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Noviembre 14, 2018, 09:54:46 am

Autor Tema: Telaraña [31/52 + Omake 3/7]  (Leído 22591 veces)

Desconectado THB Potter

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Telaraña [31/52 + Omake 3/7]
« en: Noviembre 28, 2010, 10:51:37 pm »
Sinopsis:

Un chico despistado, una familia azotada por un secreto inconfesable...

Las cosas nunca son lo que parecen, mucho menos los sentimientos...

Parodia e intento de comedia (al menos la mayoría del tiempo) de los signos del Zodiaco occidental y los dioses griegos.

Historia basada en el concepto de Fruits Basket, con un toque más occidental.



Uno: A presentarse.

—Parece que el clima de hoy será bueno.

Un joven sonriente salió de una pequeña y ruinosa cabaña a las afueras de la ciudad de Akiyuri, con mochila al hombro. Era alto, delgado, de corto cabello castaño rojizo y ojos completamente castaños. Su uniforme, formal, mayoritariamente verde y complementado con una corbata amarilla en su cuello, se veía muy usado, pero bien cuidado. Antes de cerrar la puerta de la cabaña, se giró y fijó la vista en una pequeña caja de madera que le servía de mesa, donde estaba apoyada una fotografía de marco rojo. En la fotografía, podía observarse un matrimonio, un hombre pelirrojo y una mujer castaña, que se abrazan al tiempo que sonríen con alegría. El joven les dedicó un gesto de despedida.

—Papá, mamá, me marcho —dijo en un murmullo —Deséenme suerte.

Dicho eso, el joven salió y caminó por un sendero de tierra frente a él, hasta un árbol cercano, donde tenía encadenada una bicicleta con detalles rojos y un farol en el frente, junto a una canastilla. Le quitó el candado a la cadena, guardó con cuidado ésta en la canastilla de la bicicleta y montándola, pedaleó con ganas hacia la ciudad.

Mucho gusto, soy Kinokaze Fuji. Tengo quince años y curso el primer año de preparatoria. Seguramente se preguntarán qué hago viviendo en una cabaña que por el agujero del tejado y las ventanas tapadas con mantas, se ve como si se cayera a pedazos, pero ésa es una larga historia. El punto es que vivo ahí porque mi lema es “Todo tiene un lado bueno sabiéndolo buscar”.

El joven siguió pedaleando, disfrutando de la brisa en la cara, y pensando en el día que le esperaba en la escuela. Estando a punto de llegar a una calle transitada, disminuyó la velocidad y consultó su reloj. Vio que le quedaba un poco de tiempo, así que no se apresuró y observó con detenimiento el camino que estaba a punto de dejar atrás. De pronto, notó una senda lateral que hasta el momento, no sabía que existía. Un letrero en el inicio del camino dice simplemente Hoshi.

—Vaya, qué casualidad —murmuró el joven, siguiendo su camino —No sabía que había gente viviendo por aquí.

Siguió pedaleando y pronto dejó atrás la tierra y la pedrería para encontrarse en calles asfaltadas. Con una sonrisa, minutos después comprobó que ha llegado a tiempo a la escuela, la preparatoria Akiai, y antes que suene la campana, fue al área para bicicletas a encadenar la suya.

—El farol se te cae, Kinokaze —le soltó con sorna un chico de cabello castaño claro, sonriendo con malicia.

—¿Ah, sí? —el joven se inclinó hacia delante de su bicicleta, intrigado.

—¡Fuji, qué bueno que llegaste! —saludó efusivamente un joven de cabello rubio oscuro, cuyos ojos castaños se desviaron de manera amenazante al otro castaño.

—Hola, Naga–kun —saludó Fuji con una sonrisa.

Este rubio es Haraki Nagase–kun, y es uno de mis mejores amigos. Es algo enérgico y un tanto brusco, pero en realidad es buena persona.

—¿Se te ofrece algo, Esaki? —inquirió un chico muy delgado, de cabello negro y ojos de un raro tono violeta, con los ojos entrecerrados.

Esaki, al ver a ese chico, salió huyendo.

—¿Llegaste bien, Fuji? —inquirió después el chico de ojos violetas, sonriendo de manera sutil y misteriosa.

—Si, claro, Shin–kun —aseguró Fuji —¿No me ves aquí de carne y hueso?

El chico de los ojos violetas es Kano Shinto–kun, mi otro mejor amigo. Él habla poco, pero es parte de su personalidad. Lo de que me vea de carne y hueso es en parte broma, pero… Es una larga historia.

—Sí, Kano, aquí está vivito y todo —afirmó Nagase, poniéndole una mano en la cabeza a Fuji y revolviéndole el cabello —Anda, Fuji, encadena tu bicicleta, es hora de ir a clases.

—Sí, sí, voy —Fuji se apresuró a colocarle la cadena y el candado a su bicicleta antes de seguir a sus dos amigos —¿Cómo estuvo su fin de semana, chicos?

—Pues normal —Nagase se encogió de hombros.

—Lo mismo digo —dijo Shinto indiferentemente —¿Y tú, Fuji?

—Pues… digamos que igual que el suyo —Fuji evitó ver a sus amigos a los ojos, puesto que en realidad, evitar que la lluvia te caiga en la cabeza con unas cuantas mantas no era precisamente pasar un fin de semana normal.

De pronto, al pasar por la puerta principal de la escuela camino al edificio central, ven una elegante limosina estacionada.

—¡Vaya, eso sí que es un auto! —soltó Nagase entre sorprendido y desdeñoso —¿Creen que algún ricachón se haya perdido por estos rumbos?

—La escuela es un buen lugar para buscar direcciones, ¿no? —meditó Fuji en voz alta.

—Buen punto —concordó Shinto —Será mejor entrar de una vez.

Los tres amigos caminaron con ánimo al edificio central y al entrar, fueron de inmediato al área de guetabakos  y se cambiaron rápidamente los zapatos. Justo cuando entraban al salón, sonó la campana, así que acomodaron las mochilas y escucharon como un grupo de chicos, entre ellos Esaki, hacía comentarios acerca de la limosina a la entrada de la escuela.

—Yo digo que entrará un nuevo alumno —decía una chica de cabello largo —Y si es así, ojalá sea un chico, ¡aquí escasean!

Los chicos presentes la fulminaron con la mirada.

—Pues yo solamente espero que sea agradable —declaró Esaki —Y que no se quiera dar aires de grandeza.

—Jóvenes, buenos días, todos a sus lugares —indicó el profesor, un hombre rechoncho y bajito, moviendo en alto una mano donde llevaba una carpeta verde al tiempo que vagas contestaciones a su saludo se dejaban oír—Antes de comenzar la clase de hoy, quisiera presentarles a una nueva estudiante. Pase por favor, señorita.

La atención de los alumnos de inmediato se centró en la puerta corrediza del salón que quedaba cerca del sitio para el profesor. En cuestión de segundos, dicha puerta se abrió para dar paso a una joven de falta tableada verde y blusa del mismo color con cuello blanco y un moño amarillo al cuello. La chica era delgada, de cara ovalada, de largo cabello azul plateado y profundos ojos color gris azulado. Los chicos presentes soltaron murmullos de admiración al verla, mientras que las chicas se preguntaban cómo era posible el color de cabello que esa chica tenía. Suponían que debía ser algún tinte, pero se veía tan natural…

—Ella es Hoshi Saragi–san —presentó el profesor, al tiempo que escribía el nombre de la chica en el pizarrón —Espero que la hagan sentir bienvenida, ¿eh?

—¡Buenos días, Hoshi–san! —saludaron al instante la mayor parte de los chicos presentes, haciendo que sus compañeras gruñeran, molestas.

Fuji, en tanto, se quedó un momento pensativo. ¿Hoshi? Eso decía el letrero que había visto esa mañana, en el camino. Se encogió de hombros, pensando que seguramente era coincidencia.

—Qué extraño —murmuró Shinto, detrás de Fuji —Hoshi–san tiene un aura muy inestable.

—Ahí va, el reporte pormenorizado de auras de Kano —dijo Nagase con cierto aire divertido, a la izquierda de Fuji —¿Y eso qué, Kano? ¿Es algo malo?

—Siendo inestable, no sé si es bueno o malo —se limitó a responder Shinto.

Fuji no le dio la menor importancia a lo que decía Shinto, pero acabó de regresar a la realidad cuando el profesor anunció.

—Hoshi–san, puede tomar asiento frente a Kinokaze–kun, si no le importa.

El joven dio un respingo, poniéndose algo nervioso al ver a la guapa chica caminar entre los bancos para sentarse en el que estaba libre frente a él. La chica, mirándolo de reojo, le dedicó un gesto de desdén antes de tomar asiento.

Engreída —musitó Nagase al notar eso.

Las clases se dieron con normalidad, y pronto se vio que la joven Hoshi era bastante inteligente, pues respondía las preguntas de los profesores a la perfección. Así las cosas, llegó la hora del almuerzo y varios se dirigieron a la cafetería. Unos pocos se retiraron a los jardines, a comer sus almuerzos hechos en casa. Y algunos de esos pocos fueron Fuji y sus amigos.

—Miren, no sé qué piensan ustedes, pero Hoshi no me agrada mucho —dijo de pronto Nagase, sacando de un pequeño estuche sus palillos —No es fea, pero se siente la importante.

—Eso es evidente —le hizo notar Shinto.

—Pero no hay que pensar eso si no la conocemos —objetó Fuji —¿Qué tal que solamente está nerviosa por su primer día de clases?

—Fuji, eres demasiado amable —se quejó Nagase —Siempre andas pensando bien de las personas, ¿tengo razón o no, Kano?

—Mucha —respondió Shinto de manera concisa.

Fuji esbozó una sonrisa nerviosa.

—Hoy nos vamos juntos, ¿no, Fuji? —cambió de tema Nagase —Me toca ir al restaurante.

—Sí, nos vamos juntos —corroboró Fuji, saboreando una onigiri —Espero que no me entretengan mucho, tengo un par de tareas atrasadas.

—Estando en las entregas, nunca se sabe —comentó Nagase con indiferencia —Y mira que a mí me toca bastante con eso de limpiar y atender mesas.

Los dos amigos trabajaban medio tiempo en el mismo restaurante, uno ubicado en el centro de Akiyuri que tenía servicio a domicilio.

—Pues les deseo buen día —dijo Shinto, bebiendo un poco de jugo de naranja —Sobre todo tú, Fuji, pues te hace falta el dinero. ¿No te cobran mucho de alquiler en donde estás viviendo?

—Pues… —Fuji sonrió un tanto nervioso, antes de mover negativamente la cabeza —No, para nada, son bastante considerados —se decidió a decir.

Si les digo que vivo en una ruina, Naga–kun es capaz de agarrar su motocicleta y reclamarle a la abuela. Y Shin–kun… No, mejor no imagino lo que haría Shin–kun.

¡Ah, pero es que no saben! Verán, hasta el invierno pasado vivía con mis padres, dos personas muy alegres y trabajadoras. Pero ellos murieron en un accidente de auto cuando iban de camino a una reunión de negocios, y me quedé solo. Entonces hubo unos cuantos problemas para hospedarme, pues no sé porqué mis demás parientes no podían hacerlo. Al final, mi abuela materna me dijo que me quedara con ella si quería y le dije que sí.

Sin embargo, hace un mes, mi abuela me informó que por una temporada, tendría que hospitalizarse por una enfermedad del corazón y me pidió que me hospedara con algún amigo. Pero Naga–kun vive en una casa de una sola planta con su madre y sus hermanas y en cuanto a Shin–kun, son seis de familia. No quise causarles molestias, así que le dije a mi abuela que no había problema, y recordé que en una de mis entregas por las afueras, había visto una cabañita solitaria. Así que sin más, me mudé allí, esperando que el dueño no apareciera un día y me corriera. Pero por si acaso, he estado ahorrando mi sueldo para pagar alquiler.


—Pues bien, come todo tu almuerzo, Fuji —invitó Nagase con entusiasmo —Eso te dará energías para recorrer la ciudad en esa bicicleta tuya.

—Claro, gracias —a Fuji no le quedó de otra que obedecer, no fuera que su amigo acabara mostrando su lado malo… con él.

—Pero insisto —al oír eso de voz del rubio, Fuji temió que siguiera con el asunto de su vivienda —Hoshi es una engreída.

Fuji suspiró imperceptiblemente, pero se le erizaron los pelos de la nuca cuando una voz femenina de timbre serio, sarcástico y frío habló a su espalda.

—Qué lástima que no te agrade, ¿sabes? Creo que me dará un ataque.

Los tres chicos se quedaron con la boca abierta. Ahí, de pie tras Fuji, se encontraba Saragi Hoshi, observándolos con frialdad y desdén.

—Oye, Hoshi, ¿no te enseñaron que espiar es malo? —se molestó Nagase.

—Y a ti, ¿no te enseñaron que hablar a espaldas de una es malo? —rebatió la chica, moviendo levemente la cabeza, con lo que el sol le arrancó reflejos a su plateada melena —Pero no importa, eres insignificante, Haraki.

—Oye, espera —la llamó Fuji, viendo que la chica ya se iba —Disculpa a mi amigo, Hoshi–san. Si no te conoce, no debería decir eso.

—¡Fuji! ¿De parte de quién estás? —gritó enojado Nagase.

La joven se quedó mirando un instante a Fuji antes de mover de nueva cuenta la cabeza, agitando su cabello, para a continuación retirarse tan silenciosa como había llegado. Los tres amigos, luego de discutir el comportamiento de Hoshi, terminaron su almuerzo y volvieron a clases.

&&&

—Nos vemos mañana, Shin–kun.

—¡Hasta mañana, Kano!

Nagase y Fuji se despidieron de Shinto antes de salir de la escuela rumbo a su trabajo. Era un trecho algo largo, pero por suerte los dos tenían medios de transporte: Fuji su bicicleta y Nagase, una motocicleta un tanto vieja, pero útil. En una parte de la carrocería, Nagase le había pintado una larga espada, señal de su afición por el kendo y las peleas. Así las cosas, se pusieron en marcha, no sin antes toparse con Saragi Hoshi, que iba caminando rumbo a la limosina que esa mañana había estado frente a la escuela.

—Así que Hoshi vino en esa cosa —comentó Nagase, poniéndose su casco.

—Su familia debe ser rica —aventuró Fuji.

Nagase se encogió de hombros, demostrando lo poco que le interesaba el tema. Los dos se fueron al trabajo, al que llegaron en minutos, y dejando las mochilas en el área de empleados, se pusieron los uniformes (de un infame color naranja) y pusieron manos a la obra.

A Naga–kun le ofrecieron ser repartidor antes que a mí, porque tiene una moto, pero él se negó por la simple razón de que carece de sentido de orientación, se pierde más fácil que yo. Así que al dueño no le quedó de otra que darme la vacante a mí, y hasta ahora me he esforzado mucho para no decepcionarlo.

—¡Kinokaze, qué bueno que llegas! —gritó Mikoko, la cocinera, a modo de saludo —Hay una orden que va a las afueras de la ciudad y la quieren rápido, ¿crees poder llevarla en media hora?

—Claro —afirmó Fuji, aunque no sabía si en realidad podría, ya que pronto sería la hora pico del tráfico —¿Cuál es la dirección?

Mikoko se la dio escrita en un papel junto con la caja de la orden y volvió a su puesto. Fuji fue a la parte trasera del restaurante, tomó el casco de Nagase y se montó en su bicicleta. En cuestión de minutos, había hecho la mitad del camino, así que llegaría a tiempo.

En Akigaoka, dar vuelta a la derecha en la primera desviación —leyó Fuji del papel, sin dejar de pedalear —Bueno, Akigaoka es donde vivo, así que sólo debo encontrar la desviación y…

Se paró en seco, puesto que había encontrado la desviación. Era aquella que ostentaba al inicio el letrero que decía Hoshi.

—Por favor, que sea coincidencia —rogó, antes de tomar la desviación y seguir su camino.

Al final de la vereda, se alzaba una casa considerablemente grande, de dos plantas, y que se veía con todas las comodidades básicas. Fuji apenas tuvo tiempo de echarle un rápido vistazo antes de desmontar, tomar la caja del pedido de la canastilla y avanzar hacia la puerta. A pesar de su esplendor, la casa se veía vacía y Fuji rogó esta vez que no le hubieran jugado una broma. Se acercó y llamó al timbre.

—¡Buenas tardes! —saludó educadamente —¡Su pedido de comida está aquí!

Nada se oyó del otro lado. Fuji volvió a llamar, repitiendo su saludo, pero todo siguió en silencio. Estaba por llamar una tercera vez cuando una voz de mujer gritó.

—¡Ahora voy!

—Vaya, no fue una broma —se tranquilizó Fuji, observando a ambos lados. Se percató que la casa tenía cochera, la que estaba abierta y dejaba ver un flamante convertible amarillo y un poco más allá, una bicicleta azul. Seguramente aquella gente era rica, ¿qué hacían pidiendo comida a domicilio? ¿Acaso no habían podido conseguirse una buena cocinera? De repente, la puerta principal se abrió de golpe.

—¡Ah, vaya, al fin la comida! —soltó una voz impaciente, la misma que había gritado antes —¿Cuánto es, niño?

Lo de niño no le gustó a Fuji, pero lo olvidó pronto al ver a la mujer que estaba frente a él, de largo cabello del color del trigo y enigmáticos ojos verdes. Vestía un kimono corto color amarillo oscuro atado con un cinturón azul. Su cara, de rasgos agradables, mostró un mohín de fastidio.

—Oye, niño, te pregunté cuánto es —espetó.

—Ah, sí, disculpe —Fuji le entregó la caja del pedido y se buscó en los bolsillos la nota con la dirección, donde también le habían anotado la cuenta —Aquí tiene, señorita —indicó, entregándole el papel.

La mujer lo tomó y revisó, para luego darse la vuelta, dejar la caja en una mesita cercana y tomar de la misma una cartera amarilla, de donde extrajo varios billetes. Los contó, asintió y se los entregó a Fuji.

—Aquí está, el cambio es tuyo —indicó la rubia y sin más, cerró la puerta.

—Gracias —musitó Fuji a la puerta cerrada, algo desanimado. Dio media vuelta para irse, contando el dinero, para luego regresar a toda carrera —¡Señorita! —llamó, al tiempo que timbraba.

—¿Ahora qué? —se quejó la rubia, abriendo de nuevo.

—Creo que contó mal —dijo Fuji, apenado —El cambio es casi lo que acaba de pagar.

—No, no me equivoqué —replicó la rubia, seria —Lo que pasa es que yo no pedí la comida, fue mi prima, pero como si ella pagaba no te daría nada de propina, lo hice por ella —sonrió maliciosamente al tiempo que seguía —Hazme caso, niño, y quédate con el dinero. Supongo que te servirá de algo.

Y de nuevo cerró la puerta de un golpe, sin decir más.

Fuji, totalmente extrañado, se guardó el dinero y fue a montar la bicicleta para irse. Miró atrás un momento antes de abandonar el lugar. Iba saliendo de la desviación cuando una sombra se le cruzó en el camino, lo que lo obligó a frenar bruscamente.

—¡Ay, lo siento! —se oyó que se disculpaba una chica, al ver que Fuji casi se cae —¿Estás bien, verdad?

—Sí, señorita, no se preocupe —Fuji sacudió la cabeza y se le quedó viendo un momento a la chica, que viajaba en una motoneta rosa de un tono muy oscuro y usaba un casco del mismo color en la cabeza, ocultándole el rostro —¿Está usted bien?

—¿Qué? ¡Ah, sí, perfectamente! —la joven se quitó el casco —Muchas gracias por preguntar, joven.

Era realmente bella. Su cabello era ondulado, de un raro tono rojo rosáceo, y sus ojos eran pequeños, negros y enmarcados por largas pestañas. Lucía un conjunto deportivo azul oscuro, que combinaba con la voluminosa mochila que cargaba a la espalda. Fuji no pudo dejar de notar que la mochila, en sus múltiples cierres, tenía colgantes en forma de cangrejo y algunos de luna creciente. Sin embargo, su aspecto decía que era una persona serena.

—Disculpe, joven, ¿al final del camino hay una casa? —inquirió la chica.

—Sí, la hay —asintió Fuji de inmediato —Les acabo de hacer una entrega.

Y se señaló el pecho, donde en el uniforme naranja podía verse un kanji con el nombre del restaurante en color negro, Akimomo.

—¡Qué bien! No fue una de sus bromas —musitó la joven para sí, intrigando un poco a Fuji —En fin, gracias por la información —se volvió a colocar el casco en la cabeza —¡Nos vemos! —y se marchó.

Fuji la vio alejarse y siguió su camino, y a mitad de éste, se dio cuenta de algo, ¿la chica había dicho nos vemos? Como si fueran a verse otra vez…

—¡Kinokaze, ya era hora! —regañó Mikoko cuando lo vio entrar al restaurante —Hay un par de pedidos aquí cerca, llévalos.

Y así pasó el resto de la tarde para el chico, lo que lo hizo olvidar su primera entrega del día. Ya entrada la noche, cuando él y Nagase salían, le contó a su amigo lo sucedido.

—¿Así que la desviación tenía un letrero que dice Hoshi? —se intrigó Nagase —Y a juzgar por la casita… No sería raro que resulte que Hoshi vive ahí, ¿no?

Fuji se encogió de hombros y llevando a un cruce de calles él y Nagase se despidieron y separaron. Nagase vivía a unas cuantas calles, mientras que a Fuji le esperaba un largo trecho a oscuras. Y para colmo de males, el cielo se estaba nublando y no llevaba impermeable.

—Creo que debo comprarme un paraguas mañana —pensó en voz baja el chico, sin dejar de avanzar por las casi solitarias calles cercanas a su cabaña —Si el clima sigue así, tendré que usarlo incluso en mi casa.

De repente, antes de llegar a Akigaoka, una motocicleta de gran tamaño se le atravesó, haciéndolo patinar y caerse. La bicicleta fue a dar unos metros delante de él, justo a la entrada del camino hacia su casa.

—¡Rayos! —se quejó Fuji, poniéndose de pie. Revisó que trajera la mochila a la espalda y luego se miró a sí mismo —Parece que no tengo nada. Ojalá mi bicicleta…

No pudo terminar la frase, porque entonces un auto pasó y empujó la bicicleta, lanzándola hacia Akigaoka. Fuji, contrariado y antes que sucediera algo más, corrió a recoger su medio de transporte, pero descubrió con pesar que una de las ruedas estaba torcida y la llanta de la misma, ponchada. Así no podría seguir.

—El paraguas tendrá qué esperar —se dijo en un cansado murmullo.

Tuvo que seguir a pie, por lo que ya era muy tarde cuando entró a su cabaña, luego de encadenar su maltrecha bicicleta al árbol de siempre. Depositó la mochila en un rincón, extendió su futón y echándose sobre él, miró el techo. Notó un diminuto agujero en él, pero no le dio la mayor importancia. Ya lo arreglaría en la mañana, antes de irse a la escuela.

&&&

La tormenta estalló poco antes de media noche. Toda Akiyuri se iluminó con relámpagos y se estremeció con los truenos, al tiempo que la lluvia arreciaba y salpicaba las calles, las ventanas y los techos. Y hablando de techos…

—¡No puede ser! —Fuji despertó inesperadamente al sentir agua en la cara. Luego notó, con horror, que el agujero que vio al acostarse ahora era del tamaño de un neumático.

Rápidamente se quitó de debajo del agujero, arrastró su futón a un rincón y se puso a trabajar. De otro rincón, tomó un par de tablas de madera que había sacado de un contenedor en una de sus entregas y buscó en qué subirse para alcanzar el techo. Por desgracia, no tenía más que la caja que le servía de mesa, así que esperó que no se rompiera mientras apoyaba un pie en ella. Con tabla en una mano, martillo en otra y unos clavos en la boca, logró pararse en la caja y comenzar a trabajar.

En tanto, cerca de allí, un par de figuras iban entrando a Akigaoka: una montada en una bicicleta todo terreno y otra que corría detrás, con lo que parecían patines en línea colgando de un hombro. Debido a la oscuridad, pasaron de largo la desviación con el letrero de Hoshi sin verlo y apuraron el paso, para encontrarse con la pequeña cabaña al final del sendero.

—Esto debe ser una broma —se quejó la figura en la bicicleta, acomodándose mejor la capucha de su impermeable gris. Tenía voz de chica entre enérgica y altanera —¿Y nos hicieron venir para esto?

—A mí me parece que no tenemos tiempo para esto —espetó la otra figura, también con voz de chica pero un poco más fría y malhumorada. Se arrebujó más en su impermeable rojo —Por lo pronto, entremos ahí a refugiarnos.

La otra figura asintió, dejó la bicicleta apoyada en un árbol cercano y se dirigió a la puerta, a la que llamó. Como nadie le contestó, decidió gritar.

—¿Hay alguien ahí? Wodaka, si esto es una broma, te las verás conmigo.

La otra figura, en tanto, observaba la cabaña de un lado a otro, notando que el techo tenía un agujero por el que la lluvia se colaba incesantemente. Sintiendo curiosidad, vio que había un árbol cercano por el que podría subir. Dejando abandonada a su acompañante, fue al árbol y en pocos minutos llegó al techo. De inmediato supo que había sido pésima idea, pues crujía, pero comprendió su error muy tarde, cuando el techo se hundió bajo su peso y cayó.

—¡Ahhhh! —gritó sorprendida.

La otra figura escuchó el grito, miró a su espalda y al no ver nada, comenzó a buscar. No tardó en descubrir el ahora enorme boquete del techo, así que sin miramientos abrió la puerta del frente de la cañaba. Se encontró con una escena que en otras circunstancias habría sido hilarante.

La figura de impermeable rojo había caído sobre algo… o alguien. Era Fuji, que apenas había terminado de reparar provisionalmente el techo con la tabla y bajaba de la caja entonces. Pero un crujido y un grito le advirtieron que tenía que hacerse a un lado, cosa que no consiguió.

—¿Qué rayos haces? —espetó la figura de impermeable gris —¿Y quién rayos es él?

—¡Yo qué sé! —se quejó la figura del impermeable rojo, poniéndose de pie con trabajos —Me caí del techo.

—Señorita, ¿me ayudaría? —pidió Fuji tímidamente —Usted cayó sobre mí, ¿recuerda?

—No tenemos tiempo para esto —intervino la joven de impermeable gris —Oye, chico, ¿por aquí no está la casa de las Hoshi?

—¿Las Hoshi? —se extrañó Fuji, arrodillándose para poder levantarse.

—Sí, las Hoshi, ¿no es aquí Akigaoka? —la del impermeable gris se oía nerviosa, como desesperada, hasta que ladeó la cabeza y dijo en tono más dulce —Oye, chico, hagamos esto: llévanos a la casa de las Hoshi y te hospedamos por esta noche en otra parte, ¿es un trato?

—Pero señorita… —intentó protestar Fuji.

—Salgamos de aquí —indicó la otra joven, que sin que Fuji hubiera podido evitarlo, cargaba con un par de bolsas de plástico.

—¡Esas son mis cosas! —se quejó el chico.

Sin decir nada, las dos chicas abandonaron la habitación, y Fuji no tuvo más opción que seguirlas. Procurando cerrar la puerta, el joven buscó con la mirada a las chicas y las encontró unos metros adelante, una de ellas montando una bicicleta todo terreno. Las alcanzó.

—¿Por dónde? —inquirió la del impermeable rojo al volver al camino de Akigaoka.

—Bueno, si buscan la casa de las Hoshi… —Fuji se estaba concentrando.

—Habla pronto, no tenemos toda la noche —soltó la de impermeable gris.

—Debe ser la desviación —dijo el chico de repente.

—No vimos ninguna cuando veníamos —se quejó la del impermeable rojo.

Pero Fuji solamente les indicó a señas que lo siguieran, así que las dos chicas le hicieron caso. Tras mucho correr (y la del impermeable gris, pedalear con las bolsas de plástico en la rejilla trasera de su bicicleta) vieron la desviación.

—Wodaka debería poner luz aquí —musitó la del impermeable rojo con fastidio.

Continuaron. Pronto pudo verse luz y en cuestión de minutos, Fuji contempló por segunda vez en horas aquella magnífica casa. Las chicas que lo acompañaban, sin perder tiempo, fueron a la puerta, y la de rojo cargó las bolsas de plástico con increíble facilidad.

—¡Wodaka, abre la puerta! —gritó la del impermeable gris sin más, sobresaltando a Fuji —Nos la pagarás caro por hacernos venir a esta hora, ¡abre ya!

La de impermeable rojo ladeó la cabeza, como pensativa, y se veía sumida en sus pensamientos, puesto que dio un respingo cuando Fuji le habló.

—Señorita, puedo ayudarle con eso —señaló las bolsas de plástico.

La joven ladeó la cabeza hacia él y Fuji logró distinguir en el interior de la capucha un rostro a medias, de piel clara. Un mechón de cabello rojo caía hacia la izquierda sobre su frente, tapando a medias uno de los ojos de la chica, de un tono impreciso de gris. El muchacho se desconcentró un momento, para luego estirar una mano hacia la que la chica usaba para cargar una de las bolsas.

—Ande, déme una —pidió, sonriendo ligeramente —Después de todo, son mis cosas.

Y sin querer, le tomó la mano a la joven.

Lo que sucedió a continuación fue de lo más raro, y Fuji no le halló explicación alguna. La chica lanzó un sorprendido y malhumorado ¡Ay, no! al tiempo que un pequeño torbellino la rodeada. Cuando el torbellino se disipó, Fuji se topó con que le tomaba la mano… a la figura de una niña de unos diez años.

—¿Ay no qué? —quiso saber la del impermeable gris, antes de notar la corriente de aire producida por el torbellino, mirar a su izquierda y soltar —¡No puede ser!

—¿Qué sucede? —una voz preocupada surgió de la puerta al ser abierta, y pudo verse a la chica de cabello rojo rosáceo a la que Fuji había visto aquella tarde, luego de hacer su primera entrega del día —¡Chicas! ¿Qué sucedió?

—¿Porqué tanto escándalo? —se quejó otra mujer a espaldas de la que abrió la puerta, la rubia que había atendido a Fuji —Estaba a punto de terminar mi artículo sobre… ¿Y esto? —sonrió burlonamente, viendo la figura de la niña a la que Fuji, sin darse cuenta, le seguía tomando la mano. Soltó una carcajada sin poder evitarlo —¡No puedo creerlo!

Fuji no entendía nada. Miró a la ahora niña largamente, incrédulo, pero no asustado. De pronto, una voz que conocía bien aunque solamente la había oído poco tiempo en un día, salió de la casa y espetó con desdén.

—¿Ahora qué hizo la Gorgona tonta?

Fuji por fin pudo soltar a la niña y girar la cabeza hacia la voz.

—¿Hoshi–san? —inquirió en un susurro.
« Última modificación: Enero 30, 2015, 08:32:29 pm por THB Potter »

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Re:Telaraña [01/?]
« Respuesta #1 en: Diciembre 04, 2010, 01:46:38 am »
aver primero fue rilato aora es telaraña aske sige asip ke espero la contnuacion acike akienes lo lean komenten sip keren ver el siguiente kapi XD bell publica pronto el capi ke me dejaste en ascuas XD


la vida pasa y pasa y se hace kada vez mas dificil T-T

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Re:Telaraña [02/?]
« Respuesta #2 en: Diciembre 04, 2010, 02:21:27 am »
Dos: La leyenda.

Fuji no tuvo dudas en ese momento, sentado en una amplia sala, a una mesa de madera pulida, con ropa seca puesta y una taza de té caliente frente a él: su suerte era pésima.

Luego de que hubiera ayudado a esa dos chicas desconocidas a llegar a la casa de las Hoshi, sin querer le había tomado la mano a una de ellas, la que cargaba sus cosas y que momentos antes le había caído encima en su cabaña, y luego de ser envuelta por un torbellino, se había convertido en una niña de diez años. Y él se vio rodeado de chicas entre las que se encontraba, para su desgracia, Saragi Hoshi, su nueva compañera de clases a la que por lo visto, no le caía muy bien.

Pero ninguna de esas chicas estaba dispuesta a contarle gran cosa. La de cabello rojo rosáceo, con diferencia la más amable, lo invitó a pasar y le indicó el camino al baño más cercano, el de la planta baja, al tiempo que la del impermeable gris tomaba las bolsas de plástico y entraba, seguida de cerca por la del impermeable rojo, que tenía que recogerse la ropa porque ahora le quedaba muy grande. En cuanto a la rubia, no paraba de reírse ante la impávida mirada de la única persona que Fuji conocía en esa casa, Saragi.

En ese momento, Fuji oyó cómo alguien entraba a la sala y se sentaba en un rincón, pero con la vista fija en su taza de té, no supo quién había sido. Fue solamente al sentir un fuerte viento a su derecha que levantó la mirada.

