada.

—No te preocupes, no diré nada —prometió Fuji.

—¿Y tú porqué no te ríes, eh? —quiso saber Saragi.

—Es que… pensé que si lo hacía, te enfadarías —reconoció Fuji.

Eso solamente ocasionó que Saragi riera de nuevo.

—Tienes mi permiso —dijo, sin dejar de reír —En serio, Fuji–kun.

Y Fuji rió, por lo chistosa que se veía Saragi y porque ella lo llamara por su nombre.

Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [10/?]
« Respuesta #32 en: Febrero 03, 2011, 08:56:40 am »
jajajajaj estuvo muy bno
pobre kuren, y por lo que se convirtio debe ser aries jejej
espero tu proximo cap...
tsuku tiene algo por leer jejeje xD


 

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Re:Telaraña [10/?]
« Respuesta #33 en: Febrero 03, 2011, 09:11:05 pm »
Ah, hace mucho que no me tomaba un post para contestar comentarios...

Como sea, me alegra que te esté gustando el fic, Daniela, porque es uno de mis orgullos,  :H: . Respecto a lo que mencionas: sí, Kuren es Aries, el buen Carnero, aunque como menciona Gin, un poco torpe,  :jeje: .

Y por otro lado, es verdad que Tsukune anda desaparecido en combate. Ya ni siquiera me da lata para continuar Rilato (y mira que en ese fic no he podido trabajar, porque ando enfrascada en otras cosas).

Bueno, me paso a retirar y aviso que mi próximo post sí será capítulo (creo que los envicio así, ¿no?). Es lo bueno de tener varios capítulos ya escritos,  :okydocky: .

Cuídate mucho y nos leemos a la próxima.

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Re:Telaraña [10/?]
« Respuesta #34 en: Febrero 04, 2011, 09:53:37 am »
jajajja bno esperare tu proximo capitulo bell
y lo de tsukune hasta donde se, donde esta no hay coneccion
porque el es tu gra fan jajaj
bno cuidate nos leemos!!!
sayonaraaa!


 

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Re:Telaraña [11/?]
« Respuesta #35 en: Febrero 04, 2011, 01:12:45 pm »
Once: A ganarse al Señor del Mar.

Los días pasaron. El Aki–Michi quedó atrás y dos semanas después, los alumnos de la preparatoria Akiai celebraban haber terminado los exámenes.

Detesto los exámenes, es como una tortura a la que los profesores nos someten nada más para hacernos sufrir, pero aún así, es agradable terminarlos y saber que se hicieron bien. Al menos eso creo, porque estudié como nunca.

—¿Cómo crees que te fue, Fuji? —le preguntó Nagase, alistando su mochila.

—Creo que bien —el aludido sonrió y también empezó a preparar sus cosas —Estudié mucho, sobre todo para Matemáticas. Sabes que no es mi mejor materia.

—¿Alguna de ellas te ayudó? —inquirió Shinto, señalando con un movimiento de cabeza a las Hoshi, que en aquel momento se preparaban para salir del aula.

—Pues… Sí, me ayudaron —se decidió a decir el chico.

La verdad era que no había querido molestarlas con eso, pero respecto a Saragi y Gin, agradecía que ellas por su propia voluntad se hubieran ofrecido a repasar con él. En cuanto a Mezuki, le daba igual. La indiferencia entre ambos había crecido y a Fuji no le importaba.

—¿Acaso alguna de ellas es buena en Matemáticas? —se asombró Nagase, saliendo del aula con sus amigos.

—Sí, Gin–san. Es excelente.

Nagase arqueó las cejas con incredulidad, pero Shinto sonrió levemente.

—Me alegra que tengas a quién recurrir para esa materia —comentó —Ya que nosotros no podemos auxiliarte…

—Habla por ti, que repruebas un examen sí y otro no —Nagase negó con la cabeza —En serio, Kano, no entiendo cómo convertiste lo de presentar extraordinarios en un deporte.

Pero Shinto nada más sonrió con cierta satisfacción. De repente, se quedó mirando a la entrada principal de la escuela, con expresión seria.

—Inestable —musitó, un tanto preocupado.

—¿Ahora qué? —Nagase lo miró, interrogante —Las Hoshi ya se fueron, Kano.

—No me refiero a eso —Shinto señaló la entrada principal.

Ahí, rodeado de curiosos, había un elegante auto color azul oscuro, junto al cual se encontraba de pie un hombre de aspecto distinguido, vistiendo un traje color azul marino combinado con una camisa blanca. Sus ojos eran cubiertos por unos lentes oscuros, dejando ver únicamente su cabello de un tono negro que lanzaba reflejos azulados a la luz del sol. Varias chicas que salían de las clases se le quedaban viendo un momento antes de irse a casa.

—Vaya, qué sujeto —comentó Nagase al treparse a su moto —¿Quién será, eh?

—No me da confianza —fue todo lo que dijo Shinto antes de despedirse con un gesto de mano y marcharse a casa.

—Bueno, será mejor apurarnos —le comentó Nagase a Fuji —Se nos hace tarde.

Fuji asintió y siguió a su amigo, aunque algo en aquel elegante sujeto le daba mala espina.

&&&

—¡Kinokaze! ¡La última orden del día!

El Akimomo estaba por cerrar sus puertas al público, por lo que Fuji se sorprendió de que lo mandaran a entregar un pedido a esa hora.

—¿A dónde va, Mikoko–san? —preguntó, tomando con cuidado la caja.

Por toda respuesta, la mujer le entregó un papel con la dirección y la cuenta.

—Después de entregar esto, no regreses —le pidió la cocinera —Te vas directo a casa. Ya me entregarás el dinero mañana.

—De acuerdo —Fuji dejó la caja del pedido en el mostrador, para ir a quitarse rápidamente el uniforme y solamente prenderse una credencial a la solapa de la camisa —¡Nos veremos mañana, Naga–kun! —se despidió, viendo a su amigo de salida.

—¡Hasta mañana, cuídate! —se despidió Nagase con una sonrisa.

Fuji fue por su bicicleta, pero no tomó esta vez el casco de Nagase, como siempre. Revisó el papel con la dirección y supo casi de inmediato porqué Mikoko le pidió no volver después de la entrega: tenía que ir hasta el otro lado de la ciudad.

Avenida Akimori número 12 —leyó en voz baja, frunciendo el ceño —Sé dónde es, pero nunca había ido por allá… Es barrio de ricos.

Echó a andar, pensando que entre más rápido hiciera la entrega, más pronto podría irse a casa. Por fortuna para él, las calles por el rumbo de la avenida Akimori estaban considerablemente desiertas, así que pudo llegar sin dificultades. Ahora el problema era encontrar la casa, pues con la escasa luz de los postes eléctricos, apenas se veía algo. De repente, apareció frente al muchacho algo impresionante: un portón amplio a cuya derecha había un letrero de madera que con la iluminación de la calle, no se podía leer bien más que el número: 12.

—¡Vaya! —fue todo lo que Fuji pudo decir antes de localizar el timbre y llamar.

—Buenas noches, ¿qué se le ofrece? —inquirió una voz por medio del interfón.

—Ah, buenas noches. Traigo un pedido de comida del Akimomo —respondió Fuji.

Hubo un momento de silencio durante el cual Fuji temió que le dijeran que era una broma.

—Puede pasar —dijo la voz, al tiempo que el portón se abría automáticamente —Siga el sendero y tercera casa a la izquierda —indicó.

—¿Tercera casa a la izquierda? —se extrañó Fuji, comenzando a entrar. Luego se quedó con la boca abierta al descubrir que aquel portón daba a un sendero bastante largo, rodeado de árboles y a cuyos ambos lados había varias casas —Creo que ya entendí —musitó.

Recorrió el sendero en silencio, viendo que la mayoría de las casas tenían las luces apagadas. Se preguntó dónde estaría cuando llegó frente a la casa indicada. Dejando apoyada la bicicleta en un árbol del sendero, tomó la caja del pedido y se acercó a la puerta, a la cual llamó enseguida.

—¿Sí, diga? —inquirió una voz ronca desde el interior.

—Buenas noches. Traigo un pedido de comida del Akimomo —respondió Fuji.

Luego de un segundo de silencio, la puerta se abrió y dejó paso a un hombre que lucía una bata de dormir azul oscuro sobre una pijama del mismo tono, de ojos azul marino y cabello negro que lanzaba leves destellos azulados a la luz de la luz de entrada que se encendió un segundo antes de abrirse la puerta. Fuji creyó haber visto a esa persona antes, pero no recordaba dónde…

—Muchas gracias —el hombre tomó la caja de manos de Fuji —¿Cuánto es?

El chico, por toda respuesta, le entregó la nota con la cuenta.

—Pasa, por favor —le indicó el hombre —Ahora te traigo el dinero.

El hombre se adentró en la casa, mientras que a Fuji no le quedó de otra más que obedecer. Cerró la puerta tras sí, quedándose de pie en el recibidor, y miró a su alrededor un tanto intrigado. La casa se veía elegante, sobria, pero algo solitaria. De pronto, en una mesa cercana, alcanzó a ver un portarretratos azul. Se acercó un poco para distinguir a las personas en él.

Eran cuatro, y por lo visto eran una familia. El hombre que lo acababa de recibir estaba en el centro, abrazando a una mujer pelirroja. Al otro lado del hombre, una joven seria de largo cabello negro sonreía sutilmente a la cámara, mirando de reojo al extremo opuesto con gesto divertido, donde se encontraba un chico de cabello castaño rojizo que lanzaba destellos intensamente rojos a la luz del sol. Sus ojos, casi rojos, eran brillantes y alegres. Se parecía muchísimo a la mujer pelirroja que, ahora que Fuji la veía bien, lucía un tanto enferma a pesar de sonreír.

—Aquí tienes —le indicó una voz ronca de pronto.

Fuji dio un respingo. El hombre había vuelto y le tendía el dinero con una mano.

—Ah, sí, gracias, señor —Fuji recibió el dinero y se inclinó cortésmente —Buenas noches.

—Espera un minuto, Kinokaze–san —llamó el hombre.

Fuji se detuvo en seco, luego de dar media vuelta. Se preguntó cómo supo su nombre, pero se respondió al instante que debía ser por la credencial del restaurante que colgaba de su solapa.

—¿Sí, señor? —inquirió, dándose lentamente la puerta.

No supo si lo imaginó o no, pero los ojos de aquel hombre ahora se veían más oscuros.

—Avisé que llegarás tarde, necesitamos hablar —le soltó el hombre sin más.

—¿Disculpe? —se extrañó Fuji. ¡Pero si él no conocía a ese hombre para nada!

—Veo que no leíste bien el letrero de entrada —comentó el hombre.

—No, quiero decir… Vi el número de la casa, pero lo demás no se distingue, así que…

—Estás en la Casa Grande de los Hoshi —lo cortó el hombre —¿Eso no te dice nada?

Fuji se quedó paralizado. ¿La Casa Grande? Ahora que recordaba, nunca había leído la tarjeta que Kokoro le había entregado, así que lo que decía ese hombre debía ser cierto.

—Y seguramente te estarás preguntando quien soy yo, ¿no? —prosiguió el hombre, cerrando los ojos con cansancio antes de presentarse —Soy Hoshi Shimizu, miembro del Panteón. Y el representante de Poseidón.

&&&

—¿Cómo que está en la Casa Grande?

Gin no pudo contenerse al oír cómo Wodaka les informaba, de buenas a primeras, que Fuji llegaría tarde a casa y el porqué. Aunque por lo visto, a ella tampoco le hacía gracia.

—¿Y cómo te enteraste? —quiso saber Saragi.

—Acaban de avisarme por celular —respondió Wodaka, haciendo una mueca —Shimizu–dono en persona me llamó —soltó con ironía.

—¿Shimizu–dono? —se extrañó Zukure —Normalmente manda a alguien a avisar este tipo de cosas, ¿no?

—Sí, y es lo que me preocupa —admitió Wodaka.

Las demás chicas se miraron entre sí, confundidas.

—Así que Gurazu tenía razón —musitó Mezuki —La orden de intervención para Shimizu–dono viene de arriba.

—Tal parece que sí —confirmó Wodaka —Por lo pronto, no nos queda más que esperar.

—¿Así nada más? —se indignó Gin.

—Sí, así nada más —respondió Wodaka fríamente —No me hagas repetírtelo.

Gin se calló al escuchar ese tono de la rubia, que le recordaba vagamente a Hatsu. Siguió cenando, pero al igual de las demás, de repente sentía un nudo en la garganta.

&&&

Fuji estaba sentado en un sillón bastante cómodo, en una sala amplia. Luego de la presentación de aquel hombre, se había quedado muy callado. Shimizu Hoshi, en cambio, se encontraba sentado frente a él como si nada, saboreando su orden de ramen al tiempo que lo observaba de reojo.

—¿Sabes quién fue Poseidón? —inquirió de pronto.

Fuji dio un respingo ante la pregunta, pero se puso a pensar.

—Creo… que era el dios del mar —respondió, titubeante.

—Exacto —Shimizu asintió —En la organización del Panteón, estoy por encima de Kokoro, pero por debajo de… En fin, eso no es importante ahora —dejó el plato de ramen en la mesa de centro, ya vacío —¿Reconociste a alguien de la fotografía? —preguntó.

—Ah, pues… a Gurazu–san —admitió Fuji, apenado —Yo no quería…

—Cuando estás en casas ajenas, todo da curiosidad —apuntó Shimizu como si fuera una verdad universal —Sí, Gurazu está allí. Es mi hijo menor.

Fuji se sorprendió al oír ese dato.

—Actualmente, Gurazu no vive aquí —siguió Shimizu como si nada —Se mudó de la Casa Grande en cuanto lo admitieron en la universidad. Dijo que no se quedaría donde no aceptaran lo que él quería ser, y francamente…

El hombre dio un suspiro, bajando la vista.

—Es su problema —soltó de repente —Le advertí que escogiera una buena carrera si quería mi apoyo y desobedeció. Dime, ¿consideras que la obediencia de los hijos es importante?

La conversación se había puesto algo extraña, pero Fuji se decidió a contestar.

—Bueno, yo… Sí, creo que obedecer a los padres es importante, pero papá me dijo una vez… Que aunque los hijos desobedezcan, no quiere decir que no escuchan, sino que lo que escuchan no les agrada.

Shimizu lo miró con seriedad, pero como vio que Fuji iba a continuar, no interrumpió.

—Es normal que un hijo sea diferente a los padres —Fuji sonrió con algo de nostalgia —Papá decía que ahí estaba la mejora del mundo, en que los hijos vieran los errores de los padres y no pensaran como ellos. Así que si en algo desobedecen los hijos, los padres deben ver si son ellos mismos los que están cometiendo un error. Y si resulta que es así, aceptar la desobediencia de los hijos con cierta resignación. Y si resulta que los hijos cometieron un error, los padres deben apoyarlos, no ayudarlos, porque así es como los hijos llegan a aprender.

Se hizo el silencio, luego del cual Fuji dio un respingo.

—Pero… no se lo tome en serio, Hoshi–dono —dijo de repente, apenadísimo —Es decir, yo solamente digo lo que pienso… No tiene porqué tomarlo en cuenta…

El hombre, por toda respuesta, negó con la cabeza, esbozando una sutil sonrisa.

—Ya me había advertido Kokoro sobre tu forma de hablar —se puso de pie —No importa. A decir verdad, tendré que pensar bien en tu caso antes de dar veredicto —ante la palabra veredicto, Fuji tragó saliva —Ahora puedes irte. Por esta noche ha sido suficiente.

A Fuji eso lo tomó por sorpresa, pero se puso de pie. Siguió al hombre hasta la puerta, en completo silencio, y cuando salía, escuchó que Shimizu le decía.

—En cuanto decida algo, te mandaré llamar —indicó —Así que por ahora, disfrútalo todo.

Y sin más, cerró la puerta, dejando a Fuji un tanto preocupado.

&&&

Fuji llegó sumamente cansado a casa, procurando no hacer mucho ruido al entrar. Fue directo a su dormitorio, se cambió y ya estando en la cama, se quedó pensando en la actitud de Shimizu Hoshi. Había sido muy seria, demasiado para su gusto, y ahora que sabía que era padre de Gurazu, intentó hallarle a ambos algún parecido, pero no lo consiguió. Gurazu, dedujo por la fotografía que había visto, se parecía más a aquella pelirroja mujer que debía ser su madre. Tratando de no pensar en eso, se quedó dormido pronto.

Mientras tanto, en la Casa Grande, Shimizu había esperado una media hora luego de la partida de Fuji para cambiarse de ropa, salir de su casa y tomando el sendero de árboles, caminó hacia el final del mismo, donde estaba la casa más grande del terreno. Llamó al timbre y casi enseguida le abrieron.

—Pase usted, Shimizu–dono —indicó una sirvienta de uniforme negro —Lo esperan.

Suspirando, el hombre obedeció y siguió a la sirvienta por un amplio corredor hasta el fondo, donde una puerta de madera oscura se encontraba entreabierta. La sirvienta llamó a ella con los nudillos y asomó la cabeza al otro lado.

—Shimizu–dono está aquí —avisó.

—Que pase —indicó una fría voz.

La sirvienta asintió para luego cederle el paso a Shimizu, detrás del cual cerró la puerta. Shimizu se quedó plantado a unos pasos de un largo escritorio de madera pulida, al que estaba sentada una figura envuelta en sombras.

—¿Qué pasó con el caso, Shimizu? —preguntó la voz fría, que sin lugar a dudas, pertenecía a una mujer —Esperamos que no seas tan blando como Kokoro…

El plural de la oración sonaba muy extraño si no había más que dos personas en la habitación, pero Shimizu no hizo comentarios. Sabía la razón de por qué esa mujer hablaba así.

—Sabe que cumplo con mis responsabilidades cabalmente, señora —recordó seriamente, aunque se sentía algo ofendido —Y si llegara a dar un veredicto como Kokoro, tendría razones de peso. Espero que me comprenda.

La figura sentada al escritorio meneó la cabeza con cierta incredulidad, dejando que un débil destello plateado surgiera de ella.

—Poseidón es igual que Afrodita, tiene cierta consideración por los hombres —la voz sonó levemente burlona, pero sin perder su tono gélido —No importa, Shimizu. Aún si tu veredicto resulta como el de la débil de Kokoro, quedarán miembros del Panteón que sí querrán hacer su trabajo. Maldito el día en que aceptamos ser más compasivos con los hombres… —refunfuñó.

Shimizu no respondió de ninguna manera. Sabía que no valía la pena.

—Puedes retirarte —indicó la figura, estirando una mano de piel blanca como nieve en un ademán lánguido —Pero no tardes en dar tu veredicto.

Shimizu asintió y salió de la habitación en absoluto silencio. Cuando la puerta se cerró tras él, una puerta lateral se abrió, dando lugar a una alta figura a la que solamente se le veía una mano, de piel bronceada.

—No lo hará,  ¿verdad? —soltó la figura, con una profunda voz masculina, que sin embargo sonaba tan fría como la de la mujer sentada al escritorio.

—No, no lo hará —espetó la mujer de mal humor —Pero esperemos a que suceda. Al menos tendrá que darnos una buena explicación.

La figura de la mano bronceada se acercó al escritorio y le tendió la mano a la mujer, para ayudarla a levantarse. Ambos, sin soltarse, se fueron por la puerta lateral de la habitación, dejando tras sí un tenso silencio.

&&&

Fuji no tuvo noticias de Shimizu Hoshi hasta casi dos semanas después, saliendo de la escuela. De nueva cuenta, un auto azul oscuro muy elegante estaba estacionado frente a la entrada principal de la preparatoria, y de nuevo, un hombre vestido de traje se hallaba parado junto a él, aparentemente esperando algo. El hombre, en cuanto vio salir a Fuji acompañado por las chicas Hoshi, se acercó.

—Buenas tardes —saludó.

Fuji reconoció la voz y se volvió, para inclinarse ante él.

—Buenas tardes, Hoshi–dono —dijo —¿Se le ofrece algo?

Saragi y Gin observaban la escena con el ceño fruncido, pero Mezuki la ignoró totalmente. Subió a su bicicleta y se marchó.

—¿Podrías seguirme en tu bicicleta, Kinokaze–san? —pidió Shimizu con voz un poco menos seria que antes —Tengo que hablar contigo.

Fuji asintió y se volvió hacia las chicas.

—Disculpen, pero llegaré algo tarde —informó —¿No importa?

Ambas negaron con la cabeza, viéndolo marcharse.

—¿Crees que Shimizu–dono actuará? —le preguntó Gin a Saragi.

—Sea como sea, me da mala espina —reconoció Saragi.

Gin no pudo estar más de acuerdo con ella, aunque nunca lo admitiera.

&&&

Shimizu había conducido su auto hasta una orilla de la ciudad, la que quedaba frente a la costa. Akiyuri se enorgullecía de su pequeña playa, que recibía turistas la mayor parte del año por su agradable temperatura, pero en esas fechas estaba casi vacía. Apenas se veían paseantes y más por ser entre semana. Shimizu se estacionó y esperó a que Fuji, un tanto cansado, llegara al lugar.

—Está muy lejos, ¿cierto? —dijo Shimizu al ver a Fuji bajar de su bicicleta totalmente sofocado. El chico, sin poder hablar, asintió con la cabeza —Lo siento, pero necesitaba una zona tranquila, y me agrada venir aquí.

Fuji volvió a asentir y apoyó su bicicleta en un poste cercano, encadenándola. Luego caminó hacia Shimizu, tratando de no mirarlo con temor.

—Bien, he pensado mucho en todo esto —comenzó Shimizu, sin abandonar su porte serio —Hablé antes con Kokoro, para saber sus razones de no actuar, y me parecieron en su momento demasiado tontas. Pero después de hablar contigo… creo que no lo son tanto.

Fuji lo miró con sorpresa, pero no dijo nada.

—Hay algo de razón en lo que dijiste estando en mi casa —continuó Shimizu —Sobre que los hijos cuando desobedecen es porque no les gusta lo que oyen. Gurazu… Él es atrevido, le gusta el trato con la gente. Supongo que por eso quiere ese trabajo de traductor en la ONU…

—¿En la ONU? —susurró Fuji, impresionado.

—Tiene la misma facilidad para los idiomas que su madre —contó Shimizu, aunque su semblante se ensombreció notoriamente —Akako era excelente para cualquier idioma que quisiera aprender, supongo que Gurazu heredó el don. Seguramente si viviera… Akako lo apoyaría.

Fuji no necesitaba ser genio para comprender, al oír esa frase, que la madre de Gurazu había muerto. Él entendía lo que se sentía.

—Y luego de que Akako se marchó, se creó un bache entre Gurazu y yo —confesó Shimizu con tristeza —Parece que solamente nos llevábamos bien por ella. Al menos eso dice Inuko…

—¿Inuko? —se extrañó Fuji.

—Mi hija mayor. Ya nunca sale, está en la Casa Grande como asistente de…

Shimizu se interrumpió, para luego suspirar.

—No tiene importancia, quizá nunca llegues a conocerlos —consideró —Como sea, el asunto contigo es que decidí dar como veredicto no actuar.

Fuji se le quedó viendo si poder creer lo que oía.

—¿De verdad? —preguntó en un susurro.

—Creo que podría traer algo bueno que un ajeno a la familia sepa de nosotros —explicó Shimizu, aunque a Fuji le pareció que quería convencerse a sí mismo —Además… No sé, pero tengo un presentimiento contigo. Uno bueno. Ojalá se cumpla.

—¿Qué presentimiento? —quiso saber Fuji.

No obtuvo como respuesta más que una sonrisa de Shimizu, una que sorprendentemente, confirmaba que Gurazu era su hijo.

—Tal vez te enteres luego —le dijo Shimizu, mirándolo de frente.

Fuji puso cara de desconcierto.

—No importa —aseguró Shimizu —Me retiro, le avisaré a Wodaka que vas en camino, para que no se preocupe. Por cierto —agregó, a punto de subir a su auto —Saluda a Gurazu de mi parte. Y puedes llamarme Shimizu.

—Ah… claro —Fuji logró sonreír —Muchas gracias, Ho… digo, Shimizu–dono.

Shimizu negó con la cabeza, sonriendo.

—Gracias a ti —dijo, antes de subir a su auto y retirarse del lugar.

Fuji lo vio marcharse, llegando a la conclusión de que a pesar de su seriedad, Shimizu Hoshi no era mala persona.

En tanto, en su auto, Shimizu tecleó en un celular azul un número y luego se lo llevó a la oreja. En cuanto una voz le respondió al otro lado de la línea, soltó sin miramientos.

—Kinokaze–san va para allá. No te preocupes.

—¿Y qué pasó? —preguntó la voz con un dejo de impaciente preocupación, con el cual no dejaba de notarse el tono siempre alegre de Wodaka.

—Averígualo tú misma —Shimizu sonrió levemente —Un favor, Wodaka, ¿podrías pasar el sábado por la Casa Grande? Quisiera que me entrevistaras.

—¿Qué? —se escuchó decir a la rubia con asombro.

—Eres periodista, ¿no? El Natsumari quiere una entrevista mía, y qué mejor que me la haga una conocida, ¿aceptas?

—Bueno, tendría que contactar al Natsumari, pero sí —Wodaka sonaba confusa —Pero Shimizu–dono, ¿qué pasó con…?

—Muchas gracias —la detuvo Shimizu, sin dejar de sonreír —Y nos vemos el sábado.

Y colgó, haciendo que en su casa, Wodaka se le quedara viendo a su celular amarillo con una pequeña muñequita rubia de colgante con admiración.

—Cuando se pone en ese plan, no lo aguanto —musitó la rubia, dejando el celular en su mesa, a un lado de la computadora.

—¡Ya llegué! —anunció Fuji una hora después, sonriendo y con una bolsa de papel en las manos, señal de que había pasado a comprar algo.

—¡Hola, hola! —saludó Wodaka, asomando la cabeza desde la entrada del comedor —¿Cómo te fue, niño?

—Muy bien, gracias —Fuji dejó su bolsa en la mesa del recibidor mientras se cambiaba los zapatos —Lamento la demora, Wodaka–san.

—No hay cuidado —Wodaka sonrió.

—Subiré esto antes de ir a comer —avisó Fuji, tomando la bolsa de papel y yendo rumbo a la escalera —¿No importa?

—No, para nada —Wodaka lo vio perderse de vista, para luego mirar la mesa del comedor, donde sus primas la veían con expectación —Uno menos —musitó la rubia.

Todas, menos Mezuki, esbozaron ligeras sonrisas de triunfo.

—Ahora le toca a Yami–dono —musitó Mezuki de repente —¿Se les olvida?

Las demás le dedicaron miradas asesinas.

—Nos preocuparemos por eso en cuanto llegue el momento —sentenció Wodaka, tomando asiento —Ahora sé tan amable de no arruinarnos el momento, Mezuki.

La aludida hizo un mohín de fastidio, pero procuró quitarlo en cuanto Fuji entró al comedor, sonriendo como siempre y preparado para comer.

Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [11/?]
« Respuesta #36 en: Febrero 04, 2011, 06:38:02 pm »
Shimizu apesar de aparentar su seria cara, tiene un lindo carazon  :wah
quien sabe como sera la personalidad, del siguente en el panteon?
estubo genial bell esperare tu proximo capitulo xD


 

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Re:Telaraña [12/?]
« Respuesta #37 en: Febrero 05, 2011, 12:21:02 pm »
Doce: El infortunio.

El invierno se sintió pronto en Akiyuri. El otoño, para poco antes de salir de vacaciones, quedó en el olvido cuando el primer aire helado se sintió y las personas tuvieron que recurrir a los abrigos, guantes y bufandas en sus salidas diarias. Y para los jóvenes de Akiai no era la excepción.

—¿No tienes frío, Kano–kun? —indagó un joven de cabello negro el último día de clases.

