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Mayo 22, 2018, 06:22:03 pm

Autor Tema: Castillos en el aire  (Leído 1527 veces)

Desconectado Mayandra

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Castillos en el aire
« en: Julio 25, 2010, 02:20:15 pm »
Es un relato corto que escribí para un concurso literario del instituto hace unos añicos. Si os gusta, pondré lo más lacrimógeno que he escrito hasta el momento


Alguien dijo alguna vez, en algún lugar, en algún momento crucial: "Está bien construir castillos en el aire, si tienen unos cimientos debajo", esta frase me hizo pensar, pasé noches en vela buscándole la vuelta. Durante este tiempo me olvidé de todo y de todos, recuerdo lo que pasaba a mi alrededor, pero yo no era otra cosa que una espectadora. Hoy, años más tarde, viendo a mi tataranieta jugando en internet, he vuelto a ver esta frase. Se la han asignado a alguien a quien no pertenece. Pero no es lo mismo que lo diga un vagabundo que pide caridad en las cercanías del mercado de Sant Antoni, que lo diga un hombre bien vestido, de planta envidiable y posición social inmejorable.
El verdadero autor de quien hablo, el vagabundo, había llegado a ser muy rico, un hombre de negocios, la empresa del cual tenía toda una planta de un edificio de oficinas exclusiva. Decía que había llegado a ser tan rico que, como él decía, se lavaba el culo con billetes de mil duros, a los bares dejaba propinas que, a menudo, duplicaban el precio de las consumiciones; si daba caridad, decía, dejaba billetes de quinientas pesetas.
Me unió a este hombre una preciosa amistad que se rompió por las presiones sociales. Lo conocí cuando iba a comprar un día de primavera. Mi hermano se había marchado a clase y mi madre me envió a comprar garbanzos al mercado. Me sentía eufórica, para mí, ir al mercado o hacer encargos para mi madre era un honor y más si se tiene en cuenta que sólo tenía seis años. Yo, desde luego, no sabía que podía ir a clase como mi hermano, pero que era una chica y no se consideraba importante que asistiera.
El siglo XX acababa de nacer, todo el mundo miraba embobado las obras de la Casa Milà, decía la gente que acabarían cabeza allá el 1910, la Sagrada Familia hacía veinte años que estaba en construcción y nadie sabía si se llegaría a acabar nunca... bien, esto último sigue igual. Volvía del mercado con mis garbanzos en el cesto y la vuelta en el bolsillo. Me tropecé y me pelé la rodilla derecha. Nadie se acercó a ayudarme, tan sólo Cisco, el vagabundo. Recogió las monedas que se me habían caído y, pudiendo arrancar a correr con los céntimos a la mano, me las volvió, de la primera a la última.
- ¿Señorita -dijo-, se ha hecho daño?
A pesar de su aspecto sucio, hablaba con delicadeza, por esto no dudé nunca de su origen rico. No me pidió caridad. Recuerdo sus manos, extrañamente limpias en comparación con la ropa. Saqué la bolsa de garbanzos y le di un puñado tan grande como mi diminuta mano podía coger. El hombre sonrió y me acarició la mejilla.
- Por nada del mundo querría ensuciarle estos cabellos de fuego que tiene, señorita.
Cuando vio el puñado de garbanzos, los ojos le brillaron con emoción, seguro que hacía días que no comía nada mínimamente decente, no sé cuánto de tiempo debía de hacer que Cisco comía sopas de hierba y patatas silvestres cuando yo le di aquel puñado de garbanzos. Un puñado que, a lo sumo, contendría una docena de estas legumbres.
- Son hervidos y están fríos, lo siento -dije.
- Oh, no, señorita, son lo mejor que habré comido nunca, se lo aseguro.
Al llegar a casa, mi madre me regañó diciendo que me había dicho que comprara 250 gramos de garbanzos, no 150. Soporté los gritos estoicamente, aguantándome las lágrimas. El resto de la mañana lo pasé en la habitación, jugando a papás y mamás con las muñecas. Todos los juguetes escucharon con atención la historia del vagabundo.
Cuando Jaume, mi hermano, volvió de la escuela, subió a mi habitación y me alborotó los cabellos con la mano, me agaché tapándome la cabeza con los brazos.
- ¡Tete, haz el favor! ¡No seas criatura!
- ¡Mira quien habla! -exclamó riendo- ¡La gran Senda nos ilumina!
- ¡Ya basta, Jaume!
Paró de molestarme pero siguió riendo un rato más mientras yo me rehacía la cola alta con el tirabuzón aquel que tanto brillaba con el contacto de la luz, dos rizos me caían enmarcando la cara de pan de kilo que tenía y que siempre me ha caracterizado. No sé la razón que me impulsó, pero le expliqué el accidente de los garbanzos y el vagabundo.
Me miró con admiración, decía que él era incapaz de hacer acciones desinteresadas como la mía; "Tan pequeña y con un corazón tan grande", solía decir cuando le explicaba cosas similares a esta. Me dijo que esperara un momento, que tenía una cosa para mí. Me quedé jugando a muñecas hasta que volvió. Me dio un cuadernillo de caligrafía de los que usaban en la escuela.