La del impermeable rojo había vuelto a la normalidad. Con la capucha abajo, Fuji ya podía ver a detalle su cara. No era fea; de hecho, era bastante bonita, pero lucía un gesto de enfado. Sus ojos, ahora podía verlos bien, eran de un tono gris muy brillante. Parecían hechos de plata. El mechón que le caía hacia la izquierda era de un tono rojo castaño, igual de inusual que el de sus ojos, y el cabello le llegaba apenas por debajo de los hombros, llevándolo peinado hacia la izquierda en una pequeña media coleta. La chica, luego de un minuto mirando a la nada, se volvió hacia Fuji, con el ceño fruncido.

—¿No vas a beberte eso? —inquirió duramente.

—¡Ah, sí! —Fuji se dio cuenta que no había bebido nada de té y tomando la taza con cuidado, le dio un sorbo —Está muy rico —comentó, intentando hacer conversación.

—Si lo preparó Zukure, no lo dudo —musitó la chica, haciendo un mohín.

Fuji no dijo nada y le dio otro sorbo al té. Hasta ese instante, se dio cuenta que no sabía los nombres de ninguna de las chicas de la casa, salvo el de Saragi.

—Disculpe, señorita… —susurró lo más educado que pudo —Olvidé presentarme.

La chica le dirigió su plateada mirada con ademán sorprendido.

—¿Qué cosa? —soltó.

—Quiero decir, es lo correcto —se explicó Fuji nerviosamente, dejando la taza en la mesa —Ya que están haciendo el favor de recibirme mientras pasa la tormenta… Soy Kinokaze Fuji, mucho gusto —y se inclinó ante ella en una respetuosa reverencia.

—Oye, no me agradan las formalidades —se quejó la chica, desviando la vista.

—Gin, no trates así al pobre chico —indicó entonces con voz ligeramente burlona la rubia, entrando entonces a la sala. El kimono que Fuji le había visto por la tarde había dado paso a un kimono largo también amarillo, pero atado con un cinturón rojo en esta ocasión —Ya me contó Mezuki que le caíste encima, ¡qué desconsiderada! —se echó a reír —¿Quién te manda treparte siempre al techo de los demás, eh?

—¡Déjame en paz, virgen loca! —soltó la chica pelirroja, dándole la espalda a la rubia y a Fuji —Todo fue tu culpa, por llamarnos a esta hora. Y además, por no tener iluminación en el inicio de la desviación, Mezuki y yo nos la pasamos porque no la vimos.

La rubia siguió riendo como si no hubiera escuchado nada, mientras Fuji pensaba en que estaba presenciando una escena de lo más extraña. En eso, la chica del cabello rojo rosáceo entró, llevando una charola con varias tazas de té.

—No peleen cuando tenemos visita —pidió la recién llegada —Por cierto, no me he presentado debidamente —le dijo a Fuji —Soy Hoshi Zukure, mucho gusto.

—Igualmente, soy Kinokaze Fuji —respondió el muchacho, inclinándose ante ella.

—Ellas son mis primas —continuó Zukure, indicando con un gesto a las otras dos chicas al tiempo que dejaba la charola en la mesa —La rubia que no para de reírse es Hoshi Wodaka y la pelirroja enfurruñada es Hoshi Gin. Y por lo que pude notar —añadió con una media sonrisa —Ya conoces a Sara–chan.

—¿Qué? ¡Ah, sí! Hoshi–san entró hoy… —Fuji se detuvo, consultó su reloj de pulso y corrigió —Perdón, entró ayer a mi escuela.

—Ah, sí, la escuela de tontos —soltó Wodaka entonces, ya calmada de su ataque de risa —¿Sabías que ha estado de un humor pésimo toda la tarde, Zukure?

—Eso fue porque le dijiste que no habían traído su bicicleta de la Casa Grande cundo era mentira —le recordó Zukure, entregándole una taza de té —Eso no se hace, Woda–chan.

—Como sea —Wodaka se encogió de hombros con total indiferencia —Esperemos a que vengan Mezuki y Saragi para poder charlar en paz.

Zukure asintió y le tendió una taza de té a Gin, quien la aceptó aparentemente de mala gana. Pero en el proceso, Fuji creyó ver que Zukure procuraba no tocar para nada la mano extendida de Gin. Fue ese instante el que usaron las chicas faltantes para entrar.

Saragi vestía una bata de dormir azul oscuro con la parte baja llena de peces bordados, eso sobre su pijama azul claro. La otra chica, ya sin su impermeable gris, dejó ver un conjunto de blusa y pantalón color blanco con detalles grises, pero a Fuji le sorprendió verla a la cara. Su cabello era rojo castaño y sus ojos, casi plateados Su cara era de piel clara y un mechón de cabello le caía sobre la frente hacia la izquierda. No pudo evitar pasar la mirada de esa chica hacia Gin, que bebía su té totalmente ajena a lo que ocurría a su alrededor.

—Ah, sí, olvidé mencionarlo —intervino Zukure, al ver la confusión de Fuji —Ella es mi prima restante, Hoshi Mezuki. Es hermana gemela de Gin.

Fuji asintió, dando a entender que había captado la información. Aunque alguien que no lo hiciera viendo a Mezuki y a Gin debía ser un verdadero tonto.

—Ah, ya estás normal —dijo fríamente Saragi, mirando a Gin —No sé cómo te metes sola en estos líos, Gorgona tonta.

Fuji frunció el ceño al oír eso, ¿Gorgona? Él conocía la palabra, la había oído antes…

—¡No me llames así, pececito! —espetó Gin de mal genio —No fue mi culpa, yo le iba a dejar la bolsa en el suelo —señaló a Fuji con brusquedad.

—Pero eso no nos libra de tener que dar explicaciones —intervino entonces Mezuki, mirando a su gemela de reojo con ademán despectivo —Muchas gracias, Gin.

—Ah, claro, ahora yo tengo la culpa —Gin se cruzó de brazos sin ver a nadie aún.

—A decir verdad, eso no importa ahora —dijo de pronto Wodaka, llamando la atención de todos —Lo que importa es… Niño —miró a Fuji —¿Te vas a quedar a dormir?

Todos, incluido Fuji, la miraron como si se hubiera vuelto loca.

—No me vean así, chicas —pidió Wodaka —La tormenta aún no pasa y por lo que me contó Mezuki, a ese intento de cabaña no puede volver, no por ahora. Zukure, apóyame.

La aludida, tras dar un respingo, asintió.

—No hay que ser tan descorteses con él —opinó prudentemente —Después de todo, ayudó a Mezu–chan y a Gin a llegar aquí.

—¡Y le trajo su comida a Saragi! —soltó de repente Wodaka, como si apenas se acordara de ello —¡Si este niño es un encanto! Veamos, creo que hay una habitación libre al final del pasillo de arriba, a la izquierda…

—No hablarás en serio, Wodaka —Saragi no se veía nada contenta —Lo que habría que hacer es despacharlo ahora mismo.

—No seas inhumana, Saragi —rebatió Wodaka en el acto, sonriendo —¿A dónde lo vamos a mandar, eh? Si vivía donde lo encontraron Mezuki y Gin, es que no tiene a dónde ir.

Fuji bajó la vista, apenado.

—No… No tienen qué molestarse —dijo de repente, haciendo que las chicas presentes lo vieran con extrañeza —Yo… podría… ir a…

—Es tarde —afirmó Wodaka repentinamente seria —No creo que quieras molestar a ninguno de tus conocidos a esta hora, ¿verdad? —Fuji la miró un instante antes de bajar la mirada de nuevo y negar con la cabeza —Bien, en ese caso, cumpliremos con lo que te prometió Mezuki, al menos por esta noche. Gin —llamó con tono severo —Recoge las cosas del niño y muéstrale su habitación.

—¿Porqué yo? —Gin se dio la vuelta de golpe y se enfrentó a Wodaka.

—Porque yo lo digo —sentenció Wodaka en voz tan autoritaria y mirada tan intimidante, que Gin se puso nerviosa, farfulló algo como virgen loca, me las vas a pagar y salió de la estancia. Fuji se puso de pie, se despidió en un susurro y la siguió a paso lento.

—¿Qué piensas hacer, Woda–chan? —le preguntó Zukure a Wodaka en tono serio, nada parecido al amable que solía usar.

—Por lo pronto, hospedarlo —Wodaka aún no abandonaba su repentina seriedad —Y mañana ya veremos. Es algo inesperado, pero podremos manejarlo —movió la cabeza de un lado a otro con resignación y cerró los ojos —Con que no nos tome la mano a nosotras…

Las demás asintieron, menos Saragi, que parecía muy enfadada.

Mientras tanto, Gin había ido a la puerta del baño de la planta baja, había tomado las bolsas de plástico de Fuji y se encaminó a la escalera. Fuji la seguía de cerca, admirando la casa en el camino. La escalera no era larga, así que pronto llegaron al piso superior, donde un largo pasillo se extendía a derecha e izquierda, siendo más corto del segundo lado que del primero. Gin giró a la izquierda y Fuji, antes de llegar al final del pasillo, pudo contar alrededor de cinco puertas. Una de ellas,  la más cercana a la escalera, tenía un letrero en forma de pez que decía Sara–chan y dos puertas después, había uno en forma de cangrejo que decía Zuku–chan. A Fuji le llamó la atención el detalle, pero no hizo preguntas.

—Aquí es —indicó Gin de pronto, abriendo la última puerta, que vendría siendo la sexta de ese lado del pasillo —Anda, pasa —soltó con impaciencia.

Fuji obedeció y vio que la habitación no estaba tan mal. Tenía una cama, un pequeño armario e incluso una mesa con una lámpara encima y una silla.

—Bien, aquí te dejo —Gin dejó las bolsas en el suelo con cuidado, dio media vuelta y se acercó a la puerta —El baño de esta planta es la puerta que tienes enfrente, por si se te ofrece. Buenas noches —susurró antes de abandonar la habitación.

Fuji ni tiempo tuvo de decirle nada. Así que pensando que su suerte era pésima, a pesar de tener un sitio dónde dormir al que no le goteara el techo, se dispuso a acostarse.

&&&

La mañana sorprendió a Fuji con un grito inesperado, uno entre furioso y desesperado.

—¿Quién rayos te crees que eres, pececito?

Se levantó de la cama de un salto, asustado. Mirando a su alrededor, pudo comprobar que todo lo vivido la noche anterior no fue un sueño, así que miró su reloj de pulso y viendo que casi sería hora de marcharse a clases, se levantó y fue a buscar su uniforme entre las bolsas de plástico, a la vez que no dejaban de oírse gritos desde la planta baja.

—¿Quién te crees, eh? —vociferaba una voz que, si a Fuji no le fallaba la memoria, le pertenecía a Gin —¡Mira lo que hiciste! Ahora tendré que volver a ducharme, ¡idiota!

Luego de terminar de cambiarse y anudarse la corbata, Fuji tendió la cama y salió de la habitación y entró a la de enfrente, el baño, para poder peinarse. Era agradable tener un espejo para comprobar que el cabello no lo llevaba revuelto, aunque en su caso no importaba mucho. Su cabello, hiciera lo que hiciera, siempre se veía algo desordenado.

—¡Si será idiota…! —escuchó que murmuraban en el pasillo, justo cuando él salía del baño. Pudo ver que Gin había subido a grandes zancadas —Juro que me las paga ese pececito idiota…! —soltó, antes de abrir una puerta al otro extremo del pasillo y cerrarla de un porrazo.

Fuji se sobresaltó ligeramente con el portazo, pero no le dio importancia. Bajó la escalera a paso rápido luego de regresar al dormitorio a tomar su mochila, y se encontró en un pasillo con Zukure, que llevaba el desayuno en dos charolas con las que apenas podía.

—Zukure–san, ¿la ayudo? —ofreció Fuji, acercándosele.

—¿Qué? —dijo Zukure distraídamente —¡Ah, sí, gracias! Buenos días, Fuji–kun —saludó, extendiéndole una de las charolas —¿Dormiste bien?

—Si, gracias —Fuji tomó la charola y siguió a Zukure —¡Huele bien! —comentó, refiriéndose a la comida.

—Ah, gracias —Zukure le dedicó una tímida sonrisa —Pero no es la gran cosa. Mira, por aquí —indicó la entrada a una habitación junto a la sala.

Fuji la siguió y vio que se hallaban en un comedor bastante acogedor, con una mesa rectangular lo suficientemente amplia para que cupieran todos los actuales habitantes de la casa. Pero le extrañó ver que en uno de los sitios, había una gran cantidad de leche tirada.

—¡Al fin, el desayuno! —exclamó Wodaka con una sonrisa infantil, sentada a una de las cabeceras de la mesa —Con el alboroto de anoche, ya no terminé mi artículo sobre la lluvia ácida, así que tengo que ponerme a trabajar en un rato.

Fuji, al oír eso, se sintió ligeramente culpable.

—Lo siento, Wodaka–san —se disculpó.

—¿Qué? —se extrañó Wodaka, mirándolo, para luego echarse a reír —¡No seas tan formal, niño! Además, no importa. El trabajo no es difícil, lo acabaré en un instante.

—Eso si no te entretienes con alguna otra tontería como haces siempre, Wodaka —le dijo Saragi con apatía a su derecha.

—Sí, cierto —Wodaka sonrió un poco más y aceptó el plato que le ponía Zukure frente a ella —¡Ay, Zukure, eres genial! —soltó emocionada —¡Justo lo que quería de desayuno!

Zukure negó con la cabeza con cierta resignación y siguió repartiendo. Mezuki, sentada frente a Saragi y a la izquierda de Wodaka, procuraba no mancharse con la leche que había a su derecha. Fuji dudó un segundo antes de volverse hacia Zukure, que en ese momento ponía un plato en la otra cabecera de la mesa.

—Zukure–san, ¿dónde está la cocina? —preguntó.

—¿La cocina? —se sorprendió la aludida.

Fuji asintió.

—Al final de este pasillo —respondió Zukure, tomando asiento en la otra cabecera.

—Gracias —dijo Fuji y salió de la habitación.

—¡Eh, niño! ¿No vas a desayunar? —preguntó Wodaka en voz alta, intrigada.

Las demás comieron como si nada, sin preocuparse de nueva cuenta por el chico, hasta que lo vieron volver minutos después con un recipiente de plástico en una mano y un trapo gris en la otra. Antes que le dijeran algo, el joven estaba limpiando el sitio libre lleno de leche, dejando antes el recipiente de plástico en la mesa.

—Deberías dejarlo así —le dijo Mezuki, un tanto sorprendida —Gin fue la que hizo ese desastre, debería limpiarlo ella.

—Pero Gin–san está ocupada —replicó Fuji, terminando de limpiar.

Al oír eso, las chicas reaccionaron de muy diversas formas: Wodaka rompió a reír, Zukure casi se atraganta con un trozo de pan, Saragi abrió los ojos desmesuradamente y Mezuki hizo un gesto despectivo. Fuji se sintió totalmente fuera de lugar al no comprender el motivo de semejantes reacciones, así que mejor se sentó a la mesa, donde Zukure había dejado un plato ante un asiento vacío, dio brevemente las gracias y comenzó a comer. Un rato después, cuando ya todos terminaban, Gin entró al comedor, vistiendo un conjunto deportivo rojo y con una gorra también roja en la cabeza. Las líneas blancas en la gorra combinaban con la playera. Miró a su alrededor con seriedad.

—Voy a salir —avisó y sin más se fue.

—Siempre hace lo mismo —se quejó Mezuki, poniéndose de pie —En fin, será mejor que me vaya. Wodaka, luego te digo en qué quedamos —miró a la rubia —¿Está bien?

—Sí, claro —Wodaka también se paró —Gracias por el desayuno, Zukure. Ahora me voy a trabajar, así que no me molesten —y dejó el comedor.

—Y yo debo irme a la escuela de tontos —musitó Saragi con desgano.

—¡La escuela! —soltó Fuji de improviso, espantando un poco a las chicas presentes —¡Rayos! Sin mi bicicleta, no llegaré a tiempo —se quejó, recogió el recipiente de plástico que había llevado de la cocina y la mochila que había dejado a sus pies y agregó —Tengo que irme. Zukure–san, ¿importaría que venga por mis cosas después de la escuela?

—No, no importa —Zukure le dirigió una sonrisa —Le avisaré a Wodaka, pues no estaré por la tarde. ¿Te parece?

—Sí, gracias —Fuji se inclinó ante ella en señal de agradecimiento —¡Y gracias por el desayuno! —agregó, antes de salir corriendo.

—Sí que es un chico raro —comentó Mezuki, frunciendo el ceño —Mira que llamar con tanto respeto a Gin…

—Yo me voy —dijo Saragi con fastidio —Nos veremos.

Las otras dos se despidieron de ella con un gesto de mano y en segundos, cada una se fue a lo suyo.

&&&

Tal como Fuji pensó, no llegó a tiempo a la escuela. Saragi sí, pues como el chico pudo comprobar mientras corría, la chica iba en aquella bicicleta azul que había visto en la cochera de la casa cuando fue a hacer la entrega de comida. Así que mientras se mantenía en el pasillo fuera del salón, sosteniendo dos cubetas de agua como castigo, pensó en que la familia de Saragi era extraña.

—Y a fin de cuentas, no me dijeron nada —musitó.

Se refería, obviamente, a lo que le había pasado a Gin cuando él le tomó la mano por accidente. Supuso que era algo que él no debía saber, pero no podía evitar sentir curiosidad. Sonó la campana y el profesor de la primera clase abandonó el salón, indicándole con un gesto que podía dejar su castigo. Fuji, con un suspiro de alivio, fue a dejar las cubetas cerca del área de guetabakos y regresó deprisa al salón, a sentarse un rato en su banca.

—¿Porqué llegaste tarde, Fuji? —le preguntó Nagase al instante, curioso.

—Es que… Anoche antes de llegar a casa, se dañó una rueda de mi bicicleta —explicó Fuji, tratando de no tocar el tema de las Hoshi —Y me levanté tarde.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —Nagase se oía preocupado —Mañana que te toque ir al restaurante no podrás hacer las entregas.

—No sé —Fuji dejó caer los hombros, desanimado —Pero esta tarde llevaré a arreglar mi bicicleta, al menos.

—La tormenta de anoche estuvo fuerte, ¿no creen? —comentó Shinto de improviso.

—Sí, bastante —concordó Nagase —En casa apareció una pequeña gotera, pero no fue la gran cosa.

Fuji, acordándose de su propia gotera, guardó silencio. Estaba pensando en cómo arreglar el techo de su cabaña cuando el profesor siguiente llegó y comenzó la clase.

Así las cosas, llegó el fin de la jornada y los estudiantes de Akiai se sintieron aliviados de escuchar la última campanada del día. Fuji se despidió de sus amigos y salió con calma, aunque de pronto una voz lo llamó.

—¿A dónde vas, Kinokaze?

Fuji dio un respingo y volteó, encontrándose con Saragi montada en su bicicleta azul.

—Voy… voy a recoger mis cosas —se decidió a responder.

Saragi lo observó con expresión crítica, para luego encogerse de hombros y marcharse.

—Sí que es rara —musitó Fuji, siguiendo su camino.

Llegó a casa de las Hoshi hora y media después, cuando hacer ese recorrido le tomaba menos de una hora. Totalmente cansado, llamó a la puerta.

—¿Eres tú, niño? —inquirió la voz de Wodaka desde el interior.

—Sí, Wodaka–san —respondió Fuji, ya sin molestarse porque la rubia lo llamara niño.

—¡Puedes pasar, está abierto! —indicó Wodaka.

Fuji abrió la puerta con cuidado, pues al ver la cochera abierta y en ella, la bicicleta de Saragi, supo que ésta había llegado. Y como al parecer él no le agradaba, mejor era evitarse problemas: recogería sus cosas, daría las gracias por el hospedaje y regresaría a su cabaña.

Subió la escalera, dio vuelta a la izquierda y entró al dormitorio que había ocupado. Ahí, vio que la ropa mojada que se había quitado la noche anterior estaba perfectamente doblada sobre la cama. Extrañado, la metió a una de las bolsas y revisó que no olvidara nada. Acto seguido, salió de la habitación y saliendo de aquella cuya puerta tenía el letrero en forma de pez, iba Saragi. El chico se detuvo un momento, para que ella bajara primero la escalera.

—Te advierto una cosa —dijo Saragi de improviso, dándole la espalda —Si dices algo sobre la Gorgona tonta, estarás en problemas.

—¿Qué? —soltó Fuji sin poder evitarlo.

—Estás avisado —Saragi negó con la cabeza y bajó la escalera.

Fuji no entendía nada, ¿a qué se refería? De hecho, no sabía exactamente lo que le había pasado a Gin, ¿o sí? Sin saber exactamente qué pensar, bajó la escalera, para encontrarse con Wodaka al pie de la misma.

—Ah, qué puntual —comentó, sonriendo ligeramente —¿Estuviste cómodo anoche?

—¿Qué? ¡Ah, sí! —Fuji se mordió el labio inferior con nerviosismo, por su despiste —Muchas gracias por hospedarme, Wodaka–san —se inclinó ante ella —Y por el desayuno de esta mañana. ¡Ah, lo olvidaba! —dejó sus bolsas en el suelo para buscar algo en su mochila —Esta mañana tomé prestada algo de comida para prepararme el almuerzo y un recipiente. Mañana pasaré a devolverlo todo, ¿está bien?

—Por mí, quédate con todo —Wodaka hizo un gesto de indiferencia con la mano.

—¡No, eso no está bien! —rebatió Fuji, negando con la cabeza —Mañana vendré a devolverlo todo. Lo prometo.

—Vaya, eres muy correcto —observó Wodaka con una ligera sonrisa —Está bien, ven, no hay ningún problema.

—Gracias —en un acto reflejo, Fuji tomó una mano de Wodaka —Gracias por todo.

Y volvió a pasar.

Un sonido muy raro, como de tierra cayendo en un derrumbe, se dejó escuchar y Fuji miró, asombrado, que Wodaka era rodeada por un extraño torbellino de tierra. De la sala salió Saragi, atraída por el ruido, y al contemplar la escena, se llevó una mano a la frente.

—Tenía que ser Wodaka… —masculló con disgusto.

Fuji le soltó la mano casi de inmediato, justo cuando la tierra desaparecía tal como había aparecido y dejaba ver a una jovencita de unos quince años, de larga melena rubia, ojos verdes enigmáticos y con un vestido hecho exclusivamente de espigas. En las manos, cargaba con un arpa dorada. Fuji, al ver eso, se quedó totalmente inmóvil y callado.

—Ahora sí la hiciste buena, Wodaka —le soltó Saragi con frialdad a la jovencita rubia.

—No importa, él no sabía —dijo la jovencita con una sonrisita, y Fuji salió de su trance al oír esa voz, muy parecida a la de Wodaka pero un tanto más aguda.

—Si importa, habrá que explicarle —razonó Saragi —Tómate las cosas en serio.

—Me las tomo en serio —se rebeló la joven Wodaka, haciendo un mohín de reproche.

—Entonces explícale esto a Kinokaze —concluyó Saragi, volviendo a la sala.

—Ay, qué prima tan gruñona —suspiró Wodaka, para luego volverse hacia Fuji —Niño, sígueme. Tenemos que hablar antes que te vayas, pero ni una palabra a nadie, ¿entendido?

—Ah… sí —asintió Fuji, distraído, aunque le hizo gracia que Wodaka lo llamara niño cuando ahora aparentaba menos edad que él.

Los dos caminaron por el pasillo hasta una puerta cercana a la cocina, la cual ostentaba un letrero en forma de una cabeza femenina de larga melena que decía Woda–chan. Wodaka abrió la puerta y entró, diciéndole a Fuji que la siguiera con un movimiento de cabeza.

El chico obedeció y se encontró con una habitación de paredes color amarillo pálido y decoración en general sencilla y práctica. Cerca de la ventana, estaba una mesa de trabajo con una lámpara y una computadora portátil en ella. Un par de sillas y un amplio librero estaban en la pared frente a la cama, de mantas amarillas.

—Siéntate —pidió Wodaka, sentándose en la cama.

Fuji se dirigió a una de las sillas y tomó asiento.

—Seguramente esto es raro, ¿no? Que una mujer se convierta de buenas a primeras en una chica —comenzó Wodaka, con una sutil sonrisa traviesa —O que una chica se haga niña, como vista anoche con Gin. Eso es, niño, porque estamos malditas.

¿Malditas? La palabra sonaba muy desagradable para Fuji.

—¿Conoces los signos del Zodiaco occidental? —preguntó Wodaka de pronto.

—Sí, los conozco —respondió Fuji, un poco nervioso.

—Pero no te sabrás la leyenda de su creación, ¿verdad?

Fuji se puso a pensar, ¿la leyenda de la creación de los signos del Zodiaco occidental? No, no recordaba haber escuchado sobre algo así en su vida, y eso que leía mucho sobre temas algo inusuales para los demás. Negó con la cabeza.

—Según esa leyenda, Helios y Selene se encontraron por el cielo un día cuando vieron que el camino que transitaban era solitario —Wodaka hablaba con seriedad —¿Sabes quiénes eran Helios y Selene?

—Sí, eran el sol y la luna —contestó Fuji —Mamá me contó sobre ellos cuando era niño.

Wodaka asintió.

—En fin, Helios y Selene rara vez se encontraban, pues Helios recorría el cielo de día y Selene de noche, pero Selene le dijo a Helios que cuando ella vagara por el cielo, le pondría señales para que él supiera por dónde pasaba ella y así, él siguiera el mismo camino durante el día. Helios le dijo que eso era estupendo y así, Selene se puso a buscar qué poner de señal en su camino. Recorrió el mundo y le pidió a cuanta criatura encontró que por favor, la ayudaran en su cometido. Varias se interesaron, pero al final, únicamente doce aceptaron y se reunieron con ella. Y cuando esas criaturas, entre humanas, animales y seres fantásticos ya estaban en el cielo, llegó una treceava. Dijo que había escuchado la petición de Selene y quería ayudar. Pero Selene, que detestaba la impuntualidad, le dijo que solamente podía estar en el camino celeste si alguien le compartía su sitio. Por fortuna, una de las criaturas que estaba ya en el cielo era hermana de la treceava y se ofreció a compartir su lugar. Pero pronto se vio que a pesar de eso, la treceava nunca era notada por Helios ni por Selene al hacer sus recorridos y todo porque la que le compartía el lugar la dejaba a la orilla del camino, fuera de la vista.

Wodaka, al terminar esa parte de su relato, respiró profundamente, antes de mirar a Fuji.

—Durante mucho tiempo, las criaturas, Helios y Selene se llevaron bien, pero luego sucedió que sin querer, las criaturas le sirvieron de referencia a los hombres cuando recorrían grandes distancia por las noches. Como a Selene y a Helios no les gustaban los hombres, se molestaron con las criaturas y les exigieron que cada noche, cambiaran de sitio pero sin moverse del camino. Las criaturas trataron de obedecer, pero no podían, ahora estaban fijas en el cielo, así que Selene y Helios se enfadaron con ellas, diciéndoles que ahora por su culpa, quedarían malditos el primer hombre y la primera mujer que volvieran a usarlos de referencia para llegar a su destino por la noche. Y ese hombre y esa mujer eran un matrimonio que por ironías de la vida, iban una noche a un templo de Helios a pedir un favor.

Wodaka se detuvo un momento, notando que Fuji fruncía levemente el entrecejo.

—¿Te estoy confundiendo? —preguntó.

—Un poco —admitió Fuji —¿Eso que tiene que ver con…?

Pero se calló al notar que los ojos de Wodaka mostraban cierta tristeza.

—A eso voy. El matrimonio llegó al templo de Helios, pidió su favor y el mismo Helios, acompañado por Selene, se les apareció. Les dijo que les concedería ese favor, pero a cambio debían aceptar sin replicar una maldición que se habían ganado indirectamente por usar a las criaturas del cielo como guías. El matrimonio estaba tan desesperado que aceptó, pero vieron las consecuencias tiempo después. El favor que había ido a pedir había sido tener un hijo y cuando éste nació y su madre le tomó una mano con cariño, el niño se transformó ante sus ojos en una de las criaturas del camino celeste de Helios y Selene.

Fuji abrió los ojos con sorpresa.

—¿Se convirtió en una figura del Zodiaco? —inquirió en un susurro.

—Sí, lo hizo —asintió Wodaka —La maldición consiste en que cada vez que alguien que la tenga es tomado de la mano por alguien del sexo opuesto, se convierta en el símbolo de una de las criaturas del camino de Helios y Selene. Lo que dicho en palabras simples, es que se convertirá en uno de los signos del Zodiaco occidental. La maldición ha estado en la familia por siglos, aunque no se sabe cuándo vino a dar a Japón. El punto es —concluyó —que hay trece personas en la familia afectadas por los signos del Zodiaco.

—¿Trece? —se extrañó Fuji —Pero si solamente son doce signos.

—La criatura que nunca veían Helios y Selene, la treceava, también está incluida —explicó Wodaka —Solamente que a ella, por estar siempre en el camino pero nunca ser notada, le toca una maldición más grande.

—Y… ¿y qué signo eres, Wodaka–san?

—¿Yo? Soy Virgo —Wodaka pudo sonreír al fin —Soy una virgen pura y casta.

Y rió suavemente, para sorpresa de Fuji.

—¿Y… y Gin–san?

Wodaka dejó de reír de improviso, y lo miró con profundidad.

—Si ella te oye llamarla así… —musitó, para luego sonreír —No creo que deba contestarte eso, aunque no sé cómo lo dedujiste tú, luego de verlas a ella y a Mezuki.

Fuji iba a preguntar algo más cuando el torbellino de tierra rodeó a Wodaka nuevamente y al desvanecerse, ella había vuelto a la normalidad.

—La transformación suele variar en tiempo de duración —comentó Wodaka con calma —Es un fastidio. Y más lo es cuando alguien lo descubre. Hay que recurrir al Panteón.

Con tan sólo ver la mueca que hacía Wodaka al decir la palabra Panteón, Fuji pudo deducir que no era nada bueno, pero no se atrevió a preguntar.

—Si no dices nada, no tendré que ir a la Casa Grande —siguió Wodaka —Aunque Saragi puede que lo haga. Es demasiado quisquillosa con eso de seguir las reglas. Como sea —le sonrió un poco a Fuji —Siéntete en libertad de venir cuando quieras. Me caíste bien.

—Ah… gracias —dijo Fuji distraídamente.

Sintiendo que no tenía nada más que hacer ahí, el chico se puso de pie y fue hacia la puerta, y al abrirla, se volvió hacia Wodaka.

—Yo no diré nada, Wodaka–san —prometió con convicción —Gracias por confiar en mí.

Wodaka le sonrió por toda contestación.

—Gracias a ti, por no salir corriendo —dijo en tono bromista.

Fuji logró sonreír un poco y se encaminó a la puerta principal con sus bolsas en mano. Salió de la casa y vio cómo Saragi estaba en la cochera, sacando su bicicleta. Le hizo un gesto de despedida con la mano, pero ella ni se dignó a devolverlo, Se limitó a verlo con el entrecejo fruncido y a pedalear fuera de la propiedad.

—Ahora es seguro, no le caigo bien —se dijo Fuji, tomando el mismo camino que la chica para regresar a su cabaña.

Al llegar, se llevó una sorpresa. Alguien estaba barriendo el lugar y por la ropa roja, supo quién era en segundos.

—¿Gin–san?

La susodicha se dio vuelta bruscamente, soltando la escoba.

—¡Me asustaste! —se quejó, agachándose a recoger la escoba. Al segundo siguiente, se volvió hacia él de repente —¿Cómo me llamaste? —preguntó de sopetón.

—Lo siento —se disculpó Fuji en el acto —Recuerdo que dijiste que no te gustan las formalidades, pero es que…

—Ya —Gin agitó una mano para restarle importancia al asunto —¿Porqué vives aquí?

Fuji se sorprendió por la pregunta.

—Bueno, yo… —no sabía qué responder y menos a una chica casi desconocida.

—Por cierto, encontré esto tirado —Gin le tendió una mano, donde sostenía un marco de fotografía rojo —Por suerte no se mojó la foto.

Fuji sonrió al reconocer el marco.

—¡Papá, mamá! —exclamó en voz baja, estirando la mano, pero antes de tocar la fotografía, se detuvo y miró a Gin con temor —Déjala por ahí —pidió —No quiero que pase lo de anoche. No quiero molestar.

Gin frunció el ceño.

—¿Qué sabes de lo de anoche? —preguntó la pelirroja.

—Wodaka–san me explicó… lo de la maldición. Es que fui por mis cosas y cuando me estaba despidiendo sin querer le tomé la mano y…

—Ah, ya. Tenía que ser esa virgen loca —Gin hizo una mueca y dejó la fotografía encima de una caja cercana —Como sea, yo… Yo solamente vine porque… Respecto a anoche… quisiera…

Se llevó una mano al cabello, tomó un mechón y lo retorció incesantemente. Fuji pudo ver claramente que estaba nerviosa.

