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Agosto 17, 2018, 10:46:25 am

Autor Tema: Rilato [20/¿?]  (Leído 13966 veces)

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Re:Rilato [17/¿?]
« Respuesta #60 en: Febrero 01, 2013, 08:52:59 am »
OH!!! si lo se escribo antes >_<

Y si... hay q ganar la carrera *Empujandolos por detrás* XDD ¿Apareceré mañana y habrá nuevo capítulo o me dara tiempo a hacerme la chuleta?
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Re:Rilato [18/¿?]
« Respuesta #61 en: Agosto 16, 2013, 11:31:55 pm »
018: Ruina.
(Abierto)


Respira, debes persistir…
Reprime, debes fingir…
Reza, no debes morir…

Se volvió noticia de primera plana, al día siguiente, que la CIC hubiera sido llamada a Quórum en cuanto abrió sus puertas. La gente común, que apenas recordaba lo que era eso, se quedó pasmada cuando diversos medios de comunicación les refrescaron la memoria.

Maurice Rouge, senador humano de la Cámara Interracial de la Concordia, ha hecho un llamado a Quórum —leyó por lo bajo Khaos en uno de los periódicos nacionales de mayor circulación —Lawrence Lookmoon, su homólogo licántropo, ha sido el primero en presentar una queja.

Yumegami había mencionado algo al respecto, pero sinceramente no había prestado mucha atención. Eso se debió, principalmente, a que seguía preocupada por Vittorio, que después de comer la sopa de Himmel, se había encerrado en su habitación y ni a su madre quiso recibir.

—Ya salió, ¿cierto?

Khaos asintió con una cabezada, mirando a Yumegami, que recién iba entrando al salón principal. El muchacho se sentó a frente a ella, adoptando enseguida una postura pensativa.

—¿Qué va a pasar ahora?

La pregunta de Khaos salió en un susurro. Yumegami suspiró.

—El Quórum se desarrollará de acuerdo a la ley vigente —explicó él con seriedad —Incluso puede que el proceso no tarde mucho, la mayoría de la documentación necesaria se preparó con anticipación. Lo complicado será mañana, que debe presentarse el Respaldo.

—¿Respaldo?

—Sí. Es la prueba, viviente o no, de los argumentos para el llamado a Quórum. En este caso, el Respaldo soy yo.

—¿Tú?

Khaos se puso de pie de un salto. Sintió una agitación en su interior, y de alguna manera, sabía que era porque Khronos estaba de acuerdo con ella en su alteración.

—Según lo que recuerdo… Ser un Respaldo significa… Eso es…

—Probarán conmigo que las nuevas especies se crearon, sí. Será un fastidio, incluso supongo que dolerá, pero valdrá la pena.

—¿Por qué debes hacerlo tú?

Yumegami inclinó la cabeza, con gesto apesadumbrado.

—No iba a dejar que Alí–sama pasara por todo eso. Pensé en Viola–sama, en Vittorio y en Alhelí…

—¿Y en nosotros? ¿En Khronos y en mí?

—También pensé en ustedes. Pienso estar bien, no hay problema.

—¿Piensas…?

Yumegami asintió, levantando la vista y mostrando la determinación que lo embargaba. Khaos se quedó asombrada, dado que pocas veces podían verse tan claramente los sentimientos de él.

—Prometí que no te volverían a lastimar —dijo él con firmeza —Eso me incluye. Sé que si me pasara algo, sufrirías. Y, aún siendo un egoísta, pienso salir bien de esto para no herirte.

Khaos asintió, con un nudo en la garganta, antes de acercarse a Yumegami y abrazarlo con fuerza.

—Gracias —susurró ella.

Yumegami no tardó en corresponder al abrazo.

-&-

En una de las principales avenidas de la Zona Tenoch, capital de Mexitlán, era donde se podía encontrar la sede nacional de la Cámara Interracial de la Concordia. El edificio, en forma oval y con una gran cúpula blanca de cristal a un costado, se consideraba modesto en comparación con otros como el de la residencia presidencial. Sin embargo, eso era compensado con sus interiores bellamente decorados y con una seguridad prácticamente impenetrable.

Más cuando había algo tan importante como un llamado a Quórum.

Era obligatoria la asistencia de todos los senadores, siendo las únicas excepciones casos realmente extraordinarios. Las numerosas butacas de madera forradas en terciopelo negro se ocuparon desde temprano, siendo el común denominador en los senadores gruesas carpetas de argollas: el día anterior, cada uno había recibido copia fiel de cada documento que respaldaba el llamado a Quórum que había hecho, sin que nadie pudiera creerlo aún, su colega humano.

Y hablando del rey de Rómula (como se acostumbraba decir de forma coloquial), Maurice Rouge entró a la sala con paso firme, cargando su propia carpeta de argollas y colocándose tras el atril que normalmente, solamente usaba el líder de la CIC en las sesiones ordinarias.

—Buenos días, compañeros —comenzó el señor Rouge, sonando firme e impersonal —Bienvenidos sean a la segunda sesión extraordinaria de la Cámara Interracial de la Concordia, con motivo del llamado a Quórum número cuarenta y dos en la historia de Mexitlán. Ayer se procedió a iniciar formalmente el procedimiento y se les entregó una reproducción del expediente que analizaremos. Hoy, si no hay objeciones, se presentará al Respaldo, tal como indica la ley. Es mi deber preguntar ahora, ¿tienen alguna objeción respecto al Quórum que se ha llamado?

El silencio que se creó tras esas palabras fue uno de los más tensos que se recordaran. Aunque la luz del sol iluminaba intensamente la sala al tener como parte de su techo la cúpula blanca de cristal, algunos senadores pensaron que, de pronto, se hallaban en tinieblas.

—Yo tengo algo qué decir —alzó la mano una mujer de voz musical.

—Tiene la palabra la senadora Leviatán, representante acuogénita.

La mujer se puso de pie, mostrando así su estatura considerable y su físico bien proporcionado. Su largo cabello dorado caía en suaves ondas por su espalda, creando un agradable contraste con su vestido color turquesa, que acentuaba el color azul verdoso de sus ojos. Su piel, de un tono rosado, estaba salpicada de pecas diminutas que no resultaban desagradables a la vista. Solamente había algo que no encajaba en su aspecto general y era la dura mirada que dirigía a su camarada orador.

—Con todo respeto, señor Rouge, ¿no cree que resulta sospechoso este llamado a Quórum hecho a toda velocidad? —la mujer hizo un ligero mohín, que lucía infantil en sus finos rasgos de adulta —No esperó ni un día a que iniciara el periodo oficial y presentó el expediente, el cual está muy completo, por cierto. ¿Desde cuándo ha estado planeando este llamado?

Volvió el silencio, pero por poco tiempo, ya que algunos senadores no tardaron en intercambiar rumores. El senador Rouge carraspeó.

—No voy a negar que inicié con anticipación la recopilación del expediente, eso sería cínico de mi parte. Sin embargo, señorita Leviatán, la forma en que se expresa sugiere que tengo intenciones ocultas en cuanto al llamado a Quórum y eso no se lo permito. Lo único que busco es que ninguna especie en este país quede desprotegida.

Algunos cuchicheos surgieron enseguida, habiendo en casi todos un tono de aprobación. La señorita Leviatán arrugó la frente antes de sentarse otra vez, lo que dio oportunidad a otro senador para hablar.

—¿Podemos suponer entonces que las nuevas especies no lo contactaron a usted con este único propósito?

El individuo que inquirió eso, levantándose de su butaca y sin esperar a que le concedieran su turno, se granjeó muecas despectivas. Lucía muy imponente con sus dos metros de altura, sus hombros anchos, su corto y ondulado cabello oscuro y su moreno rostro entre ovalado y cuadrado. El traje que llevaba puesto era color gris, combinado con una camisa blanca y sin corbata. El individuo arqueó una poblada ceja oscura sobre uno de sus ojos, entre azul pálido y gris plata, ante la atención negativa que generaba.

—No leyó con detenimiento el expediente, ¿verdad, señor Lookmoon? —el señor Rouge miraba a su colega sin pizca de simpatía —En caso contrario, sabría que se localizaron estas nuevas especies partiendo de reportes en el CIIG sobre CRIU’s irregulares. Investigamos las anomalías, certificamos que en verdad fueran nuevas especies y no híbridos, que son comunes hoy en día, para proceder a armar el expediente.

—¿Y por qué su especie es la que avala esto?

Lookmoon había dado en el clavo. Esa era una de las principales incógnitas que rondaban las mentes de los senadores.

—El ayer no debe marcar el actuar de hoy —respondió el señor Rouge, haciendo gala de su diplomacia —Los humanos por instinto desconfiamos de los monstruos, pero eso no significa que no podamos vivir en armonía si lo intentamos. Así pues, estoy autorizado a decir, en nombre de todos los humanos de Mexitlán, que las nuevas especies tienen una mano amiga en nosotros. Y avalar el llamado a Quórum es una forma de demostrarlo.

Lookmoon contuvo un bufido de frustración antes de volver a tomar asiento. El resto de los senadores quedó bastante satisfecho con esa última respuesta, ya que ninguno quiso tomar la palabra.

—Si ya no hay más que decir, permítanme presentarles al Respaldo de este Quórum. Pasa, por favor.

De una puerta lateral, ubicada a la izquierda del señor Rouge, salió un joven de cabellos negros y pálida piel, alto y delgado. Su atuendo se conformaba por un pantalón de mezclilla azul oscuro, una camisa blanca y zapatos negros relucientes. Unos anteojos oscuros le cubrían los ojos y la concurrencia comenzó a preguntarse la razón.

—Este muchacho es parte de lo que científicos desleales del CIIG llamaron “Proyectos” —comenzó el señor Rouge, consultando su copia del expediente del Quórum, apenas atento al asombro que causaban sus palabras —No hay registro alguno de que naciera como la gente normal. Si recuerdan, la sede del CIIG en Mexitlán fue investigada hace alrededor de diez años debido a los rumores surgidos tras el secuestro masivo en la Universidad Pública de Hidracalia. Nuestro país sentó el precedente para que el mundo entero indagara a sus propias sedes y se hallaron con cosas terribles, que no vale la pena nombrar. Lo que sí debo dejar claro es que esas criaturas, concebidas en un laboratorio, tienen derecho a que se les tome en cuenta. Porque no son leyendas urbanas, sino una realidad.