—Hay cosas más frías que el invierno, Funaki —aseguró Shinto, que parecía el único del grupo que no necesitaba abrigo alguno —Te lo puedo asegurar.

Funaki lo miró con cierto temor y se retiró de él.

—Kano, no andes asustando a lo loco —pidió Nagase con fastidio.

Shinto simplemente sonrió, regresando la vista a un libro de pastas violetas que leía.

Tenían una hora libre y cada quien la estaba aprovechando como quería. Fuji, igual que Shinto, estaba leyendo, pero su libro era aquel que había comprado hacía tiempo, El Zodiaco: Astronomía y Astrología. Lo había forrado con papel rojo para que no llamara la atención.

No me gusta que la gente me moleste cuando estoy leyendo, sobre todo para hacerme comentarios hirientes acerca de mis gustos. Siempre ha sido así desde que recuerdo, las personas suelen mirarme raro cuando ven la clase de cosas que leo, pero no me importa. Mamá decía que leer es una buena forma de aprender cosas nuevas y sé que eso es cierto.

—¿Y qué harán en las vacaciones? —preguntó Nagase de pronto —Nosotros iremos a Fuyutani a visitar a los abuelos. Me lo dijo mamá ayer.

—Nosotros solamente agradeceremos un nuevo año —Shinto inclinó la cabeza con gesto grave —Es algo bueno, ¿no?

Nagase asintió.

—¿Y tú, Fuji? —le preguntó.

—Pues… No sé. Pensé en visitar a la abuela, pero me avisó que se irá con tío Kazuo y su familia de viaje a Fiji, así que… Supongo que pasaré unas vacaciones tranquilas.

—¿Porqué no vienes a Fuyutani con nosotros? —invitó Nagase.

—No, gracias, no quiero molestar —se negó Fuji, mirando a su amigo por encima de su libro —Además, no sé si las chicas tengan planes para vacaciones.

Dirigió la vista a las Hoshi, que ese día estaban, como siempre, cada una con su tema: Mezuki cuchicheaba con un par de chicas en tono bromista, Saragi conversaba serenamente con Chiba y Gin estaba escribiendo en un bloc lo que parecía una carta, sin hacer caso a nada de lo que sucedía a su alrededor.

—¿Y eso qué? —soltó Nagase —Haz tus planes y ya.

—Naga–kun… —empezó Fuji.

En eso sonó el timbre, indicando el fin de la hora libre. Así, el resto de la jornada transcurrió normalmente, y cuando sonó el último timbrazo, todos en Akiai soltaron un grito de júbilo, y los alumnos salieron a toda carrera, sonriendo y gritando.

—Sí que se toman en serio las vacaciones —soltó Saragi al ir por su bicicleta.

—Sí, bastante —Mezuki sonrió con sorna, enredándose una bufanda gris alrededor del cuello antes de montar su bicicleta —Igual yo, ¡un montón de tiempo libre! ¡Y a Natsuyo con mamá!

Fuji le sonrió vagamente, pero no dejó de notar que Gin se quedaba callada.

—Pero antes tenemos que pasar a la Casa Grande, Mezuki —le recordó Saragi con seriedad —Para el solsticio hiemal.

—¿El solsticio hiemal? —se extrañó Fuji.

—Sí, es una fiesta familiar —explicó Saragi —Ese día, en este hemisferio la noche dura más que el día, celebramos el inicio de Capricornio. Lo que por cierto, al maldito por ese signo no le agrada. Debe presentar algo para agradar al resto, como agradecimiento a que celebren su signo.

—¿Presentar algo? —se interesó Fuji —¿Algo como qué?

—Ah, lo que se le ocurra —Mezuki se encogió de hombros —Casi siempre es algún talento. El año pasado fue un recital de piano, ¡casi me duermo!

Gin, colocándose una rodillera roja, soltó un bufido.

—Vamos, Gin, no deberías quejarte —le dijo Mezuki al oírla —Agradece que tú nunca has tenido que ir.

—¿Nunca? —se sorprendió Fuji.

—La treceava criatura no está invitada —respondió Saragi con indiferencia.

Fuji se quedó pensativo en lo que montaba su bicicleta y se ponía bien una bufanda roja con un copo de nieve blanco bordado en cada extremo. ¿La treceava criatura? ¿Saragi se refería a Gin? Eso lo hizo pensar en lo que Wodaka le contó sobre esa criatura, que le tocaba una maldición más grande. ¿De qué estaría hablando exactamente?

—¡Llegamos! —anunció Mezuki minutos después, al entrar a la casa.

—Sí, sí —respondió vagamente Wodaka, desde su dormitorio.

Los cuatro se sorprendieron al oír eso, normalmente Wodaka los saludaba de manera muy alegre. Vieron a Zukure bajar la escalera con su tubo de plástico rosa a la espalda.

—¿Le pasa algo a Wodaka? —le preguntó Saragi.

—No, es que… —Zukure tomó las llaves de su motoneta de un gancho sobre la mesa del recibidor, al tiempo que se volvía a su prima —Tiene que entregar un artículo sobre las vacaciones de invierno y está concentrada.

—Pero eso lo entrega hasta la semana entrante, ¿no? —se extrañó Mezuki.

Zukure asintió.

—Sí, pero tendremos visitas y quiere acabar antes —respondió, acercándose a la puerta —Que ella les explique, tengo que irme. Tal vez no llegue a cenar.

Y salió corriendo, dejando a todos más intrigados que antes.

—Bueno, será mejor que prepare la comida —comentó Fuji, dejando la mochila a los pies de la mesa del recibidor —Si habrán visitas, el oden me debe quedar bien.

Se retiró a la cocina, dejando a las chicas sumamente intrigadas. Sin proponérselo, las tres avanzaron como si fueran una sola hasta la puerta de Wodaka. Llamaron.

—¿Qué? —soltó la rubia con cierta impaciencia.

—¿Podemos entrar? —inquirió Saragi —No nos hace gracia hablar con una puerta.

Por toda respuesta, se escucharon pasos y la puerta se abrió.

—Anden, pasen —indicó Wodaka, para luego volver a su puesto frente a la computadora —Pero que sea rápido, tengo trabajo.

—¿Cómo está eso de que tendremos visitas? —quiso saber Mezuki.

Wodaka, aparentemente concentrada en su trabajo, tardó en contestar.

—Me avisaron esta mañana, luego que ustedes se marcharan —dijo gravemente —No es nada del otro mundo, unos cuantos parientes…

—¿De qué parientes estamos hablando? —masculló Gin con impaciencia.

—De los agradables —respondió Wodaka, algo cortante —Si eso es todo, retírense. Necesito terminar esto.

A las chicas no les quedó más remedio que marcharse. Subieron la escalera directo a sus dormitorios y cada una se ocupó de lo suyo hasta que sonó el timbre. Se pusieron en guardia, esperando oír a la perfección quiénes serían.

—Buenas tardes —escucharon que saludaba Fuji en primer lugar —¿Qué se les ofrece?

—¡Ah, eres tú! —exclamó una jubilosa voz de chica que las tres jóvenes en el piso superior reconocieron al instante —¡Eres guapo! —agregó sin tapujos —Mucho gusto en conocerte, Kinokaze–san, ¿porque eres Kinokaze–san, verdad?

Saragi, Mezuki y Gin abandonaron sus dormitorios y se precipitaron a la escalera, aunque antes de llegar al recibidor lograron oír otra voz.

—Buenas tardes —era una voz de mujer serena que las tres muchachas en la escalera también conocían de sobra —¿Eres Kinokaze Fuji, cierto?

—Ah… sí. Soy yo, señorita —admitió Fuji —¿Y… quiénes son ustedes?

Para cuando Saragi y las gemelas llegaron al recibidor, la jubilosa voz de chica estaba sonando de nuevo y pudieron ver claramente a su dueña: una joven delgada, morena y pecosa, de ojos castaños y una corta melena esponjada de color castaño oscuro, que sonreía con franqueza. Se inclinaba ante Fuji con convicción.

—Soy Hoshi Fumihi, prima de las chicas que viven aquí —se presentó —Disculpa, Kinokaze–san, ¿tú sabes del Zodiaco, verdad?

—Ah… sí, sé de eso —el chico no comprendía nada, pero supuso que aquellas dos personas eran las visitas anunciadas por Zukure.

—¡Genial, puedo darte la mano con tranquilidad! —la chica le tendió la diestra, pero la otra persona se la detuvo con un gesto.

—Fumihi–san, contrólate —pidió la otra persona con la misma voz serena.

Era una mujer inusualmente bella, al menos en opinión de Fuji. Era alta, de buen cuerpo, con el cabello largo y ondulado de un tono negro brillante, y los ojos del mismo tono, aunque extrañamente carecían de brillo. Su tez, muy clara, daba la impresión de un fantasma. Fuji no pudo evitar admirarla un largo segundo antes de lograr ponerle atención a su presentación.

—Mucho gusto. Soy Hoshi Karasu.

—¡Ah, igualmente! —Fuji se inclinó precipitadamente ante ambas —¿Gustan pasar?

Las dos, luego de reemplazar sus zapatos por pantuflas, asintieron. De inmediato, distinguieron a las tres jóvenes que las contemplaban con asombro.

—¡Sara–chan! —saludó Fumihi, corriendo hacia ella —¡Qué gusto verte!

La abrazó con energía y Saragi no pudo evitar hacer una mueca.

—Fumihi… Me asfixias… —masculló.

—Lo siento —Fumihi la soltó y sacó la punta de la lengua, apenada —¡Mezu–chan! —soltó al ver a Mezuki, y también la abrazó —¡Te echo de menos!

—Sí… claro —a Mezuki no le fue mejor que a Saragi, a juzgar por su tenue expresión de dolor —Suéltame, ¿quieres?

—Sí, sí —Fumihi obedeció, para sonreírle con algo de vergüenza —Hola, Gin —saludó, menos sonriente que antes —¿Cómo has estado?

—Bien —respondió Gin sencillamente —¿Y tú?

Fumihi la miró un segundo con extrañeza antes de asentir con vehemencia.

—Igual, gracias por preguntar —dijo —¿Y las demás?

—Zukure se fue a clases —informó Saragi —Y Wodaka está trabajando. Por cierto, Fuji–kun —vio al chico un momento —¿Y la comida?

—¿Qué? ¡Ah, sí! —el muchacho se llevó una mano a la frente —Pasen al comedor, ya está lista —indicó, para perderse de vista al final del pasillo, en el interior de la cocina.

—Sí que es despistado —comentó Fumihi, conteniendo la risa —Gura–kun no bromeaba.

—¿Hablaste con Gurazu? —se sorprendió Saragi —Pero no va mucho a la Casa Grande.

—Pues ya va —informó Fumihi con una sonrisa —Parece que Shimizu–dono lo llamó hace poco y… Bueno, decir que hicieron las paces es mucho, pero ahora se llevan mejor.

Eso sí que asombró a las chicas.

—Como sea, el disgusto de Shimizu–san no iba a durar mucho —intervino de pronto Karasu, sobresaltando a Mezuki y Saragi, quienes casi se olvidaban que estaba allí —¿Pasamos a comer?

—¿Puedo preguntar qué hace aquí, Kin? —susurró Mezuki, curiosa.

La mujer la miró de soslayo antes de seguir a las demás al comedor.

—No creo que te incumba, Mezuki–san —le dijo amablemente.

Mezuki se sintió ofendida y la dejó, mientras que Karasu, sonriendo tristemente, pensaba por enésima vez en lo que había ido a averiguar a esa casa.

—Espero no equivocarme —musitó, antes de entrar al comedor.

Pero al ver cómo reaccionaba Gin cuando Fuji la llamaba para que le ayudara a servir, se disiparon sus dudas.

&&&

Los miembros de la familia Hoshi que resultan malditos con un signo del Zodiaco deben nacer en el mes que inicia el signo que les toca y siempre y cuando no haya un Hoshi vivo maldito con ese signo. El maldito de Acuario debía nacer en Enero, el de Piscis en Febrero, el de Aries en Marzo, el de Tauro en Abril… y así sucesivamente. Quedarían marcados de por vida con la maldición del Zodiaco y eso nada podía cambiarlo.

Pero Gin era otra historia. Comenzando con su nacimiento.

Ella y Mezuki, como es natural, para quedar malditas por el signo de Géminis tenían que haber nacido en los últimos días de Mayo, el mes en el que el signo inicia. Sin embargo, desde que quedó al descubierto que nacerían gemelos, uno de ellos quedó marcado. El asunto era saber cuál.

—Mire, es simple —le contó una mujer de largos cabellos color blanco plateado a una mujer embarazada hacía años —Los Gemelos son un signo interesante. Solamente afecta a gemelos, y mientras uno de ellos es normal, pues llegó a tiempo al llamado de Selene, el otro no. Y a la hora de la maldición, al que no llega a tiempo le toca la peor parte. Así que, estimada Hitomi —la mujer de cabello plateado le pasó una mano de piel blanca como nieve a la embarazada por la mejilla —Ten mucho cuidado. Tendrás dos hijos, y aunque los dos estarán malditos, uno lo estará aún más. Será, en pocas palabras, un monstruo.

Y Hitomi Hoshi lo creyó. La mujer, el último día de Mayo, supo que su destino estaba echado al sentir los dolores del parto a altas horas de la noche. Estaba al tanto de la maldición, ¿cómo no estarlo? Su esposo se lo había contado, no en balde era un Hoshi, pero… Por un momento, en cuanto más se acercaba la medianoche, pensó que sus hijos se salvarían de estar malditos, pues casi nacerían el primero de Junio. Y si nacían ese día, se librarían de la maldición de Géminis. Pero nada la preparó para lo que vino.

Su primer hijo nació a las 11:58 de la noche del último día de Mayo, y fue una niña. Una simpática niña pelirroja cuyos ojos de color gris plateado estuvieron cerrados unos segundos mientras lanzaba su primer berrido. Los hombres presentes en el parto, todos miembros de la familia Hoshi, sabían que no había problema al darle la mano a la bebita, pues la maldición afectaba tiempo después, si es que la tenía. Pero cuando los relojes marcaban la medianoche y con eso, el inicio del primero de Junio, nació el otro bebé: otra pequeña pelirroja sana y con unos destellantes ojos plateados. Pero esos ojos no tuvieron una agradable visión de sus primeros minutos de vida. Es cierto que los bebés, al nacer, no ven perfectamente, pero ese no era el punto: el punto era que Hitomi Hoshi le otorgó el primer mal recuerdo a su segunda hija al no querer abrazarla.

Las niñas fueron normales por un tiempo. Luego de algunos meses, todos se prepararon para la prueba definitiva: saber si de verdad estaban malditas. A la primera niña su padre le tomó la mano con cautela y vio, asombrado, que surgía alrededor de ella un torbellino que la dejaba con el aspecto de una recién nacida. Lo que significaba que a su hermana no valía la pena hacerle la prueba. Cosa que de todas formas, por ser la segunda, hubiera sido peligroso. Lo único que hicieron fue darle al padre una pequeña caja negra con el símbolo de Géminis grabado en ella y el padre, mirando dicha caja con gran congoja, la abrió. Ahí, fría y solitaria, se encontraba una argolla de plata. El padre de las gemelas se lo colocó a su hija en el dedo corazón de la mano derecha, mientras la pequeña lo veía con absoluto desconcierto cómo el hombre derramaba varias lágrimas amargas. Su madre, de pie a unos pasos de ellos, sostenía en brazos a su primera hija, sin ser capaz de creer en su destino.

Esa argolla representaba toda la mala suerte que le había tocado a Gin desde pequeña. Al enterarse que ya había malditas con el signo de Géminis, los otros signos que ya habían nacido fueron llevados a conocerlas. Pero solamente conocían a Mezuki de buen modo. A Gin llegaban a verla de lejos, como si tuviera una enfermedad contagiosa y mortal, y tenían prohibido mostrarle algo de amabilidad o respeto. Gin lo sentía, aunque no lo comprendía. Tuvo que llegar a cumplir cinco años para descubrirlo y de la peor forma.

Pero ese recuerdo estaba enterrado en lo profundo de la memoria de Gin y ella nunca quería sacarlo. Hablar de lo que había pasado el día que descubrió por qué llevaba la argolla de plata, por qué su padre le insistía cariñosamente en que nunca se la quitara, era demasiado doloroso para ella, demasiado cruel. Y no ayudaba nada la actitud que todos en la familia, incluida su propia madre y su hermana, le dedicaban. Así que había crecido creando una coraza a su alrededor, temiendo mostrar algo bueno de sí misma, pues sabía que de todas formas, nunca sería aceptado. Todo por ser la treceava criatura. La que llegó tarde.

—Mi pequeña monstruo —la llamaba la mujer de largo cabello blanco plateado, casi siempre en compañía de un hombre bronceado de cabellos dorados —No comprendes, ¿verdad? Nadie quiere al segundo de Géminis, entiéndelo. Nadie lo hará nunca. Y más que nada por lo que pasó en tu quinto cumpleaños. Eso no tiene nombre.

La entonces pequeña Gin lloraba al oír hablar a esa mujer con tanta frialdad, pero sobre todo, con un dejo de cruel satisfacción. Miró al hombre bronceado y de cabellos dorados que la acompañaba, esperando inocentemente que le dijera algunas palabras de consuelo, pero lo único que recibió fue una mirada dura, llena de rencor, que parecía fuego.

—En realidad, no perteneces a ninguna parte —le dijo el hombre de pronto con una voz ronca e igual de fría que la de la mujer de cabello blanco plateado —Vételo grabando en la cabeza desde ahora, niña. Deberíamos haberte encerrado después de lo que hiciste, pero no somos tan crueles —una malvada sonrisa curvó los finos labios del hombre —Vivirás libre, pero solamente por un tiempo. Debes saber cómo es el mundo que un día dejarás, ¿no?

Y Gin temía mucho ese día, el día que dejaría de vivir libre. Aunque a veces admitía que no hacía cosas buenas, que no convivía con la gente, no le importaba. De todas formas, después nadie se acordaría de ella. Sería aislada para no dañar a nadie con su segunda maldición… otra vez. Para no volver a sentir que era una amenaza.

Pero eso no significaba que le gustara que se lo recordaran. Eso era lo que le molestaba de Mezuki. Eso y que ella sí tuviera la oportunidad de una vida mejor que la suya, y que para colmo no la aprovechara. Le gustaba lo que la gente opinara de ella, quedar bien con todos, lograr lo que se le antojaba sin detenerse a pensar si era bueno o malo… En cambio, lo que Gin quería era simplemente vivir. Hacer lo que se esperaba de ella y a la vez, hacer lo que le gustaba. Nunca pensó en querer ser necesaria para alguien, porque no quería que ese alguien sufriera después por su ausencia. Así que simplemente, alejaba a la gente de forma brusca, automática, sin detenerse a pensarlo. Era lo mejor para todo aquel que estaba a su alrededor.

Era por todo eso que cuando oyó a Fuji llamarla Gin–san, se impresionó mucho. Era la primera muestra de respeto que recibía en su vida. Eran pocos los que la habían tratado con algo de consideración; de hecho, podía contarlos con los dedos de la mano, y Fuji ahora estaba entre ellos. Era por eso que igualmente, sin pensarlo siquiera, lo alejaba pero a la vez se le acercaba. Era como un deseo infantil de seguir a alguien a quien se admira para ver hasta cuándo se harta de uno y lo echa de su lado. Gin estaba sorprendida que Fuji aún no la considerara alguien indeseable. Al contrario: parecía que actualmente, a la que no tenía muchos ánimos de ver era a Mezuki, la que se suponía que era normal. La que siempre lo tenía todo. La que sí había llegado a tiempo.

La que sí viviría libre por el resto de su vida.

&&&

—¡Esto está delicioso!

Fumihi estaba resultando una invitada demasiado jovial. Fuji se sonrojó visiblemente cuando la chica, luego de probar el primer bocado del oden, se había llevado una mano a la mejilla, deleitada, sonrió como si se encontrara en la gloria y soltó.

—¡Kinokaze–san, cásate conmigo!

Saragi, Mezuki y Gin la miraron como si se hubiera vuelto loca.

—Creo que soy muy joven para eso, Fumihi–san —balbuceó Fuji, aún con la cara roja.

Fumihi lo miró con desconcierto, para luego echarse a reír.

—¡Claro que lo eres! Si no estoy mal informada, tienes la edad de Sara–chan y las gemelas, ¿cierto? —Fuji asintió —Pues bien, yo tengo casi dieciocho años, ¡entré a tercero de preparatoria esta primavera!

Fumihi–san es una chica bastante alegre, me recuerda a Aishi–kun, pero en mujer y mucho mayor. Tal vez sea entretenido tenerla de amiga, pero de parienta no tanto. Papá, mamá, ¿cómo se trata a una chica así sin sentirse avergonzado por cada cosa que dice?

—Pero aún así, no retiro lo que dije antes —prosiguió Fumihi —¡Eres guapo!

Eso provocó tres muecas idénticas de enfado en la mesa.

—Fumihi–san, deja descansar al chico —pidió amablemente Karasu.

Fumihi asintió con vehemencia.

—¡A la orden, jefa! —exclamó, para luego dedicarse a comer en silencio.

—¿Jefa? —se extrañó Fuji.

—Soy la detective privada de la familia —explicó Karasu, sin abandonar su tono sereno pero imprimiéndole algo de formalidad —Y Fumihi–san trabaja para mí como asistente.

Fuji abrió los ojos, asombrado.

—¿De verdad? —inquirió.

Karasu asintió.

—Kin, dime, ¿en qué has trabajado últimamente? —le preguntó Wodaka.

¿Kin? Si Fuji no mal recordaba, ése era el nombre que una vez usó Zukure para amenazar a Wodaka y que incluso, había escuchado una vez de boca de Hatsu, en el taller Aki–Hoshi, dirigiéndose a Gurazu. ¿De verdad Karasu era Kin? ¿Porqué la llamarían así?

—Ah, en nada fuera de lo ordinario —respondió Karasu —Como en la familia no he tenido mucha clientela, he atendido un poco la oficina externa. Me llegó hace poco un caso sobre fraude que… —suspiró y sonrió —Sin comentarios. La ética me lo prohíbe.

—¡A mí no! —dijo de pronto Fumihi.

—En realidad sí, ya que eres mi asistente —le recordó Karasu.

—Ah, claro, lo olvidaba —Fumihi hizo una mueca de molestia —En fin, qué importa.

Terminaron de comer entre una charla agradable, pues Karasu accedió a dar detalles de otros casos que por estar cerrados, ya no importaba que dijera algo sobre ellos. Todos se sorprendieron especialmente cuando contó sobre un hombre que quería saber si su esposa lo engañaba y que al final, resultó que el infiel era él.

—Cuando la esposa se enteró, me pagó todo lo que el tipo me debía y solicitó el divorcio —Karasu sonreía, pero los demás estaban muertos de risa —Se ve de todo en esta vida —concluyó.

—Kin, nunca hubiera creído que pudieras hacer reír tan bien —confesó Saragi.

—Sí, eso fue una anécdota excelente —Mezuki inhaló profundamente para recuperarse.

—¿Fue cuando me llevaste a Nastuyo de paseo, sensei? —inquirió de pronto Gin.

Mientras Karasu asentía, Fuji dejó de reír lentamente. ¿Porqué Gin llamaba a Karasu sensei? ¿Es que le había enseñado algo?

—Con semejante cantidad que la mujer me pagó, decidí aprovecharlo —Karasu sonrió aún más —Recuerdo que nos divertimos en grande, sobre todo en el parque de diversiones…

Gin asintió y Fuji pudo verle una gran sonrisa, la misma que cuando habían jugado aquel primer partido de béisbol en que mutuamente se batearon un home run.

—Por cierto, Kin, ¿cuándo nos dirás a qué viniste? —inquirió de pronto Wodaka.

—¡Ah, eso! —exclamó Karasu suavemente —Fumihi–san y yo vamos de camino a Harusumi a pasar las vacaciones con sus padres y decidimos dormir aquí porque queda más cerca del aeropuerto —se encogió de hombros —Espero que no te importe.

—Claro que no, hay suficientes habitaciones —Wodaka asintió —¿Traen mucho equipaje?

—Nada más traemos un cambio para esta noche —respondió Fumihi —Lo demás ya lo enviamos al aeropuerto, para que lo registraran y no perder tiempo en la mañana.

—Genial, entonces les mostraré dónde dormirán —Wodaka se puso de pie —Si me siguen, por favor —indicó el camino hacia la escalera —Chicas, sean buenas y ayuden al niño a limpiar —agregó en su tono mandón antes de irse seguida por Karasu y Fumihi.

—Sí, claro —soltó Mezuki con sarcasmo —Me voy —avisó, saliendo del comedor.

—¿A dónde? —se extrañó Saragi.

—A la Casa Grande —Mezuki le echó una mirada de reojo a Gin antes de continuar —Mamá me llamó a la hora del almuerzo. Quiere que vayamos de compras antes de irnos a Natsuyo —y agitando una mano, salió, oyéndose cómo se abría y cerraba la puerta principal.

—No la entiendo —musitó Saragi, ayudando a levantar platos —En serio.

—Mucho menos yo —coincidió Gin sin darse cuenta, recogiendo vasos.

Las dos se miraron con sorpresa, para luego fruncir el ceño y desviar la vista en sentidos opuestos. Fuji, al notar eso, intentó eliminar la tensión.

—Oigan, chicas… Si quieren termino yo aquí. Lo que comentaste, Saragi–san, sobre el solsticio hiemal, ¿no es la semana entrante?

—Ah, sí, lo es —Saragi olvidó por un momento a Gin y regresó a lo que estaba haciendo —¿Por qué lo preguntas?

—Pues… Karasu–dono dijo que ella y Fumihi–san se van a Harusumi, ¿no? ¿Quiere decir que ellas no son del Zodiaco? Me pareció que Fumihi–san sí.

Saragi arqueó las cejas.

—No eres tan despistado como pareces —comentó, para luego musitar —Sí, Fumihi es del Zodiaco, pero Kin no. De todas formas, Fumihi no se perdería la fiesta por nada. Como todos los años, nada más irá a Harusumi a saludar a sus padres para luego regresar.

—¿Sus padres viven allá? —preguntó Fuji.

—Ajá. Son los representantes de las empresas familiares en esa ciudad. Fumihi los visita en las vacaciones de invierno, y ellos vienen durante Golden Week y el verano.

Fuji asintió para dar a entender que había comprendido.

—Por cierto, Fuji–kun —dijo Saragi cuando llevaron los trastes sucios a la cocina —¿Qué vas a hacer en las vacaciones? Lo que pasa es que la fiesta del solsticio hiemal indica un periodo en el que la mayoría de los Hoshi nos quedamos en la Casa Grande hasta después de Año Nuevo. Todas nos iremos para allá.

—¿Yo? Pues… —Fuji sonrió a medias, pensativo —Creo que nada en particular.

Saragi y Gin lo miraron con el ceño fruncido.

—¿Nada en particular? —repitió Saragi lentamente.

—Sí, nada —Fuji se encogió de hombros, sonriendo —Nos darán vacaciones en el trabajo, así que Naga–kun se va con su familia a Fuyutani. Shin–kun no dijo nada, pero todos los años él se va con su familia a Mikimoto, y la abuela… La abuela se va a Fiji con tío Kazuo y su familia. Así que como ven, no tengo un plan en particular.

—¡No te puedes quedar solo! —soltó Gin de improviso.

—Por esta vez, estoy de acuerdo con la Gorgona tonta —afirmó Saragi —¿Porqué tu abuela y tu tío no te invitan a Fiji con ellos?

—Porque… —comenzó Fuji, pero se quedó callado de pronto, con la vista baja —Porque… —lo volvió a intentar, pero no encontraba palabras para explicarse.

Saragi y Gin se miraron, extrañadas.

—Yo me quedo —ofreció Gin de pronto.

Saragi y Fuji la miraron con desconcierto.