—Mira, no soy buena para esto —Gin se estaba poniendo roja, pero siguió hablando —Sólo quería… por lo de caerte encima… Lo siento, ¿de acuerdo? —soltó molesta, mirándolo a la cara —Ahora sí, me largo. Hasta nunca.

Y abandonó el lugar.

—Al menos no es como Hoshi–san —musitó Fuji, refiriéndose a Saragi. Acomodó sus cosas y luego salió a desencadenar su maltrecha bicicleta para llevarla a arreglar.
« Última modificación: Diciembre 12, 2010, 12:50:59 am por THB Potter »

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Re:Telaraña [02/?]
« Respuesta #3 en: Diciembre 09, 2010, 07:02:46 am »
 :ahh: bell me dejaste en ascuas io pensaba ke le iba a decir otra kosa T_T porfavor ke algien publike algun komentario mas o
tendre ke recurir al mismo acto ke uso en rilato para ke salgan los kapis XD nu mentira poe bueno aver sigo esperando !!!!! KOMENTEN!!! porfa


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Re:Telaraña [03/?]
« Respuesta #4 en: Diciembre 09, 2010, 05:49:33 pm »
Tres: La bicicleta.

Fuji ahora sí que entendía lo que era no tener bicicleta. Había caminado por casi dos horas, buscando algún taller, pero nada. Y no era agradable transitar por las calles con una bicicleta maltratada y que la gente te mirara con ligero desprecio.

—Sí que la vida es justa —masculló el chico con desgano.

Por fin, luego de mucho buscar, logró dar con un taller, pero al principio no supo si debía entrar. El letrero era un tanto… llamativo, pues tenía doce estrellas de distintos colores dispuestas en círculo, sobre un fondo azul oscuro, y en el centro un sol y una luna.

—¿Porqué esto me da un mal presentimiento? —murmuró el muchacho cansinamente, antes de animarse a entrar.

Primero fue a dar a una pequeña oficina, donde apenas si había un par de sillas de madera para los clientes. En el mostrador, concentrado en el arreglo de lo que parecía una consola de videojuego, se encontraba un muchacho de cabello extrañamente azul oscuro.

—Buenas tardes —saludó tímidamente.

El muchacho del mostrador levantó la vista por breves segundos, observó de arriba abajo a Fuji y giró la cabeza hacia un lado.

—¡Gurazu! —gritó, sorprendiendo a Fuji —¡Cliente!

Acto seguido, siguió con lo suyo, sin siquiera dirigirle una palabra a Fuji.

Sabía que el letrero de este taller me provocaba un mal presentimiento. Pero como me urge arreglar mi bicicleta, me aguanto. Papá, mamá, no se preocupen, todo estará bien…

Un chico aparentemente menor que el del mostrador entró en ese momento. Tenía ojos casi rojos y el cabello de un castaño rojizo muy distinto al de Fuji, pues a la luz, lanzaba destellos de un rojo intenso. Sobre su pantalón de mezclilla y su camisa roja, traía puesto una especie de mandil plástico que estaba manchado de grasa. Se limpiaba las manos con un trapo, para luego volverse hacia el chico del mostrador con una mirada seria.

—Muchas gracias —dijo en tono sarcástico —Bueno, ¿qué tenemos aquí? —agregó un tanto más animado, acercándose a Fuji —¡Válgame! ¿Qué le pasó a esta bicicleta?

—Ah… me caí —respondió Fuji, que por la mirada que le dirigía el chico de mandil, sabía que debía decir algo —Anoche, volviendo a casa, se me atravesó un motociclista y…

—Espero que no haya sido por Akigaoka —comentó el chico de cabello azul de pronto, sin dejar de hacer lo suyo con la consola.

Fuji, un tanto asombrado, asintió.

—¿Tú eras el chico…? —soltó el de ojos casi rojos, atónito, para luego lanzar un suspiro de resignación —Válgame, lo siento. Te alegra, ¿no, Hatsu? —le recriminó al chico peliazul —Ahora podré pagar mi crimen —agregó en tono dramático.

El aludido simplemente se encogió de hombros.

—Bien, como quizá notaste por estos diálogos raros, yo era el de anoche —el chico de ojos casi rojos sonrió tímidamente, a modo de disculpa —Repararé tu bicicleta gratis, es lo menos que puedo hacer. Ven por ella en tres días.

—¿Tres días? —soltó Fuji —¡Pero si la necesito mañana, para el trabajo!

—Gurazu, préstale tu Taka —intervino el chico de cabello azul.

—Sí, supongo que es buena idea —asintió el tal Gurazu, moviendo la cabeza de arriba abajo y sonriendo —Mira, lo que haremos es que mientras te arreglo la bicicleta, te prestaré la mía, la que uso cuando tengo la moto en reparación o algo así —se encogió de hombros —Pareces buen chico, y es lo menos que puedo hacer. ¿Me permites?

Antes que Fuji dijera algo, Gurazu le quitó la bicicleta de las manos, se retiró por donde había venido y volvió minutos después con una bicicleta todo terreno con detalles rojos en los que habían pintadas unas cuantas llamas. Fuji sonrió para sus adentros, pensando que a su amigo Nagase le encantaría un detalle como el de las llamas en su motocicleta. En el manubrio, le colgaba un casco rojo con un pequeño halcón pintado.

—Mira, hasta encontré el casco de la bicicleta —comentó Gurazu con alegría —Aquí tienes, vuelve en tres días —indicó, entregándole todo —Hatsu, hazme un favor y dale una nota al chico. No quiero que se me olvide que lo de su bicicleta es gratis.

—Sí, sí —Hatsu dejó la consola, se inclinó tras el mostrador y sacó una pequeña libreta. Fuji alcanzó a ver que todas tenían, en la esquina superior derecha, el mismo dibujo de las doce estrellas en círculo rodeando un sol y una luna —Pero mejor termina con el auto de Kin, que si no, investigará todo lo indebido que hemos hecho desde que teníamos cinco años.

Gurazu soltó una breve carcajada antes de irse por una puerta lateral, la misma por donde se había llevado la bicicleta de Fuji. Éste, mientras tanto, observaba escribir al chico de cabello azul con rapidez y enseguida, arrancar la nota de la libreta y entregársela.

—Vuelve en tres días —indicó Hatsu, regresando su atención a la consola al tiempo que agregaba —Aunque no parezca, Gurazu es buen tipo.

—Sí, creo que sí —musitó Fuji, no muy convencido.

Hatsu levantó la vista, mostrándole plenamente a Fuji por primera vez unos profundos ojos azules, del color del mar. Por alguna razón, a Fuji le recordaron a los ojos de Wodaka.

—Eres extraño —declaró sin más —Cualquiera se hubiera enfadado con Gurazu por lo de la bicicleta. Incluso habría exigido dinero y mira que se ve que te hace falta.

Volvió a recorrerlo con la mirada y Fuji supo que se estaba fijando en su uniforme.

—¿Estudias en la Akiai? —preguntó Hatsu de súbito.

—Sí, en primer año. ¿Porqué lo…?

—Simple curiosidad —Hatsu no dejó que terminara la frase —Nos veremos.

Y sin más, dejó de prestarle atención.

Así las cosas, con una bicicleta que no era suya y bastante intrigado, Fuji se dispuso a ir al centro de la ciudad. Interiormente agradecía que no le cobraran la reparación de la bicicleta, porque ahora que se acordaba, tenía que comprarse un impermeable.

Fuji volvió a su cabaña como a las cinco de la tarde, con impermeable y paraguas nuevos en una bolsa de papel y andándose con cuidado por Akigaoka para no dañar la bicicleta que le había prestado Gurazu. Ya en la cabaña, se dispuso a buscar en una de sus cajas algo de comer cuando escuchó ruido afuera, como si alguien viniera. Con una bolsa de bollos en la mano, salió a ver.

Para su sorpresa, era Saragi Hoshi, que en ese momento desmontaba su bicicleta azul y caminaba hacia él a grandes zancadas. A pesar de no conocerla bien, Fuji creyó ver que estaba molesta por algo.

—Hola, Hoshi–san —se decidió a saludar lo más amable que pudo —¿Se te ofrece…?

—¿De dónde sacaste esa bicicleta? —interrogó la joven sin miramientos, haciendo uso de un tono de voz muy amenazante.

—¿Qué? —fue todo lo que Fuji pudo decir por la sorpresa.

—¿De dónde sacaste esa bicicleta? —repitió Saragi, más impaciente aún —¿No te la habrás robado, cierto? —añadió, entrecerrando los ojos.

—¡No! —Fuji movió las manos de un lado a otro, alarmado —Es que llevé a reparar mi bicicleta y el chico que me atendió me dijo que mientras la tenía lista me prestaba ésta. Es que en primer lugar, fue su culpa que casi se destrozara la mía, se me atravesó anoche con su moto sin avisar, así que…

—Espera, Kinokaze, no te estoy entendiendo nada —Saragi alzó una mano para detener las palabras de Fuji. Respiró profundamente para calmarse —¿Anoche te cruzaste con el chico dueño de la bicicleta? —preguntó finalmente.

Fuji asintió.

—Ah, vaya, eso lo explica todo —musitó la joven para sí misma —En fin, siento haberte acusado sin razón, Kinokaze, pero es que Gurazu suele ser a veces tan confiado…

—¿Conoces a Gurazu–san? —se intrigó Fuji. Ahora sí estaba empezando a creer que las coincidencias de la vida eran demasiadas para él.

Saragi lo miró con su habitual indiferencia.

—Si lo conozco o no, es mi asunto —dijo, dando media vuelta —Adiós. Y más te vale cuidar esa bicicleta, ¿entendido?

Y tan repentinamente como llegó, Saragi se fue.

—No la entiendo —masculló Fuji ligeramente molesto —Sinceramente, no la entiendo.

&&&

Pasaron los días. Fuji había recibido unas cuantas críticas por la bicicleta con llamas pintadas, pero una breve amenaza de Nagase y una mirada fría de Shinto calmaron eso. A Nagase, como predijo Fuji, le pareció genial el detalle de las llamas y ya quería que su amigo lo llevara al taller para conocer al dueño de la bicicleta. Shinto, mientras tanto, lo único que decía era que agradecía que Fuji tuviera transporte.

—Hoy paso por la bicicleta —le comentó Fuji a Nagase a la hora del almuerzo —No tenemos trabajo, ¿me acompañas, Naga–kun?

—¡Claro! —Nagase se veía entusiasmado —Espero que el chico ese acceda a pintarme unas cuantas llamas en la moto, si es posible alrededor de mi espada, ¡se vería genial!

—Hoshi–san no parece muy contenta —soltó Shinto, mirando hacia un punto a su izquierda.

Sus dos amigos vieron en la misma dirección. Saragi Hoshi caminaba por el patio, ajena totalmente a los piropos que los chicos le decían en el camino, puesto que estaba hablando por celular. En Akiai, los teléfonos celulares estaban prohibidos en los salones de clases, pero fuera de éstas, podías usarlos sin problemas. El punto era que Saragi, tal como dijo Shinto, se veía molesta, aunque procuraba hablar en voz baja.

—Me recuerda a un pez fuera del agua —musitó Shinto entonces —Abriendo y cerrando la boca por falta de aire.

Nagase se rió por la comparación, pero Fuji se quedó pensando. ¿Un pez? Ahora que lo pensaba, Gin le decía pececito, ¿acaso Saragi también era parte del Zodiaco? ¿Pero cuál signo era el representado por un pez?

La campana sonó, anunciando que era hora de ir a clases, así que los tres amigos dejaron la charla y se dispusieron a irse. Y al entrar al salón, pudieron comprobar de cerca lo supuesto por Shinto: Saragi estaba de pésimo humor. Miraba a todos con el entrecejo fruncido y con una expresión casi asesina. Por el resto del día, nadie se le acercó.

—Sí que Hoshi tiene su carácter —comentó Nagase a la hora de salir, junto con Fuji, luego de despedirse ambos de Shinto —Creí que era más tranquila.

—Igual yo —reconoció Fuji, recordando lo de la bicicleta de Gurazu —Bueno, vamos al taller, que se hace tarde. Quiero acabar las tareas para disfrutar el fin de semana.

En realidad, quería acabar las tareas para ponerse a arreglar un poco su cabaña, pero eso no iba a decírselo a Nagase.

—A mí me espera el aburrimiento total —Nagase se colocó el casco y se trepó a su moto —¿Te imaginas estar con cuatro niñas malcriadas, aguantando sus gritos? Y luego mamá dice que yo soy el chico problema… A veces no la entiendo.

Naga–kun tiene cuatro hermanas y todas son menores que él. Los fines de semana él tiene que cuidarlas mientras su madre trabaja. La señora Haraki es mesera en un bar.

—A mí me hubiera gustado tener un hermano o hermana —comentó Fuji.

—Sí, pero cuando son como esos pequeños monstruos, mejor quédate como estás —Nagase se echó a reír.

Los dos amigos llegaron pronto al taller en medio de esa charla, y Nagase se sorprendió mucho al contemplar el letrero.

Taller Aki–Hoshi, ¡sea servido como una estrella! —leyó —¡Vaya! Solamente esto me faltaba: venir a encontrarme el nombre de Hoshi a un lugar como éste.

—¿Hoshi? —se extrañó Fuji y se rebuscó en los bolsillos la nota que le habían dado días atrás. Sí, ahí estaba, debajo del logotipo, el nombre del taller, Aki–Hoshi —¿Porqué tendré esta suerte? —susurró en tono lastimero, procurando que Nagase no lo escuchara.

Y sin tener remedio, entró al taller, seguido por Nagase.

Igual que la vez anterior, había alguien tras el mostrador. Sólo que esta vez, no era el chico de cabello azul, sino uno de cabello castaño y con aspecto sereno. Aunque a decir verdad, sus ojos negros resultaban un tanto intimidantes cuando se fijaron en los dos chicos.

—Buenas tardes, caballeros —saludó el castaño de manera formal —Bienvenidos al taller Aki–Hoshi, ¿Qué se les ofrece?

—Vengo por mi bicicleta —Fuji le tendió la nota que el peliazul, Hatsu, le había dado.

El castaño la recibió, la leyó rápidamente y giró la cabeza a un lado.

—¡Gurazu! ¡El cliente al que casi matas! —exclamó y miró a Fuji —Ahora viene —indicó.

Fuji sonrió con nerviosismo, mientras Nagase fruncía el ceño.

—¿Cómo que el cliente al que casi mata? —le preguntó a Fuji.

—Bueno, pues…

—¡Ah, gracias, Takeshi! —Gurazu apareció casi igual que cuando Fuji lo conoció, o sea, con un mandil plástico manchado de grasa sobre la ropa, que esta vez consistía en un pantalón marrón y una camisa negra —Me alegra ver que eres puntual. Ahora traigo tu bicicleta.

Dicho y hecho, llevó la bicicleta ante Fuji en cuestión de minutos, quien se sorprendió al verla no sólo con la rueda perfecta, sino que también estaba pintada.

—Como nueva, ¿no? —sonrió Gurazu con orgullo —Y veo que cuidaste bien a mi Taka —añadió, tomando la bicicleta con llamas de manos e Fuji —Muchas gracias.

—No, gracias a ti por prestármela —Fuji sonrió —Aquí tienes —y le entregó el casco.

—¡Ah, sí! Se me estaba olvidando —Gurazu colgó el casco del manubrio al tiempo que se fijaba en la motocicleta de Nagase —¡Buena máquina! —exclamó.

—¿Te agrada? —intervino Nagase, entusiasta —La pinté y arreglé yo mismo.

—Pues… Es algo anticuada, pero se ve de maravilla —Gurazu se acercó un poco y la inspeccionó con ojo crítico —Seguro le das buen mantenimiento, ¿no?

Nagase asintió.

—Me caíste bien —Gurazu sonrió ampliamente —Ven aquí cuando quieras. Me encantaría poder revisar de cerca esta máquina.

—De hecho, quería saber… —comenzó Nagase, acercándose a Gurazu y trabando conversación con él de inmediato.

Fuji lo miró con una vaga sonrisa, al tiempo que el castaño del mostrador decía.

—Al fin alguien más que entiende a ese loco.

—¿Disculpe? —Fuji se volvió hacia él.

El castaño fingió no haber hablado y miró hacia la entrada del taller, por donde entonces entraba alguien. Iba a saludar, pero lo pensó mejor y gritó.

—¡Gurazu! ¡Una prima furiosa en camino!

El aludido abandonó la conversación con Nagase disculpándose apresuradamente, para luego encaminarse a la entrada.

—¡Hola! —saludó con entusiasmo —¿Qué se te ofrece?

—Vine con él —la persona que entraba, una chica de largo cabello azul plateado, le lanzó una gélida mirada a Gurazu al señalar al chico del mostrador.

—Menos mal —Gurazu suspiró aliviado.

La joven, sin fijarse apenas en Nagase y Fuji (quienes a su vez la veían sin poder creérselo) fue directa al mostrador.

—Dime que es mentira —le soltó sin más.

—Buenas tardes, Saragi —saludó el castaño del mostrador sin alterarse.

—Dime que es mentira —repitió Saragi Hoshi, impacientándose.

—No sé de qué me hablas —afirmó el castaño con rotundidad.

—No, claro que sabes, no por nada tú y Wodaka se llevan tan bien —Saragi parecía a punto de estallar —Ella me llamó esta mañana. Dime que es mentira —dijo por tercera vez.

El castaño se encogió de hombros en silencio. Saragi estiró las manos y de repente, lo tomó del cuello de la camisa beige que vestía.

—No te hagas el chistoso conmigo, Takeshi —exigió con voz fría.

Takeshi, sin dejarse amedrentar, sonrió ligeramente.

—Eso no fue cosa mía —dijo al fin —En realidad, si no mal recuerdo, tú fuiste a la Casa Grande. Wodaka me lo contó.

Saragi lo soltó y respiró entrecortadamente, para luego dar un puñetazo al mostrador que retumbó por toda la pequeña oficina. A continuación, salió del lugar como huracán.

—¿Y eso a qué vino? —le preguntó Gurazu a Takeshi.

Por toda respuesta, el castaño le hizo una seña para que se acercara y Gurazu obedeció. El castaño le susurró algo al oído, luego de lo cual, Gurazu soltó un silbido.

—¿Quieren ver esa pobre escuela en ruinas o qué? —Gurazu se echó a reír.

—Y eso es sólo una parte —Takeshi sonrió —Falta lo del…

—Oigan, ¿ustedes conocen a esa engreída? —inquirió de pronto Nagase.

—¿Conocerla? —soltó Gurazu, sin parar de reír —Esa chica tan adorable es ni más ni menos que una de nuestras primas. ¡Ah, es cierto, no me presenté! Soy Hoshi Gurazu —si inclinó ante los dos jóvenes —Y él es Hoshi Takeshi —señaló al castaño del mostrador, quien movió una mano —No nos parecemos mucho, ¿verdad?

—¡Claro que no! —Nagase sonrió —Esa Hoshi es una presumida.

A Fuji se le cayó el alma a los pies, sintiendo que su suerte empeoraba en vez de mejorar, ¿más miembros de la familia Hoshi? Se preguntó si Gurazu, Takeshi o los dos, serían del Zodiaco.

—Bueno, pues creo que ahora saben que no por ser familia, tenemos que parecernos —comentó entonces Gurazu, sonriendo —En fin, regresaré al trabajo. Tengo clases en una hora.

Y sin más, agitó una mano en señal de despedida y se retiró.

—Gracias por venir al taller Aki–Hoshi —les dijo entonces Takeshi —Vuelvan pronto.

Los dos amigos salieron de allí luego de despedirse de Takeshi (Nagase prometiendo que volvería en cuanto pudiera) y anduvieron juntos un par de calles. Luego se despidieron y cada uno se fue a su casa en su respectivo transporte.

Al llegar a su cabaña, Fuji se llevó una nueva sorpresa. Un auto convertible color amarillo estaba estacionado al frente. Se le hizo ligeramente familiar, pero no le dio importancia. Solamente lo hizo cuando luego de encadenar su bicicleta, entró a la cabaña y se encontró con dos chicas recogiendo todo.

—¿Wodaka–san? —dijo, impresionado —¿Zukure–san?

Las nombradas se dieron la vuelta.

—¡Hola, niño! —saludó Wodaka Hoshi con una media sonrisa —Qué bueno que llegas, nos íbamos a sentir como ladronas.

—Woda–chan, si no mal recuerdo, esto fue tu idea —dijo entonces Zukure.

—Sí, sí —Wodaka movió una mano con desenfado —En fin, mejor así. Niño, nos vamos.

—¿Disculpe? —se extrañó Fuji.

—A partir de hoy, las Hoshi te hospedarán —Wodaka parecía feliz con la idea —No podemos dejarte aquí en plena temporada de tormentas, nos remordería la conciencia…

—Lo que Woda–chan quiere decir… Es algo complicado —Zukure ladeó la cabeza, pensativa —Te lo explicamos en casa, ¿te parece? Pero tienes que venir con nosotras.

A Fuji no le quedó más remedio, así que ayudó a las dos a empacar las pocas pertenencias que tenía y salieron de la cabaña. Wodaka fue hacia el convertible, abrió la cajuela y Zukure y Fuji pusieron todo adentro, para luego subir al auto. Wodaka cerró la cajuela y fue al asiento del piloto, encendiendo el auto y poniéndolo en marcha.

Llegaron a la casa pronto y mientras Fuji bajaba las cosas, Wodaka y Zukure se retiraron un poco de él para discutir en voz baja. Cuando el chico las alcanzó, dejaron de hablar, se miraron un segundo y asintieron.

—Lleva eso a la habitación que te dimos la otra noche —indicó Wodaka con esa seriedad que Fuji pensaba que era rara en ella —Y luego vas a la sala, por favor.

El chico asintió sin titubear. En la escalera, se encontró con Saragi, que bajaba al haber oído el auto de su prima estacionarse.

—¿Tú qué haces aquí? —quiso saber la chica.

—Eso quisiera saber —dijo Fuji por toda respuesta y siguió su camino.

Saragi lo siguió con la vista un momento antes de bajar. En tanto, Fuji llegó hasta el dormitorio indicado y estaba dejando sus cosas sobre la cama cuando escuchó un grito.

—¡Dime que es mentira, Wodaka!

Era Saragi. Fuji decidió que tenía que enterarse de qué pasaba, así que bajó rápidamente y entró a la sala sin anunciarse. Ahí encontró a Wodaka con expresión seria, a Saragi amenazándola con un puño y a Zukure en medio de las dos, tratando de calmarlas.

—Por favor, Sara–chan… —rogaba Zukure sin mucho éxito.

Saragi levantó aún más el puño, dispuesta a estrellarlo en la cara de su rubia prima, pero entonces Fuji intervino.

—¡No, espera! —exclamó, tomando el puño de la chica con una mano.

Y cuando lo hizo, se dio cuenta de su error.

Un torbellino de agua rodeó a Saragi, quien adoptó una expresión desconcertada ante lo que pasaba. Fuji la soltó casi al instante, pero ya era tarde. Cuando el torbellino de agua se esfumó, Saragi ya no estaba.

En su lugar, agitándose incontrolablemente por el suelo, había una brillante carpa de escamas de brillante color azul plateado.
« Última modificación: Diciembre 12, 2010, 12:52:38 am por THB Potter »

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Re:Telaraña [03/?]
« Respuesta #5 en: Diciembre 10, 2010, 06:58:36 am »
 :ahh: peo fuji ke as echo aahhh ke pasara bueno bell aora me declaro fans de tus istorias un poko lokas poe me vacilan XD bueno espero los siguientes kapis a esperar el siguiente capi XD a y porfavor kien entre por aki komente porfa KOMENTEN XD


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Re:Telaraña [03/?]
« Respuesta #6 en: Diciembre 12, 2010, 12:45:41 am »
Cuatro: La orden.

Fuji estaba sumamente nervioso, le temblaban las manos. ¿Y ahora qué hacía? La pequeña carpa de escamas azul plateado no dejaba de agitarse, abriendo y cerrando el hocico por falta de… pues de agua. Sin pensar, hizo lo único que se le ocurrió: intentar agarrarla.

—Eso, atrápala —dijo Wodaka un tanto mandona —Zukure, abre la puerta —y señaló una puerta corrediza opuesta a la entrada de la sala.

Zukure asintió y abrió la puerta indicada. Fuji alcanzó a ver por un segundo un amplio patio trasero antes de volver a su tarea de atrapar a la carpa. Cuando al fin la capturó (no sin llevarse una mordida de desenfrenado pez en el proceso), vio que Zukure le hacía señas.

—Arrójala al estanque —indicó.

Fue cuando Fuji pudo ir al patio trasero y contemplar que era enorme. Cerca de la casa quedaban: un estanque, varios tendederos y una cerca baja, pero del otro lado de ésta, se extendía un terreno considerable lleno de árboles. Por un segundo, se quedó embobado viendo el paisaje, hasta que Zukure lo sacó de sus pensamientos.

—¡Fuji–kun, rápido! —espetó con impaciencia.

Fuji reaccionó y corrió hacia el estanque, junto al cual se arrodilló y depositó a la carpa con delicadeza. Al poco rato, podía verse al azulado pez nadando con normalidad, e incluso dio un salto en el aire. Fuji suspiró aliviado.

—No sé porqué te pusiste así, Saragi —expresó Wodaka, parándose a la derecha de Fuji, junto al estanque —Y fue tu culpa. Fuiste de chismosa a la Casa Grande por lo de Gin, ¿recuerdas?

Fuji se quedó pensativo. Hasta el momento, había escuchado mencionar esa tal Casa Grande unas dos o tres veces. Por alguna razón, esas palabras le daban mala espina.

—Tenía qué —se oyó la voz de Saragi entonces y Fuji vio, atónito, que la carpa azul había asomado la cabeza un poco a la superficie del estanque y movía el hocico —Estoy segura que tú no hubieras ido, Wodaka.

—La verdad es que no —la rubia se encogió de hombros, totalmente indiferente —No tenemos que recurrir siempre al Panteón, ¿o sí? Y hablando de eso, ¿porqué fuiste a decir lo que había pasado, eh? Que yo sepa, no te agrada tratar con ellos.

Con el énfasis que le dio Wodaka al vocablo ellos, Fuji pensó que era un asunto grave.

—Es lo que debe hacerse —masculló Saragi y se sumergió.

—Bien, dejémosla hacer su berrinche —Wodaka hizo una mueca desganada —Ahora ven, niño, que tenemos una conversación pendiente.

Fuji le dirigió una última mirada al estanque, donde podía verse a medias a la carpa serpenteando velozmente, antes de seguir a Wodaka al interior de la casa.

—¿Todo bien? —inquirió Zukure al verlos entrar.

—Sí, Saragi sigue en su trece, pero se le pasará —Wodaka tomó asiento ante la mesa —Bien, niño, como te dije antes, a partir de hoy las Hoshi tendremos el honor de hospedarte.

—¿Porqué? —preguntó de pronto Fuji.

Wodaka suspiró con algo de cansancio.

—Como oíste, Saragi fue a la Casa Grande —comenzó la rubia, pensativa —Es donde vive la mayor parte de la familia actualmente, somos pocos los que vivimos fuera. En fin, Saragi fue allá porque le informó al Panteón que descubriste nuestro secreto.

—¿Qué es el Panteón? —preguntó Fuji tímidamente.

—Son los de arriba en la familia —respondió esta vez Zukure —Verás, cuando alguien descubre la maldición del Zodiaco, se le borra la memoria. Pero en la familia nada más pueden hacerlo ciertos miembros, los que tienen mayor jerarquía y que representan a ciertos dioses…

—¿Dioses? —se extrañó Fuji.

—Según la leyenda —explicó Wodaka —Helios y Selene le pidieron ayuda a los dioses para que la maldición del Zodiaco no se revelara al mundo y algunos aceptaron. Así pues, les dieron a algunos miembros de la misma familia maldita la facultad de borrar la memoria de los mortales. Como verás, los Hoshi somos complejos.

—¿Y… cuándo me borran la memoria?

Fuji creía que esa pregunta era la única que valía la pena hacer ahora, ¿para qué quería saber más de la maldición del Zodiaco, si después no lo iba a recordar?

—Nadie dijo nada de borrarte la memoria —aclaró Wodaka —Es lo que he estado tratando de explicarte. Zukure y yo tuvimos que ir a la Casa Grande (cosa que no nos hizo gracia) y hablamos con el miembro del Panteón que está más abajo, el primero que tiene derecho a borrarte la memoria por tradición. Dijo que si no decías nada y te teníamos vigilado, no tenía porqué actuar.

Fuji la miró con incredulidad.

—Así que para cumplir con esas condiciones, decidí que puedes vivir aquí —Wodaka se encogió de hombros, sonriendo —Tenemos suficientes habitaciones y tú no tienes un mejor sitio. Además, así no te sentirás tan solo.

Fuji inclinó la cabeza, pensativo. Zukure lo sacó de sus meditaciones.

—Anda, Fuji–kun, acepta. Después de todo, podemos ser amigos. ¿Sabes lo difícil que es tener amigos normales para todo el Zodiaco?

El chico no lo sabía, pero lo imaginó. Cada miembro del Zodiaco, hombre o mujer, cuidando a cada minuto no darle o tomarle la mano a alguien del sexo contrario… Hasta el momento, nunca había pensado que un simple apretón de manos para ellos era algo imposible.

—Está bien —accedió —Me quedaré aquí. ¡Casi lo olvido! —se llevó una mano a la frente —¡Mi abuela!

—¿Tienes familia? —se extrañó Wodaka.

A grandes rasgos, Fuji tuvo que contarles porqué vivía en la cabaña.

—Hasta que contestas —se escuchó en la entrada de la sala.

Todos se volvieron para ver en aquel sitio a Gin, con cara de pocos amigos, y a Mezuki, que veía la escena ante ella con desinterés. Ambas tenían maletas en las manos.

—¡Hola, hola! —saludó Wodaka con entusiasmo —¿Les costó trabajo llegar?

—No, nos trajeron —respondió Mezuki, entrando a la sala y dejando su maleta, de un frío color gris oscuro, en un rincón —Pero aún así me cansé de empacar.

Gin entró a la sala en silencio, dejando su maleta en el pasillo, y fue a sentarse a un rincón opuesto al de su gemela, dándoles a todos la espalda.

—Nos enteramos de lo que hizo Saragi —continuó Mezuki, haciendo una mueca —Y ahora nosotras estamos incluidas en el paquete. ¡Vaya fiasco!

Fuji se interesó en la conversación de pronto.

—Oye, eso no es cierto —corrigió Wodaka —Su madre decidió cambiarte de escuela, no el Panteón, así que a Saragi no le eches la culpa.

—Eso también quisiera preguntarte —interrumpió de pronto Saragi, abriendo bruscamente la puerta que daba al patio, chorreando agua. Había regresado a la normalidad en el estanque —¿En serio no tuviste nada qué ver con que Mezuki y la Gorgona tonta vayan a cambiarse precisamente a MI preparatoria? Le pregunté a Takeshi y dijo que fue mi culpa por ir a la Casa Grande.

¡Ah, con que era eso! Al menos ahora Fuji sabía qué había sido el numerito de Saragi en el taller donde conoció a Gurazu, Hatsu y Takeshi.

—Eso deberías preguntárselo a Hitomi–dono y al Panteón —afirmó Wodaka con una risita de suficiencia —Cosa que NO vas a hacer porque no tienes agallas.

Y se rió de su propio chiste, lo que puso a Saragi de peor humor que antes. Abandonó la habitación y subió la escalera con prisa, y poco después todos escucharon cómo cerraba la puerta de su habitación de un porrazo.

—¿Qué le pasó a Saragi? —quiso saber Mezuki.

—Un accidente —dijo simplemente Wodaka, para luego señalar a Fuji —Se transformó y la tuvimos que echar al estanque mientras volvía a la normalidad.

Fue entonces que Mezuki notó la presencia del chico.

—¿Y éste qué hace aquí? —preguntó con gesto despectivo.

Gin se volvió un poco al oír esa pregunta, como si le interesara la respuesta.

—Está aquí por orden del Panteón y porque yo quiero. Fin del asunto —Wodaka se puso de pie —Bueno, chicas, me marcho. Voy a entregar mi artículo a la revista porque quieren que firme unos papeles. Regreso para la cena.

Y salió de la estancia sin mirar atrás.

—Zukure, ¿me ayudas a llevar mi maleta arriba? —pidió de pronto Mezuki.

—Puedes hacerlo tú misma —masculló Gin por lo bajo, pero sólo Fuji la oyó.

