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Mayo 22, 2018, 06:32:31 pm

Autor Tema: Telaraña [31/52 + Omake 3/7]  (Leído 21678 veces)

Desconectado tsukune

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Re:Telaraña [18/¿?]
« Respuesta #60 en: Febrero 23, 2011, 04:41:02 pm »
bueno aki tsukune reportandose fiel lector del fic y komo tengo para rato ke leer y ke seguro tengo demasiado a leer XD


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Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [18/¿?]
« Respuesta #61 en: Febrero 23, 2011, 05:20:51 pm »
que bno que ya estes por aqui  :feliz: tsuku-chi como veras Bell va ya muy adelantada y hay muchas cosas que te van a sorprender jjajaj que bno tenerte por aqui de nuevo

Bell espero la conti..


 

Desconectado THB Potter

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Re:Telaraña [18/¿?]
« Respuesta #62 en: Febrero 23, 2011, 07:05:27 pm »
¡Oh, ha resucitado de entre los muertos! (Bell mira sospechosamente a Tsukune).

Vamos, que has estado verdaderamente ausente. Ya ni me hostigas por MSN (Bell deja escapar una risita). Como sea, el capi pasado se han presentado los personajes que son a Telaraña lo que Akito Souma fue para Fru Ba, ¿cómo la ven?

Por otro lado, es evidente que a Fuji no le cae bien Mezuki (lo de estar enamorado... Creo que él mismo no se da cuenta, :jeje:), Gin también y bueno, aquí vamos a entrar a otro... Digamos "arco argumental". No estoy segura que así se le llame, pero se refiere a una parte de la historia que no involucra directamente a los Hoshi. ¿Me expliqué o los confundí más? (Bell mira amenazadoramente a Tsukune, para que éste no hable de más).

Bien, de momento es todo, ¡es que me gustó el regreso del lector pródigo! (Bell deja su enfado para luego, va con Tsukune y lo abraza). Aquí se comenta bien y bonito, damas y caballeros, así que espero saber lo que opinan, sus teorías, sus quejas... En fin, todo.

Nos leemos a la próxima.

P.D. Título del próximo capítulo: El asunto.

Desconectado tsukune

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Re:Telaraña [18/¿?]
« Respuesta #63 en: Febrero 23, 2011, 07:14:45 pm »
bueno aki tu prodigo lectordispuesto a leer peo me voy a demorar diskulpa por nu leer aora el fic toy en otra kosa perdona bueno io voy a lo mio para luego leer XD


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Desconectado THB Potter

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Re:Telaraña [19/52]
« Respuesta #64 en: Febrero 26, 2011, 08:08:26 pm »
Diecinueve: El asunto.

Terminó el Golden Week y las cosas volvieron a la normalidad en Akiyuri, en los empleos y escuelas… Pero no en la casa de las Hoshi.

Cuando Wodaka, acompañada por Zukure y Saragi, regresó de la Casa Grande, no supo explicarse qué había pasado. Aparentemente, todo era igual: Fuji estaba haciendo la cena después del trabajo (sabían que el chico salía temprano durante el Golden Week) y Gin estaba afuera, practicando con su balón de fútbol. Pero a la hora de sentarse a la mesa, tanto uno como la otra se veían diferentes. Además, permanecieron mudos hasta que se escuchó a Mezuki cruzar la puerta.

—¡Hola a todo el mundo! —saludó la pelirroja, vistiendo un conjunto gris de falda y chaqueta combinado con una blusa blanca del mismo tono que los botines que calzaba. Cargaba algunas bolsas en las manos —Dejaré esto en mi dormitorio y vuelvo.

Acto seguido, se oyó cómo subía la escalera.

—Esta niña me sorprende —masculló Wodaka entonces, no tan alegre como siempre.

Zukure asintió con la cabeza, mientras que Saragi seguía atenta a ver cualquier cambio posible en la actitud de Fuji y Gin.

Pero nada: cada uno estaba en lo suyo, impasible.

—Bueno, aquí me tienen —Mezuki entró al comedor en ese momento, tomó asiento y miró a ambos lados antes de hacer una mueca —Vaya caras las suyas, ¿alguien murió o qué?

Justo en ese momento, sonó el teléfono de la casa y Zukure, que se había puesto de pie hacía pocos segundos para servirle a Mezuki, fue a contestar la llamada.

—Mezuki, sí que eres poco delicada —le susurró Saragi.

La aludida frunció el ceño con extrañeza al tiempo que Zukure volvía.

—Fuji–kun —llamó con delicadeza —Es para ti. Dijeron que de una editorial, la Akihon…

El chico alzó la cabeza del plato, frunció el ceño al pararse y esbozó una triste sonrisa.

—Ya se habían tardado… —musitó, saliendo del comedor —Gracias, Zukure–san.

Oyeron al joven caminar por el pasillo hasta el teléfono, pero de la conversación no distinguieron frase alguna. Pocos minutos después, Fuji regresó, con la misma sonrisa triste de antes, y volvió a sentarse.

—¿Para qué te llaman de la Akihon, niño? —quiso saber Wodaka.

—Pues… es por un viejo asunto —se limitó a responder Fuji, acabando de cenar en ese instante, para luego recoger sus cosas de la mesa —Con permiso.

Salió en dirección a la cocina, lo que aprovecharon las chicas para volverse hacia Gin con expresión interrogativa.

—¿Qué? —quiso saber la pelirroja, mirándolas con cara de fastidio.

—¿Qué le hiciste a Kinokaze? —inquirió sorpresivamente Mezuki —No hay que ser un genio para saber que algo le pasa. Y de seguro, como siempre, tú tienes la culpa.

Gin se puso de pie de un salto.

—Así estás contenta, ¿no? —espetó Gin en voz baja —Echándome la culpa de todo.

—Pues te lo ganas, enana —le hizo ver Mezuki.

—Por favor —pidió Zukure en ese momento —Mezu–chan, Gin…

—Suficiente —soltó de pronto Wodaka con voz severa —Gin, no es por darle la razón a Mezuki, pero seguramente tú sabes qué le pasa al niño

Gin miró a la rubia con actitud desafiante, para luego dar media vuelta, dispuesta a abandonar el comedor. Pero antes de hacerlo, farfulló.

—Si quieren saberlo, pregúntenle al alacrán matasanos.

Y al segundo siguiente, pudieron oírla subir la escalera.

—¿Shi–kun? —se extrañó Zukure —Pero él no conoce a Fuji–kun…

Saragi apoyó un brazo en la mesa y se quedó pensativa. En la Casa Grande, el hogar de la familia de Shigu quedaba justo a un lado del de sus padres. Y el día anterior, había visto regresar a Shigu muy tarde. ¿Cómo no verlo cuando manejaba una enorme motocicleta roja y plateada con un alacrán negro pintado en la carrocería? Se puso de pie.

—Disculpen —dijo entonces —Debo hacer una llamada.

Salió al pasillo, y las demás iban a seguirla cuando Fuji salió de la cocina por la puerta que daba al pasillo y vio a Saragi plantada junto al teléfono, marcando.

—Sango–dono, buenas noches —se escuchó que Saragi saludaba. Fuji la pasó de largo rumbo a la escalera y cuando se oyó que había subido, Saragi continuó —Disculpe, ¿estará Shigu por ahí? … Ah, gracias.

Justo Wodaka, Zukure y Mezuki estaban junto a Saragi cuando ésta apretó algunos botones del teléfono y colgó la bocina.

—Hola, Shigu, estás en el altavoz —indicó.

—Vaya, ¿acaso es una emboscada? —soltó sin más la voz indiferente de Shigu a través del aparato —Buenas noches, chicas. ¿Quiénes están?

—Todas menos la enana —indicó Mezuki.

—Mezuki, sabes que no apruebo ese comportamiento —reprochó Shigu, para luego suspirar —Muy bien, ¿qué se les ofrece?

—¿No te imaginas porqué llamamos? —inquirió Wodaka a su vez.

Shigu volvió a suspirar.

—La verdad sí —reconoció el muchacho —Por lo de Terasu–sama y Kamitsuki–sama.

—Un minuto, ¿porqué mencionas a Terasu–sama y Kamitsuki–sama?

Shigu, en su casa y sosteniendo el auricular con cierto desgano, dio un respingo.

—¿No me llaman por lo de ayer? —quiso saber.

—¿Qué pasó ayer, Shi–kun? —interrogó Zukure, preocupada.

Las otras tres se miraron, esbozando ligeras sonrisas satisfechas.

—Ah, pues Zukure–san, es algo complicado —oyeron que respondía Shigu, dejando de lado su tono de voz normalmente formal y seguro por uno un tanto tímido —Ayer por la tarde, estaba siguiendo a Terasu–sama y Kamitsuki–sama porque Gurazu–kun me dijo… Bueno, él me avisó que algo tramaban, y como iban para allá…

—No tenías nada qué temer —le hizo ver Mezuki —Estábamos en la Casa Grande.

—Sí, por eso se me hizo tan extraño y los seguí. Y fue bueno que lo hiciera, porque se presentaron con Kinokaze–san.

Ante eso, las chicas se quedaron mudas de asombro.

—Pero… el niño sigue con su memoria intacta —observó Wodaka.

Shigu soltó un bufido.

—Wodaka–kun, dije que se presentaron, no que actuaron —recalcó.

La rubia se sonrojó ligeramente, algo avergonzada.

—Entonces, ¿la enana entró en pánico, como siempre? —Mezuki sonaba ansiosa.

—Si así fue o no, te tiene sin cuidado, Mezuki —espetó Shigu, quien se oyó un tanto molesto —El punto es que Kinokaze–san ya los conoce y sabe que son los de más arriba en el Panteón. ¿Necesito decir más?

Las chicas se miraron entre sí de nuevo, desconcertadas.

—No sé qué pensar —susurró Zukure —Nunca he sabido de alguna actuación por parte de Terasu–sama y Kamitsuki–sama.

—Eso es evidente —le hizo ver Shigu con amabilidad —Ninguna persona que nos descubriera había llegado a tanto en la simpatía del Panteón, ¿me explico? Quizá es por eso que esos dos quieren prolongar esto. Creo que para… disfrutarlo.

—Sí, claro —ironizó Saragi —En fin, eso aclara un par de cosas. Gracias por la información, Shigu y nos veremos pronto.

—De nada, Saragi–kun —dijo Shigu, para luego colgar sin más.

—Creo que… Acabo de darme cuenta de algo —musitó Zukure.

Pero nadie le prestó atención porque Saragi comentaba algo importante.

—Hablaré con Fuji–kun de esto. Creo que es bueno… que esté advertido.

—Como si fuera a servir de algo —masculló Mezuki.

Saragi la miró con algo de furia contenida.

—¿Sabes qué? Sigo sin comprender cómo es que vives aquí si das a entender que preferirías regresar con tu madre —espetó de mala gana.

—Y yo sigo sin comprender porqué has cambiado tanto —respondió Mezuki, dándole la espalda —Hasta parece que te importa más la gente.

Al decir eso, Mezuki se fue a su dormitorio.

—Ahora que lo pienso, creo que es cierto —intervino Wodaka —Saragi, ¿porqué te importa tanto este asunto del niño?

Saragi se limitó a sonreír levemente.

—¡Sí, eso es! —exclamó Zukure por lo bajo, llamando la atención de sus primas.

—¿Qué cosa, Zukure? —se extrañó Saragi.

—Es que… acabo de darme cuenta de algo —dijo, haciendo una mueca de reflexión —Fuji–kun y Shi–kun se parecen en algo.

—¿Ah, sí? —Wodaka se veía algo sorprendida —¿En qué?

—En cómo demuestran su concepto de las personas —respondió Zukure, luciendo una breve sonrisa orgullosa.

Saragi arqueó las cejas, pidiéndole a su prima con ese gesto que se explicara mejor.

—¿No se fijaron que los dos llaman a Mezu–chan de la misma manera? —indicó Zukure.

Saragi y Wodaka se miraron, sorprendidas por la capacidad de deducción de Zukure.

—Sí, ahora que lo dices, es cierto —reconoció Wodaka —Pero eso solamente significa una cosa… —y se fue rumbo a su dormitorio, murmurando para sí.

Eso no hizo más que dejar a Zukure y Saragi con varias dudas en la cabeza.

&&&

Durante la semana, Saragi buscó la oportunidad de charlar con Fuji, pero ésta no llegó hasta una de las clases de Deportes, cuando el profesor los organizó para jugar tenis. Como eran partidos de uno contra uno, Saragi se acercó a Fuji justo cuando Nagase y Shinto lo dejaban para ver contra quiénes les tocaría jugar, según el profesor.

—Fuji–kun, ¿tienes un minuto?

—Sí, claro, Saragi–san —el chico le sonrió distraídamente —¿Qué pasa?

—Pues… es acerca de… de los jefes de mi familia.

Al oír eso, Fuji se ensombreció un poco, aunque procuró que su sonrisa no se esfumara del todo, para no alarmar a Saragi.

—¿Los jefes de tu familia? —inquirió.

—Sé que ya los conoces —dijo Saragi con seriedad —Y por eso mismo quisiera decirte que… Que tengas cuidado con ellos.

Fuji le sonrió un poco más triste que antes.

—Eso lo deduje yo solo, ¿sabes? —comentó.

Saragi no pudo evitar admirarse ante eso. Normalmente, Fuji era muy distraído.

—Me alegra —se sinceró la chica —Sin embargo, quise avisarte igual. Digamos que… ningún miembro del Zodiaco tiene buen concepto de Terasu–sama y Kamitsuki–sama. Será porque… ellos no son muy agradables con nosotros.

Fuji no dijo nada ante eso, pues al conocer a los representantes de Helios y Selene, el detalle le había quedado más que claro.

—Aunque claro, todos llegamos a la misma conclusión al pensar en el asunto —prosiguió Saragi, sin darse perfecta cuenta de lo que decía —Todos estamos mucho mejor que la treceava criatura. A ella sí que le va mal.

—¿Y eso es justo? —murmuró de pronto Fuji.

Saragi se volvió hacia él con extrañeza.

—¿Es justo… que a alguien le toque todo eso por algo que nunca pidió? —Fuji tenía la mirada clavada en el suelo, sin atreverse a ver a Saragi —¿Es justo acaso?

Saragi reflexionó un poco esas palabras.

—Tal vez no sea justo —concedió —Pero para nosotros, es lo más lógico.

Fuji la miró con desconcierto.

—Ponte en nuestro lugar —le pidió Saragi —Estamos malditos, eso es algo que no podemos cambiar, y vivimos al pendiente de que nadie nos descubra, porque tememos al rechazo. Así que buscamos algún consuelo por nuestra condición. Y el más cercano está entre nosotros mismos. Está en la treceava criatura. La persona que está maldita como la segunda figura de Géminis siempre es más desafortunada y es lo que nos anima un poco.

Fuji comprendió la explicación, pero aún así sentía coraje.

—Creo comprender… lo que querían mis padres para mí —susurró Saragi de pronto, alzando la vista al cielo, que entonces se nublaba un poco —Lo que querían enviándome aquí… —suspiró y sonrió ligeramente —Tengo que agradecerles.

Fuji eso no lo entendió, pero no pudo preguntar nada porque el profesor llamó a la chica, pues era su turno de jugar. El chico se quedó parado en su sitio, meditando mucho en lo que Saragi le comentó, y de repente, le vino a la mente algo totalmente diferente, algo respecto a un asunto que tenía que arreglar, precisamente, saliendo ese día de clases.

La llamada de la editorial Akihon.

&&&

Las chicas Hoshi se sorprendieron cuando a la hora de salida, Fuji abandonó el salón a toda prisa, consultando su reloj y casi chocando de frente con Esaki, que lo miró con desdén. Nagase y Shinto, viendo eso mismo, suspiraron.

—¿Fuji te contó algo? —le preguntó Shinto a Nagase.

—Nada del otro mundo —el rubio se encogió de hombros —Un asunto con la Akihon… Seguro es por lo del último contrato de Kenji–san.

—¿Y porqué hasta ahora lo arreglan? —se extrañó Shinto.

—No sé, y no me atreví a preguntar —Nagase hizo una mueca —Sabes que es un tema delicado. Bueno, yo me voy. Mamá quiere que lleve a las pulgas de compras.

Shinto sonrió levemente.

—¿No quieres que te acompañe? —inquirió.

—No, las asustarías —bromeó Nagase, para salir en ese momento del salón.

Ni él ni Shinto supieron que una persona había estado atenta a su charla de la manera más discreta posible. Una persona que en cuanto pudo, abandonó el salón a toda carrera.

&&&

Un edificio alto, de colores neutros y tonos amarillentos, era el que albergaba una de las casas editoriales más reconocidas de aquella región de Japón: la Akihon. Con contratos firmados en más de veinte países, se enorgullecía de sus publicaciones, y ahora estaba por terminar un contrato de lo más lucrativo. Pero eso no le impedía tener calidad humana, haciéndoles tener conciencia que dicho contrato tenía que discutirse con el heredero del titular. Pues el titular había muerto.

—Lamento la tardanza —un joven de cabello castaño rojizo y ojos castaños, con una mochila roja al hombro y uniforme verde oscuro con corbata amarilla, entró a una oficina muy amplia luego de llamar a la puerta para anunciarse.

—No hay problema —le indicó un hombre barbado sentado a un escritorio muy largo de caoba, sonriendo con cierta tristeza —Yo lamento hacerlo venir, pero…

El joven de uniforme, pasándose una mano por su desordenado cabello, negó con la cabeza.

—Sabía que tarde o temprano… tendría qué venir —afirmó.

—Muy bien, entonces tome asiento —pidió el hombre barbado.

El joven asintió, se quitó la mochila de la espalda y obedeció.

La reunión duró aproximadamente una hora. Al salir de ella, el joven de uniforme caminó hasta el ascensor, pero viendo que había mucha gente esperando para usarlo, se decidió por las escaleras. Eran varios pisos, pero no le importó, Eso le ayudaría a pensar… Siempre y cuando prestara atención al camino.

—¡Disculpe! —soltó el joven cuando chocó con alguien que subía.

—Al fin… Te encontré…

El joven giró la vista, desconcertado. La persona con la que había chocado era una joven pelirroja y de ojos plateados, de uniforme como el suyo, verde oscuro con corbata amarilla, y que en las manos llevaba unos patines rojos. Iba descalza y bastante agitada.

—¿Gin–san? —se extrañó el joven.

La joven pelirroja asintió, intentando recuperar el aliento.

—Fuji, ya… ¿ya… acabaste… tu asunto? —inquirió ella.

—Sí, ya lo terminé —Fuji arqueó las cejas, sorprendido —¿Qué haces aquí?

Era lo único que me pasaba por la cabeza, para ser sincero, ¿qué hacía Gin–san en la editorial Akihon? En la casa, nadie sabía que vendría…

—Creí… que querrías… que querrías compañía…

Fuji frunció el ceño, sin comprender.

—Como oí a Haraki decir… que el asunto de la Akihon… tenía que ver con tu papá… Yo creí que… querrías compañía…

Fuji se sorprendió por eso, pero al segundo siguiente, logró sonreír.

—Gracias —susurró sinceramente.

Gin, que todo el tiempo había hablado con la cabeza inclinada y apoyando las manos en las rodillas, intentando recuperar el aliento, se ruborizó ante eso, pero no por la palabra en sí, sino por el tono en que el chico lo dijo. Pensó que se escuchaba… dulce. Sacudió la cabeza.

—De nada —masculló, un tanto molesta.

—Gin–san, ¿porqué te quitaste los patines? —fue lo siguiente que Fuji preguntó.

—¿Cómo que porqué? —se extrañó la chica, alzando la vista —Por si no lo sabías, no se pueden subir escaleras con patines puestos. Y no iba a esperar el ascensor, estaba lleno a reventar.

Fuji miró el mohín que Gin hacía y no pudo reprimir una carcajada.

—¡Lo siento! —se disculpó entre risas —Es que… pensé lo mismo… Por eso vine por las escaleras. Pero me alegra —reconoció, sonriendo —Así nos encontramos, Gin–san.

Gin se ruborizó de nuevo y desvió la mirada.

—Sí, claro —admitió —¿Nos vamos?

Fuji asintió y caminó tras ella, sintiéndose un poco mal al ver cómo las calcetas de Gin, antes blancas, comenzaban a ensuciarse.

—Gin–san, ¿porqué no tomamos el ascensor? —propuso.

Gin detuvo sus pasos sin avisar, inclinando la cabeza. El ascensor… un espacio pequeño, cerrado, frío… Frío como ellos. Sin poder evitarlo, tembló un poco.

—¿Gin–san? —llamó Fuji, confundido —¿Estás bien?

Un sitio oscuro, pequeño y cerrado… Eso es lo que te mereces, pequeña monstruo…

—No me… —comenzó Gin, con voz algo ronca —No me gustan… los ascensores.