Los murmullos fueron aumentando, hasta que repentinamente uno de los presentes alzó la mano con un movimiento rápido.

—Tiene la palabra el representante del señor Presidente, el Secretario de Gobernación, el señor Alberto Masada.

El aludido, poniéndose de pie, dedicó un breve gesto de mano a toda la concurrencia. Era obligatorio que, al llamarse a Quórum a la CIC, un representante del gobierno en turno estuviera presente. Se le concedía un sitio de honor al centro del graderío formado por las butacas de los senadores, pero en esta ocasión, el señor Masada había optado por una butaca sí en el centro, pero hasta la última fila, en la parte superior. Era por eso que todos los cuellos tuvieron que girar para contemplar el rostro moreno, los cabellos de un curioso tono caoba y los penetrantes ojos azules del que tenía semejante cargo.

Sin embargo, pese a su aspecto amable y sus ademanes firmes, en la república de Mexitlán todos sabían que no debían hacerlo enfadar.

—Si nadie aquí tiene inconveniente, quisiera ser yo quien hiciera la primera comprobación —expuso el señor Masada, con una delicada sonrisa.

—¿Y esa comprobación sería…? —inquirió el señor Rouge.

—Una teórica, por supuesto.

El señor Rouge asintió y le cedió el micrófono al joven de anteojos oscuros, quien hizo una inclinación de cabeza y se colocó tras el atril.

—Buenas tardes, muchacho. ¿Podrías decirnos, para empezar, tu nombre y tu lugar de nacimiento, por favor?

El aludido asintió.

—Soy Kuu Yumegami, Masada–san. Mi lugar de nacimiento… No recuerdo exactamente dónde se encontraba.

—¿Y cuál es el motivo de ese olvido?

—Cuando dejé ese lugar, el dato de su ubicación no me pareció relevante. Así que mi mente lo hundió bajo información nueva y no me he molestado en pensar en ello otra vez.

Tras esa extraña respuesta, se hizo el silencio. La expresión del señor Masada no era de contrariedad, sino de reflexión.

—¿Qué edad tienes? —por lo visto, el secretario de Gobernación creyó mejor seguir con sus preguntas, esbozando una ligera sonrisa.

—Según los más recientes cálculos, unos veintidós años.

—¿No sabes tu propia edad, muchacho?

—Puedo asegurar cuándo es mi cumpleaños, pero no en qué año nací.

—¿Y cómo es que sabes tu cumpleaños?

—Averigüé mi cumpleaños con mis habilidades por mera curiosidad.

Muchos senadores escucharon eso con expectación, creyendo que el señor Masada había querido llegar a ese tema a propósito, a de las misteriosas habilidades de aquel chico. Sin embargo, el Secretario de Gobernación arrugó ligeramente la frente, antes de seguir interrogando.

—¿Tienes documentos de identificación? ¿Tienes una CRIU?

—Sí, tengo todo eso.

—¿Cómo los obtuviste, si lo que nos dice el señor Rouge es verdad y no naciste, sino que te crearon?

—Fui a un Registro Civil y alegué pérdida de documentos por desastre natural. Llenar los formularios es sencillo si sabes, de antemano, las respuestas que no causarán la más leve sospecha.

—¿Y cómo sabías esas respuestas?

—Gracias a mis habilidades.

De nuevo el chico mencionaba sus habilidades. Los senadores se estaban preguntando si no sería algún tipo de espía creado por esos locos científicos del CIIG que iniciaron los Proyectos, pero no hicieron ademán de intervenir. Tanto la ley como los modales impedían arrebatarle la palabra al señor Masada durante su comprobación.

—¿Dónde has vivido? —se interesó el señor Masada.

—Primero, donde me crearon. Salí de allí y vagué. Luego, me las he arreglado para vivir donde a nadie le importe.

—¿Eso qué significa?

—Me adueñé de un sitio deshabitado años atrás, dando sutiles señales de mi presencia, pero sin molestar a nadie. Así, cuando la gente de los alrededores de verdad me notó, no les importó y me dejaron en paz.

Los allí reunidos sintieron de pronto un escalofrío. No tanto por lo sencillo que sonaba todo aquello en boca del muchacho, sino por su tono de voz, carente de emociones. ¿Sería verdad lo que se dijo años atrás, que esos Proyectos eran entrenados para no sentir?

—¿Quién se hizo cargo de ti cuando eras niño?

—Nadie.

—¿Nadie? ¿Es en serio, muchacho?

—¿Qué ganaría con mentirle precisamente a usted, Masada–san?

El aludido arqueó una ceja, suspicaz. Los demás creyeron que se enfadaría por esa frase, pero increíblemente, la dejó pasar.

—¿Cómo te las arreglaste entonces?

—Valiéndome de mis habilidades, hice todo lo legalmente posible para sobrevivir. Lo que no fue sencillo, porque si los cálculos recientes no fallan, tenía seis años y nadie creería que un niño de esa edad supiera lo suficiente como para hacer de telefonista o algo parecido.

—¿Acaso eres una especie de genio?

—En absoluto. La información que consigo gracias a mis habilidades se queda en mi cerebro de forma automática. Si conseguía la suficiente de un oficio o profesión, podía desempeñarla.

—Eso es confiar mucho en tus habilidades, ¿no te parece?

—No. Solo sé hasta dónde llegan mis habilidades. Hago constancia de hechos, no de suposiciones ni nada que se le parezca.

El señor Masada asintió con aire distraído, antes de proseguir.

—¿A qué te dedicas actualmente?

—Soy estudiante de la facultad de Programación Gráfica de la Universidad Pública de Hidracalia. Aparte, tengo un trabajo de medio tiempo en una tienda de antigüedades.

—Y para estudiar, ¿cómo te ganaste los recursos?

—Buscaba empleos sencillos. Y vendía lo que sabía.

—¿Cómo era eso?

—Si me enteraba de información útil y valiosa, acudía con quien estaba seguro que se interesaría, daba algunos detalles a modo de prueba y a continuación, negociaba el intercambio.

—¿Qué clase de información vendías?

—De la clase a la que solo el interesado da importancia.

Esa era una respuesta ambigua, que se podía interpretar de muchas maneras. Así lo hizo notar el señor Masada al pedirle al joven que fuera un poco más específico.

—Haga la pregunta que todos quieren oír, Masada–san, y podré ser más específico. Por mí, no se detenga.

Decir que aquello desconcertó a la concurrencia era poco, comparado con el sobresalto que tuvieron varios de los senadores. Increíblemente, el señor Masada permaneció sereno, meditabundo incluso.

—¿Cuál es la especie de la que eres prueba, muchacho?

—Fui llamado hipnófago al ser creado, Masada–san.

Una exclamación ahogada provino de varias butacas.

—Ah, entonces eres un monstruo antropomorfo con habilidades del sueño. ¿Eres como un hipnoandante, un hipnopredictor o un hipnoguarda?

—Tengo características de todos esos, pero no soy ninguno de ellos.

—¿Cuál es la razón exacta para llamarte especie nueva, muchacho?

—Consumo el impulso biológico del sueño, igual que puedo consumir los sueños que tienen las personas.

—¿Cómo haces eso?

—Toco a las personas y activo la habilidad.

¿En verdad ese ser podía hacer semejante cosa? Algunos pensaron que era demasiado extraño para ser cierto; otros, veían a Yumegami bajo una luz nueva, llenos de curiosidad.

—¿Nunca has tenido problemas con tus habilidades?

Para los presentes, que Yumegami no respondiera enseguida fue una señal, aunque no sabían si era buena o mala.

—Depende del punto de vista —dijo el muchacho por fin —Para mí, mis habilidades fueron un problema cuando recién salí al mundo, porque no las controlaba del todo. Para los demás, son un problema porque puedo llegar a usarlas sin que se den cuenta. Para los que me crearon, son un problema porque no las tienen bajo su control. ¿Me expliqué bien, Masada–san?

El nombrado asintió, pero era evidente que unos cuantos senadores se habían quedado confundidos con esa explicación.

—¿Tus habilidades no impiden que lleves una vida cotidiana normal?

—No a estas alturas. Casi las tengo dominadas.

—¿Casi?

—Sí. Hay habilidades que descubrí por accidente y prefiero no usar.

—¿Podrías darnos un ejemplo?

—Sí. Puedo llamar a las pesadillas de una persona para que inunden su mente y la dejen temporalmente incapacitada.

Muecas de horror comenzaron a aflorar en los senadores.

—¿Por qué evitas usar esa habilidad?

—Porque tiene una modalidad en la cual las pesadillas que llamo las concentro en mi mente. Y de esa forma, entro en un estado durante el cual solamente pienso en una cosa. Prácticamente me vuelvo irracional.

—¿Cómo sabes eso?

—Cuando usé esa modalidad por primera y única vez, logré abandonar el lugar donde me crearon. Las consecuencias fueron desafortunadas y por eso, me prometí no volver a hacerlo.

—¿Cuáles fueron esas consecuencias?

—Destrucción parcial del laboratorio y muerte de parte del personal.

Ahora las miradas dirigidas a Yumegami eran de odio, además de espanto. Pero eso no afectó al señor Masada, que se limitó a inclinarse un poco, abriendo su carpeta de argollas y pasando las páginas, hasta dar con la que buscaba. Se aclaró la garganta.

—El expediente que nos entregaron menciona lo que, probablemente, sea la confirmación de ese hecho. Hubo una explosión en un laboratorio del CIIG hace unos diecisiete años, localizado en una de las islas del archipiélago de Aztlagigedo, llamada Cuaztlán. Siempre le pareció sospechoso a las autoridades que los científicos sobrevivientes no dieran muchos detalles de lo ocurrido, solamente que un experimento se había descontrolado y al intentar arreglarlo, ocasionó el accidente. Supongo que tú eras el experimento del que hablaban, ¿no? ¿Recuerdas si saliste de una isla para llegar hasta donde vives ahora?

—Recuerdo el mar, pero nada más.

—¿Y recuerdas a dónde llegaste después de salir de allí?

—Vagamente. Tengo la imagen de una ciudad pequeña, con casas de una planta, techos cubiertos de tejas rojas y fachadas de colores brillantes.

—¿Averiguaste después cuál era ese sitio?

—No. Era irrelevante para mí. No me quedé mucho tiempo.

—¿Por qué era irrelevante para ti?

—Porque sabía que no viviría allí.

—¿Cómo supiste eso?

—Sueños.

La simple palabra hizo temblar a unos cuantos de forma involuntaria. Empezaban a comprender (o mejor dicho, a deducir) todo lo que Yumegami podía hacer con sus habilidades. Y se preguntaban cómo se les había ocurrido a los científicos desleales del CIIG crear algo como él.

—He terminado —anunció súbitamente el señor Masada, tomando asiento.

Eso tomó desprevenidos a varios de los senadores. Acto seguido, se pusieron a cuchichear, haciéndose sus voces más altas conforme pasaban los segundos. Antes que el barullo fuera demasiado, el señor Rouge tomó el lugar de Yumegami y llamó al orden.

—¡Camaradas, por favor! ¿Quién quiere continuar?

Eso obró el milagro. Los murmullos se cortaron casi de tajo, pero eso no animó a nadie a tomar la palabra. Finalmente, una mano se alzó.

—Tiene la palabra el senador Lookmoon, representante licántropo.

El señor Rouge frunció el ceño al ver a su colega ponerse de pie.

—Pido hacer una comprobación práctica… Yumegami, ¿verdad? —cuando el joven asintió a la mención de su apellido, el señor Lookmoon sonrió de forma breve, pero maliciosa —¿No te importa?

—No, Lookmoon–san. Siempre y cuando no dañe a nadie.

Aquella respuesta apaciguó a varios senadores, pero no a todos.

—Entonces, Yumegami, antes de comenzar la comprobación práctica, dinos en qué te pareces a un hipnoandante, en qué a un hipnopredictor y en qué a un hipnoguarda.

Yumegami asintió.

—Soy como un hipnoandante porque puedo viajar entre sueños —explicó con una serenidad que a los senadores les pareció auténtica, aunque poco natural en semejante ambiente —Soy como un hipnopredictor por poder ver sueños que muestran sucesos futuros. Soy como un hipnoguarda ya que puedo simplemente estar en un sueño y vigilar que no dañe a quien lo ha tenido.

Lookmoon asintió en señal de comprensión, desviando la vista por un instante hacia su expediente, por lo que no vio que Yumegami arqueaba una ceja, como si tuviera frente a sí algo absurdo e incomprensible.

—¿Quién puede ayudarme con esta comprobación práctica?

Los senadores se removieron en sus asientos, incómodos. Debido a que un Quórum no se llamaba desde hacía décadas, ninguno de los allí presentes sabía más que la teoría de las comprobaciones prácticas y por eso, no querían convertirse en sujetos de experimentación. Sin embargo, el señor Masada se puso de pie nuevamente, con una expresión inverosímil.

Parecía que algo lo divertía mucho.

—Yo le ayudaré —ofreció al instante, bajando el graderío.

—¡Señor Masada, espere! —espetó uno de los senadores, de cabello negro y monóculo —¡Podría salir algo mal!

—Señor Ganges, nadie le informará esto a mis primas, ¿verdad?

El señor Ganges se acomodó el monóculo en su ojo izquierdo y tragó en seco, fingiendo que no había dicho nada.

—Tengo curiosidad por saber qué haces y cómo lo haces, muchacho —dijo el señor Masada al estar frente a Yumegami, tendiéndole una mano.

El otro le dedicó una inclinación de cabeza, antes de quitarse los lentes oscuros y mirar al señor Lookmoon, quien seguía en su sitio.

—¿Empiezo ya, Lookmoon–san, o debe enfocar mejor la cámara que trae?

Luego de un tenso silencio, los presentes alrededor del señor Lookmoon estallaron en un impetuoso frenesí.

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Re:Rilato [18/¿?]
« Respuesta #62 en: Agosto 17, 2013, 12:29:08 am »
Ufff se ve buena ... hace tiempo me lei el primer episodio me toca retornar a leer :baba:.. ash q mamera  pero bueno excelente aporte seria bueno que te ayudaran hacer el manga. :H:


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Re:Rilato [18/¿?]
« Respuesta #63 en: Agosto 19, 2013, 11:52:04 am »
No sabes como te hecho de menos cuando tardas tanto en aparecer... xDD


La pena es que estoy de vacaciones y no tengo tiempo para leer ahora, cuando lo lea te hago el review en condiciones!!
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Re:Rilato [19/¿?]
« Respuesta #64 en: Agosto 19, 2013, 09:21:32 pm »
019: Sátira.
(Abierto)


Ser, luego existir…
Sí, luego no…
Silencio, luego clamor…

Los senadores de la CIC quedaron indignadísimos ante lo hecho por su colega licántropo. Estando estrictamente prohibido cualquier aparato electrónico y de comunicación durante una sesión extraordinaria, se le había ocurrido la “maravillosa” idea de colocarse una cámara miniatura, disfrazada convenientemente como el alfiler de oro que adornaba su corbata. Ya que siempre usaba esa clase de accesorios, nadie sospechó que hiciera algo ilegal con uno de ellos.

—¿Cómo supiste lo de la cámara, Yumegami? —quiso saber el señor Masada, cuando la conmoción pasó y Lookmoon fue expulsado de la sala.

—Sueños.

—De verdad confías en tus habilidades.

Yumegami observó al hombre con ligero interés. Sonreía de manera muy relajada para el ambiente que se respiraba. No quiso indagar las razones, pues presentía que se enteraría pronto de ellas.

—Ah, ¿es eso el estar seguro de hasta dónde llegan tus habilidades?

—En algunos casos, sí. Pero en el tuyo, creo lo que dices, que solo declaras hechos, no suposiciones. A mis primas les encantará saberlo.

—¿Sus…?

Por primera vez en todo el día, Yumegami mostró algo de sorpresa.

—Ni una palabra, no aún —pidió el señor Masada, sonriendo un poco, pero esta vez de manera traviesa.

Yumegami asintió.

El orden tardó un poco más en regresar. Los senadores hicieron de todo para volver a concentrarse en el asunto que los tenía allí, lo que no tardaron en hacer cuando comenzaron a notar un pequeño detalle.

El Respaldo del Quórum por fin se había quitado los lentes oscuros.

Ahora comprendían semejante precaución. Esa mirada grisácea, casi blanca, era irreal. No conocían a otro monstruo antropomorfo con ojos como esos, que además de mostrar un color poco usual, indicaban experiencia, sabiduría, indiferencia… Incluso gran apatía por la vida en general y los problemas mundanos en particular. ¿Qué hacía, pues, ese muchacho allí, si en sus orbes se adivinaba que le daba igual lo que pasara a su alrededor?

—Pasemos a la comprobación práctica —invitó el señor Masada —Fue sugerida por el señor Lookmoon, pero como de todas formas habrá que hacer una, propongo proceder en este momento. ¿Alguna objeción?

Nadie habló. Los presentes todavía sentían enfado hacia Lookmoon y un incierto escalofrío por los ojos de Yumegami.

—Muy bien. Muchacho, adelante.

El señor Masada extendió la mano con firmeza, así que Yumegami no pudo más que corresponder. Se estrecharon las diestras unos segundos, siendo observados en el más tenso de los silencios, hasta que Yumegami soltó la mano del señor Masada de golpe, con una expresión extraña, de ligero desconcierto. Sacudió la cabeza, poniendo en orden sus ideas.

No recordaba haber comido un sueño parecido. ¿A qué estaba jugando el Secretario de Gobernación? No era algo que él pudiera comprender, al menos en ese momento. Y no tenía tiempo para desentrañar el misterio.

—¿Podría decirnos cómo se siente, señor Secretario? —inquirió el señor Rouge, mirando de reojo a sus colegas en el graderío.

—Yo… Olvidé completamente lo que soñé anoche —contestó el señor Masada, con expresión de no saber si alegrarse o entristecerse por ello —Y… Me siento como si no pudiera dormir por dos días.

—En realidad, no podrá dormir esta noche —aclaró Yumegami.

Los presentes estaban mudos. Algunos rostros expresaban asombro; otros, curiosidad. Lo que sí era común en todas las fisonomías era miedo.

—¿Cuál es el alcance de tus habilidades, Yumegami? —inquirió la senadora Leviatán, tras solicitar la palabra —Por ejemplo, lo de no dormir, ¿hasta cuántas noches de sueño puedes quitar?

Yumegami ladeó ligeramente la cabeza. Daba la impresión de un niño que reflexionaba sobre cómo decir las reglas de uno de sus juegos.

—Nunca lo he determinado con exactitud, Leviatán–san. Lo máximo que me he atrevido a comer son siete noches de sueño.

¡Siete noches sin dormir! La multitud jadeó quedamente.

—¿Lo haces de forma continua? —quiso saber la senadora acuogénita.

—Nunca como el impulso biológico del sueño si puedo evitarlo. La gente necesita dormir para vivir.

Esa frase logró lo que el señor Rouge temía que no sucediera: poner de su parte a varios senadores. Todavía se distinguían muecas de temor, pero eran menos. Y supo enseguida el por qué: Yumegami había dado a entender que, de ser posible, jamás haría daño intencional a nadie.

Una mano se levantó en ese momento.

—Tiene la palabra la senadora de Homme, representante pirogénita.

Yumegami arqueó levemente una ceja. No creía conveniente que la esposa de Verne interviniera directamente en el asunto, pero si lo hacía, esperaba que no perjudicara a nadie. Vio cómo se ponía de pie, con su habitual serenidad, e incluso vislumbró una tenue sonrisa en sus labios.

—Quisiera saber si puede hacer uso de una habilidad que todos podamos ver —indicó la senadora con voz firme y clara —Confío en la palabra del señor Masada, pero nos sería más sencillo creer en lo que el señor Yumegami dice hacer si pudiéramos comprobarlo todos.

Hubo quien se removió con incomodidad en su butaca. Después de todo, los monstruos con habilidades del sueño siempre habían tenido un halo de misterio que impedía interrogarlos ampliamente acerca sus habilidades. Y ahora, dejar sin más que ese muchacho entrara a sus cabezas…

—Creo que hay una forma —indicó Yumegami, asintiendo un par de veces —Para eso, tendrían que dormir todos a la vez. Puedo crear hipnolazos; es decir, conectar unos sueños con otros, y luego hacerme presente.

—¿Eso es muy complicado?

—Para los durmientes, no.

—¿Y para ti?

Yumegami ladeó de nuevo la cabeza. Era increíble que, pese a no demostrar sentimientos claros, pudiera verse como un niño inocente, confundido por tener que explicar lo que para él eran de lo más normal.

—Me quedaría sin energía dos días, ya que serían muchos hipnolazos los que tendría que fabricar —respondió Yumegami —No me importaría tanto si no… Si no hubiera alguien a quien no quiero herir con mi sufrimiento.

—¿Alguien? ¿Eso qué significa?

Esta vez, Yumegami arrugó la frente en claro signo de no querer contestar la pregunta. Sin embargo, el procedimiento lo obligaba a ello.

—Tengo una prometida, de Homme–san. Y seremos padres muy pronto.

De nuevo hubo exclamaciones ahogadas. ¿Alguien iba a casarse con ese chico… y a darle un hijo? ¿Quién podría hacer eso?

Otra mano se levantó, de manera precipitada.

—El senador Black, representante hechicero, quiere tomar la palabra. ¿Le importaría ceder su turno por un momento, senadora de Homme?

La nombrada negó con la cabeza y tomó asiento, al mismo tiempo que un hombre joven de alborotado cabello castaño oscuro, ojos castaños y porte elegante, se ponía de pie. El traje negro que lucía, combinado con una camisa blanca y una corbata roja, acentuaba su aspecto serio.

—Buenas tardes, señor Yumegami —saludó el senador hechicero —¿Su prometida sabe acerca de su condición de Proyecto? Entenderá que, en caso contrario, se puede impedir su enlace legalmente.

Y era verdad. Una de las irregularidades que volvía ilícito un matrimonio era que una de las dos partes, deliberadamente, ocultara algún inconveniente relacionado con su salud física o emocional, así como habilidades potencialmente peligrosas de su especie. Había quienes creían que eso era violar la privacidad de los monstruos, pero tenía sentido, pensando en que resultaría sumamente injusto que uno de los cónyuges saliera perjudicado debido al engaño del otro.

—Sí, ella sabe que soy un Proyecto.

—¿Usted se lo dijo?

—Sí.

—¿Por qué?

Por primera vez, Yumegami mostró algo parecido a la incomodidad.

—Yo… No sé explicarlo verazmente sin revelar cuestiones personales.

La frase levantó varias quejas que fueron acallándose conforme el senador Black se decidió a pedir orden con un gesto.

—Comencemos por lo básico, señor Yumegami —sugirió el senador con voz amable —¿Quién es su prometida?

—Ella… Su nombre es Khaos Aglaia Áphatos.

—¿Cuál es la ocupación de la señorita Áphatos?

—La misma que la mía. Nos conocimos personalmente en la facultad de Programación Gráfica de la Universidad Pública de Hidracalia y luego coincidimos en la tienda de antigüedades, pues ella empezó a trabajar allí antes que yo.

—¿Conocerse personalmente? ¿A qué se refiere?

—La había visto antes. En mis propios sueños.

—¿Y en ese entonces no sabía quién era ella?

—No.

—A propósito, ¿qué es ella?

—¿Qué es?

—Me refiero a la especie de su prometida, ¿cuál es?

Yumegami, con una mueca de contrariedad casi invisible, respondió.

—Ella es una biófaga.

Hubo una conmoción, que creció conforme los senadores que sí sabían el concepto de biófago, les pasaban el dato a sus vecinos. Pronto, del graderío surgieron distintas expresiones de duda y cólera, lo que según la experiencia de Yumegami, era una mala combinación de sentimientos. Inclinó la cabeza hacia el frente, meditabundo, hasta que volvió a oír la voz del senador hechicero.

—Señor Yumegami, ¿sabe que los biófagos se consideraron extintos desde la firma del TRAPIR, verdad?

—Sí, lo sé.

—Entonces, ¿cómo está tan seguro de que su prometida es una biófaga?

—Porque descubrí que ella, igual que yo, es un Proyecto.

El revuelo no hizo más que aumentar. El senador Black miró a sus colegas con molestia y rápidamente se dio un par de toquecitos en la garganta con uno de sus dedos índices, lo que ocasionó que, al volver a hablar, sonara como si usara un altavoz, silenciando así a los presentes.

—¿Me está diciendo que los científicos desleales del CIIG no solo fabricaron especies, sino que recrearon algunas extintas hace años?

—Sí.

—¿Y se enteró de todo eso con sus habilidades?

—Sí.

—¿No cree que eso es invasión sobrenatural de la privacidad?

—Sí, aunque la mayoría de las veces lo hago de manera involuntaria. Poca gente es dueña de sí misma cuando sueña. Yo no soy una excepción, aún siendo lo que soy.

Se hizo un silencio parcial, porque lo declarado sonaba verdadero, pero también aterrador. Los senadores a los que todavía les quedaba una pizca de incredulidad comenzaban a perderla; en tanto, quienes habían aceptado casi desde el principio la realidad que les pintaba ese Quórum, estaban dejando atrás el pánico para ver el asunto racionalmente.

—Lo que nos acaba de decir sugiere que no controla del todo sus habilidades, ¿es eso cierto?

—En ciertas circunstancias, es cierto.

—¿Podría describir una de esas circunstancia?

—Sí. Cuando duermo, mis habilidades se activan de forma automática, aunque menos intensas de lo normal. He llegado a la conclusión de que mi instinto busca alimento de esa manera cuando yo no lo satisfago.

—¿Acaso hay periodos en que no usa su habilidad? Tenía entendido que los monstruos que tienen que alimentarse con algo más que comida no sobreviven mucho tiempo en la abstinencia.

Los demás contuvieron un escalofrío. El ejemplo más claro y macabro para lo recién dicho por el senador Black eran los hematófagos, a quienes se les atribuían las peores matanzas del Tiempo Oscuro, como solía nombrarse al periodo histórico anterior a la firma del TRAPIR.

—Es verdad —reconoció Yumegami, indiferente —Repito: mi instinto activa mis habilidades cuando siente que no he comido lo suficiente. Sin embargo, en esos instantes todavía soy dueño de mí mismo.

—¿Y cuándo no es… dueño de sí mismo, señor Yumegami?

El muchacho suspiró, parpadeando lentamente. Sus ojos, tan claros como irreales, mostraban algo similar a la tristeza.

—La mayoría de los monstruos con habilidades del sueño tienen como tabú tratar con pesadillas; como ya mencioné, accidentalmente descubrí que puedo llamarlas, haciendo que bloqueen la mente del propietario e incluso concentrarlas en mi propia mente. El problema radica en que las pesadillas, por lo regular, están impregnadas de sentimientos negativos, y si concentro varias de ellas en mi cabeza sin consumirlas… Bueno, eso fue lo que causó el incidente de la isla de Cuaztlán.

El senador Black tenía una expresión neutra ante tal información, pero el resto de sus camaradas volvió a caer en el espanto y el enojo. El señor Rouge, que había conservado la calma desde el principio, ahora se veía un poco inquieto.

—Regresando al tema de su prometida… —el senador hechicero arrugaba la frente, concentrado —Mencionó que serán padres pronto, ¿correcto?

—Correcto.

—Considerando la situación de ambos, ¿tiene alguna idea de los problemas que podría tener ese niño?

—¿Qué podría tener?

—Me refiero al hecho de ser hijo de especies no reconocidas.

Yumegami asintió, como signo de comprensión.

—Lo único que queremos para él es que sea feliz —expresó el joven con repentino aplomo, mostrando un destello de orgullo en sus ojos —Que sepa cuánto nos importa a su madre y a mí. Que pueda vivir en este país como cualquier otro niño. Para eso, deseo que su madre y yo seamos reconocidos como especies existentes. Así él será reconocido también.

Los senadores dejaron de lado el miedo y el ligero odio que les había inspirado Yumegami, dando paso a la estupefacción. ¿Eran su futura esposa y su hijo no nacido la razón principal para ser el Respaldo de este controversial Quórum? ¿Aún a sabiendas de lo que podrían hacerle, según la ley vigente, para corroborar cada palabra que dijera?

Si eso no era un signo de que tenía corazón, ¿qué podría serlo?

Inesperadamente, la Cámara Interracial de la Concordia fue inundada por una nutrida salva de aplausos.

-&-

Khaos no dejaba de dar vueltas por la sala principal del Albedrío, pese a los regaños de Ryoko debido a su estado. Himmel y Keb, en el rincón opuesto de la habitación, no estaban de mejor talante, pues no paraban de cuchichear aún siendo regañados por Mía. Únicamente se veían tranquilos los siete fundadores del Albedrío, reunidos en esa ocasión tan importante para uno de ellos.

—Si no hay noticias, son buenas noticias —comentó Amaranta.

Como la geogénita había dicho lo mismo varias veces antes, Khaos apenas le prestó atención. Himmel y Keb, en cambio, se callaron un instante, antes de sentarse junto a Mía e incluirla en sus susurros.

—¿Por qué no me dejó acompañarlo? —masculló Khaos.

Ella también había preguntado eso una infinidad de ocasiones y la respuesta siempre era la misma: de llevar acompañante, Yumegami quebraría las leyes vigentes respecto al Quórum y todo su esfuerzo se iría a la basura. Impaciente, Khaos, siguió caminando de un lado a otro, sin hacer caso del mareo que amenazaba con dominarla, aunque sí procuró dar pasos más lentos, cambiando su gesto fastidiado por uno reflexivo.

—Por última vez, ¿quieres hacer el favor de sentarte? —exigió Ryoko, frunciendo sus delgadas cejas —No te conviene tanto movimiento.

La aludida disminuyó la velocidad de sus pasos otra vez, pero no estaba escuchando. Su mente estaba fija en pensar que Yumegami volvería y que no le había pasado nada malo. Era lo único que realmente podía hacer, además de preocuparse por la falta de noticias.

—Eh, ¿alguna novedad? —preguntó entonces Beltane Stoker, entrando en la sala principal con paso firme y ademanes nerviosos. Aún cargaba con la mochila, delatando que venía directamente de la universidad.

—Nada todavía. Pero no deberían tardar en dar algún anuncio.

Alí sonaba profesional, pero Khaos creyó detectar en él algo de impotencia. Por lo que sabía, el señor Arafat iba a ser originalmente el Respaldo del Quórum, pero como cambio de último minuto, Yumegami había tomado su lugar. Alí no sabía la razón, pero Khaos sí, o al menos la sospechaba, tomando en cuenta lo poco que Yumegami le confió.

—Acaban de salir —soltó Viola inesperadamente.

Apenas los demás terminaban de mirarla con extrañeza cuando sonó una sencilla melodía interpretada en su mayoría por instrumentos de cuerda. Alí dio un respingo antes de buscar en sus bolsillos, sacando su teléfono celular y respondiendo la llamada entrante en cuestión de segundos. Aunque por lo visto, solamente tuvo tiempo para eso, ya que no duró mucho con el aparato pegado a la oreja derecha.

—¡Vaya forma de reportarse! —espetó Alí, guardándose el celular y, para esperanza de muchos, sonriendo ligeramente —Era el señor Rouge. Los senadores de la CIC están tomando un receso. Según sus observaciones, todo va bien. Kuu los está convenciendo.

Viola asintió como si le confirmaran algo que ya sabía, en tanto Khaos dejaba escapar un tenue suspiro. Finalmente, para alivio de Ryoko, ocupó un sitio en uno de los sillones, junto al matrimonio Eaglepass Blasón, llevándose una mano al vientre, pensando que todo saldría bien.

Eso fue antes de quedarse dormida de golpe.

-&-

Yumegami se encontraba en un pequeño salón de reuniones en el edificio de la CIC, ya que estando en marcha el Quórum, no podía irse hasta que las comprobaciones terminaran. El señor Rouge le había ofrecido algo de comer o beber, pero declinó con un gesto y observó su entorno con semblante abstraído, por primera vez sumido en la incertidumbre.

Gracias a sus habilidades y su inteligencia, Yumegami solía predecir con gran acierto los problemas a los que se enfrentaría cada que tomaba sus decisiones, así como una gran variedad de soluciones a dichos problemas. Sin embargo, a últimas fechas se mezclaban eventos inesperados que lo sacaban de balance, enfrentándolo a dudas que no podía resolver y frustrándolo porque a causa de eso, sus personas valiosas salían heridas.

Su niño… Su Khaos…

Por un instante, lo que dura un parpadeo, el salón de reuniones desapareció de su campo de visión, siendo reemplazado por un lugar oscuro donde Khaos aferraba a una figurita con el cabello del mismo color que ella, dirigiéndole una mirada que rompía su alma en pedazos.

Khaos lo miraba con temor y con rencor.

Tan rápido como la visión vino, se desvaneció. Se quedó atónito, pero no tuvo ocasión de averiguar nada. Un empleado de la CIC entró, anunciando que los senadores volvían de su receso, por lo que Yumegami tuvo que apretar los puños, esforzándose todo lo que pudo para calmarse.

—¿Pasa algo? —inquirió el señor Rouge a su derecha, estando a punto de entrar a donde los senadores aguardaban.

Yumegami meneó la cabeza.

—Lo resolveremos sobre la marcha —declaró.

Al señor Rouge no le quedó más remedio que confiar en sus palabras. Hasta ahora, el muchacho había hecho todo a la perfección, aunque…

El senador humano se dijo que ahora conocía realmente al hipnófago, si no, ¿cómo podía haber notado que Yumegami estaba preocupado, cuando su rostro se mostraba impasible? No le quitaría el ojo de encima.

-&-

—¿Dónde estamos?

La vocecita del niño era curiosa, asustada…

—No te preoupes, aquí estoy.

… La joven mujer trataba de sonar más valiente de lo que se sentía…

—Sí, aquí están… Dispuestos para mí.

… Y quien hablaba ahora no dejaba dudas sobre sus malas intenciones.

—¿Quién te crees para decir eso?

Khaos supo, más por instinto que por raciocinio, que algo malo había ocurrido para que se quedara dormida así, sin sentirse somnolienta primero. Al principio, al ver la figura que su hijo mostraba en sueños, pensó que él la había llamado sin querer, pero un vistazo a su carita le bastó para comprender que él no sabía qué sucedía.

—Oh, mi querida Khaos, ¿qué te ha hecho el malnacido de Kuu?

La nombrada, arrugando la frente, se acercó al pequeño niño de cabellos idénticos a los suyos, tomándolo en brazos con rapidez pero sin ser demasiado brusca. No tuvo la oportunidad de disfrutar aquel contacto, pues su interlocutor apareció frente a ambos en ese inmenso vacío negro que era el sueño al que fue arrastrada.

La figura era de un joven alto, delgado y de tez clara. El lacio flequillo negro le cubría parcialmente los ojos, de iris casi blancos, en tanto giraba la cabeza a ambos lados con desgana. Su atuendo, un pantalón de mezclilla y una camisa negra, resultaba simple y a la vez, irreal.

Khaos supo quién era antes incluso de lanzarle una mirada furibunda y aterrada. Estrechó contra sí al niño, quien veía a la persona que se acercaba con gesto confundido.

—¿Papi? —musitó el niño, queriendo estirar una mano.

Khaos detuvo el gesto y miró al pequeño con seriedad.

—No, Khronos. Se parece, pero no es papi.

—Khaos, puedo ser quien él quiera, ¿verdad… Khronos?

Ahora el chiquillo, al verlo, abría mucho los ojos, negando con la cabeza y tapándose los oídos.

—¡No! —dijo con voz muy fuerte, escondiendo la cara en el hombro de su madre —¡Papi no habla así! ¡Tú no eres papi!

—¿Eso crees? Mírame bien, Khronos.

El pequeño siguió negando con la cabeza, sin descubrir sus oídos.

—¿Tú nos trajiste aquí?

—Por supuesto. Me gusta saber cómo está mi Contraparte.

—¿Esperas que te crea?

—No, pero es irrelevante. Ahora estás atrapada aquí y harás lo que te diga, porque nadie puede sacarte, ni siquiera ese fenómeno que cargas.

Khaos se enfureció, pero no dio muestras de perder la calma. Sabía que no le serviría. Y debía pensar en Khronos.

—Seguro fue idea de Kuu ponerle Khronos a ese fenómeno, ¿verdad?

El niño ahora sí lo miraba, pero las manitas seguían sobre sus orejas. Khaos, en cambio, sonrió con arrogancia.

—Sí, él lo nombró. ¿Algún problema?

—Ninguno. A fin de cuentas, acabará con nosotros.

—¿Con…?

La muchacha hizo todo lo posible por no entrar en pánico.

—Solo buscas hacerle daño a Kuu —afirmó, dándole la espalda y mirando al muchacho por encima del hombro, con lo cual intentaba cubrir a Khronos —¿Por qué… Shi?

El joven entrecerró los ojos, convirtiéndolos así en rendijas siniestras. Khaos se encogió un poco, procurando no temblar.

—Ya te lo dije, siendo realista, eres un mero premio de consolación. Pero ahora, viendo lo que Kuu ha hecho… —Shi se detuvo un segundo, fijándose en la cabecita de Khronos antes de esbozar una ligera sonrisa, cargada de malicia —Ustedes son unos visionarios, ¿lo sabías? Nunca pasó por la cabeza de los científicos poner a dos Proyectos a procrear…

—¡Lo dices como si fuera un experimento!

—Khaos, te recuerdo que existes porque eres un experimento.

La chica se mordió el labio inferior.

—No me importa cómo o por qué nací —espetó finalmente —Me importa vivir. Me importan mis pocos amigos. Me importa Khronos. Me importa Kuu…

—Vaya, vaya… Interesante.

Una nueva voz, grave pero fría, hizo que Khaos sintiera escalofríos. Sabía que no la había escuchado antes, pero tenía la sensación de que la conocía. Como una memoria vaga de su más tierna infancia que quisiera salir a la luz de la manera más terrible que pudiera imaginar.

—Estás en nuestros terrenos, biófaga —advirtió la voz, proveniente de algún punto a espaldas de Shi —Aquí no importa lo que hagas, no saldrás si no queremos. Te agradezco que la trajera, Shi. Márchate.

El nombrado arqueó una ceja, único signo de inconformidad con lo que la voz había dicho. Sin embargo, hizo una respetuosa inclinación de cabeza, dio media vuelta y caminó hacia la nada, perdiéndose en la oscuridad de ese sueño.

—¿Quién eres tú? —inquirió Khaos con cautela.

Khronos se asomó como pudo hacia donde su madre miraba.

—¿De qué te servirá saberlo? ¿Crees que podrás decírselo a alguien?

—Sí, eso creo.

Una risa baja, sarcástica y cruel se dejó escuchar.

—Mami, no me gusta —susurró Khronos, lamentándose.

—A mí tampoco, hijo. Ya verás que pronto papá…

—¿De verdad crees que Kuu vendrá, después de lo que hiciste?

—¿De lo que…? ¿Pero qué cosa hice?

—¿No lo sabes? Vaya, eso sí que me sorprende de Kuu… No informarte que en algunas ocasiones, sus sueños y los de Shi se cruzan. Como si en ese momento él fuera Shi, ¿entiendes lo que quiero decir?

—Oiga, yo no…

—¿Qué clase de lugar es este?

—Me dan escalofríos, ¿a dónde venimos a parar?

—Interesante, ¿pero no está muy oscuro?

—Es verdad, apenas me veo yo.

—Permítanme, por favor.