Mezuki y Zukure también se fueron, por lo que en la sala quedaron únicamente Fuji y Gin. Lo cual era incómodo para el muchacho, pues el silencio era pesado y lo ponía nervioso.

—No dijiste que tenías abuela —recordó Gin de pronto.

Fuji se sobresaltó.

—Ah, eso —susurró, distraído —No lo creí conveniente, es todo.

Gin frunció el entrecejo, pero siguió de espaldas a él.

—¿Y porqué no te fuiste con otro pariente? —preguntó de pronto —¿No tienes?

Fuji suspiró.

—No es tan fácil —se decidió a contestar.

Gin creyó oírle cierta tristeza en la voz, pero no dijo nada. Prefirió levantarse y salir de allí, tomando su maleta para subirla. Fuji se dio cuenta y se paró de inmediato.

—¡Puedo ayudarte con eso! —se ofreció en el acto.

—No es necesario —espetó quedamente Gin.

—Anda, Gin–san, no seas orgullosa —Fuji se apoderó de la maleta teniendo cuidado de no tomarle la mano a la chica —Solamente dime a dónde va, ¿de acuerdo?

Gin lo miró con el entrecejo fruncido.

—¿Porqué me llamas así? —quiso saber.

—Ah, no sé, creo que es costumbre —Fuji se encogió de hombros —Papá solía decirme que era señal de buenos modales tratar con respeto a las chicas. Y mamá decía que a los chicos también debía tratarlos así, porque después de todo, todos somos humanos.

Gin frunció el ceño al oír semejante frase.

—¿Sabías que explicas cosas muy raras? —soltó, al subir la escalera.

Fuji se sobresaltó.

—¿Ah, sí? —se extrañó, para luego sonreír —¡No importa! Casi siempre me dicen eso.

Llegaron a la planta superior y Gin indicó vuelta a la derecha. Fuji obedeció y vio que por ese lado del pasillo, no había tantas puertas como de su lado. Llegaron al final del pasillo, donde Gin abrió una solitaria puerta oscura y entró a la habitación del otro lado.

—Aquí es —dijo, arrebatándole la maleta —Gracias —dijo en un susurro y le cerró la puerta en la cara.

—De… nada —musitó Fuji, un tanto desanimado. Se despabiló y decidió bajar —Tal vez pueda ayudar en algo con la casa, como agradecimiento… —pensó en voz baja.

Se encaminó a la cocina, donde vio a Zukure preparando la comida. Parecía agobiada, pues se movía con prisa y de vez en cuando veía el reloj en forma de estrella que colgaba de una de las paredes. Fuji la llamó con cautela.

—Zukure–san, ¿puedo ayudarte en algo?

La joven se volvió, un tanto sobresaltada.

—¿Qué? ¡Ah, no, Fuji–kun! —sonrió levemente —Casi está, sólo que… —miró el reloj de la pared de nuevo —Vaya, no me gustan las prisas —masculló un tanto molesta.

—¿Tienes que hacer otra cosa? —quiso saber el muchacho.

Zukure suspiró mientras revisaba el contenido de una olla.

—Tengo clases en una hora —explicó con aire tímido —Pero quizá no llegue a tiempo… otra vez —hizo una mueca —¡Con lo que odio llegar tarde…! —se lamentó.

Fuji se acercó.

—Si quieres, yo puedo terminar —ofreció —Sé cocinar, no hay problema.

A Zukure se le iluminó la cara con una sonrisa.

—¿De verdad? —preguntó.

Fuji asintió con seguridad.

—¡Muchas gracias! —Zukure se quitó el delantal rosa que lucía y tomó un plato con tallarines —Así podré comer antes de irme. No me gusta llegar con el estómago vacío.

Fuji se puso manos a la obra y ante la mirada discreta y agradecida de Zukure, logró terminar los platillos en poco tiempo. Pero pudieron charlar mientras servían.

—Eres bueno, Fuji–kun —comentó Zukure, poniendo la mesa —¿Dónde aprendiste?

—¡Ah, eso! Me enseñó mamá —Fuji sonrió ligeramente —Ella decía que me serviría.

—Pues te enseñó bien —Zukure sonrió —Bueno, te dejo —la joven vio su reloj de pulsera un minuto —Creo que ahora sí llegaré a tiempo. Muchas gracias.

Antes de dejar el comedor, Zukure se volvió.

—Fuji–kun, si no es mucha molestia… —comenzó en un susurro, para luego detenerse y negar con la cabeza —No, olvídalo. Me encargaré yo.

—¿Qué cosa, Zukure–san?

Zukure volvió a dudar, hasta que se decidió a preguntar.

—¿Podrías… preparar la cena hoy? Es que tal vez llegue tarde por mis clases.

Fuji sonrió.

—No hay ningún problema —aseguró —¿Debo preparar algo en especial?

Zukure volvió a sonreír y sacó un papel de un bolsillo la falda azul que vestía.

—Aquí está la lista de lo que debes comprar —indicó —Hay dinero en el cajón de la mesa del recibidor, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —Fuji tomó el papel —Que te vaya bien.

Zukure asintió y sonriendo un poco más, hizo un gesto de despedida con la mano y salió de la casa. A los pocos minutos, Fuji oyó cómo una motoneta arrancaba. Así que guardándose el papel en un bolsillo, subió la escalera.

—¡La comida está lista! —anunció en voz alta, para luego bajar y terminar de servir.

Minutos después, Saragi, Mezuki, Gin y Fuji estaban sentados a la mesa, saboreando la comida. Las chicas sintieron que sabía un poco diferente a como acostumbraba cocinar Zukure, pero no hicieron comentarios. Al terminar, las tres dieron las gracias y se retiraron sin dirigirle la palabra a Fuji, que lejos de ofenderse, se limitó a recoger los platos y llevarlos a la cocina, donde los lavó. Estaba ordenando la cocina cuando alguien entró.

—¿Dónde está Zukure? —preguntó una voz. Fuji la reconoció como la de Mezuki.

—Se fue a clases, Mezuki–san —Fuji dejó unas ollas en su sitio antes de girarse —Dijo que tal vez llegue tarde.

—Genial —masculló Mezuki, haciendo una mueca, mientras iba al refrigerador y lo abría —Supongo que tendremos que ordenar la cena. ¿No hay jugo de naranja? —se quejó en voz baja, cerrando el refrigerador con fastidio —Genial —farfulló al salir.

Fuji revisó el refrigerador en cuanto terminó de guardar ollas. Sí, era cierto que no había jugo de naranja, pero también notó que faltaban otras cosas, así que viendo que había una pluma encima del refrigerador, la tomó y sacando de su bolsillo la lista que le entregara Zukure, escribió algunos artículos más en ella. Luego, salió de la cocina y subió la escalera.

—¿Quién? —preguntó Gin, al oír que llamaban a la puerta de su habitación.

—Yo, Gin–san —escucha la chica responder a la voz de Fuji. Además, nadie más la llamaba de esa forma —Voy de compras, ¿se te ofrece algo de comer?

A Gin le extrañó la pregunta, pero aún así se puso a pensar.

—Chocolate —respondió por fin —Algo con sabor a chocolate.

—De acuerdo —le respondió Fuji y se oyó cómo se alejaba por el pasillo.

Una escena muy parecida se repitió ante la puerta con el letrero en forma de pez que decía simplemente Sara–chan.

—¿De compras? —se sorpendió Saragi, abriendo la puerta y encarando a Fuji.

—Sí, me envió Zukure–san. Es que dijo que llegaría algo tarde.

Saragi suspiró con algo de fastidio.

—Entonces trae té —dijo simplemente, y le cerró la puerta en la cara.

Fuji, ya resignado a la idea de que no le agradaba a Saragi, bajó y se marchó a revisar cuánto dinero había disponible para las compras. Comprobó que había bastante, así que lo tomó, salió de la casa y montó su bicicleta. Camino a la ciudad, repasó mentalmente la lista y ya al llegar al supermercado más cercano, no tuvo que sacar el papel para adquirirlo todo.

—Muy bien, ahora a preparar la cena —se dijo cuando acomodaba las compras de la mejor manera en la canastilla de su bicicleta. Pero antes de montarla, vio en el escaparate de una librería un ejemplar empastado en azul oscuro con un título que le llamó la atención.

El Zodiaco: Astronomía y Astrología —leyó en voz baja, para luego sonreír —¡Eso es!

Diez minutos después, Fuji pedaleaba alegremente rumbo a Akigaoka con las compras para la cena y una bolsa pequeña de papel extra. Llegó a casa de las Hoshi en media hora más y dejando la pequeña bolsa de papel y el cambio en la mesa del recibidor, fue directo a la cocina a guardar los víveres y preparar la cena, pues se hacía tarde.

—¿Qué es ese ruido? —se extrañó Saragi al bajar casi una hora después, seguida por Mezuki. Gin se había quedado en lo alto de la escalera, distante.

—Viene de la cocina —notó Mezuki, frunciendo el ceño.

—¡Hola, hola! —saludó Wodaka desde la puerta, entrando atrevidamente —¿Qué ha pasado mientras no estuve, eh?

—Nada, nos preguntábamos qué estará preparando Zukure —Mezuki se encogió de hombros y acabó de bajar tras Saragi —Huele bien.

—¿Yo qué? —dijo de pronto una voz a espaldas de Wodaka. Era Zukure, que recién entraba a la casa cargando a la espalda un tubo largo de plástico color rosa oscuro. Alzó la cabeza y olfateó el aire —¡Huele bien! —exclamó al tiempo que sonreía.

—Si tú acabas de llegar, ¿quién está cocinando? —se extrañó Saragi.

Zukure iba a contestar cuando Fuji salió de la cocina en ese momento, con la camisa del uniforme arremangada y un cucharón en una mano.

—Ya casi… —susurró, pero se detuvo cuando vio a todas las Hoshi de la casa cerca del recibidor —¡Ah, están ahí! Les aviso que la cena casi está lista —y regresó a la cocina.

Las chicas se volvieron hacia Zukure en busca de explicaciones.

—Fuji–kun aceptó hacerme el favor de preparar la cena —Zukure habló con mucha cautela, temiendo hacer enfadar a sus primas —Avisé que llegaría tarde.

Las demás arquearon las cejas. Bueno, todas menos una.

—Vamos a cenar —indicó Gin de repente, sobresaltando a todas —Tengo hambre.

—Tú siempre tienes hambre —renegó Mezuki, dedicándole una mueca despectiva.

Gin la ignoró por completo y se fue al comedor.

—Esto tengo que verlo —Saragi no se veía muy convencida de que Fuji supiera cocinar y siguió a Gin sin mucho ánimo.

Mezuki las imitó y Wodaka y Zukure solamente se miraron, rogando que no hubiera disputas en la mesa.

&&&

—¡Delicioso!

Esa exclamación por parte de Wodaka al probar el arroz con curry que había cocinado Fuji le granjeó miradas reprobadoras de Mezuki y Saragi, las cuales ignoró por completo.

Niño, no sabía que cocinaras tan bien —alabó Wodaka, haciendo que Fuji inclinara la cabeza un tanto avergonzado —Ahora ya tenemos a alguien que ayude a Zukure en eso.

Saragi y Mezuki volvieron a fulminar a su prima con la mirada.

—Woda–chan, mejor cena —pidió Zukure amablemente —Vas a avergonzar a Fuji–kun.

—Como si tuviera algo de malo lo que le estoy diciendo —se quejó Wodaka y siguió comiendo al poco rato como si nada.

Zukure sonrió levemente, mientras Saragi y Mezuki parecían seguir de mal genio. La única que no prestaba atención a nada que no fuera la comida era Gin, que no había hablado desde que se sentó a la mesa.

—Me alegra que te guste, Wodaka–san —comentó Fuji lentamente.

—Por supuesto, me gusta —Wodaka asintió —Y dado que Zukure a veces no puede llegar a tiempo, supongo que tendré que acostumbrarme a probar tu comida más seguido.

Y riendo un poco, continuó degustando su ración de arroz.

Fuji se atrevió a sonreír levemente, viendo que a pesar de todo, las chicas comían todo lo que les había cocinado. Se sintió contento por haber encontrado algo en qué ayudar en la casa para corresponder al hecho de que lo hospedaran.

Ya tiempo después, él y Zukure estaban en la cocina, lavando los platos. La chica le agradecía mucho el favor y Fuji insistía en que no había sido la gran cosa.

—Woda–chan tiene razón en algo —mencionó Zukure de pronto, guardando platos —Hay días en que yo no podré cocinar a tiempo, como hoy, por mis clases. No sé si te parezca, pero podríamos organizarnos en ese sentido. Turnarnos.

—Por mí está bien —aceptó Fuji —Sólo que yo trabajo algunas tardes después de la escuela, espero que no haya problemas.

—Eso lo veremos ahora —Zukure fue a una de las paredes de la cocina, donde colgaba un pequeño pizarrón —Aquí podremos los días de la semana, ¿sí? Y en cada día, pondremos cuándo puede cocinar cada uno. Así nos organizaremos.

En pocos minutos, tuvieron el asunto resuelto. Fue una agradable coincidencia ver que los días que Zukure tenía clases en la tarde eran aquellos en los que Fuji no trabajaba y viceversa. Cuando notaron eso, se echaron a reír.

—¡Cosa del destino! —soltó Zukure, divertida —¡Es genial!

Fuji la miró un momento con atención, pensando que nunca la había visto tan animada.

—Bien, si eso ya quedó, ¿dónde lo colgamos? —inquirió el muchacho, señalando el pizarrón —Es decir, para que las demás sepan de esto…

—Lo pondremos en el comedor —decidió Zukure, tendiéndole el pizarrón —¿Te lo puedo encargar? Debo hacer unas tareas para mañana.

—Sí, claro —Fuji tomó el pizarrón, pero antes de darse cuenta, le tomó la mano a Zukure en el proceso. Un torbellino de agua rodeó a la chica y él se dio cuenta de lo que pasaba —¡Lo siento mucho, Zukure–san! —se disculpó de inmediato.

—No hay cuidado —le dijo la voz de Zukure desde el torbellino —No sabías que yo soy parte del Zodiaco.

Al disiparse el torbellino, Fuji tuvo que buscar con la mirada hasta que sintió un tirón en una pernera del pantalón. Se agachó y se encontró con una criaturita curiosa del mismo color que el cabello de Zukure, que le jalaba el pantalón con una pinza. Era un cangrejo.

—¿Qué…? —comenzó Fuji, arrodillándose —¿Qué signo eres, Zukure–san?

Cáncer —respondió Zukure, agitando una pinza en el aire.

Fuji asintió, recordando lo que sabía de ese signo y pensando en los llaveros en forma de cangrejo que había visto en la mochila de la joven cuando la vio por primera vez.

—De ahora en adelante, tendré más cuidado —prometió con convicción.

—Te lo agradecería —Zukure caminó un poco, y Fuji pudo notar que lo hacía de lado, como había visto hacer a los verdaderos cangrejos en la playa —No es que me importe transformarme, pero es algo incómodo. Ahora, ¿colgamos el pizarrón?

Fuji asintió y abrió la puerta de la cocina, dejando que Zukure pasara primero. La ahora cangrejo corrió al comedor, seguida de cerca por Fuji.

—Junto a la puerta de la cocina estará bien —opinó Zukure —¿Qué te parece?

Fuji asintió y colgó el pizarrón en un clavo que encontró en la pared.

—Bueno, creo que es hora de dormir —dijo Fuji, entrecerrando los ojos —Zukure–san, ¿necesitas que te lleve a alguna parte?

—No, gracias —la cangrejo negó con su diminuta cabeza —Aún no tengo sueño. Esperaré a regresar a la normalidad para luego irme a hacer mis tareas. Gracias de todas formas.

—En ese caso, buenas noches —se despidió Fuji, para luego abandonar el comedor.

Zukure lo miró alejarse y soltó un suspiro de resignación.

—Espero que la orden del Panteón no le haga daño a Fuji–kun —susurró —Es un buen chico. Yo… es lo único que deseo.

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Re:Telaraña [04/?]
« Respuesta #7 en: Diciembre 13, 2010, 01:29:57 pm »
 :ahh: ke rayos fuji se va a vivir kon las hoshi komo raoys ta eso  :ahh: me djas kon la emocion en kada kapi ia kero ke salga el siguiente T_T bueno espero el siguiente capi
PD: bonito avartar y firma bell me guta XD


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Re:Telaraña [04/?]
« Respuesta #8 en: Diciembre 15, 2010, 06:44:23 pm »
Ah, Tsukune, debería darte privilegios de lector frecuente...

¡Nah, olvídalo, que luego te envaneces y no hay quién te aguante!

(Bell, previsoriamente, sujetó al mencionado al decir lo último, porque el muchacho era capaz de ir a la azotea de un edificio para dejarse caer al vacío).

Sí, mi estimado Tsukune, a Fuji lo he mandado con las Hoshi (Bell suelta una risita). Supongo que en los inicios de la historia, era más notoria la influencia de Fru Ba (Fruits Basket) que en capítulos posteriores, por lo que esta escena recordará mucho a los primeros capítulos del manga/anime citado (quien no haya leído Fru Ba, ¡es genia! En serio recomiendo el manga; el anime se quedó corto... literalmente).

Por otro lado, la firma y el avatar son creaciones de una amiga de otro foro, a quien ahora me lanzo a darle los créditos que merece, aunque sin hacer una publicidad directa (Bell rueda los ojos, eso apenas lo entendió ella). Los estrené por época decembrina, al inicio del maratón Guadalupe-Reyes, así que el día 6 de enero los cambiaré por otra cosa.

Hoy no posteo capi todavía porque quería contestarle a Tsukune (Bell le sonríe al muchacho con amabilidad), ¡aunque cumpliera años sin avisarme la fecha! (Bell ahora frunce el ceño). Nos leemos cuando saque el siguiente capi.

P.D. A los demás lectores, se agradecerán comentarios... laaaargos y constructivos. Sus ánimos son buenos, pero si dicen algo más que frases de apoyo, se los agradeceré todavía más (Bell junta las manos en actitud de plegaria). ¡En serio, les agradeceré con el alma que me hagan caso!

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Re:Telaraña [04/?]
« Respuesta #9 en: Diciembre 16, 2010, 06:45:40 am »
por ke deberia olvidar los privilegios del lecto ?? soy lector activo de tus fics bueno eso lo dej0o a tu opinion XD *soltandose cuidadosamente
trankilisandose un poko y explikandole a bell*
bueno bell eta vez nu tenia pensado ir al edificio .... sino tirar me al mar (una kosa nu se nadar, lastima T_T) XD
bueno por lo del kumple entre nu era mi intencion y keria mantenerte en ascuas XD
bueno al igual ke bell *tsukune junta lnas manos * porfavor komente  :triste: XD


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Re:Telaraña [04/?]
« Respuesta #10 en: Diciembre 18, 2010, 08:40:44 pm »
awww me gusto mucho
aunque no lo he podido leer todo
mañana sin falta lo leo
!hay ya quiero que ya sea mañana!
jajajaj enserio, esta buenísimo jejejje


 

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Re:Telaraña [04/?]
« Respuesta #11 en: Diciembre 19, 2010, 12:00:36 am »
 :feliz: ia tenemos nuava segidora bueno sige leyendo ke la istoria te va aenganchar y vas a kerer leer mas ke ta xevere


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Re:Telaraña [04/?]
« Respuesta #12 en: Diciembre 19, 2010, 01:44:41 pm »
jjaja sicas esta chevere
por favor saca el proximo capitulo
lo mas rapido posible  xD


 

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Re:Telaraña [04/?]
« Respuesta #13 en: Diciembre 19, 2010, 05:00:11 pm »
 :feliz: una fans bueno ia somos 2 fans XD bell aki esperamos con ansias el prox capi y sabes ke soy unos de los primneros enleerlo XD ok aki esperamos XD tenes 24 oras sinu tendre ke usar ia nu el edificio ke lo as clausurado muy ben XD bueno me voy al mar a ponerme unos blokes de cemento en los pies y tirarme al mar (komo ia dige nu se nadar) *tsukune se pone algo de ropa deportiva para ir a la playa cargando una bolsa de cemento en la espalda *


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Re:Telaraña [04/?]
« Respuesta #14 en: Diciembre 20, 2010, 07:46:50 pm »
saca el porximo capitulo que me dejaste en ascuas porfis porfis 
que tsukune-kun y yo ya no lo queremos leer... cierto tsukune-kun xD
comenten que esta chevere jajaja  :)


 

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Re:Telaraña [04/?]
« Respuesta #15 en: Diciembre 21, 2010, 06:51:53 am »
bueno aver ia ke se cumplio el plazo voy a tener ke acer preparativos para entrar al mar XD
*tsukune se pone de pie abre la bolsa de cemento, ace la mezcla y se empieza a a poner cemento en los pies*
5 horas despues
*con el cemento ia seco tsukune ace un gran esfuerzo para llegar al acantilado(mexor k un edificio XD) esperando unas oras mas para ver ke pasa kon bell *


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Re:Telaraña [05/?]
« Respuesta #16 en: Diciembre 22, 2010, 12:10:34 am »
Cinco: La escuela.

El lunes siguiente de la mudanza de Fuji con las Hoshi, Mezuki y Gin entraron a la Akiai. Causaron gran revuelo por dos cosas: por ser gemelas idénticas y por ser parientas de Saragi.

—Esperemos que estas Hoshi no sean como la primera —comentó Nagase.

Y es que Mezuki y Gin habían entrado al mismo salón que Fuji y sus amigos, cosa que no parecía agradarle a Saragi. Fuji, en lo poco que llevaba viviendo con las chicas, ya había visto que Gin y Saragi no se caían bien. Pero no era nada comparado a la antipatía que se manifestaban entre sí las gemelas. Sobre todo cuando…

—¿Y quién es quién, preciosas? —inquirió Esaki con interés cuando terminó la primera clase y varios rodearon a Mezuki y Gin.

—Si no pusiste atención cuando nos presentaron, no te lo diremos —espetó Gin.

—Por una vez, estoy de acuerdo contigo —soltó cansinamente Mezuki —Y algo más, niño —agregó, mirando a Esaki con voz peligrosa —No vuelvas a decirnos preciosas.

Esaki se intimidó ante eso y se quedó callado.

—Ya por eso me cae bien —se burló Nagase —Esa Hoshi sabe cómo tratar a los tontos.

—Inestables —musitó Shinto de pronto.

—¿Qué cosa? —se extrañó Nagase.

—Sus auras —Shinto tenía los ojos fijos en las gemelas —Esas Hoshi tienen auras tan inestables como la de su parienta.

Fuji tragó en seco. ¿Lo que decía Shinto tendría que ver con lo del Zodiaco? Tendría sentido con Gin y Saragi, pero como no sabía si Mezuki estaba maldita…

—Como que no les gusta que las confundan, ¿verdad? —comentó Shinto.

—Sí, se nota —corroboró Nagase —Pero es inevitable, son idénticas.

Pero Fuji sabía que no era cierto. Aparte del peinado de la pequeña media coleta que Gin lucía hacia la izquierda, tenía los ojos más plateados y brillantes que Mezuki. Eso el chico lo había notado desde que las conoció, por eso no las confundía. Eso y que Mezuki tenía una voz más autoritaria y arrogante que Gin.

Las clases transcurrieron normalmente, pero los alumnos pronto vieron que si en algo se parecían Mezuki y Saragi era en su intelecto, pues las dos sabían responder acertadamente a los profesores. Gin, en cambio, lo hacía correctamente, pero de manera tosca, lo que la hizo acreedora a unas cuantas miradas desaprobatorias. Para la hora de salida, toda la escuela sabía acerca de las nuevas estudiantes.

—Esas Hoshi ya son famosas —dijo Nagase a modo de queja, subiendo a su moto —Pronto les harán un club de fans, ¡qué fastidio!

Fuji sonrió a medias, con nerviosismo. Se imaginó que eso, en vez de halagar a las chicas Hoshi, les provocaría pánico.

—Bien, vamos al trabajo —Nagase se puso el casco —Llegaremos tarde.

Fuji asintió y montó su bicicleta.

El día en el restaurante estuvo bien para ambos chicos en general. Al menos casi todo.

—Bienvenida al Akimomo, ¿en qué puedo servirle? —ofreció Nagase a una mujer joven recién llegada, que por cierto era bastante hermosa.

—Bueno, quisiera un okonomiyaki de cerdo, por favor —ordenó la mujer, arrugando su oscuro ceño —Y un vaso de té helado.

—A la orden —Nagase anotó el pedido y fue a entregar el papel a la cocina justo cuando Fuji salía —¿Otro pedido a domicilio? —se extrañó —¡Ya llevas tres seguidos!

—Ni modo, así es el trabajo —Fuji se encogió de hombros y dejó el restaurante por la puerta trasera, manejando con cuidado la caja que cargaba —¡Nos vemos, Naga–kun!

Esa frase hizo que la mujer recién atendida por Nagase, de larga cabellera de un tono rubio dorado brillante, arqueara una ceja y desviara la vista al ventanal que daba a la calle, por donde pudo verse a Fuji segundos después avanzar a toda velocidad en su bicicleta.

—Aquí tiene, señorita —Nagase la sacó de sus pensamientos al llevarle su orden —¿Desea algo más?

—No por el momento, gracias —la mujer fijó la vista en el plato.

Nagase se fue a atender otras mesas. La mujer, en tanto, comió su orden, terminó y pidió la cuenta para retirarse de allí lo más pronto posible.

&&&

—Hasta mañana, Naga–kun.

Fuji vio alejarse a su amigo al final de la jornada con semblante algo cansado. Ese día había sido muy ajetreado y lo único que quería era descansar. Se trepó a su bicicleta y se fue a ritmo lento, debido al cansancio. Llegó a casa de las Hoshi casi a las diez de la noche.

—Y aún me quedan tareas qué hacer —recordó, entrando a la casa a paso lento, con su mochila al hombro —Subiré y descansaré un rato antes de empezarlas.

Iba a subir la escalera, pero un gruñido de su estómago lo detuvo.

—Mejor cenaré algo —decidió y se encaminó a la cocina.

—¿Llegaste, niño? —escuchó que preguntaba la voz de Wodaka al pasar delante de la puerta de su dormitorio.

—Sí, Wodaka–san —respondió Fuji, deteniéndose un instante —¿Se te ofrece algo?

—No, nada más quería saber —contestó la rubia.

Fuji se encogió de hombros y siguió andando. Ya en la cocina, se animó un poco para poder calentarse la ración de cena que Zukure le había dejado. Cuando estuvo lista, la comió allí mismo con ansiedad, y cuando terminó, lavó el plato que había usado y lo acomodó en su sitio antes de salir de allí y dirigirse a su dormitorio. Llegó a ella medio dormido, pero se obligó a despabilarse para sacar algunos útiles de la mochila y ponerse a resolver sus tareas. No eran muchas, pero la mayoría eran de Matemáticas y la materia no se le facilitaba. Al cabo de media hora y muchos borrones después logró terminar, pero se quedó dormido sobre las libretas.

&&&

Un agudo sonido sacó a Fuji de su letargo. Eso y un rayo de sol en la cara.

—¿Qué pasa? —soltó en voz alta, fastidiado, para luego levantarse de golpe —¿Pues qué hora es? —se preguntó, al ver el sol entrar por la ventana del dormitorio.

Miró el despertador. ¡Ya era hora de marcharse a clases! Revisó las libretas que había usado de almohada, las metió todas a la mochila sin miramientos y luego de pasar al baño a peinarse un poco, bajó corriendo la escalera. Encontró a todas en el comedor, desayunando.

—Buenos días —saludó apurado, tomando asiento —Siento la tardanza.

—No hay problema —aseguró Zukure.

—¿Te sientes bien? —preguntó de pronto Wodaka —Te ves cansado, niño.

—No es nada, es que… —Fuji contuvo un bostezo antes de proseguir —Ayer fue un día agitado en el trabajo, es todo.

Wodaka arqueó una ceja, algo incrédula, pero no comentó más. Las demás chicas, menos Zukure, hicieron leves gestos de sorpresa. Ignoraban que Fuji trabajara.

—Por cierto, Fuji–kun, no lo he preguntado —recordó Zukure —¿En qué trabajas?

—¿Qué? —a Fuji la pregunta lo tomó desprevenido. Y algo adormilado también —¡Ah, mi trabajo! Soy repartidor en un restaurante.

—Eso explica porqué cuando te conocí, le traías la comida a Saragi —meditó Wodaka en voz alta —No me acordaba de eso.

—Ah, sí, ya recuerdo —Zukure sonrió—Cuando nos vimos la primera vez, mencionaste algo de un pedido de comida. ¡Sí que soy despistada! —añadió, riendo un poco.

—No te preocupes, Zukure–san —le dijo Fuji —No es la gran cosa.

Terminaron de desayunar y cada uno se fue a lo suyo. Fuji, Saragi, Mezuki y Gin se fueron al mismo tiempo a la escuela, pero Gin se quedó atrás porque ella usaba sus patines en línea como medio de transporte y andaba más lento. A Saragi y Mezuki no les importó, pero a Fuji sí y se retrasó un poco para quedar a su lado.

—¿No te cansas mucho, Gin–san? —le preguntó.

—No —respondió la pelirroja secamente.

—Ah, ¿y porqué no usas una bicicleta como Hoshi–san y Mezuki–san?

—Nunca voy a ser como ellas —espetó Gin y para sorpresa de Fuji, aceleró el paso.

El chico se apresuró a alcanzarla y cuando lo logró, habían llegado a la escuela. Gin se fue sin más al área de guetabakos, mientras que Fuji tuvo que pasar antes a dejar su bicicleta. Estando en el salón de clases, vio cómo Saragi estaba en su sitio, leyendo, Mezuki charlaba con un par de chicas mientras que Gin dejaba su mochila sobre su banca con un golpe seco. El muchacho se fue a su lugar justo cuando entraba el profesor, pero se quedó con una duda, ¿le había dicho algo a Gin para que se viera tan… enfadada?

&&&

Era la última clase del día, la de Deportes. Chicos y chicas lucían uniformes idénticos, consistentes en pantalones cortos color verde con líneas amarillas en los costados y playeras blancas, pero la diferencia es que los pantalones cortos de los chicos eran un poco más largos que los de las chicas. El grupo entero había sido dividido por el profesor en cuatro equipos, para una práctica de béisbol y fútbol conjunta.

—Veamos, atención —volvió a llamar el profesor —Equipo rojo de chicas y equipo azul de chicos, a la cancha de fútbol. Los restantes, en la de béisbol.

Los alumnos obedecieron, aunque varios de los chicos del equipo azul hicieron muecas de desagrado. Querían ver qué tan buenas eran las Hoshi en deportes y éstas habían quedado en el equipo de chicas que jugaría béisbol.

—¡Vamos! —se impacientó Nagase, frotándose las manos. Él, Fuji y Shinto habían quedado en el equipo rojo de chicos —¡Tengo ganas de golpear algo! —soltó con una sonrisa medio sádica.

—Haraki, si te consuela, te dejaremos batear primero —le informó un compañero de cabello negro y ojos castaños.

Nagase sonrió más ampliamente, asustando a más de uno de sus compañeros.

—Bien, las chicas batean primero —comunicó el profesor —A los tres outs, hay cambio, sin importar las carreras. Y gana el equipo con más carreras, ¿entendido?

Los alumnos en la cancha de béisbol asintieron y el profesor se fue a supervisar a los que jugarían fútbol. Así las cosas, las chicas se reunieron para ponerse de acuerdo.

—Esto no me agrada para nada —masculló una chica de corto cabello castaño oscuro —¿Porqué tenía que tocarnos contra el equipo de Kinokaze?

—Sí, eso es mala suerte —otra chica, ésta de cabello ondulado peinado en una cola de caballo, hizo una mueca —Será el más despistado del mundo, pero lanza muy bien.

—Bueno, ya —pidió otra chica, de cabello castaño claro —¿Quién batea primero?

—Que lo haga Gin —ofreció Mezuki sin más.

—Sí, que lo haga ella —apoyó Saragi.

—Oigan, ¿y a ustedes qué les pasa? —se molestó Gin, frunciendo el ceño.

—¿Es buena? —quiso saber la chica de la cola de caballo.

—Déjala batear y lo verás —dijo Mezuki en tono retador —Si no logra un home run con Kinokaze, limpio el salón en lo que queda de la semana.

—Hecho.

La chica de la cola de caballo tendió una mano y Mezuki se la estrechó en señal de acuerdo.

—Oye, ni siquiera me pidieron opinión —se quejó la aludida —Mejor que empiece ella —y señaló a Mezuki furiosamente —¿O acaso tienes miedo, hermanita?

Mezuki se ofendió, cosa que Saragi notó de inmediato.