—En realidad, no tengo a qué ir a la Casa Grande —le recordó Gin a Saragi con una mueca de fastidio —No estoy invitada a ninguna de las reuniones, me la pasaría muy aburrida.

Saragi le dirigió una mirada más sorprendida que antes.

—Por una vez, tuviste una buena idea —admitió —Le avisaré a Wodaka y que ella hable con Hitomi–dono, ¿te parece?

Gin se encogió de hombros.

—A mamá le dará igual —aseveró con sequedad —Lo que le interesa es que su querida Mezuki esté allí. Así que haz lo que quieras.

Saragi asintió imperceptiblemente al oír eso, pero enseguida se encogió de hombros y salió de la cocina. Se hizo el silencio.

—Gin–san, no tienes por qué… —comenzó Fuji de pronto.

—Por una vez, te callarás y recibirás —le espetó Gin para callarlo —Tú… siempre andas dando demasiado.

Y sin aclarar sus palabras, empezó a lavar los platos, y a Fuji no le quedó de otra más que ayudarle y agradecerle el gesto mentalmente.

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Re:Telaraña [12/?]
« Respuesta #38 en: Febrero 05, 2011, 05:41:20 pm »
Dios mio ya vas por el 12.... u__u

Lograre ponerme al dia antes de q lo termines, jajajajaja, lo prometo...xD
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Re:Telaraña [12/?]
« Respuesta #39 en: Febrero 05, 2011, 07:58:15 pm »
era por eso las malas palabras de mizuki contra gin y porque no se llevaba bien con su mama, y que padres tan malos por que le hace eso a gin, es injusto, ella no tiene la culpa de no haber nacido a tiempo. lo que quiere decir que es la mas maldesida de la familia  :sadfox:
 
hayyy gin quedarse con fuji en las vacaciones eso si me gusta :wah jajaja

me ha gustado mucho bell
nos leemos! para la proxima
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Re:Telaraña [13/¿?]
« Respuesta #40 en: Febrero 07, 2011, 01:57:33 pm »
Trece: El festejo.

La Navidad se acercaba rápidamente a Akiyuri, y lo demostraba la decoración de las calles. Al ser una de las pocas ciudades pluriculturales de Japón, a la gente no le importaba compartir las tradiciones japonesas con las fiestas de occidente.

—¡Mira eso, Gin–san! ¡Cuántas luces!

Fuji caminaba por el centro de Akiyuri en compañía de Gin, ambos con bolsas de papel en las manos y admirando todo a su alrededor.

Estaban haciendo compras de Navidad. Hacía un par de días que Saragi y las otras se habían ido a la Casa Grande y al menos Fuji quería darles un obsequio. A ellas y a sus seres queridos.

—Oye, no sé por qué tenemos que comprar tanto —se quejó Gin en ese momento —¿Pues a quiénes les vas a dar regalo?

—¡Ah, eso! Pues… A la abuela, Naga–kun, Shin–kun… —Fuji empezó a contar con los dedos enfundados en guantes rojos, cosa difícil con bolsas en las manos —Wodaka–san, Zukure–san, Saragi–san, Aishi–kun… Hatsu–san, Kuren–san, Gurazu–san… Fumihi–san, Kokoro–dono, Shimizu–dono, Karasu–dono…

—Oye, oye, como que son muchas personas, ¿no?

Fuji sonrió ante la cara asombrada de Gin.

—Lo sé, pero tengo suficiente dinero. Solamente es un detalle, nada del otro mundo.

—De todas formas, creo que es mucho —Gin hizo una mueca.

Lo que en verdad le molestaba era que Fuji no la hubiera nombrado en esa lista, pero eso no iba a confesarlo nunca.

—¿Y Mezuki? —soltó de pronto, sin darse cuenta que habló en voz alta.

—¿Qué pasa con Mezuki? —inquirió a su vez Fuji.

Gin sacudió la cabeza, intentando despejarse.

—No, nada… Pensaba en voz alta —dijo.

Fuji asintió, para luego seguir admirando algunos escaparates. De pronto, se detuvo ante el de una pastelería.

—¡Mira eso, Gin–san! ¿No te gustaría probar ese pastel?

Gin se acercó. Se refería a un pastel redondo de chocolate, con algunos pequeños montículos de crema batida color rosa formando una especie de flor.

—Pues… Siendo de chocolate, me llama la atención —reconoció Gin, aunque en la mirada se le notaba que se lo saboreaba mentalmente.

—Yo podría hacer uno —soltó Fuji de pronto —No se ve difícil y sería más barato.

—Seguro que podrías, pero no tendrías con quién comerlo —Gin negó con la cabeza —No sé porqué a veces se te ocurren esos comentarios.

Fuji se encogió de hombros, con una sonrisa nerviosa.

—Pues… a ti te gusta el chocolate, ¿no lo probarías? —preguntó.

Gin se sorprendió con la pregunta, se sonrojó y procuró no mirarlo a la cara.

—No sé… Sólo si me ofrecieras —se decidió a contestar.

Fuji se rió, lo que desconcertó más a Gin.

—Eres muy graciosa, Gin–san —afirmó el chico.

—¡No es cierto! —soltó ella, totalmente colorada.

Fuji no respondió, solamente rió más.

—¡Ya, olvídalo! —Gin se desesperó y se fue calle arriba, dejándolo ahí.

—¡No, espera Gin–san! —Fuji la siguió a toda prisa —¡No era mi intención ofenderte!

Gin se detuvo de golpe y Fuji casi choca contra ella.

—No me ofendiste —musitó Gin de repente.

—¿En serio? —quiso saber Fuji.

—¡Sí, en serio! —gritó la pelirroja, llamando la atención de varios transeúntes.

Eso solamente provocó que la chica se pusiera tan roja como su cabello o quizá más.

—Lo siento —musitó Fuji —No debí hacerte gritar.

—No importa —aseguró Gin, desviando la vista a un escaparate, en el que fijó la vista un buen rato antes de decir —¿Y a dónde vamos ahora?

—¿Qué? —Fuji se sorprendió por el cambio de tema, aunque discretamente intentó ver lo mismo que Gin en el escaparate que tenían a un lado, el de una tienda de ropa —¡Ah, sí! A comprar papel para envolver y moños. Creo que es todo lo que falta.

—Genial —aceptó Gin —¿Por dónde?

—¿No sabes? —se extrañó Fuji.

—No, no sé. Nunca había venido de compras en Navidad.

Eso le pareció a Fuji muy extraño, y lo impulsó a prometer.

—Pues de ahora en adelante, vendremos siempre.

Y con ese vendremos, logró arrancarle una sonrisa sincera a Gin.

&&&

La Casa Grande de la familia Hoshi rebosaba de actividad esos días. El solsticio hiemal había pasado, pero ahora todos se alistaban para la cena de Navidad. Saragi, entre otras cosas, estaba a punto de salir de la casa donde se hospedaba cuando la llamaron.

—Saragi —era la voz cansada de una mujer, que como ella, tenía los ojos de un tono gris azulado —¿Puedes venir un momento?

La chica suspiró y se adentró en la casa, hasta llegar a la sala. Ahí, sentada al kotatsu, se encontraba la mujer que la había llamado, enfundada en un grueso abrigo azul oscuro encima de un kimono blanco.

—¿A dónde vas, cariño? —inquirió la mujer.

—A casa de Hatsu, madre —respondió Saragi, imprimiendo calidez en esa voz cansina que le era característica —Quiere que le ayude con la decoración, ¿se te ofrece algo?

La mujer negó con la cabeza.

—Solamente vete con cuidado —le pidió la mujer, sonriendo tenuemente.

Saragi asintió, le dio un beso en la frente a modo de despedida y se marchó. Al ir por el sendero, se acomodó mejor la bufanda azul que llevaba al cuello.

—Buenos días, Saragi–san —saludó una sirvienta vestida de negro, inclinándose.

La joven correspondió el saludo en silencio y siguió su camino, reflexionando.

Ella no se había mudado a casa de Wodaka por decisión propia, sino de su madre. Esa mujer que ahora se veía tan frágil había sido antes una señora fuerte, capaz de trabajar todo el día y aún llegar a casa por la noche a preparar la cena y convivir con su familia. Pero una enfermedad la estaba venciendo y repentinamente, había decidido enviar a su hija a estudiar a una preparatoria no autorizada, una que aunque buena, no era del agrado del Panteón.

—Convive con la gente, cariño —le había dicho su madre con una débil sonrisa —No quiero que te quedes aquí, porque acabarás mal. Tu padre y yo… queremos algo mejor para ti.

Y sin comprender del todo lo que su madre quiso decirle, Saragi obedeció, más que nada para no provocarle un disgusto que empeorara su salud. Pensando en ello y preguntándose por enésima vez porqué sus padres quisieron sacarla del ambiente de la Casa Grande, llegó a casa de Hatsu, una muy cercana al portón principal de la propiedad. Llamó al timbre y pronto el mismo Hatsu le abrió.

—Ah, llegaste —dijo el peliazul a modo de saludo —Pasa, por favor.

Saragi asintió y entró a la casa, quitándose en el proceso la bufanda.

—Hatsu, ¿qué se te ofrece? —Saragi se quitaba también su abrigo largo, color azul oscuro con bordes blancos, y miró a su primo.

—Ya te lo dije, ayuda en la decoración —Hatsu se encogió de hombros —Mis padres salieron, así que hay que aprovechar.

Saragi asintió y siguió al chico al interior de la casa. Comprendía las razones de Hatsu: los padres del chico no eran muy afectos a las fiestas, pero si Hatsu lograba decorar la casa sin que ellos intervinieran, no decían nada en contra. A decir verdad, a Saragi le sorprendía que con unos padres tan indiferentes, Hatsu tuviera un carácter generoso para con aquellos que estimaba, a pesar de aparentar la misma actitud que sus progenitores ante todo.

—Y dime, ¿cómo te ha ido? —le preguntó Saragi cuando estando en la sala, colocaban una manta con motivos navideños en el kotatsu.

—Bien, dentro de lo que cabe —Hatsu se encogió de hombros —Me pagaron bastante por un par de celulares que arreglé hace dos semanas y el hospital dará una excelente cena en Año Nuevo. No puedo perdérmela.

—Aquí también hay cena en Año Nuevo —le recordó Saragi —¿No vendrás?

Hatsu hizo una mueca, como si considerara la idea seriamente.

—No creo —dijo por fin —A mis padres les interesa que vaya.

Saragi no pudo evitar sonreír.

—Tú y tu rebeldía pasiva —comentó —No sé cómo tus padres siguen teniéndote aquí.

—Egoísmo, supongo —consideró Hatsu, mirándola —No son como tus padres.

—Los míos son igual de extraños a veces, créeme —aseguró la chica.

Hatsu se limitó a negar con la cabeza de manera que Saragi no lo viera. Justo en ese momento, llamaron a la puerta.

—¿Esperas a alguien? —inquirió Saragi.

Hatsu negó con la cabeza al tiempo que se dirigía a la puerta. La abrió y suspiró.

—¿Qué se te ofrece, Aishi? —preguntó.

Saragi soltó un bufido al saber de quién se trataba.

—Mamá quisiera que fueras a casa, por favor, Hatsu–san —pidió Aishi con su habitual entusiasmo —Tiene algo para ti.

—¿Ah, sí? —se extrañó Hatsu, aunque no se le notaba mucho.

—Hola, Aishi —saludó Saragi de pronto.

—Buenos días, Saragi–san —saludó Aishi, sonriendo —Apenas iba a llamarte a ti también. Mamá tiene algo para ti.

—¿En serio? —a Saragi sí se le notó que le sorprendió aquella noticia.

—Sí, sí, no tarden —pidió el niño e inclinándose ante ellos, se retiró.

—Me pregunto qué tramará ahora Kokoro–dono —suspiró Saragi tomando el abrigo y la bufanda del perchero del recibidos donde los había dejado.

—Ella no es mala, Saragi —hizo ver Hatsu, sonriendo —Aunque sea madre de Wodaka.

—Sí, eso es lo que me preocupa —admitió Saragi.

Ambos primos salieron de la casa y caminaron por el sendero hasta una casa que quedaba casi al frente de la de Shimizu. De ésta, por cierto, vieron salir a Gurazu, con un gorro rojo tejido calado en la cabeza y una bufanda a rayas rojas y naranjas al cuello. Lo seguía su padre, ataviado con un abrigo muy sobrio color azul marino y una bufanda blanca al cuello.

Hello, cousins! —saludó Gurazu —¿Van a casa de Kokoro–dono?

—Sí, Aishi fue a llamarnos —respondió Hatsu —¿Y tú?

—Bueno, Kokoro–dono nos llamó a papá y a mí —Gurazu señaló a su padre con un gesto de mano antes de soltar —¿Saben para qué nos quiere?

—Aishi solamente dijo que Kokoro–dono tenía algo para nosotros —contestó Saragi.

—Buenos días —saludó Shimizu entonces, acercándose a los jóvenes —Será mejor llamar, ¿no? —sugirió, estando ante una puerta con una corona navideña colgando de ella, en la que se distinguían algunos corazones de colores.

Of course, dad! —dijo Gurazu con una sonrisa y llamó a la puerta.

Al instante la puerta se abrió, pero ninguno se esperaba a quien los recibió.

—¿Fumihi? —soltó Saragi, sin poder creerlo.

—Hola a todos —saludó Fumihi, haciéndose a un lado para dejarlos entrar —Pasen, Kokoro–dono los espera.

—¿Y qué haces por aquí, Fumihi? —le preguntó Hatsu con cierto interés.

—Ah, es que Kokoro–dono me llamó, Hat–kun —respondió la aludida, sonriendo —A decir verdad, Woda–chan fue quien me habló a casa, pero fue de parte de su madre.

Ahora sí que todos estaban más intrigados que antes. Fumihi no solía convivir mucho con Kokoro, a pesar de que la chica se ganaba la simpatía de cualquiera por sus ocurrencias. En realidad, Kokoro no invitaba a Fumihi a su casa porque la joven, en compañía de Aishi, era como un huracán, arrasando todo.

—Hola —saludó Hatsu al llegar a la sala —Parece una reunión familiar —comentó.

Saragi tuvo que darle la razón al ver a los reunidos. Ahí estaban Kuren, Zukure, Wodaka y Aishi. Ella, Fumihi, Hatsu, Gurazu y Shimizu se sentaron donde pudieron, cosa fácil porque los sillones de la sala eran amplios y cómodos, y esperaron.

—Gracias por venir —dijo entonces Kokoro, viniendo de otra habitación con los brazos cargados de pequeñas cajas envueltas para regalos —Aishi, ¿podrías ayudarme, hijo?

El niño se puso de pie de un salto y le quitó algunos regalos a su madre, para colocarlos sobre la mesa de centro. Kokoro hizo lo propio con los que le quedaban y se arrodilló ante la mesa de centro, revisando cada regalo.

—Muy bien, nada más les entrego esto y pueden irse —indicó la mujer, sonriente —Si yo sabía que ese muchacho era muy detallista… —murmuró, antes de leer en voz alta la tarjeta de una de las cajas —Para Aishi–kun. Toma, hijo —y le tendió la caja al niño, quien la tomó feliz —Para Fumihi–san —continuó leyendo en otra etiqueta y la chica se acercó a recibir la caja —Para Kuren–san —Kuren dio un respingo al oír su nombre y acudió a recibir su regalo —Para Zukure–sanGurazu–sanShimizu–donoSaragi–san

Cuando Saragi se acercó y tomó el pequeño obsequio, revisó la tarjeta. La caligrafía la conocía de sobra: era la de Fuji.

—¿Quién nos envió esto? —quiso saber Shimizu, con gesto severo.

—¡Ah, eso! Fue cosa de Kinokaze–san —respondió Kokoro, luego de dar el último regalo, el de Wodaka, para comenzar a abrir el suyo —Vino hace como una hora y me pidió que se los entregara. Él y Gin se veían muy curiosos cargando todo esto.

—Vaya, qué amable de su parte —afirmó Hatsu, contemplando su regalo, un pequeño muñeco de cabello azul que se parecía mucho a él.

—¡Qué linda! —soltó Fumihi, acunando en sus manos su presente, una muñequita con una corta melena esponjada color castaño oscuro —¡Y es igualita a mí!

—El niño debió tardarse mucho en hacer esto —aseguró Wodaka con admiración, contemplando lo que le había tocado: una muñequita de larga melena rubia, vestida con espigas y con un arpa en las manos —¡Miren esto! La mía es de mi signo, ¡qué considerado!

Gurazu miraba a su padre algo preocupado, pues éste veía con atención su regalo, un pequeño muñeco de cabello negro azulado con cola de pez y un tridente en las manos. Esperó su reacción con cierto temor, pero se relajó al oírlo comentar.

—Este chico sí que sabe de mitología —Shimizu le sonrió al muñeco.

Gurazu sonrió ampliamente.

Saragi admiraba el detalle que le había tocado a ella (una carpa con brillantes escamas azul plateado representadas por lentejuelas) y preguntándose cómo era que Fuji podía ser tan considerado, como dijo Wodaka. Vislumbró cómo Zukure, fascinada, le mostraba un pequeño cangrejo a un animado Kuren, quien a su vez le enseñaba un carnero color blanco grisáceo, y se prometió corresponderle.

&&&

Fuji y Gin llegaron exhaustos a casa. Luego de pasarse dos días cosiendo, Fuji tenía los dedos llenos de banditas, pero Gin eso no lo sabía porque el chico había usado guantes o le había escondido las manos. Además, la pelirroja se la había pasado casi todo el tiempo en su habitación, enfrascada en algo importante, según le dijo a Fuji. Ese día, luego de entregar los regalos en la Casa Grande, se dispusieron a descansar bastante, para luego cenar.

—Veamos, hará frío, ¿qué estará bien cenar? —musitaba Fuji al ir a la cocina.

—¿Qué tal onabe? —sugirió Gin.

Fuji la miró y se echó a reír, pues eso le recordaba el Festival Yuri–Hime: el puesto de su grupo logró vender todo su onabe a duras penas, pues en el tiempo que Shinto quedó a cargo, los clientes llegaban, hacían su pedido, escuchaban alguna frase rara del chico y luego de pagar, salían corriendo despavoridos.

—Sí, creo que eso estará bien —asintió Fuji y se metió a la cocina.

Gin se encogió de hombros y subió de prisa a su dormitorio. Con algo de suerte, ella también lograría terminar su “algo importante” a tiempo para Navidad.

&&&

El día de Navidad amaneció muy frío. Una suave nevada comenzó a caer a primeras horas de la madrugada, así que para cuando Fuji despertó, encontró algo de nieve acumulada en el alfeizar de su ventana. Se asomó por ella y sonrió ante el panorama mayoritariamente blanco que se extendía ante sus ojos. Bajó minutos después con ánimo, dispuesto a preparar el desayuno, y en eso estaba cuando la puerta de la cocina que daba al patio se abrió y apareció Gin, con un conjunto deportivo naranja con blanco y soplándose las manos.

—¡Vaya, hace frío! —exclamó con algo de fastidio —Buenas —saludó a Fuji, antes de ir al refrigerador —Empezó a nevar cuando iba a la mitad del camino de siempre, ¡vaya!

Sacó un envase de leche y fue a servirse.

—¿No prefieres té, Gin–san? —ofreció Fuji.

—No, por ahora no —Gin negó con la cabeza y lo miró —¿Qué tienes en las manos?

Fuji sostenía una sartén y desde su posición, Gin podía verle los dedos, ya sin banditas pero con algunas marcas.

—Yo… no tengo nada —Fuji sonrió y le hizo un gesto de mano, para restarle importancia —El desayuno estará listo en un minuto —indicó y le dio la espalda.

Gin frunció el ceño, dejó su vaso en la mesa de la cocina y salió de allí rumbo a su dormitorio, a tomar algo de ropa para ducharse, preguntándose qué le pasaba por la cabeza a ese muchacho. Esas marcas de sus dedos, ¿eran acaso de los muñecos que había regalado a los que estaban en la Casa Grande, a su abuela y sus dos amigos? ¿Cómo es que no se había dado cuenta?

Cuando salió del baño, duchada y cambiada de ropa, entró a su habitación y vio sobre su mesa aquello en lo que había estado ocupada en esos dos días. Decidida, se quitó la toalla de la cabeza, sacudió su corto cabello y tomando lo que había sobre su mesa, bajó a desayunar. Encontró a Fuji sirviendo, y supo que el desayuno de ese día eran hot cakes.

Se detuvo antes de entrar al comedor y escondió lo que traía tras la espalda. Se puso algo nerviosa, lo que no era para menos: podía contar con los dedos de una mano las veces que había dado un regalo.

—¿Te sientas, Gin–san? —pidió Fuji de repente, viéndola con una sonrisa —Necesito traer otra cosa, ahora vuelvo.

Y para sorpresa de la chica, Fuji pasó a su lado y subió la escalera.

—Está loco —soltó en un susurro, tomando asiento. Colocó lo que llevaba en su regazo, procurando que no se viera.

Minutos después lo escuchó volver y decir.

—Cierra los ojos.

—¿Para qué? —preguntó, girándose hacia él, pero se paró al oírlo exclamar.

—¡Es una sorpresa! Cierra los ojos.

No muy convencida, obedeció y cerró los ojos. Sintió cómo Fuji le tomaba la muñeca y se la colocaba sobre algo encima de la mesa con suavidad. Se preguntó qué sería cuando él le indicó.

—Ábrelos.

Obedeció de nuevo. Sus ojos se encontraron con que su mano estaba sobre una pequeña caja roja, que a su vez estaba encima de un lirio rojo de madera. El lirio, por centro, tenía escrito en color blanco un kanji que decía Gin.

—¡Feliz Navidad, Gin–san! —deseó Fuji con entusiasmo —Espero que te guste.

—Yo… gracias —musitó la pelirroja, tomando la pequeña caja y abriéndola, en tanto Fuji tomaba asiento.

Se encontró en el interior de la caja un par de guantes rojos, con la orilla plateada. Y además, cada uno tenía bordado en el dorso un lirio plateado muy detallado. La chica se quedó con la boca abierta, incapaz de creer lo que veía.

—Gracias —repitió en un susurro —Muchas gracias.

—De nada, me alegra que te guste —Fuji le sonrió —Me fijé que no tenías un letrero en tu puerta, como las demás, ni tampoco un par de guantes, así que… Gin–san, ¿estás bien?

Fuji se alarmó al verla inclinar la cabeza y sacudirse un poco, pero luego se sorprendió mucho al verla negar en silencio y llevarse las manos al regazo, para luego sacarlas sosteniendo una especie de letrero de forma rectangular.

—Es para ti —le murmuró, sin mirarlo a la cara.

Fuji lo tomó. Era un sencillo letrero de madera con su nombre escrito en rojo. No era nada del otro mundo, ni siquiera tenía una forma en especial, pero lo hizo sonreír.

—¡Muchas gracias, Gin–san! —soltó alegremente.

—De nada —murmuró ella.

Y mientras Fuji comenzaba a desayunar, Gin tomó los guantes entre sus manos y los apretó con fuerza, como si temiera que desaparecieran ante sus ojos.

Feliz Navidad.

Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [13/¿?]
« Respuesta #41 en: Febrero 08, 2011, 05:56:32 pm »
hayyy que tierno me gusto mucho
gin san es tan linda jajaja y ni decir de fuji
ahora gin tendra ha alguien que la acompañe en su navidad
y no sentirse sola como le ha pasado siempre
me encanto bell  :sugoi:
espero el proximo capitulo
((ahora tsuku si tiene algo por leer))


 

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Re:Telaraña [14/¿?]
« Respuesta #42 en: Febrero 11, 2011, 05:54:38 pm »
Catorce: El secreto de la argolla.

Las vacaciones de invierno terminaron pronto, y ahora hay que prepararse para volver a clases. Estas vacaciones las pasé tranquilamente en la que es mi casa desde hace… Creo que unos cuatro meses. ¡Por cierto, no me he presentado! Soy Kinokaze Fuji y curso el primer año en la preparatoria Akiai, en la ciudad de Akiyuri. Y como dije, los últimos meses he vivido en una nueva casa: la casa de las Hoshi.

—¿Quieres hacerme el favor de dejarme en paz?

Ese grito sobresaltó a Fuji a la hora de salir de su dormitorio, la mañana del primer día de clases después de las vacaciones de invierno. Y quien gritaba no era otra más que…

—¿Ahora qué le pasa a la Gorgona tonta? —musitó Saragi al salir de su dormitorio, con su mochila azul al hombro.

Fuji bajó tras la chica de largo cabello azul plateado, para llegar al origen de los gritos: el recibidor, donde Gin se ponía apresuradamente sus patines en línea y su equipo de protección.

—Vamos, no te enfades —le pidió Mezuki, su hermana gemela, ya con su mochila gris en la espalda y con una voz fingidamente comprensiva —Solamente quiero contarte…

—No quieres contarme nada —espetó Gin de mal genio —Solamente quieres presumir. ¿Sabes qué? Presúmele a alguien más.

Se abrochó una codera y se puso de pie, mientras de un bolsillo sacaba un par de guantes rojos y se los ponía.

—Me marcho —anunció, haciendo una mueca —Los veré allá.

Y salió de la casa conteniéndose a duras penas de dar un portazo.

—¿Ahora qué? —soltó Wodaka con hastío, asomando la cabeza desde su dormitorio. Ese día lucía un kimono largo color azul celeste con flores amarillas, que combinaban con su cinturón —Mezuki, ¿qué le dijiste a Gin?

Mezuki, ignorando la pregunta, se encogió de hombros y fue al comedor.

—Esa niña nunca aprende —musitó Wodaka, negando con la cabeza al tiempo que con ambas manos, se sujetaba el largo cabello rubio y lo ataba en una cola de caballo.

—¡El desayuno! —anunció Zukure desde el comedor.

Lo admito, la casa de las Hoshi no es lo que se dice un sitio normal, pero es agradable. La rubia, Wodaka–san, es la dueña, y es una periodista independiente, además de alegre y algo… maliciosa. Zukure–san, de ojos negros y cabello rojo rosáceo, es quien se encarga de la mayor parte de las labores de la casa, y divide su tiempo entre eso y sus estudios de Arquitectura. Saragi–san, la del cabello azul plateado, es compañera mía en la preparatoria, y aunque parezca distante, suele sonreír a veces. Las gemelas pelirrojas, Mezuki y Gin, también son compañeras de clases en Akiai, pero son otra historia. Mezuki es muy sociable, pero algo… intratable. Al menos para mí. En cambio Gin–san…

—¿No me digas que Gin se marchó sin desayunar? —Zukure se dirigió a Mezuki.

—Eso no fue mi culpa —apuntó Mezuki en son de queja —Ella se fue porque quiso.

Zukure suspiró mientras acababa de servir el desayuno y tomaba asiento.

Minutos después, Saragi, Mezuki y Fuji subían a sus respectivas bicicletas y se iban.

—¿Qué te dije sobre cómo tratar a la Gorgona tonta? —le comentó Saragi a Mezuki en el camino, justo al salir de la desviación que conducía de Akigaoka a su casa.

Mezuki la miró con extrañeza, mientras el sonido de un motor arrancando les indicaba que Zukure iba tras ellas, a una de sus clases matutinas.

—Saragi, desde hace un tiempo has estado extraña —le dijo sin rodeos, arqueando una ceja —¿Se puede saber porqué?

Saragi negó con la cabeza.

—No creo que entiendas —afirmó, en tono helado —Nunca lo haces.

Mezuki le hizo un mohín de fastidio y se adelantó unos metros, acercándose a Fuji. Saragi, entrecerrando los ojos con desconfianza al ver eso, la siguió.

—¿Cómo pasaste las vacaciones, Kinokaze? —le preguntó Mezuki.

Fuji la miró de reojo antes de contestar.

—Muy bien, Mezuki. Gracias por preguntar.