Era un buen chico, mi hermano. A escondidas de mis padres me había enseñado a leer, escribir, sumar y restar. Decía que él no seria nada a la vida, que era un tocho para los estudios y que pronto no podría enseñarme más cosas y que me tendría que buscar la vida, pero sabía, decía, que me espabilaría y que llegaría lejos. Yo le preguntaba si tan lejos como la Luna y él decía que más allá y todo, después reía y me alborotaba el cabello.
Estuve pasando las mañanas con el vagabundo hasta que tuve una veintena de años, cuando la gente empezó a presionarme y a decirme que una chica de clase alta como yo no debía hablar con vagabundos.
La mañana siguiente del día de los garbanzos, bajé muy temprano. Volví a buscar a Cisco por los alrededores del mercado de Sant Antoni pero no estaba. Todo su "parapeto" seguía allí, pero él no estaba. La curiosidad me carcomía por dentro como la carcoma y empecé a andar alrededor de sus propiedades sin osar tocar nada.
Cuando llegó, traía con él un trozo de pizarra y una tiza. Me miró sorprendido y sonrió condescendiente. En cuanto vio que sacaba unos cuántos granos de maíz de un cestito, le brillaron los ojos y, cuando saqué una cabeza y un cuello de pollo, se le hizo la boca agua.
- He podido rescatar esto de las sobras que la criada acababa de tirar a la basura... no es gran cosa.
- Ay, señorita, no sé cómo agradecerle... ¿sabe matemáticas?
- Poca cosa -dije negando con la cabeza-, sumar y restar.
- ¿Multiplicar?¿Dividir?
- Sólo sumar y restar, me ha enseñado mi hermano.
- ¿Quiere aprender, señorita?
- ¿Usted sabe?¿Me podría enseñar?
- Señorita, sepa usted que yo antes era un hombre de negocios.
- ¿De aquellos que llevan ropa de domingo todos los días?
- Exactamente, y comía ternera cuando quería. Tenía tanto dinero que escondía billetes incluso en los cojines.
Estuvo enseñándome matemáticas durante mucho tiempo, yo cada día le traía algo para comer. No gran cosa... un par de manzanas, unas judías tiernas crudas... recuerdo una vez que le llevé cerillas, se puso loco de contento. A cambio, él me enseñaba matemáticas adelantadas y cada mes me dejaba un libro que yo me leía en poco tiempo.
Cuando le pregunté por qué no se vendía los libros por conseguir dinero para comer, pareció indignarse y me contestó: "Señorita Elisenda, la sabiduría que estos documentos contienen vale tanto que nadie podría pagarme ni por uno sólo... cuando yo falte, estos libros serán por usted y podrá hacer el que quiera, de mientras no los verá ningún tendero malagradecido".
Otra vez que le pregunté cómo podía asegurarme que él había sido un hombre tan rico como decía, me respondió: "Señorita Elisenda, está bien construir castillos en aire si tienen unos cimientos debajo. Tendría una imaginación envidiable si me pudiera inventar un pasado de la nada".
Siendo ya mayorcita, las chicas de mi edad empezaron a decirme que era deplorable que me pasara las mañanas con un vagabundo. Ninguna de ellas se creía que Cisco hubiera podido ser rico. Por esto nunca me han gustado las personas de mi posición social. Son tan envidiosas y recelosas... como decía mi abuela: "En este mundo de monas, hay más bestias que personas", por desgracia, estamos en un país dónde el más tonto hace relojes.
Con veinte años, cediendo a las presiones sociales, dejé de visitar a Cisco... fui tonta. Pero cada día enviaba una criada a llevarle algo para comer. Nunca me he arrepentido lo suficiente de haber hecho caso de la gente y haber dejado de hacerme con aquel buen hombre. Si debo decir verdades, todo lo que poseí hasta la muerte se lo he debido a él.
Escondiéndome detrás de unas cartas, conseguí dirigir una gran empresa que tenía una planta d’edificios exclusiva, me lavaba el culo con billetes de mil duros y daba caridad en billetes de quinientas pesetas. Siendo una mujer me habría sido imposible sin haber conocido a Cisco, que mantuvo encendida en mí la llama del saber.
Ahora que ya soy vieja y estoy muerta, velo por la niña, quiero asegurarme que no comete los mismos errores que yo. Alguien me considerará un ángel de la guarda, pero no soy más que una mujer que cuida de su familia.
Y si queréis saber qué pasó con los libros del vagabundo, que me dejó en herencia... están en la estantería de Elisenda, mi tataranieta, la chica de veinte años que me ha hecho revivir mi juventud. Espero que ella llegue más lejos que yo, yo era inteligente para mi época, pero Senda me supera en todos los sentidos, además, ella no deberá dirigir la empresa desde el anonimato como hice yo, ahora las mujeres pueden dirigir empresas...

Desconectado Ryu

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Re:Castillos en el aire
« Respuesta #1 en: Julio 25, 2010, 08:40:47 pm »
Impresionante Maya-chan, realmente tienes talento para la ésto ^^

Me ha gustado el dicho de la abuela ("En este mundo de monas, hay más bestias que personas")  xD
Por cierto... en algunos díalogos quizá se leeria mejor sí utilizaras unos cuanto signos de admiración ^^

Espero leer algún otro aporte que hagas ^^




En general, los hombres juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver, pero pocos comprenden lo que ven.

Desconectado Mayandra

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Re:Castillos en el aire
« Respuesta #2 en: Julio 26, 2010, 07:54:57 am »
Matilde
ç

No he sabido nunca qué hay encima de la mesa, si debo ser sincero, tampoco es que sea una cosa que me quite el sueño o me haga pensar, la verdad.
Así como Kira se pasa el día arriba y abajo, observándolo todo con sus ojos turquesa, yo prefiero apalancarme a cerca de la estufa o en el sofá, si estoy solo a casa.
A menudo viene hacia mí en Paz con su hermana pequeña enganchada al pantalón e intentan hacerme rabiar, otras veces quieren jugar a pelota conmigo, pero yo ya no soy ningún cachorro, en realidad rondo los ochenta y cuatro años caninos y sólo recupero la agilidad perdida ya hace años cuando me ponen la comida. Pero hubo una época en qué yo botaba, saltaba, corría y jugaba con Matilde por la calle.
Matilde era preciosa, para ser humana, claro está. Cuando digo que era preciosa no me refiero al hecho que fuera especialmente guapa, era más bien una persona bastante anodina, físicamente no destacaba para nada, pero su carácter era brillante. Era dulce y amable, nunca va enseñarme los dientes y hablaba con aquella voz suave como el terciopelo que tenía. Era como la brisa fresca del verano para mí. Y el mejor de todo, nos quería, tanto a Kira como a mí, pero no tan sólo nos quería, sobre todo nos consideraba algo más que objetos, nos respetaba, nos consideraba seres vivos.
Esta chica, Matilde, me gustó desde que la vi entrar en la tienda de animales por primera vez.
Vino directamente hacia mí y golpeó mi cristal suavemente un par a veces. Yo me volví loco, quería marcharme con aquella chica, recuerdo que no podía soportar más a aquellos niños caprichosos que me gritaban y reían ruidosamente cuando me giraba hacia ellos. Pero pasarían días antes no se cumpliera mi deseo.
Durante estos días, Matilde venía a verme cada día, y yo enloquecía, daba vueltas en redondo, me perseguía la cola... y ella reía, con aquella risa melodiosa que la caracterizaba.
Un día, entró a la tienda y, todo hablante con el dependiente, va señalarme con el dedo. Yo sabía qué quería decir aquello; marchaba con ella a casa suya. El chico que nos cuidaba a todos los perros se acercó a la que hasta entonces había sido mi casa, me sacó y me dio a Matilde. La chica me abrazó bien fuerte, temerosa, como si pudieran separarme de ella en cualquier momento, yo le lamí la mejilla y ella va risa como hacía siempre. Era jovencita, unos ciento-cuarenta y un años de perro, o veintiún de humano, al fin y al cabo es lo mismo, calculo yo que debía tener cuando me llevó a su apartamento.
Va llevarme todo el camino hasta mi nuevo hogar a cuestas, aunque debo reconocer que si me hubiera dejado en el suelo no me habría movido de su lado.
Llegamos a casa suya y me dejó en el suelo del recibidor. Ella fue a la cocina y yo me quedé plantado en el sitio. Kira, la gatita siamesa de Matilde, no tardó en aparecer para darme el visto bueno. Me estudió con sus gigantes ojos turquesa, me husmeó meticulosamente y se restregó contra mí, interpreté esto como un "bienvenido", aun cuando no puedo asegurar que lo fuera.
Tomé la costumbre, a día de hoy todavía no sé muy bien por qué, de quitarme siempre antes de que el despertador de Matilde sonara. Saltaba encima de su cama y la despertaba lamiéndole la cara. Entonces, ella me miraba con ojos adormilados, y me rascaba detrás las orejas, abría la cama y me permitía dormir con ella hasta que el despertador marcaba que se tenía que ir a trabajar.
Después, cuando ella volvía, yo le traía mi correa y me llevaba a la montaña, donde podía correr totalmente a mi aire. Matilde me lanzaba ramitas para que yo las fuera a buscar y se las devolviera. Nos divertíamos de lo lindo juntos.

Un día, cuando volvió de pasear conmigo, va llamar por teléfono bajo las atentas miradas de la *Kira y mía. Tras hablar un rato con quien sabe quien apuntó algo en una hoja de papel mientras sostenía el auricular entre la oreja y el hombro. Finalmente, colgó, fue al calendario y apuntó "Leucemia, 17:30". Sí, yo también lo pensé, que sus amigas tienen unos nombres bien curiosos.
Me abrazó como el primer día, tenía los ojos llorosos y yo le lamí las lágrimas dulcemente, cosa que pareció reconfortarla.
Con ella he pasado los mejores años de mi existencia, jugando con ella y Kira, bañándonos juntos a la playa, asustando los moscardones que la rondaban y ella reía, siempre reía, siempre tenía tiempos por jugar conmigo aun cuando a menudo volviera agotada de trabajar.
Un día, pero, me levanté como siempre antes de que su despertador diera la alarma y lamí a Kira como forma de saludo, acto seguido salté como siempre sobre la cama de Matilde y le lamí la mejilla, pero ella no abrió el ojos ni me rascó detrás las orejas. Me puse dentro de la cama con ella hasta que sonó el despertador, pero no lo paró ni hizo la intención de levantarse.
Aquel mismo día, van llevarnos, a Kira y a mí, a casa de Pau. A veces, a la hora de siempre, todavía me planto a la puerta de casa de Pau con la correa a la boca esperando que vuelva Matilde. Porque sé que lo hará, no puede habernos dejado, a Kira y a mí, huérfanos de su amor, ella no seria capaz. No es que Pau sea mal chico, y su hermanita tampoco, pero ninguno de ellos es como mi Matilde, ninguno de ellos ríe como ella, ellos dos no tienen amigos con nombres tan curiosos como "Leucemia".
Sé que volverá, sé que mi Matilde vendrá un día a recogernos, a Kira y a mí, y nos llevará otra vuelta a su piso. Ruego porque no tarde, porque yo ya soy viejo y quiero morir a su lado, quiero ir a la montaña con ella una vez más antes de que se seque mi nariz.

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Re:Castillos en el aire
« Respuesta #3 en: Julio 26, 2010, 09:52:00 am »
Buenisimos los 2...^^
 
Pobre perrito... >.<
 
Buena imaginacion y estilo, si señora. Castillos en el aire me ha recordado un poco a Carmen Laforet, a un libro q me regalaron q se llama Nada...^^
La capacidad de imaginar es el mayor recurso del ser humano.


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Re:Castillos en el aire
« Respuesta #4 en: Julio 26, 2010, 11:09:50 am »
El de "Nada" no em lo he leído, vale la pena?

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Re:Castillos en el aire
« Respuesta #5 en: Julio 26, 2010, 11:23:08 am »
Es muy buena ^^

Gran talento el que tienes, espero volver a leer algo tuyo
(·~_~·)




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Re:Castillos en el aire
« Respuesta #6 en: Julio 26, 2010, 11:37:09 am »
oooooooo de verdad es muy bueno me asombras mucho mayandra  :-D  espero poder leer algo tuyo de nuevo gran imaginacion  n_n
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