—Anda, hermanita, hagamos un trato —continuó Gin, esbozando una sonrisa maliciosa —Si bateas con Kinokaze y logras llegar al menos a primera base, yo limpio el salón durante dos semanas. Y si yo logro el home run que mencionaste hace rato, aparte de limpiar el salón una semana, tendrás que hacer mis tareas de Literatura en esos días.

Mezuki la miró asombrada. ¿Cómo es que siempre terminaban ella y Gin así?

—De acuerdo —espetó con furia contenida y ambas gemelas se dieron la mano.

—No podía faltar esto —susurró Saragi cansinamente.

Así las cosas, pronto inició el partido de bésibol. Como pronosticaron las chicas, el lanzador era Fuji, que se había puesto una vieja gorra roja en la cabeza para evitar que el sol le diera en los ojos. Mezuki, aferrando con fuerza el bate, lo miró fijamente, casi sin parpadear.

—¡Sácala, Fuji! —animó Nagase desde primera base.

Shinto se limitó a sonreír desde el jardín central.

Fuji cerró los ojos, respiró hondo y tomó su posición. Todos se pusieron atentos a lo que fuera que pasara y Mezuki más, puesto que pesaba sobre ella la reciente apuesta con Gin. Y apenas había visto que Fuji hacía el lanzamiento cuando sintió algo que le rozaba la cara.

—¡Bola uno! —gritó Esaki en el papel de árbitro.

Mezuki maldijo su mala suerte, al tiempo que intentaba comprender cómo es que no vio pasar la pelota. Se concentró aún más, sin apartar los ojos de Fuji, quien volvía a tener la pelota en las manos y se preparaba para lanzar de nuevo. Esta vez Mezuki sí vio la pelota, por lo que bateó con todas sus fuerzas, pero…

—Primer strike —anunció Esaki, cosa que puso más nerviosas a las chicas del equipo, menos a Gin, quien sonreía ligeramente.

El receptor, un chico de cabello castaño y lacio, le regresó la bola a Fuji.

—A este paso, tendremos el primer out muy pronto —musitó Nagase en su base.

Y tal como predijo, sucedió. Mezuki, a pesar de sus esfuerzos, no pudo darle a la bola ni una sola vez. En el último lanzamiento que Fuji le dedicó, pareció que lo lograría, pero en el último minuto bateó antes de tiempo, abanicando penosamente.

—Tercer strike, fuera —Esaki sonreía al ver que una de las Hoshi no era tan buena como pretendía —Primer out.

Los chicos del equipo dieron un grito de triunfo, pensando que sería pan comido ganar, mientras que Mezuki regresaba con sus compañeras a enfrentar el gesto altanero de su gemela, que luciendo en la cabeza una gastada gorra blanca con una flor roja, agarró un bate y caminó a home con absoluta confianza.

Fuji la observó tomar posición y luego miró las señas que le hacía el receptor de lanzar una bola lenta. Negó con la cabeza apenas, puesto que por cómo se plantaba Gin en home, presentía que ella era mejor que Mezuki. Así que cuando el receptor le indicó que lanzara una curva rápida, asintió con convicción. Era uno de sus mejores lanzamientos. Se preparó, lanzó con fuerza y… la bola, para su sorpresa, salió volando por encima de su cabeza.

Todos se quedaron con la boca abierta. Gin había logrado batear un lanzamiento de Fuji sin la menor dificultad. La chica se dedicó a correr a primera base a toda prisa, pero aminoró el paso cuando contempló, con satisfacción, que la bola salía del campo… y le daba en la cabeza a uno de los chicos que corría por la cancha de fútbol. Claro que lo del golpe al chico no lo notó, pues estaba más ocupada en dar saltos de alegría y recorrer las bases ante la mirada atónita de sus compañeros. Fuji, a pesar de la sorpresa, no pudo evitar sonreír alegremente. Era la primera vez que veía a Gin tan contenta, sin esa permanente mueca de enfado.

Las chicas del equipo azul gritaban enloquecidas, felicitando a Gin. Saragi estaba callada, observando la escena como si le aburriera, mientras que Mezuki veía mentalmente lo que tendría que trabajar en lo que le quedaba de semana. Gin llegó a home, recogió su bate y se quitó la gorra, sacudiendo la cabeza con regocijo.

Sin poder creérsela, los chicos le gritaron a Fuji que tenía que sacar a las siguientes sin miramientos, cosa que a Fuji no le hizo gracia. Pero prometió hacer lo que pudiera.

Por eso fue que consiguió su objetivo. Las chicas, eufóricas, se habían olvidado de mandar a alguien que supiera batear y Fuji eliminó a las siguientes dos, consiguiendo con eso los dos outs que les hacían falta para el cambio. Ahora era el turno de los chicos de batear, y muy a su pesar, Gin se ofreció a lanzar, pues sus compañeras le dedicaron miradas suplicantes. Saragi y Mezuki parecían un tanto fastidiadas por toda la atención que Gin estaba consiguiendo, mientras que Nagase estaba impaciente por batear.

—No vayas a ser muy duro, Naga–kun —recomendó Fuji.

—Oh, vamos, hay que mostrarles quiénes mandan —bromeó Nagase, arqueando las cejas —Además, ¿crees que alguna me dará un buen lanzamiento?

Shinto, a un lado de sus amigos, sonrió con la vista en el campo.

—Yo que tú pensaba antes de hablar —sugirió.

Nagase se encogió de hombros, pero recordó esas palabras a la hora de batear, cuando Gin Hoshi le hizo el primer strike. La bola que le había lanzado era rápida y cerrada, cosa que lo había desconcertado, por lo que estuvo atento al siguiente lanzamiento. No le sirvió de mucho: las siguientes bolas de Gin fueron muy similares a la primera.

—Tercer strike, fuera —anunció Esaki, bastante sorprendido —Primer out.

Las chicas creyeron que podrían lograr ese turno en el montículo sin una carrera, pero no contaban con que mandaran a Fuji como segundo bateador. Se preocuparon, porque para variar, nadie lo había visto batear.

Gin lo vio plantarse en home con lentitud, pero con firmeza, lo que le indicó que no estaba tratando con un novato. Ese chico sabía jugar. Así que cuando la receptora le hizo una seña de una bola alta, negó, ya que Fuji era alto. Fue hasta la tercera seña de la receptora que asintió con una sonrisa y lanzó.

Fuji detectó el movimiento del brazo justo a tiempo para saber qué clase de lanzamiento era, por lo que se inclinó un poco hacia delante y bateó. Se oyó un fuerte golpe y la pelota salió disparada. Mientras Gin seguía la trayectoria de la bola con atención, Fuji recorría las bases con energía, aunque con aspecto claramente sofocado. Solamente desminuyó la velocidad cuando oyó el grito entusiasta de Nagase.

—¡Home run, Fuji! ¡Fue home run!

Fuji sonrió con agotamiento y al llegar a home, sus compañeros le dedicaron un breve aplauso. Las chicas ya lo tenían claro: ganar el partido (si lo lograban) les costaría mucho trabajo.

&&&

—¿Quién fue? —espetó un muchacho cuando acabó la clase, a la hora de reunirse —¿Quién fue el que me pegó con una bola de béisbol?

El profesor miró a los equipos que habían jugado béisbol, pidiendo explicaciones.

—Fue Gin —respondió Mezuki de inmediato —Bateó un home run.

Gin la fulminó con la mirada, mientras que los demás la veían con asombro.

—¿No te interesaría algún club de la escuela, Hoshi–san? —inquirió el profesor

Pero luego de dedicarle un gesto de enfado a su gemela, Gin se había retirado a los vestidores de las chicas, sin hacerle caso a nadie más.

—Sí que tiene mal carácter —se fijó Nagase.

Shinto había seguido con la vista a Gin y de pronto, sonrió.

—Fuji, qué malo eres —dijo en tono bromista —La pusiste triste.

—¿A quién? —se extrañó el aludido.

Shinto se encogió de hombros.

—No importa —aseguró, sonriendo levemente.

Eso dejó a Fuji aún más desconcertado, sentimiento que le duró hasta la salida de clases. Mezuki, luego de cambiarse, fue al salón de clases con utensilios de limpieza en mano, mascullando en voz baja, y Saragi nada más le dedicó un gesto de ánimo antes de irse. Como de costumbre, no esperó a Fuji, quien se fue minutos después, pensativo.

Papá, mamá, acabo de descubrir algo nuevo sobre Gin–san: es buena en deportes. ¿Qué digo buena? ¡Excelente! Sólo que se enojó aún más de lo que estaba por la mañana… ¿Qué le habrá pasado? ¿Acaso dije o hice algo malo? Quisiera saberlo, para disculparme…

Fuji llegó a casa y dejó la bicicleta encadenada a un árbol cercanos justo cuando Zukure salía, con su tubo de plástico rosa oscuro a la espalda y su casco en las manos. Lo miró y lo saludó.

—Hola, Fuji–kun, ¿cómo te fue hoy?

—Hola, Zukure–san —respondió el chico, sonriendo a medias —Me fue bien, gracias. ¿Ya te vas a clases?

Zukure asintió y fue a la cochera. Fuji se puso a recordar el fin de semana, durante el cual se había enterado de más cosas de las Hoshi: ya sabía, por ejemplo, que Zukure estaba en la universidad, acababa de entrar, mientras que Wodaka era periodista independiente y por eso se la pasaba mucho tiempo en su dormitorio, sentada ante la computadora.

—¿Porqué no metes tu bicicleta, Fuji–kun? —quiso saber Zukure, cuando sacaba su motoneta de la cochera —Hay suficiente espacio.

—¿En serio, la puedo meter? —se sorprendió Fuji.

Zukure sonrió tiernamente ante la cara de Fuji.

—Sí, la puedes meter —confirmó Zukure, poniéndose el casco y subiendo a la motoneta —Por cierto, te recomiendo que no te le acerques mucho a Gin. Anda molesta.

Eso a Fuji lo preocupó, pues le confirmaba que algo había hecho él para ponerla así. Viendo cómo Zukure se perdía de vista, llevó su bicicleta a la cochera, uno de los pocos sitios que todavía no conocía.

Era un sitio razonablemente grande, con espacio para dos autos, aunque solamente estaba el convertible amarillo de Wodaka. El espacio para el otro auto estaba ocupado a medias por las bicicletas de Mezuki y Saragi, y una pequeña mancha de aceite en el piso, junto a ellas, indicó el lugar de la motoneta de Zukure. Fuji llevó su bicicleta hasta el fondo y salió, para entrar a la casa. Estaba cansado, pero tenía que hacer sus tareas antes de ponerse a cocinar, así que subió la escalera y llegó a su dormitorio a poner manos a la obra.

&&&

A la hora de la comida, el ambiente era extraño.

Wodaka sonreía como siempre, a la vez que decía que la comida de Fuji era tan buena como la de Zukure. Saragi se dedicaba a comer en silencio, como también era su costumbre, pero Mezuki y Gin se veían de mal humor. La primera había llegado hacía escasa media hora, quejándose de haberse roto dos uñas, pero Gin era otra cosa. Estaba molesta, sí, pero callada.

—Bueno, y a todo esto… —dijo de pronto Wodaka, cuando terminó de comer —¿Cómo les ha ido en la nueva escuela, chicas?

Miró a las gemelas, que hicieron mohines de fastidio.

—Gracias a ésta —Mezuki movió la cabeza hacia su hermana —tuve que limpiar el salón hoy, ¡y me rompí dos uñas! Justo cuando acababa de arreglármelas…

—No te morirás por ello —susurró Gin, hablando por primera vez.

Mezuki la observó un segundo antes de sonreír con burla.

—Lo dices porque a ti no te importa cómo te veas —espetó —A mí sí.

Gin no contestó, sino que centró su atención en la taza de té que Fuji acababa de servirle. Wodaka suspiró imperceptiblemente y Saragi le dirigió a Mezuki un gesto de triunfo.

—Bueno, no tienen porqué pelear en la mesa —recordó Wodaka de pronto, sosteniendo su té —Háganlo cuando se marchen, pero ahora no. ¡Qué rico! —soltó luego de darle un sorbo al té —¡Bien hecho, niño!

Fuji sonrió un poco, encogiéndose de hombros.

—Esto era lo que necesitaba para terminar la comida en buena forma —Wodaka sonrió —Ahora sí tengo inspiración para ese artículo sobre bebidas que me pidieron.

Y llevándose la taza con ella, se marchó del comedor.

—Wodaka siempre debe salir con alguna tontería —comentó Saragi, bebiendo su té.

—Aunque debes admitir que sus tonterías son más normales —Mezuki hizo una mueca, para luego mirar a Gin —¿O no, enana?

Gin se puso de pie de un salto.

—¡A mí no me vengas con cuentos! —exclamó, furiosa —¡Yo no tengo la culpa de que no sepas batear! Si sabías que no podías, no hubieras aceptado la apuesta desde un principio.

Mezuki se limitó a mirarla altaneramente.

—Es posible —reconoció lentamente —Pero a mí no me batearon un home run.

Gin bajó la cabeza, intentando contener la rabia, para luego dar un fuerte golpe a la mesa con el puño. Pero su golpe provocó que su taza de té se ladeara y que el contenido fuera a caer encima de Fuji, que se sentaba a su lado.

—Mira lo que hiciste, Gorgona tonta —musitó Saragi, al tiempo que Fuji se ponía de pie y agitaba una mano, sobre la que había caído la mayor parte del té caliente —Está bien que Kinokaze sea quien bateara el home run, pero no tenías que llegar a tanto.

Gin miró a Fuji un momento, inexpresiva, para luego bajar la cabeza de nueva cuenta, apenada, y salir de allí a toda prisa.

—Sí que es considerada —comentó Mezuki con sarcasmo, bebiendo el resto de su té.

Saragi se quedó callada, terminó su té y también se retiró.

—No se llevan bien, ¿verdad? —inquirió Fuji de pronto.

Mezuki lo miró con extrañeza.

—¿Hablas de Gin y yo? —preguntó a su vez.

Fuji asintió.

—Bueno, eso es obvio —respondió tranquilamente Mezuki, levantándose —Seremos casi iguales físicamente, pero de carácter somos totalmente opuestas. Además… —agregó, deteniéndose un momento antes de seguir —… no me hace gracia tener por hermana a un monstruo que…

—¿Y ahora qué estás diciendo? —interrumpió Gin bruscamente, entrando al comedor con una caja pequeña en las manos.

Mezuki vio que Gin estaba más calmada, pero seguía molesta, así que se encogió de hombros y se fue, aunque le susurró al pasar a su lado.

—Acuérdate siempre que eres un monstruo, Gin, por favor.

Gin la miró sin comprender, pero con evidente cólera. Mezuki la ignoró por completo y se marchó a su dormitorio.

—¡Esa presumida…! —musitó, bajando la vista.

—Gin–san, lo siento.

Gin levantó la mirada. Fuji se estaba inclinando ante ella.

—¿Y eso? —quiso saber.

—No quise molestarte —siguió Fuji, enderezándose —Me refiero a… esta mañana… y a la clase de Deportes… Yo no…

Gin lo observó un instante antes de desviar la vista y hacer una mueca.

—No hay de qué disculparse —aseguró en tono brusco —Yo… a veces me enfado por nada. Yo… así soy —terminó, sin saber qué más decir.

—¿Entonces no estás molesta? —insistió Fuji.

—¡No! Quiero decir, sí… ¡Ya no sé! —Gin se sentó en el suelo, cerca de la entrada del comedor, con la vista perdida —Es decir… Para algo en lo que soy mejor que Mezuki, me vencen frente a ella, ¡eso me molesta! Aunque bien pensado… Creo que me divertí.

Fuji supo que hablaba de la clase de Deportes. Luego se fijó en la caja que llevaba.

—¿Para qué es esa caja, Gin–san?

—¿Qué? —Gin se miró las manos y se puso de pie —¡Ah, sí! Es que yo… —titubeó, mordiéndose un labio —Bueno, por lo del té… Siento… La traje por si hacía falta —dejó la caja sobre la mesa y se dio la vuelta —Lo siento —dijo, antes de salir de allí.

Fuji la vio irse sin comprender, para luego mirar la caja. Era el botiquín que había visto en el baño del piso superior en días pasados. Pensó que era un buen gesto de parte de Gin y viendo que su mano mojada por el té se ponía rojiza, se dedicó a buscar algo para curarla.

En tanto, Gin se había ido a su cuarto, a hacer sus tareas, pero pensando un poco en lo que le había dicho Mezuki minutos antes. Le dio un furioso puñetazo a un cojín rojo que tenía cerca, que en el centro tenía una flor blanca a medio hacer. ¿Por qué? ¿Por qué su propia hermana tenía que recordarle a cada minuto lo que ella era? Para eso no hacía falta Mezuki, claro que no. Lo único que necesitaba para recordárselo era esa argolla de plata que siempre llevaba en el dedo medio de la mano derecha. Eso y el cojín que sin querer, acababa de golpear con toda su fuerza.

Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [05/?]
« Respuesta #17 en: Diciembre 22, 2010, 06:23:07 pm »
ahhh que gran juego si que me gusto
bueno espero el proximo capitulo con un poquito de paciencia solo un poquito
estubo buenisimo!! sigue asi!! XD


 

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Re:Telaraña [05/?]
« Respuesta #18 en: Diciembre 23, 2010, 07:30:25 pm »
 :ahh: nunka me imagine a Gin de ese modo XD y ke es es Gin ke tanto se lo recuerda su ermanaa ?? bell aki esperamos XD


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Re:Telaraña [06/?]
« Respuesta #19 en: Diciembre 27, 2010, 09:41:40 pm »
Seis: A conocer.

Los días pasaron con relativa normalidad en casa de las Hoshi. Fuji había aprendido, poco a poco, a tratar a cada chica, más que nada por el carácter de cada una. Cosa que estaba descubriendo también, tenía que ver mucho con su signo.

Wodaka, por ejemplo, era la perfección andante, rasgo que compartían la mayoría de las personas del signo de Virgo. A pesar del carácter despreocupado que tenía, no aceptaba que algo se diera contrario a sus reglas y siempre quería ver todo en orden. Su dormitorio era el mejor ejemplo de ello, pues siempre que Fuji podía echarle un vistazo camino a la cocina, lo veía impecable. El chico pensaba que Wodaka era una contradicción en sí.

Zukure, por otra parte, tenía claramente el espíritu hogareño de casi todos los Cáncer. Las tareas domésticas, a pesar de molestarla en ocasiones, las hacía con gusto. Fuji pensaba que ella era tímida, pero básicamente bondadosa.

Saragi era otra cosa. Fuji había descubierto que su símbolo era un pez, pero no supo a qué signo pertenecía sino hasta el día siguiente de verla transformada. Saragi era la Hoshi maldita con Piscis, lo que luego de informarse bien, le explicó a Fuji porqué podía cambiar de humor tan súbitamente: los Piscis se suponía que eran muy inestables. Así las cosas, supuso que para caerle bien, debía ser paciente, porque Saragi no lo demostraría de inmediato.

Las que seguían siendo un misterio para él eran Mezuki y Gin, al menos respecto a la maldición. Sabía que Gin la tenía, pero de Mezuki lo ignoraba y consideraba descortés preguntárselo directamente. Aún así, pronto vio que ambas eran astutas y tenían varias formas de conseguir lo que querían, con la diferencia de que Gin era más brusca a la hora de actuar. Mezuki, por su parte, le daba demasiada importancia a su aspecto y su inteligencia, cosa que sacaba de quicio a su gemela. Agregándole eso que las dos hermanas no se llevaban bien, estar con ellas en una misma habitación equivalía a prepararse para lo que fuera.

Como resultado, Fuji estaba aprendiendo, sin darse cuenta, a convivir con distintos tipos de personas a la vez, aunque si lo pensaba bien, no le era tan difícil. Todas las chicas, cada una a su manera, estaban siendo amables con él y eso lo impulsaba a hacer que su presencia no las incomodara. Además, siempre le había gustado hacer amigos, fueran como fueran.

—Oye, Kinokaze —llamó Saragi de pronto, un domingo por la mañana —Voy a salir, ¿podrías avisarle a Wodaka y a Zukure?

—Wodaka–san y Zukure–san salieron —informó Fuji, lavando los platos del desayuno.

Saragi hizo una mueca.

—Bueno, de todas formas aviso —dijo y se marchó.

Fuji encogió los hombros y siguió con lo suyo, antes de ir a su dormitorio. Necesitaba acabar tareas de Matemáticas y de sólo pensarlo, sentía fastidio. Los números nunca habían sido su fuerte.

—¿Saragi salió? —le preguntó entonces Mezuki, que recién entraba a la cocina.

—Sí, hace un momento —respondió Fuji, secándose las manos.

Mezuki hizo una mueca.

—Vaya, y yo que quería que me ayudara con Historia Antigua… —se lamentó.

—Mezuki–san —llamó Fuji al oírla —Yo puedo ayudarte.

—¿Disculpa? —se asombró Mezuki.

—Es decir, si no te importa, yo te ayudo con Historia Antigua. Es mi mejor materia.

Mezuki lo contempló con incredulidad.

—De acuerdo —suspiró, sin quedarle de otra —¿Hay algo que pueda hacer por ti?

—Pues… —Fuji dudó, pero se decidió a comentar —Yo no soy bueno en Matemáticas.

Al oír eso, Mezuki soltó una carcajada.

—A mí no me veas para eso —pidió, sonriente —La buena para los números es Gin. ¿Quién lo diría, eh? Con las calificaciones que tiene en todo lo demás…

Y siguió riendo, pero al menos Fuji ya sabía a quién podría pedirle ayuda para resolver sus tareas. Sólo había que encontrar la forma de hacerlo sin que Gin se molestara.

—Muy bien, subamos —dijo Mezuki sin más, con un vaso de jugo de naranja en la mano —Quiero acabar con la tarea pronto, voy a salir.

—¿Vas a alguna parte en especial, Mezuki–san? —inquirió Fuji con cautela.

—Voy a la Casa Grande —respondió la chica con seriedad —A saludar a mi madre.

Fuji asintió y no preguntó más. Pronto llegaron a la puerta de la habitación de Mezuki, que quedaba frente a la de Saragi y que ostentaba un letrero gris con letras blancas que decía Mezu–chan. El letrero tenía forma de dos chicas colocadas de perfil, dándose la espalda.

—Bien, trae tus libros y te espero aquí —indicó Mezuki, entrando a su habitación.

Fuji fue a su cuarto por lo necesario y regresó pronto, llamando antes de entrar.

—Aquí estoy, Mezuki–san —anunció, abriendo la puerta.

—Sí, sí, entra —Mezuki ni lo miraba, estaba sentada a una mesa leyendo su propio libro de texto, con gesto concentrado.

La habitación de Mezuki era en una palabra, indiferente. Las paredes eran blancas, pero la mayor parte de la decoración era en distintos tonos de gris. A Fuji ese color no le gustaba, se le hacía demasiado triste, y se preguntó porqué un color así le gustaría a Mezuki. Además, no pudo evitar notar que había varias revistas de moda en la cama, abiertas de par en par, y un par de libretas en el suelo, también abiertas.

—Ve dónde sentarte y comencemos —dijo ella.

Fuji obedeció y tomando un cojín enorme gris claro, se sentó en el suelo. Preguntó en qué podía ayudar y fue la pauta para que Mezuki dejara de atender su libro y le hiciera varias preguntas. Fuji las respondió todas, en tanto Mezuki tomaba notas, y así estuvieron alrededor de media hora. Al terminar de preguntar, Mezuki revisó las notas que tenía y sonrió.

—Vaya, por fin estoy comprendiendo —comentó, sonriendo —Gracias, Kinokaze.

—De nada —Fuji se puso de pie —Disculpa, ¿crees que Gin–san esté ocupada?

—Si está de humor, seguro que sí —Mezuki se encogió de hombros —Aprovecha esas rachas en su ánimo para hacer sus tareas, ¿sabes?

Fuji asintió y salió del dormitorio, dudando si ir a llamar a la puerta de Gin o no. Fue a dejar sus cosas de Historia Antigua y tomando las de Matemáticas, atravesó el pasillo.

—¿Quién? —se oyó preguntar a Gin.

—Yo, Gin–san —respondió Fuji —¿Puedo pasar?

—Ajá —respondió la chica luego de un segundo de silencio.

Fuji abrió la puerta y asomó la cabeza. Encontró a Gin sentada en el suelo, a un lado tenía su mochila roja abierta y frente a ella, estaban algunas libretas abiertas. La joven se veía concentrada en lo que hacía.

—¿Qué quieres? —preguntó bruscamente.

—Ah, yo… Bueno, si estás ocupada, regreso luego —ofreció Fuji.

—Ya estás aquí, ¿qué quieres?

Fuji no supo si lo preguntaba de manera curiosa o interesada, pero de todas formas respondió con amabilidad.

—Ah, de acuerdo. Mezuki–san dice que eres buena en Matemáticas, así que… Bueno, quisiera saber si podrías ayudarme.

Gin, que anotaba algo en una de sus libretas en ese momento, detuvo su mano y levantó la vista, entre desconcertada e incrédula.

—¿Así que Mezuki dijo eso? —comentó, sonriendo un poco —Vaya, totalmente hueca de la cabeza no está —rió un poco antes de volver la vista a lo que escribía —Sí, bueno, siéntate. Termino con esto y te ayudo.

Fuji obedeció al instante, abriendo sus cuadernos luego de sentarse para tener todo listo en cuanto Gin terminara. Viendo de reojo, descubrió que hacía la tarea de Literatura. La chica escribió un par de líneas más antes de cerrar la libreta y hacerla a un lado.

—Eso ya está —declaró, algo fastidiada —No sé porqué nos ponen a estudiar ese tipo de cosas, si luego no nos van a servir… —se detuvo, inclinó la cabeza con aspecto pensativo y, según Fuji, triste —Muy bien, Matemáticas —tomó la otra libreta abierta frente a ella y se la puso en el regazo —¿Exactamente qué no entiendes?

Fuji vio sus propios apuntes y le explicó exactamente su duda. Gin no tardó ni diez minutos en aclarársela y Fuji, con asombro, logró resolver la tarea más pronto de lo que solía hacerlo. Eso le arrancó una gran sonrisa.

—Muchas gracias, Gin–san —dijo, dispuesto a retirarse —Y siento mucho la molestia.

—No hay cuidado —aseguró Gin en un tono de voz más suave que el que Fuji siempre le oía —Por cierto, ¿a qué hora comemos?

Fuji miró su reloj de pulso y vio que casi sería hora de comer. Todo ese asunto de las tareas le había llevado más tiempo del que pensaba.

—Prepararé algo ahora —indicó —Zukure–san dijo que ella lo haría, pero ella y Wodaka–san no han vuelto, así que tardaré un poco. Como en media hora.

—Muy bien —Gin rebuscó en su mochila y sacó otra libreta —Eso me dará tiempo para la tarea de Biología.

Fuji la dejó y bajó a preparar la comida. Estaba terminando cuando llegó Saragi y entró a la cocina a paso lento.

—¿No han llegado Wodaka y Zukure? —inquirió.

—No, Hoshi–san —respondió Fuji.

La chica hizo una mueca, acercándose al refrigerador.

—Esto sí que es raro… —musitó, sacando una lata de té helado —Cuando esté la comida, me avisas —pidió y salió.

Minutos después, se oyó a alguien bajar la escalera y una voz gritó.

—¡Voy a salir, llego para la cena! —era Mezuki, quien después abrió la puerta principal y la cerró con fuerza, como reafirmando sus palabras.

Fuji entonces calculó los lugares en la mesa y sirvió, para luego llamar a las chicas a comer. Saragi bajó en silencio y calmadamente, pero Gin no. Ella llegó algo apurada y al ver la comida, la saboreó con entusiasmo.

—Mezuki tiene razón contigo —musitó Saragi después de un rato —Siempre tienes hambre, Gorgona tonta.

—No me arruines la tarde —pidió Gin de mala gana, y siguió comiendo.

—Por cierto, Kinokaze —llamó Saragi —¿Sabes a dónde fue Mezuki?

—Creo que dijo que iría a ver a su madre —respondió Fuji.

—¿Y tú porqué no fuiste? —le preguntó Saragi a Gin.

Ésta, por toda respuesta, acabó con su ración, hizo el plato a un lado y se paró.

—Gracias por la comida —dijo sin mirar a nadie y salió del comedor.

—Creo que no debí preguntar —opinó Saragi en voz baja, soltando un breve suspiro —Como si no me supiera la respuesta…

Fuji se intrigó por eso, ¿acaso Gin no quería ver a su madre? Él pensó en su propia madre, en cómo cuando se separaban por algún viaje de negocios de ella, él siempre corría a su encuentro cuando volvía. ¿Cómo podía haber alguien que no quisiera ver a su madre?

Siguió pensando en eso cuando horas después, Mezuki volvió, con bolsas de papel en las manos y una sonrisa radiante. Se veía contenta.

—Kinokaze, ¿me ayudarías a subir esto? —pidió cuando vio al chico salir de la sala.

—Sí, claro —Fuji tomó una de las bolsas de papel y logró ver que una de ellas tenía varios objetos de color rojo —¿Fuiste de compras, Mezuki–san?

—No, son cosas de Gin que seguían en la Casa Grande —respondió ella, alzando la vista —Mamá las sacó y me pidió traérselas.

Por estar mirando otro lado, Mezuki no vio cómo Fuji le tomaba la mano por un segundo para quitarle suavemente una de las bolsas y se dio cuenta hasta que un torbellino la rodeó.

—¡Ah, genial! —exclamó, algo enfadada.

Fuji miró a la chica un instante, sin saber qué decir, ¿Mezuki también estaba maldita? En ese caso, ¿cuál era su signo? Creyó saberlo cuando el torbellino se disipó, para dar paso a Mezuki con un aspecto de diez años. Era idéntica a la forma que había adquirido Gin cuando la conoció.

—Lo siento, Mezuki–san —se disculpó el chico de inmediato —Yo… No sabía…

—Sí, es cierto, no sabías —admitió Mezuki con voz infantil, dando un suspiro —Anda, ayúdame a subir esto. Primero a mi habitación y luego a llevarle lo suyo a Gin, ¿te parece? No me hace gracia que me vea así.

Fuji asintió, aunque tenía que cargar ahora las dos bolsas pues Mezuki estaba ocupada en evitar tropezarse con la orilla del vestido blanco estampado con flores grises que llevaba. Al fin, al entrar en la habitación de la chica, el torbellino la rodeó y volvió a la normalidad.

—Eso fue rápido —comentó ella, sentándose en la cama —Casi siempre dura más.

—Mezuki–san… —comenzó Fuji, dubitativo —¿Qué signo eres?

Mezuki lo miró algo extrañada.

—¿No se nota? —soltó, y al ver que Fuji negaba con la cabeza, suspiró y dijo —Soy… Mejor dicho, somos Géminis. Gin y yo.

¡Ah, a eso se refería Wodaka! Recordó cuando la rubia le dijo que no sabía porqué él no dedujo el signo de Gin al verlas a ella y a Mezuki, y ahora sabía la razón de aquella frase. Pensándolo bien, era lógico, pues Géminis era el signo con el símbolo de los Gemelos.

—Claro, que a ella le toca la peor parte —susurró Mezuki con un gesto sombrío —Como si no se lo mereciera… —concluyó, apretando los puños.

Fuji se extrañó por ese comentario, pero no preguntó.

—Oye, hazme un favor y llévale sus cosas —Mezuki señaló una de las bolsas de papel —Y dile que nuestra madre le manda no–saludos —añadió, sonriendo con malicia.

A Fuji no le agradó la forma en la que Mezuki sonrió.

—Eso no es gracioso —susurró en tono duro.

Mezuki se puso seria.

—Mejor no opines, no sabes nada —espetó y le dio la espalda —Llévale eso a Gin.

Fuji se sintió de verdad molesto y tomando la bolsa que Mezuki le indicaba, salió de la habitación. Atravesó el pasillo y llamó a la puerta de Gin.

—¿Quién? —preguntó la voz de Gin distraídamente.

—Yo —respondió secamente Fuji —¿Puedo pasar?

No hubo respuesta, pero en cambio Gin abrió la puerta, con gesto de confusión.

—¿Te sientes bien? —preguntó, extrañada.

Fuji respiró hondo, asintió y le tendió la bolsa.

—Mezuki trajo esto de casa de tu madre —se limitó a decir, para acto seguido entregarle la bolsa, dar media vuelta y bajar.

Gin se sorprendió mucho, primero de verlo enojado y luego de oír cómo llamaba a Mezuki. Revisó el contenido de la bolsa, frunció el ceño y fue al cuarto de su gemela.

—¿Qué quieres? —espetó Mezuki al verla entrar sin anunciarse —¿No te enseñaron a tocar, eh? ¿Y porqué traes esa bolsa?

—Me la mandaste con él —respondió Gin, quien según notó Mezuki, se estaba conteniendo a duras penas —¿Qué le dijiste que se molestó tanto?