Si Mezuki no sabe cómo fueron mis vacaciones es porque ella, luego de la fiesta del solsticio hiemal en la Casa Grande, se fue con su madre a Natsuyo, una ciudad vecina. En cambio, las demás vinieron a verme después de Navidad junto con algunos parientes, para cenar con Gin–san y conmigo. Incluso me dieron algunos regalos.

—¿Y se portó bien la Gorgona tonta? —inquirió Saragi de repente.

Mezuki le dedicó una mirada fría, mientras Fuji asentía.

Llegaron a la preparatoria en poco tiempo, y mientras dejaban las bicicletas, una voz sonó detrás de ellos, saludando con entusiasmo.

—¡Fuji, me alegra verte! —era un rubio muy alto, de ojos castaños, que sonreía a la vez que llevaba del manillar una vieja pero bien cuidada motocicleta.

—Buenos días, Naga–kun —respondió Fuji, sonriendo —¿Cómo te fue en Fuyutani?

Nagase Haraki se encogió de hombros, esbozando una sutil sonrisa.

—Hola, Fuji —saludó de pronto una voz fría y misteriosa tras Nagase.

—Buenos días, Shin–kun —saludó Fuji a su vez —¿Tuviste buenas vacaciones?

Un chico de cabello negro y ojos de un inusual tono violeta de mirada seria asintió.

—Gracias por el regalo, Fuji —dijo de pronto Shinto Kano, sonriendo un poco al fijar sus ojos violetas en su amigo —Me agradó mucho.

—Sí, a mí también —comentó Nagase entonces —Cada año mejoras, amigo.

—No digas eso, no es cierto —Fuji se rascó la cabeza con gesto modesto.

—Es cierto, y no digas más —Nagase le puso una mano en la cabeza y le revolvió aún más el cabello castaño rojizo —Ahora vamos a clases, que después iremos a trabajar.

Los chicos se adelantaron, y Mezuki hizo una mueca.

—¿Les dio regalos a sus amigos? —inquirió, dirigiéndose a Saragi.

La aludida, agitando un poco su largo cabello, sonrió con cierta burla.

—Ah, lo olvidaba —soltó con indiferencia —Fuji–kun no te dio regalo de Navidad.

—¿Regalo de Navidad? —Mezuki se quedó aún más asombrada que antes.

Pero Saragi no le respondió, sino que comenzó a andar rumbo al salón de clases.

Mezuki no entendía absolutamente nada. Durante el día, se preguntó qué le pasaba a todos, pues a su regreso de Natsuyo, se había topado con que de manera sutil, pero evidente, sus parientes trataban un poco mejor a Fuji, aunque éste, despistado como siempre, no se daba cuenta. ¿Y qué era eso de un regalo de Navidad?

Creyó comprender un poco cuando salía de clases, al ver cómo Gin, antes de colgarse su mochila roja y blanca, se enfundaba las manos en unos guantes rojos con sumo cuidado. ¿De dónde los habría sacado? Y además eran muy bonitos con esos lirios plateados bordados. Tenía que averiguar dónde los había conseguido, para comprarse un par.

—Gin —la llamó con cautela.

Gin, ya en la puerta del salón, se volvió hacia ella con las cejas arqueadas.

—¿Qué? —espetó. Se notaba que aún estaba molesta con su gemela.

Mezuki recogió sus últimas cosas, les hizo gestos de despedida a las chicas con las que usualmente conversaba y se le acercó.

—¿Te parece si nos vamos juntas? —inquirió.

—¿Para qué? —quiso saber Gin.

Mezuki iba a responder, pero Saragi se aproximó entonces.

—Vamos —pidió —Hay muchas tareas qué hacer hoy, se nota que volvimos de clases.

Las gemelas asintieron y Gin se quedó un rato en el área de guetabakos, poniéndose los patines y las protecciones, dejando que Saragi y Mezuki se fueran en sus bicicletas. Al salir, sin embargo, las encontró detenidas en las cercanías de la entrada principal, viendo algo al parecer importante, pues no se movían.

—¿Qué pasa? —les preguntó, intrigada.

—Lo sabía —soltó Mezuki, entre asombrada y un tanto triunfante —Se los dije, chicas.

Acto seguido, se recuperó por completo de su anterior estado absorto y se fue. Gin miró entonces a Saragi, pidiendo explicaciones, y la joven, desviando su vista gris plateada hacia ella por unos segundos, le hizo un movimiento de cabeza para que viera lo mismo que ella.

Gin obedeció y se quedó helada ante lo que vio. Había un auto muy fino estacionado en la acera de enfrente, medio cubierto por la sombra de un pequeño supermercado. Pero eso no era lo que tenía en ese estado a ambas jóvenes, sino el símbolo que decoraba una de las portezuelas como si fuera el escudo de alguna dependencia de gobierno: sobre un fondo azul oscuro, había un círculo formado por doce estrellas de diferentes colores, las cuales rodeaban un sol y una luna.

Era el símbolo de la familia Hoshi y en ese auto negro, solamente significaba una cosa.

—¡Yami–dono! —exclamó Gin por lo bajo, sumamente aterrada.

Antes que ella o Saragi se dieran cuenta, una de las ventanillas del auto se abrió a medias, justo cuando tras ambas, una voz las despedía alegremente.

—¡Nos veremos por la noche, chicas!

Era Fuji, que junto con Nagase iban apenas rumbo al trabajo porque ese día les había tocado hacer la limpieza del salón.

—Inestable —oyeron que decían en su oído las dos Hoshi.

Ambas dieron un respingo para luego voltear la cabeza. Shinto estaba a su espalda.

—¡No hagas eso, Kano! —le espetó Gin con enfado, mientras Saragi se llevaba una mano al pecho —¿Quieres matarnos de un susto o qué?

Shinto, sin hacerle caso, fijó su vista en el auto negro, que luego de cerrar su ventanilla, arrancó y se retiró del lugar.

—Ahí iba un pariente suyo, ¿no? —inquirió con naturalidad.

Las dos lo miraron con asombro.

—¿Porqué dices eso? —le preguntó Saragi.

—Se sentía un aura tan inestable como la suya —respondió Shinto, ladeando la cabeza en actitud pensativa —Pero esa aura es… ¿Cómo decirlo? Muy oscura. Demasiado para mi gusto. Y creo que… lo sigue la muerte.

Ante eso, las jóvenes se quedaron más sorprendidas que antes.

—No andes diciendo esas cosas —pidió Saragi —Por favor, Kano. Asustas.

—Yo solamente digo lo que veo y siento, así que no me reclames —Shinto sonrió un poco, pero el gesto no le duró mucho —Como sea, me da la misma confianza que el tipo del auto azul que vino antes de vacaciones. O sea, ninguna.

Y haciéndoles un gesto de cabeza a modo de despedida, se marchó.

—Kano cada día me asusta más —admitió Saragi, dispuesta a marcharse.

Gin la siguió como autómata, porque de la cabeza no se le salía el auto negro que habían visto y que solamente le dejaba en la mente un nombre: Yami.

&&&

Ya de noche, Fuji respiró tranquilo cuando les dijeron a él y Nagase que podían marcharse. El Akimomo había tenido mucha actividad ese día y ambos chicos acabaron agotados. Nagase se despidió de Fuji en el interior del restaurante, pues tuvo que quedarse a limpiar algunas mesas, en tanto Fuji salía, tomaba su bicicleta y se marchaba. Pedaleaba con confianza por las calles, a sabiendas que por la hora, casi no había tráfico, pero al llegar a la entrada de Akigaoka, se encontró con un auto negro de aspecto caro obstruyéndole el paso.

—No es posible —rezongó en voz baja, acercándose con cautela.

Una ventanilla del auto, del asiento posterior, se abrió cuando Fuji estaba a unos pasos de distancia y una voz ronca y muy fría se dejó oír.

—Kinokaze, si no me equivoco.

Fuji se detuvo. Aquella voz, por alguna razón, le había causado un profundo temor.

—Sí, creo que lo eres —la portezuela de la ventanilla abierta se abrió y un lustroso zapato negro de hombre descendió del auto —Permíteme presentarme, aunque seguramente no recordarás nada después.

El hombre que hablaba acabó de bajar del auto y Fuji pudo verlo bien a la luz de un cercano poste. Era alto, de porte severo, expresión fría y calculadora y vestimenta totalmente negra. Su cabello negro parecía ser de tinta de tan oscuro que se veía y sus ojos no se quedaban atrás. Y así como Fuji había sentido algo de ternura mezclada con otra cosa al ver los ojos de Aishi, estos ojos le producían la extraña sensación de estar a punto de caer a un vacío oscuro y sin retorno. Y el miedo lo hizo temblar ligeramente, a pesar de llevar puesto un desgastado pero grueso abrigo rojo oscuro. Empero, no se movió.

—¿Se… se le ofrece algo de mí, señor? —dijo con voz temblorosa.

El hombre, recorriéndolo con la mirada, le dirigió una imperceptible sonrisa burlona.

—No veo por qué el alboroto contigo —comentó, usando de nuevo esa voz ronca y fría que a Fuji le provocaba temor —Eres un chico común y corriente. Nada fuera de lo ordinario.

El muchacho sintió un escalofrío, pero siguió firmemente plantado donde estaba.

—Como sea, me mandan por trabajo —continuó el hombre y se le acercó a Fuji un par de pasos —¡Pero qué descortés soy! —soltó con fingida sorpresa, sonriendo de nuevo con burla —Se me olvidaba presentarme. Soy Hoshi Yami, encantado en saludarte. Soy el siguiente miembro del Panteón con derecho a borrarte la memoria, y quizá el último que vas a conocer. Soy el representante de Hades.

Fuji sintió un nuevo escalofrío. Si no mal recordaba por todo lo que había leído en los últimos meses desde que se enteró de la maldición del Zodiaco, Hades había sido el dios de los muertos. Se suponía que no era malvado, pues recompensaba a quienes fueron buenos en vida y les daba su merecido a lo que habían sido malos. Entonces, ¿por qué se sentía algo inquietante en Yami Hoshi? Fuji, interiormente, se preparó para lo peor.

—Buenas noches —saludó una voz inesperadamente.

Fuji se dio media vuelta y Yami compuso una mueca de molestia. Karasu Hoshi, también vestida de negro pero con un semblante más amistoso, salió de entre las sombras a colocarse junto a Fuji, como en señal de protección.

—Buenas noches, Karasu–dono —saludó Fuji distraídamente.

—Buenas noches, Kin —dijo Yami con cierto desprecio en su voz —¿Qué haces aquí?

—Pasear —respondió simplemente Kin, sonriendo con ligera ironía —¿Y tú, Yami–san?

El hombre la barrió con la mirada, sin ocultar el desagrado que le provocaba que lo hubiera interrumpido de aquella manera.

—Ya arreglaremos cuentas —le dijo a Fuji, mirándolo a los ojos, para luego subir a su auto y marcharse de allí.

Fuji se quedó en su sitio, sin poder moverse en absoluto. Aquella última mirada de Yami lo había dejado literalmente paralizado.

—¿Kinokaze–san? —llamó Karasu amablemente.

Fuji dio un respingo, reaccionando por fin.

—¿Sí, dígame? —indicó, aún algo turbado.

Karasu, inexplicablemente, sonrió con sutileza.

—Vamos, márchate —le ordenó con voz suave —Es tarde.

Fuji asintió torpemente y se puso en marcha. Karasu, luego de perderlo de vista, se llevó una mano a un bolsillo de la larga gabardina negra que llevaba y sacando un celular negro, desvió la vista en la dirección que había tomado el auto de Yami. Marcó un número y esperó pacientemente a que le contestaran.

—¿Sí? Casa de las Hoshi —se escuchó al otro lado de la línea.

—Comunícame con Gin —pidió sin más —Soy Kin.

La voz que había respondido, sin hacer preguntas, musitó un sí, claro, para en pocos segundos dar paso a la voz de Gin.

—¿Sensei? —soltó extrañada —¿Qué sucede?

—¿Recuerdas lo que te escribí la última vez? —preguntó Karasu sin rodeos.

Hubo un momento de silencio antes que la voz de Gin murmurara.

—Sí, lo recuerdo. Lo recuerdo bien.

Karasu asintió con la cabeza, con expresión triste.

—Llegó la hora —anunció sin emoción alguna —Yami–san ya se presentó.

Hubo otro tenso silencio.

—Pero sensei… —musitó la voz de Gin con un tono suplicante.

—Nada de peros —soltó Karasu con ligera impaciencia —Confía en mí una vez más.

Otro silencio.

—De… De acuerdo —la voz de Gin se oía entre desesperada y triste —Lo haré.

Karasu soltó un suspiro.

—Suerte, Gin —deseó sinceramente —Y pase lo que pase, sabes que me tienes a mí, ¿sí?

—Entendido —alcanzó a murmurar la voz de Gin —Gracias, sensei.

Y se oyó el tono que indicaba que había colgado. Karasu se guardó el celular en el bolsillo y echó a andar.

No hacia el sitio del que había venido, sino hacia Akigaoka.

&&&

—¿Qué quería Kin, Gin?

Zukure se le acercó a la pelirroja con amabilidad, pues vio que su expresión era abatida y un tanto desesperada.

—Nada importante —afirmó Gin en un susurro no muy convincente y se retiró a su habitación dejando a Zukure sumamente intrigada.

—¿Quién llamó? —inquirió Wodaka, asomando la cabeza desde la sala.

—Kin —respondió Zukure, intranquila —Llamaba a Gin. Sonaba… algo extraña.

—Sabemos que Kin es extraña —soltó Wodaka con despreocupación.

Zukure negó con la cabeza.

—Algo va a pasar —afirmó —Esta noche. Y no será agradable.

Wodaka, al ver la expresión firme de su prima, se puso seria.

—¿Segura? —le preguntó.

Por toda respuesta, Zukure asintió.

—¡Ya llegué! —anunció Fuj entonces.

—Buenas noches, Fuji–kun —saludó Zukure, sonriendo un poco.

—¿Cómo te fue, niño? —le preguntó Wodaka.

—Bien, gracias —Fuji entró a la casa, con mochila al hombro —Estaré en mi dormitorio.

Y subió la escalera enseguida, dejando a las dos primas con una expresión sombría.

—Tienes razón —consintió Wodaka —El niño está muy raro.

Zukure volvió a asentir.

Fuji, tal como anunció, se fue directo a su habitación, dejando su mochila en su mesa antes de desplomarse en la cama. Tenía algunas tareas qué hacer, pero eso no lo preocupaba en ese momento, sino el encuentro con aquel hombre, Yami.

Le recordaba en cierta forma a los que había tenido con Kokoro y Shimizu, que lo habían tomado totalmente desprevenido. Sin embargo, en los representantes de Afrodita y Poseidón no había sentido, en ningún momento, la sensación de estar entrando a la guarida de un animal salvaje, a una trampa segura. Yami era diferente, claro que lo era: tal parecía que ser el representante de Hades le daba el don de infundir temor en otros, y que además disfrutaba con ello. Con eso y con borrar la memoria de quienes descubrían la maldición del Zodiaco.

Por primera vez, Fuji tuvo miedo de que le borraran la memoria. Con Kokoro y Shimizu, al momento de conocerlos, también sentía eso, pero también una pequeña esperanza de conservar sus recuerdos, cosa que acabó sucediendo. Pero con Yami era distinto. Yami daba la impresión de que no estaba buscando razones para actuar o no, sino que buscaba la oportunidad para hacerlo. Él no analizaría el asunto, no vería si era bueno o malo que Fuji supiera sobre el Zodiaco. Por alguna razón, el chico sabía que sería así.

Unos golpes en su puerta lo sacaron de sus pensamientos.

—Adelante —indicó, sentándose en su cama.

La puerta se abrió para dar paso a Gin. Fuji supo que le pasaba algo en cuanto vio sus ojos, normalmente de un plateado brillante, ligeramente oscurecidos. Así, Gin se veía más idéntica a Mezuki que nunca.

—¿Podemos… podemos hablar? —pidió la joven.

—Sí… claro —Fuji le hizo un gesto para que entrara.

Se sorprendió cuando ella negó con la cabeza.

—Afuera —dijo Gin y su voz sonó a punto de quebrarse —Tiene… tiene que ser afuera.

—De acuerdo —Fuji se puso de pie —Gin–san, ¿te sientes bien?

Pero Gin no le respondió y se adelantó, limitándose a pedirle con un gesto que la siguiera. Él obedeció, no muy seguro de qué pasaba, pero sin saber porqué, en el camino se fue desanudando la corbata amarilla del uniforme, se la quitó y se la guardó en un bolsillo.

Y se quedó estupefacto cuando vio que Gin lo conducía al patio por la puerta de la sala, desierta en aquel momento. Y es que cuando Gin le dijo que tenían que hablar afuera, no se imaginaba que estaba hablando literalmente. Pero la siguió de igual forma, queriendo saber qué era lo que tenía qué decirle.

Gin llegó hasta la cerca del patio, la brincó y esperó de pie a que Fuji la siguiera. El chico lo hizo, más intrigado a cada minuto. Gin, al ver que estaba junto a ella, reanudó su marcha para adentrarse en el bosque que se extendía ante ellos y Fuji no pudo contenerse más.

—Gin–san, ¿qué pasa? —preguntó con notoria preocupación —¿A dónde vamos? ¿Por qué nos alejamos tanto?

Gin siguió caminando en silencio, hasta llegar hasta un punto en el que ya no se distinguía la cerca, mucho menos la casa. Se detuvo en seco, lo que hizo que Fuji casi chocara con ella, pero que al mismo tiempo lo preocupaba más.

—¿Gin–san? —llamó, dudoso —¿Qué pasa? —repitió.

Gin se volvió hacia él, con la cabeza baja y, según pudo notar Fuji, sujetándose un dedo de la mano derecha con la izquierda.

—Tengo… Tengo algo que contarte —comenzó Gin con voz entrecortada, lo que a Fuji no le agradó —Es sobre… sobre la maldición que me toca por ser… la treceava criatura.

—¿Qué? —susurró Fuji, incrédulo.

—Sólo te pido que… que cuando yo te diga, cierres los ojos —rogó Gin.

—Pero… —comenzó Fuji, desconcertado.

—¡Por favor! —exclamó la chica, alzando la vista.

Fue entonces que Fuji pudo verle los ojos al borde del llanto.

—¿Gin–san? —se extrañó —¿Qué sucede?

Gin sacudió la cabeza.

—Por favor… —susurró con abatimiento.

—De… de acuerdo —accedió Fuji quedamente —Lo haré.

Gin asintió con la cabeza y Fuji miró sus manos, que se movían con nerviosismo. Fue entonces que se percató que con la izquierda, se quitaba lentamente algo del dedo corazón de la mano derecha. Era esa argolla de plata que si no le fallaba la memoria, siempre lucía.

Gin no quería hacer aquello, tenía mucho miedo, pero era lo mejor. Según sabía, aquella sería probablemente su única oportunidad. Nunca le había gustado esconderse, ser cobarde, pero eso no la libraba de sentir miedo, como cualquier persona. Lástima que ella no fuera cualquier persona. Ni siquiera entre los miembros del Zodiaco.

Por fin, luego de mucho titubear, se acabó de quitar la argolla, y la apretó fuerte con la mano izquierda, sin soltarla. A continuación, le tendió la mano derecha a Fuji.

—Dame la mano —pidió con voz apenas audible —Y prepárate para cerrar los ojos.

Aún sin comprender, Fuji estiró una mano y estrechó la que Gin le ofrecía.

Contrario a lo que el muchacho esperaba, un torbellino negro envolvió a Gin en cuestión de segundos. Más por pasmo que por otra cosa, la soltó y esperó a que el torbellino se disipara. Ese torbellino le dio un mal presentimiento, uno pésimo. Y la sensación de ver de nuevo los fríos y negros ojos de Yami Hoshi.

—Cierra los ojos —oyó que le decía la voz de Gin, pero sonaba muy distinta. Sonaba silbante, aguda, como si no fuera ella misma.

—Pero… —intentó replicar.

—¡Hazlo! —siseó Gin con impaciencia.

Fuji, atemorizado por cómo se oía la chica, obedeció y cerró fuertemente los ojos. Sintió que poco a poco, el torbellino se disipaba y cuando dejó de sentir aire, estuvo tentado a abrir los ojos, pero eso sería faltar a su promesa. Así que sin saber qué hacer, los mantuvo cerrados, esperando que la joven le hablara.

—Ábrelos —le pidió Gin con aquella voz silbante que no parecía suya.

Fuji asintió y cuando tuvo los ojos abiertos, no pudo creer lo que veía.

No estaba la forma maldita de Gin ante él, aquella en la que se veía como una niña de diez años. Frente a él se encontraba un ser aterrador, algo que ni siquiera parecía humano en ningún sentido. Tenía figura femenina, cierto, pero nada más. El resto era espeluznante.

El cabello corto y rojo de Gin había desaparecido para darle paso a un sinfín de serpientes. Sí, serpientes vivas salían ahora de su cabeza, siseando sin parar y contoneando sus verdosos cuerpos de un lado a otro. La piel morena de Gin también se había esfumado, ahora era un compendio de escamas plateadas que destellaban a la débil luz de la luna que se filtraba por las copas de los árboles. Su ropa, antes consistente en un sencillo vestido rojo de manga larga, ahora era una túnica negra que le llegaba a los pies y que hacía juego con… Con unas alas grandes y macabras que le salían de la espalda, como las de los dragones escupe–fuego de los cuentos de hadas. Pero sus ojos no podían verse y todo porque los tenía cerrados fuertemente. La cabeza la tenía ligeramente inclinada hacia delante, haciendo con eso que las serpientes que tenía ahora por cabellos fijaran sus ojillos, rojos como sangre, en Fuji.

—¿Gin… san? —balbuceó el chico, sin ser capaz de asimilar lo que estaba ante él.

—Esto… esto es lo que me toca —susurró Gin con esa voz que ahora que Fuji notaba, se parecía bastante al siseo de una serpiente. Al hablar, Gin hacía ver afilados colmillos en el interior de su boca y una lengua casi igual a la de las serpientes en su cabeza —La treceava criatura… Al ser maldecidos los hombres… Se rebeló… Y Helios y Selene le dijeron… que a quien le tocara su mismo destino, le tocaría un mayor castigo… Y para eso, le pidieron ayuda a cuanta criatura horrible y malvada encontraron. Y la que respondió… fue Medusa.

MedusaMedusa… Ese nombre se le hacía conocido a Fuji de una de sus recientes lecturas, pero no se acordaba en ese momento de cuál. Aún no podía creer que Gin fuera esa espantosa cosa parada frente a él.

—Medusa… decidió darle su aspecto y habilidad a quien resultara el segundo de Géminis siempre, generación tras generación —continuó Gin —Pero Némesis intervino, ese trato para un mortal no le parecía justo, así que le otorgó a ese maldito… Una forma de estar maldecido como el primero de Géminis. Y esa forma es esto.

Tendió su escamosa mano izquierda, ahora con afiladas garras negras, y le enseñó la argolla de plata que portaba minutos antes.

—Mientras yo use esto, cuando me tomen la mano me convertiré en lo mismo en lo que se convierte Mezuki —contó Gin con voz temblorosa —Pero si no… Si no me convertiré en esto —apretó la argolla en su puño de nuevo, para luego acabar arrojándola al suelo —Y le haré daño a quienes quiero con una mirada… Matándolos… Convirtiéndolos en estatuas…

Con eso, Fuji recordó de golpe. Medusa era una de las Gorgonas, seres mitológicos temidos por todos, que convertían en piedra a cualquiera al mirarlo a los ojos. ¡Eso era! Ahí estaba la razón para que Saragi siempre llamara a Gin Gorgona tonta, ¿pero era razón para que Mezuki la despreciara? ¿Para que los Hoshi en pleno trataran a Gin de mala manera? ¿Para que ni su propia madre la quisiera?

—Papá me quería —musitó Gin, y Fuji pudo ver que de sus ojos cerrados, empezaban a brotar lágrimas —Recuerdo vagamente… que cuando me puso la argolla en el dedo… Lloró. Lloró por mí, por lo que me había tocado. Y yo…yo lo… ¡yo lo maté!

Esa exclamación ahogada congeló a Fuji en su sitio.

—Me quité la argolla solamente un segundo, sólo un segundo, porque me molestaba —Gin cayó inesperadamente de rodillas, sin dejar de llorar —Y papá llegó a donde estaba. Era mi cumpleaños, quería darme un regalo, y me tomó la mano. Entonces, me transformé y…

La muchacha movió la cabeza, haciendo que las serpientes en ella sisearan con cierta molestia. Fuji no podía dejar de contemplarla, con la mente parcialmente en blanco por la historia que estaba oyendo.

—No… no tuvo tiempo de cerrar los ojos —susurró Gin entre sollozos —Ni yo tampoco. Ni siquiera comprendía qué pasaba, nadie me lo dijo nunca. Papá… Papá se transformó en estatua frente a mis ojos, ¡lo maté! ¡Lo maté! ¡Yo lo maté!

El dolor con el que Gin hablaba logró sacar a Fuji de su letargo. Lo hizo tomar conciencia de lo que ella sufría. Y peor, sin merecerlo siquiera. Se hincó frente a ella, sin apartarle la vista, y las serpientes, al ver ese movimiento de su parte, se quedaron rígidas y le clavaron sus rojos ojos.

—¿Qué haces? —le preguntó Gin, con la cabeza inclinada hacia el suelo.

—Gin–san —susurró Fuji, con voz ronca —Gin–san, yo…

Extendió una mano, recogió la argolla de plata, que apenas se veía entre el amarillento pasto, y luego de aferrarla con fuerza, abrazó a la infeliz muchacha.

—No importa —aseguró Fuji, aunque no sabía exactamente porqué lo decía —Gin–san, no importa. Yo… soy tu amigo, ¿recuerdas? A mí… lo que me importa eres tú. No cómo te veas, no lo malo que te haya tocado. Me importas tú.

Gin no pudo evitar abrir los ojos con asombro. Sus ojos, aunque Fuji no lo supiera, permanecían iguales, de un brillante color plateado, e incluso se veían más hermosos que de costumbre, más luminosos. Y de esos ojos seguían brotando lágrimas incontrolables cuando lentamente, con miedo, correspondió al abrazo de Fuji con uno propio.

Fue entonces que el torbellino negro envolvió a Gin de nueva cuenta, pero Fuji no la soltó. Pronto pudo sentir que regresaba a la normalidad, ya sin alas ni escamas ni serpientes en la cabeza, pero seguía llorando. Luego de un titubeo, alzó una mano y se la pasó por el cabello con suavidad, como si consolara a una niña pequeña.

—No importa —repitió, sin saber porqué —Estoy aquí.

Sintió cómo Gin asentía, pero sin dejar de llorar. Se separó suavemente de ella y le tomó el rostro entre las manos.

—¿Me escuchaste, verdad? —quiso asegurarse —Gin–san, hablo en serio. Eso que vi, que aunque no quieras es parte de ti… No me importa. Es la verdad.

Gin se mordió un labio, para levantar la vista. Lo miró con los ojos hinchados, pero del mismo tono plateado de siempre, sin ni una sombra de angustia que los oscureciera. Eso hizo que Fuji sonriera levemente, tomándole la muñeca derecha. Gin no comprendió porqué hasta que vio que le colocaba la argolla de plata en el dedo medio con suma delicadeza. No supo qué decir, salvo volver a llorar.

—No importa —susurró Fuji, estrechándole la mano —Estoy contigo.

Mientras un torbellino la rodeaba, Gin dejó caer la cabeza en el pecho de Fuji, exhausta.

—Gracias —susurró con la voz de su figura de diez años —Gracias, Fuji.

Y se quedó apaciblemente dormida, sin ver la sonrisa enternecida que el chico le dirigía al oírla por primera vez pronunciar su nombre.

Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [14/¿?]
« Respuesta #43 en: Febrero 11, 2011, 07:51:28 pm »
 :wah Awww fuji es un divino ^^
pobre de gin que le tocara esa maldicion pero menos mal que lo tiene a el
y fuji enverdad tiene el don de hacer cambiar a la gente ^^
pero ese del panteon no es que me agrade mucho disque dios de la muerte ke miedo jejeje
me encando bell^^ te quedo muy bueno en verdad eres buena haciendo esto jeje
esperare la conti  :okydocky:


 

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Re:Telaraña [14/¿?]
« Respuesta #44 en: Febrero 11, 2011, 09:37:00 pm »
Bueno, ya me gustó eso de tomarme un post (de vez en cuando) para contestar comentarios. Aparte sirve que charlamos un poco, Daniela (siendo la única que se pasa por aquí estos días, pues Tsukune anda perdido en combate...).

Confieso que cuando hice el capi El secreto de la argolla, fue todo un reto. No acababa de salir como quería, había cosas que según yo iba a sacar después y de hecho, la explicación de la segunda maldición quería que fuera en el capi trece (por eso de que Gin es la treceava criatura). Sin embargo, salió lo que leíste y en su día, tuve varios comentarios parecidos al tuyo, respecto a que la segunda maldición era demasiado cruel. Pues sí, esa era la idea (aunque parezca una malvada diciéndolo), y claro, mostrar que Fuji es un pan de Dios (Bell sonríe enternecida, :kawai: ).

En cuanto a Yami... Vaya, tú sí te fuiste con la imagen de "dios de la muerte" que tiene, :jeje: . Lo que pasa es que lo más destacado de este capi fue lo de Gin, por lo que poca gente me lo había dicho. Más bien se esperaron al capítulo siguiente para darme sus impresiones sobre el representante de Hades (cuando lo saque sabrás por qué) y hubo una fan que decía que le había caído bien (sí, hay Hoshi para todos los gustos). Ya después, conforme avance la historia, verás qué tan bueno o qué tan malo es Yami en realidad.

En fin, me extendí demasiado, pero no sé, quería comentar algo respecto al último capi que saqué. En serio, es uno de mis favoritos (con todo y lo que describo). ¿Será porque salen esos dos? (Bell mira a Fuji y a Gin, que se ponen colorados).

Cuídense mucho, lectores (porque quiero creer que hay más, aparte de Daniela) y nos leemos a la próxima.

P.D. El título del próximo capítulo (para que vean que soy buena): El Amo de los Muertos.

Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [14/¿?]
« Respuesta #45 en: Febrero 12, 2011, 08:50:34 am »
Me agrada mucho que postes para comentar jjajajaj y poder conocerte un poco mas :)
y si pobre de gin, pero creo que eso coloca mas interesante el tema y tambien que fuji enverdad es un buen chico. y con respecto a yami quien sabe como sea. y lo que yo pienso es que las personas siempre tienen su lado bueno aunque nunca lo muestren
y con respecto al siguiente capitulo
 se ve interesante el titulo ¿sera yami el amo de los muertos ? lo veremos en el proximo capitulo jajaja
ahora tsuku-chi se va a sorprender de lo adelantada que vas
« Última modificación: Febrero 12, 2011, 09:11:56 am por Daniela »


 

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Re:Telaraña [15/¿?]
« Respuesta #46 en: Febrero 12, 2011, 07:30:23 pm »
Quince: El Amo de los Muertos.

Fuji tardó varios minutos en regresar a casa, pero no disminuyó el ritmo de sus pasos. Empezaba a hacer frío y parecía que volvería a nevar de un momento a otro, a pesar que la nieve ya se estaba derritiendo un poco en días pasados. En brazos llevaba a la Gin niña, que dormía completamente agotada por los recientes acontecimientos, y el chico esperaba que el clima no le afectara. Al llegar a la cerca del patio, vislumbró una figura parada junto al estanque, con la mirada clavada en su dirección, como si buscara algo. Tardó unos minutos en darse cuenta de quién era.

—Karasu… dono —musitó lentamente, sin poder creerlo.

Karasu, por lo visto, los estaba esperando. Se aproximó a la cerca y luego que Fuji la saltara con cierta dificultad, le extendió una manta y los abrigó a él y a Gin.

—Vamos —invitó, caminando delante de él hacia la puerta de la sala.

Fuji obedeció. Entraron a la sala, donde el silencio reinante decía que ya nadie estaba en esa planta, pero el chico se sorprendió al ver sentada al kotatsu a Zukure, y frente a ella unas tazas de té.

—¡Fuji–kun! —Zukure se puso de pie de un salto —¿Qué pasó?

—Zukure–san, no es el momento —intervino Karasu con su habitual cortesía —Kinokaze–san, si quieres puedo encargarme de Gin ahora…

—No —dijo él con firmeza —Yo… la llevaré a su habitación.

Antes de abandonar la sala, le dirigió una mirada tranquilizadora a Zukure, para luego subir la escalera. En lo alto, con su bata azul con peces bordados, encontró a Saragi.

—¿Fuji–kun? —musitó, extrañada —¿Qué pasó?

—Yo… te contaré luego —logró musitar Fuji, pasando de largo a su lado —Con permiso.

Saragi lo vio ir rumbo al dormitorio de Gin y entrar en él en completo silencio.

—¿Ahora qué haría esa idiota?

La pregunta sorprendió mucho a Saragi. Se dio media vuelta para encontrarse con Mezuki, que lucía una bata gris claro sobre la pijama.

—Mezuki, vete a dormir —pidió Saragi con voz cansina y molesta.

—¿Y a ti qué te pasa? —quiso saber Mezuki —Saragi, haz cambiado.

—Para bien, espero —murmuró la aludida, antes de retirarse a su habitación.

Mezuki hizo una mueca y luego de lanzarle un último vistazo al extremo del pasillo donde estaba la habitación de su gemela, se fue a encerrar a su recámara.

Fuji, en tanto, había logrado acostar a Gin sin despertarla, dejándole la manta que le había entregado Karasu. Gin se acurrucó inconscientemente, haciéndose un ovillo humano bajo la manta, lo que unido a su forma maldita de ese momento, la hacía parecer una niña común y corriente que estuviera muy cansada.

—Buenas noches, Gin–san —susurró Fuji antes de salir del dormitorio.

Por un segundo consideró la idea de irse a dormir él también, pero prefirió bajar para calmar a Zukure, que según él, se había quedado preocupada. Entró a la sala, donde encontró a la chica en compañía de Karasu, bebiendo té en silencio.

—¿Fuji–kun? —llamó Zukure con timidez —¿Estás bien?

Fuji asintió, tomó asiento frente a ambas y suspiró. Zukure le tendió una taza de té.

—Gracias —musitó el muchacho, bebiendo un sorbo.

—Lo lamento mucho, Kinokaze–san.

Esa frase inesperada de boca de Karasu sacó a Fuji de sus pensamientos.

—¿Disculpe? —logró decir.

Zukure, sin decir palabra, sujetó su taza de té, se puso de pie y se retiró. Camino a la cocina, pasó frente a la habitación de Wodaka, y le murmuró a la puerta.

—Ya todo pasó. Creo que será para bien.

Una sombra al otro lado de la puerta se movió y Wodaka asomó la cabeza un segundo.

—¿Segura? —inquirió, dudosa.

Zukure asintió lentamente.

—Ojalá —deseó Wodaka antes de volver a encerrarse en su dormitorio.

Zukure fue a llevar su taza de té a la cocina, y en absoluto silencio, subió la escalera.

Mientras tanto, Karasu tomaba aliento para hablar con Fuji.

—Primero que nada, Kinokaze–san, debo disculparme por lo sucedido esta noche —comenzó la mujer, inclinando la cabeza y cerrando sus negros ojos —Yo… le pedí a Gin que te contara sobre su segunda maldición, a sabiendas de que ella no quería.

—¿Porqué? —preguntó Fuji.

Karasu notó que no se escuchaba molesto, sino genuinamente interesado.

—Esta noche también conociste en persona a Yami–san —le recordó Karasu —Él no se tentará el corazón para borrarte la memoria, en caso de que lo haga, y no era justo que habiéndote hecho amigo de Gin, no supieras todo sobre ella, lo recordaras luego o no. Como puedes imaginarte, Gin nunca ha tenido muchos amigos.

Fuji creyó comprender, pero aún así todo le resultaba muy confuso.

—Gin piensa… que tener amigos no le está permitido —prosiguió Karasu, ahora mirando a Fuji a la cara —Más bien, le han dicho que no vale la pena que haga amigos, pues su vida “libre” terminará pronto. Así que ella, desde siempre, cuando conoce a la gente, la aleja. No quiere ser necesaria para nadie porque luego se irá y los hará sufrir.

—¿Irse? —se sorprendió Fuji, abriendo los ojos exageradamente —¿A dónde?

—No sé exactamente, pero tiene que ver con ese concepto de la vida “libre” que le han dado desde que era pequeña. Para el caso, Gin sabe que ése es su futuro. Así que no se permite acercarse a la gente para no lastimar a nadie. Y para no lastimarse a sí misma.

Se hizo el silencio, durante el cual Karasu bebió el resto de su té en tanto Fuji meditaba todo aquello. ¿Porqué ensañarse con Gin de aquella manera? ¿Qué culpa tenía ella de ser la segunda de Géminis, la treceava criatura del Zodiaco?

—Por lo tanto, esto era necesario —continuó Karasu sin previo aviso —Le dije a Gin que no importando lo que pase después, si actualmente tenía amigos debía ser sincera con ellos. Si esos amigos eran verdaderos, la aceptarían tal y como es, con virtudes y defectos. Kinokaze–san, esto de que vieras su segunda maldición… ¿qué te hizo sentir?

La pregunta lo tomó desprevenido por completo, así que se quedó unos segundos con los ojos fijos en su taza de té, aún a medias, antes de poder dar una respuesta.

—Sentí… —comenzó, pero las palabras se le atoraron en la garganta —Sentí… —lo volvió a intentar, con un poco más de firmeza —Sentí… que no era justo.

Sin que se diera cuenta, Karasu abrió los ojos un poco más que antes, mirándolo con entera atención, en espera a que terminara.

—Una persona… no puede vivir así —Fuji aferró su taza de té, viéndola como si de ella sacara las palabras que pronunciaba —Toda persona, sea como sea… Tiene derecho a ser feliz… Y Gin–san… Ella… No se merece eso.

Tragó saliva, bebió un sorbo de té y continuó.

—No la conozco mucho —admitió de pronto —No sé nada sobre cómo ha vivido, o qué le han enseñado, pero… Gin–san es una persona, ¿no? —levantó la vista de golpe hacia Karasu, quien dio un leve respingo —No importa cómo se vea con esa segunda maldición. En el fondo, sigue siendo una persona. Y merece ser feliz.

Karasu lo miró un momento directo a los ojos, con profundidad. Fuji se sintió de pronto examinado a conciencia, como si Karasu quisiera leer en su mirada todo lo que le pasaba en ese instante por la cabeza. Al cabo de unos segundos, Karasu rompió el contacto.

—Supongo que eres el único que piensa eso —reconoció ella, suspirando —Y si de verdad lo crees, debes demostrarlo.

—¿Qué cosa? —se sorprendió Fuji.

Karasu le sonrió levemente.

—Sonríe —indicó Karasu —Creo que cuando tú sonríes, muchas personas en esta familia se sienten un poco más animados. Y Gin es una de ellas.

Fuji negó con la cabeza, incrédulo.

—No creo que eso sea cierto, Karasu–dono —dijo —No es para tanto.

Karasu negó con resignación.

—Pasando a otro asunto —señaló la mujer, captando la atención de Fuji —Quisiera decirte algo sobre Yami–san.

Fuji se quedó quieto.

—Lo conozco —inició Karasu —Sé cómo es al actuar, cuando le toca hacerlo. A diferencia de Kokoro–san y Shimizu–san, no considera circunstancias atenuantes para dar veredictos. Así que la próxima vez que te encuentres con él, no te dejes amedrentar.

Fuji asintió en silencio.

—Y otra cosa —advirtió al momento de ponerse de pie —No intentes apelar a los buenos sentimientos de Yami–san. Sería en vano, porque los tiene congelados.

Fuji se quedó atónito ante esa afirmación, pero logró asentir a ella.

—Buenas noches —deseó Karasu al dejar la sala —Y no olvides nada de lo que te dije.

Fuji asintió, y cuando por fin escuchó ruido en la puerta principal de la casa, se puso de pie de un salto, subió la escalera y se encerró en su habitación. Ya ahí, buscó entre sus cosas hasta dar con un grueso cuaderno de pastas duras color rojo; lo había comprado el día que Shimizu le dio su veredicto. Sacó de su mochila una pluma, abrió el cuaderno en donde había un largo separador rojo con una pequeña foto en uno de sus bordes y escribió a toda prisa la fecha en la esquina superior externa de una de las hojas, para luego ponerse a redactar.

Hoy fue un día demasiado agitado. Conocí a Hoshi Yami–dono, el representante de Hades en el Panteón, y también… Supe porqué Gin–san usa su argolla de plata… Y todo eso es algo que no pienso olvidar…

&&&

A la mañana siguiente, al llegar a desayunar, Saragi no pudo ocultar su desconcierto al ver a Gin sentada a la mesa del comedor, comiendo tranquilamente y en silencio, y a Fuji a su lado, como siempre, pero igual de callado. Pensando que tendría que ver con lo de la noche anterior, tomó asiento y no hizo comentarios, dirigiéndole una mirada de soslayo a Mezuki, quien parecía dispuesta a hablar en ese instante, cosa que no pudo evitar.

—Gin, ¿puedo hacerte una pregunta?

Gin hizo una mueca, sin apartar su vista de su desayuno.

—¿Qué quieres? —espetó.

—¿Dónde conseguiste esos guantes rojos que llevabas ayer?

Gin compuso otra mueca.

—¿Te importa? —quiso saber, bebiendo un sorbo de leche.

Mezuki hizo un gesto que indicaba que estaba empleando toda su paciencia.

—Sí, porque me gustaron. ¿Dónde los compraste?

—No los compré —respondió Gin poniéndose de pie —Fueron un regalo.

Mezuki se quedó con los ojos muy abiertos por un segundo, antes de echarse a reír.

—¿En serio? —soltó, burlona —¿Pero quién querría hacerte un regalo a ti?

Gin, respirando profundamente con intención de no gritar, levantó sus trastes, los llevó a la cocina y poco después la escucharon marcharse.

—Mezu–chan, empiezo a creer que disfrutas con eso —regañó Zukure.

—Me da igual lo que creas —afirmó Mezuki encogiéndose de hombros.

Repentinamente, Fuji se puso de pie, recogiendo sus cosas.

—Con permiso —dijo con voz seria —Gracias por el desayuno, Zukure–san.

—De nada —respondió la aludida.

Fuji fue a la cocina y de allí lo vieron ir a la puerta principal, para luego oír cómo se iba.

—Vaya, no entiendo nada —masculló Mezuki, levantándose —Mejor me voy a clases.

Y salió del comedor, dejando sus trastes en la mesa. Wodaka suspiró entonces.

—Esta niña va de mal en peor —afirmó en voz baja.

Saragi se marchó entonces, estando completamente de acuerdo con la rubia.

&&&

—¡Gin–san!

Gin escuchó el llamado, pero no detuvo su marcha, solamente disminuyó la velocidad. Al poco rato, Fuji logró alcanzarla en su bicicleta.

—No le harás caso a Mezuki, ¿verdad? —le preguntó de pronto el muchacho.

—No tengo porqué —respondió ella —No es verdad.

Fuji sonrió levemente ante eso.

—Gin–san, ¿tienes algo qué hacer el catorce de febrero?

Gin lo miró un tanto extrañada, pero negó con la cabeza.

—¿Me acompañarías… al Akisora?

Gin dio un respingo. Akisora era el nombre del cementerio de la ciudad.

—¿A qué? —inquirió en un susurro.

—Ah, bueno, es que es el día que fallecieron papá y mamá, y quisiera visitarlos.

Gin casi se detiene al escuchar eso, pero logró seguir avanzando.

—¿No sería mejor… que fueras tú solo? —preguntó.

Vio cómo Fuji negaba con la cabeza.

—No me gusta ir solo a ese lugar —admitió con semblante triste —Sería… como estar otra vez en el funeral.

Gin no comprendió aquello y no pudo preguntar nada, porque entonces Mezuki los alcanzó y soltó como si nada.

—Vamos, vayan más rápido. ¡Se hace tarde!

—No es cierto —dijo tras ella Saragi —Pero sí vayan más aprisa. No puedo creer que ya los haya alcanzado.

Gin aceleró bruscamente, siendo seguida por Fuji. Mezuki le dedicó una mirada ruda a Saragi antes de dejarla atrás, sin ver cómo ésta esbozaba una sonrisa de triunfo.

&&&

Los días pasaron. Enero dio paso a febrero, y el frío seguía sin marcharse de Akiyuri. Las personas iban y venían con abrigos y bufandas puestos, aunque estas prendas ya no eran tan gruesas como las usadas en diciembre. En la primera semana de febrero, mientras Saragi, Mezuki y Gin quedaban a cargo de la limpieza del salón junto con algunos compañeros más, Fuji y sus dos amigos abandonaron el edificio principal. Conversaban sobre la visita al Akisora el catorce de febrero.

—¿Así que irá la loca deportista? —inquirió Nagase, refiriéndose a Gin —¿Y la engreída y la loca mordaz?

—A Saragi–san le comenté ayer y prometió pensarlo —respondió Fuji, pensativo —Y a Mezuki… A ella no le dije. Ese tipo de cosas le dan igual.

—Como todo, en realidad —apuntó Shinto entonces.   

—Sí, la verdad es que me cae mejor la loca deportista que la mordaz —admitió Nagase.

Fuji sonrió levemente, sin evitar estar de acuerdo con su amigo.

—En fin, como decía, seguramente será una buena visita —Nagase esbozó un gesto de alegría —Después de todo, el clima se ha normalizado un poco. No creo que nieve.

—No nevará —aseguró Shinto como si lo supiera con seguridad —Aunque hará frío.

—Kano, tú siempre sientes frío en el cementerio —le recordó Nagase.

—Ah, sí —se acordó el chico de ojos violetas sin mucho ánimo.

—Shin–kun, no tienes qué ir —le dijo Fuji entonces.

Shinto le dedicó una sonrisa.

—No hay problema, estaré bien —afirmó.

Fuji, no muy convencido, asintió.

—Inestable —dijo de pronto Shinto, desviando la vista hacia la entrada principal.

—Pero si las Hoshi están en el salón —le recordó Nagase.

—Allá —Shinto señaló al sitio donde veía.

Fuji y Nagase se giraron, sujetando sus bicicletas por el manubrio, y el primero casi se queda sin aliento. Acababa de ver un auto negro que le era inconfundible.

—Es pariente de las Hoshi, estoy seguro —Shinto inclinó la cabeza hacia un lado, con semblante pensativo —El aura inestable se parece mucho.

—Tal vez venga a buscarlas —aventuró Nagase.

—Yo… voy a ver —se ofreció Fuji de pronto —Después de todo, vivo con ellas, ¿no? Tal vez sea uno de los primos que me presentaron en vacaciones.

Nagase y Shinto apenas tuvieron tiempo de soltar un “¡Ah!” de leve asombro cuando Fuji ya estaba saliendo de la preparatoria, montado en su bicicleta. Se detuvo a unos pasos del auto, respirando entrecortadamente.

—¿Es… es usted, Hoshi–dono? —inquirió a media voz.

—Buenas tardes, Kinokaze —saludó la voz ronca y fría de Yami Hoshi desde el asiento posterior del auto, al abrirse la ventanilla —Sígueme en tu bicicleta. Tenemos algo pendiente.

La ventanilla se cerró y el auto arrancó, y Fuji, sintiendo que había llegado la hora de la verdad, adoptó una expresión seria y lo siguió.

Justo cuando se perdía de vista, las Hoshi salieron. Gin distinguió a Nagase y Shinto, que seguían junto al área de bicicletas un tanto impresionados, y los abordó.

—¿No estaba Fuji con ustedes? —les preguntó.

—El del aura oscura volvió —fue todo lo que dijo Shinto antes de volverse hacia Nagase —¿Nos vamos?

Nagase dio un respingo, asintió y montando su motocicleta, arrancó. Shinto se quedó atrás porque Gin lo detuvo con una pregunta.

—¿Y para dónde se fue?

Shinto le señaló una dirección y Gin, haciendo un vago gesto de agradecimiento con la cabeza, se ajustó sin darse cuenta sus guantes rojos y emprendió el camino.

&&&

Fuji no pudo evitar darse cuenta que Yami era opuesto por completo a los otros miembros del Panteón a los que había conocido. Siguió al auto negro hasta un parque cercano, en aquel momento sin ningún visitante, para ver cómo Yami descendía de su auto con total tranquilidad. El hombre, vistiendo de negro como cuando lo conoció, se colocó unos lentes oscuros ante los ojos y movió la cabeza con desdén cuando lo vio llegar.

—Eres algo lento —soltó, estando Fuji a unos metros de distancia —Vamos, que no tengo todo el día.

Fuji asintió vagamente, y fue a un árbol cercano a encadenar su bicicleta.

—Tengo una pregunta para ti —dijo de pronto Yami al tener a Fuji junto a él —¿Hay algo en este mundo que te asuste?

Fuji lo miró con desconfianza.

—Todo mundo le tiene miedo a algo —aseguró en voz baja —Incluso el que dice que no lo siente. No soy la excepción, Hoshi–dono.

Había hablado con tal firmeza que Yami no pudo menos que observarlo con curiosidad.

—Vaya, una respuesta sensata —admitió, sonriendo con ironía —Ahora dime, ¿qué sabes de la treceava criatura del Zodiaco?

Fuji no pudo evitar un gesto de sorpresa.

—¿Se refiere a Gin–san? —inquirió.

—No la trates así —ordenó Yami con severidad —Ella no merece tanta consideración.

—¡Sí, sí la merece! —soltó Fuji sin poder evitarlo —¡Es mi amiga!

Yami acentuó su sonrisa irónica.

—¿Amiga? —dijo, quitándose los lentes oscuros lentamente y a punto de echarse a reír —¿Consideras a esa monstruosidad como una amiga? ¡No me hagas reír!

—Ella no es una monstruosidad —masculló Fuji, enfadándose.

—Sí, sí lo es —aseveró Yami, ya sin sonreír y con una expresión de lo más sombría. Fuji volvió a sentir escalofríos al verlo a los ojos, negros como tinta —¿Acaso no sabes cómo se ve con su segunda maldición?

—Claro que lo sé —respondió Fuji sin bajar la mirada, recordando las palabras de Karasu: … no te dejes amedrentar…

Yami lo miró con incredulidad.

—¿La has visto? —susurró —¿Y cómo es que sigues vivo?

—Porque ella no es un monstruo.

Aquella afirmación no hizo más que desconcertar a Yami.

—Lo que dices no tiene sentido, Kinokaze —espetó.

Fuji negó con la cabeza.

—Las personas no tienen que ser necesariamente como aparentan —aseveró con gravedad —Hay que… conocerlas para decir que son buenas o malas. Papá decía… que las apariencias engañan, sobre todo cuando se trata de la gente. Que hay que observarlas de cerca para descubrir su verdadera naturaleza. Y eso bien podría aplicarse a usted.

Yami frunció el ceño de manera amenazante.

—¿Estás diciendo que no soy como me veo? —inquirió.

—Solamente digo que habría que conocerlo para comprenderlo —respondió Fuji.

Ambos se miraron en silencio algunos segundos. Luego, sorpresivamente, Yami rió.

—¡Vaya, nunca creí que existiría alguien que me hiciera frente! —comentó, sonriendo. De pronto, a Fuji no le pareció tan intimidante como antes, aunque esa sensación de temor que le provocaba seguía ahí —¿Sabes qué, muchacho? Me dan ganas de no actuar, en serio. Nada más para ver con qué me saldrás en la siguiente charla.

Fuji lo miró con asombro y desconfianza.

—Además, eres el primero que conozco que cuando ve la segunda maldición de Gin, no sale huyendo —continuó, un poco más calmado —Y claro, que sigue vivo.

Fuji no hizo comentarios al respecto.

—Supongo que tendré que reportar esto a los jefes. Sí, no actuaré.

Al escuchar eso, Fuji no pudo reprimir una sonrisa.

—¿Habla en serio? —quiso saber.

Yami suspiró y siguió sonriendo. Y esa sonrisa, entre triste y sincera, por algún extraño motivo, le recordaba a…

—¡Fuji! —oyó que lo llamaban.

El chico se volvió al reconocer la voz y sonrió. Yami no pudo evitar hacer una mueca de ligera resignación al distinguir a una sofocada chica pelirroja de uniforme verde oscuro, corbata amarilla y patines, protecciones y guantes rojos, que llegaba en aquel momento.

—¡Gin–san! —saludó Fuji, encantado —¿Adivina qué? ¡No me borrarán la memoria!

Gin, luego de recuperar el aliento, se frotó un poco las manos, nerviosa de estar ante Yami, y se giró hacia Fuji, maravillada.

—¿Estás bromeando, no? —soltó cuando por fin pudo hablar.

Fuji negó con la cabeza, lo que hizo que Gin mirara de reojo a Yami. Éste, al notarlo, estiró una mano hacia ella, enfundada en un guante negro de cuero con botones plateados, y Gin al ver eso, cerró los ojos, temiendo algo de su parte. Su sorpresa fue mayúscula cuando sintió que le pasaba la mano por la cabeza, como si le acariciara el cabello.

—Si te digo algo, ¿prometes no delatarme con Hitomi? —le susurró Yami.

Gin, entreabriendo un ojo, miró a Yami y notó que hablaba en serio. Asintió lentamente.

—Tetsuya estaría orgulloso de su niña —afirmó Yami, retirándole la mano de la cabeza —Ahora, finjamos que no fui amable contigo —pidió, firme —Se supone que va contra las reglas.

Gin volvió a asentir.

—Nos veremos, creo —Yami se dio la vuelta, agitó una mano en señal de despedida y agregó —¡Casi lo olvido! Perdí mi derecho de intervención con esto, así que… Ahora les tocará a los jefes.

Fuji no comprendió, pero Gin sí y pudo ver su cara llenarse de pánico.

—Van a tardarse, tuvieron que viajar a Harusumi por negocios, así que… Diles a las demás que estén alertas, Gin, ¿quieres?

La pelirroja, sin abandonar su expresión asustada, asintió.

Yami asintió a su vez, subió a su auto y se marchó.

Me alegra que Hoshi–dono no me borrara la memoria, pero… Esos jefes que mencionó no me dan buena espina. Y además, parece que su sola mención aterra a Gin–san. Quisiera… que se le pasara el susto, pero… ¿cómo?

—Ahora les toca a ellos —susurró Gin, con la mirada perdida —Genial —renegó.

—Gin–san… —la llamó Fuji tímidamente.

Gin lo miró con confusión, como si no recordara que estaba allí.

—Tenemos que volver a casa —indicó Fuji de repente, a la vez que se le ocurría una idea —Hoy me toca cocinar. Pero antes… ¿me acompañas de compras?

—¿De compras? —se extrañó Gin, y Fuji notó con alivio que su expresión de pánico se había desvanecido por completo —¿A dónde?

—Tú sígueme y verás —Fuji fue a desencadenar su bicicleta —¡Anda, vamos!

A Gin no le quedó de otra más que acceder, sin saber que en su auto, Yami hacía una llamada de larga distancia por su celular.

—Ya está —decía, yendo rumbo a la Casa Grande de la familia Hoshi —¿Podrías avisarles, Inuko, por favor? Estarán complacidos.

—Pierda cuidado, Yami–dono —le respondió una voz de chica inexpresiva al otro lado de la línea —Le pasaré su recado a los señores. Que tengo buena tarde.

—Gracias —Yami colgó y se reclinó en el respaldo del auto, soltando un breve suspiro —Cumplí con no actuar, pero me pregunto cuál será la consecuencia de esto. Tetsuya, espero que un día puedas perdonarme.