—¿Ah, no? —inquirió Fuji inocentemente —Pues la verdad, a mí tampoco. Me hacen sentir encerrado. Papá decía que era cosa de familia, porque a mamá tampoco le gustaban. En ese caso… —titubeó, para luego seguir —Permíteme.

—¿Qué cosa? —se extrañó ella.

Al segundo siguiente, sintió que la levantaban del suelo y se quedó asombrada.

—Oye, ¿qué estás haciendo? —soltó, mirando a Fuji a la cara —Yo puedo caminar sola.

—Eso se ve —respondió Fuji tranquilamente —Pero estás cansada. Y nos faltan varios pisos por bajar, así que simplemente te llevo.

—Pero… —intentó replicar ella.

Él se limitó a sonreírle y Gin, mucho más roja que antes, giró la cabeza hacia otro lado.

—De acuerdo —accedió de mala gana, antes de agregar —Gracias.

—De nada.

&&&

—No es justo, ¿no vas a decirme nada?

Gin y Fuji iban camino a casa. Saliendo del edificio de la Akihon, Fuji había bajado a Gin entre varias miradas curiosas y le ayudó a ponerse los patines para poder marcharse. Ahora ella le preguntaba qué era lo que había ido a hacer a la editorial y el chico no soltaba prenda.

—No es el momento, ¿sabes? —comentó Fuji con una sonrisa nostálgica —Quizá… para las vacaciones de verano. ¿Te quedarás otra vez en la ciudad, verdad?

Gin se quedó asombrada, porque daba la impresión que Fuji de verdad quería que se quedara.

—Ah, pues yo… —dudó, un tanto confusa —Sí, supongo que me quedaré otra vez.

Fuji le sonrió, ya sin rastros de nostalgia.

—En ese caso, te contaré en julio —apuntó el chico, para luego quedarse pensativo sin perder de vista el camino. Esquivó un bache con su bicicleta al tiempo que decía —Ahora que recuerdo… Gin–san, ¿me acompañarías a visitar a mi abuela?

—¿Tu abuela? —Gin frunció el entrecejo, recordando —Se llama Shizuka, ¿no?

Fuji asintió.

—Tengo una noticia qué darle —se explicó él —Y su casa no queda lejos.

Gin asintió.

Pronto llegaron a una casa de dos plantas pintada de un tenue tono paja, que en su buzón decía claramente Shimura. A Gin le vino a la mente la herida que Fuji se hizo el día que fue a visitar a su abuela al hospital, lo que había comentado Hatsu al respecto y se puso en guardia cuando el joven llamó al timbre. A los pocos segundos, una anciana de semblante agradable abrió la puerta.

—Fuji, cariño, mucho gusto en verte —saludó la mujer, acercándose al muchacho y dándole un abrazo —¿Cómo has estado?

—Muy bien, abuela, gracias —Fuji le sonrió a la mujer y se volvió hacia Gin —Gin–san, ven. Quiero presentarte a mi abuela.

La chica obedeció, avanzando un par de pasos.

—Abuela, ella es una de las chicas con las que vivo, Hoshi Gin–san —presentó Fuji —Gin–san, ella es mi abuela, Shimura Shizuka.

—Mu… mucho gusto, señora —tartamudeó Gin, inclinándose ante la mujer.

—Igualmente, jovencita —la señora Shizuka le sonrió —¿Eres pariente de Hatsu–kun, verdad? Se parecen un poco.

Gin levantó la vista con sorpresa.

—¿Yo, parecerme al… a Hatsu? —soltó, incrédula.

La señora Shizuka se limitó a asentir un par de veces con la cabeza.

—Pero pasen, por favor —indicó amablemente —Fuji, pensé que vendrías después de tu cita en la Akihon, así que preparé galletas de avena.

—Vaya, gracias, abuela —Fuji sonrió y a Gin pensó que el gesto le había salido de lo más puro e infantil, como si fuera un niño pequeño.

Minutos después, los tres estaban en la sala, sentados a la mesa de centro y tomando té con las mencionadas galletas. Gin, al probarlas, tuvo que reconocer que estaban sabrosas.

—Saben bien —comentó en voz baja.

—Gracias, querida —le dijo la señora Shizuka —Eran las favoritas de Kumiko y a decir verdad, lo único que aprendió a cocinar en forma cuando vivía aquí.

Fuji rió, pero Gin notó que se había puesto un poco triste. Y es que si mal no recordaba, Kumiko era el nombre de la madre del chico.

—Sí, mamá solía hacerlas cada vez que se le antojaban —recordó Fuji.

—Muy bien, Fuji, dime, ¿cómo te fue en la Akihon? —preguntó la señora Shizuka.

—Eso vine a decirte, abuela —admitió Fuji, poniéndose serio —Ugaki–san me presentó el borrador ya editado, estuve de acuerdo con él y el libro saldrá a mediados de julio. Con eso, el contrato termina y solamente tendré tratos con la editorial por lo de las regalías.

La señora Shizuka asintió con gesto serio, mientras que Gin trataba de entender la charla, puesto que le parecía algo extraña. Intentaba atar cabos cuando un comentario de la abuela de Fuji la sacó de sus pensamientos.

—Oye, Fuji, esta chica tan linda… ¿es tu novia, acaso?

—¿Qué? —se extrañó el aludido, en tanto Gin se ponía roja de vergüenza —¡No, nada de eso! Es mi amiga, abuela. ¿Porqué lo preguntas?

Pero la señora Shizuka simplemente sonrió.

—Por nada en particular —respondió, dejando por zanjado el asunto —Ahora, ¿podrías hacerme un favor? Tráeme un frasco de pastillas del estante de la cocina donde guardo el té. Es blanco con una línea azul. Casi se me olvida tomarme mi medicamento.

Fuji se puso de pie, asintiendo, y salió.

—Le importas.

Gin casi se atraganta con la galleta que comía al escuchar aquello de la abuela de Fuji.

—¿Perdón? —logró farfullar.

La señora Shizuka la miraba con los ojos entrecerrados, como si la analizara a fondo. Sus ojos castaños eran muy parecidos a los de Fuji, como no tardó en notar Gin.

—Así miraba Kumiko a su Sabishi Okami (*) —comentó la señora Shizuka en tono soñador —Sí que era especial ese chico…

—¿A quién? —se extrañó Gin sin poder evitarlo.

La señora Shizuka sonrió un poco más.

—¿Sabes porqué Fuji es tan formal? —preguntó de pronto.

—Pues… no —reconoció la pelirroja.

—Así era Kenji, su papá —explicó la señora Shizuka —Fuji quería a Kumiko y a Kenji por igual, pero mientras a ella la cuidaba, a él lo admiraba. Por eso… parece que lo imita. Pero no pienses mal —añadió, a ver la expresión algo triste de Gin —Kumiko y Kenji estaban orgullosos de Fuji. Les agradaba que tratara con respeto a todo el mundo.

Gin no pudo evitar sonreír levemente ante eso.

—Sí, lo sé —reconoció en un susurro.

La señora Shizuka notó algo en su expresión y no pudo evitar sonreír también.

—Y a ti también… —susurró, pensativa.

—¿Qué dices, abuela? —inquirió Fuji, llevando el frasco de pastillas en una mano y un vaso de agua en la otra.

—Nada importante, querido —aseguró la anciana —Creo que deberían marcharse. Es tarde y según recuerdo, tu casa queda lejos de aquí.

Fuji asintió y Gin, notando el gesto, apuró su té y se puso de pie. Los dos se despidieron amablemente de la mujer y ella, al verlos irse por la calle conversando tranquilamente, suspiró.

—Igual que Kenji —susurró, sonriendo con aire divertido —Kumiko, te divertiría verlo.

Y entró a su casa, negando con la cabeza resignada pero alegremente.

(*) Expresión formada por sabishi (solitario) y okami (lobo). Siguiendo las reglas básicas del idioma japonés, la frase debe traducirse como lobo solitario.

Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [19/52]
« Respuesta #65 en: Febrero 26, 2011, 09:01:32 pm »
Awwww fuji la cargo que lindo ajajja y gin se va a quedar con el una ves mas en julio jajaj que lindos
jajaja las abuelas siempre preguntan eso jaja
me gusto mucho el capitulo bell esta muy interesante
pero que tiene que ver en que los dos dien mezu-chan? bno
Gracias por el capitulo
espero la conti... :becho:


 

Desconectado THB Potter

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Re:Telaraña [19/52]
« Respuesta #66 en: Febrero 26, 2011, 09:17:50 pm »
Ay, Daniela, si te soy sincera, eso de que Fuji cargara a Gin salió de la nada. Cuando releí el capítulo en su día, me pareció un detalle excesivo, demasiado cursi... Pero luego decidí dejarlo porque "encaja" en la personalidad de Fuji, ¿entiendes lo que quiero decir o te cunfundí más?

Por otro lado, ¿en serio todas las abuelas dicen eso? Mis abuelas ya fallecieron y nunca me conocieron un novio, así que no lo sé. Yo simplemente creo que Shizuka Shimura es una señora muy buena y comprensiva.

Y creo que te confundiste con lo de Mezuki: Zukure es quien la llama "Mezu-chan", pero tanto Fuji cono Shigu la llaman "Mezuki", a secas. Lo que intenta decir Zukure es que ambos sienten cierta antipatía por la Primera Gemela, lo cual se nota en su voz a la hora de llamarla. Espero haberte aclarado la duda.

Cuídate mucho y nos leemos a la próxima.

P.D. Título del siguiente capi (porque esta posdata se está haciendo costumbre): El concejo y el consejo. (Edición por equivocación en el título del próximo capi, culpa de su servidora, que a veces se confunde)
« Última modificación: Marzo 05, 2011, 11:52:12 pm por THB Potter »

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Re:Telaraña [19/52]
« Respuesta #67 en: Febrero 27, 2011, 08:32:28 am »
Awww ya entendi ajajaj lo de mezuki  :jeje:
y no es porque mi abuela me lo haya dicho o algo por el estilo si no que lo he leido y visto varias veces
y lo de fuji y gin ya te abras dado cuenta que soy una loca romantica jajaja
bno espero tu proximo capitulo
sayonara!


 

Desconectado tsukune

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Re:Telaraña [19/52]
« Respuesta #68 en: Febrero 28, 2011, 07:22:07 am »
bueno bell tendras ke diskulparme nu voy a poder leer en estos dias bueno kuando tenga tiempo me lo leo too lo ke me falta


la vida pasa y pasa y se hace kada vez mas dificil T-T

Desconectado THB Potter

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Re:Telaraña [20/52]
« Respuesta #69 en: Marzo 05, 2011, 11:44:08 pm »
Veinte: El concejo y el consejo.

Bueno, estamos a mayo. Mayo en sí me agrada, porque es el mes más agradable de la primavera. Es cuando la estación se pone más calurosa para darle la bienvenida al verano. Sin embargo, debo admitir que tiene sus desventajas.

—¿Práctica otra vez?

Fuji se sorprendió ante ese dato a la salida de clases de ese día soleado de mediados de mayo. Le estaba preguntando a Gin si ese día se irían a casa junto con Mezuki (dado que Saragi se había ofrecido a ir con Esaki a una junta del concejo escolar) y se llevó una desagradable sorpresa al escuchar de parte de la pelirroja que tendría que quedarse a una práctica del club de fútbol.

—Gin–san, ¿no están practicando mucho últimamente? —inquirió tímidamente.

Gin arqueó una ceja, con semblante pensativo, y sin mirarlo.

—Creo que sí. Según Royama—sensei, es porque jugaremos el mes entrante contra la Akidanshi. Ya sabes, esa preparatoria de puros chicos.

—Vaya, eso no lo sabía —admitió Fuji, avergonzado —¿Y jugarán chicas contra chicos?

—Algo así. Nuestro equipo es mixto. Bueno, mejor me apuro, no quiero llegar tarde —Gin se colgó la mochila al hombro —Nos vemos en casa, Fuji.

El joven asintió y la vio salir, para luego hacer lo mismo. Mezuki, en el área de bicicletas, estaba desencadenado la suya. Resignado, Fuji se acercó y la imitó.

—¿Y la enana? —preguntó Mezuki, indiferente.

—Se quedará a una práctica del club —respondió Fuji sin darle mucha importancia.

Mezuki sonrió con malicia antes de poner una expresión seria.

—Típico de ella no avisar a tiempo —comentó, montando su bicicleta —Y más siendo un partido tan anunciado: Akiai contra Akidanshi. A realizarse el primero de junio.

Sin previo aviso, Mezuki rompió a reír, pero Fuji la observó atentamente, pues algo en su expresión no acababa de agradarle.

—Sí que me da pena —farfulló Mezuki entre risas —Siempre hay algo que le arruina el día a la pobre…

—¿Qué pasa, Mezuki? —se decidió a preguntarle Fuji.

La chica se calmó lentamente y lo miró con una sonrisa desdeñosa.

—¿No lo sabes? —inquirió, fingiendo sorpresa. Al ver que Fuji negaba con la cabeza, prosiguió como si nada —El primero de junio es…

—¿Kinokaze Fuji? —inquirió una voz.

Tanto Mezuki como Fuji se dieron la vuelta. Ella frunció el ceño, realmente molesta, mientras que él no sabía quién lo llamaba. Se quedó estático al encontrarse con una joven delgada, pálida y de aspecto serio, con una larga melena negra y vestimenta formal en color azul marino. En una mano, cargaba un maletín negro de cuero. Sus ojos, de un inusual tono rojo muy oscuro, carecían de brillo y a Fuji le recordaron a los ojos de Karasu.

—Soy yo, señorita —le indicó Fuji, inclinándose ante ella —¿Qué se le ofrece?

La joven, con expresión impasible, se inclinó ante él.

—Mucho gusto —comenzó —Soy Hoshi Inuko.

Fuji dio un leve respingo. ¿Inuko? Se empeñó en recordar, sabía que había escuchado ese nombre antes, en alguna parte…

—¿Qué haces aquí, Inuko? —quiso saber Mezuki.

Inuko la miró con seriedad, frunciendo ligeramente el entrecejo.

—Lo siento, pero no tengo porqué contestarte, Mezuki —respondió.

La pelirroja le dedicó una mueca de fastidio antes de marcharse, indignada.

—¿Se… se le ofrece algo, Hoshi–san? —repitió Fuji.

Inuko le dirigió la vista, y Fuji se estremeció ligeramente. La mirada de Inuko era muy extraña… Como si careciera de expresión alguna. Como la de un ciego.

—Puedes llamarme por mi nombre —indicó la joven —Pues ahora que lo dices, sí se me ofrece algo, Kinokaze–kun. ¿Qué harás el primero de junio?

Fuji se desconcertó con la pregunta.

—Pues… Nada en particular —se decidió a contestar.

Inuko asintió un par de veces con la cabeza antes de abrir su maletín y extraer un sobre.

—Perfecto. En ese caso, no tendrás inconveniente en aceptar esta invitación a la Casa Grande. Es de parte del matrimonio Hoshi.

Fuji tomó el sobre al tiempo que contenía una sacudida. ¿No se referiría a Terasu y Kamitsuki, verdad? De sólo acordarse de ellos, sintió frío, y eso que el día era soleado. Decidió enfocarse en otro detalle.

—¿Y… podría saberse… porqué me invitan a la Casa Grande ese día?

Por primera vez, Inuko mostró algún sentimiento. Y a Fuji le dio mala espina que lo que vio en la joven fuera pena ajena.

—Deberías informarte con las chicas qué se celebra el primero de junio —dijo por toda respuesta, cerrando su maletín.

—¿Hermana?

Inuko y Fuji giraron la cabeza. Junto a ellos, montado en una motocicleta y vestido con una camisa azul claro y un pantalón de mezclilla oscuro, estaba un chico de ojos casi rojos y cabello castaño rojizo que lanzaba destellos rojos al sol. Se acababa de quitar el casco, también rojo y el cual aún tenía en las manos, mirando con cierta suspicacia a Inuko.

—Ah, hola —saludó la joven, y Fuji se sorprendió de que no mostrara alegría ni molestia al ver al de la motocicleta —¿Qué haces por aquí?

—Ando de paso —respondió Gurazu Hoshi escuetamente —¿Y tú? Casi no sales.

Fue entonces que Fuji logró recordar con detalle. Había oído por primera vez el nombre de Inuko de boca de Shimizu, el representante de Poseidón en el Panteón. Era la hermana mayor de Gurazu y por su largo cabello, que lanzaba ocasionales reflejos azulados a la luz del sol, supo que se parecía tanto a su padre como Gurazu a su difunta madre.

—Vine a cumplir un encargo —respondió Inuko fríamente —Ahora si me disculpas, debo volver a la Casa Grande. ¿Cómo está papá?

—Si tú, que vives en la Casa Grande, no sabes, apenas yo, que lo visito una vez al mes.

Inuko le dedicó un gesto de desaprobación a Gurazu.

—Nada te costaba hacer lo que papá quería, Gura–chan —reprendió.

—Lo mismo digo —espetó Gurazu de mala gana, bajando de su moto.

Inuko le dedicó un último gesto de desdén antes de inclinarse ante Fuji y retirarse.

—Solamente porque es mi hermana mayor, le permito llamarme así —masculló Gurazu con molestia, para luego acercarse a Fuji —Hola, Kinokaze–san, ¿cómo te va?

—Eh… bien, gracias —contestó Fuji a medias, contemplando el sobre que Inuko le había entregado —¿Qué haces por aquí, Gurazu–san?

—Vine a traer un recado, nada más —Gurazu se encogió de hombros —Saragi me llamó y me pidió que viniera. ¿Sabes dónde la puedo encontrar?

Fuji le dio unas cuantas indicaciones sencillas para llegar a donde Saragi estaban en aquellos momentos y Gurazu se alejó, dándole oportunidad a Fuji para guardarse el sobre que le había entregado Inuko y marcharse a casa.

&&&

Fuji se había recostado en su cama luego de la comida cuando llamaron a su puerta.

—Pase —indicó.

La puerta se abrió y la cabeza roja de Gin se asomó.

—Disculpa… —comenzó, algo tímida, para luego soltar algo nerviosa —¿Puedo pasar?

Fuji se enderezó y asintió.

—Sí, pasa, Gin–san.

La pelirroja suspiró, como dándose valor, y entró por completo, quedándose parada con la puerta a su espalda y sin mirar directamente al muchacho.

—Yo… bueno, te conté sobre el partido contra la Akidanshi, ¿verdad?

Fuji asintió.

—Pues… me acabo de enterar de la fecha… Es el primero de junio… y quisiera… ¿Te gustaría venir a ver… a ver el partido?

Fuji supo, por la expresión de Gin, que decir aquello le había costado mucho trabajo y que era sincera. Por eso sintió una punzada de dolor al tener que negarse.

—Lo siento, Gin–san, pero… Tengo un compromiso.

Gin, sin mirarlo todavía, asintió lentamente.

—No importa —aseguró —Gracias de todas formas por escuchar.

Y salió de la habitación a toda prisa.

Saragi se cruzó con Gin en el pasillo, justo al salir de su dormitorio y le sorprendió ver que la pelirroja iba con la cabeza inclinada y con un par de lágrimas surcando sus mejillas. Frunció el ceño, para luego ir a la habitación de Fuji. Tenía que preguntarle algo.

—Pase —escuchó decir luego de llamar a la puerta.

Saragi obedeció. Encontró a Fuji recostado en su cama, con los brazos tras la cabeza y contemplando el techo, ensimismado.

—Fuji–kun, ¿es cierto que viste a Inuko? —preguntó la chica sin rodeos.

El joven cerró los ojos por un momento antes de contestar.

—Sí, vi a Inuko–san. Hoy, a la salida de clases. ¿Te lo contó Gurazu–san?

—Sí, cuando me dio el recado de la Casa Grande —Saragi hizo una ligera mueca de reflexión antes de seguir —¿Qué quería Inuko?

—Darme una invitación.

Saragi dio un respingo, con expresión pasmada.

—¿Qué cosa? —logró decir después de un segundo.

—Dijo… bueno, primero me preguntó qué haría el primero de junio y como contesté que nada… —de pronto, Fuji se incorporó y fijó sus ojos en Saragi —¿Qué se celebra ese día?

Saragi dudó en contestar. No porque no supiera la respuesta, sino porque eran varias las reacciones que podía tener Fuji al conocerla y ninguna era muy alentadora.

—Antes de contestarte eso, necesito contarte una cosa —se decidió, tomando asiento de repente en la silla frente a la mesa del muchacho —Algo sobre Inuko.

Fuji asintió.

—Inuko, como creo sabes, es hija de Shimizu–dono y hermana mayor de Gurazu —inició Saragi con la voz más calmado que pudo adoptar —Y es la representante de Cerbero.

—¿De quién? —se sorprendió Fuji.

Saragi suspiró brevemente.