—¿Quién, Kinokaze? —Mezuki hizo un gesto de indiferencia —Solamente que mamá te manda no–saludos. No le hizo mucha gracia —añadió antes de echarse a reír.

Gin la fulminó con la mirada antes de dar media vuelta.

—Te importa —dijo Mezuki antes que saliera Gin —Ya me doy cuenta. Pues déjame decirte algo, enana: acuérdate de lo que eres, ¿quieres? Acuérdate siempre.

—Déjame en paz —espetó Gin y salió dando un portazo.

Mientras tanto, Fuji preparaba algo para la cena, en vista de que se hacía tarde y Zukure y Wodaka seguían sin volver. Al mismo tiempo, pensaba en lo que había dicho Mezuki, en cómo disfrutaba molestando a Gin, menospreciándola, haciéndola enojar, ¿acaso Gin le había hecho algo? ¿Acaso la Gin que él conocía no era la real? A él le parecía que Gin era una persona algo tímida y ruda, pero en el fondo muy buena. ¿Acaso estaba haciendo gala de su habitual carácter despistado y la había juzgado mal?

—No le hagas caso.

Se dio la vuelta, sorprendido. Gin estaba parada a la entrada de la cocina, con las manos en los bolsillos de su pantalón deportivo rojo.

—¿Disculpa? —soltó sin pensar.

—Deja que Mezuki diga lo que quiera —Gin fue a pararse cerca de una mesa pequeña y se recargó en ella apoyando las manos —En realidad me da igual… Además, no es una mentira lo que dijo —añadió, bajando ligeramente la mirada.

Fuji dejó lo que estaba haciendo y la miró atentamente. Gin se veía profundamente triste, pero también… ¿culpable?

—Mamá… es una persona algo dura —siguió Gin, sin levantar la vista —Desde que papá… Bueno, desde que papá murió, se volvió peor. Pero conmigo… siempre ha sido igual. No hay que ser genio para saber que su preferida es Mezuki… Por varios motivos…

Gin suspiró profundamente.

—Así que… no te enojes por tonterías —pidió finalmente con voz algo ronca —No vale la pena. No si el motivo soy yo.

Fuji se sorprendió al oírla decir eso, pero no encontraba palabras para decirle algo, cualquier cosa. ¿Cómo era posible que Gin pensara de esa forma?

—Si me enojo… —comenzó lentamente —Si me molesta es porque no me parece justo, Gin–san. A nadie deberían decirle eso… No me imagino a una madre así… La mía era…

Fuji suspiró y dibujó una sutil sonrisa en su rostro.

—Mamá siempre estaba ocupada, pero tenía tiempo para mí —recordó con cariño —Una vez, era mi cumpleaños, pero la llamaron de la oficina. Debía ir a una junta importante. Así que le encargó a papá que ordenara un pastel enorme, me metiera al auto y que la alcanzáramos en la oficina. Cuando acabó su junta, recibió el pastel y dijo que lo comeríamos en su cubículo —Fuji rió un poco —Me gusta recordar ese cumpleaños, fue bonito.

Gin lo observó un momento antes de bajar la mirada.

—Digamos que mamá no es así por estar ocupada —dijo quedamente —Es así porque yo…

—¡Hola, hola! —se oyó la voz de Wodaka desde la entrada —¿Qué pasó mientras no estuvimos, eh? ¡Huele bien!

Fuji dio un respingo al escuchar eso.

—¡La cena! —exclamó, sobresaltado —¡Se me estaba olvidando!

Corrió a la estufa a revisar el guiso, mientras Gin lo veía y negaba con la cabeza.

—Sí que eres despistado —musitó, antes de salir.

Pero por alguna razón, ya no se sentía tan enfadada como antes. Al estar en el pasillo, vio que Wodaka y Zukure entraban, seguidas por alguien más. Era alguien a quien Gin conocía perfectamente, pero no creía posible que estuviera allí.

—Hasta que llegas —comentó Saragi bajando la escalera —¿Dónde estabas, Wodaka?

Pero se quedó paralizada al ver a la persona que acompañaba a sus primas.

—Tuve que resolver algunos asuntos, es todo —respondió Wodaka sin darle mayor importancia —Zukure, vamos a la sala, ¿sí?

La aludida asintió y seguida por su visitante y Wodaka, entró a la sala. Saragi observó aquello con la boca abierta.

—¿Pero qué pasa? —quiso saber Mezuki, bajando la escalera tras Saragi.

—Está aquí… —fue todo lo que logró decir Saragi en voz baja.

Gin estaba congelada, así que se sorprendió mucho cuando tras ella, Fuji salió de la cocina para anuncia la cena.

—¿Qué pasa, Gin–san? —inquirió el chico.

—¡Ah, niño! —Wodaka asomó entonces la cabeza por la entrada de la sala —¿Podrías traer algo de té? Tenemos una visita.

Fuji asintió y regresó a la cocina en el acto. Gin y Saragi seguían con expresión ausente, cosa que a Mezuki no le dio buena espina.

—¿Pero qué pasa? —Mezuki se dirigió a Saragi —¿Quién vino?

Fuji salió en ese momento de la cocina, con una charola, varias tazas y una tetera. Fue eso lo que hizo reaccionar a Gin y Saragi, ya que cuando el chico entró a la sala, lo siguieron en el acto. Mezuki no se quedó atrás y también se sorprendió mucho al ver quién era la visita.

Wodaka y Zukure estaba sentadas a la pequeña mesa de la sala, teniendo entre ellas a una mujer muy hermosa en opinión de Fuji. Era de largo cabello de un tono rubio dorado y brillante, tez clara y cara ovalada. Sus rasgos, muy delicados, la hacían parecer un ángel, y sus ojos azules eran de un tono muy vivo. Vestía un traje sastre color azul oscuro, dándole un aspecto serio e importante.

—Buenas noches —saludó Fuji, sin saber qué más decir.

—Buenas noches, Kinokaze–san —saludó la mujer, sonriendo suavemente. Su voz era amable y melodiosa —Mucho gusto en conocerte. Soy…

—¿Me dejarías a mí las presentaciones, por favor, madre? —pidió Wodaka con una sonrisa que pretendía ser tranquila, pero que le salió un tanto forzada.

Fuji casi deja caer la charola de la impresión, ¿Wodaka había llamado a esa mujer madre? Pues observándolas bien, debía admitir que tenían cierto parecido, más con sus cabellos rubios, pero… ¿porqué la presencia de esa mujer tenía tan perturbadas a las chicas?

—De acuerdo, Wodaka —accedió la mujer, guardando silencio.

Niño, ella es Hoshi Kokoro —presentó Wodaka de manera muy formal, cosa que a Fuji le recordó a cuando le contó sobre la leyenda de la maldición del Zodiaco —Como ya oíste, es mi madre —respiró profundamente antes de continuar —Y además, es miembro del Panteón.

Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [06/?]
« Respuesta #20 en: Diciembre 27, 2010, 10:01:18 pm »
Grandioso ya salio :)
mañana me lo leere sin falta (bostezando del sueño)


 

Desconectado tsukune

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Re:Telaraña [06/?]
« Respuesta #21 en: Diciembre 27, 2010, 11:01:58 pm »
fuji siendo malo en mates y gin enseñandole  :ahh: eso suena a pareja poe bueno bell porke se llevan asip gin y su mama ??? ke paso kon ellas y porke mezuki la trata asip?? fuji comprende a sagari OMG al inicio se llevavan como perros y gatos
a y una ultima kosa la mama de wodoka  :ahh: y es miembro del panteon le va a borrar la memo a fuji eso nu lo agas ni loka bell XD bueno kom sabes aki tenes atu lector siempre ke lo nesecites y esperamos otro kapi kon gusto porcierto kuantos mas tenes listo ??
PD:komo ultimo komente kada ke lea este fic XD


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Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [06/?]
« Respuesta #22 en: Diciembre 28, 2010, 01:17:39 pm »
ahhh esta muy emocionante el capitulo
jajajja tengo casi las mismas dudas que tsukune
porque mezuki trata asi a gin y porque gin no se lleva del todo bn con su madre
jumm lo veremos en el proximo capitulo, hasta pronto
(jajaj esa despedida de serie)


 

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Re:Telaraña [07/?]
« Respuesta #23 en: Enero 01, 2011, 05:04:33 pm »
Siete: La Diosa del Amor.

Fuji se quedó estático. ¿Había escuchado bien? Esa mujer, Kokoro Hoshi, ¿era miembro del Panteón? ¿Y qué hacía allí? ¿Acaso… acaso le borrarían la memoria después de todo?

—Me da gusto poder saludarte en persona, Kinokaze–san —dijo entonces la mujer, inclinando la cabeza respetuosamente —Wodaka me ha hablado bien de ti.

—¿Ah, sí? —se extrañó el chico, saliendo de su ensimismamiento y comenzando a servir el té que había llevado.

—¿No te lo dije, madre? —comentó Wodaka entonces, sonriente —Es algo despistado.

La mujer rió con suavidad, y Fuji notó que no se burlaba, sino que era sincera en hallar aquello algo sumamente gracioso. Tras Fuji, Saragi y las gemelas tomaron asiento.

—Ah, buenas noches, Saragi–san —saludó la madre de Wodaka —¿Cómo has estado?

—Bien, Kokoro–dono —Saragi respondió con frialdad.

—Y ustedes, Gin y Mezuki–san —prosiguió la mujer —¿Les ha ido bien?

—Sí, muy bien —contestó Mezuki con parquedad.

Gin se limitó a asentir sin mirarla a la cara.

—Bien, mi asunto es el siguiente —la mujer se dirigió a Fuji —Kinokaze–san, me han dicho que eres buen chico, ¿puedo pedirte un favor?

—Ah… sí, claro, Hoshi–dono —aceptó Fuji, pensando que después de todo, la madre de Wodaka no se veía mala persona.

La mujer sonrió y asintió.

—Wodaka ya me había informado que eras muy correcto —comentó —En fin, te decía, necesito un favor, ¿conoces la primaria Akiyu?

Fuji abrió mucho los ojos, sorprendido, pero nada comparado a como se pusieron todas las presentes, a excepción de Wodaka, que esbozaba una sonrisa de alivio.

—Sí, la conozco, Hoshi–dono.

—Puedes llamarme Kokoro —indicó la mujer para luego seguir —Mira, lo que necesito es que el próximo martes pases por allí a la hora de salida y recojas a Aishi.

—¿Quién? —dejó escapar Fuji sin poder evitarlo.

De un bolso azul oscuro, Kokoro sacó una fotografía.

—Hoshi Aishi, mi otro hijo —explicó, tendiéndole la fotografía —Necesito que alguien lo recoja y lo cuide ese día. Yo no podré hacerlo.

Fuji tomó la fotografía y la observó largo rato. En ella, vestido con un uniforme marrón con amarillo, estaba un niño de unos diez años, de cabello corto, rubio y ondulado, y ojos castaños redondos y tiernos. Era innegable su parentesco con Kokoro y Wodaka.

—Un minuto —soltó de pronto Saragi, al parecer en uno de sus inusuales arranques de mal genio —¿Vamos a tener a ese… a Aishi en esta casa? Disculpe, Kokoro–dono, pero…

Por toda respuesta, Kokoro estiró una mano y alcanzó la taza de té que Fuji le había servido. Le dio un sorbo, lo saboreó y sonriendo, habló suavemente.

—Sé que Aishi es algo inquieto, pero necesito ese favor. Así que no me lo nieguen.

¡Claro que no iban a negárselo! En primer lugar, era miembro del Panteón, una de las personas más importantes de la familia. En segundo lugar, era madre de Wodaka, quien a su vez era la dueña de la casa y podía dejar que fuera quien ella quisiera, y en tercera… No, era mejor no provocar a Kokoro, puesto que al igual que Wodaka, cuando se ponía exigente no había forma de hacerla cambiar de idea. Si por algo eran madre e hija.

—Nadie se lo niega, Ho… Kokoro–dono —se apresuró a decir Fuji —Lo haré con gusto.

Saragi, Mezuki y Gin, interiormente, por fin estaban de acuerdo en algo: Fuji no sabía en la que se estaba metiendo.

—De acuerdo, muchas gracias —Kokoro le dedicó otra sonrisa a Fuji, esta vez más cálida que las anteriores, antes de beber el resto de su té —Es muy bueno —comentó.

—¿Verdad que sí? —intervino Wodaka.

—Sí, veo que no exagerabas, Wodaka —Kokoro asintió.

—¿Gustas quedarte a cenar, madre? —invitó Wodaka.

Las demás chicas, incluso Zukure, pusieron cara de espanto.

—Si no es molestia… —dijo Kokoro suavemente.

—La verdad… —comenzó Saragi en tono diplomático.

—¡Claro que no, Kokoro–dono! —se le adelantó Fuji, poniéndose de pie —Esperen un momento, voy a servir —y salió de la sala a paso rápido.

Las chicas se miraron entre sí como si temieran algo, cosa que hizo sonreír a Wodaka.

La cena esa noche sería muy entretenida.

&&&

Sentadas a la mesa, las chicas Hoshi contemplaban con absoluto asombro el desarrollo de la situación. Fuji, sin planteárselo siquiera, estaba granjeándose la simpatía de uno de los miembros del Panteón en una sola noche.

El chico estaba haciendo un excelente trabajo. Sirvió la cena, se sentó entre Zukure y Gin y cuando Kokoro le hacía preguntas, respondía amablemente. Al final, parecía que Kokoro se la había pasado bien. Se despidió de todos al terminar de cenar, siendo acompañada por Wodaka a la puerta.

—¿Qué pretendes ahora, madre? —quiso saber Wodaka al estar en el recibidor, fuera del alcance del oído de los demás.

Kokoro sonrió alegremente, acentuando con ese gesto su parecido con su hija.

—Solamente quiero hacer bien mi trabajo —respondió con sencillez —Sabes que tengo voz y voto en ello y aunque en sí no quiero tener que actuar… Necesito bases para ello.

Wodaka lo pensó un momento antes de asentir.

—Eso lo comprendo —afirmó —¿Pero y lo de Ai–chan?

Ante eso, Kokoro rió suavemente.

—Eso es un extra —dijo, alegre —Algo así como una broma.

Wodaka le dedicó una sonrisa resignada.

—Madre, no tienes remedio —aseguró, dándole un beso en la mejilla.

—Tú tampoco, hija mía —respondió Kokoro y luego de eso se despidió con un gesto de mano y subió a un auto muy elegante color vino, en el cual se marchó.

En tanto, Fuji se dedicaba a limpiar el comedor y la cocina, y las chicas se dedicaron a conversar paseándose por el comedor.

—Zukure, ¿sabes qué tiene en mente Kokoro–dono? —preguntó de pronto Saragi.

—No, en realidad no —Zukure sonaba dudosa —Simplemente la encontramos.

—¿La encontraron? —Mezuki se oía incrédula —Eso no es posible.

—Así fue —aseguró Zukure tercamente —Woda–chan y yo salíamos del periódico donde ella entregó su último artículo y fue cuando entraba Kokoro–dono. Mencionó algo de que querían entrevistar a Shimizu–dono e iba en su nombre…

A la mención de aquel nombre, Saragi hizo una mueca.

—Shimizu–dono nunca quiere entrevistas —afirmó.

—Como sea —Zukure parecía incómoda con el tema —Kokoro–dono nos vio, nos saludó y cuando Woda–chan mencionó a Fuji–kun, le interesó verlo en persona. Después de todo, Kokoro–dono fue la persona del Panteón con la que acudiste, Sara–chan.

Saragi se encogió de hombros.

—Es la tradición —se defendió —Ella es actualmente la de más abajo en el Panteón.

—Nadie lo niega, pero piénsalo —Zukure se puso seria —Si Kokoro–dono sigue firme en su decisión de no actuar con Fuji–kun, el caso pasará a Shimizu–dono.

Se hizo el silencio. Fuji, que sin querer se había quedado parado tras la puerta de la cocina mientras las chicas charlaban en el comedor, se preguntó qué sería peor, que Kokoro le borrara la memoria o que no lo hiciera y su “caso” estuviera en manos de ese tal Shimizu.

—De cualquier forma, no debería importarnos —dijo Mezuki —Total, sabíamos que tarde o temprano esto podía pasar. Quiero decir, estando Kokoro–dono enterada de Kinokaze…

Se oyeron pasos apresurados saliendo del comedor y después, avanzando por la escalera. Fuji supuso que una de las chicas había salido.

—Seguro lamenta que la única persona que la trata con respeto la va a olvidar —se burló Mezuki —Muy su problema.

—Eso es muy cruel de su parte, Mezu–chan —reprendió Zukure.

Fuji se decidió a salir, habiendo terminado con la cocina. Un rápido vistazo al comedor le indicó cuál era la chica que faltaba.

—¿Gin–san se fue a dormir? —preguntó, aparentando naturalidad.

—Sí, supongo —Saragi se encogió de hombros —Y yo la sigo. Mañana hay escuela.

Y dicho y hecho, se marchó. Zukure la siguió al poco rato, lo mismo que Mezuki, pero Fuji aprovechó para sentarse en una de las sillas y apoyar las manos en la mesa, pensativo. No sabía exactamente qué pensar de todo eso.

—¡Ah, aquí estás! —dijo Wodaka, entrando entonces —Quisiera agradecerte por hacerle este favor a mi madre, ¿sabes? Como habrás notado, Ai–chan no le cae bien a las chicas.

—¿Aishi–kun? ¿Porqué? —quiso saber Fuji, deseando distraerse de lo que pensaba.

—Bueno, es muy entusiasta, siempre está sonriendo. Y siempre dice cosas raras.

—¿Cosas raras? —se extrañó Fuji.

Wodaka suspiró.

—Lo que pasa es que… Bueno, ya te dije que mi madre es miembro del Panteón, ¿no? Pues bien, ella es la representante de Afrodita, ¿sabes quién fue?

—Pues… —Fuji se concentró, creyendo haber escuchado ese nombre antes —¡Ah, ya! La diosa del amor —recordó.

—Exacto. Afrodita fue una de los dioses que según la leyenda, aceptó ayudar a Helios y Selene. Pero como su naturaleza es pacífica, dijo que nunca borraría una memoria antes de tener pruebas de que debía hacerse. Mi madre es un caso extraño, ¿sabes? Ella en sí no es de la familia Hoshi, pero obtuvo el don de borrar memorias cuando se casó, y al nacer Ai–chan, supieron que ella era la representante de Afrodita.

—¿Porqué? —se intrigó Fuji.

—Cuando lo conozcas, lo sabrás —dijo simplemente Wodaka —Pero de una vez te aviso que mi hermanito agota a cualquiera. Así que prepárate.

—Lo tendré en cuenta —prometió Fuji.

Wodaka asintió y se marchó a su dormitorio, pensando por el camino que si su madre estaba pensando algo como lo que ella imaginaba, tendría todo lo que necesitaba para no borrarle la memoria a Fuji.

&&&

El martes llegó antes de lo que pudieron imaginarse y Fuji estaba algo nervioso, aunque lo disimuló bien ante sus amigos. Luego de despedirse de ellos, montó su bicicleta, pero antes de partir, alguien lo llamó.

—¿Puedo acompañarte?

Giró la cabeza para encontrarse con Gin, que en ese momento parecía algo sofocada, como si lo hubiera alcanzado corriendo.

—Ah… sí, claro —aceptó, y se puso en marcha.

Gin, ajustándose una de sus coderas rojas, lo siguió.

—Gin–san, ¿cómo es Aishi–kun? —preguntó Fuji.

—Ese mocoso es una lata —respondió de inmediato Gin, haciendo una mueca —No es malo, pero es muy… activo. Cuando quiere estar con alguien, no lo deja en paz.

—Creo que… será simpático —pensó Fuji en voz alta, sorprendiendo a Gin.

—Se nota que no lo conoces —soltó la pelirroja, sonriendo.

Pronto llegaron a la primaria Akiyu, un edificio más pequeño que su preparatoria, del cual salían entonces varios niños y niñas de uniformes marrones con detalles amarillos. Fuji buscó con la mirada cerca de la puerta, hasta que Gin lo llamó.

—Ahí está.

Fuji vio hacia donde ella señalaba Gin y comprobó que decía la verdad. Recordó la fotografía que Kokoro le había mostrado y no le cupo duda de que era él. Se acercó, seguido por Gin a prudente distancia.

—Hola —saludó Fuji con amabilidad —¿Eres Hoshi Aishi–kun, verdad?

El rubio niño le dirigió sus castaños ojos, y Fuji sintió algo muy raro al mirarlos. Era ternura mezclada con algo más…

—Sí, soy yo —respondió el niño con voz alegre —¿Tú eres el chico amigo de mamá?

—Creo que sí, me envió hoy a buscarte. Soy Kinokaze Fuji, mucho gusto.

—Igualmente —Aishi le dedicó una sonrisa radiante, y Fuji pudo ver el parecido con Kokoro y Wodaka —¿Nos vamos?

Fuji asintió y lo ayudó a treparse en la bicicleta, tras él.

—Sostente fuerte, tendré que ir algo rápido —explicó Fuji —Gin–san, ¿nos sigues?

—Sí, claro —afirmó ella, colocándose a su lado.

—¡Hola, Gin! —saludó Aishi efusivamente —No sabía que ibas a venir.

—Se me ocurrió y ya —le dijo Gin sin mirarlo —No preguntes, Aishi.

—Ajá, como digas —Aishi se echó a reír —Bueno, vámonos.

Fuji asintió y comenzó el trayecto. Le divirtió que Aishi se mostrara bastante emocionado por el paseo y que mirara a todas partes con curiosidad, preguntando y señalando. Gin, patinando a su lado, los veía entre curiosa y algo sorprendida, para luego desviar la vista cuando sentía los castaños ojos de Aishi fijos en ella.

—Gin, ¿porqué viniste? —preguntó Aishi de repente, entrando al camino de Akigaoka.

—Ya te lo dije, se me ocurrió y ya —dijo la joven a modo de respuesta —No molestes.

—Quiero saber —insistió Aishi.

—Por favor, no acabes con mi poca paciencia —rogó Gin.

—De acuerdo, preguntaré luego —se rindió el niño justo al llegar a la desviación.

—¡Ai–chan! —saludó Wodaka al verlo entrar a la casa, minutos después.

—¡Hermana! —Aishi se quitó la mochila, la arrojó a los pies de Fuji y salió corriendo para abrazar a Wodaka —Hace mucho que no te veo —le comentó con un puchero.

—Lo siento, pero ahora soy gente grande y tengo que trabajar —le dijo Wodaka con gesto amable, uno que Fuji nunca le había visto —Dime, ¿el niño te trató bien?

—¿Quién, Kinokaze–san? —preguntó Aishi a su vez —Sí, me trató bien. Igual que Gin.

—¿Acaso Gin fue? —se extrañó Wodaka, para ver que Gin, en efecto, estaba en el recibidor quitándose los patines —¿Y porqué fuiste, Gin?

—¿Tú también? ¡Déjenme en paz! —la joven se desesperó y luego de quitarse los patines y colocarlos con cuidado en su sitio, se marchó en dirección a su dormitorio.

—Bueno, ya lo sabremos luego —dijo Wodaka —Ven, Ai–chan, te enseñaré algunos juegos nuevos en mi computadora mientras el niño hace la comida, ¿te parece? Pero antes, ve por tu mochila, no la dejes en el recibidor.

—¡Genial! —Aishi saltó de alegría, obedeció a Wodaka y pronto estaba en el cuarto de la rubia, mirándolo todo —¡Tienes muchos libros, hermana! —comentó.

Wodaka sonrió, divertida, antes de entrar a su habitación y cerrar la puerta tras sí. Fuji dejó sus cosas sobre la mesa del recibidor y fue directo a la cocina, a preparar la comida. Al poco rato, Aishi entró a la cocina.

—¿Qué haces? —le preguntó a Fuji.

—Preparo la comida —respondió el muchacho.

—Ah. ¿Y qué preparas?

—Soumen —respondió Fuji, revisando una olla en el fuego.

—Ah, vaya. ¿Y cómo se hace?

Fuji pensó que Aishi hacía esas preguntas por nada, pero aún así contestó.

—Mira, ¿qué te parece si me ves hacerlo? —sugirió —Tal vez aprendas algo.

—¡Genial! —exclamó Aishi, visiblemente emocionado —¿Te puedo ayudar?

—Tráeme la sal —pidió Fuji.

El niño fue a la mesa de la cocina, buscando el salero.

—Hay sal en ese mueble —señaló Fuji una pared cercana a la mesa.

—Ah, ya la vi —Aishi se estiró un poco para alcanzar el salero —Ya casi… —murmuró.

Pero no llegaba a tomarlo, así que se acercó una silla y se subió en ella. Al poco rato, le llevó el salero a Fuji.

—Gracias —el joven le sonrió —Ahora veamos… Necesito un plato grande…

Así se pasaron una media hora, Fuji pidiendo cosas y Aishi dándoselas. Para la hora de comer, el niño tenia unas cuantas manchas de comida en el uniforme, pero se veía contento.

—¡Ahora sé cómo se hace el soumen! — contó alegremente al sentarse a la mesa —Kinokaze–san me enseñó, hermana, ¿verdad, Kinokaze–san?

—Sí, claro —asintió Fuji —Oye, puedes llamarme por mi nombre.

—Gracias —dijo Aishi en tono serio, que a Fuji le recordó a Wodaka cuando ordenaba algo —Lo recordaré. Ahora… ¡vamos a comer!

Y tomando los palillos, saboreó el soumen luego de dar gracias.

Las demás chicas lo veían con algo de fastidio y resignación. Aunque debían admitir que dentro de los parámetros normales de Aishi, ese día estaba tranquilo.

—Qué sabroso —dijo el niño poco después —Fuji–san, está muy sabroso.

—Ah, gracias, Aishi–kun.

—No, en serio, es muy rico. Mamá dice que un hombre que sabe cocinar será un buen esposo, ¿tú sabes porqué, Fuji–san?

—Ah, bueno… —a Fuji la pregunta la tomó por sorpresa, mientras que las chicas casi se atragantan al oír semejante cuestión o contenían la risa (eso en el caso exclusivo de Wodaka) —Supongo que… Porque cuando la esposa no pueda cocinar, el esposo lo hace por ella.

—¿En serio? —Aishi no parecía muy convencido.

—Sí, creo que sí —Fuji sonrió —Recuerdo que papá sabía cocinar y cuando mamá enfermaba, él hacía desayuno, comida y cena. Claro que las primeras veces, mamá decía que quemaba todo —rió un poco —Pero luego aprendió y le salió mucho mejor.

Aishi, igual que las chicas, pudo ver una leve sonrisa nostálgica en Fuji.

—¿Y lo hacía como tú de bien? —preguntó Aishi.

—Sí, tomando en cuenta que a los dos nos enseñó mamá…

—Vaya, le pediré a mamá que me enseñe a cocinar —Aishi rió con ganas —¡Quiero saber para cocinarle a mi esposa cuando se enferme!

Las chicas, a excepción de Wodaka, volvieron a sentir que se atragantaban.

—Ai–chan, mejor termina tu ración —ordenó Wodaka amablemente.

—De acuerdo, hermana —Aishi obedeció, pero no sin antes hacer un último comentario —Fuji–san, ¿tú le vas a cocinar a tu esposa?

Hubo un tercer sonido colectivo de posibles ahogamientos en la mesa.

—Pues… —Fuji dudó, pero sonrió al contestar —Creo que sí. Si ella me lo pidiera…

Aishi se dio por satisfecho y asintiendo, continuó comiendo.

Aishi–kun es un niño muy extraño, pero aún así agradable. Parece que le gusta conocer a las personas a su modo, y creo que eso es algo admirable. Papá, mamá, si hubiera tenido hermanos, quizá me hubiera gustado uno como Aishi–kun. Sí, seguramente así me habría agradado que fuera.

La comida terminó, para bien de la salud de las chicas, tranquilamente, y el resto de la tarde no tuvieron queja de Aishi, pues se la pasó entre el cuarto de su hermana y el de Fuji, haciéndole a éste muchas preguntas, todas de un carácter bastante extraño.

—Fuji–san, ¿has tenido novia? —le preguntó cuando fue a verlo para avisarle que Wodaka lo llevaría a su casa.

—No, nunca —respondió el chico, algo sorprendido —Creo que a las chicas no les agradan los despistados como yo —se rió un poco —¿Porqué lo preguntas?

—¡Ah, por nada! —Aishi hizo un gesto con la mano para restarle importancia —Simple curiosidad. Fuji–san —dijo en tono más serio —¿Te caí bien?

—¿Disculpa? —se sorprendió Fuji.

—Bueno, no es secreto que soy algo curioso —Aishi se puso serio y definitivamente, así se veía como Wodaka cuando ponía la misma actitud —Oigo cosas en la Casa Grande… Dicen que les resulto fastidioso y… mamá y papá se apenan y se ponen tristes. Por eso… por eso pregunto. Fuji–san, ¿te caí bien?

Fuji le dedicó una sincera sonrisa.

—Claro que sí —respondió con firmeza —¿Sabes? Wodaka–san tiene suerte de tenerte como hermano. Se nota que te quiere mucho así como eres. Y seguro tus padres también. No te preocupes tanto —concluyó —Y visítame cuando quieras.

Aishi le dedicó una radiante sonrisa.

—Muchas gracias —dijo y se retiró.

Llegó al recibidor, donde Wodaka lo esperaba.

—¿Ya te despediste? —inquirió ella.

Aishi asintió.

—Bien, vámonos.

Los dos salieron de la casa y fueron a la cochera. Ya en el convertible de ella, Aishi se quedó callado un rato, hasta que le dijo a su hermana.

—De allí te salen un novio y una novia.

—¿Ah, sí? —Wodaka se oía francamente interesada —¿Quiénes, eh?

—No te digo —contestó Aishi en tono bromista —Así es más divertido.

—Malo —bromeó a su vez Wodaka, echándose a reír —Pero bueno, ¿te divertiste?

—Sí, mucho —Aishi sonrió ampliamente —Fuji–san dijo que puedo visitarlo cuando quiera. Y que… Hermana, ¿tú me quieres así como soy?

Wodaka aprovechó que tenía que hacer alto para ver al niño a la cara. Él se veía tan formal, que supo que hablaba en serio.

—Claro que sí —respondió —Cuando te veo a ti, siempre quiero sonreír. Es un don que tienes el sacarme sonrisas, ¿sabías?

Aishi sonrió aún más, si es que era posible.

&&&

El fin de semana llegó de nuevo, y era sábado por la tarde cuando el auto de Kokoro Hoshi arribó a casa de su hija Wodaka. La mujer bajó del vehículo, esta vez vestida con un traje sastre rojo cereza, y se encaminó a la entrada. Llamó y fue recibida por Zukure.

—Buenas tardes, Kokoro–dono —saludó Zukure, algo turbada —¿Qué se le ofrece?

—¿Podrías llamar a Kinokaze–san un momento, por favor? —pidió amablemente.

—Bueno, Fuji–kun… —comenzó Zukure.

—Buenas tardes, Kokoro–dono —saludó Fuji a espaldas de la mujer —¿Qué la trae por aquí? Disculpe la facha, pero vengo del trabajo —añadió, sacudiéndose un poco el pantalón de mezclilla azul oscuro y la camisa blanca.

—Eso no importa —aseveró Kokoro —De hecho, vine a hablar contigo, ¿podemos quedarnos un rato afuera, Kinokaze–san?

Fuji, un tanto desconcertado por tal petición, asintió. Zukure, sin quedarle otro remedio, cerró la puerta, para casi al instante ser interrogada por Wodaka.

—¿Quién llamó?

—Kokoro–dono —respondió Zukure en un susurro —Vino a hablar con Fuji–kun.

Wodaka arqueó levemente las cejas, pero no dijo nada. En la escalera, tres chicas habían escuchado aquello y por primera vez desde que vivían juntas, se miraron entre sí con la misma preocupación plasmada en sus ojos.

Al mismo tiempo, Fuji seguía de pie a un lado de Kokoro, quien a su vez se apoyaba suavemente en su auto. La mujer, levantando la vista al cielo de repente, sonrió con dulzura.

—En primer lugar, quiero agradecerte el favor del pasado martes —comenzó —Sé que Aishi es un poco… molesto para los demás.

—No, para nada —se apresuró a decir Fuji —Aishi–kun es muy agradable.

—No quisiera que dijeras eso por compromiso —comentó Kokoro.

—Es en serio, Kokoro–dono —Fuji se puso serio —Aishi–kun es… un niño. Sí, así de simple, un niño. Y los niños suelen ser molestos para quienes no se toman la molestia de conocerlos. Y eso incluye a su familia.

Kokoro bajó la vista, sin dejar de sonreír.