Volvió a suspirar y acto seguido, le pidió a su chofer que cambiara de rumbo hacia su oficina, en el centro de la ciudad. No tenía ganas de encerrarse en la Casa Grande precisamente ese día.

&&&

—¡Ya llegamos!

Wodaka salió de su dormitorio al escuchar esa frase de Fuji.

—Ya era hora —soltó sin más —Tengo hambre, niño. ¿A dónde fueron Gin y tú?

Fuji le señaló por toda respuesta una caja que Gin había dejado en la mesa del recibidor para poder quitarse los patines.

—Fuimos a comprar un postre para hoy —respondió el chico, encaminándose a la cocina —¡Es un día genial! —exclamó por lo bajo, antes de atravesar la puerta de la cocina.

—¿Y a éste qué le pasa? —se extrañó Wodaka, para luego mirar a Gin —¿Tú sabes?

—Yami–dono charló con él —fue todo lo que Gin dijo antes de tomar la caja de la mesa y alcanzar a Fuji en la cocina.

—¿Yami–dono? —Wodaka abrió los ojos con sorpresa —¿Y salió bien librado?

Gin asintió antes de entrar a la cocina.

—¿Ya llegó Fuji–kun? —preguntó entonces Saragi desde la escalera.

—Ajá, y no vas a creer esto —Wodaka arqueó las cejas, pasmada —Habló con Yami–dono y está feliz.

Saragi imitó el gesto de su prima.

—No es para menos —opinó —Aún nos recuerda.

—¿De qué hablan? —quiso saber Mezuki, bajando en ese momento.

—De que aún tenemos niño para rato —comentó Wodaka, para luego echarse a reír y dirigirse a Saragi —Imagínate, ¡compró un postre! Debe estar muy contento.

Saragi sonrió y eso extrañó más a Mezuki.

—¿Qué pasa? —inquirió.

Saragi le dedicó un gesto de triunfo.

—Lo que tú querías no se realizó —le susurró con arrogancia —Yami–dono no actuó.

La noticia enfadó mucho a Mezuki, pero aún más ver cómo Fuji, al terminar de comer tiempo después, sonriera como si nada y les repartiera rebanadas de pastel con entusiasmo.

Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [15/¿?]
« Respuesta #47 en: Febrero 12, 2011, 09:38:31 pm »
yami no actuo y eso es inquietante sera que esta planeando algo ¿que sera?
hay quiero ver un momento romantico entre gin y fuji ajajja  :wah
jaja que romantica ^^ me encanto el capitulo
espero a conti...
me gusto mucho
bell Gracias ^^


 

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Re:Telaraña [15/¿?]
« Respuesta #48 en: Febrero 12, 2011, 11:33:08 pm »
Ah, mi estimada Daniela, que Yami no actuara no es porque él planeé algo, sino porque se lo mandaron. Así que en próximos capítulos sabrás qué onda.

En cuanto a Fuji y Gin... No sé si el siguiente capi complirá con tus espectativas. Como acabas de leer, hablan del catorce de febrero y este año, por pura coincidencia, se acerca ese día. Así que si me esperas hasta el lunes (horario de México), leerás qué sucede en esa fecha con nuestros estimados personajes. Sirve que en esta pequeña pausa algún otro lector se anima a comentar, ¿no?

Y se me olvidaba... O quizá no, porque temo que hagan trampa (Bell se aclara la garganta): Telaraña no es novedad para mí en otras páginas de fics. De hecho, la historia estoy por concluirla (Bell se sonroja con cierto orgullo). Esa es la razón por la cual puedo actualizar aquí tan aprisa y claro, puedo adelantar los títulos de los capítulos. Espero que me tengan paciencia, porque espero tener pronto el fic al corriente aquí, en el foro.

Bueno, ya, me dejo de palabrería. Cuídate mucho y nos leemos el lunes.

P.D. Ya me gustó eso de dar el título del siguiente capi, para que se vaya especulando de qué se tratará. Se ambientará en el catorce de febrero, pero ¿qué creen? Se titula Al cementerio.

Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [15/¿?]
« Respuesta #49 en: Febrero 13, 2011, 11:16:54 am »
entonces que estaran tramando los mayores? jajaj
estare esperando la continuacion bell Gracias  :becho:


 

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Re:Telaraña [16/¿?]
« Respuesta #50 en: Febrero 14, 2011, 02:04:11 pm »
Dieciséis: Al cementerio.

En Akiai, el día de San Valentín se tomaba muy en serio. Bueno, más bien los alumnos, fueran chicos o chicas, se lo tomaban muy en serio.

—¡Fu–chan!

Esa exclamación, a la hora del almuerzo, se escuchó por toda la preparatoria, y le puso los pelos de punta a una persona en particular.

—Díganme que estoy soñando —susurró Fuji en tono suplicante, comiendo ese día en la cafetería de la escuela pues estaba nevando.

—Estás soñando —dijo Shinto en ese instante, con su voz seria y misteriosa.

—Kano, no lo mortifiques —pidió Nagase, haciendo una mueca de fastidio —¿En serio será esa desquiciada? ¡Creí que nos habíamos librado de ella!

—¿De quién, eh? —inquirió Gin, que se sentaba frente a Shinto y Nagase, junto a Fuji.

—Yo he escuchado esa voz antes —pensó Saragi, sentada al otro lado de Fuji, con el ceño fruncido —Creo que durante el festival…

No terminó su frase porque entonces, una cascada de cabello oscuro impidió ver a Fuji por unos instantes.

—¡Fu–chan, me alegra mucho verte! —exclamó una voz de chica, con un tono entre alegre y provocativo —Mira si soy despistada, no sabía que habías entrado a Akiai…

Pronto, Gin y Saragi sintieron antipatía por quien quiera que fuera esa chica, que le hablaba con tanta familiaridad a Fuji. Pero las dos se dieron cuenta, con sorpresa, que Nagase y Shinto tenían caras de fastidio y que además, todos los chicos a su alrededor veían a su mesa con inconfundible interés.

Cuando la inesperada visitante se incorporó un poco, pudo verse con atención su aspecto. Era una chica alta, muy atractiva, de largo cabello castaño oscuro y ojos azules, con una piel muy blanca. Les sonrió a Nagase y Shinto con una mezcla entre alegría y desdén.

—Ah, ustedes también entraron —comentó —¿Y cómo les va, Haraki–kun y Kano–kun?

Se notó enseguida que solamente los trataba con algo de consideración por Fuji, al que por cierto, tenía sujeto del cuello sin querer soltarlo.

—Nos iba de maravilla hasta que llegaste, Soho —espetó Nagase.

La chica, haciendo un mohín de hastío, le retiró la mirada.

—Fu–chan, ¿y qué has hecho? —le preguntó a Fuji —Fui a visitarte en cuanto regresé de Fuyutani, pero me encontré con que la casa está en venta, ¿qué sucedió?

Fuji suspiró con cierto cansancio, ladeando la cabeza.

—¿Podrías soltarlo, para que pueda hablar? —pidió Nagase de mala manera.

La chica, haciendo una mueca infantil de disgusto, obedeció.

—Gracias, Soho–san —musitó Fuji, respirando profundamente.

—Ay, sigues siendo muy formal —se quejó la chica —Te dije desde hace mucho que puedes llamarme por mi nombre. Soy Suzume, ¿recuerdas?

Fuji asintió, intimidado.

—Como sea, vine a darte algo —le dijo Suzume.

La joven se sacó una cajita envuelta en papel verde de un bolsillo de la falda y se lo tendió a Fuji, quien se quedó sumamente sorprendido.

—¡Feliz San Valentín! —exclamó Suzume, sonriente —¡Y feliz…!

—Tu aura se ve débil hoy, Soho–san —soltó de pronto Shinto.

Suzume se estremeció visiblemente, miró a Shinto por un segundo y enseguida, se fue.

—Se me olvidaba que eso siempre la asusta —Nagase respiró aliviado —Gracias, Kano.

Shinto asintió, sonriendo levemente con satisfacción.

—¿Y quién era esa loca? —preguntó Gin con cierta molestia.

—Ah, ella es Soho Suzume, una vieja compañera de secundaria —respondió Shinto con aire pensativo —En mi opinión, la persona más simple que existe. Su aura nunca da sorpresas.

Ese comentario provocó un silencio sepulcral en la mesa durante varios segundos.

—Bueno, lo que pasa es que ella es… ¿Cómo decirlo? Una plasta —soltó llanamente Nagase —No hay otra forma de describirla. En cuanto conoció a Fuji, lo siguió a donde quiera que iba. Era una verdadera plaga.

Fuji inclinó la cabeza, apenado.

—Aunque lo que hizo el último día de clases de segundo año fue divertido —recordó Nagase de pronto, sonriendo con malicia —Se subió al escritorio del profesor cuando todos ya nos íbamos y luego de anunciar con lágrimas en los ojos que se mudaba a Fuyutani, gritó que nunca olvidaría al amor de su vida…

—Naga–kun, deja eso, ¿quieres? —le pidió Fuji, un tanto sonrojado.

—De acuerdo, Fuji, pero admite que fue gracioso —pidió Nagase.

—Claro, como no hablaba de ti… —ironizó Fuji.

Saragi y Gin lo miraron con extrañeza. Era la primera vez que oían hablar así a Fuji.

—Como sea, que la veamos aquí solamente significa una cosa —señaló Shinto —Hay que cuidar a Fuji, Nagase.

—Exacto, hay que protegerlo de esa desquiciada —Nagase asintió con preocupación fingida y estirando un brazo encima de la mesa, revolvió el cabello de Fuji —O no resistirá la preparatoria.

—¿Tan mala es Soho? —se asombró Saragi.

—Nunca dijimos que fuera mala —corrigió Shinto —Solamente está obsesionada.

Eso volvió a provocar silencio en la mesa.

—Por cierto, Fuji, ¿qué te dio? —quiso saber Nagase.

Fuji dio un leve respingo, tomó la cajita verde y la abrió. En su interior, encontró un chocolate en forma de corazón.

—Es… un chocolate de San Valentín —musitó, mirándolo con aprensión.

—¿No vas a comértelo? —preguntó Shinto —Se ve sabroso.

Fuji lo apartó de sí.

—No, gracias —murmuró un tanto asustado —Conociendo a Soho–san, si lo hizo a mano le pondría algo extraño. ¿Recuerdan que hizo que la mitad de la clase se enfermara del estómago en primer año al cocinarnos curry?

—Ah, sí, yo lo recuerdo —Shinto tomó el chocolate, lo mordió, lo saboreó y luego hizo una mueca de asco que en él, resultaba demasiado extraña —Tiene sal.

Un tercer silencio se apoderó de la mesa, junto con una mueca colectiva.

—¡Qué asco! —se atrevió a soltar Gin —¿Cómo se le ocurre ponerle sal al chocolate? ¡Es el dulce por excelencia!

Nagase y Shinto miraron a la pelirroja por un instante, para luego verse uno al otro.

—No creímos que fueras algo normal —le dijo Nagase.

Gin le dedicó una mueca de enfado y siguió comiendo.

—Pasando a otro asunto… —Shinto miró a Fuji —¿Todo listo para lo de esta tarde?

—¿Qué? ¡Ah, sí! —Fuji sonrió con un poco de pena, a modo de disculpa por su despiste —Será una buena visita al Akisora.

—Por cierto, Fuji, ¿no quieres que llevemos…? —dijo Nagase justo cuando el timbre sonaba, indicando el final del almuerzo. Fuji no lo escuchaba, estaba ocupado en recoger sus cosas —Ya qué —suspiró el rubio —De todas formas, va a decir que no, ¿cierto, Kano?

Shinto observó a Fuji, concentrado en lo que hacía, y asintió.

&&&

Ya librados de toda obligación escolar, Fuji, sus dos amigos, Gin y Saragi salieron de la preparatoria con rumbo al sur de la ciudad. Iban en silencio y no era para menos. No iban a realizar una visita social.

El cementerio Akisora era un sitio tranquilo y acogedor, a pesar de ser lo que era. Las tumbas, en su mayoría blancas, se esparcían con orden y gracia por el lugar, entre pasillos perfectamente delimitados. Había algunos árboles, pero casi todos se ubicaban en la pequeña avenida principal del cementerio, y eran de las más diversas especies.

—Por aquí —indicó Fuji, llegando a una desviación —Sí, creo que es por aquí…

Él avanzaba por delante, observando con atención las tumbas para orientarse. Nagase y Shinto lo seguían de cerca, cada uno cargando una bolsa de papel. En la retaguardia, Saragi y Gin veían cómo el entorno se volvía más y más silencioso a medida que se alejaban de la entrada principal del cementerio, ubicada en una importante avenida de Akiyuri.

—¡Ah, ahí está! —exclamó Fuji en voz baja, adelantándose unos pasos —Y parece que ya vino la abuela —comentó.

Los demás vieron la tumba a la que se dirigía Fuji, totalmente limpia. El letrero decía claramente que era la última morada del matrimonio Kinokaze, y tenía algunos dangos en una caja de tapa transparente a modo de ofrenda.

—La abuela sabía que el dango le gustaba a mamá —comentó Fuji, sonriendo con cierta melancolía —Veamos, traigo algunas flores, así que…

Fuji se arrodilló ante la tumba, esbozando una sonrisa, y sus dos amigos lo imitaron.

—Fuji, ¿y por qué no vienen familiares de tu padre? —preguntó de pronto Nagase.

Fuji inclinó la cabeza, pensativo.

—Bueno, porque… —titubeó, para luego negar con la cabeza —No, nada. ¿Me ayudan con las flores, por favor?

—Lirios —musitó Shinto, pensativo —¿Porqué lirios, Fuji?

—Bueno, eran sus flores favoritas —el aludido sonrió un poco —Y para variar, les gustaban rojos. En fin, las pondremos así y…

Los tres chicos pasaron un rato distribuyendo las flores por la tumba, para que al terminar, resultara con un poco de color. Luego Nagase se aclaró la garganta.

—Fuji, sé que no te gustará la idea, pero… —dudó, y luego le tendió la bolsa de papel que llevaba —Te trajimos regalos.

Fuji miró a su amigo con el ceño fruncido.

—Sabes lo que pienso de esto —le dijo con un deje de dureza.

Saragi y Gin prestaron atención a la conversación, interesadas. Era todo un suceso escuchar a Fuji hablar en ese tono.

—Sí, y es ridículo —intervino Shinto, tendiéndole su propia bolsa —Así que olvida lo pasado, toma tus regalos, despídete de tus padres y vámonos a celebrar.

—¿Y lo dices tan fácil? —espetó Fuji de pronto, tan bruscamente que sus amigos y las chicas dieron un respingo —Shin–kun, no me digas que me vaya a celebrar cuando sabes lo que este día me representa —pidió en voz baja, como arrepentido.

Shinto negó con la cabeza, para luego observar a Nagase.

—En ese caso, querrás que nos fuéramos —sugirió.

—¡Yo no dije eso! —exclamó Fuji, sorprendido —Es sólo que…

—Nada, a Kumiko–san y Kenji–san les daría gusto por ti —lo cortó Nagase —Después de todo, ¿cómo pasaban ellos este día, eh? Pues celebrando. Decían que era el mejor día del año solamente porque naciste en él.

Gin y Saragi intercambiaron miradas de asombro. ¿Qué estaba queriendo decir Nagase con eso? ¿Acaso ese día… era cumpleaños de Fuji?

—No importa —aseguró Fuji, dándoles la espalda —Ellos ya no están aquí.

—¡Ah, como quieras! —se hartó Nagase, dejando caer su bolsa de papel —Cuando cambies de idea sobre esto, me llamas. Vamos, Kano —llamó y se retiró visiblemente molesto.

—Lo siento, Fuji, pero esta vez, Nagase tiene razón —dijo Shinto, con semblante triste, y luego de dejar su bolsa de papel en el suelo, se volvió hacia las chicas —Vámonos —indicó.

Las chicas titubearon, pues no les parecía correcto dejar a Fuji allí, solo, pero Saragi, luego de una observación rápida, concordó en que no valía la pena quedarse. Siguió a Shinto fuera del cementerio, con la cabeza baja, y fue al llegar a la puerta principal que tanto ella como los otros dos se dieron cuenta de algo.

—¿Y la loca deportista? —quiso saber Nagase.

Gin se había quedado atrás.

&&&

—¿Es tu cumpleaños?

Habían pasado tantos minutos y estaba tan ensimismado, que la pregunta tomó a Fuji por sorpresa. Además, creía que lo habían dejado solo.

—¿Qué? —soltó, dándose la vuelta.

Gin seguía ahí, de pie, y al parecer sin intención de ir a ninguna parte.

—Te hice una pregunta —insistió ella —¿Es tu cumpleaños?

Fuji, desviando la vista, asintió.

—¿Porqué no nos lo dijiste? —inquirió la pelirroja, en tono ofendido.

El chico negó con la cabeza.

—Para mí, eso ya no es importante —musitó.

Gin hizo una mueca.

 —¿Porqué? —quiso saber.

A Fuji la pregunta le removió viejos recuerdos, pero no estaba dispuesto a ceder.

—Nada importante —afirmó, no muy seguro.

—Al menos podrías decírmelo a la cara.

El joven se giró para encontrarse con la plateada mirada de Gin fija en él. Parecía tener curiosidad por el asunto, pero también… ¿estaba preocupada? Suspiró, rendido.

—El año pasado, llegué tarde a casa —contó, arrodillándose y con los ojos fijos en la tumba, en uno de los lirios rojos que había llevado —Mis padres me dijeron que llegara a tiempo, porque querían celebrar mi cumpleaños antes de irse a una comida de negocios a los que los habían llamado de emergencia, pero me retrasé porque tuvimos un examen sorpresa y fui el último en acabar —respiró profundamente y continuó —Corrí a casa, esperando hallarlos, pero todo lo que había era un pastel, un regalo y una nota que decía que por la noche iríamos a cenar fuera, para celebrar. Sí, eso íbamos a hacer —recordó, con un nudo en la garganta —La policía dice que mamá iba a exceso de velocidad, pero que eso no fue la causa para que acabara contra ese muro de contención. Según las averiguaciones, algo se le atravesó en la calle y por eso tuvo que dar un viraje inesperado. El auto quedó inservible.

Tomó aire de nueva cuenta antes de proseguir.

—Mamá solamente conducía a exceso de velocidad cuando tenía mucha prisa —contó, sintiendo que la garganta cada vez le molestaba más —O eso decía papá. Así que… Pienso que iba apurada porque salieron tarde de casa, por esperarme. Aunque claro, hubiera sido mejor que no lo hicieran. No para lo que pasó y para lo que me esperaba en el funeral…

Una lágrima rebelde se le escapó al muchacho, pero él no hizo nada por evitarlo.

—Tuve que arreglarlo todo solo, nada más la abuela me acompañó. Y al llegar aquí… Al llegar aquí la abuela no resistió y se fue a casa, con tío Kazuo y su familia. Así que en el resto del funeral, el único que despidió a papá y mamá fui yo.

Gin comprendió entonces porqué Fuji no quería visitar a solas el Akisora. Se acercó un par de pasos y se arrodilló a su lado.

—Eso sí importa —murmuró con serenidad.

Fuji la miró con sorpresa, pero Gin no lo notó. Estaba mirando la tumba, en donde decía el apellido Kinokaze.

—Si yo muriera ahora… Quisiera que me despidieran aquellos a quienes más quise —susurró la chica, más para sí misma que para Fuji, que la escuchaba con atención —Y aquellos a quienes yo quise. Si yo muriera ahora… No vendrían a despedirme muchas personas, lo sé, pero las que estuvieran presentes, serían las que valen la pena. Y serían… serían aquellas a quienes cuidaría donde quiera que estuviera.

Gin bajó la vista, con semblante triste.

—Y si yo muriera de repente… —soltó de improviso —No querría que alguien a quien yo quise se quedara estancado en el dolor. Querría… querría que siguiera adelante. Que siguiera viviendo. Que siguiera… siendo feliz.

Fuji notó que ella parecía a punto de llorar y le pasó un brazo por los hombros.

—Gracias —susurró.

A Gin el gesto la tomó por sorpresa, haciéndola ruborizarse, pero no se apartó.

No pudo hacerlo, pues sin razón aparente, así dejaba de sentir frío.

&&&

Nagase acababa de entrara a su hogar, un departamento diminuto si se tiene en cuenta que viven en él seis personas (él, sus cuatro hermanas y su madre) cuando el teléfono sonó. Tan enojado se sentía por lo ocurrido en el Akisora que dejó que la máquina contestara la llamada, pero se sorprendió al oír quién era.

—Buenas tardes, Naga–kun. Estoy estrenando el regalo de parte de Shin–kun y la abuela, así que escucha: solamente quiero…

Nagase se precipitó hacia el teléfono, incrédulo.

—¿Fuji? —soltó, conteniéndose de gritar —¿En serio eres tú?

—¿Naga–kun? —le respondió Fuji al otro lado de la línea —Sí, soy yo. Pero creí que no estabas, como la llamada la recibió la contestadora…

—Acabo de llegar —dijo Nagase sin más —¿Qué decías? ¿Estás estrenando el regalo de Kano y tu abuela?

—¿Eh? ¡Ah, sí, eso hago! —el rubio sonrió sutilmente al oír a Fuji hablar con su tono alegre de siempre —La verdad no me lo esperaba, pero este regalo resultó muy útil. Te decía, Naga–kun, que sólo quiero darte las gracias. Tu regalo también es genial.

—¿Lo abriste? —se asombró Nagase.

—Sí, lo abrí —asintió Fuji con voz algo cansina —Muchas gracias. ¿Te importa que pase a tu casa más tarde? Quiero darte algo por San Valentín.

—Espero que no sea un chocolate al estilo de Soho —bromeó Nagase.

Fuji se echó a reír.

—No, yo sí sé cocinar —apuntó Fuji, ya calmado —Nos veremos después.

Colgó y Nagase hizo lo mismo. Fue a cambiarse rápidamente y luego, a hacer la limpieza en compañía de sus hermanas, de mucho mejor humor que antes.

&&&

Fuji regresó a casa exhausto, seguido por una Gin bastante pensativa. Ya era de noche, pero había avisado que llegaría tarde, así que no tenía de qué preocuparse… O eso creía.

—¡Kinokaze–san! —oyó que alguien lo saludaba con energía.

—Ay, no —fue todo lo que dijo Gin.

Por el pasillo, se acercaba Fumihi, bastante sonriente por cierto.

—¡Feliz San Valentín! —deseó Fumihi, sonriendo ampliamente, para luego ver de reojo a la pelirroja, que se quitaba los patines, y comentar —No sabía que estuvieras con Gin, Kinokaze–san, ¿acaso tuvieron una cita?

—¡Cómo se te ocurre! —exclamó Gin, con la cara roja y mueca de enfado.

—Eh… no, no tuvimos una cita, Fumihi–san —respondió Fuji entrecortadamente —Gin–san me acompañó a casa de unos amigos, es todo.

—¡Tengo algo para ti! —por lo visto, Fumihi apenas le había prestado atención a la explicación del chico, tendiéndole una mano, donde sostenía una cajita marrón adornada con un moño amarillo —¡Un chocolate!

Fuji sonrió, agradeciendo el chocolate. Y tomó la caja, sujetando la mano de Fumihi en el proceso, con lo que causó que un torbellino de fuego la rodeara.

—¡Fumihi–san! —exclamó Fuji, alarmado.

—¡Genial, sabía que caerías! —dijo la voz de Fumihi del interior del torbellino de fuego, a punto de echarse a reír —Quería darte la mano y lo conseguí.

Cuando el fuego se disipó, Fuji vio entre maravillado y algo asustado a la criatura en la que se había transformado Fumihi: una de pelaje castaño claro, con una larga cola que terminaba en un mechón castaño oscuro y la cabeza cubierta por una escasa melena oscura y esponjada. Sus ojos, ahora de pupilas rasgadas, le daban un aire misterioso.

—¿Es… una leona? —inquirió Fuji, aún impresionado.

—¡Exacto! —Fumihi retozó un poco frente a él con alegría —Soy Leo.

Fuji asintió, comprendiendo. Leo era el signo del León, pero siendo Fumihi mujer, era obvia su transformación en leona.

—Vaya, te saliste con la tuya, leona eufórica —le espetó Gin, mirándola atentamente.

—Sí, tengo que reconocerlo —Fumihi hizo un intento de sonrisa con su felina cara, lo que se vio algo extraño —No importa, quería que Kinokaze–san supiera mi signo, ¿no te molesta, verdad? —le preguntó a Fuji.

—¿Qué? ¡No, claro que no! —Fuji le sonrió —A decir verdad, tenía curiosidad.

Fumihi dio un par de saltos de entusiasmo frente a ellos.

—Entonces, vamos a cenar —invitó, yendo rumbo al comedor —Zuku–chan preparó algo delicioso, ¿no tienen hambre?

Ambos asintieron y la siguieron. Fuji, antes de entrar al comedor, le dirigió la vista a las bolsas de papel que había dejado en la mesa del recibidor, cada una conteniendo un regalo. Sonrió al recordar todo su día y no pudo evitar sonrojarse ligeramente al recordar un momento en particular, el que le había hecho cambiar de idea respecto a celebrar.

El momento en que había dejado de sentir frío al lado de una amiga.

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Re:Telaraña [16/¿?]
« Respuesta #51 en: Febrero 14, 2011, 08:02:46 pm »
Awwww me hiciste llorar con este capitulo
no paraban de salir las lagrimas jajaj. y tube suerte mi compu prendio
y hace tanto tiempo que no prendia que perdi la esperanza jajaj
estubo tan lindo el capitulo enserio me sorprendes cada ves mas
enverdad que estubo lindo no se como desirlo quiero meterme en el computador y salir al tuyo a decirte lo lindo que te quedo jajajaj  :wah

y Feliz dia de san valentin bell
espero la continuacion  :becho:



 

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Re:Telaraña [16/¿?]
« Respuesta #52 en: Febrero 15, 2011, 04:45:38 pm »
Ah, Daniela, tanta efusividad me conmueve.

En sí, yo no lloré ni nada cuando escribí este capítulo. Y no porque sea una insensible, no. Es que desde que en el capi El Amo de los Muertos Fuji menciona la visita al Akisora, me mentalizaba para lo que venía. Es raro que una cosa propia me haga llorar, aunque sí me da algo...

Así suelo ser, dejando pistas que quizá para mí son demasiado obvias, pero para los lectores no lo son a menos que hayan leído con muchísimo cuidado (o sean tan fans como para leer el fic una y otra vez). No me quejo, así le pongo emoción al asunto,  :jeje:

Y gracias por la felicitación, la leí hasta muy noche, porque andaba de vaga visitando amigas para celebrar,  :feliz: . Espero que tú también te la hayas pasado estupendamente.

Cuídate mucho y nos leemos a la próxima.

P.D. Próximo capítulo: El Toro.
« Última modificación: Febrero 15, 2011, 05:51:53 pm por THB Potter »

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Re:Telaraña [16/¿?]
« Respuesta #53 en: Febrero 15, 2011, 05:32:41 pm »
jajajaj yo soy una persona que es muy sencible asi que suelo llorar rápidamente y este capitulo no fue la exepcion jajajaj
y si te quedo muy lindo el capitulo  :wah
y pues no hice nada este diaa ya que estaba viajando y llegue muy cansada a casa...
bno espero la conti bell Gracias  :becho:


 

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Re:Telaraña [17/¿?]
« Respuesta #54 en: Febrero 16, 2011, 10:59:18 pm »
Diecisiete: El Toro.

La primavera… No sé qué piensen otros, pero adoro la primavera. Es una época con excelente clima, ni muy caluroso ni muy frío, y es cuando inician muchas cosas. Destacando entre ellas el nuevo curso, ¡por fin somos estudiantes de segundo de preparatoria! Eso nos llena de alegría, aunque claro, parece que a algunos ese logro les da igual.