Por encima de su cabeza, Khaos vio que aparecía una llamarada entre naranja y amarilla, de gran tamaño, que de inmediato fue cubierta por lo que parecía una esfera de cristal. Eso dejó ver un poco su alrededor, dándose cuenta que aquellas frases fueron dichas por un grupo variopinto y reducido, cuyos integrantes vestían formalmente, a excepción de una persona, la que iba al frente, que arrugaba el ceño mirando hacia un punto del sitio en apariencia vacío.

—Te conozco —dijo la persona, un hombre joven de cabello oscuro y ojos casi blancos. Su voz no transmitía emociones, pero se hallaba tenblando de ira —¿Cómo te atreves a tocar lo que es mío?

—Y tú, ¿cómo pudiste traer a toda esta gente? No deberías poder…

—Puedo —cortó el joven, dejando de mirar el punto vacío para fijarse en Khaos y en Khronos, suavizando su expresión en el acto —¿Están bien?

Ella asintió, comenzando a caminar hacia él, pero algo se interpuso en su camino. Alguien. Al principio no era más que una sombra en tres dimensiones, sólida y aterradora, pero conforme los contornos de la figura se definieron, a Khaos la comenzó a embargar un terror profundo, irracional, que no se explicaba de dónde venía.

Al menos hasta que los ojos de ese alguien, tan opacos que parecían los de un ciego, se fijaron en ella y supo, de alguna manera, que si se enfrentaba a ese ser no saldría bien librada. Aunque el pensamiento se fue al olvido en segundos, porque contempló la fisonomía completa de ese personaje y se puso a temblar, al tiempo que la figura hablaba con voz ronca, cortante… malévola.

—¿Sorprendida, eh?

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Re:Rilato [20/¿?]
« Respuesta #65 en: Enero 30, 2015, 09:33:51 pm »
020: Traición.
(Abierto)

¿Tramas hacer un mal o un bien?
¿Tienes a quién proteger?
¿Todo, nada o qué?

Blanco. Un blanco deslumbrante, en apariencia falso, con un único punto negro que señalaba el centro de cada ojo.

Negro. El más oscuro y tenebroso negro era el que parecía envolverlo con ese traje de etiqueta, más adecuado para una fiesta de gala que para un ataque frontal a la mente de alguien.

Gris. Tenue gris, cual nube de lluvia, lanzando destellos desde la cabeza del individuo gracias a la luz de la flama que iluminaba el sitio.

Maldad. En su estado más puro y demente. Helada y aplastante. Todo eso irradiaba ese personaje, que no sabían de dónde había salido.

Pero Khaos presentía que de acercarse a él, estaría perdida.

—Ven a mí, biófaga. Donde debes estar.

Ella negó con la cabeza, dando un paso atrás.

—¿No te imaginas quién soy yo?

Claro que se lo imaginaba, por eso dio otro paso atrás.

—Ven a mí. No puedes negarte. Lo sientes, ¿verdad?

Cierto, lo sentía. Algo dentro de ella le exigía obedecer a ese ser. Pero era más fuerte el miedo que le pedía apartarse y por esa vez, no tuvo inconveniente en dejarse llevar por él.

—¡Ven ahora mismo o él lo pagará!

Una mano pálida y de largos dedos se estiró, señalando a Khronos, quien gimoteó muy bajito, escondiendo la cara en un hombro de su madre.

—No.

Khaos vio, estupefacta, cómo un iracundo Yumegami se colocaba entre ella y el extraño personaje que había salido de la oscuridad.

—No estoy hablando contigo en esta ocasión —aclaró el personaje, con un ademán de indiferencia —Apártate.

—No.

Ante la nueva negativa, la persona de negro volvió a estirar una mano, esta vez acercándose paso a paso. Una llamarada zumbó entre el ser y Kuu, haciéndolos girar hacia la elegante mujer de largo cabello oscuro a quien le humeaba una mano.

—Le agradecería que dejara a los jóvenes tranquilos —indicó la mujer, sacudiendo su mano humeante como si nada.

—¿Otra vez metiéndose donde no la llaman, señora de Homme?

La aludida dio un respingo. No esperaba que la conociera.

—Ustedes dos dan muchos problemas —indicó el personaje, mirando de nueva cuenta a Khaos y a Kuu —Primero, saliendo de sus respectivos laboratorios, aunque uno con más saña que la otra —Kuu se tensó un poco, pero no bajó la vista —Luego, intentando ese estúpido juego de tener corazón y finalmente, eso —apuntó con un largo dedo pálido la cabecita de Khronos —Aún siendo accidental, es una cosa interesante.

—¡No es una cosa! —chilló Khaos, indignada.

—¿Cómo se le llama a algo producido por dos cosas? ¿No es también una cosa? Biófaga, te creí más inteligente. O quizá las últimas pruebas tenían razón y eras un Fracaso. Merecías morir, pero ahora…

No terminó la frase. Un puñetazo se estrelló en una de las mejillas de aquel individuo con tal fuerza que lo hizo tambalearse.

—¡Muchacho, tranquilo! —soltó Maurice Rouge, con ojos muy abiertos.

—Márchese —indicó Yumegami con su indiferencia habitual, pero debido a la cercanía, Khaos pudo notar que temblaba, ¿de furia o de miedo? —No tiene nada que hacer aquí, no le permito…

—¿Permitirme? ¿Tú, permitirme? ¿Recuerdas con quién estás hablando?

Yumegami apretó los dientes de manera casi imperceptible, dispuesto a no dejarse amilanar. Su mirada era tan fría e imperturbable que Khaos no pudo evitar un escalofrío.

—Vaya, por lo visto no lo sabes todo —señaló el personaje, burlón —No importa. Mis planes saldrán bien, no lo dudes. Al final, vendrás a suplicar clemencia a cambio de…

—¡Márchese!

Al ordenar eso, Yumegami veía fijamente aquella figura, que poco a poco se desvaneció, con una sonrisa cínica en su rostro. No fue hasta que se esfumó que el muchacho se permitió un largo y débil suspiro, antes de sentir a Khaos a su lado, abrazando con fuerza la figurita de Khronos.

—¿Todo bien, Kuu? —quiso saber ella.

Él asintió una sola vez con la cabeza, sin mirarla.

—Los llevaré de vuelta —indicó, antes de fijar la vista en las personas vestidas formalmente —Vendré por ustedes en un minuto.

Así las cosas, los senadores y el Secretario de Gobernación no tuvieron más remedio que ver cómo Yumegami se marchaba con la joven y el niño, sin dejar de preguntarse qué había sido todo aquello.

Y por qué el personaje siniestro se les hacía tan familiar.

-&-

—… Así de sencillo. Habrá que investigarlo.

—¿Y mientras tanto, qué? ¿Dejar que haga lo que se le antoje?

—No voy a permitir que te le acerques, ¿está claro?

Khaos parpadeó lentamente, confusa por un momento, hasta que fue recordando poco a poco lo sucedido. Cuando se enderezó, notó que Himmel estaba a su derecha, sujetándole una mano y visiblemente preocupada.

—¿Estás bien? —le preguntó con timidez.

Khaos asintió, mareándose con ese simple movimiento. Tuvo que reclinarse de nuevo, con los labios apretados.

—¿Qué sucedió? —inquirió Viola.

Cuando Khaos miró a la hechicera, no pudo evitar tragar en seco. El aspecto de Viola era sereno, impasible, pero en sus ojos verdes podía vislumbrarse determinación mezclada inexplicablemente con cólera.

Obedientemente, la joven de cabello gris claro narró lo acontecido en su sueño, intentando que la voz no le temblara, pero solamente lo consiguió hasta llegar a la parte donde llegó ese personaje que tanto miedo le había causado. Paseó los ojos a su alrededor mientras lo describía y se dio cuenta de la cara de Mía, blanca como el papel, y del leve temblor que se hizo presente en las manos de Alí.

—¿Saben quién es él? —preguntó con cautela.

—Yo no lo sé, pero escuchar cómo es… —Alí se encogió de hombros.

—¿Mía? —llamó Himmel, mostrando terror en su cara.

—Sí —la otra hechicera presente se pasó una mano por la coleta de rojiza que caía en su hombro izquierdo, reflejando cierta desaliento —En persona nunca lo he visto, solamente escuchaba hablar de él. A decir verdad, agradecí no estar nunca en su presencia.

—¿Por qué? ¿Quién es?

Ante la curiosidad de Napoleón, Mía abrió la boca, pero la volvió a cerrar, frunciendo el ceño.

—No estoy autorizada para decirlo —contestó finalmente.

—Tú no, pero nosotros sí —indicó Keb repentinamente con su sosegada voz, y sonó un tanto indignado al agregar —O eso creo. Lo voy a nombrar y esperemos que no pase nada malo.

—¡Keb! —exclamó Himmel, preocupada.

—Él es el líder de los científicos que nos crearon —explicó Keb, en apariencia ignorando a Himmel —No tengo ni idea de qué especie es, pero no dudaría en que recurriera a experimentos para obtener más habilidades de las que le corresponden. La descripción concuerda con un vistazo que eché a una realidad hace poco. Su nombre es Si–Wang Quilin.

—¿Es de Tian–Long–Cheng? —se sorprendió Ryoko, arqueando una ceja.

—No importa —apuntó Alí, y ahora todos pudieron ver claramente el temblor no solo de sus manos, sino de todo su ser —¿Seguro de lo que estás diciendo, Keb? ¿Es realmente Si–Wang Quilin?

—Sí, el nombre es difícil de olvidar. ¿Qué pasa, Alí?

El nombrado cerró las manos, intentando controlarse, antes de tomar aire. Pero no fue él quien, con voz fúnebre, despejó la duda sobre el singular personaje, sino Viola, indudablemente furiosa.

—Es el actual Presidente Internacional del CIIG.

-&-

Al despertar, los voluntarios para la comprobación práctica del Quórum respondieron con sumo cuidado a las preguntas del resto de los senadores, con evidentes dudas de estar haciendo lo correcto.

No pronunciaron ni una palabra acerca del misterioso personaje que habían visto en sueños. Yumegami lo pidió encarecidamente, alegando que no era el momento ni el lugar para discutir el asunto. Aunque la senadora Leviatán exigió saber qué pasaba exactamente, Yumegami no acató el tono de mando de la acuogénita, limitándose a señalar que debían tratar el tema en privado y con toda la calma posible. La senadora intuyó acertadamente que le pedía controlarse y accedió a regañadientes.

Por lo demás, la sesión transcurrió normalmente y a última hora de la tarde, hubo mayoría de votos en la CIC para aprobar la solicitud del Quórum, agradeciéndole a Yumegami su intervención y pidiéndole acudir a la oficina del CIIG de su ciudad para someterse a diversos exámenes.

Yumegami seguiría siendo el Respaldo y además, se convertiría en la primera nueva especie reconocida.

-&-

El cielo ya estaba oscuro cuando Yumegami regresó al Albedrío, con los hombros caídos, sumamente cansado. No distinguió luces encendidas, así que pensaba ir directamente a su dormitorio, no sin antes pasar al de Khaos para saber cómo estaba. Comenzó a caminar despacio, con su cerebro centrado en ciertos datos, cuando una voz lo llamó.

—Kuu, ¿tienes un minuto?

El aludido arqueó una ceja. Keb estaba de pie a la entrada de una de las habitaciones que quedaban antes del salón principal.

—¿Qué se te ofrece?

Por toda respuesta, Keb le pidió que entrara a la habitación de la que él mismo había salido, lo cual Yumegami acató.

El sitio era pequeño, comparado con otras estancias de la casa. Era una combinación entre el estudio de Alí, por todos los libros que reposaban en un estante tras un sencillo escritorio de madera, y un salón de descanso, pues en una esquina había un par de butacas, una mesita y una lámpara. Por lo que Yumegami sabía, era allí donde Keb y Himmel estudiaban y, con frecuencia, donde el primero usaba sus habilidades de vigía de realidades. Ese lugar no tenía ventanas al exterior, pero en compensación, un gran cuadro representando el cielo despejado al amanecer adornaba una de las paredes.

—¿Ha pasado algo que deba saber? —inquirió Yumegami con seriedad.

Keb señaló una de las butacas de la esquina. Ambos se sentaron y solo hasta entonces el de cabellos verdosos le contó lo sucedido.

—… Y ellos discutieron. Alí quiere buscar a Quilin, pero Viola no.

—¿Por qué están en desacuerdo?

—Viola tiene una teoría acerca de esa sensación tan rara que tenemos al acercarnos a Quilin, por eso no quiere que Alí vaya tras él.

—¿Ir tras él? ¿De qué modo?

—No lo sé. Pero Alí tiene sus motivos, ¿no?

Yumegami asintió. La historia de la fundación del Albedrío estaba muy ligada al descubrimiento de los Proyectos. Siendo Alí uno de ellos, tenía fuertes razones para querer llegar al fondo del asunto.

—¿Algo más? —inquirió Yumegami.

—¿Quién es el que vi con Lookmoon en la realidad de hace tres meses?

Yumegami dejó escapar un breve suspiro, antes de contarle a Keb acerca de Shi. El chico de cabellos verdes mostró asombro ante cada nuevo detalle, pero se espantó todavía más cuando supo lo que Shi podía hacer.

—¿Sabes lo que significa? —inquirió al terminar Yumegami de hablar —¡Ese tal Shi nos llevará ventaja cada vez que pueda! Y puede ver a través de tus ojos, ¿qué pasaría si un día…?

—El día que yo sea un peligro, mi contrato se encargará de todo.

—Kuu, ¿exactamente en qué consiste tu contrato?

El nombrado no contestó. Se quedó mirando distraídamente hacia el infinito, en actitud reflexiva, y Keb supuso que no respondía porque no debía discutir su contrato con nadie, excepto con los siete fundadores del Albedrío. Al final, cerró los ojos, mostrando un semblante abatido, casi cansado, como si llevara un gran peso sobre los hombros.

—Sabes que no puedo comentarlo —señaló.

—Nada perdía preguntando —indicó Keb.

Yumegami asintió.

—Kuu, si Quilin está detrás de los Proyectos y todo eso, ¿qué vamos a hacer? Según Viola, es muy poderoso, sabe dónde golpear y…

—¿Viola–sama lo dijo literalmente así?

—No, pero Viola no es la única que piensa eso. Cada fundador se ha topado, al menos una vez, con Quilin. No les agrada. Creo que es por algo más que enterarse de quién es.

Al escuchar eso, Yumegami arrugó ligeramente la frente.

—Siento que algo se nos escapa y no me gusta —indicó con voz neutra —Debo investigar más. Al menos ahora de Tsuji–sensei y de Yamamoto–san no van a tener que rozar el tabú de los hipnoandantes.

—Ah, ¿es que fue Quilin el que…? Pero entonces, ¿qué es él?

—Eso, Keb, es lo que tenemos que descubrir en primer lugar.

—¿Cómo es que una persona tan conocida como él puede ocultar su especie? No me suena lógico.

No, a Yumegami tampoco, pero no lo corroboró en voz alta. El día entero había resultado lo suficientemente agotador como para mantenerlo encerrado en sus pensamientos, que corrían vertiginosamente en una sola dirección, como casi siempre.

—Mañana tengo que ir a la oficina del CIIG de la ciudad —informó, cambiando bruscamente de tema —Me harán los exámenes pertinentes para reconocer a los hipnófagos como especie. ¿Ha dicho algo Viola–sama?

—Solo que tendría mucho trabajo a partir de mañana. ¿Era eso?

—Sí.

Ambos se quedaron en silencio un largo rato antes de ponerse de pie y encaminarse a sus dormitorios, en la planta alta.

-&-

Penumbra. Calor. Miedo.

¿Por qué seguía presentándose la pesadilla? ¿No era suficientemente feliz como para superarla y seguir adelante? Hasta que vio una figurita acurrucada en un rincón, creyó saber lo que estaba ocurriendo.

—¿Kuu? —llamó Khaos, dudosa.

Sentía presión en una de sus manos, pero no veía a nadie. Eso la intrigó, aunque por poco tiempo. La escena de siempre en la pesadilla iba en la parte en que la buscaba un científico y esta vez pudo apreciar mejor el rostro de quien la llamaba por su segundo nombre.

Indudablemente, aquel individuo de amables ojos y sincera expresión de preocupación era Fatuo Stoker, el padre de Beltane.

Al marcharse el pirogénito, nada le impidió a Khaos observarse a sí misma perdiendo el conocimiento, y por eso supo de dónde había salido la cicatriz en su espalda que tanto le dolía incluso en el presente. Se quedó pensativa, atenta, porque quería saber si despertaba antes de enterarse del final de ese mal sueño.

Entonces lo notó. Alguien caminaba por los restos del laboratorio sin preocuparse por el fuego que chamuscaba sus ropas.

—Pobrecilla… Veamos qué puede hacerse por ti…

La voz de esa persona sonaba muy débil, distorsionada, y su silueta apenas se distinguía entre las llamas y el humo. Khaos dio unos lentos y cortos pasos en su dirección, ansiosa de saber…

—Por favor, aguanta un poquito más… Te necesita…

¿Necesitarla, a ella? ¿Qué estaba pasando?

La figura que sostuvo en brazos a su versión pasada no tenía aspecto de ser muy fuerte, ya que era delgada y se movía con una gracia fuera de lugar en medio de un siniestro como aquel. Sin embargo, pronto Khaos se quedó de piedra al darse cuenta de qué ocurría realmente, pero no acababa de creerse que fuera posible.

Estaba viendo a través de quien la salvaba en ese sueño.

—¿Kuu? —llamó de nuevo, esta vez asustada.

La figura detuvo sus pasos, estrechó un poco más el cuerpecito que cargaba y giró la cabeza directamente hacia Khaos.

—¿Quién va? —inquirió la deformada voz de la transparente figura.

—No puede ser…

—¿Qué no puede ser? ¿Quién va? ¡Kami–sama! ¿Eres tú… Aoi?

—¿Aoi? —musitó Khaos, pronunciando de manera lenta, como si el vocablo quisiera decirle algo importante que no pudiera recordar.

—¿Eres tú? ¿Me encontraste? Por favor, Aoi, di algo, por favor…

—Yo no…

—Mira —la silueta se movió un poco, quedando plenamente iluminada por una llamarada, la cual simplemente la atravesó antes de mostrar, con más claridad, que se trataba de una silueta femenina —La salvo por ti.

Y con delicadeza, mostró a la pequeña que llevaba en brazos.

—¿Me salvó usted? —dejó escapar Khaos con voz ahogada.

No podía dejar de observar aquella cara, ovalada y pálida, hermosa y a la vez irreal. Los rasgos eran delicados, frágiles, y sus ojos…

—¿Kuu?

—¡No! —exclamó la mujer, estrechando contra su pecho a la versión infantil de Khaos —Ese nombre no, por favor. ¿Quién eres? ¡No pronuncies ese maldito nombre delante de mí! ¿Por qué me siguen atormentando?

—No entiendo…

Pero la mujer dejó de escucharla, al menos en apariencia, pero quizá era porque comenzó a palidecer… A desvanecerse en el aire.

—Vamos, Aglaia —musitó —Afuera, a la vida. Aoi te necesita.

—¡Espere!

Pero justo cuando la mujer dejó la habitación, hubo una detonación, las llamas lo envolvieron todo y Khaos ya no supo más.

-&-

Khaos parpadeó con rapidez, sobresaltada, intentando asimilar lo que acababa de ver… Lo que acababa de soñar.

—¿Kuu? —llamó en un susurro.

Encontró al muchacho recostado a su lado, boca arriba, todavía con la ropa que le había visto ponerse por la mañana para asistir al Quórum. Sostenía una de las manos de ella contra el pecho, con los ojos cerrados.

La joven decidió no molestarlo. Quizá esta noche sí estaba durmiendo normalmente, quería darle ese gusto. Lo de ver su propio sueño como si fuera el de alguien más debió ser algo involuntario ocasionado por las habilidades de Yumegami, él le había contado que podía suceder si dormía tocándola. Dio un ligero apretón a la mano del muchacho.

Frunció el ceño. ¿Qué y quién sería esa mujer? No era un espíritu, sostuvo su yo infantil como si nada, pero tampoco era un ser ordinario, ¡el fuego pasaba a través de ella! ¿Y qué hacía allí, por cierto? Las preguntas se amontonaban en su cabeza, una tras otra, pero sabía que no obtendrían respuesta. Lo que sí le preocupaba era que Shi, el tal Si–Wang Quilin o cualquiera de los que la perseguían, se enteraran de que ya sabía por qué había sobrevivido al intento que se hizo por matarla.

Eso, claro está, si esa mujer de verdad la había salvado.

—Khaos, ¿por qué estás despierta?

Aunque la pregunta fue hecha por Yumegami en un susurro amable, la aludida no pudo contener un pequeño sobresalto.

—Lo siento, ¿no estabas dormido?

—Unos minutos, creo. Pero mis habilidades me estaban llevando a otro sueño, así que me forcé a despertar. ¿Estás bien?

—Sí, claro. Kuu, ¿tú sabes…?

Pero ella no continuó su pregunta enseguida. Se estaba planteando si hacerla tal cual la había pensado o dar un ligero rodeo, para así comprobar si sus suposiciones eran acertadas. Optó por lo segundo.

—¿Tú sabes… qué significa “Aoi”?

—¿Aoi? Es el nombre del color azul en el idioma de Nihotto.

—Vaya… ¿Y en Nihotto lo usan como nombre?

—¿Como nombre de persona, quieres decir? Sí, lo hacen. Es mi segundo nombre, por ejemplo.

Khaos se mostró sorprendida por el dato.

—¿Por qué no me lo habías dicho? —inquirió.

—No veía la necesidad. Además, no encaja conmigo.

—Yo creo que sí encaja. Te gusta el color azul.

—Tal vez. Pero no es que me guste ese color, es solo que…

—¿Sí?

Yumegami se movió un poco, sin soltar la mano de Khaos, solamente se acomodó lo suficiente como para mirarle el rostro.

—Me recuerda un poco a tus ojos —confesó con suavidad —Y cada vez que veo el azul, siento… Como si extrañara algo.

—¿Extrañar?

—No puedo definir mejor el sentimiento. Es… un peso, pero no duele. Veo el azul y siento que una imagen o un recuerdo quieren… mostrarse en mi cabeza, pero solamente me quedo con la sensación de que… Se parece a cuando te veía solamente en sueños. Cuando despertaba, quería que estuvieras conmigo. Así aprendí lo que era extrañar. Pero no sé… Siento que lo del azul es un poco distinto. Porque me da la impresión de que me hace extrañar algo que llegué a tener. Y a ti te extrañaba cuando nunca te había tenido. ¿Es… tan raro como creo que suena?

Khaos negó con la cabeza, acercándose a él para darle un beso en la mejilla. Tenía la impresión de que en ese momento, tenía junto a sí a un niño inocente y perdido, que apenas sabía lo que era el mundo. Ella no estaba en mejor posición, pero al menos había convivido con gente real para aprender ciertas cosas. Yumegami no tenía la misma experiencia.

—Tal vez, cuando te escapaste, se te olvidaron cosas, como a mí —sugirió ella con cautela —Ya ves, yo no puedo recordar cómo salí del incendio. ¿Tú te acuerdas de todo lo que te pasaba antes de…?

Yumegami negó con la cabeza.

—Mi cabeza no funciona así. Quizá decidí, sin querer, que no me eran necesarios esos recuerdos, así que mis habilidades los bloquearon. Es lo que hago cuando como demasiada información periférica en un sueño. Todo lo que necesito es rastrear el dato específico para que vuelva a mi mente consciente cada vez que quiera.

—Eh… No estoy segura de haberlo entendido bien, pero… ¿solo recuerdas lo que tú decides?

—Algo por el estilo.

—Entonces, ¿por qué no intentas eso con el azul? Deberías ver si te acuerdas qué relación tiene con lo que te pasaba antes de…

—¿Por qué de repente tanto interés?

Mordiéndose el labio inferior, Khaos no sabía qué contestar. Al final, dejó escapar un suspiro y le contó lo que había soñado recién. A medida que hablaba, Yumegami la veía más y más asombrado, pero lo que terminó por dejarlo intrigado fue la descripción de la misteriosa mujer.

—¿Y ella…? ¿Ella llamaba a alguien llamado Aoi? —terminó preguntando Yumegami, con un ligero temblor en la voz.

—Sí, por eso pensé… Por eso y por… Kuu, ella…

—Mononoke.

La curiosa palabra brotó de los labios de Yumegami sin que éste se diera plena cuenta de ello. Salió en un murmullo, apenas audible, casi de tal forma que otros seres no la oyeran. Pero Khaos la escuchó y estando a punto de preguntar qué significaba, sintió una especie de aire frío a los pies de la cama, hacia donde giró por reflejo la cabeza para saber de qué se trataba y tuvo que ahogar un grito.

Allí estaba, de pie, luciendo un curioso atuendo, una especie de bata atada a la cintura, larga y de mangas amplias, similar al que Ryoko lució en la fiesta de Año Nuevo. La mujer tenía el lacio cabello largo y oscuro, lo que contrastaba con su piel pálida y sus delgados labios rosados. Su rostro ovalado seguía siendo hermoso, de rasgos finos, aunque con inconfundibles signos de aflicción. Y los ojos eran de un translúcido azul, tan pálido que se veía casi blanco.

—¿Aoi? —pronunció la mujer con voz resonante, como si viniera de muy lejos, sin poder ocultar el anhelo en sus suaves facciones —¿Estás allí?

—¿Kuu? —Khaos observó al muchacho sin saber qué hacer.

—¿Tú otra vez? ¿Quién eres? ¿Por qué no dejas de pronunciar ese nombre maldito delante de mí?

—¿No puede verme? —inquirió Khaos con sumo cuidado.

—No exactamente —explicó la mujer, ladeando ligeramente la cabeza, frunciendo el ceño en ademán pensativo —Veo siluetas, energía, de los seres vivos. Y veo esta habitación. Azul… —sonrió un poco, con alivio, fijando los ojos en las paredes —Fue Aoi quien me llamó, solamente a él le di esa facultad, ¿dónde está? Dímelo, por favor, dímelo…

—Eh… Disculpe, no sé quién es usted…

¡Gomenasai! Soy Yumegami Mononoke. Puedes llamarme por mi nombre.

Khaos no pudo sino quedarse paralizada de asombro. Se giró hacia el muchacho a su lado, buscando en su rostro algún indicio de lo que debía hacer, pero lo encontró absorto en la contemplación de la visitante, con su habitual estoicismo pero un innegable brillo en los ojos que delataba lo maravillado que estaba.

—Conozco a un Yumegami —se decidió a decir Khaos.

—¿En serio? —la sonrisa de la transparente mujer fue tan sincera y amplia, que Khaos no pudo evitar imitarla débilmente —¡Ese debe ser Aoi! ¿Cómo es? ¿Qué hace? ¿Dónde está? ¿Es feliz?

—Él… Es pálido, de cabello oscuro y sus ojos… sus ojos son como los suyos. Estudia en la universidad, trabaja en una tienda. Yo… Lo siento, no sé si deba decirle dónde está. Y es feliz, o al menos lo intenta.

La explicación sonaba muy vaga, pero a Mononoke Yumegami pareció bastarle, porque siguió sonriendo, paseando la mirada por la habitación.

—Se sienten hechizos en cada rincón de este lugar —comentó con aire amable —Espero que sea un sitio amigo. ¿Dónde estamos?

—Es… La casa de nuestros jefes. Yo también trabajo en la tienda.

—¡Lo siento! No he preguntado tu nombre. Estaba tan entusiasmada…

—Soy… Me llamo Khaos.

—¿Eres…? ¡Aglaia! ¡Kami–sama, sobreviviste! Me alegra tanto…

—¿Usted me salvó? —Mononoke asintió —¿Por qué?

—Eras una criatura inocente y… Aoi te necesitaba. Por ti, Aoi es un buen hombre. Y no me importó pagar el precio para que Aoi fuera feliz.

—¿Qué es Aoi de usted? ¿Me lo puede decir?

—Espero que ya lo hayas adivinado. Y cuidado, que Si–Wang no te engañe jamás con ese bun–zi que creó.

—¿Con el qué? Oiga, ¿usted conoce a ese hombre?

—¿A Si–Wang? Sí, pero él no merece el calificativo de “hombre”, ha cometido muchos pecados, librándose de su castigo por medio de perversos métodos. Mi error fue confiar en él una sola vez, creer en sus embustes, y hasta la fecha pago por ello. Y Aoi… Aoi tuvo que pagar por ese único error. Lamento no estar con él, pero de habérmelo quedado, quizá ahora no estaría con vida. ¿Puedes decirle algo de mi parte al Yumegami que conoces? Por favor… Él debe ser Aoi, estoy segura. Espero poder alegrarlo con mis palabras, aunque sean insignificantes…

—Dígame.

—Antes de eso, ¿quién está contigo? Veo otra fuente de energía vital allí, junto a ti. ¿Es un amigo? ¿Puede confiarse en él?

—Eh… Sí, claro.

Khaos no supo por qué no dijo, de una vez, quién estaba con ella. Pero no se arrepintió al oír lo que Mononoke pronunció a continuación.

—Dile a Aoi que lo siento. Dile que todo habría sido muy diferente si Tenryu no hubiera muerto. Dile que deseo que sea feliz, que no se preocupe por mí. Y dile también… Ai shiteru.

Khaos asintió, con un nudo en la garganta, aunque no entendiera del todo lo último, aunque suponía su significado por el tono afectuoso en la voz de la mujer y su cara llena de congoja. A los pocos segundos recordó que Mononoke no podía “verla” realmente, y abrió la boca, pero no pudo hablar, pues Yumegami finalmente salió de su ensimismamiento y pronunció unas palabras que tampoco comprendió.

Arigato. Ai shiteru… mo.

—¿Aoi? ¡Oh, Kami–sama, de verdad estás aquí! Por favor, no dudes de mis palabras, por favor…

Mononoke comenzó a desvanecerse, pero antes se esfumó toda emoción de su rostro, para luego advertir con voz impasible, poco antes de dejar la habitación por completo.

—Y por lo que más quieras, Aoi… Nunca, jamás, confíes en Si–Wang.