—Sí, creo que tienes razón —afirmó —Yo conozco a mi hijo, por eso lo amo así como es. Si fuera distinto, si no sonriera tanto… probablemente lo seguiría queriendo, porque lo conocería y sabría que así está bien. Las madres somos así —concluyó, ladeando la cabeza.

—Sí, creo que sí —comentó Fuji, mirando el cielo —Mamá decía… Decía que las madres aman a sus hijos porque ven en ellos pedazos de sí mismas. Pero también pedazos de aquel que es su padre y pedazos de cosas que ellas quisieran tener, pero no pueden conseguir. Decía… que los hijos suelen superar a los padres y que eso no era nada malo.

Kokoro lo observó con interés, para luego sonreír un poco más.

—Supongo que es cierto —comentó al cabo de un momento —Pero hablando de otra cosa… Mi asunto contigo es simple: debo darte mi veredicto.

—¿Veredicto? —inquirió Fuji lentamente, con un mal presentimiento.

—Sí, mi veredicto —Kokoro asintió —No sé si sepas, pero por tradición, soy la primera del Panteón que tiene derecho de borrarte la memoria… Pero he decidido no hacerlo.

Fuji quiso suspirar de alivio, pero no pudo hacerlo viendo la expresión de Kokoro, pues supo que había algo más.

—Sin embargo, al decidir esto, pierdo mi derecho de intervención en tu caso —prosiguió Kokoro, ya sin sonreír —Y si el siguiente en el Panteón quiere borrarte la memoria, yo no podré hacer nada al respecto. De verdad lo siento.

—No importa, Kokoro–dono —indicó Fuji, sonriendo —Es decir… Reconozco que no me agrada la idea de olvidar que conocí a las Hoshi, y que fueron tan amables de hospedarme, pero si un miembro del Panteón decide que no soy confiable… Supongo que tendré que aguantarme. Aún así… Si me borran la memoria… Quiero que sepa que me dio gusto conocerlos a todos. En serio.

Kokoro le posó una mano en la cabeza cariñosamente.

—Supongo que algunos de nosotros dirían lo mismo —comentó.

—¿Qué? —se sorprendió Fuji.

Kokoro negó con la cabeza y le retiró la mano.

—Nada —afirmó —Bien, tengo que irme. Me esperan en casa. Kinokaze–san, gusto en saludarte. ¡Ah, por cierto! Si llegara a ofrecérsete algo, no dudes en buscarme —de un bolso color vino, extrajo una tarjeta —Es la dirección de la Casa Grande. Pregunta por mí y te dejarán entrar.

—Ah… gracias —Fuji tomó la tarjeta y la miró un momento. Distinguió el dibujo del taller Aki–Hoshi, con lo que supuso que sería el emblema de la familia, y se la guardó en un bolsillo.

—Buenas noches —se despidió Kokoro, para luego subir a su auto y retirarse.

Fuji la despidió con la mano, pensando que esa mujer no era mala en absoluto. Más tranquilo, fue a la casa y al entrar, encontró a todas las chicas en la sala, como esperando algo.

—¡Hola, hola! —saludó Wodaka , entusiasta como siempre —¿Cómo te fue, niño?

—¿Qué? —Fuji aún estaba algo distraído por la charla con Kokoro, por eso la pregunta lo tomó desprevenido —¡Ah, buenas noches! —saludó en primer lugar y sonrió —Me fue bien, Wodaka–san, gracias por preguntar. Por cierto —recordó de pronto, llevándose una mano a la frente —Mañana es el último domingo del mes, ¿verdad?

—Sí, lo es —respondió Zukure cortésmente —¿Porqué?

—¿Puedo salir? —inquirió el muchacho.

—Sí, no hay problema —Wodaka se encogió de hombros —¿Algún compromiso?

—Algo así. Es el día que me dejan visitar a la abuela en el hospital. Quiero saber cómo sigue y decirle que estoy bien. Gracias —se inclinó brevemente —Con permiso —y se retiró.

Al irse, Fuji no escuchó un brevísimo suspiro colectivo de alivio en la sala.

—De verdad creí que Kokoro–dono actuaría —susurró Zukure.

—Tenle un poco de fe a mi madre —pidió Wodaka, un tanto ofendida —Yo sinceramente no creí eso. Y menos cuando decidió pedirle el favor con Ai–chan.

—Sí, claro, se nos olvidaba que es tu madre —ironizó Mezuki —La conoces.

—Pues aunque lo dudes, sí, la conozco —Wodaka le dedicó un gesto de burla —Así que podemos respirar tranquilas que seguiremos teniendo un caballero en la casa.

Las demás le dedicaron miradas desafiantes.

—Vamos, no lo nieguen —Wodaka se paró —A ustedes igual que a mí les preocupaba que el niño se fuera. ¡Ay, es que es tan lindo! Si no fuera tan pequeño, me lo adueño.

Y riendo alegremente, se retiró a su habitación.

—Esa virgen loca no cambia —masculló Gin, levantándose.

—Y tú tampoco —le soltó Mezuki —Acuérdate.

—¿Quieres dejar eso por la paz? —estalló Gin, dando un puñetazo a la puerta corrediza, rompiéndola —¡Rayos! —maldijo, antes de salir de allí.

—Casi siempre estoy de tu parte, Mezuki, pero no abuses —dijo Saragi entonces, poniéndose de pie.

—¿Qué quieres decir con eso? —se extrañó Mezuki, mientras Zukure se iba.

Saragi la miró por encima de su hombro.

—Una cosa es tratar a la Gorgona tonta como lo que es y otra muy distinta tratarla como menos que eso —Saragi negó con la cabeza —Piensa antes de hablar, Mezuki.

Y sin más, se retiró, dejando a Mezuki sumamente intrigada.

Desconectado Daniela

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Re:Telaraña [07/?]
« Respuesta #24 en: Enero 01, 2011, 07:19:30 pm »
porque gin acompaño a fuji a recoger a Aishi
awww eso esta muy raro y la pareja que dice Aishi
mas raro aun todabia jejjeje
gracias Potter por el capitulo muy bno xD
jajaj y siempre me dejas toda intrigada por
lo que pasara en el proximo capitulo jejejejexD
« Última modificación: Enero 01, 2011, 07:24:18 pm por Daniela »


 

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Re:Telaraña [07/?]
« Respuesta #25 en: Enero 01, 2011, 10:09:41 pm »
 :ahh: wodoka y su ermano menor ke es un hiperactivo O_O aver duas sobre el fic me voy dando la idea de la pareja ke dice aishi aparte fuji tene suerte de ke nu le borraran la memoria xD wodoka se kiere adueñar de fuji O_O bueno bell espero un nuevo kapi y por cierto parece ke me ganaron en leer XD bueno komo ando medio mal se comprende peo pal prox kapi sere el primero en komentar XD


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Re:Telaraña [08/?]
« Respuesta #26 en: Enero 05, 2011, 05:35:08 pm »
Ocho: La familia.

El domingo, Fuji se levantó temprano. Cualquier otro domingo se habría quedado un poco más en la cama, pero ese en particular no, porque iría a ver a su abuela. Y quería llevarle algo de regalo, por lo que después de arreglar su cuarto, ducharse y vestirse, revisó sus ahorros, pensando en qué podía comprarle.

—¿Chocolates? No, se los prohibió el doctor —susurraba, contando los billetes y monedas —¿Cigarillos? ¡Qué digo! Está prohibido fumar en los hospitales y seguramente también se lo prohibieron. ¿Flores? Sí, creo que flores estará bien.

Se guardó el dinero en un bolsillo del pantalón marrón que vestía, se pasó una mano por el cabello (resignado por completo a no poder peinarlo decentemente) y salió de la habitación, procurando no hacer ruido. Sabía que las chicas se levantaban tarde los domingos, a excepción de Zukure y Wodaka.

—Buenos días —saludó a Zukure al entrar a la cocina.

—Buenos días, Fuji–kun —respondió Zukure, ocupada en cocinar —El desayuno estará listo en un minuto.

—No, gracias, espero desayunar con mi abuela —Fuji se acercó al refrigerador y sacó un envase de jugo de durazno —Pero volveré para el almuerzo.

—Por cierto, Fuji–kun, ¿en qué hospital está tu abuela? —se interesó Zukure.

—¿Eh? En el Akishiro —respondió el chico, sirviéndose jugo en un vaso —¿Porqué?

Zukure sonrió un poco, como si contuviera la risa.

—Por nada en particular —respondió —Curiosidad.

Fuji se encogió de hombros, se bebió su jugo y estaba por salir de la cocina cuando una puerta que daba al patio se abrió y Gin entró, vistiendo un conjunto deportivo blanco con rayas rojas. Llevaba puesta la gorra desgastada color blanco con una flor roja que había usado en la primera clase de Deportes de la escuela.

—Buenas —saludó algo brusca, yendo al refrigerador.

—No sabía que ya estabas levantada, Gin–san —se sorprendió Fuji.

—Ella siempre se levanta a estas horas —señaló Zukure —Corre en las mañanas.

Fuji no sabía eso, pero sonrió levemente. Había descubierto otro rasgo de una de las chicas Hoshi y eso le daba gusto.

—¿Porqué sonríes? —le preguntó Gin de repente, con un vaso de leche en la mano.

—¿Qué? ¡Ah, por nada! —Fuji movió las manos —Es que… Voy a visitar a mi abuela.

—Ah, sí —recordó Gin vagamente, para luego acabarse la leche de un trago y musitar —Que te vaya bien —y salió de la cocina.

—Gin sí que es rara —murmuró Zukure, sirviendo platos.

Fuji no veía porqué Gin era rara, pero prefirió no preguntar. Se despidió de Zukure y salió de la casa con una sonrisa. Y es que hacía mucho que no veía a su abuela.

La abuela es una persona bastante particular, tiene un carácter bondadoso, pero suelta algunos comentarios fuera de lugar que desconciertan. Su nombre es Shimura Shizuka, y creo que es una persona extraordinaria.

Fuji llegó en una hora a un edificio blanco como nieve, que al frente tenía por escudo una hoja de árbol delineada en amarillo, totalmente blanca. Bajo ésta, había un letrero que decía Hospital General Akishiro. Fuji fue a una parte del estacionamiento a dejar su bicicleta, tomó el pequeño ramillete de flores que había comprado minutos antes y se encaminó a la entrada. Las puertas corredizas automáticas se abrieron y pudo ver el mostrador, al cual se dirigió.

El hospital estaba inmaculado, se veía blanco por todas partes, menos en algunos detalles de amarillo aquí y allá. Fuji preguntó en el mostrador por su abuela.

—¿Shimura Shizuka–sama? —repitió la recepcionista, haciendo una mueca —Sí, puedes pasar, chico. Tercer piso, habitación trescientos dos.

—Gracias —Fuji iba a tomar el elevador, pero lo vio lleno de gente, así que prefirió las escaleras. Era un largo trecho, pero le gustaba caminar —Espero que la abuela se sienta bien —pensó en voz baja, llegando al segundo piso, donde tuvo que esquivar a un niño de unos seis años vestido con bata de hospital que corría —¡Cuidado! —advirtió.

—Te alcanzaré, Yoshiro —dijo alguien tras el niño, corriendo a toda velocidad. Fuji se hizo a un lado para dejar pasar a esa persona, un joven con el uniforme de Akishiro —No deberías estar fuera de la cama, te van a operar…

Al ver alejarse a ese chico, Fuji creyó distinguirle la cabeza, cubierta de cabello azul oscuro. ¿Dónde había visto cabello azul oscuro antes? Dejó de preguntárselo para seguir subiendo y pronto, estaba llamando a la habitación de su abuela.

—Pase —indicó una voz amable.

Fuji abrió y encontró a su abuela casi igual que la última vez. La amable señora, de cabello castaño oscuro surcado por varias canas y ojos castaños muy similares a los del chico, le sonrió con gentileza al verlo.

—Ah, Fuji, pasa —indicó, moviendo una mano —Qué bueno que llegas, querido. Pensé que no vendrías.

—No pienses esas cosas, abuela —Fuji tomó asiento en una silla cercana —Para ti —recordó, entregándole las flores.

La anciana las recibió agradecida.

—Gracias, cariño, tú siempre pensando en mí —le dijo —Ponlas en ese jarrón, por favor.

Fuji obedeció y mientras acomodaba las flores, oyó a su abuela preguntar.

—¿Y cómo has estado, querido? ¿Te va bien en la escuela? ¿Porqué no habías venido?

Fuj detuvo sus manos un momento sobre las flores, para luego seguir acomodándolas.

—Estoy bien, abuela, no te preocupes. En la escuela me va bien, he mejorado un poco en Matemáticas, ¿sabes? —se volvió hacia ella sonriendo —Y no había venido porque… he tenido trabajo en el restaurante, es todo.

La señora le sonrió tiernamente.

—Me alegro por ti —dijo sinceramente —Y cuéntame, ¿cómo están tus amigos?

Fuji le sonrió otra vez y pasó un rato contándole las novedades con sus amigos, en la escuela… Sin poder evitarlo, mencionó a las alumnas nuevas, las Hoshi, lo que hizo que su abuela frunciera el ceño.

—Hoshi, Hoshi… —susurró, como si recordara algo —Creo que por aquí anda un muchacho con ese apellido, muy amable, por cierto. Es un voluntario.

—¿Ah, sí? —se sorprendió Fuji.

—Sí, estoy casi segura —reafirmó la abuela.

—Bueno, no sé si sea pariente de las Hoshi que yo conozco, pero podría ser —al decir eso, Fuji pensó que era muy probable. Últimamente cualquier Hoshi que conocía, era pariente de sus compañeras de clase —Abuela, ¿ya desayunaste?

—No, querido. Les dije que me trajeran algo más tarde, para comer contigo.

Fuji sonrió más que antes. Entonces, llamaron a la puerta.

—Adelante —indicó la señora.

Fuji se volvió, esperando ver a una enfermera con el desayuno de su abuela, pero en cambio, se encontró con una familia entera de cuatro personas, todas con el cabello castaño oscuro. El hombre, que seguramente era el padre de familia, entró primero, seguido por una mujer menuda y dos jóvenes, un chico y una chica, ambos un poco mayores que Fuji. El chico tragó saliva al verlos, pero se quedó callado.

—Hijo, me da gusto verte —saludó la abuela al hombre recién llegado, sonriendo —Mira, te tocó ver a Fuji, ¿no es maravilloso?

—Si, supongo, madre —el hombre le dedicó una mirada molesta a Fuji antes de ponerle buena cara a la anciana —¿Cómo has estado?

—Bien, dentro de lo que cabe —la mujer hizo una leve mueca —No me dejan fumar ahora, ¿puedes creerlo?

—Abuela, es por tu bien —intervino la chica que había entrado, pasando junto a Fuji como si no existiera —Pero tranquila, te traje algo para animarte.

La chica le tendió una caja blanca con un moño azul y la anciana la tomó, la abrió y sonrió al ver su contenido.

—Gracias, querida —dijo —¡Chocolates!

La chica sonrió satisfecha, pero se quedó de piedra cuando Fuji se levantó de golpe, se acercó a la cama y le quitó la caja a su abuela suave pero firmemente.

—Te los prohibieron, abuela —le recordó con gesto serio —¿Te acuerdas?

—Eso no es cierto —rezongó la chica.

—Ah, sí —dijo la mujer tristemente —Casi se me olvida… Gracias, Fuji. Guárdalos.

Fuji asintió, mientras la chica lo fulminaba con la mirada.

—Abuela, yo también te traje algo —el otro chico se acercó y le entregó un libro —Creo que podrás entretenerte con esto.

La abuela le dio un rápido vistazo al libro antes de suspirar.

—No tengo mis lentes —declaró —Además, no me dejan leer por la noche, me apagan la luz. Sí que son malos aquí —se quejó lentamente, dejando el libro a un lado.

—Si quiere, puedo ir a casa por sus lentes, suegra —se ofreció la mujer menuda.

—No, gracias, a decir verdad no es importante —la anciana se encogió de hombros —Fuji, cariño, ¿podrías guardar este libro cerca de los chocolates, por favor?

—Sí, claro —Fuji retiró el libro de la cama, no sin antes leer el título con cautela. Sonrió al ver que el tema era el origami. Las manualidades le aburrían a su abuela y él lo sabía.

—Y bien —comentó la abuela, resuelta —Si me disculpan, pronto traerán mi desayuno, así que quisiera que se retiraran un momento. Tú no, Fuji —corrigió, al ver que el joven salía —Quiero charlar contigo un rato más.

—Ah… claro —el chico se puso nervioso al ver las miradas que le dedicaban los otros cuatro, pero procuró sonreírle a su abuela —Como tú digas.

A la familia recién llegada no le quedó de otra más que salir justo cuando una enfermera llegaba con una charola llena de comida. La enfermera la colocó en su sitio y se retiró, pero cuando la anciana iba a empezar a comer ayudada por Fuji, el hombre castaño entró de nueva cuenta. Tras él, su esposa y sus hijos lo seguían.

—No puedo creer esto, madre —espetó en tono ofendido —A nosotros nos sacas, pero a éste no —señaló a Fuji —¿Qué es lo que te pasa?

—Pasa, querido, que interrumpieron nuestra charla y quiero concluirla —respondió la señora con sencillez —¿Algún problema?

—La verdad, sí —el hombre frunció el ceño —¿Cómo es que prefieres estar con éste, que te visita una vez al mes desde que entraste aquí, que a nosotros, que venimos siempre que podemos? Francamente no te entiendo.

La anciana ladeó la cabeza, pensativa, cosa que aprovechó la chica para hablar.

—Se siente el importante, abuela, ¿qué no lo ves?

—Sí, se cree bastante porque trabaja y todo eso —agregó el otro chico.

—Al menos tiene sentido de la responsabilidad —les dijo la abuela.

—¿Está ofendiendo a mis hijos? —se indignó la mujer menuda.

—No, les digo la verdad —explicó la anciana —Ahora, por favor, déjenme desayunar.

La mujer y los chicos comenzaron a salir, pero el hombre no. De pronto, dio unos pasos, sujetó a Fuji de un brazo y lo puso de pie con agresividad.

—Tío, ¿qué pasa? —le preguntó el muchacho, desconcertado.

—Pasa que no tolero tu presencia aquí —espetó el hombre, arrojándolo en dirección a la puerta, aunque con tan mal tino que lo arrojó contra una pared cercana —No vuelvas nunca, ¿entendiste? ¡Nunca!

—Eso lo decido yo, Kazuo —dijo de repente la abuela con voz firme —Es mi nieto tanto como tus hijos, ¿lo olvidas? Es el hijo de Kumiko, así que déjalo en paz.

El hombre no respondió ni la miró, mientras que Fuji se enderezaba y sacudía la cabeza, despabilándose del golpe.

—Kumiko… Ella y ese tal Kenji no eran más que buscapleitos —escupió el hombre.

—Mamá y papá eran buenas personas —dijo Fuji de pronto —No hables así de ellos, tío.

Por toda respuesta, el hombre fue hacia el jarrón, sacó las flores del mismo y se las arrojó a Fuji en la cara.

—Tú no sabes nada —aseguró con fría cólera, y sonrió cruelmente al ver a Fuji intentando recoger las flores —Así que mejor acaba de levantar tus florecillas y lárgate.

Fuji terminó de recoger las flores, pero en vez de irse, se acercó a su abuela.

—Siento no poder desayunar contigo hoy —se disculpó, bajando la vista —Aquí tienes —y le tendió las flores por segunda vez.

La mujer las tomó y estirando una mano, se la posó en la cabeza.

—Bien, querido, vete —indicó con voz melancólica —En cuanto salga de aquí, regresas conmigo, ¿de acuerdo?

Fuji asintió.

—Eso sí que no —soltó entonces la mujer menuda, adelantándose rápidamente —No vamos a dejar que su mala reputación nos toque a nosotros, de ninguna manera. ¿Sabe que ha estado viviendo con muchas chicas?

Fuji la miró asombrado, mientras que los chicos abrían los ojos con sorpresa.

—¿Con chicas? —soltó el joven, para luego reírse —¡Y yo que lo creí más inocente!

—Qué asco —masculló la chica, despectiva.

—Fuji, querido, ¿eso es cierto? —inquirió la anciana.

El joven asintió lentamente.

—¿Te tratan bien ahí? —preguntó la anciana, preocupada.

Fuji volvió a asentir.

—En ese caso, quédate ahí —pidió, logrando con eso que el chico levantara la mirada con asombro —No puedo obligarte a estar donde te van a tratar mal, cariño. Pero sabes que si se te ofrece algo, cuentas conmigo, ¿de acuerdo?

Fuji asintió, sin saber qué decir.

—Muy bien, te veré después —la mujer le retiró la mano de la cabeza —Y ven a visitarme en cuanto puedas —añadió, guiñándole un ojo.

Fuji comprendió el gesto y asintió, saliendo de allí. Sus primos se retiraron de él como si tuviera alguna enfermedad contagiosa, dedicándole muecas de aversión y gestos de gozo. El chico ni se fijó en ello, pues iba con la vista baja hacia la escalera. Necesitaba caminar, porque eso le ayudaba a pensar.

Ahora creo comprender… porqué mis tíos no quisieron hospedarme. Creí que era porque eran cuatro de familia y no tenían espacio, pero sí que fui ingenuo… No quisieron hospedarme cuando murieron papá y mamá porque tío Kazuo no toleraba a mamá. Bueno, admito que mamá era una persona con ideas algo inusuales, pero era buena persona, igual que papá. ¿Porqué a tío Kazuo le cuesta trabajo entender eso? Papá, mamá… Los extraño. Vaya que los extraño. Y más en momentos así…

Se detuvo en un tramo de escalera desierto a reflexionar. Después de un momento, decidió que no podía dejarse decaer por eso. Sacudió un poco la cabeza, pero sintió que le dolía todavía a causa del golpe, por lo que dejó de moverla pronto.

—Todo tiene un lado bueno, sabiéndolo buscar —se dijo en voz baja —Sí, seguramente saldrá algo bueno de esto.

Y sonriendo ligeramente, terminó de bajar ese tramo, sin saber que un chico que venía tras él lo había escuchado con expresión meditabunda.

&&&

—¡Ya llegué!

Fuji entró con cuidado a casa de las Hoshi, quitándose los zapatos en el proceso. Esperaba no incomodarlas, pues por la hora, se dio cuenta que se había perdido el almuerzo.

—Hola —saludó distraídamente Gin, saliendo de la sala con un vaso en la mano.

—¿No hay nadie? —preguntó Fuji con curiosidad.

—El pececito está en su cuarto, haciendo tarea, lo mismo que la presumida —la pelirroja hizo una mueca, mientras Fuji comprendía que se refería a Saragi y Mezuki —La virgen loca está en su cuarto, trabajando y Zukure salió —concluyó, frunciendo el ceño y volteando a verlo —Llegas… —comenzó, pero se interrumpió y soltó en voz baja —¿Qué tienes en la cabeza?

Fuji se llevó una mano a la cabeza, pero fue hasta que se rozó la sien izquierda que sintió una punzada de dolor. Se miró la mano y la vio manchada de rojo.

—Vaya —fue lo único que se le ocurrió decir.

—Ven —Gin lo tomó de una muñeca y tiró de él hacia la cocina.

Fuji no comprendió qué pretendía hasta que estuvieron en la cocina y la chica buscó en un anaquel hasta sacar una caja pequeña. El chico la reconoció como uno de los botiquines de la casa. Gin abrió la caja, sacó unas cuantas cosas y volvió a cerrarla.

—¿Cómo te hiciste eso? —quiso saber, mientras con un algodón limpiaba la sien.

—Ah, pues… —el muchacho no sabía qué decir —Me caí —se decidió a contestar.

Gin terminó de limpiarle la sien, dejando al descubierto una herida algo larga, y negó con la cabeza haciendo una mueca.

—No se te da bien mentir, ¿sabías? —le reprochó —¿Cómo fue? —insistió.

Fuji no contestó. Dejó que Gin terminara de curarlo y guardara las cosas sin usar en el botiquín para hablar, pero alguien llamando a la puerta principal cortó de tajo su intención.

—Seguramente Zukure olvidó las llaves —renegó Gin, yendo a la puerta.

Al abrirla, se encontró a alguien que no era Zukure. Era un joven alto, de porte serio, de cabello azul oscuro y profundos ojos azules. Gin frunció el ceño.

—¿Qué haces aquí, Hatsu? —quiso saber.

—¿Hatsu–san? —se extrañó Fuji, mirando al recién llegado tras Gin.

—Ah, no me equivoqué —comentó el peliazul, entrando a la casa sin esperar a ser invitado —Te venía siguiendo, pero luego diste una vuelta equivocada y te perdí de vista. Al menos recordé lo que Saragi me contó —se quitó los zapatos con naturalidad.

—¿Qué haces aquí, Hatsu? —repitió Gin.

—Los Shimura son horribles, ¿no? —el chico ignoró a Gin y miró a Fuji —¿No me digas que son tus parientes? Cuando van a visitar a Shizuka–sama, son muy antipáticos.

Fuji, al oír eso y ver su uniforme blanco, solamente fue capaz de decir una frase.

—¡Tú eres ese Hoshi!

—Ah, sabes de mí —Hatsu se encogió de hombros antes de inclinarse ante él —Mucho gusto, soy Hoshi Hatsu. Primo de todas las que viven aquí. Y de Gurazu y Takeshi también.

—Mucho gusto, soy Kinokaze Fuji —el chico se inclinó a su vez.

—¿Ustedes ya se habían visto? —se extrañó Gin.

—Sí, en el taller de la familia —respondió Hatsu con voz seria —Llevó a arreglar su bicicleta luego que Gurazu casi lo matara.

—Yo no diría que casi me mata… —replicó Fuji nerviosamente.

Hatsu no le prestó atención, sino que lo miró con avidez.

—Vaya, Saragi tiene razón, eres muy correcto —comentó de pronto —En fin, vine a ver si estabas bien, y ya lo hice —avanzó al interior de la casa —Yo que tú no hubiera dejado que me sacaran del cuarto de Shizuka–sama, pero ni modo. Gin, ¿está Wodaka? Aprovecharé que estoy aquí para saludarla.

Gin le indicó el pasillo que daba a la cocina y Hatsu, inclinando la cabeza, se retiró. Luego la chica miró a Fuji con atención.

—¿Pero qué pasó? —preguntó, totalmente confundida.

Fuji no dijo nada, sino que fue a la sala, abrió la puerta que daba al patio y salió de la casa. Gin dudó un momento, como si quisiera decirle algo, pero lo pensó mejor y lo siguió.

Fuji fue a la cerca, la brincó y se sentó al otro lado, con la cabeza baja. Aunque oyó pasos, no se movió, sino hasta que alguien se quedó de pie al otro lado de la cerca, sin hablar.

—¿Quién es Shizuka? —inquirió la voz de Gin.

—Es mi abuela —respondió Fuji en un susurro.

—¿Y de dónde la conoce Hatsu?

—Del hospital.

Se quedaron en silencio.

—¿Quiénes son los Shimura? —siguió interrogando Gin.

Fuji no respondió.

—De acuerdo, no quieres hablar —Gin suspiró y alzó la vista, para mirar el cielo, que ese día estaba razonablemente despejado —Pero cuando quieras… Pues no tengo mucho qué hacer, así que te escucho.

Gin se dio media vuelta, dispuesta a irse, pero oyó susurrar a Fuji tristemente.

—Sí que soy tonto.

—¿Perdón? —Gin apoyó las manos en la cerca y lo vio con la cabeza baja, abatido.

—Sí, soy un tonto —Fuji habló más alto esta vez, pero no demasiado —Siempre preocupando a la abuela con tonterías… Por eso voy a visitarla los últimos domingos de cada mes, porque sé que ese día tío Kazuo y los demás no van, pero… Me lo merezco por tonto —agregó, llevándose una mano a donde ahora llevaba el vendaje que Gin le había puesto.

—Espera un minuto, ¿te golpearon? —soltó la chica, incrédula.

—¿Qué? ¡No, no! —Fuji levantó la cabeza y la miró con un intento de sonrisa —Esto… fue un accidente —se tocó de nuevo la sien vendada antes de añadir —Es sólo que…

Se quedó callado y volvió a la posición que tenía antes.

—Soy un tonto —repitió el muchacho.

—Oye, no deberías quererte tanto —Gin intentó hacer una broma, sin mucho éxito puesto que Fuji no dijo nada —Si de verdad fueras tonto… No serías bueno con nosotras.

Fuji alzó ligeramente la cabeza, pero no miró a Gin.

—La mayoría que nos descubre, antes de borrarles la memoria, simplemente gritan y huyen asustados —meditó la pelirroja —Así que nos acabamos resignando a no tener amigos.

Fuji ahora comprendía cierta frase que Wodaka le había dicho, Gracias a ti, por no salir corriendo. Había creído que era un chiste, pero ahora veía que no. Y también lo que había mencionado Zukure, ¿Sabes lo difícil que es hacer amigos normales para todo el Zodiaco?

—No sé si eres tonto o demasiado amable, pero… —continuó Gin, pensativa —Pero estás bien para mí. Quiero decir… —la chica se puso roja y comenzó a decir incoherencias —Me refiero a… Somos amigos, ¿cierto? Y se oye raro que alguien me llame “san” y me agrada, pero… Bueno, creo que no estoy explicando nada —finalizó, haciendo una mueca.

Para su sorpresa, Fuji dejó escapar una carcajada.

—¡Genial! —dijo entre risas —¿De verdad… somos amigos, Gin–san?

—Creo que sí —la chica notó que Fuji la miraba y desvió la vista, sonrojada.

A Fuji no le importó y sonrió aún más.

—Muchas gracias —le dijo —Eres muy amable.

Gin dio un respingo.

—¡No es cierto! —exclamó, entre incrédula y molesta.

—Sí, lo eres —aseveró Fuji, sin dejar de sonreír.

—¡No es cierto! —repitió Gin, poniéndose más colorada.

Fuji volvió a reír y sin que se diera cuenta, Gin le sonrió.

¡Niño! —llamó de pronto Wodaka desde la casa —¿Puedes venir un momento?

Fuji se puso de pie, brincó la cerca y se fue a atender a Wodaka. Gin lo dejó adelantarse para que su prima no viera su cara y después lo siguió.

Al llegar a la sala, Gin encontró a todos (incluido Hatsu, que todavía no se iba) sentados alrededor de la mesa, charlando de algo ante la mirada incrédula de Fuji. Tomó asiento en un rincón, dándoles la espalda a los demás.

—¿Estás seguro de lo que dices, Hatsu? —inquirió Saragi, desconfiada.

—Oye, ¿alguna vez he dicho mentiras así? —soltó Hatsu, ofendido.

—Permíteme recordarte la vez que le dijiste a Zukure que un compañero de clases la necesitaba en cierto café cuando no era cierto —recordó Wodaka.

—¿Y recuerdas cuando hiciste que Gurazu perdiera el equilibro hace dos meses, cuando practicaba una acrobacia nueva en su bicicleta? —le dijo Saragi.

—¿Y te acuerdas cuando me asustaste hace tres meses, diciéndome que por error le quitaste la argolla a Gin y…?

—¡Cállate!

Mezuki cortó su frase ante la voz furiosa e impaciente de su gemela, que le daba la espalda pero se veía que temblaba ligeramente. Wodaka tomó la palabra.

—Creo que Hatsu captó la idea —indicó —Hatsu, ¿qué tienes que decir en tu defensa?

El chico peliazul se encogió de hombros.

—Esas cosas llevan la firma de Shigu —dijo simplemente.

Las chicas se quedaron mudas ante tal argumento.

—No nos vengas con cuentos —rebatió Saragi —Sabes perfectamente que Shigu nunca le hace esas cosa a Zukure. A los demás quizá, pero a ella…

—De acuerdo, me atraparon —se rindió el chico —Ahora, ¿podemos volver a lo que estábamos? Lo de Kinokaze–san…

Fuji dio un respingo al oír su nombre.

—Ah, sí —recordó Wodaka —Pues en vista de cómo están las cosas… Yo no tengo inconveniente, después de todo, cubre la orden de mi madre, sólo que…

—Ya —dijo Hatsu sin más —Takeshi me contó. Pero de todas formas aplica, ¿no?

—Sí, supongo que sí —afirmó Wodaka, asintiendo.

—No entiendo nada —musitó Fuji, procurando que nadie lo oyera.

—Así son estos dos a veces —le susurró Saragi de pronto —Se llevan bien la mayoría del tiempo, a pesar que en carácter no se parecen mucho.

Fuji asintió, pensando que era la primera vez que Saragi le hablaba con amabilidad.

—Muy bien, decidido —Wodaka dio unas palmaditas a la mesa —Hatsu, vámonos. ¿En qué llegaste aquí, por cierto?

—En moto, Gurazu me prestó la suya por esta semana —respondió el chico.

—Pues te sigo en mi auto —Wodaka se puso de pie —Arreglaré eso ahora mismo, espero que no haya mucho inconveniente. Avísenle a Zukure que llego para la cena —y sin más, ella y Hatsu abandonaron la sala.

—¿Se puede saber qué se traen ahora la virgen loca y ese aguador? —interrogó Gin.

—Si no llegas a tiempo… —comenzó Mezuki.

—Van a resolver la estancia de Kinokaze —respondió sorpresivamente Saragi —Tal parece que hay algunos problemas, pero Wodaka quiere hacerla permanente.

Gin y Mezuki adoptaron idénticas caras de asombro.

Pececito, ¿te sientes bien? —soltó Gin.

—Sí, me siento bien —respondió Saragi cansinamente —Ahora, si me disculpan…

Y sin decir más, se retiró. Mezuki se puso de pie, exclamando algo como ¿Pero qué te pasa, Saragi? mientras seguía a su prima, al tiempo que Gin no se recuperaba de la sorpresa. Solamente lo hizo cuando notó a Fuji, que seguía en su sitio muy pensativo.

—Oye, ¿tú entendiste algo? —le preguntó cautelosamente.

—¿Qué? —Fuji se sobresaltó un poco y la miró con confusión —No, nada —negó con la cabeza —Parecía que Wodaka–san y Hatsu–san hablaban en clave.

Gin asintió y se fue a paso rápido, dejando a Fuji ahí solo. Pensó, por alguna extraña razón, que el chico necesitaba reflexionar.

&&&

—¡Hola, hola! ¡Todo resuelto!

Ése fue el saludo que Wodaka dio al regresar a casa, provocando diversas reacciones.

—Sabía que te saldrías con la tuya —musitó Saragi, pero sonreía.

—No sé cómo le hace —soltó Mezuki con incredulidad.

—Bien hecho, Woda–chan —Zukure estaba sirviendo la cena y le sonrió a la rubia.

Gin, recién salida de la cocina con una charola en las manos llena de comida, inclinó la cabeza como si asintiera, para luego subir la escalera.

—¿A dónde va Gin? —quiso saber Wodaka.

—A llevarle algo de comida a Fuji–kun —informó Zukure, con aspecto serio —No bajó a comer y ahora no quiere cenar.

Wodaka hizo una mueca, pero no hizo comentarios y siguió a Zukure a la cocina. En tanto, Gin estaba llamando a la puerta de Fuji, cosa difícil con la charola en las manos.

—Pase —indicó la voz de Fuji desde adentro.

Con cierto apuro, la pelirroja logró abrir la puerta y entrar, encontrándose con que Fuji estaba recostado en su cama, hecho un ovillo y de espaldas a la puerta. La chica, sin saber qué decirle, fue a la pequeña mesa de la habitación a dejar la charola.

—Zukure te manda esto —le avisó —Cuando acabes, dejas la charola en el pasillo.

—Gracias —oyó que le contestaba el joven, pero sin cambiar de posición.

Gin iba a salir, pero decidió que no. Cerró la puerta y avanzó hasta la cama, donde se sentó. Miró al chico con el ceño fruncido.

—¿Sabes qué creo? —le dijo de pronto —Que no te queda estar triste. Deberías andar como siempre, con esa sonrisa boba por toda la casa, intentando que todo el mundo sea tu amigo aunque no lo consigas. Yo… ¡Ay, ya no sé ni lo que digo! —la chica se puso de pie.

Sintió que alguien le tomaba la mano y un torbellino la rodeó casi de inmediato. Cuando el torbellino se disipó, sus ojos plateados se encontraron con los castaños de Fuji.

—Gracias —fue todo lo que él dijo, antes de ponerse de pie, soltarla e ir a la mesa, hacia la charola —Ahora que lo pienso, tengo hambre.

Y a Gin esa fue la primera vez que transformarse no le importó. Salió del dormitorio con una vaga sonrisa que prefirió guardarse para sí misma al bajar a cenar.

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Re:Telaraña [08/?]
« Respuesta #27 en: Enero 05, 2011, 06:33:16 pm »
woo komo dige el primero en leerlo XD y pobre fuji ka malos son sus tios peo por ke son asip nu entendo bueno otra kosa esa pareja kada ves se ace mas notable XD y de ke taban alando hatsu  wodoka y las demas ?? bueno ia se vera a por cierto me voy a ir de viaje kreo ke lo ke keda de vacaciones asike nu voy a poder leer muxo el fic  :sadfox: bueno tengo ata el jueves XD


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Re:Telaraña [08/?]
« Respuesta #28 en: Enero 05, 2011, 09:26:15 pm »
alguien me gano en leer pero bno xD QUE malos son los tios de fuji xD lo que si me gusto fue la parte en el que gin no sabia ni lo que decia jejjeje sip cada ves se hace mas notable esa parejita jejje ta muy bno el capitulo me gusto xD muchas felicitaciones Potter :)


 

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Re:Telaraña [09/?]
« Respuesta #29 en: Enero 20, 2011, 07:21:04 pm »
Nueve: La visita.

Los días siguieron su curso y antes de lo esperado, llegó el otoño. Cosa que solamente significaba una cosa en Akiyuri: fiesta.

—Nuestra escuela tiene el orgullo de realizar el Festival Yuri–Hime —anunció Esaki con una sonrisa cierto lunes, en una reunión del grupo al final de las clases del día —Se realizan varios eventos, y este año nos tocó un puesto de comida. Chicos, ¡vamos a cocinar onabe!

Muchos murmuraron emocionados, aunque unos cuantos no parecían entusiasmados con la idea. Las Hoshi, en cambio, ni siquiera sabían de qué se trataba aquello.

—¿Qué se supone que hacen en ese festival? —le preguntó Saragi a Fuji en voz baja.

—Bueno, es como un festival de verano, ¿sabes? —Fuji se quedó pensativo un instante —Hay de todo: comida, juegos, espectáculos… Al menos eso sé.

—¿Nunca lo has visto? —se extrañó Saragi.

—Una vez papá me trajo, es que esta escuela fue donde él y mamá estudiaron —Fuji sonrió con nostalgia, como siempre que hablaba de sus padres —Fue divertido.

Saragi asintió levemente, para seguir prestándole atención a Esaki.

—Bien, ahora, ¿quién se ofrece a cocinar el onabe? —preguntaba Esaki entonces.

—¿Qué tal las Hoshi? —sugirió la chica de cabello ondulado peinado en una cola de caballo, que estaba sentada cerca de Mezuki y una chica de corto cabello oscuro.

—¿Y quién te dijo que sabemos cocinar, Gakusha? —le farfulló Mezuki, molesta.

—¿Saben cocinar? —inquirió Esaki con semblante serio.

Mezuki y Saragi negaron con la cabeza. Gin, distraída en mirar por la ventana, ni siquiera se enteró que se estaban dirigiendo a ella hasta que una chica de cabello rubio oscuro le sacudió el hombro y exclamó.

—¡Te están hablando, Hoshi–kun!

Gin se volvió y miró al frente, arqueando las cejas.

—Hoshi–kun, ¿sabes cocinar? —le preguntó Esaki.

Gin ladeó la cabeza, pensativa, pero no contestó. Regresó su vista a la ventana.

—No sabe —respondió Mezuki por ella, sonriendo —Créanme.

Gin hizo una mueca de enfado, pero no replicó.

—Bien, entonces seguimos en las mismas, ¿quién se ofrece a cocinar? —insistió Esaki.

—Fuji sabe cocinar —dijo de pronto Nagase, alzando una mano —Él puede hacerlo.

—Sí, que lo haga Fuji —apoyó Shinto.

—Chicos, yo… —intentó replicar Fuji.

—¿Seguros? —Esaki sonrió un tanto burlón —¿No será tan distraído como para ponerle azúcar al onabe en vez de sal?

—¿Te disculparás solito o te ayudo? —Nagase se puso de pie y levantó un puño.

—Tu aura no se ve muy sana, ¿sabías? —Shinto le hizo segunda a Nagase.

—Chicos, no peleen —pidió Fuji.

—Muy bien, si no queda de otra, Kinokaze cocinará —Esaki se vio rodeado de Nagase y Shinto y se intimidó visiblemente —¿Alguien se ofrece a ayudarle?

Nagase y Shinto levantaron las manos a centímetros de Esaki, quien vio eso con espanto.

—Ya, de acuerdo, Haraki–kun y Kano–kun le ayudarán —Esaki sonrió forzadamente —Ahora, hay que ponernos de acuerdo para comprar los ingredientes y…

La reunión siguió más o menos normal, aunque de vez en cuando Nagase y Shinto le dirigían miradas amenazantes a Esaki, quien al notarlas, tragaba saliva. Al final, quedando los detalles acordados, se dio por terminada la reunión y todos pudieron irse.

—Lo bueno es que ayer empezó el Aki–Michi —sonrió Nagase con alivio.

Con Aki–Michi se refería a una semana entera de celebraciones en la ciudad de Akiyuri, en la cual todo trabajador menor de edad quedaba liberado de sus obligaciones. O sea, que Fuji y Nagase tendrían libre la semana para ayudar con el festival.

—Y lo mejor es que nos pagarán por no hacer nada —continuó Nagase —Eso me encanta. Nada más que mamá sí va a trabajar —hizo una mueca —Ni modo.

—A mí lo que me interesa es arreglar la preparación del onabe —Shinto habló con su tono serio de siempre, frunciendo el ceño —Fuji, ¿no te dirán nada en donde estás viviendo?

—Ah, pues… —Fuji no había pensado en eso. Tendría que preparar el onabe por adelantado y si Nagase y Shinto lo iban a ayudar, implicaba… —De hecho, chicos, tengo que contarles algo…

Estando en el área de bicicletas, y luego que la mayoría se fuera, Fuji les explicó a sus amigos dónde estaba viviendo actualmente y porqué.

—¡¿QUÉ?! —soltó Nagase cuando Fuji acabó su relato —¿Luego de vivir en un remedo de cabaña, ahora estás en casa de la engreída y la par de locas?

Fuji sonrió nerviosamente.

—Oye, no es para tanto —aseguró —Todas son amables conmigo y yo estoy a gusto ahí. Confía un poco en mí, Naga–kun.

Nagase lo miró un instante antes de suspirar. Shinto había escuchado todo sin hacer comentarios, pero cerró los ojos un momento y habló al poco rato.

—Vaya, eso no me lo esperaba —reconoció —Es una buena oportunidad.

—¿Oportunidad para qué? —quiso saber Nagase.

—Bueno, las auras de las Hoshi me dan curiosidad —explicó Shinto con calma —Así que aprovechando que tenemos que ayudar a Fuji con el onabe, ¿por qué no vamos de visita y conocemos el ambiente a fondo?

—¡Buena idea, Kano! —Nagase sonrió con ganas, mientras Fuji se quedaba un tanto asombrado, ¿qué estaba pasando? —Sí, tengo que ver si ese sitio es bueno para ti —Nagase adoptó una pose de hermano mayor preocupado, mirando a Fuji —Ve avisando que iremos el jueves —indicó en tono mandón —¡Y nos quedaremos a dormir!

Fuji intentó replicar, pero Nagase no lo dejó.

—Vamos, Fuji, es por el festival, hay mucho trabajo qué hacer para tener el onabe listo —se defendió el rubio —Anda, no es algo del otro mundo…

—Bueno… Supongo que Wodaka–san no se opondrá —musitó Fuji.

—¿Quién es Wodaka? —se intrigó Shinto.

—Es la dueña de la casa. Es prima de Hoshi–san, Gin–san y Mezuki.

Nagase y Shinto asintieron, pero el segundo vio a Fuji con confusión.

—¿Mezuki? —inquirió en un susurro.

—Ah, es que… —Fuji no supo qué decir ante eso —Digamos que… Ella es…

—No importa —aseguró Shinto, sonriendo ligeramente —Me doy cuenta.

Fuji se quedó bastante confundido por las palabras de su amigo, pero no dijo nada.

—Muy bien, pues yo me retiro —Nagase se trepó a su motocicleta —Mamá necesita que le ayude con las pequeñas pulgas, tiene que trabajar —sonrió al ponerse el casco —¡Adiós!

Shinto también se despidió y se fue, mientras que Fuji se quedó parado un momento antes de tomar su bicicleta e irse. En todo el camino se quedó pensando una cosa, ¿cómo se tomarían las chicas Hoshi que sin darse cuenta, haya invitado a sus amigos a la casa?

&&&

—¿Amigos del niño? ¡Genial!

Fuji se quedó con la boca abierta (literalmente) ante la respuesta de Wodaka.

Era la hora de comer y había estado pensando durante dos horas o más cómo plantearle el hecho de la futura visita de Nagase y Shinto a la casa. Pero ahora resultaba que la rubia se lo tomaba bastante bien. Quienes no parecían muy contentas eran Mezuki y Saragi.

—¿Te das cuenta de lo que dices, Wodaka? —intervino Saragi con voz cansina.

La aludida parecía demasiado alegre como para prestarle atención.

—Y dime, ¿cómo son tus amigos? —le preguntó a Fuji.

—Uno es un buscapleitos y otro es el misterio andante —resumió inesperadamente Gin.

La mesa se quedó en completo silencio. Incluso Wodaka dejó de reír.

—¿Qué significa eso exactamente? —preguntó Zukure, temiendo la respuesta.

—Eso, nada más y nada menos —Gin se encogió de hombros —O eso dicen.

—¿Y desde cuándo pones atención a lo que otros dicen, enana? —se extrañó Mezuki.

—Desde que también dicen que aunque bonita, tú estás más loca que una cabra —Gin siguió comiendo tranquilamente tras decir eso, pero agregó de repente —Aunque lo mismo dicen del pececito y de mí, así que un halago no es.

Saragi suspiró como si aquello la aburriera mucho, pero Mezuki frunció el ceño. Zukure, al ver la escena, decidió cambiar de tema.

—En todo caso, Fuji–kun —expresó —lo único que te pedimos es que tengas cuidado con lo que dices, ¿entiendes lo que significa?

—Sí, claro, Zukure–san —Fuji asintió en el acto.

Por el momento, el asunto quedó zanjado.

En el transcurso de la semana, el grupo de Fuji estuvo ocupado, igual que los demás de la preparatoria Akiai, preparando su parte del Festival Yuri–Hime. Pronto las Hoshi se pusieron al corriente de todo lo que ello implicaba… Incluso se llevaron una sorpresa cuando…

—¡Me niego! —gritó Gin el miércoles, sentada a su banca haciendo hojas secas de árbol con papel, para decorar el puesto —¡Me niego rotundamente!

Sus compañeras de grupo la miraban suplicantes, rodeando su banca, y Mezuki se acercó con curiosidad, seguida de Saragi.

—Anda, Hoshi–kun, no es la gran cosa —decía Gakusha —Por favor, di que sí…

Pero Gin no dejaba de negar con la cabeza, con la vista fija en las hojas de papel.

—¿Qué pasa? —interrogó Mezuki.

—¡Mezuki–san, tú puedes hacerlo! —la chica de corto cabello oscuro se volvió hacia ella, con gesto de dolor —Necesitamos que una chica atienda el puesto, así que…

—Olvídalo, Chiba —Mezuki hizo una mueca —No me agrada estar sirviendo comida.

—Yo lo hago —ofreció Saragi.

Gin y Mezuki la miraron con sorpresa, igual que sus compañeras.

—¿En serio, Saragi–san? —musitó Gakusha.

Saragi asintió.

—¡Genial! —las chicas rodearon a Saragi de inmediato, sonrientes —Entonces ven, por favor, tenemos que medirte el vestuario…

—¿Vestuario? —al oír eso, Saragi ya se estaba arrepintiendo.

—Sí, sí, ¿no creerás que vas a servir en el puesto con el uniforme, verdad? No llamaría la atención. Necesitamos atraer a los clientes —explicó Gakusha.

—Ya verás, es algo fantástico —siguió Chiba —Lo hice yo.

Saragi puso los ojos en blanco y se dejó arrastrar por sus compañeras.

—Si por eso no quise hacerlo —musitó Gin con una sonrisa divertida —Creo que traeré una cámara, para tener un recuerdo de esto.

Mezuki se molestó por ver a Gin sonriente.

—Al menos te alegrará un poco la vida libre, ¿no? —le soltó.

Gin la escuchó y la miró con desafío, dejando sobre su banca la hoja de árbol que recortaba. Hizo una mueca, como si se contuviera de hablar, para luego volver a su trabajo.

—¿Qué quería el Grupo Escándalo? —inquirió Fuji de pronto, cargado de pliegos de papel que deposito en la banca de Gin.

—¿Grupo Escándalo? —se extrañó Mezuki.

—Sí, así les dicen a Gakusha–san y sus amigas, es que cuando se proponen algo, son muy animosas —Fuji sonrió, encogiéndose de hombros —Bueno, aquí tienes el papel, Gin–san. ¿Segura que no quieres que te ayude?

—Ajá —Gin no levantó la vista para responder, estaba concentrada —Casi termino.

—De acuerdo —Fuji ladeó la cabeza, pensativo —Tengo que ir a ver que trajeran los ingredientes del onabe, se supone que hoy los llevaré a casa…

Y meditando eso, el chico se retiró. Mezuki lo vio alejarse y sonrió maliciosamente, pasando sus ojos del punto donde Fuji se había perdido de vista a su gemela, que seguía absorta en las hojas de papel. En su cabeza empezaba a formarse una idea no muy buena.

&&&

Al día siguiente, luego de una breve reunión de grupo antes del festival, Fuji y sus dos amigos se retiraron a casa de las Hoshi. Las chicas se habían quedado atrás: Gin ayudaba a decorar el puesto, Mezuki andaba dando vueltas por todos los salones, admirando (y criticando) el trabajo de los demás grupos y Saragi… bueno, el Grupo Escándalo le medía el vestuario para atender el puesto. Fuji, al pensar en eso, sintió pena por Saragi. A él, por ser quien cocinaba y quien atendería el puesto, también le había tocado un vestuario, y sabía lo que estaba pasando la chica.

—Kano, súbete ya —indicó Nagase, tendiéndole el casco a su amigo.

Shinto rechazó el casco con un vago gesto de mano.

—Ya voy, sólo que… Creí ver algo.

Esa frase hizo que Fuji se preocupara.

—¿Algo como qué? —inquirió.

—Nada importante, creo —Shinto se encogió de hombros y subió a la motocicleta de Nagase, tras éste —Mejor vámonos.

Fuji lo miró un segundo, pero viendo que Shinto le dedicaba una de sus escasas sonrisas, se relajó y se echó a andar. Minutos después, ya habían llegado a casa de las Hoshi, y Nagase soltó un silbido de admiración.

—Tenías razón, Fuji, esta casa sí que es grande —comentó.

—Hola, Fuji–kun —saludó Zukure entonces, saliendo de la cochera con su motoneta, el casco colgando de un brazo y su tubo rosa a la espalda —¿Son tus amigos?

—Sí, son ellos —Fuji asintió, bajando de la bicicleta —Chicos, ella es Hoshi Zukure–san. También vive aquí. Zukure–san, ellos son Haraki Nagase–kun y Kano Shinto–kun.

—¡Qué onda! —dijo Nagase a modo de saludo, agitando una mano.

—Buenas tardes —Shinto inclinó la cabeza.

—Bueno, me tendrán que disculpar, pero me retiro —Zukure se colocó el casco y montó —Tengo clases. Nos veremos para la cena —y a continuación, arrancó y se marchó.

—Inestable —dijo Shinto al perderla de vista —Igual que sus parientas.

—Deja eso para luego, Kano —pidió Nagase, bajando de la motocicleta —Vamos.

Shinto asintió y ambos siguieron a Fuji al interior de la casa.

—¡Ya llegué! —anunció Fuji al entrar.

Niño, ¿vienes solo? —preguntó la voz de Wodaka desde la sala.

—No, Wodaka–san. Con mis amigos.

La rubia asomó la cabeza y sonrió al ver a los tres chicos.

—Ah, sí, se me olvidaba —comentó —¿Y las otras tres?

—Tuvieron que quedarse a hacer otras cosas, llegarán para la hora de comer —Fuji dejó su mochila a los pies de la mesa del recibidor —Chicos, ¿me acompañan a la cocina? Voy a preparar la comida y luego a revisar lo que nos compraron para el onabe.

Los otros dos asintieron y lo siguieron por el pasillo.

—¿Porqué la rubia te dice niño? —inquirió Nagase.

—No sé, quizá porque para ella soy pequeño —Fuji sonrió —Es periodista.

—¿Ah, sí? —se interesó Shinto.

—¿Y qué clase de cosas escribe? —quiso saber Nagase.

—Pues hace poco, escribió un artículo para una revista acerca de la forma de vestir de los empresarios —recordó Fuji, pensativo —Dijo que Kokoro–dono se lo pidió…

Los otros dos se quedaron en silencio, pensando que Wodaka no era del todo normal.

—¿Quién es Kokoro? —preguntó Nagase.

—¡Ah, ella! Es la madre de Wodaka–san. Es miembro del…

Se interrumpió bruscamente. Había estado a punto de decir que Kokoro era miembro del Panteón y se suponía que no debía soltar eso frente a sus amigos.

—¿Miembro del qué? —se interesó Shinto.

—De… del grupo más importante de la familia Hoshi —dijo Fuji apresuradamente —Sí, eso. Kokoro–dono es de las más importantes en la familia Hoshi.

Nagase y Shinto, que conocían bastante a Fuji, no se creyeron eso, pero decidieron no preguntar más. Mejor cambiaron el tema.

—¿Y dónde guardaste las cosas para el onabe? —quiso saber Nagase.

Fuji se distrajo por completo del tema de Kokoro y fue indicándoles a sus amigos en qué sitios estaban guardados los ingredientes, mientras que cocinaba la comida de ese día. Cuando casi terminaba, se oyó la puerta principal abrirse y una voz anunció.

—¡Ya llegamos! —era Saragi.

—Hola, hola —saludó Wodaka con ánimo —El niño y sus amigos ya llegaron, están en la cocina —avisó —¿Porqué tardaron tanto?

—Tuvimos que arreglarle unos detalles al puesto, estaba chueco —comentó Gin.

—Si vieras lo que hacen los de tercer año… ¡Les tocó estar en el escenario! —soltó Mezuki, con ligera envidia —Van a presentar una obra musical… Los vestuarios son geniales.

A la mención de la palabra vestuarios, la cara de Saragi se ensombreció.

—¿Y tú, Saragi? —inquirió Wodaka.

—Sin comentarios —dijo la aludida y se fue a su habitación.

—Definitivamente llevaré una cámara —Gin se tapó la boca con una mano, conteniendo la risa —¡Esto será gracioso! —exclamó, para luego subir a cambiarse.

Wodaka interrogó a Mezuki con la mirada, pero ésta se encogió de hombros y también subió. La rubia, con signos de estar algo molesta, mejor fue a su dormitorio.

—¿Así se llevan en esta casa? —preguntó Nagase.

—Pues… Sí, así son —Fuji se encogió de hombros —Vigilen esto, las llamaré a comer.

El chico salió y sus dos amigos se miraron un instante.

—¿Crees que Fuji esté bien aquí? —Nagase se dirigió a Shinto con gesto serio.

Shinto ladeó la cabeza, pensativo.

—No sé —confesó el joven, mirándose la muñeca derecha, donde siempre llevaba una muñequera azul —Veamos el ambiente en la mesa, ¿te parece? Las auras se relajan allí.

—Si tú lo dices… —Nagase se encogió de hombros —Pero algo aquí no me agrada.

—Pienso lo mismo —susurró Shinto, desviando su violeta mirada hacia la puerta que daba al patio —Pienso lo mismo.

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La hora de comer fue algo silenciosa. Ninguna de las chicas Hoshi hablaba mucho, y eso a Nagase y Shinto les dio mala espina. Fuji miraba a ambos lados de la mesa, preguntándose qué era lo que pasaba, pues se sentía tensión en el aire.

—¡Adoro el Aki–Michi! —se oyó decir desde la puerta principal de pronto. Poco después, aún con su tubo rosa a la espalda, Zukure entró al comedor —Nos dieron el resto de la tarde, aunque mañana deberé quedarme en la biblioteca, ¡pero qué importa! —la chica alzó los brazos en señal de gozo —Ahora vengo, me serviré.

Y se fue a la cocina a paso rápido.

—Vaya, creí que Zukure era adicta a la escuela —comentó Mezuki de repente.

—Es adicta a leer, que es diferente —aclaró Wodaka con una sonrisa —Pero como cualquier persona normal, adora no ir a clases —y se rió brevemente.

—Eso es nuevo —apuntó Saragi.

—No, no tanto, recuerdo el año pasado —Wodaka puso una mirada soñadora —Cuando llegó el Aki–Michi, sus compañeros la convencieron para irse toda la tarde a pasear por la ciudad, para terminar yendo a una disco donde…

—Woda–chan, sigue hablando y le pediré a Kin que investigue todo lo indebido que has hecho desde que tenías cinco años —soltó Zukure con expresión sombría, colocándose tras su prima con un plato en las manos.

—Vamos, Zukure, es un chiste —Wodaka rió con algo de nerviosismo y mejor siguió comiendo —Siéntate, ¿quieres?

Zukure negó con la cabeza, con aspecto resignado, para luego tomar asiento.

—Oye, Zukure, no sabía que así se calmaba a esta mujer —comentó Mezuki —¿Cómo lo descubriste, eh?

—Ah, bueno, me lo sugirió Shi–kun —respondió Zukure, para luego ponerse a comer.

—Te llamas Zukure, ¿cierto? —intervino Nagase.

—Sí, ése es mi nombre, Nagase–kun, ¿se te ofrece algo?

—Pues… ¿qué estudias, eh?

—¿Yo? Estudio Arquitectura.

—¿Arquitectura? —se sorprendió Fuji, dejando caer los palillos.

—¿Acaso no sabías, Fuji? —interrogó Shinto.

—Sabía que estaba en la universidad, pero no la carrera que estudiaba —susurró Fuji, apenado —Sí que soy despistado…

—No hay cuidado, Fuji–kun. Debí decírtelo yo —aseguró Zukure.

—Y tú —Nagase se volvió hacia Wodaka —Eres periodista, ¿no?

—Sí, lo soy —la rubia agitó un poco la cabeza y asintió —¿Porqué preguntas?

—¿Qué has escrito últimamente? —se interesó Shinto de improviso.

—Ah, pues… Creo que lo último que escribí fue sobre… ¡la noche en las discos!

Todos la miraron con expresión incrédula.

—Woda–chan, ¿quieres que llame a Kin? —inquirió Zukure, sombría de nuevo.

—No, no, es en serio —se defendió Wodaka —Lo entregué a la revista Haruai.

—¿La Haruai? —se asombró Nagase —Mamá compra esa revista. Dice que le encantó el artículo de las discos. ¿Lo escribiste tú?

Wodaka asintió con gesto de orgullo.

—¿Ya ven, chicas? —dijo —Alguien aprecia mi talento.

Las demás la miraron con gesto de hastío.

—Virgen —soltó de pronto Shinto.

A todos, menos a Nagase, se les pusieron los pelos de punta.

—Recuerdo haber leído en esa revista algo sobre cómo adoran a una virgen en occidente —completó Shinto, comiendo con gesto indiferente.

—Ah, ya, comprendo —Wodaka sonrió un tanto forzada, abanicándose con una mano.

Los demás siguieron recuperándose del susto, para luego terminar de comer en una situación un tanto inquieta. Fuji solamente deseó que sus amigos no descubrieran nada.

—Bueno, voy por el té —dijo Fuji, ayudando a Zukure a recoger platos —Ahora vengo.

Al perderse de vista, Nagase soltó un suspiro.

—Sí que está bien aquí —musitó con alivio.

—¿Qué dices, Haraki? —inquirió Saragi.

Nagase la observó fijamente.

—Mira, Hoshi, si te soy sincero no me agradas mucho, pero ya que preguntas… —tomó aire antes de seguir —Fuji es confiado, eso no tengo porqué decirlo, así que siempre que alguien se porta bien con él, quiere ser su amigo.

Nagase tomó aire y prosiguió.

—Así que, tomando en cuenta que a veces no se fija cuando lo tratan mal, por eso nos preocupamos por estar con él, para cuidarlo un poco —volvió sus ojos hacia Shinto un instante —Además… lo prometimos frente a la tumba de Kenji–san y Kumiko–san.

—¿Quiénes son ellos? —inquirió Gin de repente.

—Eran los padres de Fuji —respondió Shinto con seriedad, acentuando la palabra eran —Murieron el pasado invierno.

Las presentes que no se sabían ese dato abrieron los ojos con incredulidad. Zukure entró entonces, yendo hacia su sitio.

—¿Y el niño? —inquirió Wodaka.

—Fuji–kun no me dejó ayudarlo con el té —Zukure se encogió de hombros y se sentó.

—¿Ahora lo ven? —Shinto habló de repente, sobresaltando a las chicas, con un tono de voz menos frío que el que acostumbraba —Fuji es amable con todo el mundo, así que es fácil que abusen de él. Por eso es que nos preocupamos más, ¿verdad, Nagase?

El rubio asintió vehementemente, y las Hoshi entendieron el punto. Y también sintieron admiración por Fuji por tener tan buenos amigos.

—Él… es agradecido —susurró Gin, para sorpresa de los demás.

—Sí, lo es —Zukure sonrió levemente —Quiere demostrar que está bien aquí.

—Admito que… da un poco de ambiente a esta casa —masculló Mezuki.

—Y ve cosas que otros no —agregó Saragi, sonriendo con resignación.

—En pocas palabras, nos alegra conocerlo —sentenció Wodaka con una sonrisa.

Nagase las observó algo incrédulo, mientras que Shinto veía a cada una de ellas con ojo crítico, como si analizara algo que nadie más tomara en cuenta.

—Aquí está el té —anunció Fuji en ese momento, entrando al comedor.

Nagase, sonriendo con cierta resignación, se puso de pie y ayudó a su amigo con la charola llena de tazas, mientras Shinto, levantándose también, ayudó a servir el té.

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La cena fue más o menos igual: al principio muy silenciosa, pero luego algún comentario suelto desencadenaba una serie de diálogos que culminaban con una frase de Shinto que los paralizaba a todos, asustados. Al terminar, Fuji y sus amigos se retiraron a la cocina a preparar el onabe. Terminaron pronto, ya que el platillo se serviría caliente por la mañana en el festival, y se fueron a acostar. Fuji les indicó el camino a los dormitorios y lo que Wodaka había decidido.

—Ustedes tomarán estas habitaciones —señaló dos puertas en su lado del pasillo de la planta alta, entre su puerta y la de Mezuki —La mía es la última de este lado, y el baño es la puerta que tengo enfrente, por si se les ofrece algo. ¿De acuerdo?

—Muy bien —Nagase sonrió —Oye, ¿porqué las chicas tienen esos letreros en sus puertas? Son muy curiosos.

—Ah, es porque… —Fuji se rascó la cabeza, dudoso —Son sus signos del Zodiaco occidental —se decidió a contestar, lo que no era del todo mentira.

—Ah, vaya —Shinto observó a su alrededor, para luego fijarse en el otro extremo del pasillo —Hacia allá se siente el aura de Gin.

—Sí, allá está su dormitorio. ¿Porqué lo dices, Shin–kun?

Shinto observó un poco más el lado del pasillo hacia donde estaba el dormitorio de Gin antes de negar con la cabeza.

—Solo era un comentario —respondió, sonriéndole a Fuji —Nada importante.

Fuji lo miró con extrañeza.

—Bien, a dormir —invitó Nagase estirando los brazos.

—Buenas noches, chicos —deseó Fuji, yendo hacia su dormitorio y entrando en él.

Eso lo aprovecharon Nagase y Shinto para mirarse con seriedad.

—¿Tú qué dices? —inquirió Nagase en voz baja —¿Está bien aquí?

Shinto inclinó la cabeza, con aire pensativo.

—¿Qué crees tú? —preguntó por fin.

—Pues en contra de lo que pensaba, sí —Nagase se encogió de hombros —Al menos veo que todas ellas… Lo entienden.

Shinto asintió.

—Lo que yo creo —comentó con frialdad —es que lo entienden, cierto, pero cada una a su manera. Y a la larga, podría traerle problemas.

—¿Como qué? —se extrañó Nagase.

Shinto negó con la cabeza, apesadumbrado.

—Quisiera equivocarme, pero tal vez sean problemas en los que no podamos ayudarle —respondió, desviando la vista imperceptiblemente hacia el lado del pasillo donde quedaba la habitación de Gin —Por mucho que nos duela, tendrá que resolverlos solo.

A Nagase eso no le hizo gracia.

—Pero podemos estar ahí para apoyarlo un poco, ¿no?

Shinto esbozó una sonrisa de suficiencia.

—Eso ni dudarlo —aseguró.

Después de eso, ambos chicos se fueron a dormir.