—Ay, qué aburrimiento.

Mezuki Hoshi estiró los brazos, conteniendo un bostezo, sentada a su banca. Aquel era el primer día de clases y como era de imaginarse, los grados superiores a primero tenían la hora libre, pues los profesores estaban ocupados en la ceremonia de ingreso de los alumnos de primer año de la preparatoria Akiai.

—La verdad, no pasa nada interesante —concordó Chiba con Mezuki, haciendo un mohín de fastidio —Ojalá que inicie pronto la clase…

—Mejor no, tengo muy pocas ganas de estudiar —reconoció Gakusha.

—Frívolas —musitó Saragi al escucharlas, suspirando levemente.

Le habían interrumpido la lectura con sus cuchicheos y por eso estaba de mal humor.

—Vamos, Hoshi–kun, vénceme —le decía Funaki a Gin en ese instante.

Eso atrajo la atención de varios de los que estaban en el salón. Se volvieron a mirar a donde estaba la banca de Gin, que era rodeada por Fuji, Nagase, Shinto y unos cuantos chicos más. Saragi, viendo que Mezuki y las chicas con las que conversaban no se callarían, cerró su libro y se acercó a ver qué pasaba. Se sorprendió al ver que Gin y Funaki jugaban una partida de cartas.

—¿Qué sucede? —se decidió a preguntar.

—Funaki quiere que Hoshi–kun entre a un club de la escuela —explicó un chico castaño en el acto —Y le apostó que si la vencía en el juego de cartas, debería presentarse a las pruebas. Y si ella gana, Funaki le hará las tareas de Literatura por dos semanas.

Saragi negó con la cabeza, aunque de pronto se fijó mejor en Gin. No parecía tan enfurruñada como de costumbre. De hecho, se podía decir que disfrutaba del juego.

—¿Y a qué juegan? —inquirió de pronto, teniendo un presentimiento.

Póquer —respondió Funaki, concentrado. Examinaba sus cartas con sumo cuidado —Aprendí a jugar en un viaje a Estados Unidos con mi familia.

Saragi sonrió con burla.

—Ya perdiste, Funaki, lo siento —le soltó, sorprendiendo a todos.

—¿Porqué dices eso, Saragi–san? —se sorprendió el chico.

Antes que Saragi pudiera responder, Gin dejó mostrar su mano.

Full de figuras —sentenció la pelirroja, sonriendo con satisfacción —Supongo que estas semanas te acalambrarás la mano escribiendo, Funaki.

—¡No puede ser! —renegó el aludido, arrojando sus cartas sobre el pupitre, dejando ver que él únicamente tenía dos pares —¡Tiene que ser un error!

Pero no lo había. La mano de Gin era un trío de reyes y un par de reinas. Era un full en toda regla y había testigos para demostrarlo.

—Creo que nadie te informó que a Gin la enseñaron a jugar póquer desde que tenía siete años —le dijo entonces Saragi —Y le enseñó alguien que sabe jugar bastante bien.

—¿Siete años? —se sorprendió un chico de cabello negro y rizado —¿Qué clase de entretención era ésa para una niña de siete años?

—Una de las mejores, Nakada —le aseguró Gin al chico, sonriendo —Vamos, Funaki, no creas que seré tan mala. Tú haces la tarea normalmente y yo te la copio. Simple.

—¿Debo considerar ésa una pequeña amabilidad? —ironizó Funaki.

Gin rió y con ella, los chicos que los rodeaban. Saragi sonrió a medias.

En ese momento, sonó el timbre, que indicaba el inicio de la que normalmente, sería su segunda clase del día. Funaki guardó la baraja, apesadumbrado, y dándole a entender a Gin que quería una revancha.

—Aún queda una semana para que inicien las pruebas de los clubes deportivos, Hoshi–kun —le advirtió —No voy a rendirme tan fácilmente.

—Como quieras —Gin se encogió de hombros despreocupadamente.

—La loca deportista oculta muchos talentos, ¿no? —comentó Nagase.

—A mí me parece que se divierte venciendo a otros —aventuró Shinto.

—Tal vez, pero ver la partida fue divertido —admitió Fuji.

Pronto se callaron, porque llegó el profesor.

&&&

Saliendo de clases, las Hoshi y Fuji conversaban acerca de qué les había parecido el primer día de clases cuando Mezuki vio algo en la entrada principal.

—¿No es Kuren? —les dijo a los otros.

Sí, Kuren estaba de pie cerca de la entrada principal, con las manos en los bolsillos de su pantalón beige y en una pose que a las chicas les parecía encantadora, recargado en un poste de electricidad. Llevaba una mochila marrón a la espalda. Parecía vigilar a su alrededor con cierta cautela y al ver a sus primas, sonrió y sacando una mano de su bolsillo, las saludó.

—¡Eh, primas, es bueno verlas! —dijo en voz alta, haciendo que varias chicas miraran a las Hoshi con envidia —¿Tienen un minuto? —preguntó, cuando estuvo a menos de tres pasos de ellas.

—En ese caso, me marcho —indicó Fuji, no queriendo molestar.

—No hay problema, Kinokaze–san, puedes escuchar —intervino Kuren, pensativo —De hecho, es posible que puedas ayudarme también…

—¿Qué pasa? —se extrañó Saragi —Kuren, tú no sueles ponerte serio.

—Es que… —Kuren volvió a meterse las manos a los bolsillos, ceñudo —Es Kono–chan —admitió por fin —Llegué a casa y mi madre me salió con que no había regresado.

—¿Cómo que no había llegado? —Saragi sonó sinceramente preocupada.

Kuren negó con la cabeza.

—Disculpen… —intervino Fuji, tímido —¿De quién están hablando?

Kuren lo miró con atención antes de dirigirse a las chicas.

—Te contestaré después —prometió —Ahora me interesa encontrar a Kono–chan.

—Nos separaremos —sugirió Saragi —Kuren y Mezuki por ese lado —señaló un extremo de la calle frente a la preparatoria —Yo me voy por allá —indicó la acera de enfrente, donde había la entrada a otra calle —Y ustedes dos, por allá —les dijo s Fuji y Gin, marcando el lado opuesto al que recorrerían Mezuki y Kuren —Cualquier cosa, nos llamamos a los celulares —mostró el suyo, color azul, mientras Kuren enseñaba el propio, blanco con gris.

Fuji se sacó un celular rojo del bolsillo, el regalo de cumpleaños que había recibido de parte de Shinto y su abuela, y asintió.

—Kuren–san, ¿podrías darme tu número? —pidió.

Kuren se lo dio en el acto y Fuji lo guardó en la memoria de su aparato.

—Muy bien, vamos —mandó Saragi.

—¿Quién es Kono–chan? —le preguntó Fuji a Gin, cuando ambos se pusieron en camino, al tiempo que veía la calle con atención.

—¡Ahí está! —Gin apenas si le prestó atención al muchacho, pues atravesó la calle en dirección a un parque cercano, específicamente a donde la hierba era muy tupida.

Fuji la siguió con precaución, pues no veía bien por dónde pisaba en esa parte del parque, la hierba no dejaba ver el suelo. Pudo ver a Gin caminar un par de pasos y detenerse frente a algo tirado en la hierba, arrodillándose casi al instante. El joven pudo ver que lo que estaba tirado en la hierba era un animal, que por su aspecto, se veía muy débil.

—Es… ¿una ternera? —susurró Fuji, acercándose poco a poco.

El animal echado en la hierba era una ternera bastante bonita, de pelaje castaño grisáceo claro y ojos castaños. La ternera los miró a ambos por turnos y viendo que Gin le tendía una mano, alzó la cola, que terminaba en un mechón gris, y soltó un latigazo con ella, cosa que Gin no pudo evitar.

—¡Gin–san! —se preocupó Fuji —¿Estás bien?

Gin, con una mueca de dolor, se sujetó la mano herida y asintió.

—No fue la gran cosa —aseguró —Y tú, vaquita tímida, déjame decirte que el carnero torpe está buscándote, ¡lo tienes preocupadísimo! —soltó, furiosa.

La ternera movió la cabeza de un lado a otro, como si negara.

—Ah, pues si no me crees, no me importa —espetó Gin de mala gana, revisándose la mano lastimada —Yo cumplo con avisarte. Allá tú si él y tu madre se mueren de angustia.

—Gin–san, deja te reviso la mano —pidió Fuji.

—¿Estás loco? —le soltó Gin, reprimiendo una mueca de dolor —El lugar está a la vista de la gente, ¡si me tomas la mano, me transformaré! Fuji, eres un despistado.

—¿Eres… eres Kinokaze–san?

Una vocecita aguda, de una niña, había hecho la pregunta desde un punto impreciso ante ellos. Fuji se volvió hacia la ternera, notando que ésta le dirigía una mirada evaluadora.

—¿La ternera… habló? —inquirió, sorprendido.

El animal asintió.

—Fuji, llama a los otros —pidió Gin entonces.

—¡Ah, sí! —el chico se sacó el celular del bolsillo y retirándose unos pasos, marcó.

Vaquita tímida, ¿qué te pasó ahora, eh? —quiso saber Gin.

La ternera la observó un rato, como estudiándola.

—No sueles… No sueles ser tan amable, Gin —comentó la vocecita aguda.

Gin se encogió de hombros, mirándose la mano herida.

—No nos hemos visto en mucho tiempo —le recordó.

La ternera asintió.

—Los demás vienen para acá —anunció Fuji, acercándose —Disculpa, ¿eres miembro del Zodiaco, verdad? —se dirigió a la ternera.

—Ajá —dijo débilmente el animal, moviendo la cabeza afirmativamente —Soy… soy Hoshi Konoha, mucho gusto.

—Igualmente —Fuji le sonrió —Soy Kinokaze Fuji. Y… Konoha–san… ¿qué signo eres?

La ternera, de haber tenido cejas, las habría fruncido.

—¿No… no se nota? —quiso saber.

—Este chico siempre hace eso —informó Gin —Aunque el signo sea obvio. Imagínate, ¡se lo preguntó a Zukure! Aunque ahora que recuerdo, al carnero torpe no le preguntaste —se volvió hacia Fuji —¿Porqué?

—No hubo oportunidad —respondió Fuji, encogiéndose de hombros.

—Soy… soy… —Konoha iba a decir su signo, pero un torbellino de tierra la rodeó.

A Fuji le recordó el momento en que descubrió a Wodaka, lo que lo hizo darse cuenta de un detalle: los torbellinos que rodeaban a los miembros del Zodiaco al momento de transformarse. Algunos eran de simple aire, otros de agua, unos de tierra e incluso había de fuego. Se preguntó si habría un motivo para eso cuando el torbellino de tierra se disolvió y en el pasto, recostada, se pudo ver a una chica con uniforme color rojo con detalles amarillos, de unos catorce años, de cabello del mismo tono castaño grisáceo claro que el de la ternera que había sido, atado en una cola de caballo, y piel morena. Trató de levantarse, pero no pudo.

—¡Ah, déjame ayudarte, Konoha–san! —ofreció Fuji enseguida.

—No… no puedo darte la mano —le recordó la chica.

—Vamos, yo te la doy —Gin extendió la diestra —Y que él te ayude a pararte.

La chica alzó la cabeza y Fuji pudo ver los mismos ojos castaños que en la ternera, pero ahora entrecerrados con desconfianza.

—Vamos, habrás de levantarte tarde o temprano, ¿no? —apuró Gin.

No muy convencida, Konoha le dio la mano a Gin y se impulsó hacia arriba, al tiempo que Fuji, con cuidado, la alzaba en brazos.

—¡Oye! —soltó Konoha, molesta.

—Lo siento, ¿fui muy brusco? —se disculpó Fuji, apenado.

Konoha lo miró un tanto sorprendida, antes de negar lentamente con la cabeza.

—Ahí vienen los otros —señaló Gin.

En efecto, por la calle llegaban Saragi, Kuren y Mezuki. El chico de cabello blanco grisáceo se adelantó con rapidez, llegando hasta Fuji, y tendió los brazos para ser él quien llevaba a Konoha.

—Kono–chan, eres una tonta —le espetó Kuren, aunque por su tono, se veía que estaba más preocupado que molesto —¿Cómo se te ocurre no llegar a casa directamente de la escuela? Sabes que últimamente no estás bien.

—Lo… lo siento, onisan —murmuró Konoha, escondiendo la cara en el hombro de Kuren —Lo siento.

Fuji dio un respingo al oír eso, ¿Kuren era hermano de Konoha? Bueno, eso explicaba por qué el joven le decía Kono–chan.

—¿Qué pasó? —inquirió Kuren con cariño.

Pero Konoha negó con la cabeza, sin querer decir nada.

—Saragi, ¿podrías llamar a mi casa? —pidió Kuren entonces —Avísale a mi madre que encontré a Kono–chan, por favor.

Saragi asintió y sacando su celular, se alejó unos cuantos pasos para hablar.

—Ahora, Konoha, ¿qué diantres te pasó? —interrogó Mezuki —¿Estaba convertida? —les preguntó a Gin y Fuji.

—Pues… —titubeó Fuji.

—Eso no importa ahora, ¿o sí? —soltó Gin.

Mezuki le dedicó una mueca de fastidio.

—Tu madre te da las gracias, Kuren —dijo entonces Saragi, regresando con ellos —Si quieres, podemos ir a casa de Wodaka un rato. Queda más cerca.

Kuren asintió y se dispuso a salir del parque, seguido por los demás.

&&&

—¡Hola, hola! —saludó Wodaka en cuanto oyó que se abría la puerta del frente.

Asomando la cabeza desde la puerta de su dormitorio, la rubia vio cómo entraban primero Kuren, cargando a Konoha, y detrás suyo, las chicas y Fuji.

—¿Konoha está bien? —preguntó, alarmada.

—Sí, un poco débil, pero bien —respondió Kuren —¿Tienes alguna habitación libre?

Wodaka asintió y le indicó con un gesto la escalera, al tiempo que ella se apresuraba a subir primero. Kuren la siguió.

—¿Qué le pasa a Konoha–san? —preguntó Fuji.

—Lo de los últimos tres meses —musitó Mezuki con desdén —Puro teatro.

—Permíteme corregirte, Mezuki —intervino Saragi, fulminándola con la mirada —Hatsu me contó que a Konoha le encontraron una enfermedad muy rara en la sangre.

Mezuki arqueó las cejas, incrédula, mientras que Fuji abría los ojos, pasmado.

—A ratos está bien, pero luego se debilita y se desmaya sin más —prosiguió Saragi, con un gesto de inquietud —Y siendo un signo del Zodiaco, se transforma sin previo aviso.

—Ah, ¿eso suele pasar? —se extrañó Fuji.

—Solamente cuando nos encontramos muy débiles por una enfermedad, como en el caso de Konoha —respondió Saragi —Por cierto, hubo muchos problemas en su casa para el inicio de este curso. Hatsu me contó que Kuren no quería que entrara a la secundaria este año, porque en ocasiones, Konoha se debilita si hace mucho esfuerzo físico y el camino desde la Akiaka hasta la Casa Grande no es cualquier cosa. Pero ya conocen a Konoha —se dirigió a Mezuki y Gin —Es muy terca e insistió tanto en decir que estaría bien y que tendría cuidado que su madre accedió a que fuera. A Kuren no le hizo gracia, pero aceptó también.

Fuji sabía de qué escuela hablaba Saragi, la secundaria Akiaka. Allí había estudiado él.

—En pocas palabras, lo de hoy fue por su enfermedad —resumió Gin.

Saragi asintió.

—Esa vaquita tímida… —musitó Gin —Un día de éstos le pasará algo malo por ser tan terca. Y ya verán, el carnero torpe no querrá que vuelva a la secundaria después de esto.

—¿Y desde cuándo te preocupas por Konoha, enana? —se interesó Mezuki.

—No te importa —espetó Gin de mala gana.

Fue ese instante cuando Wodaka y Kuren bajaron la escalera.

—No hará falta —decía Kuren —Parece que fue algo leve, considerando su enfermedad. De todas formas, Wodaka–kun, ¿puedo llamar a mi madre? Le avisaré que estamos aquí.

—Adelante —Wodaka indicó con  un gesto dónde estaba el teléfono.

Kuren se fue a hacer la llamada, en tanto Wodaka suspiraba.

—¿Konoha está mejor? —inquirió Saragi.

—Sí, ahora está durmiendo —respondió Wodaka —Niño, al rato habrá que subirle comida, ¿de acuerdo?

Fuji asintió y sin esperar más, fue a la cocina.

&&&

Luego de preparar la comida y servir la mesa, Fuji preparó una charola para llevársela a Konoha. Subió la escalera con cuidado y siguiendo las indicaciones de Wodaka, llamó a la puerta que se hallaba a un lado de la de Saragi.

—Adelante —respondió la voz de Konoha.

Fuji entró, procurando no ladear la charola.

—Hora de comer, Konoha–san —indicó —Espero que te guste la soba.

Konoha, sentada en la cama de la habitación y usando una pijama azul claro que le quedaba grande, asintió mientras lo veía con atención. Fuji colocó la charola en una pequeña mesita y le tendió un brazo.

—Puedo ayudarte a levantarte, si quieres —ofreció.

Konoha dudó, pero al final asintió y saliendo de la cama, se aferró al brazo de Fuji, quien con sumo cuidado, la llevó hasta una silla, a la cual Konoha se sentó y pudo disfrutar de la comida, saboreándola despacio.

—Esto… está sabroso —musitó la chica, sonriendo levemente.

Fuji sonrió, complacido.

—Konoha–san —llamó entonces —¿Qué signo eres?

Ella tragó lentamente.

—Soy… soy Tauro —contestó, vacilante.

Fuji asintió. Sabía perfectamente que el signo de Tauro era el del Toro, pero como en el caso de Fumihi, Konoha se transformaba en la hembra de su símbolo.

—Pobre de mi hermano —soltó de pronto.

—¿Disculpa? —se extrañó Fuji.

Konoha dejó de comer y se llevó las manos al regazo.

—No… no me gusta molestar a mi hermano —confesó ella, mordiéndose un labio —Èl… tiene muchas cosas qué hacer y yo… y yo le salgo con esto… —cerró los ojos fuertemente —Y mamá… ella también está ocupada… No debería molestarla con tonterías…

—No son tonterías.

La repentina afirmación de Fuji hizo que Konoha abriera los ojos y lo mirara.

—Konoha–san, para Kuren–san y tu madre, esto no es una tontería —Fuji le sonrió levemente —Es decir, si estás enferma, es obvio que se preocuparán por ti, porque estés bien. Es bueno que quieras hacer tu vida de siempre, pero aún así les preocuparás. Ellos… son tu familia. Están al pendiente de ti porque te quieren.

Konoha asintió, con los ojos llorosos.

—Lo siento, Konoha–san, ¿dije algo malo? —Fuji se alarmó al verla así.

Konoha negó con la cabeza.

—Es que… —comenzó ella, intentando sonreír —Es que…me recuerdas a mi hermano. Eres… eres muy amable, Kinokaze–san.

—¿De verdad lo crees?

Konoha asintió y volvió a tomar los palillos, para seguir comiendo.

—Onisan dice… que tú sabes cocinar —comentó Konoha de improviso —¿Esto lo hiciste tú?

Fuji, algo apenado, asintió.

—Está muy sabroso —reconoció Konoha, sonriendo.

Con ese gesto, Fuji le encontró parecido con Kuren.

—Gracias —dijo, sonriendo a su vez.

En eso, llamaron a la puerta.

—Adelante —indicó Konoha.

La puerta se abrió para dar paso a Gin, que asomó la cabeza.

—Tu soba se enfría —le dijo a Fuji.

—¡Ah, sí! —el chico se llevó una mano a la frente y se puso de pie —Con permiso, Konoha–san —se despidió y salió de la habitación.

—Gin… espera.

La pelirroja se detuvo y vio a Konoha con curiosidad.

—¿Sí? —preguntó.

—Yo… siento lo de tu mano —susurró Konoha, afligida —No fue mi intención.

Gin le dedicó una sonrisa tenue, pero sincera.

—Descuida —afirmó —Estabas molesta. Se hacen muchas tonterías cuando se está así.

Konoha asintió y la observó atentamente.

—Tú… has cambiado —afirmó tímidamente —Creo que… estás mejor así.

Gin frunció el ceño.

—Si tú lo dices… —soltó airadamente antes de marcharse.

Konoha no pudo reprimir una sonrisa cuando Gin no la veía.

&&&

—Esa vaquita tímida… Sí que es rara.

Gin estaba aprovechando que había terminado sus tareas para curarse la mano en la que Konoha le había dado un coletazo. Ahora que la veía bien, se le estaba marcando un verdugón bastante feo, de color rojizo, en forma de diagonal por todo el dorso de la mano.

—Estaría muy débil, pero me dolió —admitió para sí misma.

Llamaron entonces a la puerta de su habitación.

—¿Quién? —preguntó.

—Yo, Gin–san —respondió la voz de Fuji —¿Puedo pasar?

Gin maldijo por lo bajo, guardó todo el material de curación y se puso de pie, procurando no usar la mano lastimada para abrir la puerta.

—¿Qué pasa? —le preguntó a Fuji en cuanto le abrió.

—Disculpa, pero no comprendo bien la tarea de Matemáticas —Fuji sonrió apenado —¿Podrías ayudarme?

—Sí, claro —Gin se hizo a un lado para dejarlo entrar.

Fuji tomó asiento en el suelo, como siempre que iba a ese cuarto, ya que apenas tenía mobiliario. Vamos, ni siquiera tenía una cama: Gin tenía que usar un futón para dormir. Pero al menos tenía una silla y una mesa en la cual poner cosas y además, un viejo librero.

Gin se acercó la mochila, sacó lo que necesitaba y empezó a abrir el cuaderno de Matemáticas cuando una exclamación de Fuji la hizo soltarlo, asustada.

—¡Gin–san, tu mano!

—¿Qué? —ella se miró la mano con el verdugón e hizo una mueca —¡Rayos! —soltó.

—¿Eso te hizo Konoha–san? —Fuji observó la marca en la mano de Gin antes de estirar una mano propia —Déjame ver.

—Ah, no —Gin escondió la mano tras su espalda.

—No me hagas obligarte, Gin–san —advirtió Fuji, entrecerrando los ojos.

Gin se mordió el labio inferior, dudando, hasta que luego de un segundo de silencio, le mostró la mano. Fuji la tomó por la muñeca, para no transformarla.

—Estaba curándome cuando llegaste —se defendió ella —No es para tanto.

Fuji negó con la cabeza.

—Se ve mal —susurró —Pero no es grave. ¿Qué te estabas poniendo?

Gin, resignada, sacó los materiales de curación que había estado usando.

—No podré vendarte la mano sin sujetártela —se quejó Fuji —Sí que es un problema.

—Eso… suele suceder con nosotros —musitó Gin, apesadumbrada.

Fuji se quedó quieto al oír eso.

—Lo siento —se disculpó en un susurro —Yo… no quería…

Gin negó con la cabeza.

—Está bien —aseguró —Mejor ayúdame.

Fuji no comprendió a qué se refería hasta que vio cómo la chica se acomodaba un vendaje donde tenía el verdugón, en el dorso de la mano derecha, para luego estirarla hacia él.

—Presiona mientras me vendo —pidió.

Fuji asintió y la observó trabajar en silencio, mientras meditaba, quizá por centésima vez, cómo es que los miembros del Zodiaco podían vivir así. No sabía porqué, pero pensar en eso desde el ángulo de Gin… Lo hacía sentir un extraño vacío. Algo muy parecido a cuando le informaron que sus padres se habían marchado para siempre.

—Listo —Gin se miró la mano ya vendada, haciendo una mueca —Lo dicho, la vaquita tímida estaría débil, pero me dolió.

—Bueno, estando molesta… —comentó Fuji.

Gin asintió y tomó de nuevo el cuaderno de Matemáticas.

—Bien, ¿qué me preguntabas? —dijo Gin, como si nada.

—Gin–san… ¿te molesta estar maldita?

La chica levantó la vista de sus apuntes.

—Ya que lo mencionas… —Gin se puso a pensar, para luego negar con la cabeza —No, no importa. ¿Sabes que preguntas cosas muy raras?

Fuji bajó la vista.

—Lo siento —se disculpó.

—Oye, no estoy molesta —argumentó Gin —Es sólo que… Se lo preguntas a la persona equivocada, es todo. A la que… nunca se olvida de lo que es, por mucho que quiera.

—¿Y qué eres? Sólo eres una chica.

Gin se ruborizó al oír eso, ¿en serio Fuji la veía de esa forma?

—Estás loco —espetó, regresando la vista al cuaderno.

—Yo, bueno… —tartamudeó él —Sé a lo que te refieres, no me malentiendas, pero… Fuera de eso, de ser la segunda de Géminis, la treceava criatura… Sólo eres una chica, ¿no?

Gin se puso aún más roja.

—Yo… creo que sí —susurró, avergonzada.

—Y si me permites decirlo… Eres más simpática que Soho–san.

Eso le arrancó una carcajada a Gin, cosa que a Fuji lo alegró bastante.
« Última modificación: Febrero 16, 2011, 11:04:11 pm por THB Potter »

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Re:Telaraña [17/¿?]
« Respuesta #55 en: Febrero 17, 2011, 06:30:35 pm »
hay gin se sonrojo que linda y fuji DIVINO como siempre
pobre de kono-chan
me gusto mucho el capitulo
espero la conti... :becho:


 

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Re:Telaraña [17/¿?]
« Respuesta #56 en: Febrero 18, 2011, 10:46:56 pm »
Gin sonrojada no me cuesta casi nada escribirlo.

Poner a Fuji con esa actitud es algo que cuesta un poco más, puesto que hacerle eso a un personaje masculino puede resultar poco creíble.

Kono-chan siendo tierna a la vez que está en una situación complicada es sencillo.

Escribir el último capítulo de la historia para que no cumpla cinco años en proceso (y aquí Bell está desvariando un poquito)... No tiene precio.

Eso me sonó a comercial, lo sé, pero en fin, es la verdad. Y si aquí te parece que Gin es linda y Fuji divino, no quiero saber lo que opinarás al leer lo que sigue.

Nos leemos a la próxima.

P.D. El próximo capítulo será El Sol y La Luna.

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Re:Telaraña [17/¿?]
« Respuesta #57 en: Febrero 19, 2011, 03:17:37 pm »
entonces estare esperando el proximo capitulo
el sol y la luna suena interesante jajajja Gacias Bell


 

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Re:Telaraña [18/¿?]
« Respuesta #58 en: Febrero 20, 2011, 01:01:17 am »
Dieciocho: El Sol y la Luna.

Los días siguieron su curso y llegó el momento de celebrar el Golden Week. Los alumnos de Akiai sonrieron ante la última clase anterior a ello, pero a sabiendas que después, deberían enfrentarse a los exámenes.

—Sí que la vida es justa —masculló Mezuki con resentimiento.

Iban saliendo de clases, entre varios alumnos que corrían con grandes sonrisas al saber que tendrían un periodo de descanso antes de los exámenes. Algunos, muy responsables, pensaban repasar un poco durante el Golden Week, pero la mayor parte de los jóvenes sólo tenían una idea en mente: relajarse.

—¿Ahora qué pasa, Mezuki? —inquirió Saragi con voz cansina.

Mezuki observó a su prima con seriedad antes de decidirse a hablar. Y es que a últimas fechas, Saragi se comportaba de manera muy distinta.

—Bueno… escuché algunos rumores sobre el concejo escolar —comenzó, algo dudosa, pero Saragi hizo un leve gesto de fastidio. Conocía ese tono de Mezuki, el que significaba dicen, pero a mí me consta que es cierto —Que los sucesores se anunciarán regresando de las vacaciones de verano y que… Estás entre los candidatos, Saragi.

—¿En serio? —intervino Fuji entonces, admirado.

—A decir verdad, eso le queda al pececito —masculló Gin.