—Según la leyenda de la maldición del Zodiaco, cuando Hades aceptó ayudar a Helios y Selene, también puso a su disposición a Cerbero. ¿Sabes qué era Cerbero?

Fuji puso una expresión meditabunda, para finalmente negar con la cabeza.

—Era una criatura mitológica que vigilaba la entrada al mundo subterráneo, con el aspecto de un perro de tres cabezas y cola de dragón. Se supone que una de sus cualidades es obedecer a Hades en todo. Y por eso, dicen que obedeció a su amo cuando le dijo que diera su lealtad a un miembro de la familia maldita por Helios y Selene a través de las generaciones.

—¿Y eso para qué? —quiso saber Fuji.

—Hades indicó que de esa forma, Helios y Selene siempre tendrían la seguridad de que alguien en la familia les sería fiel —Saragi hizo una mueca de fastidio —Pero la verdad, los representantes de Cerbero en la familia Hoshi suelen ser igual de infelices que los miembros del Zodiaco. Según sé, acaban siendo marionetas de los representantes de Helios y Selene, cumpliendo todos sus mandatos sin protestar.

Fuji pensó entonces en los rojos ojos de Inuko.

—La mirada de Inuko–san… —murmuró para sí —Está vacía.

Saragi lo observó un momento.

—Sí, sé a lo que te refieres —reconoció —Inuko, entre más convive con Terasu–sama y Kamitsuki–sama, más fría se vuelve. Y no es de extrañarse, está con ellos desde que entró a la secundaria. Eso es lo que molesta a Gurazu.

—¿A Gurazu–san?

—Sí, él quería mucho a Inuko. Pero ahora no la soporta porque la ve como una extraña.

Fuji se preguntó cómo era eso posible: cómo de la noche a la mañana, el afecto entre hermanos podía convertirse en antipatía.

—Esto te lo digo —soltó de pronto Saragi —para que comprendas a Inuko. Lo que ella hace o dice, por lo general, es orden de Terasu–sama, de Kamitsuki–sama o de ambos.

Fuji asintió lentamente.

—El primero de junio… —siguió la chica, con un vago gesto de resignación —Es el cumpleaños de Gin. Y también… el aniversario de la muerte de Tetsuya–dono.

—¿Tetsuya… dono? —pronunció Fuji, sorprendido, hasta que cayó en la cuenta.

Yami había pronunciado ese nombre la última vez que se habían visto, dirigiéndose a Gin: Tetsuya estaría orgulloso de su niña… Entonces Tetsuya debía ser…

—El padre de Gin–san —murmuró sin darse cuenta.

Saragi contempló su expresión y suspiró de nueva cuenta.

—Terasu–sama, Kamitsuki–sama y Mezuki siempre se ponen de acuerdo en este asunto —renegó inesperadamente —Siempre quieren recordarle a Gin lo que pasó cuando cumplió cinco años. Y claro, le arruinan la fecha de cualquier forma.

Fuji dio un respingo.

—¿Le arruinan su cumpleaños a propósito? —inquirió.

Saragi asintió, intentando interpretar el tono de voz del chico. En vez de eso, pudo verlo sacarse algo del bolsillo, un sobre, y abrirlo a toda carrera, para revisar una sencilla tarjeta blanca con rapidez y luego, arrugarla.

—No puede ser… —musitó, y a Saragi la sorprendió aún más verlo fruncir el ceño como si estuviera muy enfadado. Inesperadamente, se puso de pie —Disculpa, Saragi–san, ahora vuelvo.

Salió de la habitación, cruzó el pasillo y llegó ante la puerta de Gin, mirando por un momento el letrero en ella, en forma de lirio, pero estando con la mano extendida, a punto de llamar, la bajó lentamente, cambiando de idea.

—Mejor no —decidió en un susurro —Mejor le daré una sorpresa.

Y sonriendo ligeramente, regresó a su dormitorio, teniendo que pasar por la puerta de Mezuki en el proceso, quien logró verlo con el ceño fruncido, pensando que quizá ese año, sus planes para el cumpleaños de su gemela no serían tan efectivos como siempre.

&&&

Pasaron algunos días y en la semana anterior al partido de fútbol de la Akidanshi contra la Akiai, un trío de jóvenes de uniformes color azul marino con detalles amarillos penetraron en la Akiai al finalizar las clases, con sonrisas ufanas. Las chicas que los veían los contemplaban embelesados, puesto que eran muy guapos. Lo que les llamó la atención era que uno de ellos no parecía tan risueño como sus compañeros, pero le daba cierto aire misterioso.

—¿Qué vendrán a hacer aquí los de Akidanshi? —murmuraba una chica de largo cabello castaño junto con su grupito de amigas —Porque son de Akidanshi, ¿no? Ése es su uniforme.

Las que la acompañaban asintieron y miraron al trío de reojo, para luego echarse a reír nerviosamente. Saragi, que entonces pasaba por ahí junto a Esaki, se les quedó viendo con desdén, para luego desviar la mirada hacia los tres jóvenes de uniforme azul marino y fijar la vista en uno en particular.

—Vaya, vaya… —murmuró, haciendo una mueca.

—¿Pasa algo, Saragi–san? —inquirió Esaki.

Saragi negó con la cabeza.

—Hay que darse prisa, seguramente la reunión ya comenzó —dijo ella con desgano.

La verdad, empezaba a arrepentirse de estar ayudando a Esaki con las tareas de coordinar el grupo ante el concejo escolar y esas reuniones se estaban haciendo cada vez más frecuentes. Todo porque el presidente del concejo escolar había pasado a tercer año y junto con sus colaboradores, estaba buscando reemplazos.

—Muy bien, llegaron los del grupo 2–C —avisó una chica de anteojos al ver entrar en la sala de reuniones del concejo a Saragi y Esaki —Presidente Motoyoshi, estamos todos.

Un chico de cabello oscuro, con anteojos y de aspecto serio y presuntuoso, asintió desde la cabecera de la sala, sonriendo.

—Muy bien, el motivo de la reunión es anunciarles que tenemos a los que ocuparán los cargos principales del concejo en cuanto regresemos de las vacaciones de verano —comenzó el chico, paseando la mirada por todos los presentes —Y bueno, empezaré por nombrar a los de menor rango: como secretario de primer año, tenemos a Sei Endo, del 1–B.

Un chico de cabello castaño cenizo, ojos grises y porte frío, se puso de pie, inclinándose cortésmente cuando algunos aplausos se hicieron oír en su honor. Saragi lo observó por un momento y por alguna razón, le pareció que ese chico no era todo lo que parecía.

—Como secretaria de segundo año, tenemos a Soho Suzume, del 2–F.

Saragi dio un respingo al oír eso, y vio cómo Suzume se ponía de pie y les sonreía tontamente a todos los que le aplaudían, que era casi todo el sector masculino de la sala.

—Como secretario de tercer año, está Omori Taro, del 3–D.

Un chico castaño de ojos color miel y aspecto amable se puso de pie entonces. Algunos suspiros femeninos se dejaron escuchar, lo que provocó que Saragi soltara un bufido.

—Ahora, como tesorera tenemos a Kihara Shinju, del 1–B.

Una chica de piel blanca como la leche y cabello castaño dorado, largo y ondulado, se puso de pie. Se sentaba justo a la derecha del nuevo secretario de primer año, quien la miró un segundo antes de regresar su vista al frente.

—Como vicepresidenta, estará Hoshi Saragi, del 2–C.

Saragi ahora sí que se quedó anonadada, al tiempo que trabajosamente se ponía de pie. ¿Ella, vicepresidenta? Cuando Mezuki se enterara, le daría un ataque. Hizo una inclinación de cabeza hacia quienes le aplaudían y volvió a sentarse.

—Mira que puesto fuiste a ganarte, Saragi–san —le murmuró Esaki, sonriendo con cierta satisfacción —Me pregunto quién será el nuevo presidente…

—Y como presidenta, Sei Mako, del 2–F.

A su mención, una chica de cabello castaño cenizo con un corte muy moderno, se puso de pie de un salto, con cara de susto. Miró a todos lados, extrañada.

—¿Qué, qué hice ahora? —preguntó.

Los demás la miraron como si se hubiera vuelto loca.

—Estaba diciendo que serás la nueva presidenta, Sei–san —le respondió Motoyoshi.

La joven sonrió ampliamente.

—Ah, bueno, en ese caso… —alzó las manos en son de triunfo —¡Muchísimas gracias, Motoyoshi—sempai! Prometo hacerlo lo mejor que pueda.

Algunos rieron al ver la cara del todavía presidente del concejo, mientras que Saragi ya empezaba a preocuparse, ¿de verdad esa chica tenía madera para ser la presidenta?

—Bien, es todo por el momento —Motoyoshi se puso de pie —Haremos el anuncio oficial el último día de clases antes de las vacaciones de verano, así los estudiantes tendrán tiempo de hacerse a la idea. Esperemos que nadie cause problemas —se quedó mirando un rato al nuevo secretario de primer año, Endo Sei —Buenas tardes y que tengan buen día.

Salió seguido de algunos de sus colaboradores, al tiempo que los demás se tomaban su tiempo para abandonar la sala. Saragi suspiró al ponerse de pie cuando sintió que le ponían una mano en el hombro con entusiasmo.

—¡Felicidades! —Saragi giró la cabeza hacia su derecha y se encontró con la castaña mirada de Mako Sei, quien sonreía —Oye, tú serás mi mano derecha, ¿cierto? No te preocupes, aunque no te presentes, sé quién eres, así que ojalá nos llevemos muy bien.

Saragi asintió, sin comprender cómo es que esa chica podía sonreír tanto.

—Como ya oíste, soy Sei Mako —la chica le tendió entonces la mano —Mucho gusto, Hoshi–san. Espero que cuando empecemos a trabajar juntas, lo hagamos de maravilla.

—Sí, claro —Saragi le estrechó la mano que le ofrecía —¿No te asusta el cargo?

—¿Qué? ¡No! —Mako hizo un gesto de mano como espantando una mosca imaginaria frente a su cara, restándole importancia al asunto —Estoy acostumbrada a trabajar duro, aunque no parezca. Bueno, nos veremos después, ¡y felicidades otra vez!

Saragi vio cómo Mako se reunía con Suzume Soho en la puerta de la sala, para luego marcharse juntas conversando animadamente.

—Espero que de verdad esté acostumbrada al trabajo duro —murmuró Saragi antes de dejar la sala, siguiendo a Esaki, que la llamaba. Pasaron por las canchas de la preparatoria en el camino y se detuvo —Lo siento, Esaki, tengo algo qué hacer.

Y lo dejó plantado en el pasillo, corriendo hacia las canchas de fútbol.

&&&

—Si eso es todo, pueden irse.

El trío de chicos de la preparatoria Akidanshi había ido a la preparatoria Akiai con un simple propósito: ultimar detalles acerca del partido de fútbol a jugarse entre ambas escuelas. Los tres chicos conversaron largamente con el encargado de los deportes en Akiai, el profesor Royama, para luego retirarse tan pacíficos como habían llegado. En el camino, dos de ellos no dejaban de coquetear con cuanta chica se les ponía enfrente, pero el tercero, el más alto y el menos risueño, se limitaba a sonreír cortésmente a las chicas que lo miraban.

—Vamos, anímate un poco —le dijo a ese chico uno de sus acompañantes, de cabello corto y castaño —No es común ver a tantas chicas lindas, ¿sabes?

El aludido asintió y sonrió ampliamente cuando vio a una chica acercarse.

—¡Sara–chan! —llamó, agitando una mano en alto.

Saragi vio de dónde la llamaban de tal forma, suspiró con resignación y acudió.

—Hola —saludó sin más —Hace mucho que no te veía, Miyizu.

El nombrado, un joven moreno de cabello castaño claro, casi rubio, sonrió, mostrando su perfecta dentadura, al tiempo que sus ojos dorados la veía de arriba abajo.

—Veo que te va bien, Sara–chan —dijo el chico con satisfacción.

Saragi asintió.

—¿No nos presentas a tu amiga, Miyizu–kun? —preguntó el otro chico, de cabello negro.

—Claro, chicos —Miyizu sonrió antes de continuar —Ella es Hoshi Saragi, una de mis tantas primas. ¿Les he contado que soy de una familia muy grande?

Los dos chicos asintieron, mientras la intensidad de sus sonrisas disminuía. Se hicieron las presentaciones de rigor y Saragi, luego de inclinarse educadamente ante los chicos, se volvió hacia Miyizu.

—¿Cuál es el motivo de tu visita, primo? —le preguntó.

—Arreglar un par de detalles del partido de fútbol —respondió Miyizu —Soy el capitán del equipo en Akidanshi y me ordenaron venir —hizo un mohín de fingido enfado.

—Ah, entonces iré a ver el partido sin falta —Saragi sonrió —¿Invitarás a Fumihi?

—No creo, está ocupada con la academia, no quisiera que tuviera problemas.

Saragi sonrió sutilmente. Miyizu se refería a la Academia de Policía de la ciudad, a la que Fumihi había ingresado esa primavera luego de concluir la preparatoria con muy altas calificaciones y que si no estaba mal enterada, le había causado un par de problemas con sus padres cuando éstos la visitaron durante el Golden Week.

—En ese caso, les diré a las chicas que vayan —prometió Saragi —Yo acabo de salir de una reunión del concejo escolar. Luego de las vacaciones de verano, seré oficialmente vicepresidenta, ¿qué te parece?

Miyizu sonrió con ganas.

—Bien por ti, Sara–chan. Seguramente lo harás de maravilla. Bueno, nos retiramos antes que mis compañeros causen problemas. ¡Chicos! —llamó Miyizu con voz enérgica y sus dos amigos, que se habían ido a conversar con un grupo de chicas de primer año mientras los dos primos charlaban, dieron un respingo —Hora de irse, hay que pasar a la escuela para hablar con Ibuka—sensei, ¿lo olvidan?

—¡A sus órdenes, capitán! —bromearon los otros dos, para acto seguido reunirse con él y abandonar los tres juntos la preparatoria.

Saragi los vio marcharse con una sonrisa resignada, para luego irse ella también. Le urgía llegar a casa y contar las buenas nuevas.

&&&

—¿Tú, vicepresidenta?

Tal como esperaba Saragi, Mezuki no se tomó muy bien la noticia de su próximo nombramiento. Zukure, en contraste, le sonrió amablemente.

—Eso es muy bueno, Sara–chan —afirmó —Verás que aprenderás mucho.

—Lo dices porque tú fuiste presidenta del concejo escolar en la preparatoria, Zukure —le recordó Wodaka con una sonrisa divertida.

Zukure sonrió con modestia.

—¿Y cuándo lo anuncian oficialmente? —quiso saber Fuji.

—Antes de salir de vacaciones, ocuparemos los cargos al regresar —Saragi se encogió de hombros —Si soy sincera, los miembros nuevos me parecieron de lo más extraños. Sobre todo quien será la presidenta, Sei Mako…

—Ah, ya —soltó de pronto Gin —Tsunami.

Todos la miraron como si hubiera hablado en otro idioma.

—¿Tsunami? —se extrañó Mezuki.

—En el club, así oí que la llamaban —Gin se encogió de hombros, indiferente —Dicen que nunca se queda quieta.

—No entiendo cómo es que puedes enterarte de todas esas cosas pero siempre buscas librarte de tu tarea de Literatura —se asombró Mezuki.

—Simple: le pongo atención a algo que no sea sólo yo.

Mezuki la miró con enfado.

—¿Tú también vas a decirme que soy egoísta? —espetó.

—No sé quién más te lo haya dicho, pero si es una verdad obvia, ¿porqué te extraña?

Semejante respuesta de su gemela sacó a Mezuki de sus casillas, e hizo algo que a todos en la mesa sorprendió: sonrió. Pero sonrió con burlona satisfacción.

—¿Sabes qué? Me alegra que Terasu–sama y Kamitsuki–sama hicieran su invitación para la fecha que la decidieron —se volvió hacia Fuji un segundo antes de ponerse de pie —Gracias por la comida, me largo.

Y dicho y hecho, abandonó el comedor y lograron escuchar cómo subía la escalera a paso rápido, para acabar oyéndose un fuerte portazo en el piso superior.

—¿De qué estaba hablando esa presumida? —se extrañó Gin entonces —¿A mí qué más me dan lo que hagan Terasu–sama y Fuyu–sama? Por mí, que ni se me acerquen.

Siguió comiendo y por eso no notó que Saragi, por la expresión de Fuji, sabía por dónde iba el asunto. Cuando todos acabaron de comer, se ofreció a ayudar a Fuji con los platos, cosa que él aceptó.

—Lo de Mezuki… iba dirigido a ti, ¿sabías?

Fuji, lavando uno de los platos, se quedó quieto por un segundo.

—¿Qué quieres decir? —se decidió a preguntar el chico.

—Mezuki sabe darle a Gin donde más le duela —Saragi negó con la cabeza —Lo sé porque la conozco bien, solíamos ser amigas. Como sea, lo que quiero decir es que Mezuki sabe que Gin y tú son amigos y de acuerdo a sus ideas, eso no debería ser posible. Así que hará de todo para separarlos.

—Que lo intente —espetó Fuji con voz retadora. A Saragi le sorprendió ver que hablaba en serio —Saragi–san, Mezuki puede intentar lo que sea, pero cuando yo decido ser amigo de alguien, siempre seré su amigo, ¿entiendes? Es difícil hacerme cambiar de idea sobre quienes son mis amigos. Así que puede hacer todo lo que quiera, pero Gin–san seguirá siendo mi amiga. Eso lo juro y lo prometo.

Saragi no pudo evitar sentir admiración por la lealtad del muchacho. Sonrió levemente.

—En ese caso, permíteme darte un consejo sincero —dijo, secando otro plato —Ante Terasu–sama y Kamitsuki–sama, será mejor que aprendas a mentir.

—¿A mentir? —se extrañó Fuji, mirándola con sorpresa.

—Sí, porque no sé si te habías dado cuenta, pero no lo haces muy bien —Saragi tomó otro plato para secarlo —No digo que lo hagas todo el tiempo, sino solamente… Solamente en lo que concierne a Gin. Si ellos llegan a saber que la consideras tu amiga… No quieres saber lo que le harían, créeme.

Saragi suspiró antes de seguir.

—Yo… por mucho tiempo creí que lo que le pasaba a Gin era lo más natural del mundo, pero ahora comprendo que no es así. Y menos lo que Terasu–sama y Kamitsuki–sama le hacen. Así que hazme caso: con respecto a Gin, miente ante ellos.

Fuji no supo qué pensar. ¿Mentir? Él odiaba mentir y las pocas veces que lo intentaba, siempre lo descubrían. Saragi tenía razón, él no mentía muy bien. Pero si era para evitarle problemas a Gin… Tendría que intentarlo. Tendría que seguir el consejo de Saragi de la mejor forma posible. Sólo así conseguiría salir bien librado de la invitación a la Casa Grande.

Y podría sorprender a Gin en su cumpleaños.
« Última modificación: Marzo 05, 2011, 11:50:30 pm por THB Potter »

Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [20/52]
« Respuesta #70 en: Marzo 07, 2011, 05:06:33 pm »
cambiando de tema me gusta mucho tu firma y avatar que linda

Terasu y Kamitsuki quieren perjudicar como siempre a gin y ahora que porfin tiene un amigo se lo quieren quitar
quiero saber que sorpresa le dara fuji a gin en el dia de su cumple
gracias bell casi que no me leo este capitulo
besos cuidate  :becho:
 


 

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Re:Telaraña [20/52]
« Respuesta #71 en: Marzo 07, 2011, 06:44:59 pm »
Para q veas q no solo Daniela y Tsukune te siguen (aunq si no recuerdo mal creo haberte dicho en alguna ocasion q seguia tus historias^^) aqui estoy yo para decir q....¡¡¿YA VAS POR EL 20?!! No hay manera de q yo me ponga al dia con esto T_T

Pero se q algun dia lo lograre!!! Solo espero q sea antes de q termine *hecha bolita....*

Un besazo enorme y animo para q siga continuando tus magnificas historias n__n
La capacidad de imaginar es el mayor recurso del ser humano.


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Re:Telaraña [20/52]
« Respuesta #72 en: Marzo 07, 2011, 09:06:25 pm »
Pues Daniela, como dice el crédito, la firma y el avatar me los hizo alguien que conozco de otro foro. La imagen es del ending del anime "Kimi ni Todoke" (Bell sonríe como tonta, Sawako es taaaaaan tierna... Bell adora a ese personaje) y la frase es mía, sobre mi mundo imaginario y particular (Bell pone una mirada soñadora).

Pasando al fic, pues te diré: Terasu y Kamitsuki apenas salieron en la historia y ya te cayeron mal. Perfecto, porque esa es la idea: ellos dos son a Telaraña lo que Akito Souma es a Fru Ba. Así que bueno, Fuji los verá de nuevo. Muy pronto, en realidad. Y creo que entre todo lo malo, se topará con algo interesante (y aquí Bell se muerde la lengua para no dar un avance).

¡Tifa-sama! (Bell hace una reverencia). Un gusto leerte por aquí. Sí, ya me habías comentado que leías mis historias, pero no te preocupes: puedes comentar cada que termines de leer un capítulo, yo no tengo inconveniente (Bell sonríe de oreja a oreja). En sí, la historia ya la concluí (se puede ver en los números que dan título al tópico), oficialmente son 52 capítulos (sí, son muchos), pero si me piden ir más lento, los complazco. Todo sea por mis queridos fan's.

Cuídense mucho, chicas (porque de momento, Tsukune no andará por aqui). Y nos leemos pronto.

P.D. Próximo capítulo (y ahora sí es este capi, la vez anterior me equivoqué, lo siento): A mentir. Y creo que a Daniela le encantará con lo romántica que es (Bell guiña un ojo)

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Re:Telaraña [20/52]
« Respuesta #73 en: Marzo 08, 2011, 01:39:04 pm »
pues bell a ki me tenes bueno sikiera leo de pokis en pokis y me falta un poko XD jaja
bueno para esta noche la tengo terminada de leer y asip me pongo al dia XD bueno editare el post kuando lo akabe XD


la vida pasa y pasa y se hace kada vez mas dificil T-T

Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [20/52]
« Respuesta #74 en: Marzo 08, 2011, 03:26:59 pm »
Kyaaaaaaaaa a mi tambien me gusta mucho kimi ni todoke xD
y por lo del siguiente capitulo  :wah quiero que lo publiques rapido (aqui tienes a una loca romantica)
bno espero la conti.. :becho:


 

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Re:Telaraña [21/52]
« Respuesta #75 en: Marzo 12, 2011, 12:12:46 am »
Veintiuno: A mentir.

Mayo comenzó a terminarse. Mezuki estaba muy feliz por eso, ya que el último día del mes sería su cumpleaños. Eso ya tenía más que fastidiadas a las demás chicas de la casa.

—Mezu–chan, si no te calmas, ¡no te quiero ver en la fiesta del solsticio vernal! —soltó Zukure un día de la última semana de mayo, con la paciencia totalmente acabada.

Wodaka y Saragi, al oír semejante exclamación, le lanzaron miradas de advertencia a Mezuki. La pelirroja aludida asintió imperceptiblemente ante sus primas.

—Ya, Zukure, perdona —se disculpó de mala gana —Pero comprende, mi cumpleaños me emociona, ¡mamá me prometió un regalo excelente!

Las demás soltaron un bufido de resignación. Era domingo y habían decidido hacer una larga limpieza general a la casa. Saragi, Mezuki, Wodaka y Zukure estaban en el piso inferior, mientras que Gin se había marchado a correr por los alrededores. Fuji dejó dicho que iría a casa de uno de sus amigos, pero que volvería temprano para ayudarles.

—No por eso tienes que hartar a los demás con tus cosas —le espetó Saragi con voz cansina —Mejor terminemos con la sala, ¿quieres?

Mezuki siguió a su prima de mala gana, en tanto Zukure se iba a limpiar la cocina. Wodaka, que detestaba las labores domésticas, estaba atareada en su propia habitación, ordenando sus libros. Luego de unos minutos, se oyó que se abría una puerta.

—Hola, Gin —saludó Zukure.

La puerta que se había abierto era la de la cocina que daba al patio, y por ella entraba Gin, quitándose su desgastada gorra blanca con una flor roja para enseguida ir al refrigerador.

—Buenas —saudó la pelirroja —¿Cómo van con la limpieza? ¿Les ayudo en algo?

Zukure puso un gesto sorprendida un segundo, para luego sonreír levemente, con gracia.

—Ahora que lo mencionas… ¿Podrías hacerte cargo de las habitaciones de arriba?

Gin compuso una mueca, para luego asentir, bebiendo un poco de jugo de naranja frío que se había servido. Dejó el vaso vacío en le fregadero y le preguntó a Zukure qué tendría qué hacer exactamente. Zukure le dio instrucciones precisas y en pocos minutos, Gin subía la escalera con algunos utensilios de limpieza en las manos.

La mañana terminó rápidamente, para dar paso a la tarde. Fuji llegó alrededor de las dos, con un paquete pequeño y envuelto en papel marrón, el cual estuvo a punto de dejar en la mesa del recibidor cuando Mezuki se le acercó.

—Hola, Kinokaze. Tardaste mucho, ¿no?

Fuji arqueó las cejas, tomó con un poco más de fuerza su paquete y asintió.

—Shin–kun y yo tuvimos un contratiempo —se limitó a explicar.

Mezuki hizo una mueca, como tratando de recordar algo.

—Hablas de Kano, ¿cierto? —inquirió.

Fuji asintió.

—Ah, pues no sé porqué tienes amigos tan raros —fue lo último que comentó Mezuki antes de irse al comedor, desde donde la llamaba Saragi con insistencia.

El chico, observando el paquete que llevaba por un segundo, decidió mejor llevarlo a su habitación. Subió la escalera y al llegar al pasillo, se encontró con Gin saliendo del dormitorio de su gemela haciendo muecas de fastidio.

—No puedo creer el desorden que tiene… —susurraba con molestia.

—¿Qué pasa, Gin–san? —inquirió Fuji distraídamente.

La chica lo miró y aún en sus reflexiones, le mostró una bolsa de plástico llena.

—Mi querida gemelita tenía un basurero en su cuarto —se quejó, haciendo un mohín de enfado —Todavía no sé cómo me ofrecí a ayudar en esto de la limpieza…

Fuji no dijo nada, pero sonrió procurando que Gin no lo notara. Aunque la joven no lo admitiera, el muchacho sentía que era amable por naturaleza.

—¿Cómo te fue? —preguntó Gin de pronto.

—Bien —Fuji respondió con algo de prisa, pasando a su lado —Ahora vengo a ayudarte, si quieres. Veo que andas sola aquí.

Gin iba a replicar, pero en eso, Fuji entró a su dormitorio y cerró la puerta tras de sí. La pelirroja negó con la cabeza y fue a bajar la bolsa que cargaba.

En tanto, Fuji guardó su paquete en el fondo de su armario, se quitó la chaqueta de mezclilla que usaba y salió, dispuesto a colaborar en la limpieza de la que por el momento, también era su casa. Sonrió, pensando que su vida ahora era muy divertida.

&&&

El treinta y uno de mayo por fin llegó, para alegría de Mezuki. Era día de clases, por lo que la chica salió como vendaval en cuanto sonó la campana, dado que mencionó algo de que su madre mandaría a recogerla. Fuji comprobó que aquello era cierto cuando salió, pues cerca de la entrada principal de la preparatoria, se encontraba una lujosa limosina negra a la que Mezuki subió rápidamente, sin mirar atrás.

—¿Y porqué la loca mordaz tiene tanta prisa? —se interesó Nagase, cuando junto con Fuji, iba de camino al Akimomo.

—Eh… es su cumpleaños y su madre la mandó buscar.

—¿Y porqué no se fue la loca deportista con ella, eh?

Fuji se quedó callado por un segundo, pensando bien su respuesta.

—Es que… el cumpleaños de Gin–san es mañana —se decidió a decir, sin faltar a la verdad.

—Es raro tratándose de gemelas, ¿no? —comentó Nagase.

Sí, eso mismo pensaba Fuji. Mezuki y Gin, a pesar de ser gemelas, eran muy distintas. Sus cumpleaños no hacían más que acentuar eso. Y más dentro de la maldición del Zodiaco.

Gin, en tanto, se había quedado en la preparatoria, en el entrenamiento previo al partido del día siguiente contra la Akidanshi. La práctica fue buena, aunque duró bastante, y cuando por fin el profesor Royama les dijo que podían irse, la chica suspiró feliz. Le esperaba toda una tarde sin Mezuki, puesto que sabía que estaría en la Casa Grande, celebrando su cumpleaños con su madre. Volvió a suspirar al recordar eso, pero ahora con tristeza. Ella, desde que había muerto su padre, no había celebrado su cumpleaños de ninguna forma.

Eso tenía mucho que ver con los jefes de familia. Terasu y Kamitsuki se las ingeniaban todos los años para hacer de su cumpleaños una fecha insoportable, sin saber que para Gin, la fecha ya lo era sin su intervención. ¿Cómo podía disfrutar ella ese día, siendo el aniversario de la muerte de su padre? Muerte que como su madre no se cansaba de repetirle, era culpa suya.

Gin sacudió la cabeza al tiempo que se cambiaba en los vestuarios. Ese año esperaba que fuera diferente. Haría algo que quería y eso nadie se lo quitaría.

&&&

Fuji se levantó muy temprano al día siguiente, aunque con mucho desgano. Contempló la ropa que tenía lista en una silla, la más formal que poseía, y suspiró con tristeza.

La cita que tenía en la Casa Grande de la familia Hoshi era demasiado temprano para su gusto, así que sin hacer demasiado ruido, tomó un buen baño, se vistió y frente al espejo del baño, procuró arreglarse un poco el cabello, aunque sabía que era caso perdido. En cuanto consideró que se veía presentable, abandonó aquella planta con sigilo, esperando no molestar a nadie. Ya en la planta baja, fue a la cocina, tomó una manzana de un frutero cercano y la empezó a morder con lentitud al tiempo que se dirigía a la puerta principal. La atravesó, fue a la cochera, sacó su bicicleta y montándose en ella, se puso en marcha. Para cuando el sol se asomó por completo desde el este, ya había llegado ante la puerta del número 12 de la avenida Akimori y llamado al timbre.

—¿Diga? —inquirió una voz formal por el interfón.

Fuji se aclaró la garganta, nervioso.

—Soy… Kinokaze Fuji. Tengo una cita con Hoshi Terasu y Hoshi Kamitsuki.

Hubo un segundo de silencio.

—Adelante —dijo la voz del interfón a la vez que se abría la puerta —Siga el sendero. Es la casa al final del mismo.

—Gracias —susurró Fuji, no muy convencido de lo que estaba haciendo. Pero ya estaba ahí y no se echaría para atrás, así que pedaleó con ganas y recorrió el largo sendero, bordeado por varias casas y árboles, hasta llegar al final —¡Vaya! —exclamó.

La casa que tenía enfrente era bastante grande, de dos plantas y con la fachada pintada en tonos neutros. Tenía cochera para tres autos, en ese momento cerrada, además de su propio timbre. Fuji, tragando saliva, desmontó y llevando su bicicleta del manubrio, se acercó y llamó, teniendo que esperar varios minutos antes que alguien le abriera.

—Buenos días —saludó una joven castaña con una especie de uniforme negro, que tenía el aspecto de ser una sirvienta —¿Kinokaze–san, verdad?

Fuji asintió.

—Pase —indicó la joven —Puede dejar eso afuera —agregó, refiriéndose a la bicicleta.

Fuji guió la bicicleta a un árbol cercano, donde la apoyó suavemente, para luego seguir a la joven al interior de la casa.

El sitio era más grande de lo que se veía por fuera, lleno de incontables pasillos y puertas que conducían a múltiples habitaciones. Varias mujeres, con el mismo atuendo que la joven que guiaba a Fuji, iban y venían a paso lento, aunque con diligencia. Eso le daba a esa casa el aspecto de ser como cualquier otra, pero Fuji tuvo la impresión de que la servidumbre se movía a un ritmo demasiado lento. Además, casi nadie hablaba y mucho menos sonreía.

El chico fue sacado de sus pensamientos por la joven castaña, que llamaba en ese momento a una puerta de madera con fuerza.

—¿Sí? —inquirió una voz fría del otro lado que Fuji reconoció como la de Kamitsuki.

—Llegó Kinokaze–san, señora —indicó la sirvienta castaña.

—Que pase —ordenó Kamitsuki con voz severa.

La sirvienta asintió, abrió la puerta y le cedió el paso a Fuji, quien inclinó la cabeza como agradecimiento antes de entrar a la habitación.

Era una especie de salón muy amplio, con una puerta corrediza que daba a un jardín sencillo y muy bien cuidado que contaba con un estanque bordeado por grandes y redondas piedras. En un extremo del salón, con el jardín a su derecha, estaba Kamitsuki, sentada entre cojines de seda acompañada por Terasu, su esposo. Dándole la espalda a la puerta corrediza del jardín, sobre un cojín negro, se sentaba Inuko, con expresión impávida.

—Adelante, Kinokaze —pidió Terasu, señalando un cojín frente a él y su esposa, quien en ese momento le hacía señas a la sirvienta para que se retirara —Siéntate.

El muchacho obedeció, inclinándose ante ellos poco después.

—Buenos días —saludó respetuosamente.

Terasu y Kamitsuki lo observaron con algo de desdén.

—Buenos días —Terasu le correspondió el saludo fríamente —Supongo que te estarás preguntando porqué te mandamos llamar, ¿cierto?

Fuji, procurando que no se notara que estaba nervioso, miró al hombre y asintió.

—Querida, haz los honores —le dijo Terasu a Kamitsuki con un dejo de ternura, pero sonriendo con cierto aire siniestro.

Kamitsuki esbozó una sonrisa casi idéntica a la de su esposo, parándose. Inuko, como si eso fuera una señal, tomó una libreta y un bolígrafo que reposaban en la duela, a su lado, y al parecer, se preparó para escribir. Terasu se quedó en su sitio, observando con despreocupación la escena.

—Kinokaze, sabes que Terasu y yo podemos borrarte la memoria ahora mismo si quisiéramos, ¿verdad? —le soltó Kamitsuki, con la misma voz helada de siempre.

Fuji asintió, mudo. Por alguna razón, no podía moverse al tener fijos en él los ojos de la jefa de la familia Hoshi, de un azul oscuro idéntico al del cielo nocturno, pero más semejantes a un pozo sin fondo que a otra cosa.

—Por ahora, no tenemos intención de hacer eso —le hizo ver Kamitsuki, avanzando un par de pasos —Sin embargo, quisiera dejar un par de cosas en claro, antes que algún día, que no dudes que llegará, dejes de recordar a cualquier miembro de la familia. Dime, Kinokaze, ¿es cierto lo que nos contaron? ¿Que has visto la segunda maldición de Gin?

Fuji volvió a asentir en silencio. Kamitsuki sonrió con burla.

—¿Y es cierto… que no saliste huyendo?

Fuji asintió por tercera vez sin decir palabra.

—Eso es interesante —reconoció Kamitsuki, sin dejar de sonreír —Muy interesante, si me permites decirlo. Ahora dime, ¿sabes lo que le pasará a esa monstruosidad un día?

Fuji frunció el ceño, confundido.

—No sé… exactamente de qué habla, señora —musitó.

Kamitsuki acentuó su sonrisa.

—Me refiero a que algún día Gin dejará de tener una vida libre.

Fuji, ligeramente molesto, asintió.

—Bien, eso nos ahorra un poco de tiempo —Kamitsuki se inclinó hacia Fuji, puesto que estaba a un paso de distancia del chico, y le susurró al oído al tiempo que suavemente sostenía la corbata que él usaba —¿Pero sabes acaso lo que de verdad le espera?

Fuji no se movió, pero por alguna razón, lo recorrió un escalofrío al tener a aquella mujer tan cerca. Era… como sentir una ráfaga del más helado viento invernal.

—Supongo que tu silencio debo tomarlo como un no —Kamitsuki se irguió y lo miró directo a los ojos —Pues bien, te lo diré: le espera una vida tratando de no acabar como su padre. Eso es lo único que se merece.

Fuji intentó replicar, pero no le salía la voz. ¿A qué se refería Kamitsuki con eso?

Kamitsuki, con aspecto orgulloso, volvió a su sitio, apoyándose en su marido para sentarse. Terasu, en cuanto vio a su mujer cómoda en los cojines, se puso de pie. Casi sin moverse y en completo silencio, Inuko estaba escribiendo con increíble rapidez.

—Te preguntarás cómo es eso posible —Terasu se dirigió a Fuji con voz ronca —Pues en realidad, es fácil. La habitación que le espera cuando deje su vida libre es de lo más acogedora, ¿sabes? Cubierta de espejos. Y siempre habrá un hombre que le quite su argolla y le dé la mano, todos los días, a la hora menos esperada. ¿Estás captando la idea, Kinokaze?

Fuji apenas logró asentir; estaba completamente asustado. ¿Había oído bien? Gin, condenada a la vida que Terasu describía, sufriría como nunca. Ahora comprendía a la perfección lo que ella había susurrado el día que entró en pánico frente a él, al ver al matrimonio Hoshi, … No quiero morir igual que papá…

—Entenderás que no vale la pena que nadie se encariñe con ella —sentenció Terasu —A fin de cuentas, no durará mucho en esa vida libre que le estamos concediendo. No hemos decidido aún cuándo la encerraremos, pero creo que será pronto.

Fuji dio un involuntario respingo.

—¿Qué… qué tan pronto? —se atrevió a preguntar.

—¿En verdad quieres saber? —se interesó Terasu.

Fuji logró asentir, preguntándose cómo era posible que siendo el representante de Helios, Terasu tuviera la azulada mirada tan fría como la de Kamitsuki.

—Pues… como te dije, no tenemos fecha, pero una cosa es segura —Terasu sonrió con crueldad —La dejaremos acabar la preparatoria. No sería amable de nuestra parte hacerla que deje sus estudios incompletos, ¿verdad?

Una débil risa divertida, proveniente de Kamitsuki, dejó a Fuji más desconcertado que antes. Desvió ligeramente la vista hacia la mujer, que sacudió levemente la cabeza, causando que el sol le arrancara varios destellos plateados a su cabello. Fuji observó cómo Kamitsuki esbozaba una nueva sonrisa, una de inhumana satisfacción, y estuvo a punto de soltar una exclamación indignada cuando la voz de Terasu lo llamó.

—Kinokaze, debo deducir por tu expresión que la idea no te agrada.

Inuko, por primera vez, mostró algo que no fuera apatía en sus rasgos. Alzó la vista de su libreta, interrumpiendo su escritura, y miró a Fuji con algo semejante a la compasión.

—Yo… —tartamudeó Fuji, un tanto confuso, pero casi enseguida recordó lo que le había dicho Saragi,… será mejor que aprendas a mentir… —No es eso, señor —respondió con voz serena —Es solamente que… nunca había escuchado algo semejante.

Terasu y Kamitsuki intercambiaron miradas extrañadas, al tiempo que Inuko volvía a escribir como si nada.

—¿Seguro que sólo es eso, Kinokaze? —inquirió Terasu, como para asegurarse.

Fuji asintió con toda la firmeza de la que fue capaz. Por el rabillo del ojo, notó que la luz del sol indicaba que éste ya estaba bastante alto. Debía ser cerca de medio día.

—Entonces, respóndenos una simple pregunta —intervino repentinamente Kamitsuki —Gin, para ti, ¿quién es?

Fuji frunció el ceño, perplejo. No sabía porqué, pero esa pregunta le recordaba mucho a la que le había hecho Shigu el día que lo conoció. Aunque en aquella ocasión, la respuesta no la tenía tan clara como ahora, cuando el rostro de Gin le vino a la mente al instante.

Procurando no dar a entender lo que realmente pensaba, soltó con voz fría.

—Nadie importante. Una conocida más.

Terasu y Kamitsuki, según pudo vislumbrar Fuji, sonrieron con infinito deleite. Inuko, por su parte, seguía escribiendo, pero frunció levemente el entrecejo.

—En ese caso, puedes retirarte —soltó Terasu de improvisto —Ya no tenemos nada qué hablar contigo. Al menos de momento. Que tengas un buen día.

Fuji asintió y se puso de pie, se inclinó ante el matrimonio en señal de despedida y abandonó la habitación a paso lento. Avanzó por los pasillos de forma automática, sin fijarse bien, y cuando se dio cuenta, una sirvienta le estaba abriendo la puerta principal para que saliera. El chico, sonriendo levemente, contempló el cielo, aquel día de un brillante tono azul y casi sin nubes, y no pudo evitar acordarse de los ojos de Terasu. Él y Kamitsuki eran, como había expresado Shigu, témpanos de hielo. Así los había sentido. Ahora creía saber porqué Inuko era tan seria y callada: seguramente era la única forma de convivir con aquella pareja.

—No —soltó en voz baja de pronto, acercándose a su bicicleta y montándola, para salir de ahí cuanto antes —Gin–san… no puede terminar como ellos quieren. Ella es…

Pero no dijo lo que Gin era en realidad. Comenzó a andar sintiendo algo de calor en las mejillas, y por andar sumido en sus pensamientos, no notó que algunas personas lo vieron por el sendero y se quedaban abstraídos, tratando de adivinar qué hacía allí.

&&&

La concurrencia en la excelente cancha de fútbol de la preparatoria Akidanshi esperaba presenciar un encuentro de lo más original. Sabían de sobra que la Akidanshi era una escuela exclusivamente para chicos, mientras que la Akiai era mixta, así que se preguntaban cómo sería un partido en esas circunstancias. Y más cuando una sección de las gradas era ocupada completamente por los miembros de una sola familia.

—¿Cuándo empieza ese condenado partido? —renegó una chica de cabello castaño oscuro, corto y esponjado, sosteniendo una sombrilla anaranjada que la protegía del sol.

—No te desesperes, Fumihi —le pidió un joven de cabello blanco grisáceo esbozando una sonrisa divertida —Además, el partido promete mucho.

—¿A qué hora comienza el partido? —quiso saber un niño rubio, con los ojos castaños clavados en la cancha de fútbol vacía y haciendo muecas de aburrimiento.

—¿Y a ti quién te invitó, enano? —bromeó un joven de cabello castaño rojizo y ojos casi rojos, revolviéndole el cabello al rubio.

—Mi hermana me dijo que viniera por ella —soltó el niño, riendo a medias.

—Ya, dejen a Ai–kun en paz —defendió Fumihi con una sonrisa —Sara–chan, lo olvidaba… Muchas gracias por avisarme del partido.

—No hay de qué —una chica de larga melena color azul plateado sonrió levemente.

—Hermano, ¿el partido… empezará pronto? —le preguntó una chica de cabello castaño grisáceo claro recogido en una larga trenza y ojos redondos y castaños.

—Eso creo, Kono–chan —respondió el chico de cabello blanco grisáceo.

—¡Miren, están saliendo los equipos! —avisó el chico de los ojos casi rojos.

—Ya los vimos, Gurazu, no grites —le pidió Saragi.

—¡Vamos, que empiecen las patadas! —gritó Fumihi con entusiasmo.

—¡Sí, que haya muchos goles! —secundó Aishi, alzando los brazos.

—¡Eso, eso, que comience el partido! —Gurazu sonreía con ganas.

Los demás Hoshi presentes solamente deseaban que la tierra se los tragara.

El profesor de Deportes de la Akidanshi, un hombre alto y esbelto, dio la bienvenida a los espectadores y explicó brevemente algunas reglas.

—Ahora, el saludo entre los capitanes de los equipos —indicó el profesor con una leve sonrisa —Por parte de la preparatoria Akiai, Hoshi Gin.

Una pelirroja que se recogía el cabello en una cola de caballo, con un mechón cayéndole hacia la izquierda en la frente, dio unos pasos al frente desde la fila de jugadores.

—Por parte de la preparatoria anfitriona, Hoshi Miyizu.

Un chico de cabello castaño claro, casi rubio, mientras observaba a la pelirroja con atención con sus ojos dorados. Sonrió amablemente.

—Esto es bueno —comentó al darle la mano a Gin —No hay nada qué temer.

—Ajá, como digas —desdeñó Gin, arqueando las cejas —Suerte.

Se soltaron y cada uno volvió a su sitio, aunque Miyizu fruncía el ceño.

Unos minutos después, se dio el silbatazo inicial y el juego comenzó. Los espectadores pudieron comprobar que no por haber chicas en el equipo de la Akiai, los de la Akidanshi se portaban con consideración. Saragi, en un momento del partido en que un chico castaño de la Akidanshi tiró a gol, se fijó de repente en la portera de su preparatoria, una chica con el largo cabello castaño cenizo recogido en una cola de caballo. La portera, luego de atajar el balón, lo lanzó con fuerza a uno de sus compañeros de equipo, sonriendo con satisfacción.

—Sei… —susurró Saragi sin darse cuenta.

—¿Qué dices, Sara–chan? —inquirió Fumihi, sin desviar la vista de la cancha.

Saragi negó con la cabeza, creyendo saber cómo era que Gin conocía el apodo de la futura presidenta del concejo escolar, Mako Sei.

Al paso del tiempo, el calor se hacía más intenso, al igual que la ofensiva de los equipos. Pero pronto, los de la Akidanshi recibieron un duro golpe a su orgullo cuando les anotaron el primer gol del partido. Y todo porque lo anotó una chica.

—¡Anotación por parte de Hoshi, de la Akiai! —anunció un chico de la Akidanshi que sostenía un micrófono con visible entusiasmo —Esa chica sí que es decidida.

Gin sonrió con deleite al ver lo que había conseguido, y casi sin querer volteó a las gradas. Pudo ver cómo el público que apoyaba a su preparatoria le aplaudía, e incluso lo hacían sus primos, reunidos en un rincón desde donde veían a todos. Pero la sonrisa le duró muy poco, al recordarse que Fuji no había podido asistir.

—Bueno, será para la próxima —se dijo en un susurro y regresó la vista al campo, donde vio a sus compañeros de equipo haciéndole señales de apoyo.

—¿Qué me perdí? —preguntó una voz a la derecha de Saragi.

—Ah, nada especial, Gin acaba de anotar un… —la joven había contestado por mero impulso, pensando que sería alguien que había llegado retrasado y quería enterarse de cómo iba el partido, pero logró reconocer la voz e interrumpiéndose, se giró —¿Fuji–kun?

Sí, era Fuji. Lucía sofocado y colorado, como si hubiera llegado corriendo, y lo que le resultaba extraño a Saragi era su atuendo, que nada tenía que ver con el evento: un sencillo traje color azul oscuro, combinado con una camisa blanca. La corbata azul oscuro que lucía al cuello tenía el nudo ligeramente flojo.

—¡Hola, Kinokaze–san! —saludó Fumihi con alegría, al verlo.

—Hola, Fuji–san —secundó de repente Aishi, sonriendo ampliamente —Llegas tarde.

Fuji asintió y sonrió en señal de disculpa.

—Lo sé, pero es que tuve un compromiso. Apenas logré zafarme —explicó.

Saragi lo veía demasiado tranquilo para haberle hecho una visita a Terasu y Kamitsuki, pero sabía que no era el momento de hacer preguntas. La volvió a la realidad una exclamación de Fumihi hecha a todo pulmón.

—¡Vamos, Miyi–kun, tú puedes!

—¿De quién habla Fumihi–san? —inquirió Fuji.

Saragi señaló con la cabeza al chico de cabello castaño claro con el uniforme de la Akidanshi que corría en ese momento hacia la portería.

—Nuestro primo, Hoshi Miyizu —respondió —Es el capitán del equipo de la Akidanshi.

Fuji asintió en señal de comprensión y fijó su vista en la cancha. En ese momento, Miyizu intentaba tirar a gol, pero Gin hizo una barrida y le quitó el balón. Miyizu se quedó tan sorprendido que se tardó en reaccionar e ir tras ella. Y más al oír la burla de la portera.

—¡Ay, miren al pobre chico! ¡Una niña le quitó su pelotita!

Miyizu le dedicó una mirada de desdén a la chica, que en ese momento le sacó la lengua con mofa, y se fue tras Gin con rapidez.

—Ay, no —susurró Saragi —Esa tonta de Sei ha inclinado la balanza.

—¿Qué cosa? —soltó Fuji, sin comprender.

—Pobre Gin, la que le espera —soltó Fumihi con una mueca.

Fuji no comprendió hasta que vio que Miyizu alcanzaba a Gin y no la dejaba pasar por ningún motivo. Era bastante insistente, a pesar que Gin lo eludía con facilidad.

—¿Qué es eso… de inclinar la balanza? —se animó a preguntar Fuji.

—Ah, es como le decimos a los cambios de humor de Miyizu, porque él es Libra —le explicó el chico del cabello casi blanco, sentado detrás de él. Fuji recordó que Libra era, precisamente, el signo con el símbolo de la Balanza —Casi siempre está calmado, pero hay veces en que su humor se manifiesta en exceso. En este caso, está muy enojado —el chico sonrió con aire divertido —Si Gin no deja de jugar con él, Miyizu se enfadará más.

—¿Jugar con él? —Fuji se confundió con esa frase —¿De qué hablas, Kuren–san?

El chico del cabello blanco grisáceo miró al campo.

—Aunque no parezca, Gin es… mejor en deportes que Miyizu–san —contestó la hermanita de Kuren, Konoha, con cierta timidez —Y ahora está jugando. No se está tomando esto en serio —aclaró, viendo que Fuji seguía sin entender —Hasta parece que le divierte.

—Miren, chicos, Gin ya va a la portería —le avisó Gurazu.

Era cierto. Gin por fin había dejado a Miyizu atrás, bastante cansado por cierto, y corría a la portería. Tras una hábil combinación de pases con otro compañero de equipo, Gin logró tirar, acertando. Al soltarse la ovación del público, la pelirroja se sorprendió mucho al distinguir un grito lleno de alegría.

—¡Bien hecho, Gin–san!

Y su sonrisa no tuvo límites al ver la figura de Fuji, de pie en las gradas frente a Kuren y Konoha y a un lado de Saragi, que agitaba los brazos en alto acompañado por unos entusiastas Fumihi y Aishi, que no paraban de reír coreados por un asombrado Gurazu.

&&&

—¡Excelente, simplemente excelente!

Los Hoshi y Fuji habían esperado a Miyizu y Gin en las gradas, luego que acabara el partido, para felicitarlos. Aunque Miyizu no estuviera de humor.

—Gin, quiero la revancha —le espetó el chico, con sus ojos dorados entrecerrados.

La pelirroja sonrió con cierta ironía.

—Cuando quieras —respondió.

El partido había sido ganado con las dos anotaciones hechas por Gin y una tercera realizada por un chico de tercero de la Akiai, lo que tenía al equipo de la Akidanshi con la moral baja, empezando por su capitán, que había sido vencido por su prima.

—Eso fue excelente —seguía diciendo Fumihi con una gran sonrisa —No importa que perdieras, Miyi–kun, ¡jugaste muy bien!

Eso pareció calmar los ánimos de Miyizu, puesto que le dedicó una sonrisa a Fumihi, cosa que Aishi y Gurazu encontraron sumamente divertida, pues comenzaron a reír sin control.

—Ustedes dos son increíbles —reprendió Saragi, encogiéndose de hombros.

Los dos risueños aumentaron sus carcajadas al oír eso.

—Bueno, creo que debemos irnos —anunció Kuren, tomado de la mano de Konoha —Seguramente nos esperan en la Casa Grande.

—Los esperarán a ustedes —Gurazu se puso los brazos en la nuca —A mí el que me espera es Shigu, aunque lo dudo. Hoy tenía guardia en el Akishiro.

—¿Y no te regañará por no decirle del partido de Miyizu? —inquirió Saragi.

Gurazu se encogió de hombros sin bajar los brazos.

—Ni que fuera mi padre —soltó, haciendo reír a todos.

Fuji, sin embargo, apagó pronto su risa. La mención de la Casa Grande le recordó su visita a ésta esa misma mañana. Pero procuró que no se le notara cuando Gin lo llamó.

—Creí… que tenías un compromiso, Fuji.

El chico sonrió.

—Sí, pero logré terminar con él pronto.

Gin sonrió de una forma rara, como tímida, y Fuji no pudo contener la risa.

—¿Qué es tan gracioso? —se enfurruñó Gin.

Fuji negó con la cabeza, al tiempo que se calmaba.

—Nada importante —dijo a modo de respuesta —Gin–san, ¿tienes tiempo?

Gin frunció el entrecejo, pero asintió.

—Entonces, vamos a pasear.

Ahora sí que la pelirroja se desconcertó. Lo bueno es que sus demás parientes ya se habían ido, porque si no, se habrían burlado de su expresión.

—¿Disculpa? —se le escapó a la chica.

Fuji sonrió un poco más.

—Vamos a pasear —repitió, con semblante sereno —Es tu cumpleaños, ¿no?

—¿Y cómo sabes eso?

—No importa. Lo sé y eso es lo que cuenta. Además, te tengo un regalo.

Gin abrió muchos los ojos, y al segundo siguiente bajó la vista.

—Gracias —susurró, con la voz quebrada.

Fuji se asustó, y tomando la barbilla de Gin, le levantó la cara. No le gustó notar aquellos plateados ojos llenos de lágrimas, pero se tranquilizó al verla sonreír. Le sonrió a su vez.

—De nada.

&&&

Fue una tarde que Gin siempre recordaría. Fuji la llevó en su bicicleta por toda la ciudad, mostrándole sitios que ella ni sabía que existía. Como el parque a orillas de la playa que contaba con una nevería o el mirador en el piso más alto del edifico que albergaba la editorial Akihon, desde donde se veía toda la ciudad. Fue allí, viendo los alrededores con un telescopio, que Fuji le entregó su regalo, envuelto en papel rojo con un brillante moño plateado.

—Ojalá te guste —dijo él, sonriendo.

Gin dejó de mirar por el telescopio y tomando el obsequio, comenzó a abrirlo. En la caja, bien acomodada entre tirillas de papel de colores, estaba una gorra. Una gorra blanca con un lirio rojo bordado al frente, muy parecida a la que única que Gin tenía. Ella sonrió y la sacó de la caja para admirarla, pero se sorprendió al ver que debajo de la gorra, había una pequeña caja negra de terciopelo, así que dejando la gorra a un lado, sacó la cajita y la abrió con mano temblorosa. Lo que encontró en el interior la dejó sin aliento.

—Son… son… —tartamudeó, sonriendo levemente —¡Son muy bonitos!

El contenido de la cajita era nada menos que un par de aretes. Unos aretes en forma de lirio, con sus pétalos de piedras rojas talladas finamente y el centro compuesto por un diminuto diamante blanco, que lanzó un tenue destello multicolor al darle la luz.

—Qué bueno que te gustaron —comentó Fuji, acercándose al telescopio y orientándolo hacia el norte, para ver por él al segundo siguiente —¿Sabías que los rubíes son muy caros? Yo no tenía idea de que eran más raros que los diamantes.

—¿Rubíes? —Gin acababa de ponerse los aretes y miró a Fuji con asombro —¿Hablas en serio? ¿Estos aretes… son de rubíes? ¿Rubíes de verdad?

—Sí, lo son —respondió Fuji sin inmutarse, viendo aún por el telescopio —¡Ah, mira! Ahí está la que era mi casa.

—Fuji —llamó Gin de repente.

El chico se impresionó por el tono de voz de la joven, demasiado serio, y dejó de observar por el telescopio. La encontró mirándolo fijamente.

—No… no tienes que tomarte tantas molestias —musitó Gin, sosteniéndole la mirada —Yo… bueno, no soy nada del otro mundo. Además, ¿porqué… porqué gastas tu dinero en mí? Como si tuvieras demasiado…

Hizo ademán de quitarse los aretes, pero la mano de Fuji en su muñeca se lo impidió.

—No es molestia darle un regalo a una amiga —dijo el chico con firmeza —Me agrada verte contenta. Y en cuanto al dinero… Sí tengo demasiado, aunque no parezca. El problema es que no suelo gastarlo a manos llenas.

Sonrió al decir eso, pero Gin seguía sin comprende.

—¿Pero porqué? —soltó, alterada —¿Porqué te importa tanto verme contenta?

Fuji dejó de sujetarle la muñeca, bajó la mano y se limitó a sonreír. Pero Gin notó algo raro en esa sonrisa. No era ni la mitad de alegre que de costumbre. Se veía… algo triste. Pero no pudo analizarla a fondo porque en eso, Fuji la abrazó.

—¿Está mal querer verte contenta? —susurró con melancolía.

—Muchas… muchas personas te dirían que sí —musitó ella, completamente roja.

—A mí me importas tú —afirmó Fuji, repentinamente serio.

Gin no supo interpretar ese cambio en el tono de voz del chico, pero una cosa era segura: se sentía bien que la abrazara. Se sintió culpable por estar tan a gusto, pues siempre le habían dicho que la felicidad no era para ella. Pero no podía evitarlo, Fuji siempre la hacía sentir bien. La hacía sentir… como una chica. Exactamente como él le decía que la veía.

Y eso que no sabía lo que Fuji realmente pensaba respecto a ella. Algo que la visita a la Casa Grande de ese día le hizo descubrir de golpe y creyó imposible que fuera a pasarle tan de repente.

Algo sobre lo que tendría que mentir si quería que la pelirroja siguiera sonriendo.

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Re:Telaraña [21/52]
« Respuesta #76 en: Marzo 12, 2011, 05:57:35 pm »
Kyaaaaaaaaaaaaaaa que lindo fuji! ese dia nunca lo va a olvidar gin fue el mejor cumpleaños

solo espero que gin no se entere lo que tubo que decir fuji delante de los jefes

Gracias Bell me gusto mucho

espero la conti... cuidate bye  :becho:



 

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Re:Telaraña [21/52]
« Respuesta #77 en: Marzo 14, 2011, 07:59:24 pm »
Ah... Pues que este sea el mejor cumpleaños de Gin, pues... Tendrás que seguir leyendo para averiguarlo,  :jeje: .

Sí, debes odiarme por lo que acabas de leer, pero es la verdad. Fuji es un ángel, eso lo sabemos, pero bueno, hasta él tiene remordimientos de conciencia. Y son taaaaan inocentes...

Y en cuanto a que Gin se entere de lo que dijo Fuji, bueno... Igual, si sigues leyendo, te enterarás.

Antes que me mates (y de que a mí se me escape algún avance), me paso a retirar.

P.D. Próximo capítulo: La reflexión.

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Re:Telaraña [21/52]
« Respuesta #78 en: Marzo 15, 2011, 01:12:38 pm »
pues me tocara que seguir leyendo ya ke quiero saber como terminara todo  :jeje:
bno espero la conti...
Gracias Bell por posteear  :becho:


 

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Re:Telaraña [22/52]
« Respuesta #79 en: Marzo 16, 2011, 04:39:30 pm »
Veintidós: La reflexión.

La preparatoria Akiai terminará sus actividades antes de las vacaciones de verano con una asamblea general, que reunió a alumnos y profesores para algunos anuncios importantes. Sin embargo, había algunas personas que no dejaban que dicha asamblea iniciara

—¡Fu–chan!

—¡Déjalo en paz, desquiciada!

Los que soltaban esas ruidosas exclamaciones, a la vez que corrían por todo el auditorio, eran Suzume Soho y Nagase Haraki, éste llevando de aquí para allá a un chico de cabello castaño rojizo que no veía la hora en que terminara aquella persecución.

—Tienes tu aura muy alegre hoy, Soho–san —intervino de pronto un chico de cabello oscuro y ojos violetas, saludando con la mano derecha y mostrando la muñequera azul que lucía, sonriendo con misticismo.

La chica, al ver quién le hablaba, dio media vuelta y se fue corriendo de allí con cara de pánico, para desagrado de algunos de los presentes.

—Apenas que se estaba poniendo bueno… —murmuró un compañero de salón de Nagase, suspirando con fingida resignación.

—¿Quieres un moretón gratis, Nakada? —amenazó el rubio entonces, mostrándole su puño fuertemente apretado.

Nakada negó con la cabeza y sonriendo nerviosamente, fue a sentarse.

—Vamos a sentarnos, chicos —pidió el chico de ojos violetas, acercándose de pronto.

—Muy bien, Kano, vamos —Nagase asintió, bajando el puño —¿Vienes, Fuji?

El chico de cabello castaño rojizo al que le tomaba la mano, que recorría el auditorio con la mirada, sonrió al cabo de unos segundos y lo miró.

—Sí, Naga–kun, vamos a sentarnos. ¡Allá hay lugar!

Ahora era él quien llevaba a Nagase de la mano, seguidos de cerca por Kano.

Mucho gusto en saludarlos de nuevo, soy Kinokaze Fuji. Como pueden ver, están a punto de comenzar las vacaciones de verano. A mí me gusta el verano porque puedo hacer varias actividades que en otras épocas del año no me dan tiempo, además… Ahora tengo mucha más compañía.

—Hola, Gin–san.

Al saludo de Fuji reacciona una chica pelirroja, peinada con una pequeña coleta a la izquierda, que lo mira con sus inusuales ojos color gris plateado al tiempo que arqueaba una ceja, como queriendo saber qué hacía el chico ahí.

—¿Podemos sentarnos? —Fuji señaló los asientos vacíos a la izquierda de la pelirroja.

Ella asintió y los tres chicos se adentraron en la fila, siendo Fuji el que quedara junto a la chica, que al notar eso, se acomodó el mechón rojizo que le caía sobre la frente, haciendo notar que en las orejas, llevaba unos aretes en forma de lirios, de pétalos rojos y centro blanco.

—Hoshi–kun, ¿te puedo preguntar dónde…?

—No, Gakusha, no puedes preguntar.

Gakusha, sentada en la fila de atrás con Chiba y Mezuki, hizo una mueca de fastidio.

—Pero Hoshi–kun… —se quejó Gakusha.

—Déjala —desdeñó Mezuki entonces —Es una maleducada incorregible.

Gin le dirigió una mirada rencorosa antes de darle la espalda.

—¿Sabes qué quiere Gakusha–san? —inquirió Fuji en un susurro.

Gin lo miró de reojo antes de fruncir el ceño.

—Preguntar por mis aretes —respondió —No sé porqué les causan tanto interés.

Fuji sonrió un poco, procurando que Gin no lo viera.

Una especie de timbre les indicó que la asamblea iba a dar inicio, así que poco a poco, todos en el auditorio fueron guardando silencio.

&&&

Ese día la Akiai se vació más rápido que de costumbre, dado que los alumnos se fueron corriendo a sus hogares, queriendo comenzar con el pie derecho las vacaciones de verano. Las Hoshi y Fuji llegaron a casa en un tiempo récord, aunque la más apurada era Mezuki, cosa que Fuji no se explicó hasta que vio a la entrada de la casa un auto muy moderno color gris plateado, ocupado por una persona de uniforme azul oscuro en el asiento del conductor.

—No puede ser… —masculló Gin con enfado al reconocer ese auto.

—Vaya, ¿qué traería a Hitomi–dono hasta acá? —se preguntó Saragi.

—¿Quién es… Hitomi? —inquirió Fuji con cautela al estar en el vestíbulo, recordando que ese nombre ya lo había oído antes.

—Mi madre.

Gin fue la que contestó, pero Fuji notó que no tenía buena cara al hacerlo. La chica, luego de quitarse los patines, recorrió el pasillo a toda velocidad y subió a su cuarto.

Fuji, sin decir palabra, dirigió la vista hacia Saragi, interrogante.

—Como seguramente habrás notado —comenzó la chica, agitando la cabeza —Hitomi–dono prefiere a Mezuki. Más desde que murió Tetsuya–dono.

Fuji asintió siguió a Saragi a la sala, de donde provenían algunas voces.

—Hola, chicos, ¡bienvenidos a casa! —saludó Wodaka con entusiasmo, sonriendo de oreja a oreja —¿Y Gin? ¿Acaso tuvo práctica del club?

—¿Práctica del club? —inquirió una voz femenina, entre despectiva y sorprendida.

Fuji logró identificar a la dueña, una mujer morena, de aspecto maduro y traje sastre color gris oscuro. Su cabello, rojo intenso, estaba recogido por completo en un moño, aunque lo más extraño de todo estaba en su rostro. Usaba anteojos sin armazón, pero mientras el cristal derecho dejaba ver un ojo gris, el izquierdo era negro completamente. Como un inusual parche.

Niño, voy a presentarte —Wodaka se aclaró la garganta antes de continuar —Ella es Hoshi Hitomi, la madre de las gemelas. Hitomi–dono, él es Kinokaze Fuji.

La mujer le clavó su ojo a Fuji, recorriéndolo con la mirada de arriba abajo, antes de hacer una inclinación de cabeza.

—Mucho gusto —dijo, casi en un murmullo, con el mismo tono despectivo de antes.

—Igualmente, señora —Fuji se inclinó ante ella a su vez.

La manera en que Fuji correspondió al saludo de Hitomi hizo que Wodaka frunciera el ceño, que Mezuki mirara al chico con desdén y que Saragi arqueara una ceja, meditabunda.

Niño, Zukure tuvo que irse a la universidad, ¿podrías traernos algo de té?

La petición de Wodaka hizo que se rompiera la creciente tensión que se percibía en el lugar, puesto que Fuji asintió y se retiró, Saragi lo imitó luego de despedirse en forma de Hitomi y Mezuki le respondió a su madre.

—Gin se unió al club de fútbol, mamá, ¿no te lo conté?

Hitomi negó lentamente con la cabeza, haciendo una mueca despectiva.

Pronto Fuji regresó a la sala con una charola y tazas de té, las cuales repartió antes de anunciar que estaría en la cocina por si algo se ofrecía. Hitomi lo siguió con la mirada y cortó el diálogo de Wodaka sobre su último trabajo (algo relacionado con la moda en América).

—Ese chico… ¿es el “normal” que sabe del Zodiaco?

—Ajá —Wodaka asintió, frunciendo el ceño —¿Qué pasa con él, Hitomi–dono?

—Pues… no me agrada la idea de que sepa del Zodiaco. Después de todo, no es de la familia. ¿Tú qué crees, Mezuki?

La aludida se encogió de hombros.

—Mientras no cometa una estupidez, me da igual.

—Pues por fortuna, él no es como tú.

La inesperada frase hizo que Hitomi viera la entrada de la sala que daba al pasillo, por la que entraba Gin entonces, luciendo una falda roja y una blusa blanca. Arqueó las cejas, sin comprender.

—¿Estás diciendo que tu hermana es estúpida? —inquirió Hitomi con frialdad.

Gin se encogió de hombros.

—¿Y tú porqué vistes así? —preguntó de pronto Mezuki.

—¿Cómo? —Gin le dedicó una mueca antes de tomar asiento frente a su madre.

—Pues… con falda. Casi nunca las usas.

—No te importa.

Mezuki iba a protestar, pero en eso Saragi volvió, ya sin el uniforme. Vestía una blusa color azul claro y un pantalón corto azul oscuro.

—Hitomi–dono, si no es indiscreción, ¿a qué debemos su visita?

La mujer la observó por un segundo antes de inclinar la cabeza.

—Vine a recoger personalmente a Mezuki. Pasaremos unos días en la Casa Grande, en lo que se realiza la fiesta del solsticio vernal, y el resto del verano lo pasaremos en Mikimoto.

—¿Mikimoto? —se interesó Mezuki, sonriendo con entusiasmo —¡Siempre he querido ir allí! ¡Gracias, mamá!

—No te entusiasmes demasiado, hija. Tengo que ir allá por asuntos de negocios, pero te aseguro que me daré tiempo para que vayamos a pasear.

Mezuki sonrió más, en tanto Gin observaba de reojo la escena, un tanto fastidiada. Saragi, a su vez, vio que Fuji se acercaba a la puerta de la sala desde la cocina y sonrió levemente.

—Debo suponer entonces, Hitomi–dono, que no le importaría llevarme a mí también a la Casa Grande —dijo con suma cortesía —Sería incómodo para mí irme en mi bicicleta con la maleta que preparé esta vez. Es demasiado pesada.

—¿Maleta? —inquirió Fuji de repente, entrando a la habitación.

Saragi lo miró y le dedicó un gesto condescendiente.

—Ajá. El solsticio vernal es mañana y tenemos que estar en la Casa Grande para celebrarlo. Es el inicio del signo de Cáncer.

Fuji asintió con expresión de saber eso.

—¿Y cuándo volverán, Saragi–san? —quiso saber.

—Eso suele variar, pero si bien nos va, podremos salir en un par de semanas.

Fuji volvió a asentir en silencio, pero con una extraña expresión en la cara.

—Ah, lo olvidaba —soltó de pronto, sonriendo a modo de disculpa —La comida está lista. ¿Nos acompañará, señora?

Se dirigió a Hitomi, cosa que a Gin le sorprendió, pues creyó detectar que el chico le hablaba de manera muy fría.

—No, Mezuki y yo nos vamos. Lo siento, Saragi, no podemos llevarte, tenemos un compromiso ahora mismo —Saragi asintió, demostrando que no había problema. Hitomi se puso de pie con sumo cuidado, ayudada por Mezuki —Hija, ve por tu maleta. Te espero en el auto —se volvió hacia Gin —Feliz verano —le deseó simplemente, antes de salir.

—Sí, igual —susurró Gin con sarcasmo al verla partir —Como si lo dijera en serio —se dijo en voz baja, yéndose al comedor.

—Sí que serán unas largas vacaciones —la voz de Wodaka se dejó oír luego de un rato, al escuchar que la puerta principal se cerraba tras Hitomi —Al menos espero que cuando salga de la Casa Grande, ya esté el nuevo libro de Okami–sensei.

Fuji, al oír eso, dio un leve respingo.

—Ah, sí —recordó Saragi —Se supone que su nuevo libro estaría para este verano. ¿Sabes porqué retrasaron su publicación?

—La verdad no, pero quisiera saberlo —Wodaka se puso de pie —Como también quisiera saber quién es Okami–sensei en realidad. Según mis contactos, nunca se ha dejado fotografiar. Y las pocas entrevistas que ha concedido han sido por teléfono.

—Entonces, ¿nadie lo conoce en persona? —se sorprendió Saragi.

Wodaka negó con la cabeza.

—Quise entrevistarlo cuando publicó su novela romántica “Invierno y Otoño”, pero no accedió. Como le pedí que la entrevista fuera en persona…

—Tú sí que sabes cómo convencer a la gente —soltó Saragi con voz cansina.

Ella y Wodaka fueron al comedor, seguidas por Fuji de cerca. Las dos chicas no lo sabían, pero esa conversación la recordarían días después con un nudo en la garganta.

&&&

Por la noche, la casa de las Hoshi estaba más silenciosa de lo usual. Wodaka y Saragi habían esperado a que Zukure regresara de la universidad para irse juntas a la Casa Grande.

—Me asusta —susurró Gin.

Estaba en el techo, siendo ya muy tarde. Como no podía dormir, había vuelto a su vieja costumbre de trepar al techo por las noches y contemplar las estrellas en actitud reflexiva. Hasta ese momento se dio cuenta de que ya estaba acostumbrada a toda la actividad de la casa, incluso a la presencia casi continua de su hermana. Suspiró con pesadumbre.

Cuando había susurrado esa frase, era en serio. Le asustaba la soledad de la casa. Bueno, en sí ella no estaba sola, Fuji se había quedado con ella (como en Navidad y Golden Week), pero no era lo mismo. Aunque la mayoría del tiempo procurara evitarlas, Gin ya se había acostumbrado a las demás chicas, y saber que no estaban la hacían sentir sola.

Abrazó sus piernas y fijó la vista en el cielo, aquella noche totalmente despejado. Hacer eso siempre conseguía tranquilizarla y hacerla olvidar sus problemas, pero de pronto escuchó ruidos en el interior de la casa.

Intrigada, se colocó boca abajo y se asomó. Sin darse cuenta, se había ido a sentar encima del dormitorio de Fuji y a través de la ventana, podía ver cómo el joven daba vueltas por la habitación, con semblante reflexivo y murmurando para sí. En las manos, sostenía un cuaderno de gruesas pastas rojas y una pluma, como si fuera a escribir algo pero no supiera exactamente qué. Sin previo aviso, el chico dejó ambos objetos en su mesa y caminó a la ventana, abriéndola de par en par.

Gin apenas tuvo dos segundos para ocultar su cabeza, no quería que Fuji la viera en el techo. Estaba por bajar cuando escuchó un murmullo.

—Me asusta.

Se detuvo en seco, olvidando su anterior intención. ¿Era su imaginación o Fuji acababa de decir lo mismo que ella minutos atrás?

—Espero que no se haga un escándalo de esto —se oyó que Fuji decía en voz baja, en un tono preocupado —Papá, a veces quisiera que no hubieras tenido ese trabajo. Pero como decía mamá, eso era tu don. Había que aceptarlo.

Gin oyó un suspiro de resignación, lo que la sorprendió. Siempre había considerado que el chico era muy alegre y seguro ahora…

—Al menos nadie sabe dónde vivo, a excepción de la abuela, Naga–kun y Shin–kun. Nadie sabrá dónde encontrarme para hacerme preguntas.

Se escuchó la ventana cerrarse y Gin volvió a asomarse, esta vez con cautela. Logró ver a Fuji sentarse a su mesa, tomar la pluma, abrir el cuaderno y escribir en él con rapidez. Entonces supo que era momento de dejar su posición en el techo, aunque todo aquello no tenía ni pies ni cabeza para ella. ¿Qué era lo que tanto preocupaba a Fuji? ¿No podría ayudarle ella acaso?

&&&

Julio llegó sin complicaciones y el calor intenso era testigo de eso. El verano había iniciado oficialmente y la mayoría de las personas de Akiyuri se pasaban el tiempo libre en la playa o se alistaban para salir de la ciudad. Pero al término de la primera semana de julio, un enorme portón de una propiedad en la avenida Akimori se abrió para dar paso a un auto convertible color amarillo, ocupado por tres chicas, siendo la conductora la más sonriente, aunque con los anteojos de sol que llevaba puestos, apenas se distinguían sus facciones.

—¡Por fin! —soltó la conductora, una rubia despampanante que vestía un vestido corto color verde olivo —Acabo de llamar a la librería para confirmar nuestro pedido, ¡los libros nos llegan hoy! Buena noticia, ¿no creen?

Las otras dos jóvenes asintieron, y la que iba en el asiento trasero sonrió con dulzura.

—Eso es bueno, ya quería algo nuevo qué leer —comentó, apartándose un mechón de cabello rojo rosáceo de la frente y acomodándose el cuello de su blusa rosa.

—A veces creo que lees demasiado, Zukure —comentó la chica que iba en el asiento del copiloto, de cabello azul plateado y vestida con una falda a rayas azules y blancas y una blusa color azul claro —Aunque debo admitir que como es un libro de Okami–sensei, te entiendo.

—Sara–chan, ¿tienes actividades en la escuela, verdad? —inquirió Zukure.

—Sí, lo que es una lata —admitió la chica de cabello azul plateado —Sobre todo cuando pienso que Sei no es lo suficientemente seria para ser presidenta.

—Supongo que eso le pondrá diversión al asunto —bromeó la rubia, riendo al segundo siguiente —Saragi, acéptalo: necesitas reírte un poco más.

La chica de melena color azul plateado negó con la cabeza, resignada.

—Y tú necesitas tomarte las cosas más en serio, Wodaka —contraatacó Saragi.

La rubia, por toda respuesta, sonrió mucho más que antes.

Llegaron pronto a Akigaoka y de ahí, a la desviación que llevaba a su casa. Las tres jóvenes mujeres contemplaron con agrado la residencia, humilde comparada con la Casa Grande de la familia, y en cuanto Wodaka se estacionó frente a la puerta, ella y sus primas abandonaron el automóvil y bajaron su equipaje.

—¡Ya volvimos! —anunció Wodaka al estar en el vestíbulo. Vio unos paquetes en la mesa del recibidor y exclamó —¡Chicas, nuestros libros!

Saragi y Zukure se giraron hacia su prima y constataron sus palabras. Las tres revisaban los paquetes cuando pasos en el interior de la casa las hicieron volverse al pasillo principal, por el que vieron a una pelirroja de ojos plateados dejar la escalera, luciendo una playera negra de manga corta y un pantalón corto rojo y con la vista fija en un libro no muy grueso de pastas rojas.

—Gin, hola —saludó Wodaka con su habitual alegría —¿Tú recibiste nuestros paquetes?

La pelirroja levantó la mirada del libro y tanto Wodaka como Saragi y Zukure pudieron ver una expresión de confusión en sus ojos.

—Los paquetes… —reflexionó Gin en voz baja, para luego regresar la vista al libro y seguir su camino hacia la sala —Sí, los recibí yo. ¡Ah, una cosa! —recordó de repente, antes de perderse de vista —No molesten a Fuji. Sabrán porqué cuando lean sus libritos.

Sin mayores explicaciones, Gin fue a la sala y se pudo oír cómo abría y cerraba la puerta corrediza que llevaba al patio. Las recién llegadas, mirándose entre sí con desconcierto, para luego abrir sus respectivos paquetes, encontrándose con el mismo libro de pastas rojas que Gin estaba leyendo. Uno que en la contraportada, donde se podía leer la sinopsis del libro, en la parte superior se podía ver claramente un vistoso moño negro. Eso solamente podía significar una cosa: luto.

—No es cierto —susurró Wodaka, incrédula, abriendo el libro de inmediato.

Por hacerlo, no se dio cuenta del título del libro, detalle al que Zukure y Saragi sí prestaron atención. El título del libro era La vida que yo elegí, lo que junto con la sinopsis, daba a entender que ese libro estaba basado en la vida real. Que era una autobiografía.

Y que traía una que otra sorpresa.

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Re:Telaraña [22/52]
« Respuesta #80 en: Marzo 23, 2011, 01:50:43 pm »
primero ke nada waa ke va a pasar porke nu molesten a fuji ke pasa porke tiene ke ser asip kon gin pobre y sagari siendo vice presidenta O_O dios aver ke mas .... kreo ke nada mas estoy devuelta al ruedo y aki sigo leyendo nunke deje de leer XD
PD: onde estara daniela ke nu a leido este capi bueno io me despido asta ke salga el prox kapi XD


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Re:Telaraña [22/52]
« Respuesta #81 en: Marzo 23, 2011, 05:30:11 pm »
Válgame, Tsukune le ganó el primer comentario a Daniela. Va a llover... (Bell menea la cabeza).

Antes, una cosa, Tsukune: ¿sabes que es condenadamente complicado leerte a veces? Se nota que soy Beta Reader oficial (al menos en otras páginas) y una maniática de la Ortografía (Bell hace una mueca).

Por otro lado, tus palabras se responden con lo siguiente: a Fuji no deben molestarlo porque... Eso se revela en el siguiente capítulo. Gin sabe lo que dice, aunque sea un poco brusca al querer portarse amable. Saragi es vicepresidenta del concejo porque se me dio la real gana (eso en primer lugar) y porque me alegra que alguien con su personalidad sea la mano derecha de una genio loca y sonriente como es Mako Sei (esa chica es genial, conforme avance el fic lo verás).

Y creo que te he contestado todo, o al menos lo que entendí. Ahora, para gozo de Tsukune, ¡iré a publicar otro capi de Rilato! Sí, andar de viaje el fin de semana me sirvió de algo.

Cuídense mucho, fan's queridos, y nos leemos a la próxima.

P.D. Próximo capítulo (apto para gente melodramática): La vida que yo elegí.

Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [22/52]
« Respuesta #82 en: Marzo 24, 2011, 04:20:48 pm »
:ahh: me ganaron! ayer no conteste porque mis papas ivan llegado de viaje y cuando me sente a leerlo mi mama me mando a dormir jajaj pero aqui estoy xD
Bell me dejaste intrigada porque no deben molestar a fuji?, bno lo sabre en el proximo capitulo
Gracias Bell me gusto mucho el capitulo y el titulo del siguiente capitulo se ve interesante xD
espero la conti...kuidate bye-bye xD


 

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Re:Telaraña [22/52]
« Respuesta #83 en: Marzo 26, 2011, 03:21:34 pm »
Bueno, me tomé todo el día para leer el fic y me encantó ^^
Y yo también me hago la misma pregunta que todos, por qué no deben molestar a Fuji??
no será la autobiografía del papá de Fuji o algo así??
Bueno, a esperar el próximo capitulo n.n

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Re:Telaraña [22/52]
« Respuesta #84 en: Marzo 26, 2011, 08:33:09 pm »
Muy bueno, de vdd muy bueno gracias :jeje:



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Re:Telaraña [23/52]
« Respuesta #85 en: Marzo 26, 2011, 09:27:17 pm »
Veintitrés: La vida que yo elegí.

La casa de las Hoshi, en lugar de llenarse de conversaciones por el regreso de Wodaka, Saragi y Zukure, estaba sumida en un profundo silencio. Éste era mucho más denso en la habitación de Fuji, donde el chico estaba sentado junto a la ventana, con la vista totalmente perdida y sin pensar en nada en concreto, apenas acordándose que había oído cómo tres de las Hoshi ausentes daban a conocer su vuelta. En cambio, en los dormitorios de Zukure, Saragi y Wodaka, el silencio no era total, puesto que a veces era roto por una exclamación ahogada mientras leían su más reciente adquisición. Un libro que les estaba mostrando cosas que ellas nunca hubieran imaginado que fueran posibles.

Desde que recuerdo, me han dicho que mi apellido es extraño. Sé que es cierto, pero me hacen sentir incómodo. Es como si al hacerme notar ese detalle, me quisieran recordar algo que he sabido siempre: que aquellos que debieron darme su apellido se negaron a hacerlo al abandonarme. Pero al segundo siguiente olvido eso, pensando que de tener otro apellido, tendría otra vida. Y debo decir que la vida que he tenido no ha sido del todo mala.

Gin se había ido a leer al patio en cuanto sus primas llegaron, puesto que no quería que la interrumpieran con preguntas. Ella se había asombrado mucho al recibir los paquetes, sobre todo porque uno de ellos estaba a su nombre, pero en cuanto lo abrió y descubrió ese libro rojo con el emblema de la editorial Akihon, empezó a sospechar de qué se trataba. Y creyó confirmarlo cuando vio que Fuji bajaba, veía el libro en sus manos y sin decir palabra, se retiraba a la cocina a preparar el desayuno. Fueron los minutos más incómodos para Gin, puesto que el joven no abrió la boca casi para nada y cuando acabó el desayuno, recogió la mesa y se fue a encerrar en su cuarto. Cosa que ahora que lo pensaba y que tenía en sus manos aquel texto, era comprensible.

Mi ciudad natal, aunque suene increíble, es la antigua y fría Fuyutani. Eso lo sé porque pasé en ella los primeros años de vida, años que definieron gran parte de mi personalidad. Allí aprendí a caminar, a hablar, a leer, escribir y hacer cuentas, lo más básico que una persona debe saber. Y claro, aprendí que ser un huérfano no tiene porqué excluirte de la sociedad si tú no lo quieres. Pero salí de allí precisamente por eso: Fuyutani, lo quiera o no, no es el mejor sitio para que un huérfano destaque, porque enseguida lo hacen a un lado. Puedo decirlo por experiencia.

Akiyuri se convirtió en mi hogar cuando ingresé a la preparatoria. Por fin había salido del nido, aunque no fuera como lo ven las familias normales. Desde la secundaria sabía trabajar, así que no tuve ningún problema en conseguirme un sencillo cuarto en una casa de huéspedes y pagarme todos mis gastos. Además, mis calificaciones ayudaron mucho a conseguirme una beca en la preparatoria Akiai, una de las más importantes de la ciudad. Pero si creí que todo me sería más sencillo que en Fuyutani, me equivoqué rotundamente. En cuanto comenzaron las clases, me presentaron como un huérfano becado y eso pareció ser el indicador para que mis compañeros se dedicaran a evadirme y prestarme solamente la atención indispensable. Yo ignoré todo eso, dedicándome únicamente a estudiar y a trabajar, pensando que de todas formas, su opinión no debería de importarme. Fue al realizarse lo que en la Akiai se conoce como Festival Yuri–Hime cuando la conocí: la chica que se convertiría en mi primera amiga… y mi compañera de toda la vida.


—¡Kano, Kano!

En el extremo oeste de Akiyuri, un rubio muy alto de ojos castaños había llegado a una modesta casa de dos plantas haciendo rugir el motor de su motocicleta. De la casa, pronto salió un joven de cabello negro que mostraba una mirada fría con sus ojos violetas.

—Aquí estoy —dijo el chico, alzando un libro de pastas rojas en ese momento —Nagase, ¿ya tienes el tuyo?

El rubio, por toda respuesta, levantó un ejemplar idéntico al del otro.

—¿Ya leíste lo que dice, Kano? —quiso saber Nagase Haraki, asombrado.

—Sí, y no todo es agradable —fue la resignada respuesta de Shinto Kano antes de invitar a su rubio amigo a entrar a la casa, para charlar largo y tendido.

No le presté mucha atención en ese momento, solamente era una chica castaña que andaba por todo el festival cargando una charola y ofreciendo galletas. Pero se me quedó grabada en la memoria la amplia y sincera sonrisa que tenía. Con lo distraído que soy a veces, no me acordé de ella hasta que volvió a ponérseme enfrente… Cuando me ayudó.

—¿Porqué no vuelves a tu sitio, huérfano?

Esperábamos en nuestro salón al profesor de la siguiente clase, la última del día. La mayoría de mis compañeros charlaban entre sí, pero yo estaba quieto en mi banca, leyendo un libro. La pregunta, no tengo que aclararlo, iba dirigida a mí.

—¿Disculpa? —pregunté, confundido.

—Ya oíste, huérfano —otro de mis compañeros, muy alto por cierto, me miró de arriba abajo con un gesto bastante desagradable en la cara —Además, ¿cómo es que te dejaron venir con ese cabello? ¡Está horrible!

¡Ah, olvidé mencionarlo antes! Soy pelirrojo. El tono de mi cabello se parece bastante al de las cerezas en almíbar, aunque un poco más oscuro. A lo largo de mi vida, una de las preguntas que me hacen con más frecuencia es que si cabello es natural. Lo es, y me agrada, puesto que me hace sentir especial. El problema es cuando lo critican sin fundamento.

—Mi cabello es así —les respondí a mis compañeros con calma.

Los chicos se rieron en mi cara, y burlonamente. No hacía falta ser un genio para darse cuenta que no me creían.

—Qué buen chiste —dijo uno de ellos con sorna —¿Tus ojos también son así?

Mis ojos son de un tono entre verde y marrón, muy oscuro. Dependiendo de la luz, se ven más de un color que de otro, aunque también influye mi estado de ánimo. Creo que debí describirme físicamente desde antes, ¿verdad?

—Sí, también son así —les retiré la vista al afirmar aquello y la regresé a mi libro —¿Se les ofrece algo más?

De pronto, mi libro desapareció de mis manos. Un chico me lo había quitado.

—¡Oye! —reclamé, poniéndome de pie.

—Si lo quieres, obedécenos —dijo quien tenía mi libro, sonriendo con burla.

Negué con la cabeza, ¿pues por quién me estaban tomando?

—No tienes quién te defienda —soltó otro —A nadie le has importado nunca.

Los miré con cierta furia, ¿cómo era posible que me trataran así? Yo no tenía la culpa de ser huérfano, yo no lo pedí. Simplemente me pasó. Y cuando estaba a punto de gritarles todo aquello, alguien intervino.

—Con cualquier tontería quieren llamar la atención, ¿verdad?

Todos miraron a la puerta del salón, incluso yo. Una chica morena, de largo cabello castaño y ojos del mismo color, miraba ceñuda a los chicos que me habían quitado el libro. Un mohín de fastidio adornó su cara mientras suspiraba.

—Ustedes son un caso perdido —aseguró, entrando al salón y acercándose al chico que sostenía mi libro —¿No me digan que quieren que aquí los vean porque afuera no lo hacen? —adelantó una mano, le quitó el libro al chico con increíble rapidez y sonriendo irónicamente, agregó —Qué patéticos.

—Oye, niña, no te metas en lo que no te importa —le increpó otro de los chicos.

La chica lo miró con increíble desdén antes de avanzar firmemente unos pasos y tenderme el libro.

—Si es algo injusto, me importa —dijo sin más, antes de mirarme y sonreírme —Aquí tienes, Sabishi Okami. Aunque debo decirte que no te protegeré por siempre.

Y sin más, salió del aula, dejando a todo el mundo desconcertado. Y más yo, porque no sabía de dónde había sacado semejante apodo para mí. Sí que era una chica misteriosa.


Akiyuri en pleno estaba bastante impactada por la nueva publicación de la Akihon de la autoría de Fuyuno Okami. En su hogar, Shizuka Shimura también tenía una copia del libro, y había terminado de leerlo pronto. Se le quedó viendo largamente a la portada, donde se veían las sombras de una pareja tomando de la mano a un niño, y suspiró con cansancio antes de deja el libro y atender el apremiante llamado de la puerta. No se sorprendió en absoluto al ver de quién se trataba.

—Pasa, cariño —indicó.

El visitante, un hombre maduro de cabello castaño, obedeció en el acto, entrando a la sala y tomando asiento. Ahí, en la mesa de centro, encontró un libro rojo.

—¿Compraste el libro? —quiso saber el hombre, incrédulo.

—No tuve que hacerlo, me llegó por paquetería —respondió la anciana, sentándose y recogiendo el libro —Es el ejemplar de Fuji. Hizo que lo enviaran aquí.

El hombre hizo una mueca.

—Por tu cara, creo que sabes lo que contiene ese libro —supuso la señora Shimura —¿Qué piensas, Kazuo?

—¿Qué tengo que pensar? —espetó el castaño con molestia —Nada, en particular, madre. Solamente confirmo lo que ya sabía: Kumiko fue muy tonta.

Shizuka suspiró antes de ponerse de pie.

—Si es lo único que tienes que decirme, retírate. No te permito que insultes la memoria de tu hermana y de Kenji.

El hombre, sin decir palabra, se levantó y salió de la casa como vendaval.

Volví a ver a aquella chica poco después, casi cuando iban a comenzar las vacaciones de invierno. Por lo que pude notar, era muy sociable y esa sonrisa que le noté la primera vez que la vi la acompañaba todo el tiempo. Quise acercármele, pero seguramente el enjambre de admiradores que la seguía no me lo permitirían, así que no lo hice. Pero me sorprendió mucho que fuera ella quien abandonó a sus acompañantes y caminara hacia mí.

—¡Eh, Sabishi Okami! —saludó con entusiasmo —¿Puedo decirte algo?

—Ah… sí, claro —respondí, no muy seguro, ¿qué remedio me quedaba?

Cuando noté que observaba mi cabello, creí saber lo que diría, y solté.

—Sí, mi cabello es natural, ¿alguna otra cosa?

La joven se me quedó viendo con extrañeza.

—Oye, si solamente iba a decirte que ese color de cabello es muy bonito —soltó.

Ahora el extrañado era yo. ¿Bonito, el color de mi cabello?

—Es broma, ¿no? —consideré casi sin pensar.

Ella sonrió y negó con la cabeza.

—Combinan muy bien con esos ojos tuyos —afirmó, haciendo que empezara a ponerme rojo de vergüenza, ¡en mi vida me habían halagado así! —Bueno, eso era todo, ¡hasta luego!

—¡Espera! —la detuve, sin saber porqué —¿Cuál es tu nombre?

La joven se giró, sonrió y me dio su nombre (no, aún no se los voy a decir), y al verla alejarse, sentí que ese nombre le quedaba a la perfección.

A partir de entonces, aquella castaña simpática y yo nos hicimos muy amigos. No nos veíamos con frecuencia porque estábamos en diferentes grupos, pero solíamos saludarnos donde quiera que nos encontráramos. Siempre lograba sorprenderme con ese carácter tan alegre y recio que tenía, lo que creo que le hizo conseguir el puesto de presidenta del concejo escolar en segundo año. Aunque debo admitir que también influyó que cuando se le metía algo en la cabeza, era demasiado terca. Siempre conseguía lo que quería.

—Hola, Sabishi Okami.

Un día, en las vacaciones de verano de nuestro segundo año, me sorprendió en el trabajo. Yo hacía de mesero en un café al sur de Akiyuri, cerca de donde vivía, y se lo había comentado, pero nunca me había tocado verla por ahí.

—Un día deberías llamarme por mi nombre —dije como respuesta, sonriendo.

—Cuando tú hagas lo mismo —me respondió con picardía.

—¿Qué vas a ordenar? —inquirí, sabiendo que aquello era caso perdido.

—Que vayas el fin de semana a comer a mi casa, para conocer a mi madre.

Me sorprendió. ¿Conocer a su madre? No sabía entonces porqué me pedía eso.

—¿Porqué? —pregunté, queriendo saber sus intenciones.

—Bueno, le he hablado tanto de ti que quiere que te presente —explicó ella sencillamente—Anda, no seas malo, ven a casa. Verás que mi madre te caerá bien.

—Ah, yo… —como no había tardado en descubrir, mi amiga solía usar su encanto para conseguir lo que quisiera, y conmigo sólo funcionaba en ocasiones como ésa —De acuerdo, iré. ¿Debo llevar algún regalo?

—No, no. Y por favor, no seas tan formal —rogó mi amiga.

—No puedo evitarlo —finjí quejarme por su incomprensión, aunque sonreía.

Ella se echó a reír y fue hasta que se calmó que realizó su orden.

Su casa, debo decirlo, me pareció bonita. Será porque sentí en ella ese aire de calidez familiar que siempre había anhelado. Llegué puntual y al llamar, me abrió un joven mayor que yo por unos dos o tres años, con aspecto huraño.

—¿Tú quién eres? —me preguntó.

Me presenté y dije que mi amiga me había invitado.

—Ah, esa buscapleitos… —masculló con desdén, y esas palabras hicieron que esa persona me desagradara bastante —Pasa —indicó, haciéndose a un lado.

Entré. Casi enseguida, de las escaleras, descendió mi amiga, con una sonrisa.

—Bienvenido a mi casa —saludó, sonriendo —Hermanito, ¿no tenías una cita?

Miraba al castaño huraño que me abrió la puerta, quien luego de asentir, salió de la casa en silencio. Mi amiga rápidamente se olvidó de él y me guió al comedor.

Lo único que puedo recordar con claridad de ese día, aparte que estaba muy nervioso, fue el aspecto bondadoso de la madre de mi amiga, su excelente comida y cómo mi amiga decía una cosa buena de mí tras otra, haciendo que mi cara casi se tornara del mismo color que mi cabello. También recuerdo, que como todo el mundo, la madre de mi amiga opinó que mi apellido no era muy común.

—Mejor así —afirmó la señora con cordialidad —Para no olvidarlo nunca.

Le sonreí por su consideración y tampoco se me va a olvidar que mi amiga me miraba con una especie de callado orgullo.

Así pasó el tiempo. La preparatoria la terminé con honores, aunque había declarado que pensaba dedicarme a trabajar. Mi amiga tenía la idea de ir a la universidad en Tokio, y pensaba estudiar una carrera relacionada con las finanzas, en honor a su difunto padre. Cuando me preguntó porqué no iría a la universidad, le respondí que era cuestión de las escuelas.

—No creas que no quiero —le expliqué un día que comentábamos lo difíciles que debían ser los exámenes de admisión —Pero… estuve averiguando. Ninguna universidad del país le da una beca a alguien sin familia. Dicen que porque en caso de que el alumno la pierda, luego no tendrá con qué pagar los estudios.

Mi amiga se me quedó viendo con incredulidad, antes de susurrar que debía estar bromeando. Cuando le dije que no, frunció el ceño con decisión.

—Pues cambiaré eso, ya verás —prometió —Pelearé y trabajaré para que cualquiera que quiera hacerlo pueda ir a la universidad. Sabishi Okami, confía en mí.

Le sonreí realmente conmovido, por aquel gesto tan amable hacia mí.

—Confío en ti desde hace mucho tiempo —le confesé.

Ella sonrió de oreja a oreja.


Para la hora de comer, Fuji consideró que debía tomar aire. Aunque la verdad, no tenía ganas de moverse. Y más con ese vacío que sentía en el estómago y que parecía extendérsele a la garganta. Al abandonar su habitación, se encaminó a la sala, y de allí al patio. Pudo ver a Gin sentada junto al estanque, leyendo con interés, y no quiso interrumpirla. Dio un rodeo a la casa y localizando una larga escalera de mano, trepó por ella hasta el techo, en el que se recostó mirando el despejado cielo, sin dejar de pensar en lo que había sido su vida antes de conocer a las Hoshi.

Mi amiga tenía que ausentarse de Akiyuri al día siguiente de la ceremonia de graduación de la preparatoria, para ir a Tokio a presentar su examen de admisión. El día de la ceremonia, le deseé suerte y que en cuanto volviera, me contara cómo le había ido. Ella así lo prometió, pero en su expresión, creí ver algo que no me daba buena espina. Así se lo hice notar.

—Estás alucinando, Sabishi Okami —declaró, intentando sonreír.

Pero no le creí. Le recordé que si había algo en lo que pudiera ayudar, podía decírmelo con confianza, que para eso éramos amigos. Ella, sin hablar, solamente me tomó de la mano y me sacó de la multitud que había asistido a la ceremonia, para conducirme a uno de los patios de la escuela. Se veía preocupada por algo.

—Ah, yo… —comenzó, titubeante —No haré el examen de admisión.

—Estás bromeando, ¿no? —no podía creer eso, ¡ese examen en Tokio era algo que le importaba demasiado! ¿Iba a dejarlo pasar así nada más?

—No, yo… Creo que mejor haré el examen para alguna otra universidad… Una más cerca de casa. Es que no quisiera que mi madre se quedara sola ahora que mi hermano se fue.

Fruncí el ceño, extrañado. La madre de mi amiga estaba orgullosa de contarle a todo el mundo que su hija había decidido estudiar en Tokio, ¿entonces qué pasaba?

—Eso no lo crees ni tú —afirmé con severidad —Si te asusta no aprobar, no importa. Ve a hacer el examen, inténtalo siquiera. Verás que…

Ella negó con la cabeza y luego me mostró el rostro, lleno de lágrimas.

—No quiero irme, ¿de acuerdo? ¡No quiero que tú…!

Se calló, se tapó la boca con una mano, pasmada, y salió corriendo. La llamé, pero no se detuvo, así que salí corriendo tras ella. Estaba saliendo de la escuela, y no se me ocurrió otra cosa para detenerla más que llamarla, pero de una forma que nunca había empleado con ella.

Pronuncié su nombre tal cual, sin detenerme a pensarlo.

Siempre solía llamarla por su apellido, y por eso su queja habitual sobre mí era que era demasiado formal. Y fue al pronunciarlo y lograr que se detuviera que me di cuenta de algo muy importante. Algo que tuve la oportunidad de hacerle saber en cuanto regresó sobre sus pasos y me preguntó.

—¿Qué pasa?

No supe qué decirle. Mis ideas revoloteaban sin ninguna coherencia, pero una destacaba sobre las demás y se la dije con firmeza.

—Vas a ir a Tokio.

Ella me miró sin comprender.

—Vas a ir a Tokio, presentarás el examen y serás de las primeras —afirmé, más para mí mismo que para ella —Y así estaré orgulloso de decir que soy tu amigo. No quiero que pierdas la oportunidad.

Fue el oír de nuevo su nombre después de ese discurso (aunque lo supe mucho después) lo que la hizo desistir de no presentar el examen. Me sonrió dulcemente.

—Sólo si prometes no olvidarme, Sabishi Okami.

Le aseguré que para mí, hacer eso sería imposible.


El sol le pegaba con fuerza y sentía la nuca arder cuando por fin cerró el libro, soltando un suspiro. Nunca en su vida hubiera esperado algo semejante, y creía que sus experiencias eran las peores… Se levantó y observó a su alrededor, notando de inmediato un par de pies que se asomaban desde la azotea. Con curiosidad, se encaminó a la escalera de mano a un lado de la casa, la trepó y lo encontró recostado, con la cara vuelta hacia el cielo, pero los ojos cerrados. Iba a imitarlo, pero lo pensó mejor y se dispuso a bajar. Un susurro la detuvo.

—No importa.

Se giró lentamente y lo halló mirándola tenuemente, con los ojos entrecerrados por la luz. Se veía exactamente como imaginaba, sin ánimos de nada. Pero le pareció ver un silencioso ruego en sus ojos, así que subió al techo y se sentó a su lado, abrazándose las piernas y mirando al horizonte.

—¿Te gustó el libro, Gin–san?

La recién llegada, una pelirroja de ojos plateados, salió de su ensimismamiento y lo vio de reojo antes de meditar la respuesta apenas por una fracción de segundo.

—Sí. Me gustó mucho. No tenías qué molestarte.

Quien estaba a su lado, un chico de cabello castaño rojizo y ojos castaños, esbozó una sutil sonrisa, entre satisfecho y melancólico.

—Te dije que te explicaría en julio —dijo, para luego volver a quedarse callado.

Gin lo sabía y también guardó silencio. Supuso que lo único que quería Fuji Kinokaze en ese momento era compañía y estaba dispuesta a dársela.

Fue una temporada muy dura, pero esos tres años y medio que mi amiga no estuvo, pude soportarlos. Recuerdo que lo más divertido era verla cada verano con una sonrisa radiante, quejándose de lo duro que era estudiar tanto y contándome de todas las citas que le habían pedido. Yo reía al oír sus anécdotas, aunque siempre que me contaba sobre algún amigo nuevo, sentía algo de miedo.

¿Cómo no tenerlo? Una relación a distancia siempre tiene ese riesgo. Me acuerdo que la dichosa relación entre nosotros cambió el día que la acompañé a la estación. Quiso que yo la llevara porque según ella, si su madre la acompañaba, las dos se pondrían a llorar y no querría irse. Así que reuniendo todo mi valor, en cuanto nos sentamos a esperar el tren de ella, le tomé una mano de repente, aunque con el mayor cuidado posible.

—Oye… —comencé en un susurro, tartamudeé su nombre, y ella tuvo que inclinarse hacia mí para poder escucharme por encima del alboroto a nuestro alrededor —Yo… antes que te fueras, quisiera saber si… Bueno, ¿yo te agrado?

—No serías mi amigo si no me agradaras —me contestó con una sonrisa, aunque se le veía que le extrañaba mi pregunta.

—No, me refiero a… —en eso dije su nombre y solté —¿Yo te gusto?

Entonces me pareció que ella, por primera vez desde que la conocía, se sonrojaba frente a mí. Abrió mucho los ojos, sorprendida, para luego desviar sus ojos castaños de los míos.

—¿Qué te hace pensar eso? —inquirió por fin.

—Pues… me ayudaste —respondí sinceramente, y con eso hice que volviera a mirarme —Nadie más lo había hecho sin sentir que era su obligación. Es decir, en Fuyutani, el orfanato me apoyó, pero era porque a eso se dedica, ¿no? Pero tú… Incluso sospecho que lo del examen de admisión fue…

No pude seguir porque ella me puso un dedo en los labios, callándome.

—No quería dejarte solo —confesó —No quería… que sintieras que no tienes a nadie. Eso pensé la primera vez que te vi, ¿sabes? Que eras guapo, pero muy triste y solitario. De ahí se me ocurrió lo de Sabishi Okami.

Vaya, al fin tenía esa respuesta. Pero no era la que yo esperaba.

—Pero lo que dijiste después, de que querías estar orgulloso de mí… Entonces pensé que si te veía así de contento aunque fuera solamente en las vacaciones, valía la pena. Pero… no quiero que me olvides.

—Ya te dije que no podría —le recordé —Además, ¿cómo olvidar a mi chica?

Mi entonces todavía amiga sonrió nerviosamente al escuchar eso.

—Pues bien, si soy tu chica, con más razón seré la mejor —afirmó con alegría —Y espero lo mismo de ti, ¿eh? Hay que ser los mejores.

Fue oírla pronunciar mi nombre por primera vez al final lo que me dio la implícita respuesta a la implícita pregunta que le hice al llamarla mi chica. Y cuando terminó la universidad y volvió a Akiyuri para trabajar en una importante empresa financiera, fue cuando supe con mayor seguridad que antes que ella era la mujer de mi vida. Así que con un nudo de nerviosismo en la garganta y el permiso de su madre, luego de su primera semana de trabajo la llevé a cenar y entre idas y venidas de meseros y clientes, ruido de la calle y demás, le pedí que se casara conmigo. Que aunque ahora no tenía un buen trabajo y poco qué ofrecerle, intentaría llegar a ser lo mejor que pudiera, y todo por ella. No sé porqué, pero eso le bastó.

—Pues ya somos dos, Sabishi Okami —afirmó, apretando una mano mía entre las suyas, para luego preguntar —¿Cuándo nos casamos?

Eso no pudo más que afirmar mi amor por esa mujer.


Zukure Hoshi había decidido hacer la comida mientras seguía leyendo a ratos su nuevo libro. Cuando acabó de cocinar, llamó a todos, pero al ir al patio, no encontró a Gin. Se encogió de hombros, pensando que la vería luego, y al sentarse a la mesa, se extrañó.

—¿Y Fuji–kun? —inquirió.

Por toda respuesta, Wodaka señaló el techo.

—Creo que Gin le pegó esa costumbre —señaló.

Saragi era con mucho, la más silenciosa. Meditaba mucho en lo que había leído, y se preguntaba cómo era que una persona podía encarar la vida con experiencias tan duras. Y cómo es que dos personas tan dispares podían haber logrado lo que los protagonistas del libro consiguieron. En el libro, se veía tan fácil… Pero seguramente no lo había sido.

Mi esposa y yo nos casamos un mes después de mi propuesta, siendo la madre de ella quien más nos apoyó y ayudó a organizarlo todo. Aunque ella quería una fiesta muy grande, no pareció decepcionarse mucho de que casi ninguno de sus parientes aceptara acompañarla en esa fecha. Vaya, ni su hermano quiso venir. Pero comprendí que ella estaba feliz por el solo hecho de estar conmigo y eso me impulsó todavía más para mejorar.

Nos mudamos a un departamento pequeño en el centro de la ciudad, lo que a ella le convenía porque quedaba cerca de su oficina. Yo, en cambio, seguía en un trabajo mediocre, siendo cargador en un almacén, pero me esforzaba bastante. Un par de años después, sin embargo, una noche mi esposa llegó a casa, con bolsas de comida que indicaban que había comprado la despensa, y me encontró sentado a la mesita de la sala, con la cara baja.

—Hola —saludó con una ligera sonrisa, dejando su portafolios a un lado y yendo a la cocina a dejar la despensa —¿Saliste temprano?

No contesté. Me costaba un esfuerzo enorme, por temor a decepcionarla.

—¿Qué pasa? —quiso saber, preocupada.

—Ya no tengo empleo —logré murmurar.

Ella se quedó quieta por un momento, para luego ir a sentarse a mi lado. Me tomó una mano y la apretó suavemente.

—No importa —aseguró —Verás que pronto consigues algo mejor.

—Perdona —me acuerdo que le dije —No quería molestarte.

—Sabishi Okami, que no se te olvide que ahora somos dos —me sentenció con cierta severidad que me hizo pensar en cuando ella era presidenta de la Akiai y se ponía a ordenarle a todo el concejo escolar —Bueno, en realidad seremos tres —agregó como si nada, sonriendo con cierta picardía —Pero eso no quiere decir…

La observé sin poder creer lo que había dicho.

—¿Un hijo? —mascullé, y por alguna razón, soné molesto —¿Ahora?

Ella me miró con sorpresa y… sí, adivinaron, dolor. Estaba dolida.

—¿No te alegra? —inquirió, decepcionada —¿No lo quieres?

Eso me hizo soltarle uno de mis más grandes temores casi a gritos.

—No quiero que le pase lo que a mí, ¿comprendes? No quiero tenerlo sólo para darme cuenta que no puedo criarlo, que no tengo qué darle, o peor: que no lo deseaba. ¡No quiero llegar a abandonarlo! No quiero llegar a pensar siquiera en hacer eso…

Incliné la cabeza, avergonzado. Ése era mi gran temor, tener hijos y por alguna razón, abandonarlos, como me habían abandonado a mí. Tenía la firme idea de ser para mis hijos el padre que yo no tuve, pero me daba terror no lograrlo. Y peor aún, que mis hijos llegaran a pensar que estarían mejor sin mí. No quería ni pensarlo.

—No importa —me aseguró mi esposa entonces, en un susurro, acercándose a mí y tomándome de un brazo, se recargó en mi hombro —Ahora somos dos. Si sientes ese miedo, si incluso quieres llorar de rabia o dolor porque no sientes que algo lo haces bien, estoy aquí. Yo te consuelo. Y respecto al bebé… —suspiró antes de seguir —Quiero tenerlo, Sabishi Okami. Y sé que tú también quieres.

La miré con los ojos vidriosos, sintiendo que la quería mucho más que antes.

—Sí —afirmé, abrazándola —Claro que quiero, cariño.

Y como para reafirmarlo, la besé con ternura.


—¿Qué piensas que esté haciendo ahora?

Nagase seguía en casa de Shinto, y luego de comentar largamente el nuevo libro de Fuyuno Okami, había soltado aquello con esperanzas de recibir una buena respuesta.

—Pensar, supongo —respondió Shinto por fin, inclinando la cabeza —Tal vez mucho de lo que estaba en el libro ya lo sabía, pero puede que haya cosas que no. Para el caso —miró a Nagase con seriedad —Eso lo sabremos al final del verano. A menos que él mismo nos busque. Siento su aura demasiado confundida.

Nagase asintió. Por una vez, estaba totalmente de acuerdo con Shinto.

Así fue como luego de largos meses de espera, nació la personita más importante de nuestro mundo, un pequeño que tenía los ojos de mi esposa y el cabello de un color raro, combinación del castaño de ella y el rojo mío. Era inusual, pero al menos no le dirían cosas malas por su aspecto. No como a mí. Decidimos ponerle un nombre que indicara que era una de nuestras razones de orgullo y superación y se nos ocurrió, casi al unísono, llamarlo…

—¡Hijo! Ven, cariño, a comer.

¿Creyeron que les diría el nombre ahora? No, lo siento, su nombre y el de mi esposa me los reservo para más adelante, igual que el mío. Pero regresando al tema, el día en cuestión que relataré a continuación era cuando mi hijo estaba en primaria, recién llegado de la escuela. Mi esposa lo llamaba a comer, pero no bajaba.

—Voy por él —me indicó ella, dejando la mesa puesta —Ahora vuelvo.

Yo asentí y tomé asiento. Unos minutos después, oí unos pasos en el pasillo y la puerta principal abrirse bruscamente y cerrarse de un portazo.

—¿Qué pasa? —pregunté, poniéndome de pie.

—Se fue —fue todo lo que alcanzó a decirme mi esposa, llegando a toda velocidad a mi lado y explicándome entre sollozos que nuestro hijo estaba molesto y había salido corriendo.

Sin dudarlo, tomamos nuestros respectivos juegos de llaves y abandonamos nuestro departamento. Buscamos por todas partes y casi anochecía. Y por fortuna, logré dar con él en un parque cercano, sentado en un columpio y con un aspecto muy triste. Me le acerqué a paso lento y lo llamé con cautela.

—¿Puedo sentarme? —inquirí.

El niño asintió, pero no me miró. Como pude, ocupé el columpio de junto.

—Papá, ¿dónde están tus papás?

La cuestión me tomó por sorpresa. Aunque sabía que la haría, luego de conocer a su abuela materna y visitar la tumba de su abuelo materno. Me aclaré la garganta.

—No lo sé —respondí sinceramente —Nunca los conocí. Soy un huérfano, hijo.

El pequeño se quedó callado largo rato, hasta que me dijo.

—En la escuela se ríen de eso. Dicen que mi apellido no es de verdad.

Suspiré, cansado. A mí también me había tocado escuchar eso.

—Pero es tuyo, ¿no? —soltó de pronto, viéndome —Tú eres mi papá, ¿verdad?

—¿Porqué preguntas semejante cosa? —inquirí, procurando no sonar asustado.

—Oí que decían… cuando fuiste por mí… que no me parezco a ti.

Había ido a recogerlo a la escuela una sola vez, cuando mi esposa tuvo que quedarse en una junta de trabajo y tuve el día libre; sabía de qué fecha hablaba.

—Soy tu papá —le respondí firmemente —Y aunque no lo fuera, no importaría. Te querría igual. A veces la familia no son las personas a las que te pareces, sino las que te quieren. No lo olvides, ¿sí?

Él asintió y me miró con una media sonrisa, una que entonces no sabía, pero en él se volvería costumbre. Una forma de hacerse el fuerte, aún ante quienes más quiere.


—¿Los extrañas?

Fuji dio un respingo al oír eso. Giró la cara, cubriéndose los ojos del sol con una mano, para encontrarse con Gin, que seguía abrazándose las piernas y mirando al vacío.

—Claro, sin duda —respondió luego de un segundo de reflexión, sabiendo a qué se refería ella —Sería alguien muy egoísta si no lo hiciera.

Ella asintió y lo miró de reojo. Había vuelto la cara al cielo, con expresión neutra.

—Lo que más extraño —comentó el chico, sonriendo a medias —es que estén aquí.

—Pero… sigues teniendo a otras personas —le recordó ella —Tu abuela, tus amigos…

Se detuvo, sin saber cómo seguir.

—Y los buenos Hoshi que he conocido —completó Fuji por ella.

Gin no tuvo más remedio que asentir.

Si ahora llegara alguien y me preguntara cómo me llegó la idea de ser escritor, no me creería si le dijera que fue un accidente. Sin embargo, así fue. Todo comenzó cuando mi familia y yo nos pusimos a ordenar el departamento un día de invierno, antes de Año Nuevo, y mi hijo cursaba el primer año de secundaria. Él había conocido por aquellas fechas a un chico rubio muy simpático, aunque algo brusco, con el que se llevaba muy bien, y el joven en cuestión nos estaba ayudando. Sacamos unas cajas que contenían cosas mías de cuando vivía aún en Fuyutani y por accidente, mi hijo tiró una caja y ésta se abrió. ¿Ya comenté que en ocasiones, mi pobre hijo puede ser tan torpe como yo?

—Eres imposible —soltó con una sonrisa el amigo de mi hijo, colaborando en recogerlo todo —Veamos, ¿qué tanto se tiró?

Ellos dos se ocuparon de esa caja y yo llevé las demás a la sala, donde mi esposa se encargaba de revisarlo todo para decidir qué tirar y qué no. Cuando ella y yo nos fijamos, los chicos estaban sentados en el suelo, cada uno con una libreta de hojas amarillentas en las manos, leyendo con mucha concentración.

—¡Vaya, señor! —soltó el amigo de mi hijo, sorprendido —¿Usted hizo esto?

Me mostró la libreta y reconocí mi caligrafía de secundaria.

—No es la gran cosa —dije, encogiéndome de hombros —Así perdía el tiempo.

—Papá, deberías escribir un libro —dijo entonces mi hijo, entusiasta —De verdad, estas historias son muy bonitas.

Les sonreí con indulgencia a los dos y les recordé lo que estábamos haciendo. Cuando terminamos, ya era tarde y mientras mi hijo y su amigo se iban a dormir horas después, yo le conté su idea a mi esposa.

—Sabishi Okami, deberías tomarles la palabra —me dijo ella al terminar mi relato —Oye, ser escritor también es un trabajo, ¿no? Y nada pierdes intentándolo.

Lo pensé mucho desde ese día y en mis ratos libres, tomé aquellos viejos cuadernos, los leí una y otra vez y reescribí gran parte de su contenido para crear una sencilla y tierna historia de superación. Si no mal recuerdo, su título fue Rompiendo Olas, la ambienté en una playa parecida a la de Akiyuri. Y tuve una enorme suerte de que una editorial tan grande como la Akihon le interesara publicarla aún cuando pedí que no se supiera que era yo. Mi seudónimo, Okami Fuyuno, es un juego de palabras que me ayudó a crear otro de los amigos de mi hijo, un joven callado y misterioso, y a la editorial le agradó.

A partir de ahí, nuestra suerte cambió: pude comprar una casa más grande, dejé el empleo mal pagado que tenía y mi familia y yo tuvimos, en general, un mejor nivel de vida. Lo único que mi esposa y yo procuramos fue que nuestro hijo no se volviera un presuntuoso por la creciente fortuna que yo estaba consiguiendo, y vimos que no teníamos de qué preocuparnos cuando declaró, en su tercer año de secundaria, que se buscaría un trabajo de medio tiempo.

—Quiero comprarme una bicicleta —nos contó con alegría —Así podré ir y venir solo a la escuela. Más cuando entre a la preparatoria.

Nos sentíamos orgullosos de él, mucho. Pero un día, cuando yo andaba ocupado en los últimos capítulos de una novela romántica que se llamó Invierno y Otoño, un poco basada en la relación entre mi esposa y yo (por eso de que yo soy de Fuyutani y ella de Akiyuri), llegó a casa enfurruñado y gritó.

—¡Ya me harté! ¡No iré a la Akitensai!

Salí de mi pequeño estudio y fui a la sala. Mi hijo se había sentado en uno de los sillones, con la cabeza baja y moviéndose frenéticamente, enojado.

—¿Y eso? —quise saber yo —¿Porqué no quieres ir a la Akitensai?

La Akitensai es la universidad de la ciudad, y sin pecar de soberbia, puedo afirmar que es de las mejores de la zona.

—¿Cómo voy a aguantar tanto? —se quejó de pronto, impotente —¿Cómo voy a contestar a todas las preguntas que seguramente me van a hacer? Será muy difícil y no soy el mejor estudiante del mundo.

Me senté junto a él.

—Tu madre decía lo mismo —le aseguré —Incluso pensó en no ir a Tokio.

—¡Pero si mamá fue la mejor de su clase! —se sorprendió mi hijo.

—Sí, pero tuvo que estudiar mucho. A ella le costaba trabajo la escuela, así como a ti. Pero quería ir a la universidad, ser la mejor, y lo consiguió. Además —agregué con una sonrisa —Yo no la dejaba renunciar.

—No tengo a alguien así —musitó mi hijo con tristeza —Quiero decir, una pareja —añadió, al ver que hacía un gesto de confusión —Mamá te tenía a ti, y yo…

—Algún día llegará —prometí —Algún día, sin que te des cuenta, va a llegar una chica muy buena y bonita que te va a querer mucho. Y seguramente tú también la querrás mucho, querrás ser el mejor para ella y por eso debes ir a la universidad.

Con eso, conseguí arrancarle una risa alegre a mi hijo.

—Sí que sabes convencer a la gente —me dijo —Seguro por eso la gente lee tus libros y mamá te adora, ¿verdad, mamá?

No fue sino hasta que miré por encima de mi hombro que descubrí a mi esposa y supe que había escuchado todo. Sonreía con ternura, dándonos a entender que éramos su mundo.

Y mi esposa sabe bien que ella y mi hijo son mi mundo.


—¡Fuji–kun!

El joven se sobresaltó al oír ese llamado. Venía de abajo, así que se incorporó y asomó la cabeza. Era Zukure, sonriendo con amabilidad.

—Si quieres comer, preparé soba —informó —¿Sabes dónde está Gin?

—¡Está conmigo! —exclamó Fuji, asintiendo con energía —Ahora bajamos.

Zukure asintió y regresó a la casa. No sabía porqué, pero se había acordado de cierto pasaje del libro que había leído ese día. Y asociar eso con Fuji y Gin le daba un mal presentimiento.

He tenido vivencias de todo tipo a lo largo de mi existencia. Unas han sido buenas, y otras no tanto. Me ha tocado sufrir más que a otros hombres que conozco, pero también tengo dichas que otros no pueden siquiera imaginarse. Aunque no tuve una familia como la mayoría de las personas, luego pude construirme una propia.

Mi esposa es una mujer maravillosa, alegre y tenaz, que llena de calidez cada día de nuestras vidas. Mi hijo, a pesar de tener el mismo carácter despistado que yo, también es sonriente como su madre y no duda en ser amable con los demás. En cuanto a mí, no puedo quejarme, fui contra las estadísticas y me convertí en un hombre de bien. No soy ni bueno ni malo, creo que sólo soy yo. Cosa que mi familia dice que es de lo mejor. Porque tuve un pequeño privilegio al ser huérfano: escoger que quería ser este hombre.

Mi bella esposa se llama Kumiko, damas y caballeros. Nuestro hijo, para recordarnos a ambos que teníamos una razón poderosa para superarnos día a día, se llama Fuji. Y yo, soy Kinokaze Kenji, a sus órdenes. Y todo esto que han leído, ha sido hasta el momento
la vida que yo elegí.

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Re:Telaraña [23/52]
« Respuesta #86 en: Marzo 27, 2011, 11:31:24 am »
dios que tal historia esta de lo mejor y el padre de fuji si que se supero peo lo gracioso fue komo se conocio kon su madre  ia me lo veo a fuji y gin asip XD bueno bell espero la continuacion y mas que pasara cuando entren ala preparatoria que le diran XD
PD: tomandole la palabra a bell estoy kambiando mi forma de escribir (aunke aveces ahi lapsus XD) ia me la imagino ranegando por una coma XD


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Desconectado Kari

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Re:Telaraña [23/52]
« Respuesta #87 en: Marzo 27, 2011, 02:29:47 pm »
Me encantó la historia ^^ (muy dulce)
Y bueno, gracias por el cap
Espero la continuación

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Re:Telaraña [23/52]
« Respuesta #88 en: Abril 02, 2011, 06:38:53 pm »
Oh, gente, me alegra tanto pasarme por estos lares... Sí, ando contenta porque finalmente tengo trabajo (Bell da brincos cual Heidi en la pradera), desde el lunes, para ser exacta. Además, ¡hay nombres nuevos! Le doy la bienvenida a Kari y Kikyo, esperando leerlas más seguido. Y Tsukune, creo que tu esfuerzo por escribir de otra forma no funciona, pero gracias por intentarlo.

El capi anterior, siendo sincera, me costó un poco escribirlo en su día. Es que el hacer a Kenji un escritor famoso surgió de repente (como casi todas mis "grandes" ideas), y para armarlo bien ahí me verán, teniendo que revisar lo que llevaba del fic para estar segura de que encajaría. Así pues, me alegra que les gustara y que vean un poco de cómo se conocieron Kenji y Kumiko (lo sé, Tsukune, Kumiko era una popular líder nata y Kenji, bien discreto y humilde, ¡era el uno para el otro!) así como lo que ocurrió antes que Fuji llegara al mundo.

Bueno, me paso a retirar, esperando que todos estén muy bien, leerlos en las tardes y el fin de semana... y todo ese rollo.

Cuídense mucho y hasta la próxima.

P.D. Otra vez Tsukune le ganó el primer comentario a Daniela, ¡ahora va a granizar! (Bell se ríe de su propio y pésimo chiste).

P.D. 2 - Sé que a pocos les importará, ¡pero conseguí comprar un libro que andaba buscando! Se llama Sepulcro y como es usado, no lo conseguí con todas las cartas del tarot que trae esa edición. Pero sí incluía un billete de pesos cubanos y dos de quetzales (la moneda guatemalteca). ¿Saben a cuánto está el tipo de cambio a pesos mexicanos? Simple curiosidad.

P.D. 3 - La tercera es la vencida, ¿creyeron que lo olvidaría? El título del próximo capi es La enfermedad. No se preocupen, no es taaaaaan malo como parece (Bell rueda los ojos, ¿acaso alguien le creyó?).

Desconectado tsukune

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Re:Telaraña [23/52]
« Respuesta #89 en: Abril 03, 2011, 11:11:31 am »
bueno komo ke lo de postear primero es porke daniela nu va a estar muxo por aki solo por esta semana ia ke anda de viaje asike nu tiene porke granizar XD y esperando el sig kapi y wiii tenes mas segidores osea kapis mas segido nu ??


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