Saragi se volvió hacia Gin un momento, pero no pudo verle la cara a la pelirroja porque se había quedado un paso tras ella, en el área de guetabakos, poniéndose sus patines.

—A mí eso no me interesa —dijo Saragi, sacudiendo su larga melena azul plateado, con lo que algunos chicos se le quedaron viendo, embobados —Que hagan lo que quieran.

—Como sea, eso es injusto —soltó Mezuki, haciendo un mohín de molestia propio de una niña de cinco años —¡Yo sí quiero ser parte del concejo escolar!

—Para eso se necesita interesarse en alguien más que no seas tú misma.

Esa frase hubiera sonado normal e incluso lógica de boca de Saragi, pero fue Fuji quien la soltó. Las dos chicas lo miraron con curiosidad, aunque Mezuki también fruncía el entrecejo con furia. Inesperadamente, alguien salvó la situación.

—¡Fu–chan!

—Ay, no —dejó escapar Fuji en voz baja, inclinando la cabeza.

Al segundo siguiente, una chica lo abrazaba del cuello por detrás.

—¡Hola, Fu–chan! —saludó Suzume Soho sin nada de pena, en voz lo suficientemente alta como para que la mitad de los alumnos que pasaban por ahí la notaran —¿Porqué no has ido a saludarme, eh?

—Eh… —fue todo lo que Fuji logró decir. Por sus rojas mejillas, se veía que estaba apenadísimo por la situación.

—¡Ah, ya sé! Seguramente es porque no sabes en qué grupo estoy, ¿verdad? —pensó Suzume en voz alta, y sin esperar respuesta dijo —¡Estoy en el grupo E, Fu–chan!

—Ah —Fuji tuvo que susurrar eso, pues se estaba quedando sin aire.

—¿Todavía sigues aquí, Fuji? —inquirió de pronto Shinto, apareciendo repentinamente.

A Suzume se le pusieron los pelos de punta al escuchar esa voz, soltó a Fuji y salió corriendo como alma que lleva el diablo.

—Listo, misión cumplida —musitó Shinto sonriendo con satisfacción.

—Gracias, Shin–kun —Fuji se inclinó ante su amigo enseguida.

Saragi se le quedó viendo a Shinto con una sola idea en la cabeza: que era un chico demasiado extraño.

—Ahora a casa, Fuji, que no tardará en darse cuenta que hoy no trabajas —indicó Shinto, para luego hacer un movimiento de mano a modo de despedida y marcharse.

—Kano me pone los pelos de punta —comentó Mezuki con desdén.

—Oigan, ya los alcancé —soltó Gin, extrañada —¿Qué hacen aquí parados?

—Kinokaze se despide de su admiradora —Mezuki se echó a reír después de decir eso y se fue por su bicicleta.

—¿Hoy no tienes práctica, Gin–san? —inquirió Fuji, para cambiar el tema.

—No, por el inicio del Golden Week —Gin negó con la cabeza.

Al final, Funaki–kun consiguió ganarle una partida de póquer a Gin–san, y ella tuvo que cumplir con su parte del trato y presentarse a las pruebas de alguno de los clubes deportivos de la escuela. Y entre todos los que hay, por alguna razón que nadie sabe, eligió el de fútbol.

—A casa, entonces —Fuji sonrió levemente —A mí me agrada el Golden Week.

—¿Porqué, Fuji–kun? —quiso saber Saragi.

—Porque poca gente quiere cocinar y piden la comida a domicilio.

—O sea, que tú tienes más trabajo y por supuesto, más propinas —resumió Gin, haciendo una mueca —Creo que te gusta mucho trabajar.

Fuji sonrió con algo de pena.

—En todo caso, a mí no me verán —comentó Saragi de pronto —Saldré de viaje.

—¿Ah, sí? —se sorprendió Fuji.

—Sí, mi madre quiere ir a Natsuyo y voy a acompañarla.

Fuji se fijó en la sonrisa que esbozaba la chica al mencionar a su madre, entre alegre y resignada, y se preguntó qué le pasaría.

—¿Y cuándo te vas, Saragi–san? —indagó Fuji.

—Mi madre me avisó que saldremos mañana por la tarde, pero prepararé mis maletas esta tarde y me iré a pasar la noche con ella en la Casa Grande.

Fuji asintió, haciéndole ver que había comprendido, y decidió no preguntar más.

—Oigan, ¿van a venir o qué? —llamó Mezuki de pronto.

Los otros tres, haciendo distintos gestos de fastidio, se aproximaron a ella para irse.

&&&

Ya de noche, Fuji se preparó algo de té y fue a la sala a bebérselo. Eso hacía a veces cuando no podía dormir, costumbre que le había heredado su padre, aunque en esa ocasión, su falta de sueño no era por algún asunto de la escuela o del trabajo.

Se preguntaba cómo es que la familia Hoshi podía ser tan distinta a otras familias que conocía. A las chicas rara vez las oía hablar de sus padres o hermanos (en caso de que los tuvieran) y si sus relaciones entre hermanos eran tan malas como la que mantenían Mezuki y Gin, prefería no saber. No, lo que lo llenaba de inquietud, de pronto, era pensar… en cómo formarían ellas una familia “normal” con la maldición del Zodiaco a cuestas. Sobre todo…

—Oye, ¿qué haces despierto? —preguntó de pronto una voz a su espalda, alarmándolo.

Se dio la vuelta para encontrarse con Gin, que usaba una pijama de dos piezas de un tono rosado un tanto raro, como rojizo. A Fuji le pareció que se veía curiosa.

—Nada en especial —le respondió, haciendo un ademán con la mano para restarle importancia —No tenía sueño y preferí venir a tomar té.

Gin asintió y salió, para regresar poco después con una taza humeante.

—Ya somos dos —susurró, sentándose frente a él.

Se hizo el silencio de repente.

—Gin–san… ¿conoces a la mamá de Saragi–san?

Gin bebió un sorbo de su té antes de poner cara de concentración.

—Pues… Creo que la he visto —respondió lentamente —Es una señora muy bonita, tengo que reconocerlo. Trabajaba de ejecutiva en una de las empresas de la familia.

—¿Trabajaba? —murmuró Fuji, confundido.

Gin asintió.

—Según me contó sensei, la señora ha estado enferma —explicó —Tuvo que dejar de trabajar y quedarse casi todo el tiempo encerrada en casa. Más o menos por esas fechas fue que el pececito se fue de la Casa Grande. Sus papás la cambiaron de preparatoria y la mandaron a vivir aquí, con la virgen loca y Zukure.

—¿Y eso porqué? —soltó Fuji.

Gin se encogió de hombros.

—Como sea, seguramente por eso se va con ella a Natsuyo —dijo de pronto —A pasar un rato agradable. A… tratar de no pensar en el futuro.

El futuro… Cuando Fuji pensaba antaño en el futuro, siempre se veía en él cumpliendo con sus sueños, apoyado por sus padres y sus seres queridos, pero ahora… Pensar en el futuro le producía un vago sentimiento de preocupación. Sabía que el hecho de que sus padres estuvieran muertos no era excusa para no seguir adelante, pero… De repente, le resonó una frase en la cabeza, una que le habían dicho unas cuantas semanas atrás: … No quiere ser necesaria para nadie porque luego se irá y los hará sufrir…

—Gin–san, tú… ¿qué piensas sobre el futuro?

A Gin la pregunta la tomó por sorpresa, y dejando su taza de té en la mesita de la sala, alzó la vista, mirando a la nada.

—Eso… me tiene sin cuidado —admitió lentamente —En todo caso… no tengo opciones de dónde escoger.

—Pero debes pensar en eso alguna vez, ¿no? —insistió Fuji, un tanto desesperado, ¿es que acaso Gin estaba resignada a lo que le había tocado?

Gin bajó la mirada, cerrando sus plateados ojos, para luego tomar su taza de nueva cuenta y darle un sorbo.

—Sí, como cualquiera —reconoció, seria —Pero… luego recuerdo…

Se quedó callada, intentando no demostrar que se asustaba de tan sólo recordar… Recordar lo que aquellas dos personas, de sangre tan fría, le habían dicho una y otra vez desde que murió su padre. Un día de éstos te encerraremos como lo que eres, pequeña monstruo, un día de éstos… Disfruta mientras puedas de tu vida “libre”, ¿de acuerdo?

—Nada —soltó de pronto, depositando la taza de té en la mesa con mano temblorosa.

Fuji iba a preguntarle algo más, pero de repente, la chica se puso de pie de un salto y abandonó la habitación, sin dirigirle la mirada. El chico supo entonces que la había molestado.

¿O acaso era que le había hecho recordar algo desagradable?

&&&

La casa de las Hoshi se llenó de tranquilidad en esos días. Luego de la partida de Saragi, Mezuki anunció que su madre y ella se iban a Harusumi y partió a los dos días de iniciado el Golden Week. Zukure, por su parte, el mismo día de la marcha de Mezuki avisó que pasaría aquella temporada en la Casa Grande, con sus padres, quienes querían saludarla y saber cómo le iba en la universidad. Y Wodaka… Ella se suponía que trabajaría, pero a último minuto, recibió una llamada de su madre para que fuera a la Casa Grande a cuidar de Aishi mientras ella y su marido salían en viaje de negocios y Wodaka aceptó. Así las cosas, Fuji y Gin volvieron a quedarse solos en la casa, aunque Gin era la que permanecía en ella la mayoría del tiempo, pues Fuji se iba a trabajar.

Fue precisamente una de esas tardes, la anterior a que terminara el Golden Week, que llamaron a la puerta. Gin tardó en abrir porque no escuchó a la primera, ya que se encontraba en el patio practicando con un balón de fútbol. Cuando por fin notó que tocaban, masculló enfadada y se preguntó si Fuji no habría olvidado sus llaves, pero esa posibilidad la descartó puesto que el chico era muy cuidadoso con eso. Rendida de pensar en quién podría ser, llegó hasta la puerta y la abrió.

—¿Sí, qué se le ofrece? —preguntó, con la cabeza un tanto baja y sin ver de frente a quien quiera que hubiera llegado.

—Nada importante, pequeña monstruo —respondió una voz femenina de timbre frío.

Gin, con tan sólo escuchar esa voz, se quedó paralizada. Alzó la vista lentamente, dejando caer el balón que llevaba bajo el brazo, y sintió que flaqueaba.

—¿Fuyu–sama? —musitó, incrédula.

&&&

—Hoy cerramos temprano, muchachos, ¡a descansar!

Todos en el Akimomo sonrieron al oír eso. Terminaron sus quehaceres y abandonaron el restaurante, felices por haber tenido un buen día de trabajo. Fuji, por su parte, se despidió de Nagase y montando en su bicicleta, tomó el rumbo a su casa, sonriente.

La situación actual le agradaba de una manera extraña. Le recordaba un poco a Navidad, cuando las chicas, menos Gin, se habían ido a la Casa Grande. En esta ocasión, cada chica, nuevamente exceptuando a Gin, se había ido por distintos asuntos, y eso lo hacía pensar que la casa estaba curiosamente silenciosa. Aunque claro, no del todo, porque aún tenía una sensación desconocida cada vez que llegaba y recibía como respuesta alguna frase de Gin acompañada de botes de balón.

Gin se estaba haciendo buena en eso del fútbol y Fuji lo sabía. Comenzó a desear que hubiera pronto un partido, para poder ver a Gin jugar, aunque después la preocupación de unos días atrás lo asaltó de nuevo: que Gin, tarde o temprano, sería privada de su vida libre. Sacudió la cabeza, confuso, ¿porqué eso le preocupaba tanto?

—Vaya, hay visitas —pensó en voz baja al llegar a casa.

Se veía estacionado un elegante auto blanco frente a la vivienda y eso intrigó a Fuji. Tal vez era alguien buscando a Wodaka, por su trabajo. Fue a llevar la bicicleta a la cochera y al pasar frente a la puerta, fue que pudo ver personas paradas en la entrada: una de ropas blancas y otra de ropas rojas. La de rojo debía ser Gin, entonces la de blanco…

Fuji se detuvo en seco. Acababa de distinguir el rostro de Gin, medio oculto por la persona de blanco parada frente a ella y que a él le daba la espalda. Y no le gustó lo que vio: una mirada aterrorizada llenaba los ojos de la chica, opacándolos tanto que se parecían muchísimo a los de Mezuki. Mucho más que cuando le reveló su segunda maldición. Y eso a Fuji le decía que algo no andaba bien, así que sin darse cuenta, dejó caer la bicicleta y caminó con rapidez hacia la puerta.

—¡Gin–san! —llamó.

Gin pareció salir de un trance y desvió la vista hacia él.

—¿Fuji? —musitó.

La persona de blanco se giró y Fuji, a unos pasos de distancia, se frenó sin saber bien porqué. Aquella persona, una mujer impresionantemente bella, tenía la mirada más fría que había conocido en su vida.

Era una mujer y su piel apenas era un poco más rosada que la ropa que llevaba, aunque aún así ofrecía el aspecto de un fantasma. Su cabello, largo y de un tono blanco plateado, le llegaba casi hasta las rodillas, y eso que estaba sujeto en una cola de caballo. Y sus ojos, de un azul oscuro que recordaban al cielo nocturno, observaban a Fuji con ligero interés.

—Ah, vaya —dijo la mujer en un susurro apenas audible, pero que a Fuji le dejó oír su voz a la perfección, una voz fría y en cierta forma, cruel —Kinokaze, supongo.

Fuji logró asentir.

—Mucho gusto —la mujer se inclinó ante él educadamente —Soy Hoshi Kamitsuki, una de los jefes de la familia.

Fuji correspondió inconscientemente a la reverencia de la mujer con una propia, aunque casi se queda congelado al escuchar la palabra jefes. ¿Esa mujer era uno de esos jefes que había mencionado Yami?

—Fuyu–sama… —llamó Gin, un tanto preocupada.

—Calma, pequeña monstruo —pidió Kamitsuki con cierta severidad, pero sin abandonar su tono frío —Solamente estoy de paso. Por cierto, Kinokaze, quiero que conozcas a alguien.

La mujer hizo una seña en dirección al auto y alguien bajó de él. Fuji se volvió a ver quién era, mientras que Gin, presintiéndolo, sentía que se desmayaría.

Un hombre de traje amarillo oscuro descendió del vehículo. Era extremadamente apuesto, piel bronceada y cabellos de un tono rubio dorado que destellaba con fuerza a la luz. Sus ojos, de un tono azul celeste poco común, estaban entrecerrados viendo hacia la puerta de la casa, pero Fuji se estremeció ligeramente al verlos, pues parecían tan fríos como el hielo… Y la misma Kamitsuki.

—Permíteme presentarte, Kinokaze —dijo la mujer de blanco —Él es Hoshi Terasu, mi marido. Y el otro jefe de la familia.

—Mucho gusto —dijo Terasu, aunque en sus labios se asomaba una sonrisa de burla.

Fuji se inclinó ante él con cortesía, pero bastante intimidado.

—¿Terminaste, querida? —le preguntó Terasu a Kamitsuki con una voz fría, pero con cierto dejo de cariño.

Kamitsuki, pasando la vista de Fuji a Gin, sonrió con malicia y asintió. Ambos dejaron el porche, abordaron el auto y se marcharon, dejando tras sí un tenso silencio. Fuji fue quien reaccionó primero, sin poder creer lo que había pasado.

Y reaccionó solamente por escuchar el ruido de algo golpeando el suelo al caer. Era Gin, que se había dejado caer de rodillas, a punto de desfallecer.

—¡Gin–san! —llamó Fuji en un susurro, caminando hacia ella.

Gin no respondió. La visita de aquellas dos personas seguía demasiado fresca en su memoria, igual que sus miradas… Sus miradas que eran capaces de estremecer a cualquiera. Y como siempre que los veía, le venían a la mente varias cosas, cosas que no quería recordar, pero sobre todo una: lo que le esperaba. El futuro.

—Gin–san, tú… ¿qué piensas sobre el futuro?

—Nada —susurró con temor, como si no quisiera que nadie la oyera —No pienso nada… No tengo futuro… No pienso en nada…

—¿Gin–san? —se extrañó Fuji, arrodillándose frente a ella y tomándola de la barbilla, hizo que lo viera a los ojos —¿Qué pasa?

Gin seguía ensimismada, pero sintió algo al ver los ojos castaños del muchacho. Lo que sintió… fue culpa. Todo porque vio preocupación en esos ojos.

—Lo siento —murmuró —Lo siento, lo siento, lo siento…

Lo repetía una y otra vez, bajando la cabeza y apoyando las manos en el suelo, conteniendo a duras penas las ganas de llorar. Fuji trató de que volviera a mostrarle el rostro, pero al rozar sus mejillas, las sintió calientes. Eso le dio mala espina y le posó la mano en la frente, para luego abrir los ojos con sorpresa.

—¡Fiebre! —exclamó, angustiado —Gin–san, levántate, por favor…

Pero la pelirroja no escuchaba. De pronto, musitó lo que a Fuji le parecieron incoherencias.

—Por favor, no quiero… No quiero morir igual… No quiero morir igual que papá…

—Vaya, sí que le caló hondo la visita.

Fuji se dio la vuelta al escuchar semejante frase, dicha por una voz que desconocía por completo. Giró la cabeza y se encontró con un joven vestido de manera deportista, en tonos oscuros, cuyo cabello era de un tono negro que curiosamente, se veía algo rojo al escaso sol de la tarde. Sus ojos, redondos y del mismo color que su cabello, observaban con interés la escena frente a él, aunque podía vislumbrarse un leve brillo de pesadumbre en ellos.

—No me extraña —siguió el desconocido, acercándose con un maletín negro en la mano derecha —Seguro entró en pánico, como siempre. ¿Me permites?

Fuji, por instinto, se colocó entre Gin y el recién llegado.

—¿Quién es usted? —preguntó, frunciendo el ceño.

El joven, sonriendo levemente, se inclinó con amabilidad.

—Lo siento, debí presentarme antes —se disculpó —Soy Hoshi Shigu, mucho gusto.

Fuji siguió observándolo con desconfianza, sin apartarse.

—Supongo que tú eres Kinokaze–san —continuó Shigu, sin abandonar su tenue sonrisa —Las chicas me han hablado mucho de ti. Pero por favor —miró a Gin por encima del hombro de Fuji —Hay que atender a Gin.

Eso hizo que a Fuji no le quedara otra opción más que apartarse. Enseguida, Shigu se inclinó ante la pelirroja y después de comprobar que tenía fiebre, abrió su maletín y sacó una jeringa y un pequeño frasco.

—¿Qué vas a hacer? —quiso saber Fuji.

—Es un sedante —explicó Shigu con voz seria —Si no se lo aplico, se pondrá peor.

Procedió a descubrir un brazo de Gin con sumo cuidado y a aplicarle la inyección, luego de lo cual guardó la jeringa y se puso de pie.

—¿Podrías llevarla a su dormitorio, por favor? —indicó Shigu.

Fuji asintió y con lentitud, se inclinó para tomar a Gin en brazos, ya que ella no se mantenía en pie, y la subió a su habitación. Mientras subía la escalera, se quedó pensando en quiénes serían exactamente Terasu y Kamitsuki Hoshi y porqué su sola presencia hacía que Gin se aterrorizara tanto. La estrechó fuerte poco antes de depositarla en su futón, como si no quisiera dejarla, para luego arroparla delicadamente. ¿Porqué le preocupaba tanto esa chica, tan terca como callada? ¿Porque estaba sola? ¿Porque era amable? ¿Porque él resultaba su única compañía verdadera en esa casa y quizá… en todo el mundo?

—Gin–san… —susurró en tono de derrota, observando el rostro de la joven, ligeramente rojo por la fiebre, para luego marcharse del dormitorio. Al pie de la escalera, se encontró con Shigu, de pie y con su maletín en la mano —Lo siento mucho, Shigu–san —se disculpó —No te he ofrecido nada, ¿gustas algo de beber o de comer?

Shigu negó con la cabeza. Fuji de pronto recordó algo.

—¿Conoces a Hatsu–san? —le preguntó.

Shigu asintió con la cabeza y sonrió levemente.

—Es primo mío, igual que las chicas, Gurazu, Kuren… No sé exactamente a cuántos miembros de la familia conoces, pero… Supongo que por el apellido, te haces una idea.

Fuji asintió.

—¿Podemos charlar? —pidió Shigu de pronto.

Fuji volvió a asentir y lo guió a la sala, donde se sentaron pronto uno frente al otro.

—¿Eres doctor, Shigu–san? —preguntó Fuji.

—Casi —respondió Shigu —Apenas estoy terminando la carrera, pero a menos estoy autorizado a cosas simples, como recetar y aplicar medicamentos. Además, es algo que debo saber para estar de pasante de cirujano en el Akishiro.

—¿Pasante de cirujano? —se asombró Fuji. No era para menos, pues Shigu se veía muy joven. Apenas si tendría la edad de Gurazu o Zukure.

Shigu asintió y sonrió más ampliamente que antes.

—Sí, a la familia también le sorprendió. Verás, por lo general, los de mi signo se dedicaban a otro tipo de cosas que no requieran tanta paciencia.

—¿Tu signo? —se extrañó Fuji. ¿Acaso Shigu era integrante del Zodiaco?

—Ajá —Shigu hizo una mueca antes de soltar —Soy Escorpión.

Fuji lo miró con algo de sorpresa. Si mal no recordaba, el símbolo de ese signo era un alacrán, un animal sumamente peligroso.

—Ah, vaya —fue lo que pudo decir Fuji ante aquello —Pero… el signo no tiene porqué determinar lo que serás, ¿verdad?

Shigu lo observó un momento, antes de asentir con una sonrisa divertida.

—Supongo que tienes razón —afirmó —Pero no digas eso frente a Terasu–sama y Kamitsuki–sama. Los pondrías de mal humor.

A la mención de esos nombres, Fuji se puso rígido, recordando las miradas gélidas de ambos. Y el estado en el que habían dejado a la pobre Gin.

—Ellos… son los de más arriba en el Panteón —comenzó Shigu con voz madura, como si fuera un profesor dando una clase —Son los representantes de Helios y Selene.

Fuji se quedó impresionado. ¿Representantes de Helios y Selene?

—Según la leyenda, Helios y Selene temían que los representantes de los otros dioses no cumplieran con su trabajo, así que ellos también concedieron el don de borrar memorias a algunos miembros de la familia. La diferencia es que sus representantes… siempre están juntos. Nunca hay uno sin el otro. Así es como tienen mayor fuerza sobre la familia.

—Shigu–san, acaso… ¿acaso ellos son malos?

Shigu se sorprendió ante esa pregunta.

—Diría que son témpanos de hielo —respondió con aire pensativo —Ellos… no sienten nada por sus colegas del Panteón, por el Zodiaco… Pero con Gin es diferente. Debido a que ella representa al segundo de Géminis, Terasu–sama y Kamitsuki–sama… No sé si sepas, pero a la hora de maldecir a los hombres, se dice que el segundo de Géminis se rebeló. Creo que por eso, sienten repulsión por Gin. No es natural, pero la sienten. Y por eso, la han sometido al maltrato toda su vida, al punto que cuando entra en pánico… Bueno, ya viste cómo se pone. No es nada agradable.

Fuji asintió, sin saber qué decir. Había obtenido algunas respuestas, pero ninguna era muy buena. Se quedó quieto en su sitio, sin pensar en nada en concreto, hasta que una frase de Shigu lo hizo reaccionar.

—A ti te importa Gin, ¿verdad?

Fuji levantó la vista, desconcertado.

—Claro que me importa —soltó —Es mi amiga.

Shigu lo observó meticulosamente, recordando la expresión del chico cuando quiso acercarse a revisar a Gin. No era de un amigo precisamente, y él lo sabía. Y lo sabía porque había visto una expresión similar en sí mismo.

—Dejémoslo así —pidió Shigu de pronto, y sonriendo ante la cara de confusión que ponía Fuji ante el brusco y obvio cambio de tema —Vine a visitar a las chicas, ¿están?

—Eh… no, casi todas están ahora en la Casa Grande —respondió Fuji —¿No sabías?

Shigu negó con la cabeza, con aire divertido.

—La verdad… La verdad es que supe que Terasu–sama y Kamitsuki–sama planeaban algo y los venía siguiendo —confesó —Vine por si le hacían algo a… a cualquiera de las chicas. Pero no fui de mucha ayuda al final —se encogió de hombros y se levantó —Me retiro.

—Ah, sí —Fuji también se paró y lo siguió hasta la puerta principal —Y sí fuiste de ayuda, Shigu–san. Gracias por atender a Gin–san.

Shigu sonrió un poco más al oír eso.

—Creo que Gin… Se merece algo así —susurró.

—¿Qué cosa? —preguntó Fuji.

Pero Shigu negó con la cabeza y abandonó la casa. Fuji escuchó un motor en marcha, pero no supo de qué era porque en cuanto se cerró la puerta tras Shigu, subió la escalera y llamó a la habitación de Gin. Al no obtener respuesta, abrió la puerta lentamente y observó cómo Gin se encontraba recostada de lado, acurrucada bajo las mantas, y apenas se distinguía su rojo cabello y parte de su cara, que ya no estaba colorada. Fuji, luego de un leve titubeo, se decidió a entrar y constatar por sí mismo que ella estuviera bien. Se sentó junto a ella, con cuidado le retiró el mechón de cabello que le caía sobre la frente y colocó en ésta su mano. Ya no estaba caliente, lo que lo hizo respirar con alivio.

—A ti te importa Gin, ¿verdad?

Esa frase le resonaba a Fuji en la cabeza, al tiempo que retiraba su mano de la frente de la chica. ¿Qué clase de cosas se le ocurrían a Shigu? Era evidente que le importaba Gin, ¿no? Al menos eso parecía por la sonrisa que el chico Hoshi esbozó cuando oyó la respuesta que Fuji le dio. Pero entonces… Entonces si era tan evidente, ¿porqué Shigu lo preguntó de todas formas? Aquello no tenía ni pies ni cabeza.

Y fue entonces que Gin abrió los ojos, un tanto confundida por estar en su cuarto, aunque de pronto sintió a alguien allí, sentado junto a ella.

—¿Fuji? —inquirió, recelosa y arrebujándose en las mantas —¿Eres tú?

El chico reaccionó ante su nombre y notó que Gin había despertado.

—Sí, soy yo —respondió, sonriendo con cierta ternura —¿Estás mejor, Gin–san?

Ella asintió sin voltear a verlo.

—Ya… ¿ya se fueron? —inquirió en un susurro.

Fuji supuso que se refería a Terasu y Kamitsuki, y sintió enfado de repente.

—Sí, ya se fueron —logró contestar.

El muchacho vio cómo Gin se encogía más, como si quisiera ocultarse.

—Lo siento —la oyó musitar.

—¿Disculpa?

—No… no quería molestar —respondió simplemente Gin, con voz apenas audible.

Fuji sonrió y negó con la cabeza.

—Tú no me molestas, Gin–san —afirmó —Ahora, con tu permiso, iré a hacer la cena.

Se ponía de pie cuando lo pensó mejor, se volvió hacia ella y se acercó lo suficiente como para susurrarle al oído.

—Y cuando sientas miedo o ganas de llorar… —comenzó, no muy seguro de que ella lo estuviera oyendo, pero luego de un titubeo, siguió —… cuenta conmigo. Estoy aquí.

Y dicho eso se fue, dejando tras sí a una Gin completamente atónita y sonrojada.

Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [18/¿?]
« Respuesta #59 en: Febrero 22, 2011, 04:47:52 pm »
a fuji no le cae muy bn mezuki jajaja
 :grr: los jejes como tratan de mal a gin porbrecita
tan lindo fuji parece que esta ENAMORADO jajaja que lindo xD
Gracias bell me gusto mucho el capitulo y disculpame por no aberlo leido en cuanto salio
esque mi compu esta loco bno espero la conti me gusto mucho un beso  :becho: